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G A R i 1 S O Ñ 



H ! S T ORfADE 

LA MEDICINA 



i o in o 1 



C A L P E 



YALE 
MEDICAL LIBRARY 




HISTORICAL 
LIBRARY 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

Open Knowledge Commons and Yale University, Cushing/Whitney Medical Library 



http://archive.org/details/introduccinlahis01garr 



¿¿or 



INTRODUCCIÓN 



A LA 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



ES PROPIEDAD 
Copyright by Calpe, i 92 i 



• .UIIlMllC IJUI 1-A l'.YI'M.hKA K.M'AÜOÍ.A 



INTRODUCCIÓN 



A LA 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



FIELDING H. GARRISON 



BACHILLER EN ARTES, DOCTOR EN MEDICINA, 

AYUDANTE MATOR BIBLIOTECARIO DEL DEPARTAMENTO OENERA1 

DE CIRUGÍA DE WASHINGTON 



TRADUCIDA DE LA SEGUNDA EDICIÓN INGLESA 



EDUARDO GARCÍA DEL REAL 



DOCTOR EN MEDICINA, LICENCIADO EN CIENCIAS HISTÓRICAS; 
CATEDRÁTICO, POR OPOSICIÓN, DE HISTORIA DE LA MEDICINA 
EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL; EX- CATEDRÁTICO, POR OPO- 
SICIÓN, DE PATOLOGÍA MEDICA DE LA UNIVERSIDAD DE VA- 
LLADOLID; EX -CATEDRÁTICO, POR OPOSICIÓN, DE ENFERME- 
DADES DE LA INFANCIA, DE LA DE SANTIAGO 



Tomo I 



C A L P E 

MADRID 
I 9 2 I 



\ 13 1 

i 



. (S. rk C) A.TOOBA, 30 ut'ii.KAi..,. MADRID 




Al 
CORONEL WALTER D. McCAW 

DEL EJÉRCITO DE LOS ESTADOS UNIDOS 

BIBLIOTECARIO DEL DEPARTAMENTO GENERAL DE CIRUGÍA 

(I903-I9I3) 

EN AGRADECIMIENTO 

A SU BONDADOSA PROTECCIÓN 

Y A LAS MUCHAS ATENCIONES 

Y AUXILIO QUE ME HA PRESTADO 

PARA LA PUBLICACIÓN 

DE ESTA OBRA 



ÍNDICE del TOMO 1 



Páginas 

Prefacio de la segunda edición i 

La identidad de todas las formas de la medicina antigua y primitiva 7 

Medicina egipcia 39 

Medicina sumeriana y oriental 49 

Medicina griega: 

I. — Antes de Hipócrates 65 

II. — El período clásico (460-146 años antes de J. C.) 82 

III. — El período greco-romano (146 años antes de J. C. y 476 después 

dej. C.) 93 

El período bizantino (476-732 años después de J. C.) 107 

Períodos mahometano y judío (722-1096 años después de j. C.) 113 

Aspectos culturales de la medicina mahometana 121 

El período medieval (1096-1438) 129 

Aspectos cultural y social de la medicina medieval 159 

El período del Renacimiento. El revivir de la Ciencia y la Reforma 187 

Aspectos cultural y social de la medicina del Renacimiento 233 

El siglo XVII. La época de los descubrimientos científicos individuales. . . 245 

Aspectos cultural y social de la medicina del siglo XVII 285 

El siglo XVIII. El período de las teorías y de los sistemas 321 

Aspectos cultural y social de la medicina en el siglo XVIII 406 






«La Civilización, en su más alta forma hoy, aunque infinitamente compleja, for- 
ma esencialmente una masa unitaria. No debe ser durante más tiempo considera- 
da en luminosos separados centros, semejantes a los planetas en medio : de la no- 
che que los circunda. Menos aún como propiedad de una privilegiada comarca o 
pueblo; con ser tantas las lenguas del hombre mortal, sus devotos, semejantes a los 
Inmortales, hablan un sencillo lenguaje. En toda la vasta extensión iluminada por 
sus vivificantes rayos, sus obreros están sometidos y consagrados a una causa co- 
mún.» — Sir Arthur Evans. 



«Es indudable que una de las lecciones de la historia de la ciencia es que cada 
edad marcha en hombros de las que la han precedido. El valor de cada época no 
es el suyo propio, sino, en gran parte, una deuda con sus predecesores. Y esta 
nuestra edad, si, semejante a sus antecesoras, puede alabarse de algunas de las co- 
sas de que está orgullosa, si pudiera leer en lo futuro hallaría también muchas de 
las que debería avergonzarse. »^-$ir Michael Foster. - . . 



«Quitad de los aires todos los aeroplanos; de las carreteras, todos los automóvi- 
les; de los caminos de hierro, todos los trenes; de las ciudades, todas las luces eléc- 
tricas; de los buques, todos los motores; del Océano, todos los cables; del campo, to- 
dos los alambres del telégrafo; de las fábricas, todas las maquinaste las oficinas, los 
ascensores, teléfonos y máquinas de escribir; dejad a las epidemias extenderse a 
su gusto; haced imposible la cirugía mayor; todo esto e inmensamente más; supri- 
mid la instrucción que nos hace libres y sumidnos en el cautiverio de la ignoran- 
cia...., ¡Sería una catástrofe tan terrible como si el reflujo del tiempo volviese a los 
días de la infancia a todos los hombres que ahora existen! Por eso, cualquiera que 
desee progreso y prosperidad, cualquiera que desee elevar la Humanidad a un más 
alto plano de civilización, debe alentar la obra de los científicos, por cuantos me- 
dios le sea posible.» — William J. Humphreys. 



«El desenvolvimiento y perfeccionamiento del pensamiento humano, como un 
todo, no ha sido, según se supone comúnmente, una continuada progresión hacia 
arriba, ni aun el equivalente de una constante serie de determinados resultados. 
Pensamientos e invenciones que parecían estar en el lindero de los resultados prác- 
ticos han sido con frecuencia reducidos a la nada, aun en el momento más decisi- 
vo, por cualquier combinación desagradable. Sí; lo mismo que en la verdadera me- 
moria de la Tierra de Promisión, la senda abierta en el camino se interrumpe fre- 
cuentemente, aquel hecho que parecía realizado tiene que ser creado de nuevo con 
laboriosos trabajos que duran años, décadas y aun centurias. Justamente lo más 



sencillo, lo más natural, y, en fin, los más evidentes hechos son los más difíciles de 
resolver y dilucidar; justamente aquello que era de resultados más decisivos y po- 
tentes ha sido durante largo tiempo estudiado por el investigador, aun después de 

haber descubierto la verdad Indudablemente, es tan difícil encontrar el oro del 

pensamiento histórico como hallar en la calle el oro del diario tráfico actual; y no 
es de ningún modo la tarea del historiador de amplias miras el dar la clave inicial 
de sus descubrimienios. El únicamente puede reproducir el pasado con fidelidad y 
exactitud. La intuición del verdadero investigador actual y del del porvenir debe 
encontrar su propio camino y nuevos principios conductores en ios trabajos de 
ayer, de antes de ayer y del remoto pasado.» — Karl Sudhoff. 



• Adorar las fórmulas doctrinarias, ese es nuestro verdadero enemigo.* — Max 

\hi BURGER. 



■ Es una fuerte exageración el resumir la historia de cuatrocientos años dicien- 
do que la idea motora de una nación conquistadora en relación a la conquistada 
r-r,i, en 1600, el cambiar su religión; en 1700, el cambiar su comercio; en 1800, el 
cambiar sus leyes, y en 1900, el cambiar su drenaje. 

¿No podríamos nosotros, entonces, decir que en la proa de las naves conquis- 
tadoras de esos cuatro siglos la primera figura era la del sacerdote, después la del 
comerciante, luego la del letrado, y, finalmente, la del médico?» — A. Lawrence 
\ o well. 



€ Aspiraciones, métodos y constancia son comunes en la profesión médica de to- 
da-, las comarcas. En su pabellón está inscrito aquello que debe ser la regla de la 
vida de todas las naciones: Fraternidad y solidaridad». — Abraham Jacobi. 



PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 



La acogida hecha por el Cuerpo Médico a la primera edición de este 
libro ha sido muy benévola. La presente, corregida y ampliada, ha sido 
preparada por el autor, de acuerdo con los editores. 

Como consecuencia de la aparición de la primera edición, que fué, 
indudablemente, una aventura con éxito, el autor tuvo la gran alegría de 
recibir amables y alentadoras cartas de sir William Osier, del difunto doc- 
tor S. Weir-Mitchel, doctor A. Jacobi, el difunto doctor James G. Mum- 
ford, el doctor Harvey Cushing y otros muchos amigos. 

El profesor Max Neuburger, de Viena, en una revista crítica de lo más 
generoso que se ha escrito durante la guerra, opina que el autor rompe 
deliberadamente con muchas opiniones sancionadas en el pasado y en el 
presente en Europa, considerando esto relacionado con el hecho de que 
el escritor «ve las cosas a través de anteojos ingleses». Esto es, ¡ay!, una 
de las muchas preocupaciones creadas en el espíritu humano por las en- 
contradas emociones de la guerra. El ver cada cosa «con los ojos de la 
Naturaleza» no puede ser exigido a todo producto especial de la inteli- 
gencia humana. El profesor Karl Sudhoff, de Leipzig, en sus juicios críti- 
cos ha calificado las opiniones del autor de «perspicaces, francas, impar- 
ciales», y concede que «en el período moderno» permanece en el terreno 
debido. Un lector no influido por la emoción reconocerá, sin embargo, 
que en este libro, después de todo, se ha hecho un honrado intento de 
presentar con claridad los méritos de la medicina inglesa, como medicina 
inglesa; de la medicina alemana, quá medicina alemana; de los franceses, 
como franceses; de los rusos, como rusos, y de los americanos, como ame- 
ricanos. Toda la inteligencia y perspicacia que el autor pueda poseer son 
de naturaleza francesa. Del mismo modo, sería muy difícil poder afirmar 
que en estas páginas se contenga ninguna injusticia contra la medicina 
alemana o contra la organización moderna de la ciencia alemana. El prin- 
cipal esfuerzo del autor, en su categoría de historiador impersonal e im- 

HlSTORTA DB t,A MkDTOIWÁ. — TOMO T ' 



2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

parcial, ha sido llegar «por medio de la condensación de la razón» a aho- 
rrar el tiempo de sus lectores presentando las cosas tal como son, tan 
breve y concisamente como ha sido posible. 

De las diferentes críticas hechas, yo considero como la de más valor 
la del profesor William H. Welch, que dice francamente: 

— Usted no ha escrito una historia de la Medicina como una ciencia 
de inducción. 

Cuando el Rev. Edward Irving preguntó en broma a Thomas Carlyle 
si quería casarse con una virgen de bastantes primaveras y escasos encan- 
tos, el malhumorado sabio de Ecclefechan respondió: 

— ¡Xo; ni por una pura y perfecta piedra preciosa del tamaño del 
globo terráqueo! 

Ese es precisamente mi modo de pensar respecto al problema de 
exponer los dudosos progresos de la Medicina en la forma de una ciencia 
inductiva. La Medicina ha tenido tantos aciertos y tantos errores en el 
pasado, que el trazar los tenues, casi invisibles Hilos que vienen a unir las 
aparentes soluciones de continuidad, en sus diferentes períodos, es empre- 
sa superior a nuestro estado de comprensión en la época presente. Hay 
períodos completos en la historia médica que parecen, según la frase de 
La Eontaine, «una enorme solución de continuidad>, o, por lo menos, 
nos vemos detenidos con demasiada frecuencia por desagradables super- 
ficies de discontinuidad. 

No acertaremos a trazar esos hilos que han de relacionarnos con el 
pasado hasta que hayan sido exhumadas e interpretadas todas las fuentes 
manuscritas de la medicina antigua y medieval; no podremos tampoco 
resumir los «aciertos y los errores» de los períodos más antiguos hasta 
que hayan sido hechos por manos competentes los libros originales que 

han de dar a conocer el desenvolvimiento de las principales discipli- 
nas. Yo he intentado trazar los eslabones que faltan en la cadena del pro- 
acuerdo con mis luces; pero yo acepto de buen grado la opi- 
nión del profesor Welch y la del doctor Charles Singer (Oxford), que 
una (arta particular): «La historia de la Medicina es una historia 
y las biografías sólo tienen valor en cuanto hacen nacer ideas.» 
A la historia de la Medicina no le interesan las anécdotas relativas a la 
randes, ni los absurdos de los errores antiguos, ni los primo- 
de la expresión antigua. Pienso que hemos contraído con Sudhoff una 
deuda desde que él, realmente, ha hallado y deducido principios, 
demostrando la continuidad, y esto es mucho más importante que cual- 
quier descubrimiento que haya podido hacer. 

( Omo d<( íamoa en el prólogo de la primera (-(lición, este libro se ha 
on una determinada intención: la de estimular a los médicos y 



PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 3 

estudiantes en el cultivo de este género de estudios y de investigaciones, 
interesándoles en ello desde el principio. El autor no considera su obra 
como una cartilla o una guía para estudiar un territorio de vastas dimen- 
siones; no ha hecho ningún reclamo exagerado; pero puede, al menos, 
alabarse de que la distribución e interpretación del material y el modo 
de presentarlo son suyos verdaderamente. La comprobación de la exac- 
titud de los hechos, fechas, notas y datos biográficos ha llevado más 
tiempo y trabajo que la sencilla tarea de escribirlo. 

Desde este punto de vista, al autor le ha complacido mucho que los 
médicos ingleses hayan citado sus hechos y descubrimientos más bien 
que sus opiniones. Las opiniones pueden ser erróneas; los hechos, cuando 
se han contrastado cuidadosamente, no pueden serlo. Aquellos que cono- 
cen lo que Augusto von Morgan llama «los signos masónicos de la Cien- 
cia», descubrirán fácilmente que la obra presente es «original». 

Enfrente de esta modesta aspiración, y debido quizá a la suposición 
de que ésta es meramente una obra de recopilación, algunas personas han 
hurtado liberalmente, sin mi consentimiento, la distribución de los asun- 
tos, y hasta la manera de expresión del autor, de un modo que parece 
pequeño e innoble, como si quisieran desconocer los resultados de una 
gran cantidad de duro trabajo. Los editores de la obra han hecho un 
gasto considerable para presentarla dignamente. Y yo menciono este con- 
tratiempo para justificar la necesidad del aviso: «Todos los derechos 
reservados.» 

No conozco a ninguna de esas personas; pero, por el conocimiento que 
de ellos he adquirido por sus procedimientos, puedo únicamente repetir 
la lacónica frase de mi antiguo director, el doctor J. S. Billings, en casos 
semejantes: «Tengo que confesar que me aprecian mucho.» 

En la presente edición, muchas investigaciones, hasta ahora inacce- 
sibles para mí, han sido tomadas en cuenta, en particular las de Erwin 
Rohde, Max Hofler y Max Wellmann, respectó de la medicina antigua; 
de Sudhoff, Neuburger, Hussemann, Wickersheimer y Singer, en la me- 
dicina medieval; de Jorge Sticker, en Epidemiología; de Tschirch y 
Schelenz, en la historia de la Farmacia; de Erich Ebstein, en la historia 
de las enfermedades y del diagnóstico, y los notables estudios americanos 
de W. A. Lleidel, en las teorías corpusculares griegas; de John G. Cur- 
tis, sobre Harvey, y de Edward C. Streeter, sobre los artistas anatómicos 
florentinos del Quattrocento. 

La interpretación de la medicina medieval en la espléndida historia del 
profesor Neuburger sobrepuja a todos los otros esfuerzos contemporá- 
neos, y puesto que la traducción de Oxford está aún sin publicar, no he 
vacilado en seguir exactamente su delicado texto, con el fin de hacer cono- 



4 HISTORIA DE LA MEDICIN'A 

cer mejor sus ideas a todos aquellos que no se encuentran en estado de 
comprender el alemán. Algunos de los más interesantes descubrimientos 
de reciente fecha en la historia de la Medicina, como los de Elliot Smith 
y Wood Jones en medicina egipcia, y Morris Jastrow en la babilónica, 
han sido literalmente desenterrados. Las excavaciones de sir Arthur Ewans 
en Creta, el Minoia regna, de Virgilio (et Cnosia regna petamus), han de- 
rramado mucha luz sobre la única cultura post-neolítica y las admirables 
prescripciones sanitarias de Knossos, y como quiera que se conoce muy 
poco de la medicina de Minos, es racional admitir que quede aún mucho 
por descubrir. 

El último año ha sido testigo de algunos alentadores progresos en 
nuestro país. El doctor Mortimer Frank, de Chicago, ha completado su 
traducción de la Historia de la Anatomía Artística, de Choulant (con mu- 
chas adiciones), que yo he leído en el M. S. y que ha de ser de gran utili- 
dad para los anatómicos y las escuelas de Bellas Artes. El doctor Arnold 
C. Klebs ha' catalogado los incunables médicos de América, y esto, cuan- 
do esté completado con el material europeo, supondrá una adición de 
gran valor a la bibliografía médica. El doctor William S. Disbrow, de 
Newark, ha establecido un Museo de Historia médica en su ciudad, la 
segunda fundación americana de este género, aprovechando las coleccio- 
nes del contraalmirante James M. Flint, U. S. N. (retirado), en el Museo 
Nacional de Washington. El doctor Jorge Sarton (Universidad de Har- 
ward) trabaja por establecer un Instituto de Historia de las Ciencias y de 
la Medicina en su comarca, y sería una penosa equivocación no ofrecer al 
proyecto de este eminente sabio todo el apoyo que merece. Una biblio- 
teca médica combinada con un Instituto histórico ha sido también pla- 
neada por los miembros de la Facultad de Medicina de John Hopkins. 
Por último, el Boletín de la Sociedad de Historia de la Medicina, de Chi- 
cago, ha sido muy mejorado, en forma y fondo, por su actual editor, doc- 
tor Mortimer Frank; y un nuevo periódico, Anales de Historia de la Me- 
dicina, editado por el doctor Francis B. Packard (Filadelfia), se ha publi- 
p < ientemente, gracias al celo y decisión de Mr. Paul B. Hoeber 
(New- York). 

\! preparar esta <>l>ra be sido principalmente auxiliado por los recur- 
: Biblioteca general de Cirugía, sin los cuales no habría podido 

¡birla, y d presar mi sincera gratitud a los sucesivos biblioteca- 

el coronel Walter I). McCaw y el coronel Champe C. McCulloch, 
por loa préstamos de literatura especial para mi uso particular. El profe- 

íudhofl (Leipzig) me ha concedido <•] especial privilegio de copiar 

algunos <!<• sus interesantes grabados relativos al horóscopo en Medicina 

toa tradicionales de la pintura anatómica. Se me han conce- 



PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 5 

dido análogas atenciones por la Biblioteca Médica de Boston, la Biblioteca 
de la Academia de Medicina de New- York, el doctor Arnold C. Klebs, 
el profesor William Stirling (Manchester-Inglaterra), el profesor William 
Bateson (Londres"), el doctor Eugen Hollander (Berlín), el doctor Robert 
Müllerheim (Berlín) y otros. En la corrección de errores de omisión y de 
concisión en la primera edición he quedado muy agradecido, así como 
también por sus indicaciones, al difunto doctor S. Weir-Mitchell, sir Wil- 
liam Osier (Oxford), doctor A. Jacobi (New- York), doctor John W. Far- 
low (Boston), doctor Mortimer Frank (Chicago), doctor Walter A. Jayne 
(Denver), Mr. Alfred Ela (Boston) y otros muchos. En la presente edi- 
ción se ha hecho una revisión respecto de las hipótesis de Freud, mu- 
chas de cuyas opiniones confieso no entender por completo; yo he que- 
dado, por consiguiente, muy obligado a mi amigo el doctor William 
A. White (Washington) y al doctor A. A. Brill, que ha hecho los escritos 
de Freud accesibles al público inglés en sus concienzudas traducciones. 
En las secciones de bibliografía médica y de incunables, en el apéndice, 
he extraído liberalmente la notable colección reunida en la Biblioteca ge- 
neral de Cirugía por Mr. Felix Neumann, al cual soy además deudor de 
muy útiles sugestiones. Agradezco igualmente los generosos estímulos de 
Arnold Klebs en la anterior edición. 

Todas las excelencias que este libro pueda ofrecer respecto a tipogra- 
fía y a ilustraciones son debidas a los editores; sin su generoso y amistoso 
auxilio, la primera edición no habría salido a luz nunca. 

El libro ha sido enteramente reimpreso y corregidos sus índices en la 
nueva edición; y una vez más doy cordiales gracias a mis amigos los doc- 
tores Albert Allemann y Frank J. Stockman, de la Biblioteca general de 
Cirugía, que generosamente han sacrificado gran parte de sus horas de 
descanso a la corrección de pruebas. 

F. H. G. 

Washington, D. C, junio de 191 7. 



UNA INTRODUCCIÓN 
A LA HISTORIA DE LA MEDICINA 



LA IDENTIDAD DE TODAS LAS FORMAS DE LA MEDICINA 
ANTIGUA Y PRIMITIVA 



Una de las doctrinas mejor acreditadas es la de la unidad o semejanza 
de las leyendas populares. Las investigaciones colectivas de los historiado- 
res, etnólogos, arqueólogos, filólogos y sociólogos han puesto de manifies- 
to el hecho singular de ,que todas las fases de la antropología social, que 
comprenden las acciones instintivas, convergen inevitablemente a un punto 
común de semejanza e identidad. Es positivo que todos los mitos, supers- 
ticiones, leyes y costumbres délos pueblos primitivos (por lo tanto, también 
las religiones en su aspecto étnicamente más primitivo) se encuentran re- 
lacionados con los instintos fundamentales de la defensa personal y de la re- 
producción. Es posible, como más adelante veremos, que muchas prácti- 
cas extrañas, como la momificación, la circuncisión, la ¡incubación, etc., 
se hayan ido lentamente transportando, desde un continente o una isla, a 
otros donde hayan acabado también por imponerse (Elliot Smith). Pero, de 
todos modos, el hecho es positivo para todas aquellas acciones humanas 
que pueden definirse como instintivas, como basadas eñ la necesidad in- 
nata, que es la madre del progreso: «La leyenda popular (folk-lore) es una 
unidad esencial.» La inteligencia del hombre salvaje, en sus patéticos es- 
fuerzos para establecer los sistemas éticos y religiosos que sirvan de guía 
moral y espiritual, o para embellecer el aspecto vulgar de la vida con el 
romanticismo y la poesía, ha recorrido siempre, de un modo inconsciente, 
las líneas de menor resistencia, siguiendo siempre las mismas etapas pro- 
gresivas. La inteligencia del hombre civilizado difiere de la del hombre 
salvaje únicamente por el más alto grado de su desarrollo. Las razas hu- 
manas y las costumbres sociales han cambiado porque se han ido especia- 
lizando cada vez más. El corazón del hombre permanece siendo el mismo. 



8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

De todo lo dicho se deduce que, bajo aspectos diferentes de tiempo y 
de localización, todas las fases de la medicina popular y de la medicina 
antigua han sido esencialmente semejantes en sus tendencias, diferencián- 
dose únicamente en detalles sin importancia. A la luz de los estudios an- 
tropológicos, esta proposición puede considerarse como demostrada. Las 
inscripciones cuneiformes, jeroglíficas, rúnicas, en corteza de abedul y en 
hojas de palma, demuestran que los avances primitivos o legendarios de 
la más antigua medicina, lo mismo que se trate de la medicina accadiana 
que de la escandinava, de la eslava que de la céltica, de la romana que de 
la polinesia, han sido siempre los mismos; en todos los casos, un asunto 
de hechizos y de sortilegios, de leyendas acerca de algunas plantas y de 
psicoterapia, con el fin de rechazar los efectos de agentes sobrenaturales. 

Acerca del primitivo origen de estos avances y de estas ideas popula- 
res conocemos todavía muy poco o nada. Han sido emitidas innumerables 
hipótesis encaminadas a la difícil empresa de querer interpretar, por com- 
paración de lo que ocurre en una inteligencia civilizada y c lucada, en cada 
caso particular, la labor de la mente primitiva, resultando que en la ma- 
yoría de los casos el investigador, obsesionado por sus propias hipótesis, 
se ha extraviado con la obcecación de un jinete terco y torpe. Pero todos 
los antropólogos están conformes en que el origen general de las ideas 
populares y de las costumbres (religiosas o de otro género) es social, re- 
lacionándose con la importantísima cuestión de «cómo hay que vivir», 
que se resuelve de un modo diferente en los diversos tiempos, en los dis- 
tintos países y entre los variados pueblos. Si nosotros apreciamos que la 
inteligencia del hombre primitivo difiere esencialmente de la del hombre 
civilizado respecto a educación y a desenvolvimiento, tenemos que com- 
prender que esta diferencia estriba, sobre todo, en poder señalar o apre- 
ciar las causas verdaderas de los hechos y de los fenómenos, que es lo 
que constituye la ciencia, y en una cierta percepción de los «valores» que 
se nos señalan como normas o guías de moral y de ética. Pero en cada 
una de estas cosas también la mente primitiva tenía sus normas naturales, 
que son dignas de la más profunda consideración. 

ando a un lado algunas teorías acerca de su origen y de su evolu- 
ción, podemos suponer que el hombre prehistórico no era diferente de lo 
que nosotros encontramos con frecuencia que es el hombre primitivo: un 
completo salvaje en sus iust intos animales. En este grado de su existencia 

- upa en procurarse el alimento y en luchar con sus enemigos con pa- 
los y con piedras, en raptar a su mujer y en guarecerse en cuevas y ca- 
•i las que probablemente poseería algunas precauciones higiéni- 
queBOn instintivas en los animales inferiores. Un perro lame sus he- 
mde y abriga en los huecos de las rocas, si se siente enfer- 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 9 

mo o se encuentra herido; anda sobre tres patas, si está cojo; procura des- 
truir los parásitos de su cuerpo; hace ejercicio y juega para desarrollar 
sus fuerzas; busca una postura cómoda para dormir, y determinadas plan- 
tas y hierbas cuando se siente enfermo (i). No es ningún absurdo supo- 
ner que actos como éstos pueden haber existido como instintivos en el 
hombre adulto prehistórico, como existen actualmente en el niño de nues- 
tra raza actual. «El hombre ha ido encaramándose sobre la forma de los 
animales inferiores — dice John Burroughs — ;pero una vez que ha llegado, 
ha subido la escalera consigo.* Nosotros no sabemos dónde y cómo, cuán- 
do y de qué modo ha ocurrido esto; pero, en cambio, conocemos el primer 
peldaño de esta escalera. En la Sala de Antropología del Museo Nacional 
de Washington (o en otras buenas colecciones de este género) se pueden 
ver innumerables muestras de pequeños objetos de piedra recortada, que 
son los símbolos del grado de cultura del hombre prehistórico, sus pri- 
meros avances en la senda de la civilización. Con aquellas piedras, talla- 
das en forma de hoja, en la mano adquirió un nuevo medio de protección 
contra sus enemigos, de procurarse y prepararse el alimento y de cons- 
truirse otras armas e instrumentos del mismo género, pero mucho más 
perfeccionadas. Ahora bien; el punto de vista más interesante respecto de 
estas piedras prehistóricas es que ellas han sido encontradas en todos 
aquellos puntos en que se han hallado huellas de la existencia humana, 
cambiando su forma durante los períodos sucesivos inter-glacial y post- 
glacial, pero siguiéndole en todas sus emigraciones por la superficie de la 
Tierra. Aquí, tallada en forma de lanza o de punta de flecha; allí, como he- 
rramienta o instrumento del trabajo o como objeto de ceremonia, estos 
primitivos celtas, como se llaman, han sido encontrados en el lecho de los 
ríos de Inglaterra, Francia y Norte América; en las cavernas de Devonshire 
y de la Dordogna, en las 'llanuras de Egipto y de Palestina, en las heladas 
estepas de Siberia y de Alaska, y en todas ^partes presentando formas 
idénticas. En la primera edad de piedra (período paleolítico), hasta el pe- 
ríodo solutreano, las piedras célticas son más pequeñas, como tenía ne- 
cesariamente que resultar del tosco y primitivo trabajo de piedras ovales u 
ovoideas. Desde la época de la llegada a Europa de los pueblos de la piedra 
pre-chelleana, durante el segundo período inter-glacial,un período de varios 
cientos de miles de años, cada raza de las que van sucediéndose tiene su 
técnica peculiar de recortar la piedra, su retoque característico; hasta los ru- 
dos y bastos coups de poing de los chelleanos se convierten en las perfec- 
tas puntas de flecha en hoja de laurel del hombre solutreano. Pero en el 



(1) Generalmente, el Triticum canicum, el Cynosurus cristalus y el Agrostis ca- 
nina, para los efectos emeto-catárticos. Los gatos tienen una bien conocida inclina- 
ción hacia la Valer ia?ia officinalis y la Nefeta cataica (hierba gatera). 



lo HISTORIA DE LA MEDICINA 

período magdaleniano las formas son otra vez toscas; y, finalmente, de- 
caen hasta las imperfectas formas azilianas y los modelos trapeciformes de 
los microlitos tardenoisianos (i). En la última edad de piedra (período 
neolítico) se llega a un alto grado de especialización y de pulimento; pero 
en forma y en fines, los instrumentos de piedra permanecen siendo los 
mismos a través de todos los territorios y de todos los períodos geológi- 
cos. Su empleo con fines quirúrgicos por los antiguos egipcios, o para la 
circuncisión ritual de los hebreos en el desierto, demuestra la extraordi- 
naria veneración con que eran acogidas aquellas piedras por aquellos pue- 
blos, a causa de su gran antigüedad. En esto tiene tal vez mayor inte- 
rés como contribución de los arqueólogos americanos, que el profesor 
W. H. Holmes (2) ha podido demostrar de un modo inductivo (trabajan- 
do sobre los métodos primitivos de astillas y reducir a hojas las piedras) 
que así entre los actuales indios americanos como entre aquellos canteros 
Piney Branch, en el distrito de Columbia, los procedimientos de trabajar 
la piedra, y especialmente de hacer las puntas de flecha en forma de hoja, 
no son quizá diferentes de los empleados por el hombre paleolítico, ni 
tampoco de lo que parecen ser los rudos artefactos del hombre eolítico. 
Aparentemente, no existe distinción en espacio y tiempo en la manera de 
estar hechos los instrumentos prehistóricos y los primitivos. De un modo 
análogo, los etnólogos, como ya hemos dicho, encuentran que las tradi- 
ciones, las leyendas y las supersticiones de los pueblos primitivos tienen 
una íntima semejanza familiar en todos los tiempos y en todos los países. 

El punto común de convergencia de todas las leyendas populares mé- 
dicas es la noción de que espíritus u otros agentes sobrenaturales son la 
causa eficiente de la enfermedad y de la muerte. La medicina primitiva 
es inseparable de los modos primitivos de la creencia religiosa. Si nos- 
otros queremos comprender la actitud de la inteligencia primitiva res- 

del diagnóstico y ¡del tratamiento de las enfermedades tenemos 
que : r que la Medicina, en el sentido que nosotros la asignamos, 

es tínicamente una fase de una serie de procesos mágicos o místicos des- 
tinados a procurar el bienestar humano o a alejar la cólera de los dioses 
irritados o de los espíritus malignos, a producir el fuego, a provocar la 
lluvia, a purificar los arroyos o las habitaciones, a fertilizar el suelo, a 
aumentar la potencia sexual o la fecundidad, a prevenir o a alejarlas pla- 
gas del campo y las enfermedades epidémicas, y que aquellos poderes, 
unidos al principio a alguna persona, ya fuese ésta un dios, un héroe, 



1 Vea e ll F. Osborn: Men of the old Stone Age % New- York, 1916, passim. 

!l Holmes: Stone implements of the Potomac-Chesapeake Tidewater Pro- 
Bur. Ethnol., [893-94. Washington, [897; XV, páginas 1 -152). Véase tam- 
\fem. inter nat. Cong. Anthrop., Chicago, [894; páginas 120-139, 4 láminas. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 1 1 

un rey, un hechicero, un sacerdote, un profeta o un médico, constituyen 
el concepto genérico que tiene el salvaje del «hacer medicina». Un ver- 
dadero hacedor de medicina, en el sentido primitivo, era, análogamente 
a nuestros peritos científicos, filántropos y «eficientes ingenieros», un 
promovedor general de la prosperidad humana. 

En sus intentos de interpretar los fenómenos de la Naturaleza, el hom- 
bre salvaje, inculto a causa de su inexperiencia, confunde lo primero de 
todo, la vida, con el movimiento. Como el Mimo en el Siegfrido de Wag- 
ner, él estaba confusamente asustado del rumor de las hojas en el bos- 
que, del ruido y de la luz del trueno y del relámpago, del resplandor y 
del reflejo del fuego y de la luz del Sol, y él no podía encontrar una re- 
lación causal entre un objeto natural cualquiera y su movible sombra, 
entre un sonido y su eco, entre el agua y los reflejos que aparecen en su 
superficie. Los vientos, las nubes, las tempestades, los temblores de tie- 
rra y todos los restantes ruidos y fenómenos naturales eran para él la 
exteriorización y las señales visibles de dioses malévolos, de demonios, 
de espíritus o de otros agentes sobrenaturales. Lo natural era para él lo 
sobrenatural, y lo mismo sigue ocurriendo entre muchos de nosotros. 
Por esta razón, él ha adorado al Sol, a la Luna, a las estrellas, a los árbo- 
les, a los ríos, a los manantiales, al fuego, a los vientos, y también a ¡as 
serpientes, a los gatos, a los perros, a los monos y a los bueyes, y ha lle- 
gado a erigirlos piedras y troncos tallados y esculpidos en los que se re- 
presentaban aquéllos, pasando de este modo de la adoración de la Natu- 
raleza a la adoración de los fetiches. Del mismo modo, en sus artísticas 
producciones, el salvaje es primeramente animista e ideográfico, tendien- 
do a vitalizar los objetos inanimados y prefiriendo reproducir la acción y 
el movimiento más bien que a perfeccionar lajforma (i). La enfermedad, 
en particular, él se sentía inclinado a considerarla primeramente como 
un espíritu maligno o como la obra de un espíritu de ese género, al que 
había necesidad de aplacar y de adular, como a las otras deidades, por 
medio de holocaustos y sacrificios. Una nueva asociación de ideas le in- 
dujo a considerar la enfermedad como algo producido por un enemigo 
humano poseedor de un poder sobrenatural, que él trataba de desviar 
por medio de apropiados sortilegios y hechicerías, semejantes a los que 
emplearía contra el enemigo mismo. Además, B su propia imagen reflejada 



(i) Hay una íntima semejanza entre algunos de los conceptos del salvaje y el 
arte de los paranoicos, como lo demuestran perfectamente los notables grabados 
de la colección de G. Marro: Ann. de freniat., Turin, 19 13; XXIII, páginas 157-192, 
6 láminas. W. H. Holmes ha demostrado que en el salvaje la perfección en las for- 
mas y figuras copiadas ha sido seguida del arte métrico y geométrico, como en la 
cerámica, los tejidos, la arquitectura, etc. (h'ep. Bur. Et/inol., 1882-83; Washing- 
ton, 1886; IV, páginas 443-465.) 



i2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

en el agua, su sombra determinada por la luz del Sol, lo que él veía en 
sueños, o en las pesadillas ocasionadas por algún hartazgo, le sugestio- 
naron la idea de la existencia de un mundo espiritual aparte de su vida 
diaria y de un alma aparte de su propio cuerpo, y de este modo llegó a 
un tercer modo de considerar la enfermedad, como la obra de los ofen- 
didos espíritus de los muertos, ya fuesen hombres, animales o plantas. 
Estos tres conceptos de la enfermedad son ideas comunes a los grados 
más inferiores de la vida humana; porque, como dice Rivers, el orden de 
las causas naturales puede decirse, atrevidamente, que existe antes que 
esas mismas causas. Los salvajes aceptan voluntariamente, como una re- 
gla, las tres explicaciones, persistiendo largo tiempo en la creencia de la 
hechicería humana y constituyendo el miedo a los muertos un rasgo de 
los aldeanos, y algunas veces de sus descendientes en los pueblos «civi- 
lizados». Los modernos coreanos enumeran sus demonios «por millares 
de billones». Entre los salvajes, esas creencias coinciden generalmente 
con la ficción o impostura, un grado intermedio entre el politeísmo y el 
monoteísmo, que viene a resumir todo en el Ser Supremo o en el Gran 
Espíritu, con divinidades inferiores y demonios subordinados. Con el co- 
mienzo de ese skamanismo nosotros llegamos del mismo modo a la apa- 
rición del hombre médico y del doctor brujo o hechicero, donde se resu- 
me una solemne inspección respecto de la enfermedad y de su tratamien- 
to, no diferente de la del sacerdote con la religión. El hechicero trata la 
enfermedad de un modo casi igual a las maniobras psicoterápicas, que 
aprovecha para despertar en sus enfermos un estado correspondiente de 
auto-sugestión. Lo mismo entre los indios de la América del Norte que 
entre los samoyedos del Asia, él considera el mejor método para ahu- 
yentar los demonios de la enfermedad el adoptar un terrorífico aspecto, 
cubriéndose con la piel de animales, de tal modo, que parezca una enor- 
me bestia saltando sobre sus patas traseras, recurriendo a demostracio- 
nes, como gritos, voces destempladas y furiosas, batir palmas con sus 
manos, tocar campanillas y cascabeles, e intentando o procurando ex- 
tra er el principio activo de la enfermedad por succión a través de un tubo 
hueco. Para prevenir un nuevo ataque, o, en otras palabras, para tener 
alejado al demonio en lo futuro, él provee a su enfermo de un especial 
fetiche o amuleto, que será usado o llevado encima del mismo. Además, 
algunas fantásticas cosas serán elegidas para ser hechas o para no hacer- 
- orno, por ejemplo, pasar a través de una puerta o saltar por encima 
de un objeto intencionadamente; todo ello se considera por él como ac- 
!'l « hacer medicina». Nosotros nos sonreímos de estas fases del pro- 
miento mágico; pero excepto en lo que a las manifestaciones rui- 
rencia, no encontramos ninguna esencial diferencia res- 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 13 

pecto de la medicina mental o de la fe en la curación de nuestros días. 
En ambos casos se trata de psicoterapia y de sugestión, y para un sal- 
vaje enfermo, el clamor fantástico producido a su alrededor puede ser 
concebido, siendo tan activo como los métodos tranquilizadores y cal- 
mantes de la Ciencia Cristiana respecto de los enfermos nerviosos mo- 
dernos. 

Es altamente probable que en todas las sociedades primitivas el sacerdote, el 
mago y el hombre médico fuesen uno mismo, y que el poder atribuido a ellos ocu- 
pase un rango con valor y la espada como medidas de seguridad de la jefatura y 
de la realeza. Cuando estas funciones fueron siendo más especiales y diferencia- 
das, la religión llegó a ser la exclusiva creencia y la adoración en algún poder más 
grande que el hombre mismo; la magia, una clase especial de procedimientos, den- 
tro del poder del hombre, con el cual él trata de predecir y de comprobar los 
fenómenos naturales, comúnmente para producir el mal, y en oposición a la fuerza 
de Dios y de los dioses; y la medicina, el ensayo de llegar directamente a compro- 
bar aquellos fenómenos naturales que son capaces de producir en el hombre la 
enfermedad y la muerte (Rivers) [1]. Así, la religión, a causa de la inhibición que 
el hombre ejerció sobre sí mismo para llegar a ser semejante a Dios, llegó a ser el 
origen de las leyes y de la ética; las prácticas secretas de la magia engendraron la 
Alquimia y otras ramas de las ciencias físicas y químicas, la Astrología y la Astrono- 
mía, mientras que la medicina primitiva permaneció más o menos tiempo estacio- 
nada entre todos los pueblos, siguiendo constantemente la estela de las otras cien- 
cias, hasta que pudo utilizar los adelantos realizados por los físicos y los químicos. 
La magia negra estaba relacionada con la producción de sequías, hambres, enfer- 
medades, muertes y otros males; la magia blanca, para alejar aquellos males, o 
para producir otros bienes, como hacer llover, producir el fuego, fomentar la ve- 
getación, etc. La terapéutica llegó a ser, por consiguiente, un modo o manera de 
la magia blanca. 

La patología primitiva atribuye la producción de las enfermedades a algo pro- 
yectado dentro del cuerpo de la víctima, a algo llevado sobre él, o al efecto de la 
hechicería sobre alguna parte del cuerpo del enfermo o sobre alguna cosa con él 
relacionada. La primera categoría corresponde a nuestras enfermedades infeccio- 
sas y tóxicas; la segunda, por ejemplo, la predilección de los salvajes australianos 
por la grasa perirrenal de sus enemigos, a las enfermedades dietéticas (metabóli- 
cas) y por deficiencia. La tercera categoría la define Frazer como magia simpática 
(acciona distancia) [2], incluyendo la magia homeopática e imitativa (la acción en 
y por objetos semejantes para el bien y para el mal) y la magia por contagio (el 
efecto mágico de cosas que han estado algún tiempo en contacto con la persona o 
que forman parte de ella). Como parte de este culto, el alma era considerada como 
«el animal dentro del animal, el hombre dentro del hombre», un maniquí, una ima- 
gen o el doble; algunas veces, una sombra o reflexión, ausente del cuerpo durante 
el sueño; otras, algo vagabundo y errante, capaz de ser extraído del cuerpo de un 
enemigo (3) o de ser depositado en algún* punto resguardado para asegurarle la 
inmortalidad, o también existiendo como un segundo ser o «alma externa» en dife- 
rentes plantas y animales, de cuyo bienestar depende el bienestar del individuo (4). 
Los «peligros del alma», en la medicina primitiva, eran prevenidos y alejados por 
medio de un sistema complejo de prohibiciones (totems y tabús). En la isla de 
Eddystone (Melanesia) casi todas las enfermedades son atribuidas al hecho de 



(1) Véase W. H. R. Rivers: Fitzpatrick Lectures, Lancet, 19 16; I, pági- 
nas 59-117. 

(2) Sir James G. Frazer: El arte mágico (El ramo dorado, pt. 1. a ), Londres, 19 13; 
I, páginas 52-219. 

(3) Frazer: Taboo y los peligros del alma (El ramo dorado, pt. 2. a ), Londres, 191 1. 
(4j Frazer: El hermoso calvo (El ramo dorado, pt. 7. a ), Londres, 19 13; II, pági- 
nas 95-278 



14 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



comer frutos de los árboles prohibidos. En otras regiones de la Melanesia las en- 
fermedades suceden a ]as infracciones délas ordenanzas «totémicas», como matar 
o comerse los muertos (Rivers). Así, la medicina primitiva, la magia y la religión 
eran inseparables, aunque, como en el antiguo Egipto, o en algunas partes de la 
moderna Melanesia, el arte de curar llegue a especializarse de tal modo que exista 
un médico para cada enfermedad. 

Dejando a un lado todo esto relativo al shamanismo (hechicería), los 
conocimientos médicos actuales respecto del hombre primitivo son insig- 
nificantes. Como nos indican los estudios sobre el folk-lore, la función del 
hombre médico era limitada, y el arte de curar no ha podido progresar 
en tanto que ha estado sometido a la tiranía de una creencia en lo sobre- 
natural. Como el salvaje logra algún adelanto en los conocimientos que 
obtiene con la experiencia, es natural que algunos talentos especiales, 
como el conocimiento de las hierbas, la colocación de los huesos fractu- 
rados o dislocados y la cirugía rudimentaria, se desarrollasen y se emplea- 
sen como talentos especiales y modos de vivir por ciertos individuos. Jun- 
tamente con estos curanderos naturales aparecieron las inevitables « coma- 
dronas >, que seguían la terapéutica de las hierbas y ejercían la asistencia 
a los partos, y estos especialistas pronto pudieron apreciar que un cierto 
número de venenos eran también remedios en determinadas circunstan- 
cias. La Medicina, que Huxley ha calificado tan atinadamente de nodriza 
de muchas ciencias, comenzó, en realidad, por esta burda ciencia de 
plantas y de venenos de los pueblos primitivos. 

El hombre primitivo miraba a los envenenadores con el mismo horror y repug- 
nancia que nosotros experimentamos, a causa, como puntualiza Thomas (i), de que 
<-l uso del veneno envuelve la idea de muerte sin la posibilidad de resistencia mo- 
tora, sin dar a la víctima la esperanza de una lucha. 

('nando Ulises destina a lllus para Ephyra un mortal veneno de flecha, éste 
rehusa por el temor a los dioses inmortales» (Odisea, I, 260). En el festival déla 
Thargelia, en la antigua Grecia, dado a los atenienses todos los años en mayo, dos 
públii xrados eran colocados aparte, con el propósito de azotarlos con es- 

ramas de higuera salvaje o agnus castas \ y, en algunos casos, muertos a pe- 
dradas o arrojados al agua. El testaferro, en este caso, era llamado el IViarmakos, 
que signifít a, por lo tanto, el envenenador, el hechicero o el mago. Si el verbo 
del que se deriva la palabra droga cpap|jLa/.ov) significa primitivamente «dar drogas 
ahuyentar los espíritus malignos con soplos», es un asunto todavía 
discutido. Pero, de todos modos, parece lo más probable que el primitivo farma- 
1 era mirado con recelo. 

El conocimiento que el hombre primitivo tenía de los cuerpos sim- 

licinales (plantas y minerales) era exactamente como el de la fase 

de las drogas de nuestra terapéutica moderna — extensivo, pero no inten- 

1 .nulo él incurría en error era, como en nuestro propio caso, 

lo a la causa que Kant asigna para todo error humano: la tendencia 



iV. I ino,'! . \d Society, Chicago, 1907; páginas 163-167. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 15 

inveterada en la mente humana al post hoc, ergo propter hoc. Como mu- 
chos médicos todavía en la actualidad, él tiende a tratar la enfermedad 
más bien que el enfermo, no considerando (como nosotros ahora comen- 
zamos precisamente a considerar) que el efecto dinámico de una droga en 
el cuerpo del enfermo depende mucho más de la delicada composición 
química de aquel cuerpo que de la composición misma de la droga. Cuan- 
do se proponen para una enfermedad muchos diferentes remedios se 
piensa, generalmente, que nosotros conocemos muy poco a propósito del 
tratamiento de aquella enfermedad, y lo mismo debemos pensar de una 
droga que se pondera como panacea o cúralo-todo de muchas enferme- 
dades. «Escuchando las alabanzas de esas panaceas — dice Peter Kruken- 
berg, el antiguo clínico de Halle — nos vemos como si estuviésemos actual- 
mente ante la barraca de un saltimbanqui» (i). No estamos nosotros en 
este respecto mucho más adelantados que aquellos hombres primitivos. 
Así, el escrito hierático de los papiros egipcios revela una materia médica 
desusualmente extensa, cuyas excelencias han sido ya cantadas por los 
poemas homéricos y que ha podido ser duplicada — por lo menos en ex- 
tensión — en la materia médica de las viejas civilizaciones como China y 
el Japón, y hasta en nuestras propias y voluminosas farmacopeas. Abel y 
Macht han demostrado que la antigua creencia europea en la naturaleza 
venenosa del sapo y en el poder de su piel seca para curar la hidropesía 
puede ser explicada por los dos alcaloides, bufagina y epinefrina, que se 
han aislado del sapo americano Bufo aqua. La bufagina (C 18 H 24 4 ) tiene 
una marcada acción diurética (2). Vemos que los salvajes, en regiones 
extraordinariamente alejadas unas de otras, llegan fácilmente a conocer 
los más terribles venenos de las flechas — curare, ouabaína, veratrina, 
boundou, etc. — , así como también las virtudes de muchas drogas, como 
el opio, el cáñamo indio, el cáñamo, la coca, la quina, el eucalipto, la zar- 
zaparrilla, la acacia, el kousso, la copaiba, el guayaco, la jalapa, el podo- 
filino y la cuasia. W. E. Safford ha demostrado que los diferentes rapés 
narcóticos usados por los indios de la India Occidental y del Sur de Amé- 
rica son todos producto de la Piptadenia peregrina (3). No alejándonos de 
nuestro propio país, encontramos que los indios de la América del Norte 
conocen que el madroño es «bueno» para el reumatismo; la lobelia, para la 
tos y los catarros; la infusión de salvia salvaje, las bayas de fresno espinoso, 
la cinoglosa y la corteza del sauce, para las fiebres; el saúco, la cereza sil- 
vestre y el zumaco, para los catarros y las anginas; el jengibre silvestre, el 



(1) Citado por Baas. 

(2) Abel and Macht: J. Pharm. and Exper. Therap., Baltimore, 1911-12; III, 
páginas 3»9~377- 

(3) Safford: Journ. Wash. Acad. Se, 19 16; VI, páginas 547-562. 



i6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

ginsem y la euforbia, para los trastornos digestivos; las inhalaciones de 
polea, para el dolor de cabeza; el sasafrás y las hojas de violeta, para las 
heridas y los panadizos; y la raíz de sasafrás y de zarzaparrilla, «como re- 
frescantes y purificadores de la sangro. En 1 5 35-36 el iroqués, cerca de 
Quebec, como refiere Jacques Cartier, trataba el escorbuto de sus tropas, 
con gran éxito, por medio de la infusión de la corteza y de las hojas del 
abeto del Canadá; y el francés, en Onondaga, en 1657, encontró recomen- 
dadas las hojas de sasafrás por la misma tribu como «maravillosas» en 
el tratamiento de toda clase de heridas (i). La Materia Médica America- 
na (1780), del viejo Anspach-Bayreuth, cirujano Schoepf, quien sorprendió 
con las tropas de Hessian durante la guerra de la Revolución, demuestra 
que los colonos anglo-sajones en el Nuevo Mundo habían aprendido ya 
muchos secretos de la terapéutica de las plantas del hombre rojo, para 
añadirlos a la muy rica medicina popular que ellos traían, indudablemen- 
te, de la vieja Inglaterra. La ciencia popular de las plantas de la Inglaterra 
rural comprende también el conocimiento de las virtudes de las infusio- 
nes de manzanilla, de salvia y de diente de león, como laxantes; de la me- 
jorana y de la raíz de prímula, para el dolor de cabeza; del ajenjo, como 
tónico; de la valeriana, para los «nervios»; de la agrimonia y del perejil, 
para la ictericia; del cólchico, para la gota; del hinojo, de la eufrasia y de 
la ruda, para el «mal de ojo»; del helécho macho y de las hojas de melo- 
cotón, para las lombrices; del tanaceto, como vermífugo y abortivo; del 
marrubio, del malvavisco o de la énula campana confitada, para la tos y 
los resfriados; de la dedalera o digital, como «el opio del corazón» y de 
otras muchas «plantas vulnerarias», como la brionia, agrimonia, oreja de 
liebre, lunaria, hiedra terrestre y rama dorada. Las poesías inglesas y las 
leyendas populares están llenas de alusiones al tomillo y a la mejorana, al 
romero y a la ruda, al muérdago y al fresno, así como también a los ve- 
nenos, como la cicuta, el acónito, la belladona, «el jugo del tejo» y el bele- 
ño, que Areteo consideraba como causa de la locura, y al cual se refiere 
con la misma idea Shakespeare en los siguientes versos: 

la insana raíz (el beleño), 

Que hace a la razón prisionera. 

I-.l Asphodel O marrubio se encuentra frecuentemente mencionado en 
los poemas homéricos como un bálsamo que calma el dolor de las heridas 



1 Medicine in the Forest, Oneonta (New-York), 1910. Yager hace 

frecuentes que son las panaceas y cúralo-todo entre 1<>s indios del 

Nortí erica. Cada remedio ea administrado por si mismo y en determinadas 

Para la teoría y formulae de la medicina de los cherokeos véase 

). Ifooney: Bur* Am. Ethnol, Rep.¡ Washington, 1891; VII, páginas 319-369. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 17 

recientemente producidas, y la misma tradición se ha conservado hasta 
la época moderna en los distritos populares del Lancashire, de Irlanda y 
de los lagos de Escocia. Kipling ha resumido por completo este asunto en 
sus encantadores versos: 

El esmirnio y la caléndula; 
La eufrasia, el leño de Florencia y la énula campana; 
La albahaca, el jaramago, la valeriana y la ruda, 
(Casi cantando al mismo tiempo que corren); 
La verbena, el marrubio, el nomeolvides; 
La prímula, el trébol, el girasol: 
Todo lo verde que brota de la tierra 
Eran excelentes hierbas para nuestros viejos padres. 

En el empleo de los agentes naturales o físicos contra la enfermedad 
encontramos que el hombre primitivo, con sus habitaciones bien ventila- 
das y su vida ruda, al aire libre, se encontraba en una situación más favo- 
rable que sus hermanos los hombres civilizados actuales, con frecuencia 
buscando o encontrando sólo una violencia. Los indios (i) conocen, por 
ejemplo, la importancia de los cuidados de la piel, de mantener libres el 
intestino y los ríñones, y con este fin, los manantiales, las fuentes terma- 
les y la sudación eran los sucedáneos naturales de los baños turcos. Los 
eméticos y los catárticos, seguidos de un baño de vapor y de una sumer- 
sión en agua fría, y con frecuencia de una dosis de un cocimiento de cor- 
teza de sauce (salipirina), eran el sistema terapéutico eficaz seguido por 
los indios de Norte América en ios casos de fiebre intermitente y remiten- 
te; el baño de vapor y la cimicífuga eran la base principal del tratamiento 
del reumatismo. Como los antiguos babilonios, tenían sus períodos fijos 
para las emesis y catártasis rituales (por ejemplo, la fiesta del trigo verde); 
muchos de nuestros abuelos han seguido el almanaque zodiacal para san- 
grarse. 

El masaje era de largo tiempo conocido y practicado por los in- 
dios, los japoneses, los malayos y los indios orientales. Según la opinión 
de Rivers (2), el masaje ha sido importado a la Melanesia por los náu- 
fragos de la Polinesia, supuesto que en la Polinesia el masaje es, aparen- 
temente, una verdadera medida terapéutica racional, en tanto que en la 
Melanesia es más bien algo impuesto por un rito mágico. El hipnotismo 
ha sido originado entre los indios; la inoculación contra la viruela, entre 
los indios, los persas y los chinos. Lady Marie Wortley Montagu trajo su 
idea de la variolización del Este, y ella está todavía empleada entre las 



(1) Para el completo conocimiento de la medicina india en la vigésima centu- 
ria véase A. Hrdlicka: Bur. Am. Etknol. Bull,, num. 34, 1908; páginas 220-253. 

(2) W. H. Rivers: El masaje en la Melanesia, tr. XVII. Internal. Congr. I/../., 
191 3. Londres, 19 14; sect. XXIII, páginas 39-42. 



Historia ük i.a Medicina. — Tomo I 



i8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tribus y razas del Norte y del Centro de Africa (Arnold Klebs) [i]. Los 
antiguos japoneses empleaban las moxas, y los chinos, la acupuntura. Los 
chinos de la dinastía mongólica (1260) [2] aprendieron probablemente el 
uso de los anteojos de la India, vía Turkestán. Los anteojos para la nieve 
han sido empleados por las tribus polares. 

La Cirugía no ha llegado a ser verdaderamente una ciencia hasta los 
tiempos relativamente modernos, no tanto por lo que a habilidad indivi- 
dual o a la especialización de los instrumentos hace referencia, como por 
la aparición de los nuevos factores: la anestesia y la antisepsia. En la ciru- 
gía primitiva aparecen ya todos los rudimentos del arte. Los más antiguos 
instrumentos quirúrgicos han sido, según todas las probabilidades, no las 
especializadas piedras talladas en forma de hoja, o «celtas», a las que ya 
nos hemos referido, sino más bien algunos fragmentos excepcionalmente 
cortantes y afilados en punta, que se producían por accidente al dividir 
las piedras en láminas (3), como las navajas obsidianas del Perú. Podemos 
admitir que con estas piedras afiladas o con las espinas de los pescados 
pudo ser efectuada la sangría, la abertura de los abscesos, la escarificación 
de los tejidos, la trepanación del cráneo, y, ya en un período más avan- 
zado, algunas operaciones rituales, como hemos visto que se realizaban 
con los mismos «celtas» primitivos. La trepanación para la epilepsia y 
para otras alteraciones cerebrales se remonta hasta los tiempos prehistó- 
ricos, encontrando, como demostración de ello, el que vemos con frecuen- 
cia, colocados a modo de amuleto, sobre una misma persona, varios de 
los trozos de hueso quitados del cráneo. Se dice que la trepanación se 
practica todavía entre los aymarás de Bolivia y los quichuas del Perú (4), 
y otra demostración de ello es la curiosa mutilación crucial a lo largo de 
las suturas coronal y sagital, como una práctica usual entre los habitantes 
de la isla de la Lealtad, que ha sido conocida gracias a la comunicación 
del misionero inglés Rev. Samuel Ella, en 1874 (5), y que Manouvrier en- 
cuentra después en los cráneos femeninos de la época neolítica en el Seine- 
et-Oise, denominándola la «sincipital T» (1895) [6]. Las heridas del hom- 



Klebs: Johns Hopkins Hasp. Bull. y Baltimore, i9i3;XXIV, pág. 70. 
B I. tuicr: Mitt. z. Gesch, d. Med., Leipzig, 1907; VI, páginas 379-385. 
Lo escrito acerca de este importante punto se debe a William 11. Holmes. 
\. Bandelier: Sobré la trepanación en los indios actuales de Bolivia [Internal. 
r. Americanista 1894). S. I Mozans (Rev. J. A. Zahm) y en su A lo largo de los 
I \ mazónos > New- York, 191 1; páginas 206 y 207), es de opinión que las ho- 
jas del Erythro vylon coca, cuando se mas< an, tienen propiedades anestésicas, como 
61 puede comprobar personalmente. Así se podría comprender cómo los antiguos 
peruanos hablan podido efectuar La trepanación con el auxilio de tro/os afilados 
de piedra u obsidia 1 pecú d< lava volt áni< a 

I 1: ¡A-/. /'.' - . I on, has, 1874; I. pág. 50. 

L Manouvrier: Rev. mens, de ? Ecole o? \nthrop. de Paris, 1899; VI, pá<¿. 57; 
XIII, pág ni. Manouvrier opina que la T sincipital puede identificarse ron 



IDENTIDAD DE FORMAS DÉ LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 19 

bre primitivo se curaban con musgo o con hojas secas, con ceniza o con 
bálsamos naturales, y cuando estaban emponzoñadas, tratadas por la suc- 
ción o por la cauterización. Las ventosas puede pensarse que las formasen 
primitivamente con los cuernos de los animales. Los efectos revulsivos de 
alguna herida accidental o de alguna hemorragia, o el proceso natural y 
periódico de la menstruación, sugirieron, indudablemente, las ventajas de 
la sangría, que ha llegado a convertirse en el áncora de salvación o último 
recurso terapéutico a través de las edades. Para la operación de las cata- 
ratas y para abrir un absceso podía bastar con una espina de pescado. Los 
dayacos de Borneo emplean una raíz aguzada (pinjampo). En una fase más 
avanzada del desenvolvimiento cultural se afilaban en punta los trozos de 
madera dura, o se les hacía cortantes, lo mismo que se hacía con las hojas 
cortantes de piedra. Durante las edades de bronce y de hierro llega a ad- 
quirirse una gran habilidad en ( los trabajos metálicos, y el instrumental 
quirúrgico va correspondientemente perfeccionándose. En las excavacio- 
nes de las habitaciones lacustres de Suiza, que han sido descubier- 
tas en 1853 (i), se han encontrado diferentes objetos, de culturas diferen- 
tes, en las sucesivas capas del terreno, desde la edad x de piedra hasta las 
edades de bronce y de hierro, y de ello puede deducirse que el co- 
mienzo real de la cultura del Norte de Europa se debe asignar a los 
objetos e instrumentos encontrados en La Téne. La frase «La Téne» 
simboliza para los antropólogos el punto de mira de los períodos cultu- 
rales que siguen a las tres edades del hielo, con sus dos períodos 
inter-glaciales, no en razón de que los objetos descubiertos en las ha- 
bitaciones lacustres sean necesariamente los objetos de hierro más an- 
tiguos que se conocen, sino porque son los más característicos y re- 
presentativos de todos. La Téne está precedida por las edades eolítica, 
paleolítica, neolítica, del bronce y la primera del hierro (Halstatt). Los 
hallazgos de La Téne datan, próximamente, de 500 años antes de Cristo, 
de los tiempos de Roma, enteramente distintos de las culturas egipcia, 
india y griega, comprendiendo los cuchillos, agujas, broches, espadas y 
lanzas de hierro, como los brazaletes, collares y pendientes de los etrus- 
cos o ejemplares de los celtas occidentales, y las urnas funerales conte- 
niendo restos humanos, demostrando que la cremación era reglamentaria 
en los habitantes de La Téne. Algún tiempo después, como, por ejemplo, 
en los hallazgos galo-romanos de Francia, nos encontramos el tránsito a 



la cauterización crucial del cráneo, recomendada por Avicena y otros, y no una 
mutilación ritual. Gron lo considera como una forma de tortura judicial. Sudhoff lo 
identifica con los procedimientos derivativos empleados por los cirujanos alejan- 
drinos para las cataratas y mencionados por Celso (VII, cap. XII, sect. XV). 
(1) Primeramente investigadas por Ferdinand Keller en 1853-54. 



¿o HISTORIA DE LA MEDICINA 

los instrumentos compuestos y articulados, como tijeras, en los cuales el 
corte se efectuaba ya por una acción indirecta (i). Con estos instrumentos 
de metal, más perfeccionados, pudieron ya intentarse las operaciones cos- 
méticas, como el tatuaje; la abertura de orificios para pendientes en las 
orejas y en las narices, o la operación de Mica (uretrotomía externa) y 
hasta las amputaciones y litotomías. Los antiguos indios realizaban ya casi 
todas las grandes operaciones, excepto la ligadura de las arterias; la 
ovariotomía se ha hecho por los naturales de la India y de la Australia, y 
Felkin ha sido testigo de una operación cesárea en Uganda en 1 878. Am- 
bas operaciones eran llevadas a cabo por los castradores de cerdos alema- 
nes en la dieciseisava centuria. 

El uso de una poción soporífera reemplazando a la anestesia es, igual- 
mente, de una remota antigüedad, como puede verse simbolizado en el 
versículo veintiuno del segundo capítulo del Génesis: «Y Dios Nuestro 
Señor hizo descender un profundo sueño sobre Adán, y él durmió; y El 
tomó una de sus costillas y cerró luego la herida.» Del calmante nenúfar 
de los egipcios, que la Odisea dice fué echado por Helena en el vino de 
Ulises; de la «samme de shinta» del Talmud, del «blang» de las noches 
árabes, del «jarabe narcótico» del tiempo de Shakespeare, de las virtu- 
des soporíferas del opio, del cáñamo indio, de la mandragora, del bele- 
ño, del estramonio, de la belladona, del lactucario, etc., vemos que han 
sido bien conocidos de los orientales y de los griegos (2), y que en las 



1 \ ('ase ML Bnudouin: Arch. prov. de Chzrurg.,Farís, 19 10; XIX, páginas 228-238. 
I .1 adormidera y el cáñamo indio eran probablemente conocidos de los 
egipcios y, consiguientemente, de los griegos; la belladona, de los egipcios, de los 
griegos y de los hebreos. Theofrasto y Dioscórides han sido los primeros que 
mencionan las propiedades afrodisíacas y narcóticas de la Atropa mandragora. No 
sabemos bien si la mandragora que pretendió Raquel de Leah (Génesis, XXX, pá- 
ginas 14-16) era con la primera intención o con la de aliviar los dolores del parto. 
Dios< órides es el primero que habla del empleo del vino de mandragora para la 
anestesia quirúrgica, y su receta ha sido empleada con éxito por sir Benjamín 
Ward Richardson (Hrit. and /-'or. Mcd.-Cliir. Rev., Londres, 1874; Lili). La man- 
dragora se menciona también por Celso, Plinio, Apuleyo, Pablo de Egina y Avice- 
na, v las leyendas a propósito de la forma humana de su raíz, de los mitos espan- 
que lanza al ser arrancada, y la necesidad de emplear para arrancarla un 
perro, son comunes a los antiguos ingleses v germanos. Drogas como el cáñamo 
indio o hasliHis tabannuj 1 eran comunes entre los antiguos indios y los más mo- 

derní y sir Richard Burton añade: hilas han sido usadas por todo el 

ite mu< hos Biglos antes de que el éter y el cloroformo llegasen a ser la moda 
civilizado Occidente (Arabian Nights, denver edition, vol. IV, nota de la pá- 
gina 71! lúa, un mé.ii. o chim». se dice que usaba el hashish en < ürugía unos dos- 
« ienl tntes de Cristo. Según S. J. Mozans I lo largo del Amazonas y de los 

\ ork, i«h 1, páginas 206 \ 207 1, los antiguos incas del Perú usaban pro- 
bablemente en la trepanación la anestesia producida por el principio activo del 
1 ! ejemplo moderno de un coquero (el que masca habitual- 
al que le pasó por encima un carruaje, sin que, aparen- 
1 dolor alguno, a pesar de habérsele -< ■■ < ionado un pie en 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 21 

centurias trece y catorce se recomendaba una mixtura de algunos de esos 
ingredientes (oleum de lateribus), que era seriamente recomendada para 
la anestesia quirúrgica por los maestros medievales Nicolaus Salernita- 
nus, Copho, Hugo de Lucca y su hijo Theodorico, en forma de una spon- 
gia somnífera o confectio soporis para inhalación. Además, el uso de aque- 
llos antisépticos naturales, como la extremada sequedad, el humo (creo- 
sota), la miel, el nitro y el vino, era desde muy antiguo conocido por los 
hombres primitivos. En el afán de encontrar un «paraíso artificial» por 
medio de los narcóticos y de los tóxicos se recurre al alcohol, al opio, 
al hashish o al mescal, cuya prioridad corresponde positivamente al hom- 
bre primitivo, al cual somos también deudores de otros refinamientos, 
como el te, el café, el cacao y el tabaco. Es notable que la Medicina sea 
deudora de muchos de sus descubrimientos a personas que no eran mé- 
dicos. Como dice Oliver Wendell Holmes: 

Debemos a un fraile el saber cómo se usa el antimonio; a un jesuíta, cómo se 
curan las intermitentes; a un monje, cómo se operan los cálculos; a un soldado, 
cómo se cura la gota; a un marinero, cómo se evita el escorbuto; a un administra- 
dor de Correos, el modo de sondar la trompa de Eustaquio; a una lechera, el modo 
de evitar la viruela, y a una vieja verdulera, cómo se cogen los ácaros. Hemos to- 
mado la acupuntura y las moxas de los paganos japoneses, y nos ha sido enseñado 
el uso de la lobelia por los salvajes americanos (1). 

En el campo de la Obstetricia encontramos que la comadrona es una 
de las más antiguas figuras profesionales. Los cuidadosos estudios de En- 
gelmann (2) acerca de la posición durante el trabajo del parto demues- 
tran la tendencia universal de la mujer primitiva y fronteriza a adoptar 
las posiciones más convenientes para ayudar o acelerar el parto. La silla 
obstétrica, mencionada primeramente en la Biblia y por los escritores 
griegos, aparece ya en la más remota antigüedad, y sigue siendo todavía 
usada por algunas razas del Extremo Oriente. 

Llegamos ahora a una fase de la medicina primitiva que se encuentra 
íntimamente relacionada con un aspecto mucho más reciente del mismo 
asunto, a saber: los aspectos de las supersticiones terapéuticas y el trata- 
miento actual de las enfermedades por la influencia del espíritu sobre el 
cuerpo. Es éste un asunto que no puede ser tomado irrisoriamente, sobre 
todo desde el punto de vista de los modernos charlatanes y de sus suce- 
sores. La conclusión, desde el punto de vista del hombre primitivo, más 
aceptable es la que puede deducirse de nuestro propio modo de pensar. 



(1) O. W. Holmes: Medical Essays, Boston, 1883; pág. 289. Para una exposición 
más extensa de este interesante asunto véase el ensayo de George M. Gould, Me- 
dical Discoveries by the Nou- Medical, en el Journ. Amer. Med. Assoc, Chicago, 1903; 
XL, páginas 1. 477-1. 487. 

(2) George J. Engelmann: Labor Among Primitive Peoples, St. Louis, J. H, 
Chambers and C.°, 1882. 



HISTORIA DE LA MEDICINA 

El salvaje, no educado, como nosotros hemos visto, piensa que el movi- 
miento, de cualquier género que sea, es el equivalente de la vida. ¿En 
qué puede él diferenciarse de los fisiólogos ultramecánicos, que vuelven 
al revés esta ecuación? Sencillamente en esto: en que la inteligencia del 
salvaje es, como dice Black (i), un espejo que lo refleja todo y que no 
retiene nada. Tan pronto como un objeto ha pasado de su observación, 
su imagen desaparece de su visión mental, y cesa de comprender el mo- 
tivo de su existencia y hasta de razonar a propósito de él. La inteligencia 
primitiva es, como Rowland desdeñosamente dice, «la mente ordinaria- 
mente cultivada o mente legal» esencialmente «discontinua». La inteli- 
gencia científica, por lo menos en su tendencia y en sus métodos, tiene 
una inevitable inclinación a confundir el post hoc con el propter hoc y 
a tomar lo accidental por lo esencial. Casi todos los que han vivido en 
el campo se han familiarizado, por ejemplo, con muchas supersticiones 
rurales relativas a las verrugas — que matando o cogiendo un sapo pue- 
den producirse, y que pueden desaparecer o cambiar de sitio si alguno 
las toca con guijarros o si se dicen algunos encantos sobre ellas — , o 
jon la noción de que el agua de tronchos de col es buena para las pecas, 
y que el mal de ojo puede ser remediado con el agua en que el herrero 
ha sumergido el hierro puesto al rojo. En algunos puntos de Holanda, 
si un niño llevando nenúfares en la mano se cae, se supone que esto le 
hace propenso a tener ataques convulsivos. Los lectores de la Evangeli- 
)ia, de Longfellow, recordarán las palabras referentes al paludismo: 

Curado llevando una araña colgada del cuello en una cascara de nuez. 

I"ii Norfolk (Inglaterra), esta araña, metida en un trozo de muselina y 
pinchada encima d : la chimenea, es un remedio para la tos ferina. En Do- 
negal, un escarabajo en una caja se considera como un remedio para la 
Última enfermedad; en Suffolk, el meter al niño cabeza abajo en una oque- 
dad de un prado; en el norte de Lincolshire, ratones fritos; en Yorkshire, 
caldo de lechuza; en otras partes de Inglaterra, montar al niño en un oso; 
en Escocia, algo que haya sido sugestionado por un hombre que vaya 
montado en un caballo pío (2). Compárense estas supersticiones, por ton- 
tas que parezcan, con las que han ido sucesivamente apareciendo en la 
historia de la Terapéutica. Una cura de un enfermo sigue, aparentemente, 
a la administración de uno de esos remedios o drogas citados como no- 

: i. Inmediatamente se establece una relación causal, y el descubridor 
I .1 la publicidad con la feliz noticia. I. as estadísticas comienzan a 



i \v. G. Black: Folk-Afedicine, I ondres, 1883 
Black: Of. cit., passim, 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 2 h 

aparecer y llegan a ser muy numerosas, hasta que, más tarde, la curva 
de correlación percibida llega a presentar un declive tan insignificante, 
que nada positivo puede afirmarse sobre aquel remedio. Este es rápida- 
mente enviado al limbo de las cosas olvidadas (i). No ocurre esto con 
los remedios populares. La superstición llega a ser, como sus derivaciones, 
algo que se mantiene firme; y esto por una importante razón, a saber: que 
en muchos casos «la Naturaleza cura la enfermedad, mientras los remedios 
están divirtiendo al enfermo»; en otros casos, la curación es, muy proba- 
blemente, producida por la acción del espíritu sobre el cuerpo. 

Black, la principal autoridad inglesa en medicina popular, ha hecho 
una cuidadosa y acabada clasificación de las diferentes supersticiones re- 
lacionadas con los males que sufre la Humanidad (2). Se incluyen en ella 
las ideas acerca de la posible transmisión de las enfermedades, simpatía 
de parentesco, la posibilidad de reproducción o regeneración, la acción de 
algunos agentes accidentales específicos, como .color, número, influjo so- 
lar y lunar, escritos mágicos, anillos, piedras preciosas, partes de anima- 
les inferiores y encantos relacionados con los nombres de los santos, la 
doctrina de las plantas, el mal de ojo, el nacimiento, la muerte y la sepul- 
tura. El examinar todo esto es ver claramente que «las maravillas y pro- 
digios son del alma». Lo mismo que el salvaje ve a Dios en las nubes y le 
oye en el viento, sus ascendientes han visto la enfermedad, no como una 
cualidad o condición del enfermo, sino como algo material y positivo que 
se ha introducido en su cuerpo; un punto de vista sostenido también por 
Paracelso. De esta idea se deduce la noción de que la enfermedad puede 
ser transmitida de un cuerpo a otro, como Plinio, en su Historia Natural, 
pretende que el dolor de vientre puede trasladarse a un perro o a un pato. 
Tocar las verrugas con guijarros, curar la mordedura de la serpiente apli- 
cando las entrañas sangrantes de un pájaro abierto en vida (absorción na- 
tural) y la superstición de los negros de colgar un mechón de pelos del 
enfermo de un árbol, con el fin de transmitir los escalofríos y la fiebre del 
enfermo al árbol, o al dueño del árbol, son todas formas bien conocidas 
de esta curiosa creencia. Sir Kenelm Digby propone el siguiente remedio 
para la fiebre y las intermitentes: «Cortar las uñas al enfermo, poner los 
trozos cortados en un saquito y colgar el saquito alrededor del cuello de 



(1) J. C. Bateson cita el caso ocurrido con un tapicero turco, que durante el 
delirio producido por una fiebre tifoidea bebió el líquido de un tarro de coles 
en vinagre, terminando la enfermedad por curación. Entonces los doctores turcos 
declararon que este jugo de coles era un específico de esta enfermedad. Los enfer- 
mos sometidos después a este régimen murieron, y entonces modificaron el dog- 
ma, diciendo que el jugo de coles es bueno para la fiebre tifoidea con tal de 
que el enfermo sea tapicero. {Dieiet &> Hyg. Gaz., New-York, 1911; XXVII, pági- 
nas 297 y 298.) 

(2) (9^. ¿-zV., páginas 34-177- 



2 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

una anguila viva, que se pondrá en un baño de agua. La anguila enfer- 
mará, y el enfermo recobrará la salud» (i). 

En la mitología médica, la doctrina de la transferencia déla enfermedad deriva 
de la idea de depuración o purificación (catharsis). El testaferro era comúnmente 
un dios, o su representante en forma de una persona, de un animal o de un objeto 
inanimado, sobre el cual los pecados del pueblo podían ser descargados. Entre los 
aztecas, un ser humano era anualmente sacrificado en lugar deVitzliputzli o de otro 
dios. En el festival de Xipe, el dios desollado, los mejicanos mataban todos los pri- 
sioneros hechos en la guerra, y sus pieles se llevaban al altar, consagrándolas a 
este culto. En las saturnales romanas, Saturno estaba representado personalmente 
por un hombre que era en seguida muerto. En la Thargelia griega, como hemos 
visto, había dos testaferros (cpspjjiay.oi) [2]. El sacrificio antiguo era algunas veces 
honorífico [hostia honoraria): un presente o donativo para el dios; otras veces, ca- 
tártico o expiatorio [hostia piacular is), para conciliar la cólera de los buenos o ma- 
los poderes, en cuyo caso solía ser exigido el sacrificio humano; algunas veces, mís- 
tico o sacramental, en cuyo caso el dios se consideraba dividido y era consumido 
por sus adoradores (Robertson Smith). En el sacrificio honorífico, el dios y sus 
adoradores se dividían el sacrificio, como comensales o «tótem-compañeros» del 
mismo género de tótem, y la víctima era algunas veces un animal representante 
del tótem hostil; otras, un animal consagrado al dios. En el sacrificio expiatorio, un 
animal o una planta tótem podía reemplazar a la víctima humana, y en el sacrificio 
místico, el dios estaba representado por un animal o un vegetal similares, y el par- 
ticipar de su consumo era entrar en comunión con aquél (3). Con esta obscura cla- 
se de cultos, muy diferentes según los distintos pueblos, viene a relacionarse la 
consagración de plantas o de partes de animales consagradas a los sacrificios, como 
agentes terapéuticos (4). El Katharmata o residuos del sacrificio, comido por los 
adoradores, era literalmente «hecho sagrado» por el rito. La costumbre de aque- 
llos tiempos de «comerse el dios» persiste en la creencia de los actuales aldeanos 
europeos de que las hierbas medicinales son espíritus benévolos materializados. 
En casi todas las regiones de Europa, las plantas cogidas en la víspera del sols- 
ticio de verano (San Juan) adquieren transitoriamente virtudes medicinales o má- 
gicas (5). 

Intimamente relacionada con esta idea de la transferencia estaba la an- 
tigua tradición de la simpatía existente entre partes o cuerpoá separados 
en el espacio («magia simpática» de Frazer), festivamente referida en la 
pomada de las armas de sir Kenelm Digby, que se aplicaba al arma en 
lugar de a la herida y con las mismas palabras: 

Extraño hermético polvo, 
( Uic [as heridas nueve mil puntos blancos soldarán 
Por el hábil químico, con gran coste, 
Extraído «le un poste podrido. 



1 Citado por < >. \V. Holmes: Ensayos médicos \ Boston and New- York, 1883; 

Frazer: The Scapegoat {Golden Bough % pt. 6. a ), Londres, 19 13; páginas 252, 

\. \V. Thomas: Bncycl. Britannica (11 ed.), Cambridge, 1911; XXIII, pági- 

1 M Hofler: Wald-und Baunkult., Munich, 1892; Die volks medizinische Orga~ 
1 108; J anus, Amst., [912; XVII, páginas 3, 76 y iuo. 
Fraaer: halda 1 ti (Golden Bougn, pt. 7.*), Londres, 1913; ll. pági- 

• ; -75- 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 25 

La idea de la regeneración material es originaria de los indios (arias) 
y procede de la adoración primitiva al poder generador de la Naturaleza, 
el culto del lingam y del yoni, cuya forma helenizada se da a conocer de 
un modo tan sorprendente en el cuarto libro de Lucrecio. Una hendidura 
o cavidad de una roca o de un árbol era considerada como símbolo del 
yoni sagrado, y los niños (también los adultos) enfermos de escrófulas, de 
deformidades de la columna vertebral o de otras enfermedades se supo- 
nía que quedaban libres de estos trastornos si eran pasados por ellas. Ras- 
tros de la forma sajona de esta superstición persisten en la «piedra hue- 
ca», cerca de Lanyon (Cornwall), a través de la cual los niños escrofulosos 
eran pasados, desnudos, por espacio de tres veces consecutivas: en la «agu- 
ja del diablo» (i); en el lecho del River Dee (Aberdeenshire), que gozaba 
de la reputación de hacer fecundas a las mujeres estériles si se metían 
dentro de él, y en el Crick-Stone (piedra de calambres), en Morva (Corn- 
wall), que el atravesarla era considerado como un tratamiento para todo 
lo que fuera análogo a un «calambre en el dorso». Como forma más re- 
ciente de esta creencia popular en la magia simpática está la costumbre 
descrita por White de Selborne (2), de pasar a los niños que padecen her- 
nia a través de una hendidura o grieta de un fresno. En 1804 había uno 
de estos árboles en la orilla del Shirley Heat, en la carretera de Birming- 
ham (3). Todavía más recientemente, de 1 895 a 1 896, se describían algu- 
nos árboles, a los que se recurría con aquellos fines en Suffolk y en Rich- 
mond Park (4), y también algún'otro análogo en Burlington County (New- 
Jersey). La costumbre escocesa de pasar los niños atacados de consunción 
a través de una guirnalda de madreselvas de los bosques; el rasgo inglés 
de arrastrarse por un zarzal para curar el reumatismo; el «ojo de la aguja 
del árbol» de la isla de Junisfallen (Killarney), que al ser atravesado asegu- 
ra larga vida y un feliz alumbramiento a la mujer embarazada, son men- 
cionados por Black como variedades de esta superstición. Frazer (5) con- 
sidera todas estas prácticas como fases de la magia simpática, asociada a 
la idea del «alma externa»; la vida de una persona está unida a la de un 
árbol o de una planta. 

El color es un factor de la mayor importancia en la medicina popular, 
principalmente el rojo, que los chinos y los neozelandeses consideran como 



(1) Véase The Stone in Scottish Folk- Medicine, por el doctor David Rorie, en el 
Caledonian Medical Journal, Glasgow, 191 1; VIII, páginas 410-475, en el que hay 
una interesante fotografía de esta «aguja del diablo», s 

(2) Gilbert White: Natural History of Selborne, 1789; página 202 (citado por 
Black). 

(3) Gentlemanrí s Mag., Londres, 1804; pág. 909 (citado por Frazer). 

(4) Folk-lore, Londres, 1896; VII, pág. 303; 1898, IX, pág. 330 (con fotografías). 

(5) Frazer: Haider the Beautiful [Golden Bough, pt. 7. a ), Londres, 191 3; II, pa- 
ginas I59-I95- 



26 HISTORIA DE LA MEDICINA 

aborrecible para los malos espíritus, y otros pueblos, como productor de 
calor; cintas rojas, collares de cuentas de coral, perlas rojas y fuegos 
rojos, lo mismo que los anillos de coral rojo y los cascabeles que se dan 
a los niños para que los muerdan, son todas asociaciones supersticiosas, y 
las virtudes de los trapos de franela roja, comúnmente arrollados alrededor 
del cuello, para combatir el dolor de garganta y la tos ferina, parece que 
estriban < menos en la franela que en el color rojo» (i). El tratamiento de 
Finsen por la luz roja para prevenir las marcas de la viruela era ya, como 
una antigua creencia popular, conocido por los japoneses y empleado su- 
cesivamente con éxito por Gilbertus Anglicus, Bernard de Gordon y por 
John de Gaddesden, en el caso del hijo de Eduardo II. En opinión de 
Valescus de Taranta, el fundamento del tratamiento por la luz roja debe 
buscarse en la antigua «doctrina de las señales», en virtud de la cual un 
remedio era aplicado por motivo de alguna supuesta semejanza en forma 
o color con la enfermedad. Los paños rojos colgando alrededor del en- 
fermo de viruela se suponía que hacían bajar la temperatura de éste, ex- 
trayendo su sangre roja. 

I. a idea de que ciertos numerales pueden ser sagrados o malignos es 
de origen accadiano, y está relacionado con las astrologías babilónica y 
caldea. De los números místicos, generalmente impares, el tres y los múl- 
tiplos de tres son los más populares para la suerte, buena o mala; el siete, 
o uno de sus múltiplos, para el poder sobrenatural. Hesíodo (Las obras 
y los días, 765-828) dice que el primero, el cuarto y el séptimo día del 
mes son «días sagrados»; el ocho (4 4. 4) y el nueve (3 X 3)> «especial- 
mente buenos para las obras del hombre»; el doce (3 X 4) es m ejor que 
el once; el quinto, «adverso y terrible», a consecuencia de que un cinco 
las «erinnyas asistieron al nacimiento de Horcus»; el décimo es favorable 
para tener un niño; el cuarto, para tener una niña; el nueve del primer 
mes «es un buen día para engendrar o para dar a luz, tanto un varón como 
una hembra; nunca es por completo un mal día». No es, en realidad, sin 
algún motivo el que haya tres parcas, tres furias, nueve musas, doce me- 

y doce signos del Zodíaco, siete días en la semana, doce horas en el 
horario, y así sucesivamente. Tres puñados de tierra son constantemente 
dejados caer sobre el ataúd en los entierros. Los quirománt icos y los de- 
cidores de la buenaventura v otros de este género emplean con gran fre- 
cuencia (como una firma hablada) «nueve por nueve», y los jugadores 
apuestan generalmente por los números impares. En Escocia y en Portu- 
gal el séptimo hijo de un séptimo hijo Suele ser mirado eon horror o ve- 
neración, como poseedor de la doble vista y de otros expuestos atributos. 

Medicine, Londres, 1883; pág. m. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 27 

Remedios populares semejantes a los que recetan en la Suiza Occidental 
para las intermitentes — tomar siete días por la mañana, en ayunas, siete 
hojas de salvia — son bastante frecuentes. Valescus de Taranta dispuso su 
vasta terapéutica, Philonium, en siete tomos, como una veneración hacia 
el número siete. En la medicina china el cinco es un número sagrado. Un 
aspecto razonable de la doctrina de los números en la literatura médica es 
la doctrina de Hipócrates de las crisis y de los días críticos (i) [dies nefas- 
ti], que deriva, probablemente, de las enseñanzas de Pitágoras, quien, a 
su vez, se la habría asimilado de las tradiciones populares de los caldeos. 
Aquí la doctrina de los números tiene un germen de verdad científica en 
el hecho de que existe realmente una cierta periodicidad en algunas de las 
manifestaciones de las enfermedades. Las curvas de los raptos, asesinatos 
y, en general, «el curso de las acciones violentas* (incluyendo la guerra), 
se exageran en las estaciones calurosas. El que algunas enfermedades epi- 
démicas se recrudezcan en determinados períodos ha dado origen a la 
doctrina del genius epidemicus o de las constituciones epidémicas. La co- 
nocida periodicidad de las enfermedades epidémicas de unos a otros años 
justifica la vieja superstición de los caldeos de los «años malos* (malus 
annus), que iba en la Edad Media asociada con la aparición de algunas 
erupciones serpiginosas y vesiculosas del hombre y de los animales 
(malum malannum) [2]. Otra superstición que procede igualmente de la 
astrología caldea es la de que los cuerpos celestes tienen alguna influencia 
sobre las enfermedades. El Sol, la Luna, las estrellas y los planetas eran 
considerados como seres animados y vivos que ejercían un poderoso in- 
flujo en la fortuna y la desgracia humanas, y hasta el diecisieteavo siglo 
la humanidad europea acudía a los horóscopos (\ajudicia astrorum) antes 
de realizar alguna empresa de momento, y muy especialmente para deter- 
minar el instante adecuado para la sangría, los vomitivos o los purgan- 
tes. La luz de la Luna se suponía ser capaz lo mismo de producir la locu- 
ra (lunáticos) que de conferir belleza o de curar las verrugas o las enfer- 
medades (3). La salud, la fuerza y el poder sexual se creía que variaban 
según crecía o menguaba la Luna. La menstruación se relacionaba con el 
ciclo lunar. La luna llena era un símbolo del libido (White) [4]. Practicar 
la sangría cuando la Luna y la marea estaban llenas (dies Aígiptiaa) se 
consideraba como una mala práctica durante la Edad Media. El influjo de 
la Luna se ve también en la vulgar superstición de que la muerte sobre- 



(1) Para el estudio histórico de la doctrina de los días críticos a través de las 
edades véase Sudhoff: Wien. ?ned. Wochennschrift, 1902; LII, páginas 210, 272, 
321 y 371- 

(2) Hoefler: Janus, Amst, 1909; XIV, páginas 512-526. 

(3) Frazer: Adonis {Goldenn Bough, pt. 4. a ), Londres, 1914; II, páginas 140-150. 

(4) W. A. White: Psychoanalyt. Rev., New-Yoik, 191 3- 14; I, páginas 241-256. 



28 HISTORIA DE LA MEDICINA 

viene, como en el Falstaff de Shakespeare o el Barkis del David Copper- 
field, de Dickens, en el momento de cambiar la marea. Darwin piensa que 
la periodicidad, en relación con las mareas, de los fenómenos fisiológicos 
en los vertebrados podía ser explicada por el hecho de que ellos descien- 
den «de animales con antecesores marítimos» (i). Arrhenius, en sus estu- 
dios acerca del influjo que ejercen los fenómenos cósmicos en el organis 
mo, ha comparado las curvas de natividad, mortalidad, menstruación y 
ataques epilépticos con los períodos de máxima y mínima condición eléc- 
trica del aire (2). Comparable con la influencia atribuida a las estrellas es 
la idea, ya mencionada, de que la enfermedad es una pena o castigo im- 
puestos por los dioses o por los demonios a la vez, y remediable única- 
mente por la intervención divina o diabólica. Los poderes malévolos, a los 
que pertenecen, de un modo aparentemente tan incambiable, las ideas 
de bien y de mal, únicamente pueden volverse propicios o ser conciliados 
por medio de los sacrificios, que, como Jakob Grim ha expuesto, tienen 
el doble propósito (como los obsequios hechos a los políticos) de conser- 
var los poderes en un buen humor, o hacer, cuando sea preciso, que vuel- 
van a este buen humor. «El retener el poder espiritual o el disponer de él 
y llevarle de nuestra parte — dice William James — ha sido durante largos 
espacios de tiempo el único gran objeto de nuestras relaciones con el 
mundo natural» (3). El mito griego délas flechas y dardos arrojadizos de 
Apolo; Bhowani, la diosa colérica de los indios; las muchas divinidades 
médicas de los romanos; la leyenda de los indios y de los samoyedos, de 
las «balas mágicas» (un motivo en Der Freischütz)\ el pasaje del libro de 
Job, en el que el patriarca atribuye sus sufrimientos a las flechas del Om- 
nipotente; la convicción de Martín Lutero de que «la fiebre pestilencial y 
otras graves enfermedades eran males producidos por nuestras malas 
obras >; la definición de Cotton Mather, de la enfermedad como un Flagel- 
lum Dei pro peccatis mundi; la imagen medieval de la muerte como un 
segador (la «muerte negra» déla canción alemana); la superstición popu- 
lar de que la erisipela (o «fuego salvaje») era causada por malos duendes: 
todo demuestra la fuerza de esta creencia, profundamente arraigada, que 
sobrevive en los múltiples sermones y plegarias pronunciados en tiempos 
de epidemias y pestilencias, a través de los siglos xvir y xvni, y se ex- 
tiende hasta nuestros días bajo diversos .ispéelos. Relacionado eon esta 
teoría de la enfermedad estaba el poder benévolo o malévolo que se con- 
lía a determinadas personas. Un niño nacido en sábado santo era capaz 



1 Darwin: Descent of Man, I ondres, 1871; I, pág. 212, nota. 

Vrrhenius: íkandin. Arch. i. I'hxsiol., í eipzig, [898: I. páginas 367 \i6 
'■ Lectures, New-York, 1902 (citado poi Osborn), 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 29 

de curar las tercianas y las cuartanas. Las personas que habían nacido 
«con el amnios» se suponían dotadas de la doble vista. El poder curar 
la escrófula con el contacto real era una parte o consecuencia del poder 
divino de los reyes. En el oeste de Irlanda, la sangre de los Walshes, 
Keoghs y Cahilís se considera como un remedio infalible para la erisipela 
y el dolor de muelas (i). La legenda médica de los hombres santos, de 
sus días especiales, de las enfermedades de que son patronos, las fuentes 
milagrosas y otras cosas benditas por ellos son un aspecto especial de este 
asunto. Se suponía generalmente que los santos tenían el poder lo mismo 
de causar que de curar enfermedades, algunas de las cuales las vemos aso- 
ciadas al nombre de varios santos. Así, los nombres de St. Guy, St. Vi- 
tus y St. With son eponímicos de la corea; St. Avertin, St. John y San 
Valentin son considerados como patronos de la epilepsia; San Huberto 
de las Ardennes, el patrón de los cazadores, cura la hidrofobia, al paso 
que San Antonio, San Benito, San Marcial y Santa Genoveva son patronos 
del ergotismo. Kerler (2) ha recopilado en un voluminoso tomo la indica- 
ción de estos santos patronos únicamente de la Medicina. Trozos consa- 
grados de pastel (Heil-brote), derivados, como demuestra Hofler, de las 
antiguas tortas del sacrificio, eran dedicados a aquellos santos, y comidos 
para precaverse de las respectivas enfermedades (3). 

Un notable ejemplo de la creencia en la malevolencia de la personali- 
dad es la superstición del mal de ojo, que es causa de que los orientales 
lleven una media luna de cuerno sobre la frente, como preservativo, y de 
que los levantinos crucen sus dedos o introduzcan el pulgar entre los 
dedos índice y medio {mano fie a) . 

Esta creencia, como ha demostrado Seligmann, ha existido desde la más remo- 
ta antigüedad, y es común a todas las razas humanas. Mencionado en las encanta- 
ciones asidas y babilónicas, declarado crimen capital en las tablas de los decenvi- 
ros romanos (450 años antes de J. C), este poder de infligir el mal ha sido atri- 
buido de modo diferente a razas enteras y sectas religiosas, a los perros, a los lo- 
bos y a los animales de la raza felina, a los reptiles y a criaturas míticas (como el 
basilisco), a las estatuas y a los objetos inanimados, a los dioses, a los demonios, 
a los espíritus y a los seres sobrenaturales. En la -leyenda purana, Siva destruye 
una ciudad entera con una rápida mirada, como Wotan destruye a Hunding en «las 
Walkirias». Lord Byron, Napoleón III, la reina Amelia de Portugal, los papas 
Pío IX y León XIII y el compositor Offenbach, eran todos temerosos de este po- 
der hipnótico. Según los escritores romanos, los ojos dotados de este poder eran 
nistágmicos, estrábicos o atacados de otras anomalías o enfermedades. Ovidio 
(Amores, VIII, páginas 15 y 16) atribuye una doble pupila a la hechicera Dipea: 

O culis quo que pup illa duplex 
Fulminat et geminum lumen in orbe matiet; 



(1) Black: Folk-lore, Londres, 1883; pág. 140. 

(2) D. H. Kerler: Die Patronate der Heiligen, Ulm, 1905. 

(3) M. Hofler: Janus, Amst, 1902; VII, páginas 189, 233 y 301, 



30 HISTORIA DE LA MEDICINA 

y dice que, mirando con los ojos a los enfermos, se sufre la misma enfermedad: 
Dum specta?it o culi laesos, laeduntur et ipsi. 

Persius (II, pág. 34) atribuye malos poderes a los ojos inflamados o rojos {uren- 
tes oculi) [1]. 

Existe un intenso prejuicio humano respecto del aspecto extraño, 
enérgico o repulsivo de los ojos, como el que depende de alguna verda- 
dera anomalía; así, por ejemplo, en la fascinatio de los antiguos romanos; 
en la estrábica regard louche de los escritores franceses; en \dijettatura de 
los corsos; en el mal-occhio de los italianos; en la mirada turbia de algu- 
nos gitanos; en «la mirada fija, ambigua» que Arthur Symons atribuye a 
los orientales; en la mirada fija y dura de los ojos azules de las razas del 
Norte, a la cual unas líneas de Tennyson atribuye los efectos de la cabeza 
de la Gorgona. Nos desagrada siempre una mirada fija. La frase Sie fixie- 
ren mich, mei)i Herrl ha causado muchos duelos en Alemania. Tenemos 
una natural aversión hacia toda persona que tiene sólo un ojo, a causa de 
lo que Carlos Dickens ha, tan ingeniosamente, calificado de «prejuicio po- 
pular en favor de dos». Los ojos parcialmente coloreados, o de diferente 
color uno de otro, no son nada tranquilizadores. La ceguera parece haber 
desenvuelto en algún caso tendencias dudosas en el orden sexual o en otro 
sentido. De hechos de este género puede fácilmente comprenderse cómo 
la noción del «mal de ojo» ha podido venir o engranarse en las creencias 
de las razas orientales y levantinas, en los celtas y en los negros del Africa, 
y, en algunos casos, no completamente sin razón. 

Una parte esencial de la doctrina de la influencia divina o personal es 
Ja creencia en los amuletos y en los talismanes, y, por consiguiente, en 
los encantos y hechizos correspondientes que les acompañan. Los amule- 
tos (del árabe hamalet, un colgante) son, generalmente, objetos que se 
cuelgan o se aplican al cuerpo de los enfermos como una salvaguardia 
respecto de las enfermedades o de otras desgracias. Entre los amuletos 
se incluyen muy variados y abigarrados adornos, compuestos de objetos 
extraños e incongruentes, tales como trozos de huesos del cráneo exau- 
didos por la trepanación prehistórica, adornos de nefrita, escarabajos egip- 
cios, los grigris de los salvajes africanos, los fetiches de los de Hayti y 
Louisiana, dientes de la boca de un muerto, huesos y otros trozos del 
cuerpo de animales inferiores, 

El dedo del niño estrangulado al nacer, 
Entregado envuelto en un paño castaño, 



1 Para on completo \ a< abado estudio de estos asuntos <!<• fascinación véase 
■ igmann: Der base fílick, 2 v.. Berlín, [910. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA V PRIMITIVA 31 

de las brujas de Mácbeth; anillos hechos con clavos de ataúd, anillos nup- 
ciales de viudas, anillos hechos con peniques recogidos pidiendo limosna 
en el pórtico de una iglesia y cambiados por un trozo de plata después 
del ofertorio, los «chelines sagrados» recogidos el domingo de Pascua y 
los iconos y escapularios bendecidos por las dignidades de la Iglesia. 
Tylor ha podido demostrar que los objetos de bronce de los arneses eran 
amuletos de los romanos antiguos. En la interesante exposición de la me- 
dicina popular en el Museo Nacional de Washington (i), un ojo de gamo, 
una castaña de Indias (¿Esculus flavus)^ una patata irlandesa, una pata 
de conejo, una correa de cuero usada previamente por un caballo y un 
trozo de carbón de un arco voltaico son considerados como soberanos 
amuletos contra el reumatismo; y, como dice el doctor Oliver Wendell 
Holmes en su irónico lenguaje, la eficacia de estos remedios contra el 
reúma no está, de ningún modo, reducida sólo a los negros y a los aldea- 
nos de Europa. Otros amuletos que también figuran en la exposición de 
Washington son la rótula de un carnero y un anillo hecho de un clavo de 
un ataúd, sacado del cementerio, contra los accesos convulsivos y la 
epilepsia, y una peonía roja llevada en el bolsillo, contra la locura, así. 
co-mo las piedras preciosas y raras, para diversas enfermedades. 

Las leyendas populares respecto de las piedras son de la más remota 
antigüedad, siendo una de las más antiguas la expuesta en el Museo de 
Historia Natural de Nueva York, descubierta por W. Max Müller en 
Egipto y relativa a la fumigación con una piedra verde como remedio 
contra el histerismo. El doctor Robert Fletcher (2) ha demostrado que el 
«scopelismo», la antigua costumbre de los árabes de apilar piedras en un 
campo, además de prevenir el cultivo de la amenaza de la muerte del due- 
ño, debe considerarse en todas partes como un símbolo del odio de Caín 
hacia Abel, del bandido hacia el trabajador, de la barbarie hacia la civi- 
lización. Las leyendas relativas a las piedras de locura, piedras de serpien- 
te, piedras de ojo y piedras de verrugas son extraordinariamente nume- 
rosas. A los bezoares (enterolitos y otras concreciones del cuerpo de los 
animales) se les atribuía el poder de prevenir la melancolía y de ser antí- 
dotos de todo género de venenos, incluso del de la mordedura de las ser- 
pientes. En Inglaterra y Escocia, las piedras huecas (piedras de molino en- 
cantadas, piedras de afilar, etc.) y flechas de duendes (puntas de flecha 
de piedra) se montan algunas veces elegantemente y se llevan como col- 



(1) Los visitantes de Washington a quienes interese la medicina popular y el 
aspecto cultural de la historia de la Medicina deberán visitar esta colección, única 
en su género, que ha sido reunida por el contraalmirante James M. Flint, cirujano 
de la Armada de los Estados Unidos (retirado). 

(2) American Anthropologist, Washington, 1897; X, páginas 201-213. 



32 HISTORIA DE LA MEDICINA 

gantes para que sirvan de protección. Los estudios extensos de Hild. 
burgh (i) sobre los amuletos españoles indican un alto desarrollo del cul. 
to popular respecto del mal de ojo y de otras malévolas influencias. To- 
das las campanillas o cascabeles de que van adornados los caballos, mu- 
los y burros, así como también los juguetes de los niños y los cuernos, 
clavos y otros objetos, son comúnmente montados en plata y contribuyen 
al adorno personal de los originales españoles y de los gitanos (2). Las pie- 
dras preciosas han sido estimadas, indudablemente, y en primer término, 
no sólo por ser raras y poco frecuentes, sino también por suponérselas 
dotadas de poder contra la enfermedad. De las piedras incrustadas en el 
pectoral del gran sacerdote, representando las doce tribus de Israel, a las 
piedras de nacimiento y piedras de mes de nuestros propios días existe 
una continuidad de la creencia en el poder de estos preciosos objetos. Mu- 
chas mujeres temen llevar el ópalo; hay una supuesta fatalidad respecto 
de las perlas, y el diamante nuevo era antiguamente un «conservador de 
la paz» y «preventivo de las tempestades» en la casa. M. ]osse, en L' Amo itr 
Médecin, de Moliere, opina ingeniosamente que nada está tan bien calcu- 
lado para restaurar la salud a una señora joven que languidece, «como un 
elegante juego de diamantes, rubíes o esmeraldas». 

Los talismanes (del árabe talasim) son amuletos u otros encantos que 
se guardan cuidadosamente, pero que no es indispensable llevarlos enci- 
ma. Es sumamente probable que la mágica autoridad concedida a la pro- 
piedad de estos preciosos objetos les haya otorgado el poder de ser con- 
siderados como medios de posible compra y venta, y sean, en último tér- 
mino, el origen (como en el óbolo que se entrega a Caronte), o un símbo- 
lo de moneda o de riqueza, en el sentido de acopio o de energía poten- 
cial 13). En los talismanes se encontraban frecuentemente inscritos encan- 
tos o «caracteres», como los filacterios hebreos o los versículos de la Bi- 
blia, del Talmud, del Koran o de La [liada. Cuando los indios vieron al 
explorador Catlin leer el New York Commercial Advertiser creyeron que 
Be trataba de un papel médico para los ojos enfermos. En la categoría de 
los encantos hablados debemos incluir todas las plegarias, encantamien- 
tos, exorcismos y conjuros empleados para combatir la enfermedad, y 
también las fórmulas mágicas como Abracadabra, Sicycuma, Erra Pater, 
I i. r. Pax Max y otras análogas (4). De este modo, Catón el Censor, que 



1 \V. L. Hildburgh: Folk-lore, Londres, [906; XVII, pág. 454; 1913, XXIV, pá- 
gina 63 1914, XXV, pig. 206; 19 1 6, XXVI, pág. 404. 

1 tben perfectamente nuestros lectores, no es exacto. — Nota del 

traja, 

'•! M ni - Comp. rend. Tnti '. franc. <f ¿fi/Art^., París, [914; II, páginas 14-20. — 
A. Reina* W. Ibidem, páginas 24-27. 
1 Bla< k: Op. < ■//.. pá^. 4<». 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 33 

odiaba la medicina griega, se esforzaba en tratar las dislocaciones repitien- 
do el siguiente trozo de jerigonza: Huat hanat ista pista sista domiabo dam- 
naustra et luxato. Los encantamientos del período bizantino imponen una 
responsabilidad verdaderamente grave sobre diferentes santos. 

Al considerar todas estas diferentes supersticiones se advierte una 
consideración de especial importancia. Es altamente improbable que nin- 
guno de los mencionados remedios cure actualmente las enfermedades; 
pero existe, en cambio, una gran evidencia, del género más fidedigno, de 
que hay personas enfermas que se curan sin el auxilio de ninguna cosa. 
¿Cómo se curan? Al no aceptar la existencia de fuerzas sobrenaturales, po- 
demos únicamente recurrir a las vagas explicaciones «del poder curativo 
de la Naturaleza», de la tendencia de la Naturaleza de arrojar al exterior la 
materies morbi o de conducir el estado químico inestable al equilibrio, 
siendo esta última la explicación más plausible. Pero en muchos casos de 
naturaleza nerviosa, o en individuos neuróticos, hay la evidencia induda- 
ble de los efectos del espíritu sobre el cuerpo, y en tales circunstancias 
es altamente probable que una impresión sensorial pueda ejercer su influ- 
jo sobre los centros vasomotores o sobre las secreciones internas de las 
glándulas sin conductos, que producen definitivos cambios químicos en la 
sangre o en otros tejidos; cambios que pueden constituir en algunos casos 
«una curación». Nosotros sabemos igualmente que también es posible lo 
contrario; por ejemplo, en aquellos casos en que han blanqueado los ca- 
bellos a consecuencia de un intenso pesar o terror, o en aquellos otros en 
que aparecen convulsiones en un niño de pecho cuya madre ha sido vícti- 
ma de un acceso de cólera, de un susto o de otra violenta emoción antes 
de darle de mamar. Como Loeb vigorosamente dice: «Desde que Pawlow 
y sus discípulos han conseguido producir en el perro la secreción de la 
saliva por medio de señales acústicas y ópticas no debe ya parecemos 
extraño considerar lo que los filósofos designan con el nombre de «idea», 
como un proceso que puede causar cambios químicos en el cuerpo» (i). 
Billings ha comparado la sensación que se experimenta al colocar la mano 
sobre un objeto frío en una habitación obscura con la que produce la san- 
gre que «corre fría» cuando uno piensa que aquel cuerpo es un cadá- 
ver (2). Los importantes estudios de Crile sobre el shock quirúrgico de- 
muestran la íntima analogía existente entre los síntomas que se producen 
en el shock y en el terror intenso y el síndrome de la enfermedad de Gra- 
ves, especialmente en lo que hace referencia a las secreciones del cuer- 
po tiroides y a la destrucción de las células de Purkinje del cerebelo. 



(1) Loeb: The Mechanistic Conception of Life, Chicago, 191 2; pág. 62. 

(2) J. S. Billings: Boston Med. and Surg. Journ., 1888; CXVIII, pág. 59. 



Historia db la Medicina. - Tomo I 



34 HISTORIA DE LA MEDICINA 

\Y. B. Cannon demuestra que en el terror, en la cólera y en la angustia, 
las emociones que preparan al animal para la lucha o para la huida, las 
funciones digestivas y sexuales son inmediatamente inhibidas, la secre- 
ción suprarrenal es rápidamente vertida en la sangre, se moviliza el azú- 
car del glucógeno hepático hasta el punto de poder producir glucosuria, 
contrarrestando los efectos de la fatiga muscular y acelerando el tiempo 
de duración de la coagulación de la sangre; de este modo se proporciona 
al organismo una admirable capacidad para la ofensiva, para la defensa, 
para la huida y para la reparación de los tejidos lesionados. Un hombre, 
en el momento de combatir o de espantarse, es un fenómeno de las glán- 
dulas de secreción interna. El efecto patológico de la idea sobre el siste- 
ma autonómico sacro puede verse en los fenómenos de la perversión se- 
xual (I). La irritación o la depresión mentales exageradas pueden ser cau- 
sa de dispepsia, de ictericia, de clorosis o de decadencia general; las ma- 
nifestaciones externas del histerismo son innumerables; y es bien conoci- 
do lo desfavorable que es para cualquiera el ir a una operación quirúrgica 
con la idea de que no se va a salir bien de ella. Pueden recordarse nu- 
merosos casos de personas mentalmente deprimidas, pero no enfermas 
en ningún otro sentido, que han pronosticado la inminencia de su propia 
muerte, señalándola con absoluta precisión y certeza. Existe de ello un 
característico ejemplo en la colección personal del doctor John S. Billings, 
en sus lecciones del Instituto Lowell sobre historia de la Medicina, 
en 1887 (2). Un oficial, de una fuerza y una actividad físicas poco comu- 
nes, en el mejor estado de salud, ha sufrido una ligera herida de las par- 
tes blandas en la batalla de Gettysburg. En un estado mental muy depri- 
mido y sobrecogido afirmó que moriría a consecuencia de la herida, y que 
moriría al cuarto día. La investigación post-mortem ha demostrado que to- 
dos los órganos estaban sanos y normales, y que la misma herida era tan 
insignificante, que podía ser considerada como un factor despreciable. El 
concepto filosófico de Crile de la «anoci-asociación» en Cirugía vuelve so- 
bre esta* misteriosas influencias mentales, cuyo combate constituye la 
esencia de la psicoterapia. Personas que se han vuelto dispépticas, bilio- 
sas o melancólicas por persecuciones o por destrucción de sus esperan- 
zas; jovetu it as que se han vuelto cloróticas y mujeres que se han hecho 
histéricas a consecuencia de desengaños amorosos, generalmente se resta- 
n tan pronto como reciben buenas noticias. Según la hipótesis de 
Bábinski sobre el histerismo, se identifican sus fenómenos con aquellos 



V. B. Cannon: Cambios orgánicos en el dolor, hambre, temor y cólera, New- 
York, : 

Billings: Boston Med. and Surg. Joum., 1888; ('Will, pág. 57. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 35 

que pueden ser producidos en el estado hipnótico. En el tratamiento de 
las diferentes neurosis, Charcot era guiado, casi por completo, por su má- 
xima favorita (de Coleridge): «El que sabe mejor inspirar la esperanza, 
ese es el mejor médico»; aforismo que contiene el germen de la teoría de 
Freud del psico-análisis — el «auxilio del alma enferma» — , removiendo 
las espinas de dolor y de tormento del cerebro, de tal modo, que venga a 
restablecerse el enfermo en un estado alegre de equilibrio mental. Estos 
procederes han sido utilizados por todos los «médicos naturistas» y cu- 
randeros con diversos grados de éxito, y éste es el secreto de todos los 
charlatanes, desde Apolonio de Tyana, Valentina Geatrakes, Cagliostro, 
«Spot», Ward, juana Stevens, Mesmer, James Graham, John St. John Long 
y el zuavo Jacobo, hasta los días del dowieísmo y del eddysismo. Es 
éste también el secreto de la influencia de la religión sobre la Humanidad, 
y así llegan a ser el pastor y el sacerdote, en el verdadero sentido, un mé- 
dico del alma. En la medicina práctica el principio ha sido ahora definiti- 
vamente establecido en forma de psicoterapia. La psicoterapia no puede 
consolidar un hueso fracturado, ni neutralizar la acción tóxica de los ve- 
nenos, ni curar una infección específica; pero en muchas dolencias orgáni- 
cas, especialmente del sistema nervioso, sus aplicaciones son mucho más 
eficaces y respetables que las de muchas drogas que se anuncian como 
específicas en un fantástico número de enfermedades. 

Al terminar esta lección de la unidad de la medicina primitiva, que es 
sólo un corolario de la proposición, mucho más general, de la unidad de 
las leyendas y creencias populares, hay que afirmar que existen ciertas 
creencias y supersticiones que han quedado incrustadas en la Humanidad 
a través del tiempo y del espacio, y que sólo podrán ser extirpadas cuan- 
do el género de ilustración general enseñe a todos que prevenir es mejor 
que curar. La tendencia de la Humanidad a solicitar la asistencia médica 
en el momento de enfermedad o de lesión ha sido comparada con el ele- 
mento emotivo de la religión; ambos están basados en el «instinto, pro- 
fundamente engañoso, de la naturaleza humana, de que el alivio de los su- 
frimientos es un fin que puede lograrse» (i). Cómo el elemento sobrena- 
tural en las invocaciones religiosas de la Humanidad en sus momentos de 
inferioridad y de debilidad, así en los momentos de sobrecarga abruma- 
dora y triste hay el retroceso de la Humanidad hacia el pasado; las supers- 
ticiones médicas son simplemente una fase de lo que llama Stevenson 
«percepciones ancestrales». 

De este modo, la historia de la Medicina es también la historia de las 
equivocaciones y de los errores de la Humanidad. La historia de los avan- 

(1) B. M. Randolph: Washington Med. Ann., 191 2; XI, pág. 152. 



3 6 HISTORIA DE LA MEDIQINA 

ees de la ciencia médica es, no obstante, la historia del descubrimiento 
de un número de principios fundamentalmente importantes, enseñando 
los nuevos puntos de vista de la enfermedad, la invención de nuevos ins- 
trumentos, procedimientos y planes, y la promulgación de leyes de higie- 
ne pública; todo convergiendo al gran ideal de la medicina preventiva y 
social, y todo ello ha sido realizado por la ardua labor de algunos fervien- 
tes obreros de la Ciencia. El desarrollo de la Ciencia no ha sido nunca 
continuo, ni siempre progresivo, sino más bien como la línea tortuosa, 
ondulante, con que Laurence Sterne trata de representar la carrera de su 
fantástica narración de Tristram Shandy. Ideas de la mayor importancia 
científica han sido ahogadas al nacer, o cambiadas de rumbo hacia el ca- 
llejón sin salida de alguna proposición teológica intercurrente, o privadas 
de sus consecuencias y resultados, a causa de la humana indiferencia, de 
la estrechez de la mente o por otras circunstancias accidentales. No hay 
exageración en decir que la Ciencia está más obligada al brillante indivi- 
dualismo de unos cuantos espíritus escogidos. 

Buckle sostiene que la ignorancia y el escaso desarrollo de la inteli- 
gencia son las causas del fanatismo y de la superstición, y puesto que 
esta ecuación es reversible, podemos considerar esta proposición como 
verdadera si la aplicamos a ciertos fanáticos conductores de la Humani- 
dad, salvaje o civilizada, que, como «moldeadores de la opinión pública», 
han sido causantes del retardo del progreso humano. Chamfort dice que 
ha habido centurias en las que la opinión publica ha sido la más imbécil 
de todas las opiniones; pero este reproche no puede ser completamente 
adaptado a todos «los complacientes millones de hombres». La Historia 
demuestra siempre que la ignorancia y la superstición son los resultados 
de la opresión de la Humanidad por los superhombres fanáticos. En Me- 
dicina esto es, algunas veces, una verdad irónica. «No hay nada que los 
hombres dejen de hacer — dice Holmes — por recobrar la salud y por sal- 
var su vida.» Ellos se han sometido a ser medio ahogados en el agua y 
medio asfixiados por los gases, a ser enterrados hasta sus barbas en la 
tierra, a ser quemados con hierros ardiendo como presidiarios o galeo- 
¡ cortados con cuchillos como el bacalao, a tener agujas introdu- 
tfl dentro de sus carnes, a aplicarse fuegos encendidos a su piel, a tra- 
todo género de abominaciones, y a pagar por todo esto, como si el 
listados y escaldados fuese un costoso privilegio, y el produ- 
cirse ampollas una bendición, y el aplicarse sanguijuelas un placer. ¿Qué 
pedirse para probar su honradez y su sinceridad? (i) De to- 
dos modos, en lauto que la falta de ilustración pública en determinados 



i O. W. Holmes: Mr, Urdí I: a , Boston, 1683; páginas 378 y 379. 



IDENTIDAD DE FORMAS DE LA MEDICINA ANTIGUA Y PRIMITIVA 37 

períodos ha producido la discontinuidad o el estacionamiento en el avan- 
ce de la inteligencia, hay señales de que el avance modernamente orga- 
nizado de las ciencias podrá producir ricos frutos, gracias a la futura co- 
operación de la masa de la humanidad con la profesión médica. Como 
los antiguos griegos se elevan sobre la actividad de Empedocles y de Hi- 
pócrates, la moderna humanidad responde hermosamente a las ideas de 
Jenner, Pasteur y Lister, y desde hace algún tiempo va presentándose un 
mayor interés en el adelanto de la Medicina y de la salud pública, como 
se manifiesta en los periódicos y en las revistas. El despertar de la gente, 
en lo que respecta al interés por la organización y administración de la 
higiene pública, es, indudablemente, la esperanza, para un porvenir no 
remoto, de la medicina preventiva. Pero, incluso en las mejores condicio- 
nes, es, sin embargo, posible y probable que muchas personas altamente 
inteligentes y altamente educadas continúen conservando sus caprichos y 
supersticiones, consultando charlatanes y curanderos, y siendo, por otra 
parte, responsables de la psicoterapia, del tratamiento abstinente y de la 
«acción a distancia». «La medicina popular — dice Allbutt — , no debe du- 
darse, conduce a la paz de la seguridad.» 



MEDICINA EGIPCIA 



El que la raza humana descienda de diferentes especies o de un solo 
ascendiente común, «probablemente arboreal en sus costumbres», es 
asunto que se pierde en un pasado inaccesible y obscuro. Los descubri- 
mientos de los restos esqueléticos de los fósiles humanos de Neander- 
thal (1856), Cró-Magnon (1868), Spy (1887), Krapina (1899), Heidel- 
berg (1907), Le Moustier (1908), La Chapelle-aux-Saints (1908) y el des- 
cubrimiento reciente de Piltdown (Eoantkropus Dawsoni, 1911) indican 
que hasta en el período paleolítico o de la piedra tallada existe ya una 
diversidad considerable en los caracteres craneales del género humano, y 
que en los tiempos prehistóricos el cerebro humano, desarrollado a ex- 
pensas de un cuerpo simio, crecía en volumen a la inversa de éste; lo que, 
a la ligera, podría considerarse como un dato en favor del modo de pen- 
sar de Virchow y de otros antropólogos alemanes, de que la Humanidad 
es diversa en su origen. Pero respecto de si el Pithecanthropus encon- 
trado en el río Trinil, en Java, en 1891, sea simio o humano, o, como 
pretende su descubridor, Dubois, una mezcla de ambos, todas las eviden- 
cias craneológicas parecen demostrar que el hombre prehistórico estaba 
íntimamente emparentado con los más elevados monos (antropoides), los 
cuales son los más inferiores en estructura; parentesco que ha sido de- 
fendido también por la prueba médico-legal de la «precipitina» o de 
parentesco de la sangre. Al mismo tiempo, las diferencias entre el hom- 
bre paleolítico y el neolítico son mucho mayores que las que existen en- 
tre los habitantes de la última edad de piedra y las civilizaciones del 
Egipto o de la Mesopotamia. La prehistoria comienza con el origen de la 
vida antropoide, en el oligoceno; la transformación del mono-hombre, en 
el pleioceno; la extinción de los grandes mamíferos y el amanecer de la 
vieja cultura de la edad de piedra, en el pleistoceno o período glacial 
(Osborn). No hay absoluta certeza de la existencia del hombre antes del 
período glacial, y si los instrumentos de piedra han sido realmente talla- 



4 I 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



dos en el período eolítico no es todavía conocido de un modo positivo; 
pero el hecho de que los subsiguientes restos hayan sido encontrados 
incluidos en capas sucesivas del terreno habla en favor de un gradual e 
inevitable desarrollo de la cultura. 

En el último pleioceno, o primer pleistoceno (primer período interglacial), apa- 
rece la raza de Trinil ( ' Pitheca?ithropus); en el período pleistoceno medio (o segundo 
período interglacial), el Homo heidelbergensis; en el último pleistoceno (tercer pe- 
ríodo interglacial), las razas de Piltdown y la pre-Neandertaloidea, y al final del 
período glacial, el hombre de Neanderthal. Al desaparecer la raza de Neander- 
thal aparece la de Cro-Magnon (Homo sapiens), con su gran cerebro anterior y ma- 
yor inteligencia (i). 

En el período mousteriano (2) [la edad del cráneo de Neanderthal] el 
hombre era, probablemente, más parecido al mono que el salvaje austra- 
liano; en el período solutreano debía ser análogo al boshimano, y era ya 
bastante hábil en el tallado de la piedra; en el magdaleniano se parecía a 
los mongoles y a los esquimales. Los solutreanos y magdalenianos eran ya 
fuertes, de cerebro grande, guerreros y artistas hábiles, que conocían la 
doma de los caballos, hacían armas especiales, inventaban los vestidos y 
ejecutaban las pinturas murales más sorprendentes y más realistas, a la 
vez que los grabados en piedra, hueso y marfil. El que las civilizaciones 
egipcia y sumeriana estaban más cerca de estos pueblos de lo que se pen- 
saba antiguamente parece demostrado por las recientes investigaciones 
y excavaciones de las cuevas. Uno de los hechos más interesantes de es- 
tos descubrimientos modernos es el de que la artritis deformante, o gota 
reumática, un hallazgo patológico muy frecuente en las momias egipcias, 
es idéntica a la «gota de las cuevas» (Hohlengicht), que Virchow ha en- 
contrado en los huesos del hombre y de los osos prehistóricos, y que es 
también muy común en los esqueletos de los habitantes de los bosques 
de la Germania primitiva. Los instrumentos de piedra tallada, de época 
indeterminada, que se han encontrado cerca de Fayum y en otros pun- 
tos sobrepasan a todos los restantes en la delicadeza de la forma y de la 
talla. El hecho de que el cuchillo de piedra tallada neolítica continúe 



II I- Osborn: Men of the Old Stone Age, New-York, 1916. Sir [A. Evans: 
fork 1916; 11. b. XI [V, páginas 399 y 400. 

niños acheuleano, mousteriano, solutreano v magdaleniano han 

introducidos por el antropólogo francés Gabriel de Mortillet para indicar los 

£rad< a la especializados de los instrumentos <!<• piedra o de otros 

amentos <!<• las edades prehistóricas encontrados en St. Acheul, Le Moustier, 

Soluto' y La Magdaleine, a los que ha) todavía que añadir el pre-chelleano (Mes- 

vin . chelleano (Chelles-sur-Marne), aurignaciano (Aurignac) y aziliano (Mas 

< usan actualmente de un modo completamente arbitrario 

para indi* tl< . queléticos encontrados en puntos relaciona- 

1 1 ta .1 la époi a prehistórica., coa Aquellas localidades. 



MEDICINA EGIPCIA 41 

usándose en Egipto en el embalsamamiento de los muertos viene a rela- 
cionar esta civilización, ya tan compleja, con la época prehistórica. 

Es posible que muchas fases de la cultura egipcia se hayan extendido 
al Nuevo Mundo por un proceso mecánico de emigración. 

Elliot Smith sostiene que, entre el año 2800 y el 900 antes de J. C, un conjunto, 
curiosamente característico, de la cultura había sido transpoitado por el comercio 
y la navegación desde Egipto a todo el litoral del Mediterráneo, y después del 
año 900 antes de J. C, por los navegantes fenicios, a la India; desde allí, a la Mala- 
sia, Indonesia y Melanesia, y últimamente alcanzaron las costas de América, expe- 
rimentando en su camino muchas modificaciones y adiciones en los diferentes pun- 
tos que iban atravesando. Esto recibe el nombre de cultura heliolítica, incluyendo 
la religión del Sol y sus símbolos; la construcción de los monumentos megalíticos 
y la erección de las imágenes gigantescas de piedra; la práctica de la momificación 
o el embalsamamiento de los muertos, realizada también entre los indios de Norte 
América (H. C. Yarrow); la práctica del tatuaje (miss Buckland); la de agujerear las 
orejas (Park Harrison); la del masaje (W. H. R. Rivers); la de la circuncisión, etc. 

Esta peculiar cultura; los elementos fantásticos de la misma, que nunca hubie- 
ran podido nacer espontáneamente en localidades situadas a tanta distancia, han 
debido influir en la civilización de Minos, en la isla de Creta, después del año 2800 
antes de J. C; desde el 900 antes de J. C. los navegantes fenicios han debido ser los 
intermediarios, en tanto que los barcos gigantes de Malasia y Polinesia venían a 
poner en relación el continente de Asia con el de América (1). 

Nuestras principales fuentes de conocimiento sobre las primitivas fases 
de la cultura médica de Egipto son los papiros de Londres (Wrezinski), 
de Westcar (Lesser, Berlín), de Brugsch (el gran papiro de Berlín), el de 
Ebers (Leipzig) y el de Hearst (Filadelfia); pero todavía en fecha anterior 
a ellos existen ciertas pinturas grabadas en los pilares de la puerta de una 
tumba en el cementerio cercano a Memphis y descritas por su descubri- 
dor, W. Max Müller, como siendo las pinturas más antiguas que se cono- 
cen representando operaciones quirúrgicas (2500 años antes de J. C.) [2]. 
Aun cuando nosotros tengamos razones para pensar que los egipcios nunca 
han llevado la Cirugía hasta el extremo de abrir el cuerpo humano, sin 
embargo, en esas pinturas existen claras e inconfundibles representacio- 
nes de la circuncisión, y hasta posiblemente de intervenciones quirúrgicas 
en las extremidades y en el cuello; las actitudes y las inscripciones jero- 
glíficas anejas indican que los pacientes estaban soportando grandes dolo- 
res. Aparte de ésta, no hay ninguna otra demostración de la Cirugía, sal- 
vo en las tablillas encontradas en los miembros de las momias de todos 
los períodos. La anatomía y la fisiología de los egipcios ofrecen un carác- 
ter sumamente rudimentario. 



(1) G. Elliot Smith: '¡'he Mirations of Early Culture, Manchester, 191 5. Tam- 
bién: Bull. John Rylands Library, Manchester, 191 6; III, páginas 48-67, 3 láminas. 

(2) Max Müller: Egiptological Rechearches, Washington, Carnegie Institution, 
año 1906. Véase también I. J. Walsh: Journ. Amer. Med. Assoc, Chicago, 1907; 
XLIX, páginas 1 593-1895. 



42 HISTORIA DE LA MEDICINA 

El botiquín de una reina egipcia de la onzava dinastía (2500 años antes 
de J. C), conteniendo vasos, cucharas, drogas secas y raíces, constituye 
otro importante hallazgo (i). Existe también una inscripción de una tumba 
próxima a la pirámide de Sakarah, que demuestra ser el último refugio 
de un práctico muy distinguido que prestaba sus servicios a la quinta di- 
nastía de los Faraones, aproximadamente en el año 2700 antes de J. C. 
«I-em-hetep» («El que viene en paz») era un semidiós médico, el Esculapio 
de los egipcios (2), de la tercera dinastía (4500 años antes de J. C), que 
fué en seguida adorado y tuvo un templo erigido en su honor en la isla 
de Philae. Es el médico más antiguo que se conoce. Un fragmento de pa- 
piro de la segunda centuria después de J. C, encontrado en las explora- 
ciones egipcias y recientemente publicado, demuestra que él era adorado 
hasta en tiempo de Micerino (3). Una estatua del médico Jwte, de la de- 
cimonona dinastía (1320-1 1 80 años antes de J. C), se encuentra en el 
Museo Imperial de Leyden (4). 

Además de los jeroglíficos, que aparecían generalmente grabados o 
pintados en piedra, como los escritos pintados de los salvajes americanos 
y australianos, los egipcios empleaban unos escritos cursivos (escritura 
hierática y demótica), generalmente inscritos en trozos delgados y cocidos 
de papiro. Los más antiguos de éstos son los escritos ginecológicos y ve- 
terinarios de la Colección Petrie de Kahun (decimotercia dinastía). El 
más importante de los papiros médicos es el que ha sido encontrado por 
Georg Ebers en Thebas en 1872, que data, aproximadamente, de 155° 
años antes de J. C. Consta de IIO páginas, de escritura hierática o cur- 
siva; el texto, en letras negras; las rúbricas, en rojo. El mismo Ebers su- 
pone que es un trozo del libro sagrado o libro hermético de Thoth 
(Hermes Trismegistus), el dios luna, que, como Apolo en Grecia, era una 
especial deidad de la Medicina (5). Esta suposición no ha podido ser com- 
probada ulteriormente, y el papiro de Ebers, con sus notas marginales y 
comentarios, se considera hoy como una simple recopilación (6). Comien- 



1 I 'ara una representación del mismo véase Journ. Amer. Med, Assoc, 1905; 
XI. V. pág. 19 \2. 

Kurt Sctlic: TmhoUp, el Esculapio de los Egipcios, Leipzig, 1902 (citado por 
Sadhoff . 

I ondres, [915; II, pág. 1204. 
V Fonahm: Arch. / Gesch. d. Med. y Leipzig, 1908-9; II, páginas 37:5-378, la- 
rri in. 1 

la primera mención del Hermes Trismegistus ha sido señalada por Karl 
-ai el papiro de la tercera centuria después de J. ( !., dé 1 [ermópolis l .1/7//. 
a. d.Samml. Erzh. Haincr, iK<)2; V, pág. 133) Citado por Sudhoff. 

1 1 < -< ritma hieráth .1 del papiro Ebers ha sido primeramente traducida a 

01 un nu'-todo imaginado cu el Congreso de Orientalistas de 1 874, y 
■ último, dieron traducidos al alemán por el doctor H. Joachim, de Ber- 
lín. 1890, y al ingles por Carl H. von Klein. I'no de los primeros en intentar des- 



MEDICINAEGIPCIA 43 

za con un número de encantamientos contra las enfermedades, y sigue 
una larga serie de enfermedades en detalle, con unos 700 remedios dife- 
rentes para las mismas. Las partes más interesantes son extensas seccio- 
nes consagradas a los ojos y a los oídos, y las descripciones de la enfer- 
medad A A A, la enfermedad U H A y la Huedu (tumefacción dolorosa) 
cuyas tres enfermedades han sido, según la opinión de Joachim, identifi- 
cadas con los diferentes grados de la infección por la filaría (clorosis egip- 
cia) [I]. El largo número de remedios y prescripciones citado en el papi- 
ro demuestra la terapéutica tan extraordinariamente especializada ya en 
la dieciseisava centuria antes de J. C; pero no puede, de ningún modo, 
sostenerse que los 700 extraños remedios indiquen ningún especial ade- 
lanto en el arte de curar. Nosotros no encontramos empleadas aquellas 
drogas selectas, como el opio, el eléboro, el beleño, etc., que más tarde 
habían de emplear con habilidad y discernimiento los médicos griegos, 
sino que la terapéutica egipcia tenía que ser necesariamente más limitada, 
a causa de que los médicos egipcios eran, como más adelante veremos, 
estrechos especialistas, dedicándose cada uno a una especial enfermedad, 
o sólo a las enfermedades que afectasen a una parte del cuerpo. Se encon- 
traban mencionados muchos minerales y algunos simples vegetales; las sa- 
les de plomo y cobre, la escila, el cólchico, la genciana, el aceite de castor 
y el opio, y, como en algunas enciclopedias de los siglos xvn y xvm, es- 
tas substancias entraban en composiciones con otros sucios ingredientes, 
como la sangre, los excreta, la grasa y las visceras de aves, mamíferos y 
reptiles. Una favorita pomada de los egipcios para la calvicie estaba com- 
puesta de partes iguales de grasa de león, de hipopótamo, cocodrilo, 
ganso, serpiente y de cigüeña. Otra consistía sencillamente en partes igua- 
les de tinta de escribir y líquido céfalo-raquídeo. Una untura para los ojos 
se componía de antimonio triturado en grasa de ganso. Además, se em- 
pleaba para la conjuntivitis una sal de cobre. Una cataplasma para la supu- 
ración se componía con partes iguales de harina de dátiles y salvado de 
trigo, bicarbonato sódico y simiente de achicoria. 

La parte más interesante del papiro de Ebers es la última sección de 



cifrar los jeroglíficos de la piedra de Roseta (1799) ha sido el físico y médico inglés 
Thomas Joung. La difícil tarea ha sido realizada, por último, por J. F. Champollion 
(1818-28), y más adelantada por Richard Lepsius (1810-84); Heinrich Brugsch 
(1827-94), que ha publicado un diccionario demótico-jeroglífico (1867-82); Joseph 
Chabas (1817-82); Gaston Maspero y otros. 

(1) Joachim: Papyros Ebers, Berlín, 1890. Edwin Pfister, por su parte, piensa 
que la enfermedad a á" a de los papiros de Ebers y Brugsch es una billiarziosis, 
puesto que su jeroglífico es un pliallus. Véase Sudhoffs Arrh., 19 12-13; VI, pági- 
nas 12-20. Paul Richter (Ibidem, 1908-9; II, páginas 73-83) piensa que lo que los 
egipcios designaban como enfermedad uhedu no tiene para los modernos mas que 
la significación de un síntoma (inflamación). 



44 HISTORIA DE LA MEDICINA 

todas, que trata de los tumores. Aquí, como en la descripción de la en- 
fermedad A A A, encontramos algo que se aproxima a las exactas des- 
cripciones clínicas de Hipócrates, y algunos han llegado a suponer de esta 
débil semejanza, que el padre de la Medicina era deudor al Egipto de 
gran parte de sus conocimientos. Algunos preceptos éticos de los anti- 
guos médicos egipcios son muy análogos al juramento de Hipócrates en 
sentimiento y expresión, y éste ha sido el único punto en que se ha que- 
rido apoyar el hecho de que la medicina prehipocrática de Grecia tenía 
un origen común con la medicina de Egipto. Hay, sin embargo, un mar- 
cado punto de divergencia, a saber: que la más remota medicina egipcia 
estaba enteramente en manos de los sarcerdotes, al paso que la medicina 
griega, incluso en el tiempo de la guerra de Troya, se ve ya libre por 
completo de la dominación sacerdotal; la Cirugía, en particular, era fre- 
cuentemente ejercida por los reyes de las guerras de Homero. Nuestras 
principales autoridades acerca del estado de la medicina egipcia durante 
la quinta centuria antes de J. C. son Herodoto y Diodoro Siculus. De He- 
rodoto aprendemos las costumbres higiénicas de los egipcios, los dio- 
ses de su religión, sus ideas acerca de la Medicina y sus métodos de em- 
balsamar los muertos. «El arte de la Medicina — dice Herodoto — está di- 
vidido entre ellos del modo siguiente: cada médico se dedica a una sola 
enfermedad y nada más. En todas partes hay numerosos médicos; unos 
son para los ojos; otros, para el oído; otros, para los dientes; otros, para 
los intestinos, y otros, para otras enfermedades internas» (i). La práctica 
médica se encontraba rígidamente prescrita en el Libro hermético, de 
Thoth, y si la muerte de un enfermo resultaba de la desviación del trata- 
miento establecido en estas líneas, se consideraba como un crimen capi- 
tal. Aristóteles, escribiendo cien años más tarde, dice, en su Política, que 
los médicos estaban autorizados a modificar el tratamiento después del 
cuarto día si el enfermo no había experimentado mejoría (2). Los vestidos 
sencillos y los baños frecuentes, entre los egipcios, eran apropiados al cli- 
ma subtropical de su patria y no al de Grecia. «Se purgan — dice Herodo- 
to — todos los meses durante tres días seguidos; tratan de preservar su sa- 
lud por medio de eméticos y enemas, porque suponen que todas las en- 
fermedades a que el hombre está expuesto proceden del alimento que 
usa. V, verdaderamente, en otros respectos, los egipcios, inmediatamente 
pues de los habitantes del Líbano, eran el pueblo más higiénico del 
mundo, y yo creo que depende de las estaciones, porque no estaban ex- 



1 tí :i. pág. 84. 

Política, III, pág. 15, 






MEDICINA EGIPCIA 45 

puestos a los cambios» (i). Este modo de pensar del antiguo historiador 
no concuerda con la gran frecuencia con que apreciamos las artritis reu- 
matoideas en las momias egipcias, probablemente producidas por la expo- 
sición a un clima tan húmedo durante las inundaciones del NilojLa expo- 
sición que hace Herodoto del embalsamamiento egipcio parece ser, a la 
luz de todas las recientes investigaciones, auténtica y segura (2), y de- 
muestra que los egipcios conocían ya las virtudes antisépticas de la seque- 
dad extrema y de algunas substancias químicas, como el nitro y la sal co- 
mún. El cerebro era primeramente extraído a través de las ventanas de la 
nariz con un hierro encorvado en forma de gancho, y la cavidad del cráneo 
se limpiaba de los restos que pudiera contener por medio de lavados con 
diversas drogas; el abdomen era incindido con un afilado cuchillo de pie- 
dra, eviscerado, lavado con vino y hierbas aromáticas y lleno de mirra, 
cassia y especias, y la herida, cosida. El cuerpo era sumergido por espacio 
de setenta días en cloruro sódico o bicarbonato sódico, y después lavado 
y envuelto por completo en vendas de hilo untadas en seguida con goma. 
Después era colocado en un ataúd de madera, modelado con la forma 
humana, y depositado en la cámara fúnebre con cuatro jarros canópicos 
conteniendo las visceras. Como en nuestros indios del Norte de América, 
^el espíritu partido era provisto de alimentos, bebidas y otros objetos con- 
venientes, constituyendo todo ello un especial ritual del Libro de la Muer- 
te, que todo egipcio aprendía de memoria; una especie de Baedeker para 
el otro mundo. Según Diodoro Siculus, el «paraschistes» que hacía la in- 
cisión inicial con el cuchillo de piedra era mirado con tal aversión, que 
era perseguido con maldiciones, apedreado y tratado más duramente aún, 
si se le cogía. Por otra parte, el «tarichentes» que evisceraba el cuerpo y 
le preparaba para la tumba era reverenciado como perteneciente a la cla- 
se sacerdotal. I Pero todo esto no era, probablemente, mas que una parte 
ligera del ritual. Sudhoff ha publicado recientemente algunos interesantes 
grabados representando los característicos cuchillos de piedra y los gan- 
chos de hierro usados en los embalsamamientos egipcios (3), y Comrie, en 
un interesante número de los Archivos de Sudhoff (4), describe como sien- 
do probablemente los instrumentos quirúrgicos más antiguamente cono- 
cidos del Egipto (próximamente 1 500 años antes de J. C.) tres cuchillos 
de cobre con mango ganchudo o encorvado encontrados en una tumba 
cerca de Tebas. Son modelos característicos de la edad de bronce. Elliot 



(1) Herodoto: II, pág. 77. 

(2) Herodoto: II, pág. 86. 

(3) Sudhoff: Archiv f. Gesch. der Med., Leipzig, 19 n; V, páginas 61-171, dos 
láminas. 

(4) Archiv /. Gesch. der Med., Leipzig, 1909; III, páginas 269-272, una lámina. 



46 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Smith y Wood Jones han descrito los efectos de las tablillas de fibra de 
palma empleadas en el tratamiento de las fracturas, dando resultados sor- 
prendentemente buenos con poco acortamiento (i). 

La paleopatología de Egipto ha sido investigada primeramente por Fouquet 
en 1889. En 1907, el Gobierno egipcio proyectó una inspección arqueológica de la 
parte de la Nubia, que fué inundada consecutivamente a la erección del dique de 
Assuam. Las fases antropológica y patológica de la investigación fueron encomen- 
dadas al profesor G. Elliot Smith, con el auxilio de J. Wood Jones y de otros (2). Los 
boletines de esta investigación, con delicados atlas conteniendo las placas que cu- 
bren las momias de todos los períodos, desde el predinástico al bizantino, demues- 
tran que la sífilis, el cáncer y el raquitismo eran desconocidos; que la artritis reu- 
matoidea, una afección regional y no racial, era, «por excelencia, la enfermedad de 
los huesos del antiguo Egipto y de la Nubia»; que los dientes de los habitantes del 
período predinástico eran uniformemente buenos, como se puede también dedu- 
cir de los toscos y groseros alimentos encontrados en los intestinos, y de los de- 
pósitos de tártaro y de las caries, que también la verdadera gota (dando las reac- 
ciones del ácido úrico) fué siendo mucho más frecuente en el Nuevo Imperio 
cuando se crearon costumbres más regaladas y lujosas. No había caries en los 
dientes de la primera dentición de los niños del período predinástico, y cuando 
en ellos aparece la caries va seguida de la formación de abscesos que sobresalen 
de los alvéolos, demostrando que los egipcios no poseían los más ligeros rudi- 
mentos del arte de dentista. Se han encontrado pruebas evidentes de enfermeda- 
des de la apófisis mastoides, de adherencias del apéndice, de adherencias pleurí- 
ticas, de fusión del atlas al occipital a consecuencia de espondilitis deformante, 
de necrosis de los huesos, de necrosis de los huesos del cráneo femenino a con- 
secuencia de llevar en la cabeza jarros de agua y de heridas mortales del cráneo. 
De las fracturas, las del cráneo y las del antebrazo (en un sitio uniforme, cerca de 
la muñeca) eran las más comúnmente observadas, y probablemente causadas al 
parar el golpe dirigido al cráneo con el Naboot. Las fracturas del fémur eran más 
frecuentes que en la actualidad; pero, en cambio, no se observaban fracturas de la 
rótula, y pocas de la porción inferior a la articulación de la rodilla; esta inmunidad 
resultaba probablemente de la locomoción con los pies desnudos y de la ausencia 
de pavimentos resbaladizos y de guijarros. De un modo análogo, el escaso número 
de fracturas de la mano y de la muñeca sugiere la falta de violencia en la ma- 
quinaria. 

Elliot Smith y Ruffer, en una muy interesante monografía, han descrito un ge- 
nuino caso de mal de Pott en una momia de la vigésimo primera dinastía (unos 1000 
años antes de J. C.) [3]. El examen histológico, porMarc Ármand Ruffer, demostró la 
existencia de una espondilitis deformante; nodulos de Bouchard, bazo febril, cálcu- 
los biliares, calcificación y ateroma de las arterias en varias momias, y una erup- 
ción semejante a la viruela en una momia de la vigésima dinastía (1200-1100 años 
antea de ]. C.) [4]. La parálisis infantil parece representada en una estela de la de- 
cimoctava dinastía, en el Carlsberg Glypioiek, de Copenhague (5). Muchas esta- 



(1) Brit. A fed. Journ., Londres, 1908; I, páginas 732-737. 

(2) Egipto. Ministry of Pi nance. Survey Department. The Arc/ueologicat Sur- 
vey o Boletines números 1-7, Cairo, 1907; pág. 1 i. Informes de 1907-1908; 
volumen II, de los restos humanos, por G. Elliot Smith y F. Wood Jones (con 
alias Cairo, k>io. 

Elliot Smith y M. A. Ruffer: Pott'sche Krankheit an ciner (tgyptiscken Mu- 
míe, i riessen, 19 10. 

(4) Ruffer: Histological studies on Egyptian Mummies, Cairo, 191 1. También: 
Journ. Path, and Bact. % Londres, 1910-n; XV, páginas 1 y 453, 4 láminas; 1911-12, 

XVI, pág. 439. <> láminas; 191 3- 14, XVIII, pág. 149, 6 láminas. 

Hamburger Bull. Sac. franc, dlüstoire de Mcdccine, París, 191 1; 

^ina* 407-412. 



MEDICINA EGIPCIA 47 

tuítas egipcias antiguas en bronce o de barro barnizado representando los dio- 
ses Bes y Phtah son exactas representaciones de acondroplasia (Charcot) [i]. 

Elmayor interés de la medicina egipcia estriba en su proximidad y 
en sus relaciones con la medicina griega. Las referencias de Homero al 
arte con que los médicos egipcios componían drogas hace pensar en que 
la palabra «Química» deriva de Chemi (la «tierra negra»), el nombre an- 
tiguo de Egipto, de donde la ciencia era designada con el nombre de 
«arte negro». Indudablemente, los antiguos griegos aprendieron mucho, 
tanto de Medicina como de Química, de aquellos sabios antepasados, a 
través del mar, de quienes dice Solón que su pueblo era «meramente in- 
fantil, locuaz y vano, no conociendo nada del pasado»; que era, además, 
hábil en la metalurgia, en el tinte, en la destilación, en la preparación de 
los cueros, en hacer el cristal, jabones, aleaciones y amalgamas, y que en 
los tiempos de Homero conocía probablemente más anatomía y terapéu- 
tica que los helenos. Sin embargo, mucho antes del período alejandrino 
la civilización egipcia había quedado ya estacionada en absoluto, y por lo 
que a la Medicina hace referencia, los egipcios tenían que ir a aprender 
de los griegos (2). Como los dioses egipcios — el Thoth, con cabeza de 
perro o de cigüeña (el Hermes egipcio); el Pacht, de cabeza de gato, sus 
deidades del parto; el Horus, de nariz en pico de ave; el cornudo Chnum; 
el velado Neith de Sais — permanecen siendo los mismos, al paso que la 
mitología griega era una continua y constante evolución de divinas figu- 
ras de belleza permanente y de interés humano, del mismo modo la me- 
dicina griega estaba destinada a ir más allá que la medicina egipcia y la 
oriental, como positivamente la poesía, la escultura y la arquitectura grie- 
gas han sobrepujado los esfuerzos de aquellos pueblos en los mismos 
artes. 



(1) Charcot: Les difformés el les malades dans ¿'art, París, 1889; páginas 12-26. — 
P. Ballod: Prolegomena zur Geschichte der zwerghaften Goiter in dSgypten. Munich 
dissertation (Moscú, 19 13). 

(2) Véase, por ejemplo, los estudios de Sudhoff sobre los papiros griegos del 
período alejandrino {Siudien z. Gesch. d. Med. Puschmann-Stiftung, números 5 y 6, 
Leipzig, 1909). 



MEDICINA SüMERIANA Y ORIENTAL 



En el Génesis leemos que Nimrod era «un poderoso cazador ante el 
Señor», y que el «origen de su reino eran Babel y Erech, y Accad y Cal- 
neh en la tierra de Shinar». La tierra de Shinar (Shumer, o «Sumer») era 
la parte colocada al sur de Babilonia, comprendiendo la estrecha zona de 
terreno entre el Eufrates y el Tigris hasta el golfo Pérsico y la porción 
situada al norte de Babilonia y que lleva el nombre de Accad. Los sobe- 
ranos de Babilonia y los conquistadores asirios se titulaban constantemen- 
te «reyes de Sumer y de Accad». Antes de la llegada de los babilonios 
se supone que existía una raza original, no semítica, o raza sumeriana, 
próximamente entre los 4000 y 3000 años antes de J. C, y a la que se 
atribuye la fundación de la civilización moderna, la invención de la escri- 
tura pictórica y el desarrollo de la Astronomía. Otros suponen que la es- 
critura cursiva de los sumerianos, que, como la escritura china, va dirigi- 
da de derecha a izquierda, no era, en resumen, mas que una especie de 
Código cifrado usado por la dominadora raza semítica. En uno y otro 
caso, la Mesopotamia ha sido el punto de partida de la civilización orien- 
tal, de la que son indudablemente los babilónicos los principales funda- 
dores. Eran instruidos en las ciencias matemáticas y en la Astronomía; 
crearon el sistema decimal de numeración, de pesos y medidas; hicieron 
las divisiones del tiempo, del año en doce meses, de la semana en siete 
días, de sesenta minutos y segundos en la hora y en el minuto, respecti- 
vamente, y dividieron el círculo en 360 grados. Inventaron las inscripcio- 
nes cuneiformes, escribían de izquierda a derecha, poseían grandes cono- 
cimientos en ciencias militares, en táctica y en el arte de la guerra, y eran 
hábiles artistas en música, arquitectura, cerámica, fabricación del vidrio, 
tejidos, alfombras, etc. Layard ha encontrado lentes plano-convexas en 
sus exploraciones de Nínive. 

Es sabido que la Astronomía es la más antigua de las ciencias, y en 

Historia de la Medicina. — Tomo I 4 



50 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



todas las viejas civilizaciones la encontramos aplicada como astrología a 
los asuntos prácticos de la vida. Este es un carácter esencial de la medi- 
cina de ios sumerianos o accadianos. Guerras, epidemias, hambres, suce- 
siones de monarcas y otros asuntos de las vidas pública y privada eran 
estudiados en íntima relación con la precesión de los equinoccios, los 
eclipses, cometas, fases de la Luna y estrellas, y otros acontecimientos 
meteorológicos y astronómicos, y de estas coincidencias fatalistas se dedu- 
cía que algunos números eran fastos o nefastos. De este modo, la astrolo- 
gía y la interpretación de los augurios coincidían en el pronóstico, y, como 
en todas las antiguas civilizaciones, el primer médico de Babilonia era un 
sacerdote, o el primer sacerdote, un médico. La inspección de las visce- 
ras, una parte esencial de los augurios, condujo a la inspección de las 
orinas, y entre los caldeos, esta inspección agorera era concentrada espe- 
cialmente en el hígado, del cual se han encontrado modelos en terra-cotta 
de tres mil años de antigüedad, divididos en casillas y adornados con ins- 
cripciones proféticas. En Ezequiel (XXI, 2l) leemos: «Cuando el rey de 
Babilonia llegó a la división del camino, para elegir cuál de los dos debía 
seguir, recurrió a la adivinación: hizo llevar sus flechas, consultó con imá- 
genes, miró en el hígado. Neuburger hace notar cómo el interés sacerdo- 
tal en los presagios ha conducido a la colección y colocación de observa- 
ciones clínicas, como las relativas a la expresión facial, a los aspectos de 
la orina y de la saliva, a la salida de la sangre en la sangría y a otros sig- 
nos que eran usados como indicios o síntomas de recobrarse la salud o 
de muerte; y continúa diciendo que el paso inmediato en la dirección 
del adelanto científico consistirá en la eliminación de lo sobrenatural de la 
materia (i). Este paso, desgraciadamente, es y ha sido el más difícil de 
dar en el razonamiento médico. Así, nosotros vemos que los médicos de 
Babilonia consideraban la enfermedad como la obra de los demonios, que 
abundaban en la tierra, en el aire y en el agua, y contra los cuales se reci- 
taban largas letanías y frases mágicas. 

En 1841, sii- Henry I.avard, durante sus excavaciones del baluarte de Kouyun- 
jik, enfrente de Mosul, en la situación de Nínive, descubrió la gran biblioteca, de 
unos 30.000 ladrillos de art illa, reunidos por el rey Assurbanipal de Asiria 

iños antes de J. C); biblioteca que se encuentra ahora en eJ Museo Británi- 
co. De unos 800 ladrillos médicos de esta colección-archivo, que probablemente cons- 
tarfa de 100.000, es de donde so deriva principalmente todo lo que sabemos acerca 
do la medicina asirio-babilónica. En la Lectura de Morris Jastrbw (jz) de aquéllos se 
«•«ha la culpa de todo a los demonios (nuestros gérmenes morbosos), siendo éste el 
1 on. epto etiológico de los asirios; el diagnóstico se fundaba probablemente én la 
simple inspección d<- los enfermos, auxiliada con el recuerdo asociativo y con la 



1 Neuburger Geschichtt der Meditin, Stuttgart, mon, [, pág; .u. 

fastrow: P ¡A,/., Sect. Hist hfed,, Londres, 1914; VII, pági- 

• >-,- 1 76. 



MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 5 i 

terminología; el pronóstico (iatromancia) era la adivinación o agorerío por la ins- 
pección del hígado (hepatoscopia), presagios de nacimiento, presagios de enferme- 
dad, signos astrológicos y portentos; la terapéutica consistía en exorcismos con un 
rito especial, del que formaban parte la exhibición de remedios vegetales; el arte 
mágico formaba parte de la profilaxis. Por la hepatoscopia los caldeos aprendieron 
la estructura del hígado, y las reproducciones de éste en barro constituían mejo- 
res muestras de ilustraciones anatómicas que las representaciones medievales 
del hígado lobulado. Modelos análogos del hígado han sido encontrados en la anti- 
gua Hittite, situada en el Asia Menor, e hígados etruscos en bronce, datando del 
siglo ni antes de Cristo, han sido encontrados cerca de Piacenza. El hígado, como 
origen de la sangre, era considerado el punto de residencia del alma, y como quie- 
ra que el Dios mismo se identificaba con el animal sacrificado, mirar el hígado 
de éste era tanto como mirar dentro del alma del animal y de la inteligencia del 
Dios. Los presagios del nacimiento, que han sido especialmente estudiados por 
Dennefeld (i) y Jastrow, han enseñado la pseudociencia de la fisiognomía y quiro- 
mancia y han estimulado al estudio y conocimiento de las deformidades y anoma- 
lías del feto y del adulto. Todas las posibles fases del parto y las anomalías del feto 
(Afonslra) eran consideradas como signos y presagios de la suerte futura de la per- 
sona, siendo los fenómenos que se esperan de la nueva vida como nacidos de la 
otra. Un órgano anormalmente grande (monstrum per excessum) o una anomalía en 
el lado derecho eran considerados como un presagio de poder y de éxito en lo 
futuro. Un órgano anormalmente pequeño (most rum per defectum) o un defecto en 
el lado izquierdo señalaban debilidad, enfermedad y ruina. Los presagios del naci- 
miento indicaban tanto lo individual como lo sobrehumano y lo inferior. Los ritos 
de exorcismo y las letanías para echar fuera las enfermedades influyeron en la me- 
dicina de los egipcios, de los indios y de los chinos, y esta influencia fué llevada 
hasta la medicina de Siria,, y, a través de ella, al Islam y al Cristianismo medieval. 
Eran conocidas más de cien drogas, cuyas dos grandes divisiones, s/iammu y abjtu, 
representaban, respectivamente, según el modo de pensar de Jastrow, las substan- 
cias orgánicas e inorgánicas. Los remedios sucios, impuros (Dreckapotheke), estaban 
probablemente destinados a producir disgusto en los demonios existentes dentro 
del cuerpo. La rumiación, el ácido del estómago, el reumatismo, las neuralgias y 
las afecciones cardíacas se encontraban descritas en los ladrillos arcillosos. Las en- 
fermedades del hígado y las afecciones de los ojos constituían la nota característica 
de la patología caldea, lo mismo que de la arábiga. Sudhoff (2) interpreta los con- 
ceptos bcnnu y sibtu como epilepsia y contagio (ataque por los demonios), y en 
la Edad Media el ataque epiléptico era considerado como un contagio. 

Los comienzos de la práctica médica entre los habitantes de Babilonia 
se describen por Herodoto del modo siguiente: «Ellos sacan sus enfermos 
a la plaza del mercado cuando no tienen médico; entonces, todo el que 
pasa cerca de la persona enferma habla con ella a propósito de su enfer- 
medad; así se averigua quiénes han sido afligidos con la misma dolencia 
o han visto otras personas padeciendo lo mismo'; de este modo, los que 
pasan conferencian con aquél y le advierten si han recurrido al mismo tra- 
tamiento que él y han curado de la misma enfermedad, o si han visto cu- 
rar a otros. Y no era permitido pasar en silencio junto a la persona en- 
ferma sin averiguar lo relativo a la naturaleza de su padecimiento > (3). 



\ 



(1) L. Dennefeld: Babvlonisch-assyrisckc Geburts-Omma, Leipzig, 19 14.— Jas- 
trow: Babylonian- Assyrian Birth-Omens, Giessen, 1913. También: Aspects of Belief 
and Practice in Babylonia and Assyria, New- York, 1911; ch. III. 

(2) Sudhoff: Arch, f Gesch. der Med., Leipzig, 1910-1 1, IV, pág. 353'. '9'2-i3, VI, 
página 454- 

(3; Herodotus: I, pág. 80. 



52 HISTORTA DE LA MEDICINA 

Con los de Babilonia, como hace notar finamente Montaigne, «todo el pue- 
blo era el médico >. Ellos llegarán eventualmente a aquel grado en que, 
como en el Egipto, se tiene un médico especial para cada diferente enfer- 
medad. 

Si ellos han llegado más allá de aquel grado es cosa que no pode- 
mos afirmar; pero sí hemos aprendido en el código Hammurabi (2250 
años antes de J. C.) que la profesión médica había adelantado extraordi- 
nariamente en la estimación pública en Babilonia, siendo pagada con re- 
compensas apropiadas, cuidadosamente prescrita y regulada por las leyes. 
Así, diez siclos de plata eran los honorarios establecidos para el tratamien- 
to de una herida o para la abertura de un absceso de los ojos con una 
lanceta de bronce, si el enfermo era un «caballero»; si se trataba de un 
hombre pobre o de un criado, los honorarios eran de cinco y de dos si- 
clos, respectivamente. Si el doctor causaba al enfermo la pérdida de la 
vida o de la vista se le cortaban las manos, si se trataba de un noble, o 
tenía que devolver los honorarios, si era un esclavo. Se deduce de todo 
esto que los médicos de Babilonia poseían esclavos, y algunas veces, 
operadores para las cataratas. Aquí, como siempre, ha sido la Cirugía 
la que ha dado el primer paso en la verdadera dirección. La medicina 
interna, tanto entre los persas como entre los babilonios, se ocupaba prin- 
cipalmente en tratar de lanzar fuera los demonios causantes de la enfer- 
medad. Un objeto votivo encontrado en Susa (Persia) tiene un conjuro 
contra los mosquitos. Un sello cilindrico, de la colección de Pierpont Mor- 
gan, tiene el «símbolo mosca» emblemático de Nergal, el dios de la Me- 
sopotamia, de la enfermedad y de la muerte (i). Algunos adelantos en la 
higiene pública se habían realizado, como los fosos del inmenso desagüe 
de Babilonia, cuyos modelos, exhibidos en la Exposición de Dresde, de- 
muestran que ellos conocían la disposición más apropiada para el 
desagüe. 

Intimamente relacionada con la medicina sumeriana, por lo que al tiem- 
po lia<<> referencia, está la medicina del pueblo judío, por la relación esta- 
blecida por la cautividad asiría (año 722 antes de J. C.) y la cautividad de 
Babilonia (604 años antes de J.C.). Las principales fuentes de conocimiento 
de la Medicina son la Biblia y el Talmud. La primera nos da únicamente 
alguna luz respecto de los asuntos que esperamos encontrar, en los deta- 
lles de una legendaria historia narrativa. En el Antiguo Testamento la en- 
fermedad ea una expresión de la cólera de I )ios, que se puede combatir úni- 
« amenté por medio de la reforma moral, de las oraciones y de los sacri- 
ficaos; y es I >¡08 el que 1 1 infiere ambas, la salud y la enfermedad. «Yo no 



1 1 Offord:*! r, Londres, 19 16; X, pág. 572. 



MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 53 

te infligiré ninguna de aquellas enfermedades que yo he llevado sobre los 
egipcios, porque yo soy el Señor que te cura a ti» (Éxodo, XV, 26). Los 
sacerdotes actuaban como policía higiénica en relación con las enferme- 
dades contagiosas; pero no hay en la Biblia ninguna referencia espe- 
cial de que los sacerdotes actuasen como médicos. Estos constituían una 
clase especial, de la que leemos, por ejemplo, quejóse «mandó a sus ser- 
vidores, los médicos, que embalsamasen a su padre» (Génesis, L, 2); que 
el rey Asa consultó a los médicos por el Señor y «durmió con su padre» 
por sus dolores (II Crónicas, XVI, 12 y 13), o que si dos hombres pelean 
y uno de ellos es herido o lesionado hasta el punto de guardar cama, el 
otro «deberá pagar por la pérdida de su tiempo y trabajará por él hasta 
su completa curación» (Éxodo, XXI, 19). Los profetas, por otra parte, rea- 
lizaban frecuentes milagros, como los de Elias y Elíseo, despertando de la 
muerte a los niños. La curación de los padres de Jordán por Elíseo (II Re- 
yes, II, 22) es un buen ejemplo del concepto antiguo, primitivo del «hacer 
medicina», como lo son también las referencias al uso del hisopo como 
un agente de Catarsis, de purificación o de lustración (Salmo LI, 7; Éxo- 
do, XI, 22; Levítico, XIV, 4-7, 49 y 52) y el ritual de trasladarla lepra a un 
pájaro (Levítico, XIV, 1-8). Un notable ejemplo de la relación existente 
entre la cólera divina y la eficacia de la oración se encuentra en el caso de 
Ezequías, que «enfermó hasta morir» y pidió al Señor que pusiese su 
casa en orden, y volvió su cara hacia la pared; sus plegarias fueron aten- 
didas por el profeta Isaías, que, por mandato divino, ordenó que una 
masa de higos se aplicase a la parte enferma, con lo cual resultó que Eze- 
quías recobró la salud (II Reyes, XX, 1-8). Aparte de los médicos y de 
los altos sacerdotes, que actuaban como oficiales de sanidad pública, exis- 
tían comadronas profesionales, que se encuentran mencionadas en los ca- 
sos de Raquel, de Tamar, y especialmente en la interesante referencia al 
uso en el antiguo Oriente de la silla obstétrica: en el primer capítulo del 
segundo libro del Éxodo, donde Faraón manda a las comadronas que ma- 
ten todos los niños judíos del sexo masculino, «cuando vosotras vayáis a 
ejercer el oficio de comadronas con las mujeres hebreas y las veáis a ellas 

sobre las sillas». Impresiones maternales constituyen el asunto de la se- 
gunda mitad del trigésimo capítulo del Génesis, en el cual Jacob refiere 
a Labán acerca del engaño que el último le ha hecho con motivo de Lía y 
Raquel, engañándole en un método de producción de crías manchadas y 
tiznadas, hábilmente explicable por la ley de Mendel. Los sueños eran 
realmente considerados como «visiones de la cabeza», como emanaciones 
del cerebro (Daniel, IV, 5-13; VII, i). El uso del primitivo cuchillo de pie- 
dra en la circuncisión ritual es referido en el segundo libro del Éxodo 

(IV, 25), en el cual Zipporah, la viuda de Moisés, «coge una piedra afi- 



5 4 HISTORIA DE LA MEDJCINA 

lada y corta el prepucio de su hijo». En Josué (V, 2), Dios manda a Jo- 
sué, el sucesor de Moisés, que haga cuchillos afilados y efectúe la circun- 
cisión de los niños de Israel nacidos después del éxodo de Egipto. Este 
es el único procedimiento quirúrgico mencionado en la Biblia; pero el uso 
del vendaje arrollado en las fracturas se encuentra referido en Ezeqidel 
(XXX, 22) del modo siguiente: «Hijo del hombre, Yo he roto el brazo de 
Faraón, rey de Egipto; y he aquí que no será contenido hasta que esté 
curado; ponedle una venda, vendadlo, hacedle fuerte para tener la espada.» 
Las heridas eran curadas, como en todos los pueblos antiguos, con aceite, 
vino y bálsamos. La acromegalia, con dedos supernumerarios, se encuen- 
tra descrita en el caso del hijo de Goliath, de Gath (II Samuel, XXI, 20; 
I Crónicas, XX, 6); la epilepsia es mencionada (Números, XXIV, 4), y 
los efectos de la embriaguez, descritos (Proverbios, XXIII, 20-35). De las 
diferentes enfermedades referidas en la Biblia, las más importantes son la 
lepra, la «llaga permanente crónica* y las graves plagas que atacaron a 
Israel, especialmente la peste de Baal, en la que perecieron 24. 000 (Nú- 
meros, XXV, 9). Sin embargo, estas enfermedades se encuentran tan 
vagamente aludidas, que es imposible identificarlas con algunas de las 
equivalentes de nuestros días. Los modernos dermatólogos discuten, por 
ejemplo, si la lepra bíblica (zaraath) [i], de la queNaaman se curó sumer- 
giéndose él mismo «siete veces en el Jordán», y que fué transformada (en 
el sentido popular) en Gehazi, de tal modo, que «él salió de su presencia 
un leproso tan blanco como la nieve>, era en realidad psoriasis. Por otra 
parte, Ivan Bloch y otros sostien-en que las plagas venéreas mencionadas 
en la Biblia (Baal-peor y las otras) no son iguales a las actuales lúes y go- 
norrea (2). Una plaga después de comer codornices es mencionada en el 
libro de los Números (XI, 31-33). Altamente significativo es el episodio de 
Ahaxiah (II Reyes, I, 2), el que, cuando enfermó, envió a Ekron a ver a 
Belzebub para saber si podría restablecerse, a causa de que, conforme a 
la opinión dejosephus, aquel diosera, análogamente al griego Zeus Apo- 
minos, el -apartador de las moscas». Las serpientes de fuego, menciona- 
das en el libro de los Números (XXI, 7), pueden haber sido los dracuncu- 
///*, y Castellani sostiene que la enfermedad con «hemorroides» a que se 



i Descrita en el Levitico, XIII, 1-46. 

Lo eruditos médicos que discuten a propósito <l<- estos inciertos deta- 
lles <!<• un modo t.m dogmático omiten el considerar el punto, que conocen mate- 
máti deque la probabilidad inherente a un hecho tiende a terminar 

medidí que nos .dejamos de él, y que los electos de mi acontecimiento 

tienden ;i «terminar asintomáticamente en un plazo indefinido <> infinito. Escula- 
pio estaba mucho más fuera déla realidad que Homero, Hipócrates y Celso. Para 

él es completamente un mito. Bloch olvida que la oposición lógica del 

IrtUS, teoría de la sílilis, que él adelanta con un celo algo fanático, 

. erdad como la misma teoí ía. 



MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 55 

alude en el libro de Samuel ' (V ', 6; VI, 4 y 5) era la peste bubónica, a causa 
de que «las ratas morían y corrompían la tierra» (i). 

El interés principal de estas enfermedades bíblicas estriba en los no- 
tables esfuerzos que se realizaban para prevenirlas. Los antiguos hebreos 
han sido, en realidad, los fundadores de la profilaxia, y los grandes sacer- 
dotes eran verdaderamente policías médicos. El libro de los Levíticos con- 
tiene severas órdenes respecto de los objetos impuros o contaminados, 
de las substancias convenientes para la alimentación, de la purificación de 
la mujer después del parto, de la higiene de la misma durante el período 
menstrual, de la condenación de las perversiones sexuales y de la preven- 
ción de las enfermedades contagiosas. En los notables capítulos del dia^ 
gnóstico y profilaxis de la lepra, de la gorronea y de la leucorrea (Levztico, 
XIII-XV), se dan las prescripciones más eficaces y de sentido común para 
la separación de los enfermos, la desinfección (hasta el punto de raspar 
las paredes de las casas o de destruirlas por completo) y el viejo rito mo- 
saico de quemar los vestidos de los enfermos y otras medidas análogas. 
En la Edad Media todavía permanecían en vigor estos preceptos del Le- 
vítico, por lo que a los leprosos hacía referencia. ¿Quién dejará de admi- 
rarse al ver la severa disciplina hebrea en lo tocante a la higiene sexual, 
que, siempre rigurosa, insiste en la exogamia, pone un dique a las per- 
versiones y rodea la figura de la mujer buena y virtuosa con una peculiar 
aureola de respeto, que se ha conservado en todas las naciones civilizadas 
hasta la época moderna? (2). La institución del descanso semanal en el sá- 
bado ha dado a la Humanidad, cansada del trabajo, una especie de aside- 
ro permanente para poder persistir en su obra. En resumen: la principal 
gloria de la medicina bíblica estriba, como ha hecho notar Neuburger, en 
la institución de la higiene social como ciencia. Hasta qué punto eran es- 
timados los médicos entre los antiguos hebreos, se ve resumido en el ex- 
presivo lenguaje de Jesús, hijo de Sirach (180 años antes de J. C): 

1. Honor al médico según tú necesites de él, con los honores debidos a él: 

Porque verdaderamente el Señor le ha creado a él. 

2. Desde lo más alto viene la salud: 

Y desde el Rey, él puede recibir un veneno. 

3. El arte del médico mira con confianza sobre su cabeza: 

Y en el suspiro de los grandes hombres él será admirado. 



(1) Los roedores aparecen en el cuadro de Poussin «La peste de los filisteos» 
(Janus, Amst., 1898; III, pág. 138). Es digno de mención el hecho de que la eviden- 
cia de la asociación entre las ratas y la peste sea más pronunciada en la versión 
de los Setenta queen la Vulgata (véase Aschoff, Amst., 1900; V, páginas 61 1-(> 1 . a 
en la versión revisada, el nati sunt muris aparece suprimido; pero el versículo 8 del 
primer libro de Samuel, V, sugiere la idea de la peste bubónica. 

(2) Es digno denotarse que las prescripciones de Moisés contraía bestiali- 
dad, la inversión sexual, etc., en el Éxodo (XXI-XXII) y en el LevUico (XVI II), re- 
presentan los comienzos de la jurisprudencia médica. 



5 6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

El Talmud es esencialmente un libro legal que data de la segunda cen- 
turia después de J. C, y la información a propósito de la medicina judía 
contenida en él es, en resumen, de un carácter más detallado y definitivo 
que el que nosotros esperaríamos encontrar en las narraciones medio le- 
gendarias de la Biblia. Su rasgo más interesante es la luz que proporciona 
acerca de la anatomía y cirugía de los últimos judíos y sobre el conoci- 
miento de los signos de la post-mortem, que los hebreos adquirieron por 
la inspección de los animales destinados a la alimentación. La anatomía 
de todo género, antes de los tiempos de Vesalio, no era mas que un teji- 
do de fragmentos y de trozos aislados, y la anatomía judía no constituye 
ninguna excepción de la regla general. Sólo se menciona en la Biblia algo 
referente a las partes del cuerpo, y estas referencias son, en general, tan 
vagas y poco precisas como las de La Ilíada. En el Talmud, el número 
de huesos del esqueleto se calcula, de un modo variable, entre 248 y 252, 
y de ellos, uno, el hueso luz, que se suponía estar situado de alguna ma- 
nera entre la base del cráneo y el coxis, era considerado como el núcleo 
indestructible por el cual el cuerpo sería levantado de entre los muertos 
el día de la resurrección. Este mito, que las modernas autoridades rabíni- 
cas suponen haber sido originado del antiguo rito egipcio del «entierro de 
la columna vertebral de Osiris», ha sido censurado por Vesalio en un no- 
table capítulo de su Fábrica (i). En el 7 almud se exponen importantes 
conocimientos del esófago, laringe, tráquea, las membranas del cerebro y 
los órganos de la generación. El páncreas recibe el nombre de «dedo del 
hígado», y su estructura, como la del bazo, ríñones y medula espinal, es 
frecuentemente mencionada, pero no descrita. Se piensa que la sangre es 
el principio vital, idéntica al alma, y que el corazón es esencial para la 
vida. La respiración es comparable a la combustión. Se señalan los efectos 
de la saliva sobre los alimentos y los movimientos agitadores del estóma- 
go, y el hígado es considerado como elaborador de la sangre. Entre los 
hebreos, la carne de los animales enfermos o lesionados era considerada 
siempre como impropia para la alimentación; y las autopsias hechas en 

mímales degollados en las carnicerías para determinar si eran kosher 

y trrpJid, dieron una luz acerca de las apariencias patológicas, que nunca 

llegaron a tener los griegos. Se apreciaron la hiperemia, la degeneración 

v los tumores pulmonares, así como también la atrofia y los abs- 

>s de los ríñones, y la cirrosis, y la necrosis del hígado. La cirugía del 
Talmud comprende la usual cirugía de las heridas», con su tratamiento 

medio de las suturas y vendajes, aplicaciones de vino y aceite, y la 



1 Véase F. H Garrison: The Bone called ■ Luí >, New-York Med. Journ^igii) 
XCII 1 1 49- 1 5 1 . 



MEDICINA SUMERTANA Y ORIENTAL 57 

idea del refrescamiento de los bordes de las viejas heridas para asegurar 
una más perfecta unión de las mismas. La sección de las venas, la sangría 
y las ventosas eran conocidas, y antes de proceder a la mayor parte de 
las operaciones se administraba una droga hipnótica (samme de shinta). La 
operación cesárea, la excisión del bazo, las amputaciones, la trepanación 
y la operación del ano imperforado en el recién nacido, eran conocidas, 
así como también el uso de la sonda y del espéculo uterinos. Las disloca- 
ciones y fracturas eran reducidas y sostenidas; se empleaban miembros 
artificiales y dientes postizos (i). No está demostrada la existencia de una 
educación médica especializada entre los hebreos antes del período ale- 
jandrino, y los médicos hebreos aislados no han llegado a adquirir una 
particular prominencia hasta la Edad Media, y más especialmente aún 
hasta el período moderno. 

Del mismo modo que los hebreos han alcanzado la más alta elevación 
entre los pueblos orientales, en lo que hace referencia a higiene, los anti- 
guos indios han sobrepasado a todas las naciones de su tiempo en cirugía 
operatoria. En el más antiguo documento sánscrito, el Rig Veda (1500 
años antes de J. C), y en el Atharzva Veda, la Medicina es completamente 
teúrgica, y el tratamiento consiste en los usuales hechizos y encantamien- 
tos contra los demonios de la enfermedad humana, o contra sus agentes, 
las brujas y los hechiceros. En el período brahmínico (800 años antes 
de J. C, IOOO después dej. C), la Medicina estaba por completo en ma- 
nos de los sacerdotes brahmanes y de sus discípulos, y el centro de la 
educación médica se encontraba en Benares. En una inscripción en una 
roca de la India, el rey Asoka (unos 226 años antes de J. C.) recuer- 
da la erección del hospital en aquel punto, y los registros cingaleses indi- 
can la existencia de hospitales en Ceylán en los años 437 y 1 37 antes 
dej. C. Los hospitales indios y ceylaneses existían igualmente hasta 
368 años después dej. C. Los tres textos para aprender la medicina brah- 
mínica son: el Ckaraka Samhita; un compendio hecho por Charaka (en la 
segunda centuria después de J. C.) de una obra más antigua de Agnivera, 
basada en las lecturas de su maestro Atreya (sexta centuria antes 
dej. C.) [2]; el Susruta (quinta centuria después de J. C), y el Vagbhata 
(séptima centuria después de J. C). De ellos, el más notable es el Susruta, 
cuya obra, llevando el mismo nombre, es el gran almacén de la cirugía 
aria. La medicina india era particularmente débil en su anatomía, que 



(1) Para más informaciones a propósito de la medicina de la Biblia y del 1 al- 
mud, véase J. Preuss: Biblisch-Talmudische Medizin, Berlín, 191 1, y el artículo de 
Ch. D. Spirat en la Jeivish h'ncyclopcdia, New-York, 1904; VIII, páginas 409-414- 

(2) El texto de Charaka ha sido completado por Dridhabala. Véase A. F. R. 
Hcernle: Archiv f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1907-8; I, páginas 29-40. 



5 8 HISTORIA DE LA ME DJ CIÑA 

consistía en una enumeración puramente fantástica de partes inimagina- 
bles del cuerpo, como 360 huesos, 800 ligamentos, 5 o0 músculos, 
300 venas, y así sucesivamente. La fisiología india suponía que el proceso 
vital estaba actuando por el aire (por debajo del ombligo), por la bilis (en- 
tre el ombligo y el corazón) y por la flema (por encima del corazón), de 
las que se derivan los siete principios próximos: quilo, sangre, carne, gra- 
sa, huesos, tuétano y semen. La salud consiste en una relación cuantitati- 
va normal entre estos elementos próximos o constituyentes primitivos; la 
enfermedad, en el desconcierto entre sus proporciones apropiadas. Las 
enfermedades estaban, a su vez, minuciosamente subdivididas; el Susruta 
enumera más de 1. 1 20, que- son clasificadas en dos grandes divisiones: de 
enfermedades naturales y supernaturales. El diagnóstico era cuidadosa- 
mente hecho, incluyendo la inspección, palpación, auscultación y el uso 
de los sentidos especiales. La semiología y el pronóstico combinan la ob- 
servación aguda con las vulgares observaciones populares. Como ejemplo 
puede citarse la descripción, muy clara, del Susruta, de la fiebre palúdica, 
que es atribuida a los mosquitos, o el pasaje del Bhágavata Purana, que 
aconseja a los habitantes abandonar sus casas «cuando las ratas caen des- 
de los tejados, se mueven continuamente y mueren», por ser presumible 
una peste. La diabetes millitus esencial era reconocible como Madhumeha 
u «orina de miel» (Jolly), y sus síntomas, sed, aliento fétido y languidez, 
eran anotados (W. Ebstein). En terapéutica, una dieta y un régimen apro- 
piados eran cuidadosamente detallados, y se empleaban los baños, los 
enemas, los eméticos, las inhalaciones, los gargarismos, la sangría y las 
inyecciones vaginales y uretrales. La materia médica de la India era par- 
ticularmente rica. Susruta menciona "60 plantas medicinales, de las cua- 
les eran nativas el nardo, la canela, la pimienta, el cardamomo y el azúcar. 
Se prestaba una atención especial a los afrodisíacos y a los venenos, y 
particularmente a los antídotos de la mordedura de las serpientes vene- 
nosas y de otros animales. Jolly menciona unas 1 3 bebidas alcohólicas. 
Los efectos soporíferos del beleño y del cáñamo indio eran conocidos, y 
su empleo en cirugía parece ser, de acuerdo con Burton, de una gran an- 
tigüedad. El Bower M. V., un valioso documento sánscrito en corteza de 
abedul (quinta centuria antes de J. C.) encontrado en las ruinas de Min- 
gai (Turkestan), comprado por el lugarteniente Bower en 1890 (editado 
por rloernle), corresponde en muchos puntos con las drogas populares 
d<-l Susruta y del Ckaraka. Contiene un notable ditirambo en alaban/a 
del ajo (Allium sativum) [i]. La parte quirúrgica del tratamiento en la In- 
dia al< an./.i « omo hemOS dicho, el punto más elevado que ha podido lo- 

\ 1 I • •• ,,•//,,, AmM.. 1900; V'. páginas 493-501. 



MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 59 

grar en la antigüedad. El Susruta describe próximamente 121 instrumen- 
tos quirúrgicos diferentes, incluso escalpelos, lancetas, sierras, tijeras, agu- 
jas, ganchos, sondas, catéteres, mandriles, forceps, trocares, jeringas, bu- 
jías y un espéculo rectal (i). Estaban hábilmente provistos de mango y 
de articulaciones; los instrumentos quirúrgicos estaban lo bastante afila- 
dos para cortar ün cabello, y cuidadosamente preservados del polvo por 
la envoltura de franela y la caja. Los indios parecen conocer las operacio- 
nes más importantes, excepto el empleo de las ligaduras. Ellos amputaban 
los miembros, y contenían las hemorragias por la cauterización, el aceite 
hirviendo o la compresión. Trataban las fracturas y las luxaciones por me- 
dio de un vendaje especial hecho con mimbres de bambú, que ha sido 
subsiguientemente adoptado por el ejército inglés como «patentadas ta- 
blillas de caña de las Indias». Los indios efectuaban la litotomía (sin sonda 
acanalada), la operación cesárea, la excisión de tumores, y reducían la 
hernia del omento a través del escroto. Su modo de extraer las cataratas 
ha sobrevivido hasta los días presentes, y eran especialmente hábiles en 
Ja práctica de ¡os injertos de la piel y en otras fases de la cirugía plástica. 
Su método de rinoplastia ha debido ser, probablemente, aprendido de los 
cirujanos árabes viajeros, y así transmitido por las familias privadas, como 
los Norsini, de generación en generación hasta el tiempo de Tagliacozzi. 
Los indios eran especialmente hábiles en su método de enseñar la cirugía. 
Consideraban la importancia de una incisión rápida y bien hecha en las 
operaciones sin anestesia, y hacían que el estudiante lo practicase prime- 
ro en las plantas. Los tallos huecos del lirio acuático o las venas de las 
anchas hojas eran punteadas y seccionadas, así como también los vasos 
sanguíneos de los animales muertos. Calabazas, pepinos y otros frutos 
blandos, o sacos de cuero llenos de agua, eran abiertos o incindidos en 
lugar del hidrocele y de otras enfermedades de cavidades huecas. Se usa- 
ban modelos flexibles para ios vendajes, y las amputaciones y otras ope- 
raciones plásticas eran practicadas en animales muertos. Aprendiendo así, 
el estudiante adquiría facilidad y seguridad en el operar, en el «paso por 
medio de los movimientos»; los indios eran maestros de muy recientes 
secretos en el aspecto didáctico de la cirugía experimental (2). 



(1) Véase A. Short: History of Aryan Medical Science, en Sir Bhagvat Sink Jcc, 
Londres, 1896; páginas 176-186, con grabados délos instrumentos quirúrgicos y de 
otros aparatos en láminas 1-10. 

(2) Los lectores de las novelas del capitán Marriat recordarán cómo el botica- 
rio Mr. Cophagus enseña la venasección al huérfano Japhet, faciéndole realizar, 
en primer término, punciones muy científicamente en las largas venas de una hoja 
cíe berza, hasta que, satisfecho con la delicadeza y la precisión de un marco, llevó 
adelante sus instrucciones hasta el punto de permitirme abrir una vena en su pro- 
pio brazo. (Marryat: Japhet. en busca de un padre). 



6o HISTORIA DE LA MEDICINA 

Aun no está perfectamente dilucidado si los indios influyeron en la 
medicina de los griegos antes del tiempo de Alejandro el Magno, o si 
ellos mismos fueron influidos por éstos; pero lo cierto es que en el tiempo 
de la expedición de Alejandro a la India (327 años antes de J. C), sus 
médicos y cirujanos gozaban una bien merecida reputación por su supe- 
rior conocimiento y habilidad. Algunos escritores han defendido que 
Aristóteles, que vivió hacia esta época, había tomado muchas de sus ideas 
del Oriente. 

Con la conquista por los mahometanos, la medicina india pasó bajo el 
influjo de la dominación arábiga, y virtualmente cesó de existir. Su única 
supervivencia en nuestros días consiste, aparentemente, en las prácticas 
vedánticas en los diferentes swamis y mahatmas, que ocasionalmente vi- 
sitan estos países, y cuyo extraño culto ha hecho perder el juicio a mu- 
chos de sus perturbados discípulos de América. Es muy interesante ha- 
cer notar cómo los tres ingleses que más han procurado colocar el hipno- 
tismo sobre la base de una terapéutica práctica — Braid, Esdaile y Elliot- 
son — , indudablemente han traído sus ideas y algunos de sus experimen- 
tos de su contacto con la India. 

La medicina china es, como lo hubiera sido nuestra propia medicina 
si hubiera seguido hasta nuestros tiempos guiada por las ideas medieva- 
les, absolutamente estacionada. Su literatura consiste en un gran número 
de obras, ninguna de las cuales tiene la más ligera importancia científica. 
Sus características son: la reverencia a las autoridades, el formalismo pe- 
trificado y un pedantesco exceso de detalles. La anatomía china admite 
365 huesos en el cuerpo humano, de los que el cráneo posee, según al- 
gunos sistemas, uno solo, y según otros, ocho en el sexo masculino y seis 
en el femenino. La laringe venía a abrirse en el corazón; la médula es- 
pinal, en los testículos; el pulmón tenía ocho lóbulos; el hígado, siete. 
El bazo y <-l corazón son los órganos de la razón. Cada órgano está rela- 
cionado con un color, sabor, estación y momento del día; tiene un padre, 
y amigos y enemigos. El corazón es el hijo del hígado; el hijo del cora- 
/ "i es el estómago; su amigo, el bazo; su enemigo, el riñon; el rojo es su 
color; el verano, su estación; recibe al mediodía (Welch). Con un conoci- 
miento tan imperfecto de la estructura y de la función del cuerpo humano, 
no podía existir una verdadera cirugía, especialmente tratándose de un 
pueblo cuyas convicciones religiosas eran contrarias al derramamiento de 
!<• ya la mutilación del cuerpo. La castración era, en realidad, la 
ó nica opera» íón que llevaban a cabo, y al paso que ellos usaban las ven- 
cí masaje, no empleaban, en cambio, la sangría, que reem- 
plazaban por las moxa8 y la acupuntura. Las moxas, introducidas en la 
tica europea en el BÍglo xvii, consisten en pequeños conos combusti- 



MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 61 

bles que se aplican sobre la piel y se encienden. La acupuntura consiste 
er la introducción en la piel tensa de finas agujas de oro o plata, que se 
introducen haciéndolas descubrir movimientos giratorios. Ambos proce- 
dimientos han sido empleados con el propósito de contener la irritación 
en la gota y en los padecimientos reumáticos. Los chinos eran maravillo- 
samente hábiles en el masaje, y han sido los primeros en emplear los ciegos 
como masajistas. Han sido los que más antiguamente han conocido la iden- 
tificación por medio de las impresiones digitales (dactiloscopia). La patolo- 
gía china se caracteriza por un excesivo cúmulo de detalles; por ejemplo: 
diez mil variedades de fiebre o catorce géneros de disentería. En el diag- 
nóstico concedían una gran importancia al pulso, cuyas variedades son mi- 
nuciosamente subdivididas e investigadas por el tacto en diferentes puntos 
de la arteria radial de cada mano, con los dedos colocados como cuando 
van a tocarse las teclas del piano. De este modo, seis series de datos pul- 
sátiles eran obtenidas, que venían a ser relacionados con los diferentes ór- 
ganos y sus enfermedades. Michael Boyrn, un misionero jesuíta en China, 
que ha sido el primero en escribir una doctrina china del pulso (l66ó), ha 
dado láminas del modo peculiar de tomar el pulso los chinos. Su obra ha 
sido resucitada y publicada por el médico-botánico Andreas Cleyer (1686). 
En su propia compilación (1682), Cleyer da grabados en madera ilustrando 
la doctrina china del pulso y la semiología de la lengua, y además 30 lámi- 
nas de la anatomía china y de otras fases de la sinología médica. La ma- 
teria médica china es de una desusada extensión, y comprende algunas 
drogas bien conocidas, como el jengibre, el ruibarbo, la raíz del granado, 
el opio, el acónito, el arsénico, el azufre y el mercurio, (para unciones y 
fumigaciones en la sífilis), y algunos remedios repugnantes, como partes 
de las excreciones de los animales. El Hsi Yuan Lu, el libro oficial de 
texto en China, desde hace centenares de años, para la medicina foren- 
se, contiene algunas observaciones empíricas de venenos (Wu Lien-Teh). 
El antiguo conocimiento que poseían los chinos de la inoculación contra 
la viruela, lo han aprendido, probablemente, de la India. Resúmenes anua- 
les estadísticos de las enfermedades se encuentran ya establecidos en el 
Chon Li (1105 años antes de J. C); buenos preceptos higiénicos son ex- 
puestos en otros libros de 700 años antes de J. C. Él I Chin Ching es 
un manual bien conocido de cultura física, con láminas. El plan de co- 
mer sólo alimentos cocinados, los trajes prudentes de algodón y seda, 
la característica adaptación de su arquitectura al clima; todo ello de- 
muestra el buen sentido común de los chinos en todas estas materias. 
Pero las enfermedades infecciosas no son todavía notificadas, de tal modo, 
que la escarlatina y la viruela hacen millares de víctimas. Durante la epi- 
demia de peste de la Manchuria (1910-1911), se establecieron centros es- 



62 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tratégicos a lo largo de la principal línea férrea en el Norte de China, y 
han servido para suprimir la enfermedad en estos últimos cinco años. 
Ello ha sido también debido al combate sistemático de las ratas caseras 
en Shanghai (i), 

El fundador de las misiones médicas en China ha sido el doctor Peter 
Parker (1804-1888), un graduado de Yale, qui ha fundado el Hospital 
Oftálmico de Cantón (1835) y ha formado la única colección de grabados 
de cirugía china existente hoy en Yale (2). El presidente Charles • W. Filiot, 
en un viaje a China, ha podido comprobar que la necesidad más urgente 
de aquellos millones de habitantes es la educación médica. A él se ha de- 
bido principalmente la fundación de la Harvard Medical School, de China. 
China tiene ahora una Escuela Médica Militar en Tientsin; el Colegio Mé- 
dico de Peiyang, establecido en Li Hung Chang; una Escuela de Medicina 
en Pekín; varias escuelas relacionadas con los establecimientos de los mi- 
sioneros, y otros mayores adelantos pueden esperarse de la Fundación 
Rockefeller, que ha enviado ya dos Comisiones en 1914-15. 

La primera piedra de la Escuela Médica de Yale, en Chuangsha, ha 
sido puesta en 19 16. La Asociación Médica Nacional de China ha celebra- 
do su primera reunión en Shanghai, en febrero 7- 1 2, de 1916. 

Los japoneses se han hecho notar por su admirable poder de asimila- 
ción de la cultura de otras naciones, y antes de que hubiesen llegado a 
ponerse en contacto con la civilización europea, su medicina era sencilla- 
mente una extensión de la medicina china. Hasta el año 96 antes de J.C., el 
arte médico en el Japón se encontraba atravesando las formas míticas 
(de mitos) comunes a todas las formas de la medicina primitiva (3). Se 
suponía que las enfermedades estaban producidas por influencias divinas 
1 Kamino-no-ke), por demonios y espíritus malignos o por los espíritus de 
los muertos. Dos deidades, con nombres particularmente largos, presiden 
la salud, que se ayuda más con la práctica de plegarias y de hechicerías, 
y en los últimos períodos, con los remedios internos, la sangría y los ba- 
ños minerales. El período del año 96 antes de J. C. al 709 después 
de J. C. señala el predominio de la medicina china, que ha llegado por el 
Camino de Corea. Los médicos prácticos v los profesores eran sacerdotes. 
discípulos eran enviados a China a expensas del Gobierno, y ya en el 

702 después dej. C. existen escuelas médicas nacionales, con cursos 
de siete años de medicina interna y períodos más cortos para las otras 



1 Wu Lien Mr Wat. \íed. journ., China, Shanghai, 19 16; ti, páginas 32-36. 
' |. Baríletti fourri. Amen ñíed. Assoc;, Chicago, 1916: LXYII, pági- 

; i 1. 

La mayor parte de estos detalles están tomados de I. Fujikawa: Geschithti 
der Medizin in Japan, Tokio, 191 1. 



MEDICINA SUMERIANA Y ORIENTAL 63 

ramas de la Medicina. Los estudiantes adquirían el título de ishi o docto- 
res, después de sufrir el examen final en presencia del ministro, y las mu-' 
jeres eran algunas veces instruidas para comadronas. Durante los períodos 
siguientes (710-1333), designados con los nombres de «Nara», «Heian», 
y así sucesivamente, según los nombres de las diferentes capitales del 
Japón, continuaba siendo predominante la influencia de los sacerdotes- 
médicos chinos, con algunos adelantos en el arte quirúrgico, tales como 
la sutura de las heridas intestinales con fibras de moral o la depresión de 
la catarata con agujas. En 758, un hospital para los indígenas ha sido 
creado por la Empresa Komyo. El más antiguo libro médico del Japón, 
el Jshinho, escrito por Jasuhori Tambu en 982, que describe aquellas no- 
vedades quirúrgicas, recuerda también la existencia de Hospitales y de 
casas de insolación para los enfermos de viruela. Durante el período me- 
dieval, se citan observaciones personales de casos clínicos. Las moxas, 
la acupuntura y muchos remedios herbáceos o minerales de china, se en- 
contraban en boga, y el masaje era delegado a Jos ciegos, como una ocu- 
pación apropiada. Como contribución más brillante de los antiguos japo- 
neses a la terapéutica debe mencionarse el uso de colgaduras rojas para 
el tratamiento de la viruela, el remedio empleado después por John of 
Gaddesden y Finsen. El primer barco portugués tocó en el Japón en 1542, 
y con la llegada de San Francisco Javier, en I549> comienza la acción de 
la influencia europea. Los médicos que llegaron con él y con los misione- 
ros posteriores — existía una iglesia católica en Kyoto en 1568 — trataban 
los enfermos gratuitamente, hicieron obras quirúrgicas, fundaron hospi- 
tales y plantaron jardines botánicos. Después de la expulsión de los mi- 
sioneros, dos o tres discípulos japoneses se establecieron en Sakai y funda- 
ron una escuela. Los comerciantes holandeses llegaron en 1 597» y sus ci- 
rujanos navales ejercieron también alguna influencia. Una traducción de 
las obras de Ambrosio Paré fué hecha en el siglo xvn; pero la importación 
de obras europeas estuvo prohibida hasta el año 1700, después de cuya 
época comenzaron a aparecer traducciones de Boerhaave, Van Swieten, 
Heister y otros escritores. La vacuna ha sido introducida por Mohnike 
en 1848. La escuela médica fundada por los médicos holandeses en Jeddo, 
en 1857, pasó a manos del Gobierno en i860, y llegó a ser, en la época 
moderna, Universidad de Tokio. El período .moderno, o Meiji, de la me- 
dicina japonesa comienza con el año de la revolución, 1 868, y su rasgo 
más característico es el gran aumento de la influencia germánica. Las Uni- 
versidades y las Academias médicas, los exámenes del Estado, las Socie- 
dades científicas y los periódicos médicos; todo estaba copiado de los mo- 
delos alemanes; y los notables médicos japoneses de nuestros días — Shiga, 
Kitasato, Noguchi, Hata — han sido educados y enseñados en Alemania. 



64 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Esta influencia ha continuado hasta la explosión de la guerra pan-europea. 
Hasta alemán es el lenguaje de la ciencia en el Japón, y han sido también 
celebradas ceremonias religiosas en el pequeño shinto shrine, dedicado a 
la memoria de Koch. 

Como resumen de toda la medicina oriental, podemos decir que Babi- 
lonia se ha especializado en el asunto de los honorarios y recompensas 
médicas; los judíos han sido los fundadores de la jurisprudencia médica 
primitiva y de la higiene pública, y han establecido el descanso de un día 
a la semana, y los indios han demostrado que la habilidad en la cirugía 
operatoria ha sido una posesión permanente, en todos los tiempos, de la 
raza aria. 



MEDICINA GRIEGA 



I. — ANTES DE HIPOCRATES 



Los griegos eran un Sammelvolk, un compuesto de pueblos, y sus di- 
versos elementos — jónicos, tesalianos, arcadianos, acayanos, eolianos, dó- 
ricos, etc. — le dieron la obstinada independencia, la individualidad eterna 
de una raza montañesa y marítima; rasgos todos que han sido a la vez el 
secreto de su grandeza y de su decadencia. La geografía física de Grecia 
peninsular e insular, con las profundas bahías de su costa, y sus valles, de 
escarpadas montañas, aislando toda la comarca, y sus estados diversos, 
de tal modo, que daba lugar, de un lado, a un intenso patriotismo local, 
y proporcionaba, de otro, todas las ventajas de un abundante intercambio 
marítimo con otras naciones, dando por resultado que semejante grande- 
za en la naturaleza externa era la más a propósito para inspirar la sublime 
libertad de la inteligencia y del espíritu. Además, esta amplia libertad del 
pensamiento impidió, en ultimo término, a Grecia llegar a ser una nación; 
sus habitantes eran demasiado diferentes desde el punto de vista del ca- 
rácter racial, produciendo modos demasiado diferentes para que pudieran 
llegar a una unidad permanente. La historia de Grecia es la historia de di- 
ferentes estados y de sus ciudades-estados, «que eran demasiado obstina- 
dos para combinarse» (i). 

En el tiempo de Grote, la historia de Grecia comenzaba con la primer 
olimpíada (776 años antes de J. C.). En la actualidad, los orígenes de la ci- 
vilización griega retroceden, por lo menos, hasta 34OO años antes de J. C.,y 
han sido hallados fuera de la Grecia peninsular. Schliemann ha descubier- 
to la situación de Troya en 1870-73, y ha puesto de manifiesto la civiliza- 
ción egea de Micenas yTirinto (l6oo-I200 años antes deJ.C.)en 1876-84. 
La civilización de Minos, en la isla de Creta, que retrocede hasta la época del 



(1) Sir T. Clifford Allbutt: Science and Mediaeval Though/, Londres, 1901, pá- 
gina 21 . 

Historia de la Medicina. — Tomo i 5 



66 HISTORIA DE LA MEDICINA 

hombre neolítico, ha sido revelada por las excavaciones de sir ArthurEvans 
en 1894- 1908. Sus investigaciones (i) condujeron a la demostración de 
que Creta, «una especie de estación colocada en medio del camino entre 
los dos continentes», independientemente de las culturas del Asia primi- 
tiva (Eurasia) y del Africa primitiva (Euráfrica), ha sido un punto de par- 
tida de la civilización europea. 

La primitiva cultura de Minos (3400-2000 años antes de J. C), contemporánea 
de las más antiguas dinastías del Egipto, cuyas excavaciones se implantan en es- 
tratos de la época neolítica, que retroceden hasta 900 años antes de J. C, se carac- 
teriza por las hachas de piedra pulimentada, cerámica finamente bruñida, figuras 
femeninas de arcilla con el torso muy exagerado, como el del hombre aurignacia- 
no, con probables muestras de la religión de la Magna Mater o Gran Madre, o Ma- 
triarcado, con el marido niño. En el período medio de Minos (2000-1850 años an- 
tes de J. C), que corresponde a la dozava dinastía egipcia, decoraciones polícro- 
mas, cerámica fina y vasos muy pintados, algunas muestras de lo cual se han en- 
contrado por Flinders Petrie, entre los restos de la dozava dinastía, en Kahun, en 
el Fayum. El último período de Minos (1850-1400 años antes de J. C), correspon- 
diendo al período de los hykoos y al Nuevo Imperio del Egipto, está, sobre todo, 
representado por los palacios descubiertos en Knossos y Hagia Triada. El palacio 
de Knossos (el I aberinto de Creta) es magnífico, de una estruct ra muy compleja 
y variada, con corredores sinuosos y pasadizos subterráneos, primorosos departa- 
mentos domésticos con grandes adelantos higiénicos, incluyendo ingeniosos meca- 
nismos para la ventilación, cañerías para la salida de las aguas, modelados en tu- 
bería de barro cocido en forma de cañón, y letrinas, que son, por lo que a la cons- 
trucción hace referencia, superiores a lo que se ha hecho antes del siglo xix (2). 
Las galerías, los descansos de la escalera y los pórticos aparecen decorados con 
altos relieves en gesso-duro y animadas pinturas murales representando grupos de 
señoras en traje de corte, con notables chaquetas, trajes elegantes, con flecos y 
faldas llegando hasta el suelo. Las naturalistas estatuas en cerámica de la Diosa 
Madre y de sus femeninas devotas representan su aspecto más antiguo (( hthónico), 
con serpientes, una estatua de ceñida cintura, con el neolítico traje de falda en for- 
ma de campana y el cuelio modernamente ratificado. 

Gigantescas y adornadas ánforas para el aceite; pinturas al fresco de corridas 
de toros, con toreros masculinos y femeninos (de donde la leyenda ateniense del 
minotauro); una mesa de juego de marfil chapado en oro; un relicario con objetos 
de culto y vasos para el ofertorio; un trono de yeso, de aspecto gótico; demostran- 
do todo «lio el alto grado que había alcanzado la cultura en Knossos. 

En la cu tura eg«;a o miceniana, revelada por Schliemann, hay la misma habili- 
dad en la cerámica y en la escultura, en la pintura al fresco y en la ornamentación, 
y la misma maciza arquitectura que en la puerta de los leones de Micenas. Al ani- 
• ónii o grado de la religión de las columnas y los árboles ha sucedido el culto de la 
( irán Madre, con sih serpientes chthónicas o sus palomas uránicas. Las sepulturas 
( n hue< o- excavados en las rocas han sido sustituidas por las tumbas en forma de 
Colmena. La cultura miceniana es probablemente sincrónica con la pelásgica, y la 
post-miceniana del período homérico demuestra ya la influencia de Minos. En lu- 
gar del escudo redondo y de la armadura de Los griegos di' Homero, los hombres 
de Minos y di- Micenas usaban escudos (pie resguardaban todo el cuerpo, y SUS 
Bdomns eran los de la edad de bronce. Los gríegOS de Homero usaban armas de 

huiro y quemaban sus muertos. Los dioses de las olimpíadas n<> se encuentran en 

[OS período-, de Minos y Mieenas. 



Véase sir A. Evans: Reports of Excavations, 1 900-1908, en Ann, Brit. School, 

I 'ioS, passim 1 ambién su Prehistoric I ombs of K/wssos (1906) y ¿cun- 
ee, New-Yo \i iv. páginas .*<><> v 448. 

I II M Clarke: Prehistoric Sanitation in Creta, Brit, Med. Jour., I.on- 

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MEDICINA GRIEGA 69 

De los más antiguos actores de la historia de Grecia, los helenos, 
dice el mismo Tucídides, en el comienzo de su historia, «que ellos no eran 
grandes seres». Puntualiza que la antigua Hellas no era una población 
fija, sedentaria, sino que, por el contrario, las guerras y las parcialidades, 
habían mantenido a sus pueblos en un estado de emigración constante 
de tal modo, «que los más ricos terrenos eran siempre los más expues- 
tos al cambio de dueño». En condiciones como éstas se había desarrollado 
un pueblo inquieto, atlético, belicoso, cuyo principal interés era la vida 
activa y la influencia ejercida en sus asuntos por los dioses de su religión. 

Como Walter Pater ha expuesto, tan agradablemente, en sus estudios 
acerca de Dionysios y del «Plipólito velado», es un error muy común él 
de suponer que los antiguos griegos han adorado siempre el mismo pan- 
teón de dioses. En realidad, en este asunto eran un pueblo dividido los 
helenos de las montañas, los de las costas, los de los valles, los labrado- 
res y los costeros, y cada uno había creado una religión especial de su 
propiedad, cuyo conjunto venía a formar, en realidad, un politeísmo esen- 
cial, en el que cada pequeña tribu o comunidad popular adoraba su dios 
especial, y tributaba al propio tiempo una vaga adoración general a los 
dioses mayores. De este modo, Demeter era la divinidad especial de 
aquellos que vivían de la agricultura y entre los campos de trigo; Dio- 
nysios, de los que cultivaban los viñedos; Poseidón, de los que habitaban 
sobre el mar; Pallas Atenea, de los atenienses; al paso que los dioses me- 
nores tenían cada uno una particular localidad, en la que su religión era 
un culto. «Como una red de malla sobre la tierra de la gracios? tradición 
poética — dice Pater — , las religiones locales no han sido nunca suplantadas 
completamente por la religión de los grandes templos nacionales» (i). 
Así, encontramos, en un comienzo, que existían entre los griegos mu- 
chas divinidades titulares de la Medicina, con funciones envolventes o in- 
tercambiables en diferentes puntos. Los griegos, como Pater dice, no te- 
nían religión, sino religiones; «una teología sin autoridad central, no esla- 
bonada en el tiempo, y expuesta por aquel motivo a una transformación 
inobservable». Así, Artemisa (Diana), Demeter (Ceres), Hermes (Mercu- 
rio), Hera (Juno), Poisedón (Neptuno), Dionysios (Baco), eran, todos, a la 
vez, dioses patronos y diosas del arte médico, y eran capaces, en caso 
necesario, de producir ellos mismos las enfermedades. En el tratado de 
Hipócrates, De la enfermedad sagrada, leemos de los epilépticos que: 

«Si ellos imitan a una cabra, o rechinan los dientes, o si su lado derecho es 
convulsionado, esto quiere decir que la madre de los dioses (Cibeles) es la causa. 
Si su lenguaje tiene un tono más agudo, más penetrante, ellos se parecen en su 



(1) Pater: Ilippolytus Veiled, op. cit., pág. 162. 



7 o HISTORIA DE LA MEDICINA 

estado a un caballo, y se dice que Poseidón es su causa... Pero si la espuma es lan- 
zada de su boca y da golpes con sus pies, Ares (Marte) es el responsable. Pero los 
terrores que sobrevienen durante la noche, y la fiebre, y el delirio, y los saltos en 
la cama, v apariciones horrorosas, y el huir de ellas, todo esto se cree sea la obra 
de Hécate y las invasiones de los héroes, y se usan purificaciones y encantamien- 
tos, y como me parece a mí, hace la divinidad ser más malvado y más impío.» 

Así, como aparece de la alusión suplicante de Hipócrates a Hécate, existía, 
aparte del culto de los dioses olímpicos, un culto tenebroso, oscuro; a saber: el 
de la magia médica asociada al ritual propiciatorio de las denominadas deidades 
chthonianas o infernales de la tierra y del mundo inferior. Esto no era aún creencia 
general, sino que permanecía confinada en las diferentes localidades, incluyendo 
vagamente el culto de los dioses celestiales en su antiguo asnecto chthónico o in- 
fernal, lo-; dioses subterráneos, los héroes deificados, los médicos hechos héroes 
(Heroi Iatroi) y los perturbados espíritus de los muertos. Los sacrificios rituales 
son realizados en las horas mágicas antes de amanecer, y las deidades invocadas no 
eran nunca señaladas directamente por su nombre, sino plejio titulo, con adulado- 
ras apelaciones. Las referencias a las chtónicas deidades en los autores griegos son, 
por esta razón, oscuras. En el panteón griego, el gran 76'<vrot se identificaba con los 
Espíritus del tri?o v del salvaje, de Erazer. Hades (Aidoneus, Plutón\ también deno- 
minado «Zeus Katachthonius», Demeter chthonia (grano madre) v Persephone 
(Kore), diosa de la muerte v de la «adormidera del sueño». Hermes Psichopompos, 
de la vara mágica v las sandalias de oro, el conductor de las almas a Hades (Plutón) 
[Odisea. XXIV, i]; Cerbero. Hécate, las Erinnyas y todos los otros espíritus ma- 
lévolos eran asociados con su cu'to, y coodinado con él, el ritual de aplacar o de 
invocar los errantes espíritus de la muerte (i). Aparte del ritual, puramente reli- 
gioso, del 70ov:o! v del culto de la muerte, existía una terapéutica ritual esotérica, 
derivada de la circunstancia de que este poder oscuro puede producir no sólo la 
prosperidad de la tierra y del hombre, sino infligir o separar la enfermedad, la 
locura o la muerte. Así, Platón (Phaedrus, 244) habla de enfermedades epidémicas 
como debidas a la «cólera antigua», oue Rohde interpreta como la furia de las al- 
mas de los muertos. Los animaos chthónicos, consagrados a estas divinidades y 
empleados en lugar de los sacrificios humanos para aplacarlas, llegaron a tener, 
per asociación, una función curativa, ya sea para la purificación de los estigmas 
de asesinato v de crimen ''catharsis), o en relación con el rito de la comunión, o 
«comerse el dios», en la forma de partes del animal (2), de bollos para el sacrifi- 
cio, o de plantas quemadas consagradas a su religión. Las cenizas o los restos del 
sacrificio fkatharmata^ llegaron a constituir una especie de farmacopea sagrada, 
algunas veces distribuidos entre los fieles y comidos por ellos, como ocurría entre 
los ascleoíades. De entre las innumerables medicinas simóles, y entre los reme- 
dios animales recomendados por Galeno, Dioscórides v Plinio, es indudable que 
son muv pocos los que tienen algo de farmacología racional en el sentido del la- 
boratorio. Todo remed'O chthónico se convertía, a causa de sus asociaciones mi- 
neas, en remedo secreto. Algunos medicamentos simóles han s¡do descritos 
por Dioscórides v Plinio como «sangre» de diferentes dioses v animales chthonia- 
nos. Pero, del mismo mo 4 o qne 'a dro^a /V-p-;.-/-/ «^ estaba consagrada, en un sen- 
t'do bueno o malo, nor Sil relación con la idea chthomana de expiación o de ca- 
tharsis, oor medio de un sacrificado testaferro (vQ'ivkos), la terapéutica emoínca 
llegó a deprenderse d ■• la terapéutica sacerdotal de los temp'os, y sus prácticas 
- tas fueron consideradas c»mo mágicas. El interesante estudio de Max H">fler 
demuestra que 'a moderna teoría de los remedios animales no ha comenzado con 
los griegos, sino q-ie debe su origen en la doctrina de las semejanzas (rtmilia si"i- 
libtis). De un anát's's y clasificación (]■• 1.2Í4 prescrinciones organoteránicas antl- 
demuestrá H'ifler que excento en los eas<>s del hígado, riel bazo v del córa- 
melas las restante^ partes todas indignase del cuerpo del annual no s-* em- 
pleaban de un modo exclusivo para cu-a'- las bolencias de las partes semejantes 
del Cuerpo humano, sino del modo más variado y caprichoso, dependiente de los 



R<>hd< : Psvrhe, \ \ufl . Tübinga v Leipzig, mor. I. páginas 204-278, passim. 
■>v: I In- Homeopathic 1 jksh <//'<•/., Spirits of ///<• < ■>/-// and the 

Will, 1912; n p.; - 168. 



MEDICINA GRIEGA 



7i 



dogmas del culto chthoniano (1). La organoterapia griega era, por consiguiente, 
«magia homeopática» en el sentido popular; pero no significa isoterapia en el sen- 
tido de «lo semejante cura lo semejante».» 

El principal dios de la Medicina en el panteón griego era Apolo, co- 
múnmente llamado Alexikakos (el que aleja las enfermedades), cuyas fle- 
chas, lanzadas a lo lejos, llevaban las pestes y las epidemias a la Humani- 
dad, y que las hacía desaparecer cuando lo juzgaba necesario. Era, por 
consiguiente, el dios de la pureza y del bienestar en la juventud, y, como 
refiere Homero, el médico de todos los dio- 
ses del Oümpo, cuyas enfermedades y heri- 
das curaba por medio de la raíz de Peonía. 
De aquí su nombre de «Paean» y el epíteto 
de «hijos de Paean» aplicado a los médicos. 
La leyenda refiere que el conocimiento de la 
Medicina había sido referido por Apolo y su 
hermana Artemisa al centauro Chirón, el hijo 
de Saturno. Como muy hábil en música y en 
cirugía, y especialmente versado en las le- 
yendas antiguas, Chirón fué encargado de la 
instrucción y educación de ¡os héroes Jasón, 
Hércules, Aquiles, y muy especialmente de 
Esculapio, el hijo de Apolo y de la ninfa Co- 
ronis. Como canta Píndaro en su cuarta oda 
isthmiana, Esculapio llegó a ser tan hábil en 
el arte de curar, que, acusado por Plutón de 
disminuir considerablemente el número de 
almas que bajaban a los infiernos, fué muerto 
por los rayos de Zeus. Desde el momento de 
su muerte fué objeto de la adoración, y los 

templos de su cuito eran los famosos ascíepieia, de los que los más renom- 
brados fueron los de Cos, Epidauro, Cnido y Pérgamo. Estos templos, de 
ordinario situados en colinas con bosques, o en la falda de una montaña, 
cerca de fuentes minerales, llegaron a ser sanatorios populares, dirigidos 
por expertos sacerdotes, y, en realidad, no muy diferentes de los recur- 
sos terapéuticos de los tiempos modernos. Los enfermos eran recibidos 
por el sacerdote-médico, quien excitaba la imaginación de aquéllos con 
el relato de los hechos de Esculapio, el éxito de la terapéutica apropiada 
y los remedios empleados. Después de apropiadas plegarias y sacrificios, el 




Busto colosal de Esculapio en el 
Museo Británico. 



(1) M. Hüfler: Die volksmedizinische Organotherapie und thr Verkditniss mm 

Kultopfer, Stuttgart, 1908. 



: : HISTORIA DE LA MEDICINA 

enfermo era además purificado con un baño de la fuente mineral, con masa- 
jes, unturas y otros métodos, y después de ofrecer un gallo o carnero ante la 
imagen del dios, era llevado al rito especial de la «incubación» o del sueño 
en el templo. Esto consistía en quedarse a dormir en el santuario, y du- 
rante la noche, el sacerdote, con el aspecto del dios, se presentaba ante el 
enfermo para darle los consejos médicos cuando se despertaba. Si seguía 
durmiendo, como solía ocurrir, las advertencias aparecían en forma de 
sueño, que era interpretado después por el sacerdote, quien prescribía 
catárticos, eméticos, sangrías y otros análogos remedios apropiados. Si el 
tratamiento era coronado por el éxito y él enfermo curaba, éste hacía una 
oferta al dios, consistente, por lo general, en una reproducción de la parte 
enferma en cera, plata u oro, a la vez que una tabla votiva, exponiendo la 
historia del caso y el tratamiento empleado, era colgada en el templo. El 
rito completo de la incubación ha sido chistosamente referido en el Plutus, 
de Aristófanes, y en un estilo más elevado y más digno en el tercer capí- 
tulo de la novela de la antigüedad romana de Walter Pater, Mario el epi- 
cúreo. Las tablas votivas de los asclepeias de Cos y de Cnido se convir- 
tieron en las historias clínicas permanentes de las escuelas médicas de 
Cos y de Cnido, de la primera de las cuales fué discípulo el mismo Hipó- 
crates. El viajero griego Pausanias ha dado noticias de seis de estas tablas 
votivas, que él había visto en el templo de Epidauro, próximamente en el 
año 150 después de J. C, y dos de ellas han sido descubiertas en los tiem- 
pos modernos en Cawadias. Grabados en estas últimas hay unos treinta 
casos clínicos, dando los nombres de los enfermos, exponiendo su dolen- 
cia corporal y diciendo qué se les había dado para combatirla. Son muy 
escasos los detalles de los síntomas y del tratamiento. En muchos casos 
bastaba con que el dios diese una untura al enfermo durante su sueño, o 
con que algunos de los perros o serpientes sagradas le hubieran lamido la 
parte enferma. Un enfermo llegó con cuatro dedos de su mano paraliza- 

Otro era tuerto, otro había tenido una punta de lanza en su mandíbu- 
la por espacio de seis años, otro tenía una úlcera del estómago, otro un 
empiema, otro estaba infestado de gusanos. Todos se refieren como cura- 

1 Estas fragmentarias historias clínicas, ninguna de las cuales con- 
tiene una información médica de positivo valor, han sido supuestas por 
algunos como siendo el punto de partida de las descripciones que ha dado 
II- le las enfermedades. 

ten muchas piezas, en mármol o en barro cocido, representando 
diferentes partes del cuerpo. Estos objetos son ex votos destinados a ser 



1 Para más detalles véase: E I Withington: Medical Historyj Londres, [.894; 
I 1, página 



MEDICINA GRIEGA 



73 



colgados en los templos, o también simples figuras plásticas de anatomía 
normal. Las que representan asas intestinales (en la colección de Schlie- 
mann, de Atenas, o del Museo dei Termi, en Roma), el tórax con costillas 
(Vaticano), o el situs viscerum (Vaticano) son suficientemente exactas 
para poder constituir ejemplos de ilustraciones anatómicas, con o sin in- 
tención didáctica (i). 

Entre los hijos legendarios de Esculapio y de su viuda Epione figuran 
sus hijas Hygieia y Panacea, que asistían a los ritos del templo y alimen- 
taban a las serpientes sagradas. Entre los antiguos griegos, como entre 
los egipcios, los cretenses y los indios, la serpiente era venerada como 
compañera de muchos dioses, o como la forma favorita que aquéllos so- 
lían adoptar, como en los casos de la diosa serpiente de Minos [Magna 
mater) y Zeus Meilichios. En su uránico aspecto, Esculapio es, común- 
mente, representado como una figura hermosa, parecida a la de Jove, cons- 
tantemente acompañada de la serpiente sagrada arrollada alrededor de 
una vara, una miniatura de Omphalos, como la del templo de Apolo en 
Delphos — una expresión plástica de su iatromántico veneno — , y una figu- 
ra grotesca infantil (como un fraile pequeño encapuchado, o Münchener 
Kindl), llamado Telesphorus, el dios de la convalecencia (2). De los hijos 
de Esculapio, dos, Machaón y Podaliro, son mencionados por Homero en 
el catálogo de los capitanes de barco, comandando treinta navios y «bue- 
nos médicos ambos». La Ilíada hace también referencia al propio Escu- 
lapio, como un jefe real de Tesalia, que aprendió la medicina del centau- 
ro Chirón, enseñándola después él a su vez. Aquiles era capaz de comu- 
nicar sus conocimientos del arte de curar a su amigo Patroclo. Machaón 
y Podaliro son frecuentemente mencionados en las narraciones de Home- 
ro como hombres hábiles en la extracción de las armas, vendar las heri- 
das y aplicar medicinas calmantes. En la cuarta ilíada, Machaón es llama- 
do para quitar una flecha que había herido a Menelao, rey de Esparta, a 
través del cinturón. El llega y encuentra un círculo, de guerreros, congre- 
gados alrededor del héroe, e «instantáneamente extrae la flecha a, través 
del bien ajustado cinturón. Pero en tanto que iba siendo extraída, se rom- 
pen las agudas puntas de la flecha. Entonces él desata el pintarrajeado 
cinturón, y el ceñidor de debajo y el plateado cinturón con trabajos de 
latón han sido separados. Pero cuando él percibe la herida donde el cruel 



(1) Véase E. Hollander: Plastik und Medizin, Stuttgart, 1912. 

(2) Telesphorus aparece en las estatuas de Esculapio de la villa Borghese 
y del palacio Massimo (Roma), en la placa de marfil del Museo de Liverpool y en 
las monedas de Apamea y de Nicaea. En algunas monedas de Oriente se ha trans- 
formado en una ventosa de forma de seta. Véase L. Schenk: De Telesphoro dea (Got- 
tingen dissertation, 1883) y E. Hollander: Plastik und Medizin, Stuttgart, [912; pá- 
ginas 125-140. 



74 HISTORIA DE LA MEDICINA 

hierro de la flecha ha caído, habiendo sorbido la sangre, derramó hábil- 
mente remedios calmantes, que el benévolo Chirón le había anteriormente 
recomendado para su padre». En la onzava ilíada, Idomeneo se refiere a 
Machaón del modo siguiente: «¡Oh neleiano Néstor, gloria de los griegos, 
ven, sube a tu carro, y que Machaón suba contigo, y dirige los caballos 
de sólidos cascos con toda rapidez hacia los barcos, porque un hombre 
médico es equivalente a muchos hombres más, porque él te quita las fle- 
chas y te aplica los remedios calmantes!» Al fin del mismo libro, Eurypy- 
lus, herido de una flecha en el muslo, llama a Patroclo para que se la 
quite. Llega a la tienda, y allí Patroclo le echa a lo largo, extrae con un 
cuchillo fuera del muslo la amarga y afilada punta de flecha y limpia la 
sangre negra de la herida con agua caliente. Después aplica una amarga 
raíz, calmante del dolor; le amasa entre las dos manos, con lo que hace 
desaparecer todos los dolores; la herida quedó verdaderamente enjugada, 
y la hemorragia cesó. En la treceava ilíada, Helenus, hijo de Príamo, es 
herido en la mano por la lanza de bronce de Menelao, y nosotros tene- 
mos una breve noticia del alma grande de Agenor «extrayendo la lanza y 
vendando la mano herida, a modo de una onda de bien arrollado vellón 
de cordero, que le había sido llevado por su servidor, el pastor del pue- 
blo». Escenas homéricas de este género son pintadas con frecuencia en 
vasos antiguos (Daremberg), particularmente en la «copa de Sosias» 
(500 años antes de J. C), un modelo de la cerámica griega que se encuen- 
tra en el Antiquarium del Museo de Berlín y «¡ue tiene la representación de 
Aquilea vendando el brazo herido de Patroclo. En la octava ilíada (lí- 
neas 81-86) hay una exacta descripción del movimiento rotatorio efectuado 
por un caballo cuando ha sido herido en el cerebro por una flecha. En la 
décima ilíada (líneas 25-31) se contiene, en opinión de Cardamaüs, una re- 
ferencia de la fiebre palúdica otoñal (la epiala deTeognis), que atribuye a 
los estancados pantanos y a la destrucción de los bosques en la edad de 
bronce (l). El que las mujeres prestaban algunas veces auxilios médicos, 
lo vmos citado tanto en L 1 Ilíaia com > en Li Odisea; así, por ejemplo, 
en aquélla: «Agamedes, la del cabello amarillento, que entendía bien de 
muchas drogas que la inmensa tierra produce», o en ésta, a propósito del 
narcótico que II ¡lena vierte en el vino, una droga «que a Polydammn, la 
viuda de Thor, le había proporcionado una mujer del Egipto». En La 
iisea y uno que cura enferme ludes se dice que es tan bien recibido en 
Una fi :8ta como un profeta, como un constructor de hircos y hasta como 

un divino trovador. De estos ejemplos de cirugía militar de La Ilíada po- 



I P ( !ardaraatis: Arch. /. Schiffs-und Tropen-Hig.¡ Leipzig, 1915; XIX, pági- 



MEDICINA GRIEGA 75 

demos deducir que el arte quirúrgico era tenido en la más alta estimación 
por los antiguos griegos, hasta el punto de que los jefes de la mayor ca- 
tegoría no tenían a menos el ejercerlo. Se dice que más de 40 heridas di- 
ferentes han sido descritas por Homero (250 casos en conjunto); pero no 
se dan detalles respecto de los síntomas febriles o de otro género. Se tra- 
taba de heridas de lanza o de flecha, propias del hombre primitivo, o de 
fracturas de los miembros, y también de heridas por aplastamiento; la 
mortalidad era de 75 por 100 (i). Los términos anatómicos están, según 
Malgaigne y Daremberg, más o menos conformes con los empleados por 
Hipócrates. La disposición científica de la cremación de los cadáveres era 
una práctica usual y corriente en la Grecia de Homero (2). 

No hay mención de los asclepieia en los poemas homéricos, cuya an- 
tigüedad es, por lo menos, de IOOO años antes dej. C; pero nosotros de- 
bemos suponer que, aun entonces, los médicos y cirujanos laicos consti- 
tuían una clase diferente de los sacerdotes, aunque tal vez asociados con 
estos últimos en época de paz. Además de estos «sacerdotes» y de los 
médicos, propiamente dichos, el arte médico era estudiado por los filóso- 
fos y practicado con algunos detalles por los «gimnastas», que daban ba- 
ños, fricciones y curaban las heridas y los traumatismos, y hasta algunas 
enfermedades internas. La medicina griega, como ha dicho Osler, «tiene 
una triple relación con la ciencia, con la gimnasia y con la teología», y 
hasta los tiempos de Hipócrates era considerada simplemente como una 
rama de la filosofía. 

La filosofía griega, antes del tiempo de Pericles, era de origen jónico, 
y procedía del Egipto y del Oriente. Huxley consideraba el progreso de 
la filosofía jónica en los siglos octavo y sexto antes de J. C. como «una de 
las varias indicaciones esporádicas de algún poderoso fermento mental 
sobre toda el área comprendida entre el Egeo y el Norte del Indostán». 
Este fermento, según la opinión de Zelia Nuttal y de Elliot Smith (3), era 
Ja extensión de la cultura eurasiática y eurafricana por medio de los nave- 
gantes fenicios. El fundador de la escuela jónica fué Thales de Mile- 
to (639-544 años antes dej. C), que había estudiado con los sacerdotes 
egigcios y que sostenía que el agua era el elemento primitivo, del cual se 
derivaban todos los restantes. Era compañero de Anaximandro de Mileto 
(6 1 1), quien fué el primero en trazar el mapa del cielo, y que efectuó con 
éxito la predicción de un eclipse; de Anaximenes de Mileto (57°-5°° años 



(1) Hollander: B^rl. klin. Wochenschrift, 1916; Lili. pág. 355. 

(2) H. Frühlich: Janus, Amst. 1897-98: II, páginas 248-251. 

(3) Nuttal!: Archaeol. and Ethnol. Papers, I eabody Mus. Harvard Cniv., Cam- 
bridge. 1901; II, pág. 526.— Elliot Smith: Bull. John Rylands Library, Manches- 
ter, 1 9 1 6; III, pág. 61. 



7 6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

antes de J. C.j y de Heráclito de Efeso (hacia 556-460 años antes de J. C), 
que sostuvieron sucesivamente que la materia indivisible (¿tierra?), aire o 
fuego, respectivamente, eran los elementos primordiales. Estos cuatro ele- 
mentos, tierra, aire, fuego y agua, eran supuestos por Anaxágoras de Cla- 
zomena (500-428 años antes de J. C.) como estando compuestos de mu- 
chas partes o « granos >, que eran variedades de la materia sensible o per- 
ceptible. Estos órdenes de ideas están puestos con notable relieve en la 
doctrina de Empedocles de Agrigento, en Sicilia (504-443), el héroe pin- 
toresco deL poema de Matthew Arnold, que era filósofo, médico, poeta, 
viajero por las ciudades de Grecia, envuelto en un traje de púrpura con 
cinturón de oro, coronado de laurel, con el pelo largo, de severo aspecto, 
lo que, unido a su habilidad en el arte médico, hacía que fuese considera- 
do por las gentes como dotado de un poder sobrenatural. Uno de sus 
poéticos fragmentos demuestra la reverencia no común en que era tenido 
el médico griego por sus contemporáneos: 

Vosotros, amigos, que en la poderosa ciudad habitáis, 
A lo largo del amarillo Acragas endurece, 
La acrópolis; vosotros, administradores délas buenas obras, 
El refugio venerable y amable del extranjero, 
Saludo a todos, oh amigos míos. Pero entre vosotros yo paso 
Como un dios inmortal ahora, no ya como un hombre, 
En todo sitio conveniente y perfectamente honrado, 
Coronado tanto con cintas como con ramos floridos, 
Cuando yo llego, acompañado de un gentío de hombres y mujeres, 
A la floreciente ciudad, yo soy buscado con súplicas, 
Y miles de acompañantes me interrogan 

Sobre el camino del bienestar y del provecho, solicitando algunos 
Para oráculos, detenido por otros que desean oir 

La merced de una frase de curación para muchas malas enfermedades, 
Que demasiado tiempo les viene aguijoneando con crueles dolores (1). 

Empedocles ha introducido en la filosofía la doctrina de los elemen- 
tas, tierra, aire, fuego, agua, como «las cuatro imbricadas raíces de todas 
las cosas . Se supone que el cuerpo humano está compuesto de estas cua- 
tro substancias, resultando la salud de su equilibrio, y la enfermedad, dé 
BU desequilibrio. El sostiene que nada puede ser creado ni destruido, y 
que hay sólo transformación; lo que equivale a la moderna teoría de la 
transformación de la energía. Todo os producido por la atracción de los 
cuatro elementos y destruido por su repulsión, y < : l aplica la misma idea, 
bajo la forma de amor y de odio, al mundo moral. El desarrollo os debido 
a la unión de los elementos disimilares; la decadencia, a la vuelta de lo se- 
mejante con lo semejante, el aire con d aire, el fuego con el fuego, la tie- 



éase la interesante traducción de les poéticos fragmentos de Empedo- 
i 1 Leoi .ml in the Mottist, ( hi< ago, 1907; XVII, pág. 468. 



MEDICINA GRIEGA 77 

rra con la tierra. Se dice que Empedocles había despertado a Panteia de 
una catalepsia, que ha combatido una epidemia de fiebre palúdica por el 
drenaje de unos terrenos pantanosos, y de haber mejorado las condicio- 
nes climatológicas de su ciudad nativa bloqueando una hendedura de la 
falda de una montaña. La leyenda dice que puso fin a su vida echándose 
en el cráter del monte Etna. De su discípulo Pausanias dice Plutarco que 
había usado el fuego para combatir una epidemia. 

La escuela italiana de filosofía ha sido fundada por Pitágoras de Sa- 
inos (580-489 años antes de J. C.) en Crotona. Pitágoras era un buen geó- 
metra y el descubridor del pons asinorum (Euclides, I, 47). Había estu- 
diado en Egipto, donde es probable que adquiriera su doctrina del mís- 
tico poder de los números. Sostiene que la unidad es la perfección y re- 
presenta a Dios; el número doce representa toda la materia universal, cu- 
yos factores, el tres y el cuatro, representan los mundos, las esferas y los 
elementos primordiales. Como la monada (i) denota el principio activo 
o vital en la Naturaleza, del mismo modo la diada (2) representa el prin- 
cipio pasivo de la materia; la triada (3), el mundo, formado por la unión 
de los dos anteriores, y la tetrada (4), la perfección de la Naturaleza eter- 
namente floreciente. El cielo está hecho de las diez esferas celestiales 
(nueve de las cuales son visibles), las estrellas fijas, los siete planetas y la 
Tierra. Las distancias de las esferas celestiales a la Tierra corresponden 
a la proporción de los sonidos en la escala musical. Pitágoras ha sido el 
primero que ha investigado la física matemática del sonido, y esto del 
modo siguiente: Pasando un día por delante de la tienda de un herrero 
notó que, cuando el martillo de aquél golpeaba en rápida sucesión sobre 
el yunque, los sonidos acordes (la octava, la tercia y la quinta) eran todos 
armoniosos; la cuarta no lo era. Entrando en la tienda, notó que esto era 
debido no a la forma de los martillos ni de la fuerza con que fueran gol- 
peados, sino a las diferencias en el peso de cada uno. Impresionado por 
esta idea, volvió a su casa y extendió cuatro cuerdas de la misma mate- 
ria, longitud y grosor; suspendió pesos en el extremo inferior de cada 
una, e igualó a éstos el peso de cada respectivo martillo. Después de ex- 
tender estas cuerdas, dio los sonidos que había oído en la herrería, y, 
subdividiendo las cuerdas con otros pesos, llegó a poder construir la es- 
cala musical. Es éste el experimento de física más antiguo que se conoce, 
y la escala fué, después de la muerte de Pitágoras, grabada en bronce y 
depositada en el templo de Juno, en Samos. Pitágoras pensaba que las 
esferas celestiales podían producir sonidos al golpear sobre el éter cir- 
cundante; y estos sonidos serían diferentes, según la velocidad de los 
contactos y la distancia relativa. Las distancias de las esferas a la tierra 
corresponden, como hemos visto, con la proporción de los sonidos en la 



7 8 HISTORIAD E LA MEDICINA 

escala; y como quiera que los cuerpos celestes se mueven conforme a le- 
yes fijas, los sonidos producidos en aquéllos deben ser armónicos. Esta 
es la doctrina de la «armonía de las esferas». Se piensa que la «doctrina 
de los números», de Pitágoras, ha ejercido una profunda influencia sobre 
la doctrina hipocrática de las crisis y de los días críticos, que asignaba 
períodos fijos para la resolución de las diferentes enfermedades. Más que 
a nada de esto, los físicos griegos aspiraban al poder científico de la pre- 
dicción. En patología, la significación plástica del número cuatro estaba 
combinada, según la doctrina de Platón y de Aristóteles, con la doctrina 
de los cuatro elementos, del modo siguiente: Correspondiendo con los 
elementos de tierra, aire, fuego y agua, estaban las cualidades de seco, 
frío, caliente y húmedo, con arreglo al esquema siguiente: 

Caliente -+- seco = fuego. Frío -f seco = tierra. 

Caliente 4- húmedo = aire. Frío -j- húmedo = agua. 

Invirtiendo esta ecuación (los cuatro elementos, fuego, aire, tierra y 
agua, que corresponden a nuestro hidrógeno, oxígeno, carbono y nitró- 
geno) [i], puede ser resuelta en sus componentes cualitativos. Mucho 
tiempo antes de Aristóteles, probablemente también antes de Hipócrates, 
se sostenía que, correspondiendo a estos cuatro elementos, fuego, aire, 
agua y tierra, y a las cuatro calidades de caliente, frío, húmedo y seco, 
había cuatro humores en el cuerpo, a saber: sangre, flema, bilis amarilla 
y bilis negra. Estas tres clases de elementos, cualidades y humores pue- 
den llegar, por permutación y combinación, a un sistema complejo de 
colocación, basado en el esquema siguiente: 

Calor -}- húmedo = sangre. Frío -f- húmedo = flema. 

Caliente + seco =. bilis amarilla. Frío -f- seco = bilis negra. 

Las diferentes combinaciones daba lugar a los aspectos cualitativos de 
la enfermedad, y, del mismo modo, a la acción fisiológica de las drogas. 
Indo este conjunto originó la «patología humoral», que considera la sa- 
lud y la enfermedad como el equilibrio apropiado o el desequilibrio, res- 
pectivamente, de los diferentes componentes mencionados, y el esquema 
fué posteriormente modificado por Galeno y por los médicos árabes, de 
tal modo, que los remedios y sus componentes se clasificaban en escalas 
numéricas, de acuerdo con los «grados» o proporciones relativas de sus 
diferentes cualidades. Así, la farmacopea arábiga sostiene que el azúcar 
es fría en el primer grado, caliente en el segundo grado, seca en el se- 
gundo grado y húmeda en el primer grado: el cardamono era caliente en 

1 Pagel-Sudkoff, pág. 64. 



MEDICINA GRIEGA 79 

el primer grado, frío en una mitad de grado, seco en el primer grado, y 
así sucesivamente. En el sistema de Galeno la doctrina pitagórica de los 
números era aplicada a todos los aspectos de la Medicina. Existían, por 
ejemplo, tres facultades: natural, espiritual y animal. Había tres espíri- 
tus: el natural, producido en el hígado; el vital, del corazón, y el animal, 
del cerebro; los tres eran distribuidos y difundidos por todo el cuerpo 
por las venas, las arterias y los nervios. Hay cuatro edades del hombre: 
adolescencia (caliente y húmedo), madurez (caliente y seco), edad avan- 
zada (frío y seco) y vejez (frío y húmedo). Los ojos tienen siete cubiertas 
y tres humores. Hay tres clases de bebidas: puras, como el agua; conte- 
niendo alimento, como el vino, y mixturas de ambas, como los jarabes y 
las drogas medicinales. Hay tres clases de fiebres: la efímera, en el espí- 
ritu; la ética (¿héctica?), en los sólidos, y la pútrida, en los humores; y, a 
su vez, la pútrida tenía cuatro variedades: la continua (sinocal), en la san- 
gre; la cotidiana, en la flema; la terciana, en la bilis amarilla, y la cuarta- 
na, en la bilis negra (i). En resumen: todo, en la medicina de Galeno y 
en la de los árabes, estaba matemáticamente subdividido, y, de ordinario, 
según los números sagrados de Pitágoras. 

En Egipto, Pitágoras había aprendido la doctrina de la transmi- 
gración de las almas, o metempsicosis, y él está reputado como el pri- 
mero que ha establecido el hecho de ser el cerebro el órgano central 
de las más elevadas actividades; una proposición que ha sido, mucho 
tiempo después, demostrada de un modo experimental por Flourens 
y Goltz. 

Después de Pitágoras, el más importante de los filósofos griegos, ex- 
ceptuando a Platón y Aristóteles, ha sido Demócrito de Abdera (460-360 
años antes de J. C), que ha sido el que primeramente ha defendido la 
doctrina de que todo en la Naturaleza, incluso el cuerpo y el alma, está 
constituido por átomos de diferentes formas y proporciones, y que los 
movimientos de estos átomos son la causa de la vida y de la actividad 
mental. 

Durante la edad heroica, y en el tiempo de la guerra troyana, el pue- 
blo dominante en el Peloponeso eran los atléticos aqueos, de inclinacio- 
nes y gustos sencillos, cuya gran consideración y respeto hacia la cirugía 
y los cirujanos forma un notable contraste con la actitud de los antiguos 
romanos. En tiempos posteriores, la civilización griega ha sido realizada 
por dos importantes elementos: los jónicos, o áticos, y los dóricos, o es- 



(1) Para más detalles, véase el muy acabado estudio del sistema de Galeno en 
Johannitius, en el Medical History, de E. T. Winthington, Londres, 1894; pági- 
nas 386-396. 



8o HISTORIA DE LA MEDICINA 

pártanos. El pueblo compositor, imaginativo y artístico de Jonia y de las 
islas estaba interesado en todo, y unas veces bravo y guerrero, agudo y 
penetrante en los negocios, serio y de pensamientos elevados, y otras vo- 
luble e irónico. Como nosotros vemos en las comedias de Aristófanes, en 
los diálogos de Luciano y en los idilios de Teócrito, los nacidos en las 
ciudades griegas eran alegres, de inteligencia viva y notablemente locua- 
ces, adorando la inteligencia por sí misma, fundadores de la especulación 
desde los hechos materiales, penetrantes y atractivos en alto grado y ale- 
gremente complacientes con la moral de sus vecinos. Además, eran los 
mismos que escuchaban con atención reverente las tragedias de Esquilo 
y Sófocles. Contrastaban intensamente con ellos los dorios, o espartanos, 
que eran esencialmente robustos, guerreros no imaginativos, severos en 
su moral, y, como los griegos de Homero y los antiguos romanos, más 
cultivadores de la tierra que de la inteligencia, considerando la agricultura 
como una parte esencial de su plan de gobierno militar. Bajo las rígidas 
leyes de Licurgo, la procreación eugénica era forzosamente comprobada. 
Los niños inválidos o deformes eran abandonados o tirados al Eurotas. 
Como todos los otros pueblos militares, los espartanos eran estrechamen- 
te envidiosos, desconfiados, despreciativos de la grandeza o prosperidad 
de las otras naciones. Unos y otros, los jónicos y los dóricos, eran extraor- 
dinariamente deseosos de conocer el porvenir, y, como todos los pueblos 
de las civilizaciones primitivas, concedían una extraordinaria importancia 
a los oráculos, presagios y augurios, de tal modo, que el arte de pronos- 
ticar constituye el principal rasgo característico de la medicina griega 
antes de Hipócrates. Entre los espartanos, los cirujanos disfrutaban de la 
misma alta consideración que entre los héroes homéricos, y Licurgo los 
clasificaba entre los oficiales no combatientes. Entre los áticos, o griegos 
jónicos, la profesión médica, al irnos aproximando al siglo de Pericles, ha 
llegado a ser altamente especializada. En primer término encontramos los 
prácticos generales, que en los últimos períodos reciben los honorarios 
estipulados por sus servicios, en lugar de los usuales dones a los templos 
en señal de gracias; después, los médicos de ciudad o de distrito o públi- 
llegan a percibir un salario anual que, con el tiempo, llega a ser bas- 
tante elevado: en el caso de Democedes de Atenas (unos 525 años antes 

de }. (' 1, unos 2.000 dólares. Su existencia después del tiempo de Ho- 

ni'i'o es mencionada por Herodoto y Diodoro, y eran bien conocidos 
Atenas desde la edad de Pericles hasta la primera centuria después 
«I»- J. ( '., como se demuestra en las obras de Aristófanes y en muchas ins- 
Crip< iones griegas. Después de este tiempo eran conocidos como otpXtaTpoi. 
I ><• la institución griega del médico público los romanos derivaron su ar- 
<líi<itct\ d<- donde el alemán //./. En Tesalia, la tierra de los caballos, ha- 



MEDICINA GRIEGA Si 

bía un veterinario público (i). Había también cirujanos militares y nava- 
les, tanto entre los atenienses como entre los espartanos. Xenofonte re- 
cuerda que había ocho cirujanos militares en la expedición de los diez 
mil, al fin de la quinta centuria, y menciona la ceguera por la nieve, y la 
gangrena por el frío. Había, además, comadronas, litotomizadores profe- 
sionales, drogueros y veterinarios, y, por último, una clase especial, los 
rhizotomi, o los que escogían raíces, que, viajando por los campos y los 
bosques, iban recogiendo diversos ejemplares vegetales. La oficina del 
médico se designaba con el nombre de Iatreion, y esta palabra se aplica- 
ba indiferentemente al dispensario, a la sala de consulta y al teatro ope- 
ratorio. En las grandes ciudades había Iatreia públicos, sostenidos por un 
mpuesto especial. 

La instrucción médica no estaba organizada; era, efectivamente, priva- 
da, y se recibía de algún médico célebre o de los adheridos a alguna escue- 
la. Al terminar su curso, el graduado hacía sencillamente el juramento de 
los médicos, del grupo médico particular o de la secta a que pertenecía. 

La anatomía humana que los médicos y cirujanos griegos enseñaban 
era idéntica con el conocimiento que los escultores tenían de esta mate- 
ria, y que los últimos adquirían por estar familiarizados constantemente 
con el cuerpo desnudo en acción; otros, durante los concursos atléticos 
celebrados en elPíndaro o en la palestra. «Había — diceWaldstein — millares 
de jóvenes desnudos, no sólo combatientes, saltadores y corredores, sino 
también esforzándose en la práctica sistemática de remediar todo defecto 
o anomalía en cualquiera de los miembros u órganos, de tal modo, que el 
artista, día por día, estudiaba la anatomía de la forma humana sin necesi- 
dad de entrar en la sala de disección» (2). Como dice Pater, «la edad de 
los atletas premiados » ha sido también la gran edad de la escultura grie- 
ga, y el característico poder de la inteligencia griega no tiene ninguna de- 
mostración más hermosa y más noble que las obras maestras de los gran- 
des artistas de este período. En relación con la notable capacidad que po- 
seían para la observación, hace notar Waldstein «que el músculo pectí- 
neo, escondido por la base del triángulo de Scarpa, pero poderosamente 
desarrollado en la musculatura de los atletas griegos, aparece en algunas 
de las estatuas de éstos, a pesar de que ha escapado a la atención de los 
modernos artistas anatómicos» (3). 



(1) R. Pohl: De Graecorum mediéis publicis, Janus. Amst, 1905; X, pági- 
nas 491-494. 

(2) Véase Charles Waldstein: The Argive Heraeum, Boston, 1902; pági- 
nas 400-401. 

(3) Waldstein: Op. cit, 186; páginas XXX y XXXIV.— También: Editorial del 
Jour. Amer. Med. Assoc, Chicago, 15 julio 191 1; pág. 222. 

Historia di la Medicina. - Tomo I 6 



82 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Respecto de la educación y de la higiene personal, los griegos defen- 
dían el ideal de un desarrollo armónico de todas las facultades individua- 
les, que ha sido abandonado o desechado durante la Edad Media, pero 
que, en cambio, ha ido siendo cada vez más aceptado en estos últimos 
tiempos. Con esta educación, no debe extrañarnos que los helenos de la 
quima centuria hayan alcanzado un grado de civilización y una suprema- 
cía en filosofía, poesía lírica y dramática, escultura y arquitectura que no 
ha podido ser igualado por ninguno de los pueblos que han aparecido 
después de ellos. Y este período de supremacía es asimismo la edad de 
Hipócrates. 



II.— EL PERÍODO CLÁSICO (460-146 años antes de J. C.) 

La medicina europea comienza verdaderamente en la edad de Pericles, 
y sus adelantos científicos vienen a concentrarse en la figura de Hipócra- 
tes (460-370 años antes de J. C), que supo dar a la medicina griega su 
espíritu científico y su ético ideal. Contemporáneo de Sófocles y Eurípi- 
des, de Aristófanes y Píndaro, de Sócrates y Platón, de Herodoto y de 
Tucídides, de Fidias y Polignoto, ha vivido en el momento en que la de- 
mocracia ateniense había alcanzado el más alto grado de su desenvolvi- 
miento. Nunca, ni antes ni después, han aparecido tantos hombres de ge- 
nio en un espacio tan limitado ni en un tiempo tan breve. Hipócrates ha- 
bía nacido, según Sorano, en la isla de Cos. de una familia de Asclepía- 
des, y durante la octava olimpíada. Recibió su primera instrucción médi- 
ca de su padre; estudió en Atenas, y alcanzó una vasta experiencia viajan- 
do y practicando a través de las ciudades de Tracia, Tesalia y Macedonia. 
La fecha de su muerte nos es desconocida; su edad oscila, según los auto- 
res, entre los ochenta y cinco y los ciento nueve años. El mérito de Hipó- 
crates es triple: ha emancipado la Medicina de la Teurgia y de la Filoso- 
fía; ha cristalizado los conocimientos dispersos de las escuelas de Cos y de 
("nido en una ciencia sistematizada, y ha dado a los médicos la inspiración 
moral más elevada que pudieran tener (i). 

Los hechos que en lo futuro puedan deducirse del profundo estudio 
de la medicina cuneiforme y de los papiros médicos, no podrán de ningún 
modo disminuir en nada el mérito de los grandes adelantos que él ha he- 
cho experimentar a la ciencia sintética. Antes de la edad de Pericles, el 
mé ¡ 1 era mis que un asociado del sacerdote, en tiempo de 



1 P fuidem ex omnibus memoria dignus t ab studio sapientiae disciplinam 

is: Ue re midica x proemio.) 



MEDICINA GRIEGA 83 

paz, y un cirujano, en tiempo de guerra. Como la inteligencia de los grie- 
gos era esencialmente plástica, así en anatomía su conocimiento era prin- 
cipalmente el conocimiento del escultor de las partes visibles y palpables, 
y por la misma razón su conocimiento clínico de las enfermedades inter- 
nas quedaba confinado a los signos externos. Así como 

Los dioses griegos son, como los griegos, 
de ojos penetrantes, fríos y hermosos, 

los médicos antiguos helénicos permanecieron siendo esencialmente ciru- 
janos, en tanto que los clínicos, en sus actitudes respecto de sus enfer- 




Hipócrat-^s (460-370 años antes de J. C.)- 
(Mármol griego en el Museo Biitánico.) 



mos, consideraban sólo las indicaciones superficiales. En la fría y seca 
enumeración de síntomas, de las tablas y sentencias de Cos y de Cnido, 
lo mismo que en los papiros del Egipto, podría haberse encontrado cien- 
cia si los médicos de aquel tiempo hubieran sabido cómo se agrupaban y 
coordinaban los síntomas, y, por consiguiente, cómo se interpretaban. 
Todo esto cambió con el advenimiento de Hipócrates. Este, que era un 
completo hombre genial, fué capaz de hacer la medicina interna, sin otros 
instrumentos de precisión que su superior inteligencia propia y sus agu- 



8 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

dos y penetrantes sentidos; y, con las naturales reservas, puede afirmarse 
que sus mejores descripciones de las enfermedades siguen siendo, en nues- 
tros días, un modelo en su género. Para él, la Medicina debe de depen- 
der del arte de la inspección clínica y de la observación, y él es, por en- 
cima de todo, el ejemplo de que la crítica inflexible, la bien equilibrada 
actitud de la mente, siempre en acecho de las causas de error, es la ver- 
dadera esencia del espíritu científico. Como Allbutt ha puntualizado (i), 
Hipócrates enseñó a los médicos de Cos que, en relación con una enfer- 
medad interna, como el empiema o la fiebre palúdica, la base de. todo co- 
nocimiento real reside en la aplicación del método inductivo, que, «mo- 
liendo o frotando», mejor que la simple enumeración alazar de los sínto- 
mas, consiste en pasar repetidas veces sobre los mismos, hasta que co- 
mience a deducirse de ellos, en su valor real, la descripción clínica. Así, 
en lugar de atribuir las enfermedades a los dioses o a otras fantásticas ima- 
ginaciones, como sus predecesores, Hipócrates fundó virtualmente el mé- 
todo clínico, que más tarde había de ser empleado con especial habilidad 
por Sydenham, Heberden, Laénnec, Bright y Addison, los clínicos de Du- 
blin, y los quincuagésimos Frerichs, Duchenne de Boulogne y Char- 
cot. Huchard dice que la resurrección del método hipocrático en el si- 
glo xvn, y su vindicación triunfante en el concertado movimiento científi- 
co del siglo xíx, constituyen la historia completa de la medicina interna. 
El núcleo de la doctrina hipocrática, la patología humoral, que, como he- 
mos visto, atribuye toda enfermedad a los desórdenes de los fluidos del 
cuerpo ; en su forma original ha sido, desde hace mucho tiempo, desecha- 
da; pero vemos, no obstante, continuas resurrecciones de la misma en las 
modernas teorías del sero-diagnóstico y de la seroterapia. Es el método 
de Hipócrates, el empleo de la inteligencia y de los sentidos como instru- 
mentos de diagnóstico, juntamente con su transparente honradez y su ele- 
vada concepción de la dignidad en el ejercicio de la Medicina, su gran 
seriedad y su profundo respeto hacia los enfermos, lo que ha hecho que 
de un modo unánime se considere al «Padre de la Medicina» como el más 
grande de todos los médicos. 

Claudio Bernard ha dicho que la observación es una ciencia pasiva y 
la experimentación una ciencia activa. Hipócrates no podía estar familia- 
rizado con el experimento; pero, en cambio, no hay ningún médico que 

i podido Bacar más provecho que el que él ha obtenido de la expe- 
riencia. Aunque As< lepíades haya llamado a su método de observación 
«una meditación Bobre la muerte», la obra de Hipócrates debe ser juzgada 



(i) Sir T. C. Allbutt: The Historical Relations of Medicine and Surgery, Lori- 
páginas ' 



MEDICINA GRIEGA 85 

por sus resultados. El ha descrito las fiebres «biliosa, malárica y hemo- 
globinúrica» de Tesalia y de Tracia, tan bien como los modernos escrito- 
res griegos Cardamatis, Kanellés y otros que las han encontrado todavía 
en nuestros tiempos, y, además, se ha hecho notar frecuentemente que 
sus pinturas clínicas de la tisis, de la septicemia puerperal, de la epilepsia, 
de las parotiditis epidémicas, de las variedades cotidiana, terciana y cuar- 
tana de la fiebre remitente, y de algunas otras enfermedades, podrían, con 
muy pocos cambios y adiciones, colocarse en un libro de texto moderno. 
Según Paul Richter, Hipócrates ha descrito el ántrax como ^u? ayptov 
(iguis agrestis) [i], el «fuego pérsico» de Avicenas, que Galeno ha inter- 
pretado erróneamente como erisipela (2). De los 42 casos clínicos de Hi- 
pócrates — casi los únicos relatos de este género en un espacio de mil se- 
tecientos años — 35 son referidos con característica sinceridad como fata- 
les, y, al contrario de Galeno, el autor no ha dicho nunca nada acerca de 
su hábil diagnóstico, de sus notables curas o de los disparates cometidos 
por parte de sus colegas. «Parece — dice Billings — haber escrito princi- 
palmente con el propósito de enseñar lo que él mismo sabía, y este pro- 
pósito — raro entre todos los escritores — lo es especialmente entre los es- 
critores de Medicina (3).» A causa de Hipócrates, esto constituye la glo- 
ria principal de la medicina griega: el haber sido la primera en proclamar 
que el estudio de primera mano de la Naturaleza, con una intención deci- 
didamente honrada, formando el motor poderoso de la ciencia moderna. 
Después del período hipocrático, la práctica de presentar casos historia- 
dos con el único fin de enseñar puede decirse que ha muerto; los casos de 
Galeno han sido escritos sólo con la intención de ponderar excesivamente 
su propia reputación, y no hay en ellos nada que podamos considerar va- 
lioso hasta las autopsias de Benivieni y Vesalio. 

Las obras atribuidas a Hipócrates constituyen un canon, un cuerpo 
doctrinal escrito, que de ordinario se divide en cuatro grupos: las obras 
genuinas, las falsas, las escritas por sus predecesores y aquellas otras que 
han sido escritas por sus contemporáneos y sus sucesores (4). Las obras 
propias, escritas en griego jónico, comprenden, por lo menos, las siguien- 
tes: Aquellas admirables notas clínicas, los Aforismos (Libros I-ÍII), los 
tratados del pronóstico, de las enfermedades epidémicas (Libros I y III), 
de la Dieta en las enfermedades agudas, de las heridas de la cabeza, de las 
dislocaciones, fracturas y úlceras, y el famoso De aires, aguas y lugares, 



(1) hpidem, VII, 20. 

(2) Richter: Arch.f. Gesch. der Mediz., Leipzig, 1912-13; VI, páginas 281-297. 

(3) Hillings: I Hs lory of Surgery, New-York, 1895; pág. 24. 

(4) Para el esquema cronológico de los escritos de Hipócrates (Pettersen-^itré), 
véase Landsberg: Janus, Gotha, 1853; II, páginas 107-1 10. 



86 HISTORIA DE LA MEDICINA 

que es, seguramente, el primer libro que se ha escrito de geografía mé- 
dica, de Climatología y de Antropología, si exceptuamos las narraciones 
contemporáneas de Herodoto, con las que aparece frecuentemente Hipó- 
crates notablemente conforme. El «opxo<;», o juramento de los médicos, el 
más antiguo y más impresionante documento de la ética profesional, no 
suele ser considerado como una genuina obra de Hipócrates, sino que se 
opina que sea un antiguo juramento del templo de los Asclepíades. Sin 
embargo, como quiera que el juramento y la ley están muy acordes con 
todo lo que nosotros conocemos del espíritu ético del gran maestro de 
Cos, de ordinario se les suele incluir en el canon hipocrático. Para un lec- 
tor moderno, lo mejor de los Aforismos, que parecen las notas taquigráfi- 
cas de una penetrante inteligencia a la cabecera de los enfermos, es el in- 
tento de establecer una verdadera relación entre lo particular, lo acciden- 
tal y lo esencial. Al paso que muchos de estos aforismos van directamente 
a su objeto, otros son fuertemente sugestivos, y del género de una inade- 
cuada información, probablemente tomada de las sentencias de Cos y de 
Cnido. Los Pronósticos, el acabado y perfeccionado resumen de las Pre- 
nociones de Cos y de los Pr or r héticos de sus predecesores demuestran que 
la dignidad del médico griego estaba basada en su habilidad para prede- 
cir los acontecimientos clínicos, más que en su poder para contrarrestar- 
los. Para ello, concluye Hipócrates instituyendo, por primera vez, un exa- 
men cuidadoso, sistemático y completo de las condiciones del enfermo, 
incluyendo el aspecto de la cara, el pulso, la temperatura, la respiración, 
los excreta, los esputos, los dolores localizados y los movimientos del 
cuerpo. Hasta hace notar el síntoma fatal de desplumar los cobertores de 
la cama en los casos de fiebre. Él ha inventado las doctrinas médicas de 
los cuatro humores (patología humoral), de la cocción de los alimentos en 
el estómago, de la curación por primera intención y de la división de las 
enfermedades en agudas y crónicas, en endémicas y epidémicas. El libro 
de las enfermedades epidémicas contiene las notables historias de casos y 
las famosas pinturas clínicas a que hemos hecho referencia. No son los 
últimos de ellos la famosa «facies hipocrática», el admirable bosquejo, en 
cuatro rasgos, de los signos de próxima disolución (i), algunos de cuyos 
caracteres han sido expuestos por Shakespeare en la muerte de Falstaff. 
Aunque en los escritos quirúrquicos de 1 lipócrates hay mucho erróneo, 
incompleto, o que no está acorde con la práctica moderna, hay que reco- 
nocer que esto es lo único de valor que existe sobre la materia antes de la 
época de Celso. Los tratados de las fracturas, dislocaciones y heridas pue- 
den íderados como obras modernas, en el mismo sentido en que 



(i) párrafo 2.* 



MEDICINA GRIEGA 87 

Matthew Arnold considera a Tucídides como un moderno escritor, demos- 
trando la admirable capacidad de la inteligencia griega para separar lo 
esencial de lo accidental, «la tendencia a observar los hechos con un es- 
píritu crítico, a indagar las leyes de los mismos, a no errar entre ellos al 
azar, a juzgar por la ley de la razón, no por el impulso del prejuicio o el 
capricho» ([). Algunos de los más grandes maestros de la Medicina, 
Malgaigne, Littré, Petrequin, Allbutt, etc., han sostenido que los libros de 
las fracturas, dislocaciones y heridas, dadas las naturales limitaciones en 
que han tenido que ser escritos, son equivalentes a muchas obras simila- 
res de época mucho más reciente. En las dislocaciones del hombro (2), Hi- 
pócrates dice que son «raramente hacia adentro o hacia afuera; pero fre- 
cuente y principalmente hacia abajo», y sus métodos de reducción son 
prácticamente los de los tiempos modernos. Es especialmente interesante 
en lo que hace referencia a las dislocaciones congénitas y a la reducción y 
vendaje de las fracturas. Ha sido el primero en exponer que la gibosidad 
de la columna vertebral (enfermedad de Pott) coincide frecuentemente con 
el tubérculo de los pulmones, y que era familiar, como el pie zambo. En 
el tratado de las dislocaciones (párrafo 47) describe el tratamiento de 
Calot para las deformidades de la columna vertebral: el enderezamiento for- 
zado. Estaba impuesto en las fracturas de la clavícula y en las dislocacio- 
nes de su extremidad acromial, y sabía cómo se trataban unas y otras. En 
el tratamiento de las heridas sabía que no se las debe lavar nunca, a no 
ser con agua limpia o con vino; que la sequedad era lo más próximo a la 
salud; la humedad, a la enfermedad, y las ventajas asépticas de la extre- 
ma sequedad eran ya utilizadas evitando los apositos grasos, y esforzán- 
dose en llevar los bordes refrescados délas heridas a una unión cerrada; 
y conociendo, por último, el uso de los astringentes (3). Hipócrates reco- 
noce que «el reposo y la inmovilización son de capital importancia», y que 
el estarse quieto es un aposito mejor que el vendaje. El ha descrito los 
síntomas de la supuración, diciendo que en tales casos deben aplicarse^ 
sobre todo, medicamentos secantes; pero «no sobre la herida, sino alrede- 
dor de la misma». Si se usaba el agua para irrigación debería ser pura o 
hasta hervida, y estar bien limpias las manos y las uñas del operador. Hi- 
pócrates nos ha dado la primera descripción de la curación por primera y 
por segunda intención. En su descripción de la sala de operaciones se ex- 



(1) Matthew Arnold: Essays in Criticism (tres series), Boston, 1910, página 48. 

(2) I dislocaciones^ párrafo 41. — Aforismos^ VI, página 46. 

(3) Al paso que el tratamiento seco de las heridas era, indudablemente, asép- 
tico, como hoy podríamos decir, Sudhoff nos pone en guardia contra la tendencia 
errónea de Anagnostakis y otros, de considerar el tratamiento de las herida? de 
Hipócrates como antiséptico, en el moderno sentido de Ja palabra. 



88 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tiende a propósito de la buena iluminación, de la postura del enfermo y 
de la necesidad de ayudantes hábiles. El se refiere a la trepanación y a la 
paracentesis; pero, en apariencia, no conoce nada de la amputación. En 
sus instrucciones acerca de la trepanación para las heridas de la cabeza 
hace notar que una herida de la región temporal izquierda puede produ- 
cir convulsiones del lado derecho del cuerpo, y viceversa. El aforismo de 
Hipócrates de que las enfermedades no curables por el hierro son cura- 
bles por el fuego, que ha sido causa de que no acabe la chapucería y las 
malas prácticas quirúrgicas hasta después de la época de Ambrosio Paré, 
es realmente prehipocrático, estando ya mencionado en el Agamenón de Es- 
quilo. Ha sido encontrado por Baas en la India antigua. En el diagnóstico 
clínico, Hipócrates es el primero que hace notar «el sonido de sucusión» 
obtenido por sacudimiento de los enfermos, en posición rígida, y aplican- 
do la oreja al tórax. Littré comenta también un «sonido de ebullición» y un 
sonido como el que produce el cuero nuevo. La respiración de Cheyne- 
Stokes («como la de una persona que se recoge en sí misma») ha sido ci- 
tada en el caso de Philiscus» (i). 

En la terapéutica, Hipócrates prefiere el ayudar sencillamente a la na- 
turaleza, y aunque él conoce el uso de muchas drogas, su plan de trata- 
miento está usualmente reducido a sencillos recursos, como el aire puro, 
el régimen apropiado, los purgantes, las tisanas de agua de cebada, vino, 
masaje e hidroterapia. En la medicina griega, el eléboro negro (Hellebo- 
rus niger) era 1ü purga universal, y el eléboro blanco (Helíebonis album), 
el emético universal. 

En e! estilo literario, Hipócrates es, como los mejores escritores griegos 
¡de la época clásica, claro, preciso y sencillo. La Ley, el Juramento y el 
urso De la enfermedad sagrada son los trozos de lenguaje más eleva- 
dos '!•• la medicina griega, y, sean o no debidos a Hipócrates, vienen a re- 
ntar la esencia de su doctrina. Detrás de los fenómenos sensibles de 
la Naturaleza, él sospecha la existencia de algún tremendo poder (enor- 
qu • pone en marcha las cosas. El argumento de la Enfermedad sa- 
ta, <|ii" trata del supuesto origen divino de la epilepsia, es el másele- 

- intento de libertad del pensamiento de los siglos, v tiene el mérito 
de !).il>"! ido para siempre la disparatada idea de ser las enferme- 

■ humanas causadas por los dioses o por los demonios. 

I. is retratos conocidos de I [ipócrates le representan como un hombre 

hermoso, de barba y de venerable aspecto. No se trata, de ningún modo, 
de t representa* iones falsificadas», sino sólo de representaciones tradicio- 



i ftnj rmedade* epidémicas^ t<>m<> [, secc, ;, párrafo 13, caso !, (citado por 
Finia) 



MEDICINA GRIEGA 89 

nales. En las Nubes, de Aristófanes, hay una referencia satírica a los mé- 
dicos como personas perezosas, fatuas, de pelo largo, con sortijas y uñas 
cuidadosamente pulidas; lo que se ha supuesto, incidentalmente, una alu- 
sión al padre de la Medicina. Es sumamente probable que los médicos del 
período de Pericles llevasen las barbas y el pelo largos, para asemejarse 
todo lo posible a las figuras de Júpiter y de Esculapio, y no estarían, por 
otra parte, libres de la autosuficiencia que caracterizaba a los griegos de 
este período. Nosotros deducimos de todo esto que los supuestos retratos 
de Hipócrates son solamente variantes del busto de Esculapio, interpreta- 
do en mármol por Praxiteles (Museo Británico), o como se ve en las esta- 
tuítas del relicario de Epidauro o en las monedas griegas de Cos, Pérga- 
mo y Epidauro, que le representan en el trono. 

Las ediciones más importantes de las obras de Hipócrates son las si- 
guientes: 

1. El folio latino de la Opera Omnia, traducido y editado por Fabius Calvus, el 
amigo y patrón de Rafael, y publicado en Roma bajo los auspicios del papa Cle- 
mente VII, en 1525. Ha sido la primera edición completa que se ha publicado de 
las obras de Hipócrates. 

2. El folio editio princeps del texto griego, publicado en el año siguiente, 
de 1526, por Aldus en Venecia. 

3. La Opera 0?miia, de Basilea, editada por Janus Cornarius e impresa por 
Froben (1538), y altamente apreciada por lo que respecta a su exactitud textual y 
crítica. 

4. El texto griego y la traducción latina de Hieronymus Mercuriales, impreso 
en la Casa de Giunta, de Venecia, en 1538. 

5. La edición de Francfort de 1595, conteniendo la valiosa traducción y co- 
mentarios de Anutius Foesius, el más ilustrado, laborioso y capaz de los comenta- 
dores de Hipócrates antes de Littré. 

6. La magnífica edición, en diez volúmenes, del mismo Littré (París, 183 1-1861), 
conteniendo el texto griego, la traducción francesa (todos los textos conocidos han 
sido cuidadosamente cotejados con notas críticas), una introducción biográfica y 
una introducción especial para cada tratado especial. Ha sido la obra de una épo- 
ca, y es uno de los triunfos de la erudición moderna. 

Él primer texto griego de los Aforismos ha sido editado por Francois Rabelais 
y publicado en Lyon en 1532. Los textos paralelos griego y latino de J. A. van den 
Linden (Leyden, 1665) y de C. G. Kühn (3 v., Leipzig, 1825-1827) son tenidos en alta 
estimación. De las traducciones inglesas, la más valiosa es la del erudito escocés 
Francis Adams (Londres, 1849), que está limitada a las obras genuinas de Hipócra- 
tes. Además de éstas, la más manuable para el uso práctico es la CEuvrcs clwisies, 
de Charles Daremberg (París, 1834); una traducción excelente alemana es la de 
R. Fuchs (3 v., Munich, 1895- 1908). L° s escritos quirúrgicos han sido editados con 
espléndidos comentarios por J. E. Petrequin (2 v., París. 1877-1878). Por loque 
hace referencia a la relación de Hipócrates con la medicina moderna, es altamente 
recomendada por Sudhoff, para los principiantes, la antología bilingual deTheodor 
Beck (Hippocrates Erkenntnisse, Jena, 1907). 

Llipócrates resume por completo el espíritu de toda una época, y des- 
pués de su tiempo hay una gran laguna de continuidad en la medicina 
griega. En las sucesivas centurias el espíritu receptivo y la amplia inteli- 
gencia de sus maestros vienen a quedar sumergidos en el fomalismo dura- 



90 HISTORIA DE LA MEDICINA 

mente encajado de los dogmáticos como Praxágoras (i), que cuidan más 
de la rígida doctrina que de la investigación. Los dogmáticos dividían la 
ciencia médica en cinco ramas: fisiología, etiología (patología), higiene, 
semiología y terapéutica. De ellas, los últimos empíricos conservaban sólo 
las ramas prácticas de la semiología y la terapéutica, con sus divisiones 
de dietética, farmacología, cirugía y, algunos, higiene. 

El más grande nombre científico después de Hipócrates es el del 
«maestro de lo que conocemos», el asclepíade Aristóteles (384-322 años 
antes de J. C), de Estagira, que dio a la Medicina los fundamentos de la 
zoología, anatomía comparada y embriología, y el empleo de la lógica for- 
mal como un instrumento de precisión. Aristóteles era un discípulo de 
Platón, cuyo Timaeus expone algunas ideas muy fantásticas sobre la ense- 
ñanza médica del siglo; pero supera a su maestro, en extensión por lo 
menos, describiendo unas 500 especies de animales (algunas de ellas fan- 
tásticas) y estudiando su estructura corpórea. La más importante de sus 
obras es su Historia animalium, y los tratados de la generación y del mo- 
vimiento. 

Él ha designado la aorta y consignado un cierto número de hechos en embrio- 
logía, tales como el pnnctum snliens, los movimientos del corazón fetal y la posibi- 
lidad de la superfetación. Ha enunciado la doctrina de la supremacía del corazón, 
como asiento del alma y como fuente del calor innato, diferente del fuego elemen- 
tal, y que es el que produce la vida. Ha defendido que la vida puede originarse de 
un modo espontáneo de la espuma (pneuma, protoplasma), como Afrodita ha naci- 
do de la espuma del mar (Curtis). En la generación espontánea opina que el alma 
deriva del aire, y la fuerza germinativa, del Sol. En la generación sexual el semen 
es el vehículo del alma y del calor vital; pero «la causa del hombre es su padre el 
Sol y sus movimientos». Ha sido el primero que ha empleado la palabra «antropó- 
logo», pero <n el sentido de una persona vana, importante para sí, como opuesta 
lógicamente a la de «hombre de elevada mente», de su Etica. Sus «entelequias», 
que él lia considerado como intermediarias, entre el alma y el cuerpo, hnn sido re- 
vividas, como un sustituto del «principio vital», por el morfólogo Driesch. 

Aristóteles ha dejarlo su biblioteca y su jardín botánico a su amigo y 
discípulo Theofrasto de Efeso (370-286 años antes de J. C)., que era tam- 
bién médico y que ha recibido el nombre de «protobotánico», a causa de 
que ha hecho en el reino vegetal lo que previamente había hecho Hipó- 
crates por la cirugía y la clínica médicas; realmente, ha reunido en un tra- 
tado BÍStemático las plantas dispersas de los cazadores y rhizotomistas. El 
libro de Theofrasto De historia plantar um contiene la descripción de unas 
500 plantas diferentes, y constituye un buen ejemplo de la capacidad de 



El tratado llamado mot tíyvti< en el corpus hippocrdticum ha sido traducido 

por Gomperz con el título de «Die Apologie der Heilkunst» (Leipz'g, 1910), siendo 

l or aquel autor a un sofista del s i j^ 1 o v, probablemente de la escuela de 



MEDICINA GRIEGA 91 

la inteligencia griega para seleccionar lo que es importante y rechazar lo 
superfluo. Como dice Greene (i), divide, en primer término, las plantas 
en floridas y sin flores; las plantas con semillas, en angiospermas y gim- 
nospermas, describiendo sus órganos externos en serie, desde la raíz hasta 
el fruto. Antes que Goethe y que Linneo ha reconocido que las flores son 
«una metamorfosis de las hojas de las ramas». Ha diferenciado las raíces 
aéreas de los zarcillos y ha considerado los frutos como «toda forma y 
fase de envoltura y de inclusión de las semillas.» Ha comprendido cómo 
estaba formado el ciclo anual del tronco y de las ramas de los árboles, y 
«sin haber visto una célula vegetal, ha distinguido ya claramente los teji- 
dos parenquimatosos y prosenquimatosos». Las ediciones más importan- 
tes de Theofrasto son las dos de Aldines de 1497 (griego) y 1 504 (latín) 
y el texto griego y latín de Stapel de 1644. 

Menón, otro discípulo de Aristóteles, ha sido autor de la más antigua 
contribución a la historia de la Medicina (Jatrika) después de Hipócrates, 
una obra que había sido mencionada por Galeno y descubierta en 1895 
en el papiro de Londres, editado por Diels (anónimo londinense). 

Con la fundación de Alejandría (331 años antes de J. C), la ciencia y 
la cultura griegas quedaron firmemente implantadas en la antigua civiliza- 
ción del Egipto. Alejandría, con su gran universidad y su biblioteca, con 
tan grandes hombres como Ptolomeo y Euclides, Hero y Strato, llegó a 
ser el medio de preservar los textos griegos y de extender las doctrinas 
griegas hacia el Oriente. 

La colonización de la medicina griega en Egipto condujo al brillante 
desenvolvimiento de la Anatomía y de la Cirugía; pero nuestro conocimien- 
to propio de los grandes anatómicos' alejandrinos Herópilo y Erasistra- 
to, los fundadores de la disección, no está basado en el examen textual 
de las obras de los mismos, sino en fragmentos reunidos por la erudición 
de Marx y de Hieronymus. Los dos, Herófilo y Erasistrato, hicieron im- 
portantes investigaciones en el sistema nervioso, descubriendo las relacio- 
nes existentes entre los nervios y el cerebro y la médula espinal, y distin^ 
guiendo los nervios sensitivos de los motores, con los cuales se habían 
confundido los tendones. Ambos se han distinguido por algunas, aunque 
vagas, referencias a los vasos linfáticos. Herófilo, en particular, ha descri- 
to la prensa de Herófilo y el cuarto ventrículo del cerebro, incluso el ca- 
lamus scriptorius. Fia descrito también el hueso hioides, el duodeno, la 
próstata, y, en el ojo, la retina, el humor vitreo y el cuerpo ciliar. Erasis- 
trato, por su parte, ha descrito la tráquea, las aurículas y las cuerdas ten- 



(1) E. L. Greene: Landmarks of Botanical History, Washington, Smithsonian 
Inst., 1909; páginas 52-142. 



92 HISTORIA DE LA MEDICINA 

dinosas del corazón; pero sostenía que el corazón no contenía sangre. Él 
ha imaginado el primero el papel calorímetro de la respiración, para cuyo 
estudio ha cogido pájaros, pesándolos después de alimentarlos, y pesando 
asimismo sus excreta (i). 

Una considerable luz sobre la cultura médica helénica injertada en el Egipto en 
el período alejandrino — dietética, materia médica, patología, crianza, baños públi- 
cos, la superviviente «etiqueta» de la circuncisión y del embalsamamiento, los tem- 
plos de Serapis y de Isis (Serapiéia, Isieia, correspondiendo a los Asclepiéia de los 
griegos — se da en la espléndida monografía de Karl Sudhoff Aerztlichés aus grie- 
chischen Papyrus- Urkunden. Baustein zu einer medizinisch.enKulturgeschichted.es He- 
llenismus, en Studien z. Gesch. d. Med. (Puschmanns btiftung.), números 5 y 6, Leip- 
zig, 1909. 

En la tercera centuria antes de J. C. la medicina alejandrina había pe- 
netrado en la Mesopotamia, y en su camino, la Siria había adquirido lo 
principal de la doctrina hipocrática vía Egipto, aunque conservando mu- 
chos de los rasgos astrológicos de la medicina asirio-babilónica. Su siste- 
ma dualista ha sido estudiado por los médicos de Siria por espacio de mil 
años. Un texto sirio muy interesante, porque pone en evidencia esta tran- 
sición, ha sido publicado por Wallis Budje (2). Siria ha llegado a ser el pri- 
mer escalón, la primera estación entre la medicina oriental, la grecoale- 
jandrina y la medieval. En la Edad Media se solían hacer las traduccio- 
nes de los textos griegos de un modo invertido: primero, al sirio; luego, 
al árabe o al hebreo, y después, al latín. 

Las tendencias de la escuela de los empíricos, que brotaron de la es- 
cuela de Alejandría en la segunda centuria antes de Cristo, culminaron en 
un estado actual de farmacología experimental y toxicología en las manos 
de los médicos y de gobernantes aficionados y precavidos, como Mitrída- 
tes, rey del Ponto, que llegaron a alcanzar gran reputación en el arte de 
dar y hacer venenos. Se dice que se había inmunizado él mismo contra el 
envenenamiento por medio de la sangre de patos alimentados con subs- 
tancias tóxicas, y que aspiraba a la obtención de un antídoto universal 
(a lexi fármaco). listos «mitridatos» y «triacas», como se llamaron, atrajeron 
los talentos de los farmacólogos del comienzo de la diez y ocho centuria, 
queriendo considerar a aquél (Mitrídates) como el iniciador de la idea de 
las drogas polivalentes y de los sucios. Los dos restos principales de su 
d(x trina empírica de los venenos son el tratado de las ponzoñas animales 
de Vpolodoro de Alejandría y los dos poemas hexámetros de Nikander 
venenos animales (Theríaca) y de los antídotos para los ve- 

1 Diels: Anonymi Londinensis, páginas 33-43. (Citado por W. A. Heidel: Har- 
' Stud. ( lass. Philol., 191 1, XXII, pág. [38. 

\natomia o the Honk of Medicines \ ed. E. A. Wallis Budge, \2 v., 

113. 



MEDICINA GRIEGA 



93 



nenos (Alexipharmaca), que se conservan en las dos ediciones de Aldine, 
de 1499 y 1523, y en la versificación francesa de aquellos poemas por Jac- 
ques Grevin (Plantin, imprent. Antwerp., I 568). 



III. —EL PERÍODO GRECO-ROMANO (146 años antes de J. C. 
y 476 años después de J. C.) 

En la historia antigua de Roma, los pueblos primitivos, ignorantes u 
débilmente autónomos, eran dominados y supeditados por los guerreros 
del Norte, <la avara Umbría» y la «.sombría puritana Sabina». A esta mez- 
cla de razas va a sumarse todavía otro elemento, los etruscos, «con sus 
carnosos cuerpos, sus ojos de almendra, sus narices gordas y sus esplén- 
didos gustos»; una raza oriental cuyas ceremonias y adivinaciones «pue- 
den haber sido testimoniadas por el mismo Abraham en sus registros en 
el Hebrón». «El vasto, obscuro y profundo fundamento de la medicina 
romana — dice Allbutt (i) — , para nosotros el abono del cual se ha de cul- 
tivar la medicina romana, consiste en la raza original, obscura, pequeña, 
reducida a la servidumbre formal o virtual, pero siempre animada y acti- 
va, y de una ascendiente e irresistible aristocracia, principalmente de los 
invasores del Norte, pero compenetrada con otra raza gobernante, de cos- 
tumbres orientales». La mitad Sur de Italia y la isla de Silicia no habían 
sido conquistadas por los invasores del Norte, y permanecieron siendo «la 
Magna Grecia desde la sexta centuria antes de J. C. hasta la décima des- 
pués de J. C, y de esta Magna Grecia viene una de las corrientes de influ- 
jo cultural, que aparece en forma de Escuela de Salerno». 

Después de la destrucción de Corinto (l4Óaños antes de J. C), pue- 
de decirse que la medicina griega ha emigrado hacia Roma. Antes de la 
invasión griega, los romanos, como ha dicho Plinio el Viejo, <han avan- 
zado, por espacio de seiscientos años, sin doctores», confiando principal- 
mente en las hierbas medicinales y en los medios simples domésticos, en 
los ritos supersticiosos y en las prácticas religiosas. Para los romanos del 
imperio, el griego de cualquier descripción era el Graeculus esuriens, de 
Juvenal. El orgulloso ciudadano romano, que tenía un dios familiar casi 
para cada enfermedad o función fisiológica conocida por él (2), una medi- 
cina herbórea doméstica de su propiedad (3), una mirada desdeñosa para 



(1) SirT. C. Allbutt: Brit. Med. Journ., Londres, 1909; II, pág. 451. 

(2) Estos dioses romanos eran adorados con nombres fantásticos, pero apro- 
piados, como Febris, Scabies, Angeronia, Fluonia, Uterina, Cloacina, Mephites, Dea 
Salus y otros análogos. 

(3) El remedio casero favorito de Catón el Viejo eran las coles. 



94 HISTORIA DE LA MEDICINA 

el médico griego viajero, despreciándole como a un mercenario que acep- 
taba una compensación por sus servicios, y desconfiando de él, por otra 
parte, como un posible envenenador o asesino (Plinio, XXIX, 7), Archa- 
gathus, que llegó a Roma en el año 535 de la ciudad (220 años antes 
de J. C), el primer médico griego que practicó en aquella capital, llegó a 
ser conocido con el nombre de «Carnifex», por su crueldad como cirujano 
(Plviio, XXIX, 6). Pueden recordarse además las intrigas de los médicos 
Vettius Va lens y Eudemus con Mesalina y Livia, damas regias ambas; la 
no existencia de leyes que castigasen los abusos, los envenenamientos y 
las manipulaciones fraudulentas que se les ordenaban (a los médicos asa- 
lariados), y el extraordinario número de serpientes guardadas en las habi- 
taciones privadas, a consecuencia del culto de Esculapio (l),todo ello hacía 
poco respetable la Medicina a los ojos de los austeros romanos, que no 
eran aficionados a la introducción de las ideas extranjeras. (Plinio, XXIX, 
5-8, 22). Además de los escritos de un litterateur privado, como Celso, la 
principal contribución de Roma a la Medicina han sido las espléndidas 
construcciones sanitarias del arquitecto Vitrubio. Así como Cos y Alejan- 
dría han sido los puntos de arranque de la medicina griega, el primero y 
el último, del mismo modo los médicos más eminentes de Roma venían 
del Asia Menor, de las escuelas de Pérgamo, Efeso, Tralles y Mileto (Well- 
mann). La medicina griega se había, finalmente, establecido sobre la respe- 
table base de la personalidad, habilidad y tacto de Asclepíades, de Bithy- 
na (124 años antes de J. C), que permanece distanciado de los dogmáticos 
y de los empíricos y cuyos fragmentos aparecen en el texto griego de 
Gumpert (Weimar, 1 794). Asclepíades era formalmente opuesto a la idea 
hipocrática de que las condiciones morbosas fueran debidas a los distur- 
bios de los humores del cuerpo (humorismo), y atribuye, por el contrario, 
la enfermedad al estado de contracción o de relajación de las partes sóli- 
das (solidismo). Esta es la teoría denominada del strictum et laxum, que 
s<- deriva de la teoría atómica de Demócrito y que ha vuelto a revivir en 
distintas épocas bajo los diferentes aspectos de la teoría brunoniana de los 
estados esténicos y asténicos, de la idea de Fiedrich Hoffmann de las con- 
diciones tónicas y atónicas, de la teoría de Broussais de la irritación como 
1 de enfermedad, de la doctrina de Rasori del estímulo y contraestí- 
mulo. Como una lógica consecuencia de su antagonismo con Hipócrates, 
lepíadea ha fundamentado su método terapéutico en la eficiencia de la 
Interferes ia sistemática que se opone al poder curativo de la Naturaleza; 



En el aflo de J. C. el culto de Esculapio bahía sido introducido 

en Roma en forma <1<- una enorme serpiente representando <-l dios en su aspecto 
chthoniano, Véase Ovidio: Metamorphoses, B. XV, páginas 626-744.) 



MEDICINA GRIEGA 95 

pero en la práctica era un verdadero asclepíade, sabiamente impuesto en 
el régimen de Cos, del aire puro, la luz, el régimen apropiado, la hidrote- 
rapia, el masaje, los enemas, las aplicaciones externas y la sobriedad en 
los medicamentos internos. Ha sido el primero en hacer mención de la 
traqueotomía. Su influencia favorable fué la propia de una personalidad 
superior, pero murió con él. Sus discípulos y partidarios, Themison y 
y otros, exageraron sus doctrinas hasta llegar al «metodismo» (i), al paso 
que los continuadores de los filósofos estoicos se esforzaban en encontrar 
un sistema médico basado en la acción física y en ei estado del aire vital, 
o pneuma, que entraba en los pulmones para refrescar el calor vital engen- 
drado por el corazón y que es llevado a éste, al paso que la sangre deri- 
va del hígado. El renacimiento helénico en Roma se caracterizaba, por 
consiguiente, por los tres modos de considerar la enfermedad como un 
trastorno de los líquidos, sólidos o gases que componen el cuerpo: humo- 
rismo, solidismo y pneumatismo. Entre los defensores de estos tres mo- 
dos de teorizar se destacan seis nombres sobre los restantes: Celso, Dios- 
córides, Rufo, Sorano, Galeno y Antilo, siendo la mayoría de ellos, más 
que sectarios, «eclécticos». La escuela pneumática, fundada por Athae- 
neus, de Attalia, y continuada por su discípulo Claudius Agathinus, de 
Esparta, el maestro de Archigenes y Leónidas, era el partido más impor- 
tante. El sirio Archigenes de Apamea (unos 54-H7 años después dej. C.) 
se puede considerar, según Max Wellmann, como la fuente de los textos 
de Areteo y de gran parte de los de Aecio (2). La literatura médica de la 
segunda centuria después de Cristo — Galeno, Sorano, Heliodoro, Autilo, 
Areteo — , y también las grandes obras resúmenes, de la época bizantina, 
han sido copiados muchos de sus resúmenes y párrafos, y su tendencia 
sigue sosteniéndose durante la Edad Media hasta el Renacimiento. 

Aunque la medicina romana estaba casi por completo en manos de 
los griegos, el mejor resumen que de ella tenemos son las obras de Aure- 
lio Cornelio Celso, que vivió en el reinado de Tiberio César. Celso no era, 
según parece, un verdero médico, sino un caballero particular, de noble 
familia, Cornelia, que, como Catón y Varrón, recopiló tratados enciclopé- 
dicos de Medicina, Agricultura y otras materias, en beneficio del admira- 



(1) Allbutt dice que los metódicos y los empíricos eran en algún modo los con- 
tinuadores de las escuelas de Cos y de Cnido; los primeros consideraban todo el 
enfermo y lo que le rodeaba; los últimos, la localización de la enfermedad y su tra- 
tamiento local. Los de Cnido y los empíricos enumeraban meramente los síntomas, 
sin coordinarlos, y, por consiguiente, sólo tenían una terapéutica al azar. (Véase 
Allbutt 's Lectures on Greek medicine in Rome. Brit. Med. Journ., Londres, 1909; II, 
páginas 1.449, i-5 I S Y I -59^.) 

(2) Wellmann: Die pneumatic che Schule bis auf Archigenes, Berlin, 1895. Para 
un resumen detallado de las doctrinas de la escuela pneumática véanse las pági- 
nas 131-231. 



9 6 HISTORIA DK LA MEDICINA 

ble Crichtons, de su propia posición en la vida. Celso ha escrito de Medi- 
cina con el mismo espíritu que Virgilio ha escrito de Agricultura en el 
tercer libro délas Geórgicas, y esto hace suponer que, conforme a la prác- 
tica frecuente de los romanos, él prestaba asistencia médica gratuita, del 
mismo modo que alguna señora de una antigua hacienda inglesa o planta- 
ción del Sur, como Lady Bountiful, representaba y tocaba el piano para 
sus amigos y dependientes. Clasificado por Plinio entre los hombres de 
letras (ductores), más bien que entre los medid, Celso era ignorado por 
los prácticos de su tiempo y desdeñado por Quintiliano como «mediocre» 
(me dio cr i vir ingenio). Los comentadores de la Edad Media se limitan a 
mencionar su nombre; pero con el renacimiento de la ciencia ha tenido 
su revancha, de tal modo, que su obra (De re medicina) ha sido uno de 
los primeros libros que se han impreso (1478), haciéndose en seguida de 
ella más ediciones que de casi todas las otras obras científicas. Esto se ha 
debido principalmente a la pureza y precisión de su estilo literario; su 
elegante latinidad le ha concedido el título de Cicero medicorum. Celso es 
el más antiguo documento médico después de los escritos de Hipócrates 
y de los 72 autores mencionados por él. Las obras del mismo Hipócrates 
son las únicas que han llegado a nuestras manos en un estado de relativa 
buena conservación. El De re medicina consta de ocho tomos; los cuatro 
primeros se ocupan de las enfermedades que pueden ser tratadas con la 
dieta y el régimen; los cuatro últimos, de aquellas otras que necesitan un 
tratamiento farmacológico y quirúrgico. El tercer tomo contiene, entre 
otras cosas, el primer resumen completo de las enfermedades del corazón 
(Cardiacus)y que se convirtió en el canon del subsiguiente conocimiento 
de las mismas en la antigüedad (i). El quinto tomo comienza con una lista 
clasificada de drogas, seguida de un capítulo de pesos y medidas, de mé- 
todos farmacológicos y prescripciones, muy semejante, en conjunto, a un 
moderno manual de terapéutica. Celso ha sido el primero que ha recomen- 
dado los enemas alimenticios. El tomo sexto trata de las enfermedades de 
la piel (2) y v< néreas, así como también de las de los ojos, oídos, narices, 
garganta v boca. El tomo séptimo es quirúrgico, y contiene el primer re- 
sumen del uso de la ligadura y una descripción clásica de la litotomía la- 
teral. Entre los romanos, la Cirugía (incluso la Obstetricia y la Oftalmolo- 
ha alcanzado un alto grado de desarrollo, que no ha sido superado 
después hasta los tiempos de Ambrosio Paré. Sobre todo, la instrumenta- 
ran quirúrgica estaba notablemente especializada. Se han encontrado más 



1 Para un completo resumen «l<- La concepción antigua <l<- las enfermedades 
Landsberg: Yanus, Breslau, 1847; II, páginas 53-124. 
enfermedades de la piel descritas i>"i Celso, la alopecia areata 
dada síempí < ( on el nombre de area ( elsi. 



MEDICINA GRIEGA 97 

de 200 instrumentos quirúrgicos diferentes en Pompeya. La herniotomía 
y la cirugía plástica eran conocidas, así como también la operación de la 
catarata, la versión y la operación cesárea. Hay una razón suficiente para 
explicar estos adelantos, y es la constante relación en que vivían los ro- 
manos con la cirugía militar y la de los gladiadores, y en el hecho de ser, 
algunas veces, permitida la disección de los criminales ejecutados. Hipó- 
crates ha dicho que «la guerra es la única escuela apropiada para los ciru- 
janos». Celso es además muy entendido en las diferentes fiebres palúdicas 
de Italia y en su tratamiento, en la gota y su terapética, y en las diferen- 
tes variedades de locura. El ha sido el primer escritor importante de his- 
toria de la Medicina, y en su Proemium se ocupa de Hipócrates, Herófilo, 
Erasistrato y otros grandes hombres del pasado, con el espíritu de quien 
podía haber dicho de sí mismo: 

Yo escribo de lo que otros han escrito 
con la elevación del Sol. 

La completa y cuidadosa investigación de los orígenes de Celso por Well- 
mann (1) sugiere la idea, por la confrontación y comparación de muchos pasajes 
paralelos, de que el texto griego es una recopilación, acaso hasta una traducción, 
de los escritos genuinos de Hipócrates; de los fragmentos de la fístula, del discí- 
pulo de Asclepíades, el cirujano Meges; de los escritos farmacológicos y terapéu- 
ticos de Heraclides de Tarento (incluso su exegesis de Hipócrates), y del mismo 
Asclepíades y su escuela. Según el modo de pensar de Wellmann, la probable fuen- 
te griega de Celso ha debido ser algún manual médico para el vulgo, escrito antes 
del año 26 después de J. C. por un Cassius Félix, un médico de Tiberio César. De 
las 105 ediciones diferentes que existen de Celso, las más interesantes son: la floren- 
tina, editio princeps (1478); la de Milán, impresa en 1 48 r ; la veneciana, impresa 
en 1524 (la más rara y costosa de todas); la de Aldino, de 1525, y la manuable de 
Elzevir, de 1657. La edición moderna modelo es la de Daremberg. Más sencillo que 
un libro, el mejor resumen de Celso, de todo lo publicado en todos los idiomas, es, 
incuestionablemente, el completo ensayo erudito de Paul Broca (2). 

Los tres principales cirujanos griegos del período contemporáneo a 
Celso son los pneumáticos Heliodoro, Arquígenes (ambos mencionados 
por Juvenal, y el último contemporáneo de Celso), y Antilo, contemporá- 
neo de Galeno. Las obras de estos tres han llegado a nosotros sólo por 
las recopilaciones de los escritores bizantinos. Heliodoro, que es anterior 
a Celso, ha dado la primer indicación de la ligadura y de la torsión de los 
vasos sanguíneos, y ha sido uno de los primeros en tratar las estrecheces 
por medio de la uretrotomía interna. Ha descrito, además, las heridas de 
la cabeza, el tratamiento operatorio de la hernia y la amputación circular 
y por colgajo. Este último procedimiento ha sido descrito de un modo 



(1) Wellmann: A. Cornelius Celsus: eine Quellenunter sue hung, Berlín, 19 13. 

(2) Conferences historigues de la I 1 acuité de Médecine, París, 1865; pági- 
nas 445-497- 



Historia dh i.a Mkdioina. - Tomo I 



9 S HISTORIA DE LA MEDICINA 

acabado por Archigenes de Apamea, y ambos cirujanos empleaban las 
ligaduras, que en los tiempos de Galeno eran hechas en un establecimien- 
to especial de la Vía Sacra. Antyllus, mucho tiempo antes que Daviel, 
menciona la extirpación de la catarata por extracción y succión; pero su 
nombre y fama permanecen asociados con su bien conocido método de 
tratamiento de los aneurismas con la aplicación de dos ligaduras y sección 
entre ambas, que siguió siendo el método preferido hasta el tiempo de 
John Hunter. 

Pedacius Dioscórides, el fundador de la materia médica, era un ciruja- 
no militar griego al servicio de Nerón (54-68 años después de J. C), y 
aprovechó su necesidad de viajar para dedicarse al estudio de las plantas. 
Su obra constituye la autorizada fuente de la materia médica en la anti- 
güedad; describe unas 600 plantas y principios vegetales; unas cien más 
que Teofrasto. Así como Teofrasto ha sido el primer botánico científico, 
Dioscórides es el primero que se ocupa de la botánica médica como cien- 
cia aplicada. Su primer libro trata de los principios vegetales aromáticos, 
aceitosos, goniosos y resinosos; el segundo, de los productos animales 
importantes médica y dietéticamente y de los cereales y plantas de jardín; 
el tercero y cuarto, de las otras plantas medicinales. Su clasificación era 
cualitativa, propia más bien de una materia médica que de una obra de 
botánica; pero él, como Teofrasto, ha reconocido familias naturales de 
plantas antes que Linneo, Adanson y Jussieu. Sus descripciones han sido 
seguidas, «palabra por palabra >, por espacio de diez y seis centurias, y su 
obra, dice Greene (i), ha sido mucho más atentamente estudiada por los 
hombres eruditos que ninguna otra obra de botánica, con la posible ex- 
cepción del Pinax, de Bauhin (1623). Hasta el comienzo del siglo xvn 
los mejores libros de botánica son todavía simples comentarios de la obra 
de Dioscórides, que es la fuente histórica más importante de la terapéuti- 
ca herbaria, así como de los más famosos sustitutos medievales de la anes- 
tesia. El vino de mandragora, uivor [AavSpayoptxTi^, es prescrito al interior por 
Dioscórides como una droga contra el insomnio y el dolor, y en tres 
sitios (IV, 76), lo recomienda explícitamente en las operaciones quirúrgi- 
gicas o en la cauterización, ya sea per os, por enema o en inhala- 
ción (IV, 8l) [2j. 

más interesantes de Dioscórides son las de Aldine, de 1499 (texto 

go); la de Stephanus, de 15 16 (traducción latina de Ruellius); la rara, con texto 

Bilingüe, <!<• Colonia ^ 1 529), y los comentarios italianos de Mattioli (Venecia, 1544), 



1 II.. Greene: Landmarks of Botanical I list orv, Washington, 1909; pági- 

: 1-155- 
(2) Para las citas, véase el acabado estudio de Husemann en el Deutsche 
. f. Chir. t Leipzig, [895-1896; XI. II, páginas 577-587. 



MEDICINA GRIEGA 99 

también extraordinariamente raros. El texto greco-latino de Kurt Sprengel (Leip- 
zig, 1829-30); la definitiva con texto griego de Max Wellmann (1906- 1907), y la tra- 
ducción alemana, con notas marginales de J. Berendes (Stuttgart, 1902), son todas 
valiosas. El espúreo latín MS. de Dyascorides di herbis feminis, en la Hofbibliotek 
de Munich, con sus 500 ilustraciones, como también el más completo códex (9.332) 
de la Biblioteca Nacional de París, que data, aproximadamente, de 540 años des- 
pués de J. C, y que ha sido la fuente de Gariopoutus, Macer Floriudus, de la Diaeta 
l'heodoriy otras recopilaciones medievales, se reconocen ahora por los eruditos 
con el nombre de «pseudo-Dioscórides». Los cuatro griegos auténticos MSS., son 
los códices de Ñapóles, Constantinopla (en Viena), el Código ilustrado de París, 
número 2.179, y e] MS. de sir Thomas Phillips (Cheltenham). 



Areteo de Capadocia, que vivió bajo los dos emperadores Domiciano 
y Adriano (de la segunda a la tercera centurias después de J. C), llegó a 
acercarse más que ningún otro griego al espíritu y al método de Hipócra- 
tes, y sus escritos han sido más prontamente apreciados por los moder- 
nos lectores. Como Max Wellmann ha demostrado por la detenida com- 
paración de los textos, sus obras derivan, en realidad, de los escritos de 
Archigenes, y por esto resulta nuestra más importante fuente de conoci- 
miento de los maestros de la escuela pneumática. Como clínico, Areteo 
puede colocarse próximo a Hipócrates, por la seguridad gráfica y la fide- 
lidad de sus descripciones de la enfermedad, habiéndonos dado cuadros 
clásicos de la pneumonía, pleuresía con empiema, diabetes, tétanos, ele- 
fantiasis, difteria (úlcera siríaca), del aura en la epilepsia, así como tam- 
bién la primera clara diferenciación entre las parálisis cerebral y espinal, 
indicando la decusación de las pirámides y un resumen muy completo de 
los diferentes géneros de locura. Aunque no iguale al más moderno Aecio 
en la seguridad de sus traducciones de Archigenes, es probablemente el 
autor médico más atractivo de su época. Era esencialmente un estilista, y 
el carácter de su griego jónico ha sido señalado como modelo en un pe- 
ríodo posterior. Sus obras se han conservado en el texto griego defectuo- 
so de 1554, en la valiosa edición de Wigan, de la imprenta de Clarendon 
(Oxford, 1723); en el texto de C. G. Külin, de Leipzig, y en el texto griego 
con traducción inglesa de Francis Adams (Londres, 1858). 

Otro gran ecléctico era Rufus de Ephesus, que vivió en el imperio de 
Trajano (98-117 años después de J. C), y cuyos restos y fragmentos lite- 
rarios han sido preservados por el texto de París de 1554 y P or e ^ de 
Daremberg (París, 1879). Ha escrito una pequeña obra de Anatomía, en la 
cual describe la cápsula del cristalino, las membranas del ojo, el quiasma 
de los nervios ópticos y el oviducto en la oveja. El ha dado también la 
primera descripción de la erisipela traumática, del epitelioma y de la peste 
bubónica (derivada de un origen alejandrino). Añadió algunos nuevos pre- 
parados a la materia médica, entre ellos su « hiera >, un purgante conte- 
niendo coloquíntida, que llegó a ser famoso. Rufo era un buen cirujano 



ioo HISTORIA DE LA MEDICINA 

que ha descripto todos los métodos conocidos de hemostasis «compre- 
sión digital», estípticos, los cauterios, la torsión y la ligadura (Osler). 

Soraxo de Éfeso, de la segunda centuria después de J. C, un conti- 
nuador de la escuela metodista de Asclepíades, es nuestra principal auto- 
ridad en ginecología, obstetricia y pediatría de la antigüedad. Su tratado 
de obstetricia y de enfermedades de la mujer, preservado en el texto grie- 
go de Dietz (Konigsberg, 1 838) [i], es el original de algunas famosas obras 
como Róslins Rosegarte)? (151 3) y Byrthe of Mankynde (1545); y ' a ma- 
yoría de las supuestas innovaciones en estos libros, tales como la silla obs- 
tétrica y la versión podálica, han sido ya señaladas por Sorano. Después 
de Sorano no hay ningún adelanto real en la obstetricia hasta ia época de 
Ambrosio Paré, unos quince siglos más tarde. 

La Historia Natural de Plixio el Viejo (23-79 años después de J.C.), 
cuyos libros XX-XXXII tratan exclusivamente de Medicina, es una amplia 
recopilación de todo lo que se conocía en su tiempo de geografía, meteo- 
rología, antropología, botánica, zoología y mineralogía, y es muy intere- 
sante por sus muchos datos curiosos acerca de plantas y de drogas, sus 
puntos de vista a propósito de la medicina en Roma, y las zarpadas que 
da el autor a los médicos. Después de la invención de la imprenta, se han 
hecho de ella más de ocho ediciones. Contiene las referencias originales 
respecto a algunas cosas raras, como del escorbuto (stomacace), la medi- 
cina de los druidas, la superfetación y el atavismo {ipse avurn regetieravit 
Aithiopum), el caso de Marcus Curius Dentatus, que había nacido con 
dientes; la mano artiñcial de hierro de Marcus Sergius, el bisabuelo de 
Catilina (2); los experimentos contra los venenos de Mitrídates, y el uso 
por Nerón del monóculo o de los lentes (Ñero princeps gladiator um pug- 
nas spectabat in smaragdo), que algunos autores creen que era un ojo de 
cristal, como los modernos. Los errores botánicos de Plinio permanecen 
sin modificarse hasta el tiempo de Nicolás Leonicenus (1492). 

El período antiguo se cierra con el nombre del más grande de los 
médicos griegos después de Hipócrates, Galeno (131-201 años después 
dej, C.) [3], el fundador de la medicina experimental. Hijo de un arquitec- 
r.i natural de Pérgamo. Su juventud y su vejez fueron las de un peripa- 
tético. Su vida fué un largo Wanderjahr. En Roma, donde comenzó a 
prai í'm años después de J. ('.., alcanzó muy pronto la suprema- 



1 I-.'Ih ■ riores por Ermerins ( 1869), Valentine Rose (1882) y una en 

6n, de Joh. Illb< 
Véase Sudhoff: Mitt. t. Gesch. d. .]/<■,/., Leipzig, [916; XV, núm. 1. 

adelante la forma errónea «Claudius (.alen ha sido 
muy empleada. Edwin Kleba y otro i ban demostrado ser ello una equivocada tra- 
mas] I ralea (Sudhofi 1. 



MEDICINA GRIEGA 101 

cía de su profesión; pero se retiró prematuramente para dedicarse al estu- 
dio, a los viajes y a la enseñanza. Comparado con Hipócrates, Galeno pa- 
rece el hombre de talento, de aficiones múltiples, y versátil, comparado 
con el verdadero hombre de genio. Era el más hábil práctico de su tiem- 
po; pero no nos ha dejado buenos resúmenes de casos clínicos, sino sólo 
relatos de curas milagrosas. Generalmente, trataba bien a sus enfermos, y 
para ello instituía un sistema elaborado en poliíarmacia (i), cuyo recuerdo 
ha sobrevivido en nuestro lenguaje en el término de «galénicas» aplicado a 
los simples vegetales. El puesto de Galeno en la Ciencia es muy elevado; 
pero su predisposición errante indudablemente contribuyó mucho, a des- 
envolver en él cierta actitud de la inteligencia, que hizo a sus obras el ma- 
nantial de hipótesis hechas deprisa, o, como dicen los alemanes, del «po- 
lipragmatismo». El tiene una respuesta pronta para cada problema, una 
razón para explicar todo fenómeno. Ha elaborado un sistema de patolo- 
gía que, combinado con las ideas humorales de Hipócrates, con la teoría 
pitagorica.de los cuatro elementos y con su propia concepción de un es- 
píritu o «pneuma», ha penetrado en todas partes. Refiriendo todo fenó- 
meno patológico a los postulados de ese sistema, Galeno, con una inge- 
nuidad y una facilidad fatales, procedió a explicarlo todo a la luz de la 
teoría pura, viniendo a substituir con un sistema pragmático de filosofía 
médica a la sencilla anotación e interpretación de los síntomas, como en- 
señaba Hipócrates. Los efectos de este dogmatismo e infalibilidad sobre 
los tiempos posteriores han sido espantosos; en tanto que el monoteísmo 
y la piedad de Galeno atraía a los musulmanes, su presunción de omnis- 
ciencia era especialmente adaptada para conciliarse con la mental indolen- 
cia, y para adular la complacencia de aquellos que se sentían inclinados al 
completo y absoluto respeto hacia la autoridad. Hasta los tiempos de Ve- 
salio la medicina europea ha sido sólo un vasto argumentum ad kominem, 
en el cual todas las cosas, lo mismo las relativas a la anatomía y fisiolo- 
gía, que las que hacen referencia a la enfermedad, eran referidas a Galeno? 
como autoridad final, de la que no cabía apelación alguna. Después de su 
muerte, la medicina europea ha permanecido como un peso muerto por 
cerca de catorce centurias. 

Galeno ha sido el más voluminoso de todos los escritores antiguos, y 
el más grande de todos los teóricos y sistemáticos. Sus obras constituyen 
una gigantesca enciclopedia de todos los conocimientos de su época, in- 
cluyendo en ellas nueve libros de Anatomía, diez y siete de Fisiología, seis 



(i) Asclepíades, dice Allbut, tiende a hacer desaparecer lo específico en lo 
universal (fisiología terapéutica); Galeno, procediendo de un monoteísmo teórico, 
tiende a disolver lo universal. en lo particular (polifarmacia). 



io2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

de Patología, diez y seis ensayos del pulso, el Megatechne (Ars magna), o 
* terapéutica» (catorce libros); el Microtechne (Ars parva), o «práctica», y 
treinta libros de Farmacia. Él nos ha dado los cuatro síntomas clásicos de 
la inflamación, el diagnóstico diferencial entre la pneumonía y la pleure- 
sía; ha sido el primero que ha descrito el aneurisma, separando la forma 
traumática de la dilatada (I); ha descrito las diferentes formas de la tisis, 
mencionando su naturaleza infecciosa, y proponiendo para esta enferme- 
dad una dieta abundante de leche y la climatoterapia (viajes por el mar y 
habitar en lugares secos y elevados); ha comprendido la relación dietética 
entre los cálculos y la gota, y sus prescripciones indican un empleo muy 
inteligente del opio, del beleño, del eléboro y la coloquíntida, del asta de 
ciervo, de la trementina, del alcohol (vino), de la dieta azucarada (miel), 
del zumo de uvas, del agua de cebada y de las compresas frías. Ha idea- 
do la doctrina de los cuatro temperamentos y ha sentado las bases de una 
fantástica doctrina del pulso, o «ars sphygmica», que estaba todavía en 
boga en el siglo xvin. Ha viajado para aprenderlo todo y para recoger los 
remedios propios de las diferentes regiones, y ha hecho, además, dos vi- 
sitas especiales a la isla de Lemnos para averiguar el valor terapéutico 
de su tierra marítima (terra sigillata) [2]. Como anatómico, Galeno ha dado 
muchas descripciones excelentes, especialmente de los sistemas motor y 
locomotor; pero su obra era incompleta e insegura por estar principal- 
mente basada en la disección de monos y de cerdos. Ha estudiado la os- 
teología en el mono (Macacas ecaudatus) y en algunos esqueletos huma- 
nos, como en el de un ladrón que encontró en la falda de una montaña 
solitaria. Su miología estaba basada, sobre todo, en el estudio del mono 
de Berbería (Macacus inuus)\ pero él ha comprendido claramente la dife- 
rencia entre el origen y la inserción y ha conocido mucho respecto de los 
músculos y de su funcionamiento, aunque su nomenclatura ha sido redu- 
cida (3). Su esplanología era defectuosa y errónea; su neurología es el me- 
jor rasgo de su obra anatómica. Por sus disecciones del cerebro del buey 
ha sabido distinguir la dura y la p¡amad<\ el cuerpo calloso, el tercero y 
cuarto ventrículo, con su conducto (acueducto de Sylvio); el fornix, los tu- 
bérculos cuadrigéminos, el proceso vermiforme, el calamus scriptorius, la 
hipófisis y el infundíbulo. De los 12 nervios craneales él ha conocido sie- 
te pares; también los ganglios del simpático, que ha considerado como 



1 Wetodm Wedendi, Lib. V., 1. 63. (Traducción de Linacre de 1919). 

1 I S rhomson: Terra Hgillata, tr. XVII, Internal. Med. Congr. iqi.v.I.on- 

\.\111. páginas 433-444. 
I S. Miluc r 'onocimientos de Galeno sobre anatomía muscular, Tnternai, \U\I. 
1 "lidies, 1914; páginas 389-400, 



MEDICINA GRIEGA 103 

refuerzos de los nervios (i). Su tratado de «administración» anatómica, o 
método, ha sido el primer tratado de disección, y su autoridad ha persis- 
tido por espacio de centurias. Sus contribuciones científicas han sido 
aceptadas como verdades definitivas hasta la época de Vesalio. Pero si la 
anatomía de Galeno ha podido fracasar por el hecho de tratarse de una 
anatomía más simia, canina y porcina que humana, y a causa de haber 
subordinado las seguras descripciones de las estructuras a la especulación 
a propósito de sus funciones, en cambio, hay que reconocer que él ha sido 
el único fisiólogo experimental anterior a Harvey. Ha sido Galeno el pri- 
mero que ha descrito los pares craneales y el sistema simpático; que ha 
realizado la primera sección experimental de la médula espinal, produ- 
ciendo la hemiplejía; que ha producido la afonía cortando el nervio larín- 
geo recurrente, y que ha dado la primera explicación razonable del meca- 
nismo de la respiración. Ha demostrado que las arterias contienen sangre 
(al realizar la operación de Antyllus), explicando el poder motor del cora- 
zón y demostrando que las pulsaciones sanguíneas se extendían desde el 
corazón hasta el vaso ligado, pero no más allá. Ha demostrado también 
que un excindido corazón sigue latiendo fuera del cuerpo; un accidente 
muy comúnmente observado en los sacrificios rituales y una buena evi- 
dencia de que sus latidos no dependen del sistema nervioso. En estos 
asuntos Galeno ha proporcionado a la Medicina el método de estudio que 
consiste en plantear problemas a la Naturaleza, disponiendo las cosas de 
tal modo, que la Naturaleza misma pueda contestarlos; lo que nosotros 
llamamos experimento y método experimental. Daremberg, por su parte, 
ha podido repetir todos los experimentos de Galeno en el Jardín de Plan- 
tas. En sus especulaciones fisiológicas a propósito de sus descubrimientos, 
Galeno ha empeorado su obra por su manía teleológica, que él había 
aprendido de la lectura de la Naturaleza, de Aristóteles. Su afán de vene- 
ración se encontraba desarrollado de un modo desproporcionado, y sin 
embargo de que él tenía razón en su suposición primaria de que la estruc- 
tura sigue a la función, su entusiasmo le condujo en seguida a las más ex- 
trañas y más arbitrarias hipótesis, basadas á priori en su idea fundamen- 
tal de que todo en la Naturaleza demuestra un elemento de destino y la 
divinidad del Creador. Los modernos biólogos consideran los seres vivien- 
tes y el proceso de su vida como la resultante del paralelogramo de dos 
fuerzas, la reacción de la herencia innata contra el mundo exterior que les 
rodea. Ellos razonan que las diferencias de la estructura sean la resultan- 
te de la adaptación a la violencia y al esfuerzo de este mundo exterior. 

(1) Sobre los conocimientos de Galeno a propósito de los nervios cerebrales, 
véase Th. Beck.: Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig; 1909-10; III, páginas 110-114. 



104 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Pero Galeno, como dice Neuburger, hace toda su teoría fisiológica «un 
abogado especial experto y bien instruido en favor de la causa del desti- 
no en la Naturaleza», por lo cual se pierde él mismo en especulaciones á 
priori «para explicar la ejecución de la Naturaleza, aun antes de que su 
mecanismo haya sido demostrado». Sus contribuciones a la fisiología de 
los sistemas nervioso, respiratorio y circulatorio, aunque defectuosas, han 
sido el único conocimiento real de diez y siete centurias (i). 

Hay tres supersticiones galénicas que, a pesar de su plausible carácter, 
han contribuido grandemente a detener el avance de la ciencia médica: 
Primera, la doctrina del vitalismo, que sostiene que la sangre es provista 
de «espíritus naturales» en el hígado, de «espíritus vitales» en el ventrículo 
izquierdo del corazón, y que estos espíritus vitales se convertían en «es- 
píritus animales» en el cerebro, estando todo el organismo animado por 
un «pneuma». Las modificaciones de esta teoría, aunque hayan sido atrac- 
tivas, han conducido la fisiología a un muy engañoso callejón sin salida, 
hasta la época de Driesch. Segunda, la noción de que la sangre, en su trán- 
sito por el cuerpo, pasaba del ventrículo derecho al izquierdo, a través de 
unos imaginarios poros invisibles del tabique interventricular, teoría que 
ha impedido tener un conocimiento profundo y real de la circulación 
hasta la época de Harvey (2). Tercera, la idea de que la «cocción», o su- 
puración, constituía una parte esencial de la curación de las heridas; lo que 
condujo a la noción árabe de la «curación por segunda intención», de los 
sedales y del pus laudable, que, aunque combatida por Mondeville, Para- 
celso y Paré, no fué enteramente destruida hasta los tiempos de Lister. 

De las muchas ediciones de las obras de Galeno, las más importantes son: el 
texto griego de Aldine de 1525 (cinco volúmenes), la edición de Basilea de 1538, 
con la letra inicial de Holbein, y las nueve ediciones diferentes del texto latino pu- 
blicado por la Casa Giunta, en Venecia, entre los años 1541 y 1625. De las traduc- 
ciones latinas son (piizá las más importantes la de Conrad Gesner (Basilea, 1562), 
con las ilustra» iones biográficas en la página titular, y la de Linacre. Entre las edi- 
ciones modci na^. las mejores son: el texto griego y latino, en veinte volúmenes, 
de Kühn (Leipzig, 1821-1833) [3], con un valioso índice, y la Antología, en dos volú- 
menes, de Daremberg (París, 1854-1856). Es muy importante también la edición de 



1 i ína posible excepción de este estado de cosas pueden constituirlo los po- 
• .|>< íimentos fisiológicos hechos por Vesalio, que, por otra parte, pasaron in- 
advertidos en su tiempo. 

1 raleno consideraba la sangre arterial (cargada de espíritus vitales») y la 

enosa cargada con espíritus naturales 1 como en flujo y reflujo hacia 

dentro y afuera; por sus canales respectivos, pero no teniendo conexión una con 

epto a través de los poros interventriculares. De un modo análogo, los 

líntus animales (psíquicos) se suponía que caminaban adentro y afuera, atra- 

iervios, que bc convertían en sólidos después de la muerte. Tara 

un buen resumen de esta lase de la fisiología galénica, véase sir Michael Forster: 

ih ry of Physiology t Cambridge, 1901; páginas 12-13. 

Para una valiosa clasificación de las citaciones de Galeno por los escritores 

antiguos ed Kühn . véase la Disertación de Berlin { de Zimmermann (1902). 



MEDICINA GRIEGA 105 

los siete volúmenes de Anatomía, de Galeno, en árabe, MS. (manuscrito) del 
siglo ix después de J. C, con traducción alemana y comentarios de Max Simon 
(Leipzig, 1906). El más famoso de los tratados de Galeno es su monografía del as- 
pecto fisiológico y teleológico del cuerpo humano en sus diferentes partes (De Usu 
Partium); el prototipo de todos los subsiguientes Bridgewater treatises. El Corpus 
medicorum G raecormn (Leipzig y Berlín), unas series de textos de Teubner, publi- 
cados bajo los auspicios de las Academias científicas de Europa, e incluyendo to- 
dos los escritores griegos. La fuente clásica para los menores escritores griegos y 
greco-latinos es Valentín Rose: Anécdota graeca et graeco-latina (Berlín, 1864-1870). 

Respecto de la condición de la Medicina entre los romanos, es mucho 
lo que se conoce, pero poco lo que se sabe explicar. Mucho de lo que se 
pretende conocer está fundado en los escritores seculares, especialmente 
en los satíricos y epigramáticos, y en las inscripciones. Antes de la segun- 
da centuria después de J. C, los romanos empleaban esclavos médicos 
(servi medid), o a los consagrados a sus dioses médicos especiales (Tebrís, 
Scabies, Uterina, y así sucesivamente), prestándoles un interés de momen- 
to y de pura afición. Ya hemos visto cómo los antiguos ciudadanos de 
Roma consideraban a los médicos griegos. Pero aun después de que As- 
clepíades, Galeno y Sorano hubieron hecho respetable la Medicina, los 
caballeros romanos continuaban mirando la profesión médica como indig- 
na de ellos. Algunos romanos, antes y después de esta época, practicaban 
o escribían sobre Medicina; así, por ejemplo, Scribonius Largus, autor de 
Compositiones Medicorum (47 años después de J. C), una recopilación de 
drogas y prescripciones, que contiene también una importante mixtura 
para la tisis y la primera sugestión sobre el uso de la raya eléctrica para 
el dolor de cabeza; Coelius Aurelianus, el neurólogo de la quinta centuria, 
que ha parafraseado las últimas obras de Sorano de Efeso; Quintus Sere- 
nus Samonicus, que ha escrito un poema didáctico de medicina popular 
en la tercera centuria después de J. C. (tomado de Plinio); Sextus Placitus 
Papyriensis, que escribe un libro de medicina animal (cuarta centuria); 
Vindicianus Afer, autor de tratados de anatomía y de un formulario, en 
la misma época; Cassius Félix, la supuesta fuente original de Celso, y 
Theodorus Priscianus, médico de Corte de Graciano. Además de los «mé- 
dicos», propiamente dichos, había los coleccionadores de plantas y raíces 
(rhizotomi), los vendedores de drogas (pharmacopolae) , los mercaderes y 
aplicadores de pernadas (unguentarii) , los cirujanos militares (media co- 
hortis, medid legionis), y los archiatri, o médicos de los emperadores, al- 
gunos de los cuales eran también médicos públicos o de la ciudad (archia- 
tri populares). Había también los menos famosos, iatroliptae, o médicos 
de los baños; medicae, o mujeres médicas; sagae, o enfermeras; obstetricae, 
o comadronas; los envenenadores profesionales (pharmacopeia), y los de- 
pravados caracteres que se prestaban a proporcionar filtros y abortivos. 
Una muy dudosa y muy satirizada clase era la de los especialistas de los 



io6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

ojos, u oculistas (medid ocularii), cada uno de los cuales vendía una espe- 
cial pomada para los ojos, estampada con su propio sello particular, y 
compuesta, generalmente, de sales de cinc y de otros metales. Cerca de 
doscientos sellos de este género han sido encontrados. La casa de los 
Vettií, descubierta en las excavaciones de Pompeya, tiene una pintura mu- 
ral representando cupidos y psyches, como unguentarii, en el acto de ex- 
primir, calentar, testificar y sellar el aceite de olivas (Peters). Muchas de- 
mostraciones de la medicina de Roma se encuentran en el Musco Bri- 
tánico (i). 

Un rasgo especial de la medicina romana era el empleo de los baños termales 
públicos (thermae) y de las fuentes minerales. El uso en general de la hidroterapia 
es debido a Asclepíades, y en el período de 334 años antes de J. C. a 180 después 
de J. C. se fundaron más de 1.800 baños públicos (Haeser). Las termas de Caraca- 
lia y de Diocleciano tenían departamentos de mármol para 1.600 y 3.000 personas, 
respectivamente, y el agua era suministrada por los grandes acueductos. El depar- 
tamento de los baños fríos (frigidaria) tenía frecuentemente anejo un estanque de 
natación (piscina); pero ignoramos cómo se calentaban los baños termales (tepida- 
ria, calidaria), si era por el agua o por el aire de la habitación. Las principales 
fuentes naturales eran las termas de Baiae, cerca de Ñapóles; las Termopilas, en 
Grecia (especialmente patrocinadas por el emperador Adriano), y en las colonias 
romanas, Aix-les-Bains (Aquae Gratinae Allobrogum), Aix-in-Provence (Aquae Sex- 
tiae), Bagnéres de Bigorre (Vicus Aquensis), Badén, en Suiza (Thcrmopolis); Badén, 
cerca de Viena (Aqua Pau?io?iicae); Badén Badén (Civit as Aquensis), Aix-la-Chapelle 
(Aquisgranum) y Wiesbaden (Aquae Maítiace?ises) [2]. Los hospitales militares (vale- 
tudinaria) son mencionados por Hyginius, y han sido encontrados en Neuss (Cas- 
trum .Xovcesium) y en Camutum (cerca de Viena). 

Los etruscos eran especialmente diestros en el arte de dentista. Marcial habla 
de los dientes artificiales. Algunos notables ejemplares de puentes (en dentaduras 
postizas) se han encontrado, y se conservan en el Museo de Corneto, habiendo sido 
descritas por Guerini y Walsh (3). 

VA talento especial de los romanos era la ciencia militar y la creación 
y aplicación de las leyes. Sus perfeccionamientos higiénicos, tales como 
la cremación, las casas bien ideadas y perfectamente ventiladas, los gran- 
des acueductos, las cloacas, alcantarillas y sus baños públicos constituyen 
una contribución mucho más importante para la Ciencia que sus obras lite- 
rarias originales. Hay, además, como ha dicho Sudhoff, que los romanos 
han producido con frecuencia, pero sin intención, resultados higiénicos, 
fibras de un valor higiénico positivo, pero no de origen médico (4). La me- 
dicina romana, en realidad, debe ser considerada sólo como un retoño o 
Bubvariedad de la medicina griega. 

- II Barnes: Proc. Roy. Soc. Med (Sect. Hist. Mcd.). Londres, 1913-14; 
Vil. páginas 71-87. 

Haeser Lehrb.d. Gesch. <i. Mcd., \ Aufl., Leipzig, 1875; I, pág. 494. 
Guerini: History oj Dentistry^ New-York, 1909; páginas <>7-76, y J. J. Walsh: 
New-York, km?, páginas 79-103. Para los antiguos 
forceps dentarios, véase Sudhoff: Arek. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 11)08-1909, II, pá- 
gina 

Karl Sudhoff: Hygienischt Gedanken und ihrt Manifestationeninder Weltges- 
Sl uttgart, <>< 1 . muí; pág. 43. 



EL PERÍODO BIZANTINO 

(476-732 años después de J. C.) 



La caída del imperio romano de Occidente fué, en gran parte, debida 
a la degeneración del tronco romano, por su mezcla con razas inferiores y 
más flojas, y a que los soldados, que nunca habían conocido la derrota, 
llegaron a ser fácil presa de los invasores bárbaros del Norte, provistos de 
las rudas y primitivas virtudes que aquéllos habían poseído en otro tiem- 
po. En los tiempos de la República los romanos han igualado, como sol- 
dados y como legisladores, a los espartanos, siendo esencialmente senci- 
llos en lo intelectual y en lo moral. En un estado de la sociedad «en que 
las riquezas se acumulan y la mente decae», no pudo defenderse, como 
los flexibles y astutos griegos de los últimos tiempos, ni cómo los sutiles 
y fatalistas orientales, unos y otros de inteligencia más ágil y más dies- 
tros para la acción que los romanos. Como los normandos en Sicilia, o 
como los colonizadores ingleses en Irlanda, que han hecho proverbial lo 
de Hibernis ipsis Hiberniores, han sucumbido a la extraña ley de los con- 
quistadores, y acaban por ser asimilados ellos mismos por el pueblo con- 
quistado. Con el proceso de la mezcla de razas, los. romanos de la quinta 
centuria después de J. C. habían adquirido la «serena imparcialidad» de 
espíritu que el profesor Huxley atribuye a las razas mongólicas, y algunos 
piensan que a ello había contribuido grandemente la fiebre palúdica, que 
comenzaba a devastar la península italiana (i), y la debilitación que, en unión 
de la fiebre, causaban el lujo y la disipación a que siempre estaban some- 
tidos. La degeneración del espíritu y del cuerpo, con la consiguiente rela- 
jación de la moral, condujeron al misticismo y al respeto por la autoridad 
de lo mágico y de lo sobrenatural; con lo que se preparaba el camino para 



(1) Véase especialmente W. H. S. Jones: Malaria and (¡reck history, Manches- 
ter, 1909. Su modo de pensar está vigorosamente combatido por J. P. Cardamatis 
(Arch. f. Schiffs-M. Troppcn-H.yg., Leipzig, 1915; XIX, páginas 273-301). 



ioS HISTORIA DE LA MEDICINA 

la beatería, el dogmatismo y la inercia mental de la Edad Media. En estas 
condiciones, los médicos fueron convirtiéndose cada vez más en mercena- 
rios, parásitos y charlatanes, vendedores de remedios secretos. Mucho 
tiempo antes de la caída de Roma, el mágico, el taumaturgo, el envenena- 
dor profesional y el cortesano que llevaba drogas por los pueblos, 

Ambubaiarum collegia, pharmacopolae, 
Mendiciy mimae, balatrones, hoc gains o»nic, 

eran figuras bien conocidas. En el imperio de Oriente la descomposición 
de la inteligencia era todavía más pronunciada, y aun en nuestros días el 
adjetivo «bizantino» se usa en el sentido de lo más lujurioso, afeminado y 
perezoso. Por el conflicto entre los modos de pensar cristiano y pagano, 
casi toda la energía intelectual se disipaba en controversias religiosas, al 
paso que la Medicina se había convertido en un negocio de emplastos y de 
cataplasmas, de talismanes y amuletos, con una mezcla de brujerías y en- 
cantamientos, algo semejante a las deducciones ingeniosas de Tom 
Saw ver y Huckleberry Finn, o como las divagaciones de la ciencia cristia- 
na. Había entonces, indudablemente, buenas personas, como ahora; pero 
ellas no ocupaban los puntos culminantes, y hay mucha verdad en el sar- 
casmo de Gibbon a propósito de los dos caracteres principales de este pe- 
ríodo: "Conocemos todos sus vicios y estamos completamente ignorantes 
de sus virtudes . El aspecto supino de la inteligencia y de la moral aparece 
perfectamente reflejado en el misticismo bizantino del Parsifal, de Wag- 
ner; y la figura de Kundry, la favorita de las hechiceras, que trae reme- 
dios del Oriente para aliviar los sufrimientos de Anfortas, puede 
servirnos como una especie de tipo o símbolo de la medicina bizantina. 
\ la cabeza de todo lo que se ha escrito por Curtis, Finlay, Zinkeisen y 
otros debe ponerse, en lo relativo a Bizancio, la siguiente sentencia de 
Allbutt: Los principales monumentos déla Ciencia estuvieron acaparados 
asta que la Europa Occidental estuvo preparada para preocu- 
de ellos i ). I a única cosa que el imperio oriental ha hecho en favor 
de la medicina europea ha sido conservar algo del lenguaje, de la cultura y 
de 1( literarios de Grecia. Respecto de este punto, Hirschberg dice 
inte que Bizancio no ha tenido período medieval, sino que 
[llámente ha estado «un tiempo señalado» en el pasado. Esto ha sido 
confirmad.) por las investigaciones de otros historiadores, que demuestran 
que el hábito de la recopilación establecido por los últimos escritores 



i Ulbutt: Science and Mediae cal Thought^ Londres, 1901, página 65, 

bien la instructiva lectura de Finlayson en Glasgow Med. Journ, % 



EL PERÍODO BIZANTINO 109 

griegos y romanos ha continuado siendo una constante ocupación en la 
Europa Oriental y Occidental hasta después del Renacimiento. A pesar 
de que el imperio bizantino se sostuvo más de mil años (395-1453 años 
después de J. C), su historia médica se encuentra simplemente reunida 
con los nombres de cuatro laboriosos recopiladores, que han sido a la vez 
los cuatro médicos más eminentes de los tres primeros siglos de aquel 
imperio. De ellos, el cortesano Oribasio (325-403 años después de J. C), 
un amigo y médico de cámara de Juliano el Apóstata, y algún tiempo 
cuestor de Constantinopla, es principalmente notable como un recopila- 
dor de ciencia más bien que como un escritor original; pero sus recopila- 
ciones son altamente apreciadas por los eruditos porque se reñeren siem- 
pre a las autoridades de la Medicina, y así nos las da a conocer por sus 
citas exactas. La Medicina es, indudablemente, deudora de Oribasio por 
su notable antología de las obras de sus predecesores, muchos de los cua- 
les (por ejemplo, los cirujanos Archigenes, Heliodorus y Antyllus) hubie- 
ran, de otro modo, podido perderse para la posteridad. Galeno es espe- 
cialmente expuesto con cariñoso cuidado, y ello ha contribuido mucho a 
colocarle en la posición central de autoridad que ha conservado durante 
la oscura edad. Como Galeno, Oribasio nos ha dado todo el conocimiento 
de su época y su región. Su gran enciclopedia de Medicina comprende, 
en realidad, más de 70 volúmenes, que tratan de todos los aspectos del 
asunto. Mucho de ello se ha perdido; pero su autor ha resumido sus cono- 
cimientos en una pequeña Sipnosis, que escribió para la enseñanza de su 
hijo. Su Euporista, o tratado popular de Medicina, tiene el raro mérito de 
combatir las supersticiones entonces dominantes y de inculcar en su lugar 
la sana doctrina terapéutica. Los estudiantes de historia de la Medicina 
pueden leer a Oribasio, con ventaja, en la espléndida edición, en seis 
volúmenes, de Daremberg, con traducción francesa (París, 1851-76). 

Aetius de Amida, que vivió en la sexta centuria después de Cristo, 
era también un médico real (de Justiniano I, 527-65) y comes obsequii 
(alto lord chambelán) de la corte de Bizancio. Es autor de una extensa re- 
copilación, generalmente designada con el nombre de Tetrabiblion, que es 
la principal autoridad en todo lo que nosotros conocemos de la obra de 
Rufo de Efeso y de Leónidas, en Cirugía, y de Sorano y Filomeno, en 
Ginecología y Obstetricia. Los primeros ocho libros han sido publicados 
en Venecia en 1 5 34; los restantes, IX-XVI, no impresos, se encuentran 
ahora en preparación por Max Wellmann. Aecio ha dado una descripción 
de la difteria epidémica no diferente de la de Areteo, mencionando, como 
consecuencia, la parálisis del velo del paladar, y su obra contiene los me- 
jores resúmenes de las enfermedades de los ojos, de los oídos, de las fosas 
nasales, de la garganta, de los dientes y de la literatura de la antigüedad. 



119 HISTokl A DE L A ME I) I C I \ A 

Tiene también interesantes capítulos de bocio y de hidrofobia. Mucho de 
lo de Aecio, como ha demostrado Wellmann, está tomado de Archige- 
nes por el intermedio de Philumenus. Sus resúmenes de elefantiasis, íleo, 
de las variedades de la cefalalgia, de la pneumonía, de la pleuresía y del 
tratamiento de estas perturbaciones son mucho más acabadas que las de 
Areteo, cuyas obras derivan también de las mismas fuentes. En cirugía ha 
completado muchos de !os pasajes perdidos de Oribasio, y describe mo- 
dos de procedimientos (tonsilotomía, uretrotomía, tratamiento de las he- 
morroides) que no se encuentran en ningún otro autor. A él se debe la 
primera descripción de la ligadura de la arteria braquial por encima del 
saco aneurismático, que más tarde se emplea por Guilleman (1594) y 
Anel 1I71O), hasta llegar al método de Hunter (1786) (Osier) [I]. Aecio 
recomendaba mucho las unturas y emplastos, y las suponía ser una obra 
cristiana, por los encantos y hechizos que pronunciaba al prepararlos. Así, 
al preparar un emplasto decía repetidas veces y en un mismo tono: «El Dios 
de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob den virtud a este medica- 
mento^ Para extraer un trozo de hueso de la garganta debe gritarse en 
alta voz: «Como Jesucristo levantó a Lázaro de la tumba, yjonás salió de 
la ballena, así Blas, el mártir y servidor de Dios, manda: Hueso, sal fuera 
o vete abajo. > 

Alejandro de Tralles (525-605) viajó mucho para estudiar, hasta ter- 
minar estableciéndose en Roma, y es el único de los recopiladores bizan- 
tinos que ha desplegado alguna originalidad especial. A pesar de ser un 
continuador de Galeno, su Práctica (impresa por primera vez en Lyon 
en 1504) [2] contiene algunas descripciones de enfermedades y algunas 
prescripciones que parecen ser propias, habiendo entre ellas algunas nota- 
bles. Sus resúmenes a propósito de la locura, de la gota, de la disentería 
y de los desórdenes coleriformes están por encima de todo lo que le ro- 
Contiene un capítulo notablemente original, acerca de los parásitos 
intestinales y de los vermífugos, y se dice que él ha sido el que primera- 
mente ha mencionado el ruibarbo y ha recomendado el cólchico (heri)io- 
/;, en la gota. Lo mismo que Galeno, él ha recomendado una dieta 

a abundante, el cambio de aires y los viajes por el mar en la tisis; 
pero sus otras prescripciones se ven frecuentemente desfiguradas por la 
mezcla, tan frecuente entre los bizantinos, de encantos y de ensalmos 
mágii 



i Oslen Lancet ^ .Londres, 1915; I, página 95». Osier dice que la descripción 
origii [o era erróneamente atribuida por Sprengel a Philagrius. 

Lodernos pueden consultar la admirable edición de Alexan- 
anua, por Theodor Puschmano (2 v.). Viena, 1878-79, con traducción ale- 
1 introduce loa biogí áfíca. 



EL PERÍODO BIZANTINO m 

Pablo de Egina (625-690), el último de los eclécticos griegos y de los 
recopiladores, es el autor de un Epítome de Medicina en siete libros, im- 
preso por vez primera en la imprenta de Aldino, en Venecia, en 1 528 
y 15535 modernamente, con traducción francesa, por Rene Briau (París, 
185 5), y con traducción inglesa, por Francis Adams, de la Sydenham 
Society (London, 1834-47) I 1 ]- A pesar de tratarse de un práctico de 
gran reputación, nosotros podemos apreciar cuánto había descendido el 
valor de la Medicina en la séptima centuria al leer sus exposiciones apolo- 
géticas y apreciar su falta de originalidad. Admite francamente que los 
antiguos han sabido todo lo que podía saberse de la materia y que él es 
únicamente un humilde escritor. Pablo de Egina era, no obstante, un hábil 
cirujano, y el sexto libro de su Epítome, el modelo seguido hasta los 
tiempos de Albucasis, revela verdaderamente que él ha puesto algo de su 
propia información. Nos da descripciones originales de la litotomía, trepa- 
nación, tonsilotomía, paracentesis y amputación de la mama; pero se opo- 
ne decididamente a la apertura del tórax en el empiema. Al describir la 
herniotomía recomienda quitar el testículo, una mutilación que ha sido 
perpetuada por los árabes y que ha continuado en boga por los errabun- 
dos cirujanos de la Edad Media hasta el siglo xvi. Pablo de Egina nos da 
asimismo el resumen más completo de la cirugía ocular y de la cirugía 
militar de la antigüedad. Menciona la abundancia de médicos navales en 
su tiempo. Omite toda referencia a la versión podálica, y como su auto- 
ridad ha sido sostenida por los árabes, este procedimiento ha desapare- 
cido de la literatura hasta los tiempos de Roslin y Paré. 

Entre los escritores menores del período bizantino podemos mencio- 
nar aún a Publius Vegetius Renatus, un tratante en caballos y veterinario 
del siglo v después de J. C, cuya Ars Veterinaria, publicada en Basilea 
en 1528, contiene la primera relación auténtica del muermo, y a Theo- 
philus Protospatharius, médico y capitán de guardias del emperador He- 
raclio (603-641) y contemporáneo de Pablo de Egina. Ha dado una des- 
cripción original del músculo palmar corto y del nervio olfatorio, y ha 
escrito un tratado de la orina (2), que ha sostenido por espacio de siglos 
la doctrina galénica, de que aquélla es un filtrado de la sangre, que se 
produce en la vena cava y vena porta. Esta misma doctrina ha sido de- 
fendida, sin modificación alguna, por Johannes Actuarius, el último de los 
escritores bizantinos, cuyo acabado tratado de la orina da la impresión de 
lo dogmático con el absurdo de «calculadores de agua» de los últimos 



(1) Una valiosa traducción alemana, con comentarios, por J. Berendes, ha sido 
publicada en Janus, Amst, 1908-13, passim, y en Leyden (E. J. Brill, 1914). 

(2) Editado por W. A. Greenhill (Oxford, 1842). 



iij HISTORIA DE LA MEDJCINA 

tiempos. Debe recordársele por haber sido uno de los primeros en usar un 
vaso graduado para el examen de la orina, aunque las señales de éste no 
tenían un ñn cuantitativo, sino cualitativo, indicando la posible posición de 
la espuma y de los diferentes precipitados y sedimentos. 

Durante el período bizantino se ha hecho una interesante contribución 
a la clínica médica por los padres de la Iglesia cristiana; a saber: la pri- 
mera descripción de las primeras epidemias de viruela. Eusebio ha des- 
crito una epidemia de Siria en el año 302 después de J. C; otra ha sido 
descrita por Gregorio de Tours en el 5 8 1, y la palabra «viruela» ha sido 
empleada por vez primera por Marius, obispo de Avenches, en el 570. Se 
ha dicho que la enfermedad ha sido también descrita en los escritos del 
monasterio irlandés en 675 como Bolgagh y Galar Breac. La Crónica 
de St. Denis (580) menciona la difteria con el nombre de esquinando,. Ba- 
ronius ha descrito las epidemias romanas de 856 y 1004, y Cedrenus ha 
referido la epidemia bizantina de 1039 como cynanche (Hirsch). 

En 1495 una valiosa colección ilustrada de manuscritos quirúrgicos, debidos al 
médico bizantino Niketas, 900 años después de J. C, ha sido comprada en Creta a 
[anos Laskaris por Lorenzo de Médicis, y subsiguientemente adquirida por el car- 
denal Nicolás Rudolfi, constituyendo en Ja actualidad uno de los tesoros de la Bi- 
blioteca Laurenciana, de Florencia (Códex, LXXIV, 7). Contiene 30 láminas gran- 
de-, ilustrando los comentarios de Apollonius de Kitium al tratado hipocrático de 
las dislocaciones (itepi spOpouv), y 63 hojas más pequeñas, extraídas de las páginas 
del tratado de vendajes de Sorano. Las pinturas de Apolonio, que se encuentran 
también en el Códex 3.632 de la Biblioteca Universitaria de Bolonia, están pintadas 
y dibujadas al pincel en un tono pardo oscuro, y representan las diferentes mani- 
pulaciones y aparatos empleados en reducir las luxaciones; en cada caso aparece 
encima de la figura dibujado un arco de estilo bizantino. Respecto de su origen, pien- 
idhoff que procede de Alejandría o de Chipre, donde Apolonio ha escrito sus 
comentarios durante los años 81-58 antes de J. C. Ellos han sido, indudablemente, 
transmitidos de un modo directo desde la antigüedad (1), y por esta razón repre- 
sentan la genuína tradición de Hipócrates sobre la cirugía práctica, como se ha 
transmitido, por conducto de los últimos griegos, hasta Bizancio. Las dos series de 
pinturas han sido reproducidas, con libertad de estilo, por los artistas del Re- 
lia* •¡miento Jan Santormos y Francesco Primaticcio, y estas reproducciones han 
sido utilizadas por Guido Giudi para ilustrar sus colecciones quirúrgicas (Pa- 
n's, i -.44' [2]. 

El tratado de Apolonio ha sido reimpreso posteriormente con las ilustraciones 
por Hermann S< aune | [896). [3]. Los 200 dibujos usados por Guido Giudi han sido 
reproducidos por H. < tmont (4 . 



Sudhoff: Beitr&ge tur Geschichte der Chirurgie in Mittelalter, Leipzig, 19 14, 
páginas 4-7. 

Las pint • encuentran en las siguientes obras de Guido Giudi: Cnirur- 

o in latinum conversa (París, 1544»; en el vol. Ill de su Ars Medicinalis 
\ '<■!)»■< i.i. mu 1 , en su Opera Omnia (Francfort, 1068), yen la colección de Conrado 
■ i De chirurgia veriptores optimi s Zurich, [555, páginas 321-358 (Sudhoff). 
Apollonius von Kitium: Tllustrierter Kommentar mr der Hippocratischen 
. - pt ipOpuv, hrsg. v. II. Schtfne, Leipzig, (896. 
Bibliothéque national» . Département des manuscríts. Collection de chirur- 
I tino 6.81 Ed, 1 1 « )mont. París - 1 



PERÍODOS MAHOMETANO Y JUDÍO 

(732-1096 años después de J. C.) 



Con las espadas de Mahoma y sus emires las impetuosas tribus rebel- 
des de los desiertos asiáticos y africanos se fueron convirtiendo en nacio- 
nes capaces de actuar como unidades militar y social; pero no comenzó 
hasta largo tiempo después de su muerte, después de haberse dividido el 
poderoso imperio que había fundado en califatos, el desenvolvimiento de 
las ciencias y de las artes. Durante el período de conquista y de conver- 
sión el celo fanático y fatalista de los musulmanes tendía naturalmente a 
la persecución y a la destrucción de todas las manifestaciones de la inte- 
ligencia. Al paso que el principal servicio prestado por el Islam a la Me- 
dicina ha sido la conservación de la cultura griega, los sarracenos, por sí 
mismos, son los creadores, no sólo del álgebra, de la química y de la geo- 
logía, sino también de los que se podrían llamar mejoras y refinamientos 
de la civilización, tales como el alumbrado de las calles, cristales para las 
ventanas, fuegos artificiales, instrumentos de cuerda, frutos cultivados, 
perfumes, especias y lo de «la frecuentemente mudable y frecuentemente 
lavable ropa interior de hilo y de algodón, que continúa designándose to- 
davía entre las señoras ccn su antiguo nombre árabe» (i). En la esfera in- 
telectual, el monoteísmo y las tendencias dialécticas de Galeno y de Aris- 
tóteles sedujeron grandemente a los mahometanos. Especialmente, la poli- 
farmacia de Galeno encantaba a aquéllos, que eran químicos por natura- 
leza, y su «polipragmatismo» al azar pudo amoldarse a sus férreos dog- 
mas. La idea oriental de que es pecaminoso tocar el cuerpo humano con 
las manos estorbó el avance de la anatomía y de la cirugía. El carácter 



(1) Draper: History of the Intellectual Development of Europe, New- York, 1876; 
II, páginas 33-34. La AÍhambra, como el palacio cretense de Knossos, contiene de- 
mostraciones de los adelantos sanitarios, conocidos más tarde en Europa, como, 
por ejemplo, W. C. 



Historia DE la Medicina. — Tomo i 



ii4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

general del fatalismo religioso oriental era favorable a la meditación con- 
templativa y a la resignada sumisión a la autoridad, y la misma agilidad 
de la inteligencia que los musulmanes poseían se gastaba en pequeñas y 
artificiales sutilezas. Así, las tendencias intelectuales de la Edad Media es- 
taban determinadas por ellos principalmente, y podemos, conforme a los 
juicios de hombres tan diferentes como sir Henry Layard, sir Henry Mai- 
ne y el oftalmólogo Hirschberg, pensar que la gran masa de los habitan- 
tes del Oriente ha detestado toda reforma y toda investigación científica 
hasta nuestros días. Nosotros designamos a los autores médicos del perío- 
do mahometano con el nombre de «árabes», con arreglo a la lengua en 
que se han expresado; pero, en realidad, la mayoría de ellos son persas o 
españoles, y muchos judíos. 

Los médicos mahometanos son deudores de sus conocimientos médi- 
cos, en primer término, a una secta cristiana perseguida. Nestorius, un 
sacerdote que había sido nombrado en 428 patriarca de Constantinopla, 
enseñaba la doctrina herética de que María no debía ser nombrada «Ma- 
dre de Dios», sino «Aladre de Cristo». En su consecuencia, él y sus dis- 
cípulos fueron desterrados al desierto, y, como los judíos posteriormente, 
se consagraron al estudio de la Medicina a causa de su ostracismo religio- 
so y social. 

Los heréticos nestorianos dieron la comprobación práctica a la escuela 
de Edessa, en Mesopotamia, con sus dos grandes hospitales, que convir- 
tieron en una notable institución para la práctica médica; pero fueron des- 
terrados por el obispo ortodoxo Ciro en 489. Refugiados en Persia, don- 
de sus doctrinas teológicas eran bien acogidas, fundaron la famosa escue- 
la de Gondisapor, que se convirtió en el verdadero punto de partida de la 
medicina mahometana. 

El califato oriental (o de Bagdad) [750-1258] se encontraba sometido 

al gobierno de los Abbasidas, que eran partidarios del estudio y de la 

■.< ia, y entre los que incluso figuraron algunos gobernantes de espíritu 

liberal, como los califas Al-Mansur (754-775), Harun-al-Rashid (786-802) 

Ll-Meiamum (813-833/ Estos monarcas estimularon la reunión y copia 

délos manuscritos griegos, y las primeras centurias del período mahome- 

tanano se han ocupado en la traducción al árabe de las obras de Hipócra- 

1 raleno, I Hoscórides y de otros escritores clásicos de i rrecia. I .os prin- 

< ¡pales traductores de las centurias octava y novena han sido Johannes 

Messué, el Viejo (777-837), llamado Janus Damascenus, un cristiano que 

llegó ,1 ser director del Hospital de Bagdad, y el maestro nestoriano Ho- 

uain bei 1 Vohannitius) [809 87 \ . al que Withington denomina «el 

del renacimiento árabe . Johannitius tenía un car£< ter aventurero; 

I tradu( tor de I lipócrates, de ( raleno, de < Iribasio y de Pablo de Egi- 



PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO 



115 



na, siendo en su época el director del espíritu médico de Bagdad. Escri- 
bió unos comentarios al Microtechne, de Galeno (Isagoge in Aj'tem par- 
vam), y el tratado árabe más antiguo de enfermedades de los ojos (Hirsch- 
berg) [i]. Las diez secciones han sido traducidas por M. Meyerhof y 
C. Prüfer, del Cairo, con una interpretación de la doctrina de la visión de 
Honairi y una interesante lámina representando el «ojo esquemático» (ma- 



5 ^¡Jr&íi^s*^^^ 

3 j._l — — ■ ^.^^Miiifc- ; - ^ _ ---J VI 




in^^-T^ ,^T ?<? c ?\r?rf ^-^ irr-^ m^r^r^ 



Ksquema del cerebro, del quiasma de los nervios ópticos y de la sección de los globos oculares, demos- 
trando el cristalino, vitreo, retina, conjuntura, córnea y tánicas del manusciito 924 en la Nueva Mezquita 
de Constantinopla (Pausier, Hirschberg, Sudhóff). 

nuscrito Cairene) y el «espíritu visual» de Galeno (Sehgeist), que se supo- 
nía proceder del cerebro, vía nerviosa para envolver el objeto visto, pre- 
cediendo a éste hasta el humor cristalino para completar el acto de la 
visión. 



(1) Archiv für Gesch. d. Med., Leipzig, 1910-n; IV páginas 163-190, 1 lám., 
1912-13, VI, páginas 21-33. No debe confundirse esta obra con el Monitorium ocu- 
lariorum, de Haly ben Isa (Jesu Hali), un escritor del siglo xi, cuya obra fué el clá- 
sico libro de texto de Oftalmología en los últimos tiempos del Islam y la autoridad 
en la materia. La traducción medieval al latín carece de valor y resulta ininteligi- 
ble. La mejor traducción de las modernas es la de Hirschberg y Lippert (Leip- 
zig, 1907). 



u6 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



Los más grandes médicos del califato oriental han sido los tres per- 
sas: Razhes, Haly Abbas y Avicena. 

Razhes (860-932), un gran clínico, que puede, con Hipócrates, Areteo 
y Sydenham, colocarse entre los que han sabido describir de un modo 
original las enfermedades. Su descripción de la viruela y del sarampión es 
la primera que encontramos en la literatura; una obra clásica que se ha 




















t ,.■-...••.■ . 



Esquema árabe del oído, de los ojos y de) «espíritu visual», que procede del cerebro y va a cin ulver al 
. «Ir la ritiÓD y llevarlo hacia ol cristalino. (De un manuscrito persa del Btglo xvn.) Meyerhof y 
I'rüler. (Sudhoffa Archiv., 1912; VI, pág. 26.) 



conservado en el lenguaje árabe original, con traducción latina, en la edi- 
ción de Channing (Londres, \J()6). Aunque la viruela había sido descrita, 
de 1111 modo vago, como más antigua del siglo vi por algún religioso, y 
por el cronista del siglo vn Aarón (citado en el Continente, de Razhes), la 

ion de Razhes es tan viva y tan completa, que casi parece una obra 

de los tiempos modernos. Su gran enciclopedia de Medicina, El Havi, o 

Conünens % que rlaller prefería a todos los restantes tratados árabes, se 

erva por la traducción árabe de Feragut (Brescia, i486). Escrita sobre 

i" una masa enorme de extractos de diferentes orígenes, unidos 



PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO 117 

a historias clínicas originales y a experimentos terapéuticos, revela a Ra- 
zhes como un galénico en teoría, a pesar de ser un continuador de Hipó- 
crates en la sencillez de la práctica. El noveno libro de Razhes, que ha 
sido traducido por Vesalio y comentado por Gatinaria, ha sido la fuente 
de los conocimientos terapéuticos hasta largo tiempo después del Rena- 
cimiento. 

Haly ben Abbas, un mago persa que murió en 994, es' el autor del 
Almaleki (Liber regius, o Libro rea/), una obra que ha sido el canon de 
la Medicina durante una centena de años, hasta que ha sido superpuesto 
por el Canon, de Avicena. Nunca se ha impreso en el lenguaje árabe ori- 
ginal, pero sí en la traducción latina de Constantino Africano en 1080, que 
la ha publicado como obra propia y no traducida (i). Su traducción con- 
tiene una descripción de la viruela y del «fuego persa» (ántrax maligno), 
así como también el nombre latino de la viruela (variola) [2]. 

Ibn Sina, o Avicena (980-1036), llamad} «el príncipe de los médicos», 
un sociable espíritu omariano notable, afortunado en la práctica como mé- 
dico de corte, y visir de diferentes califas, fué uno de los que llegaron a 
la celebridad en sus primeros años, retirándose pronto y muriendo pre- 
maturamente por efecto de sus heridas. .Era médico-jefe del célebre Hos- 
pital de Bagdad, y se afirma que ha escrito más de cien obras sobre dife- 
rentes asuntos, de las cuales muy pocas se conservan. Su maravillosa des- 
cripción del origen de las montañas (citada por Draper y Withington) le 
ha dado justamente el nombre de «Padre de la Geología», y es interesan- 
te el hecho de haber sido dos médicos los únicos que, con larga diferen- 
cia de espacio y de tiempo (Avicena y Fracastor), han escrito algo de va- 
lor a propósito de esta ciencia durante muchos siglos. También se dice que 
Avicena ha sido el primero que ha expuesto la preparación y las propie- 
dades del ácido sulfúrico y del alcohol. Su Canon, que Haller calificaba de 
«metódica vanidad», es una enorme y pesada recopilación científica, en la 
que el autor intenta codificar todos los conocimientos médicos de su épo- 
ca y clasificar sus hechos con el sistema de Galeno y de Aristóteles. Escri- 
ta en un estilo claro y atractivo, esta gigantesca obra llegó a ser en la 
Edad Media la autorizada fuente del sabsr médico; por el' modo de razo- 
nar elaborado por Avicena, un milagro silogístico en su género, atrajo de 



(1) Las dos principales ediciones latinas son: la de Venecia, de i49 2 . y I a de 
Lyon, de 1523. 

(2) La palabra variola ha sido primeramente empleada en la Crónica del obis- 
po Mario de Avenches del modo siguiente: Anno si o: Hoc anno morbus validas cum 
profluvio ventris et variola Italiam Galliamque valde afflixit, et animalia bubula per 
loca suprascripta máxime interierunt. Gregorio de Tours: Historia francorum) en 
M. Bouquet: i<ecueil des Ziistoriens des Gantes, París, 1739; II, pág. 18. (Citado por 
Paul Richter, Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12, V, pág. 325. 



1 18 HISTORIA DE L A MEDICINA 

un modo intenso la inteligencia de la Edad Media, señalándola el camino 
que había de seguir en todas direcciones (i). El español Amoldo de Vi- 
llanova define a Avicena como un escritorzuelo profesional que ha dejado 
estupefactos a los médicos europeos con su mala interpretación de Gale- 
no (Neuburger). En honor de Avicena, hay que decir que sus historias 
clínicas, que él quería poner como un apéndice del Canon, se han perdido 
irremisiblemente, y que sólo sobreviven las últimas, publicadas en Roma, 
en 1 593, y en Bulak, en 1877. El que Avicena ha debido ser un hábil 
práctico se deriva, naturalmente, de su oran reputación. Por ejemplo, las 
notables láminas de la edición de Giunta, de 1595, demuestran que él ha- 
bía conocido y practicado el método hipocrático de tratar las enfermeda- 
des de la columna vertebral por la reducción forzada, que ha vuelto a ser 
empleada por Calot en 1 896. Su recomendación de ser el vino el mejor 
medio de curar las heridas era popular en la Edad Media. Avicena ha co 
mentado la filaría de Medina (Vena mediuensis) [2]; ha descrito el ántrax 
con el nombre de «fuego persa» (Kanon, Bulac edic, 1294 [1877 ]^ Hl> Pa- 
gina 1x8); ha dado un buen resumen de la diabetes, y se afirma que ha 
señalado el sabor dulce de la orina diabética (3). Sin embargo de todo lo 
dicho, puede afirmarse que la influencia ejercida por el Canon, de Avice- 
na, en la medicina medieval ha sido, en conjunto, mala, porque ha con- 
firmado a los médicos en la perniciosa idea de que el razonamiento es 
preferible a la investigación directa de las cosas. Ha sido también perju- 
dicial para el progreso de la cirugía al inculcar la doctrina de que este arte 
es una rama inferior y separada de la Medicina y al reemplazar el uso del 
cuchillo por el del cauterio. Tres tratados de anatomía, de Rhazes, Haly- 
Abbas y Avicena, han sido editados por P. de Koning (1903) \\\. 

I >seibia ( 1203-69), de Damasco, es el primer historiador de la medici- 
na árabe; ha escrito una serie de biografías de los médicos antiguos, que 
ha sido la fuente principal de las historias deWüstenfeld y deL. Leclerc ($). 



(i) Las principales ediciones latinas del Canon son: la de Milán, impresa 

en 147.V. las de Padua, en 1 47<> y 1497; las de Venecia, en 14 s -'. i486, 1490. [49I1 

Giunta, de 1527, 1544, 1555, 1582, 1595 y 1608. Los comentarios 

in foto se habían impreso en cinco voluminosos tomos por Giunta, en Venecia, 

en . 

\ cena: < 'anon, sect. Ill, trat II, cap. XXI. 
j Dinquizzi: Bull. \cad. de \f¿d., París, 1913; I XX, pág. 631. Erich Ebstein 
/.. Leipzig, 1915) demuestra que el Viaticum peregrinantes, de [bn-el 
[schezzai ntiene una notable descripción de la diabetes (De pass tone dia- 

betica . en la que bc señalan la sed, la poliuria, el apetito canino, etc.; pero todavía 
abor dulce de la orina. 
1 [Yes tratados de anatomía árabe, Leyden, 1903. 

t Ha ti •;idn< < i «'.n latina p«.r | | Reiske, en Copenhague; y la obra se encuen- 
rciálmente traducida al francés por B.R. Sanguínette four nal asia- 
Parf 



PERÍODOS MAHOMETANO Y JUDÍO 119 

Otra de las principales figuras del Califato Oriental es el médico hebreo 
Isaac ben Salomón, llamado Isaac Judaeus (850-950), que ha escrito un 
tratado de dietética (De Diceta, Padua, 1487) que fué popular en Europa; 
y el viajero árabe Abdollatif (1161-1231), que visitó el Egipto a instancias 
de Saladino, teniendo ocasión de estudiar durante este viaje el esqueleto 
humano, convenciéndose de que la osteología de Galeno es errónea en 
muchos puntos importantes. 

El Califato Occidental, o Califato de Córdoba (7 5 5- 1 236), alcanzó su 
máxima prosperidad bajo la dinastía española o delosOmniadas (755-1036), 
y sus principales autores médicos son el cirujano Albucasis, el filósofo 
Averroes y los médicos judíos Avenzoar y Aloses Maimónides. 

Albukasim, llamado Albucasis, natural de Córdoba, floreció en el 
siglo xi y es el autor de un gran tratado médico-quirúrgico, llamado el 
Altasrif (o Colección), cuya parte quirúrgica persiste en el texto árabe de 
de Channing y en su traducción (Osford, Clarendon Pres, 1778). Contie- 
ne láminas de instrumentos quirúrgicos y del arte dentario (reproducidas 
en la Antología Veneciana de cirugía, de 1 500), y ha sido el libro de texto 
de cirugía en la Edad Media hasta después de la época de Saliceto. Cons- 
ta de tres libros, y está fundado en las obras de Pablo de Egina. El pri- 
mer libro nos ilustra acerca del cauterio, el rasgo característico de la ciru- 
gía árabe, y nos da descripciones y láminas de los instrumentos más em- 
pleados; el libro segundo contiene descripciones de la litotomía, litotricia, 
amputaciones en el caso de gangrena y tratamientos de las heridas; el ter- 
cer libro se ocupa de las fracturas y dislocaciones, incluso la fractura de 
la pelvis, y menciona la parálisis en el caso de fractura de la columna ver- 
tebral. Albucasis, aparentemente, ha sido el primero en describir el trata- 
miento de las deformidades de la boca y de la arcada dentaria, y en men- 
cionar la posición obstétrica que lleva el nombre de Walcher position (i). 
En los tiempos de Gurlt, las láminas de los instrumentos quirúrgicos (in- 
cluso los dentarios) en el Albucasis se consideraban como las más antiguas 
que se conocían; pero hoy se han descubierto otras más antiguas en los 
documentos medievales por Sudhoff y otros. El horror orienta la tocar el 
cuerpo con las manos o con los instrumentos es una razón suficiente para 
explicarnos el que estas láminas de los antiguos no se hayan reproducido 
más que excepcionalmente por los mahometanos persas. 

El más grande de los médicos judíos del Califato Occidental ha sido 
el cordobés Avenzoar, que murió en 1 162. Ha sido uno de los pocos que 



(1) «Turn decumbat mullier in collum suum, pendeantque deorsum pedes, 
ejus, illa vero in lectum decumbat, etc.», citado por Herbert Spencer in Lancet, 
Londres, 1912, I, pág. 1568. Mercurio, en La Contare (1596), describe también la 
posición aludida. 



!2o HISTORIA DE LA MEDICINA 

han tenido el suficiente valor para declararse en contra de Galeno, y su 
descripción del arador de la sarna (Acarus scabiei) hace que se le pueda 
considerar como el primer parasitólogo, después de Alejandro de Trayes. 
Ha descrito, además, la pericarditis serosa, el absceso del mediastino, la 
parálisis faríngea y la inflamación del oído medio, y él ha recomendado 
el uso de la leche de cabras en la tisis, y la traqueotomía. Su Teisir, o 
«Rectificación de la salud >, se conserva en la traducción latina publicada 
en Venecia en 1 490. 

Su discípulo Averroes (1 1 26-1 198), también nacido en Córdoba, es 
todavía más notable como filósofo y como librepensador que como mé- 
dico. Su Kitab-al-Kollijat, traducido con el nombre de Colliget (Libro de 
lo Universal), tiende a fundar un sistema de medicina sobre la base de la 
filosofía de Aristóteles, y adelanta la doctrina panteísta de que el alma o la 
naturaleza del hombre se absorbe al morir por la naturaleza universal. Su 
negación de la inmortalidad' personal ha sido causa de que se le persiga 
durante su vida, y de que él y sus discípulos hayan sido anatematizados 
durante toda la Edad Media. Su obra tiene únicamente interés como una 
reliquia de los modos de pensar los árabes. 

El Rabbi Mosen ben Maimón, llamado Mosks Maimónides (i i 35-1204), 
ha sido médico de corte de Saladino, habiendo escrito para el uso perso- 
nal del sultán su tratado de higiene privada (Tractatus de Regimine Sa- 
nitatis). Contiene algunos preceptos admirables de dieta y de régimen, in- 
cluso una fórmula de pildoras de ruibarbo y tamarindo, y su primera edi- 
ción, impresa en Florencia en 1478, se considera como el más raro de los 
libros. Su tratado de los venenos era muy citado por los escritores me- 
dievales, y ha sido traducido al francés (1865) y al alemán (1873). 

Hombres tan peritos en la Química como los árabes no podían dejar 
de ser al propio tiempo buenos farmacólogos, y desde el punto de vista 
de la preparación de drogas, ellos fueron una autoridad reconocida duran- 
te toda la Edad Media. Hasta en estos días, lo que Osier llama «la pesa- 
da mano de la Arabia» se aprecia en el enorme volumen de nuestras pro- 
pias farmacopeas. El principal depósito de la materia médica árabe es el 
J ami, de [bn Baitar, una enorme compilación del siglo xm,en la que se des- 
( nbcri unas 1 .400 drogas, de las que unas 300 pueden considerarse como 
nuevas. El Grabadin, o manual de farmacia (Antidotarium), del epónimo 
udónimo Mbsue el Joven, ahora designado con el nombre de «seudo 
Mesue . ea una misteriosa recopilación latina del siglo x u xi, cuyo origi- 
nal árabe no ha logrado descubrirse nunca, y que constituía el compen- 
dio de drogas más popular en la Europa medieval, empleándose siempre 
como guía en la preparación de aquéllas. El tratado de los purgantes los 
ii .1 en tres grupos: laxantes (tamarindo, higos, camelas, casia), suaves 



PERÍODOS MAHOMET AN* O Y JUDÍO 121 

(ajenjo, sen, áloes, ruibarbo) y drásticos, (jalapa, escamonea, coloquínti- 
da). La fama de que gozaban estos tratados se demuestra por el hecho de 
haber sido la traducción latina de ambos uno de los primeros libros médi- 
cos que se imprimieron (Venecia, 147 I). Una obra importante en el len- 
guaje persa era la materia médica de Abu Mansur, en la que se describen 
585 drogas, de las que 466 eran vegetales, 75 minerales y 44 animales (i). 
Un escrito persa de] siglo xi, por Ismail de Jurjani, contiene la guía, pro- 
bablemente más completa de este período, para el análisis de las orinas. 
También hay datos muy importantes respecto de climatología y de geo- 
grafía médica en los escritos árabes (2). 

Aspectos culturales de la medicina mahometana. — En la traducción 
de sir Richar Burton de Las mil y una noches (3) hay un cuento de un 
pródigo heredero que ha malogrado toda su hacienda, excepto una her- 
mosa esclava, muchacha de extraordinario talento, que para reconquistar 
la fortuna de su amo le insta a que la lleve delante del califa Harum-al- 
Rashid para venderla por una suma bastante grande, para compensar sus 
pérdidas. Al verla, el califa decide ensayar la extensión de sus conocimien- 
tos y la somete especialmente a un largo interrogatorio, que incidental- 
mente nos proporciona una buena documentación acerca del aspecto so- 
cial de la medicina árabe. Como quiera que la hermosa esclava hace gala 
de sus extensos conocimientos de Teología mahometana, Leyes, Filosofía, 
Medicina, Astronomía, Astrología, Música, juego de ajedrez y otras artes 
y ciencias, podemos deducir que todos estos conocimientos constituían 
una parte esencial de la educación de los médicos árabes, y, al propio 
tiempo, que existía un cierto conocimiento del sistema- médico de Galeno, 
que constituía un rasgo del contenido cultural de algunos mahometanos 
bien educados de aquella época. Los árabes dedujeron sus conocimientos 
de la medicina griega por el intermedio de los frailes nestorianos; muchos 
detalles prácticos los aprendieron de los judíos, y sus doctrinas astrológi- 
cas, del Egipto y del Oriente. Así, por ejemplo, la esclava sigue el Tal- 
mud en lo que hace referencia al número de los huesos (249); da un infor-" 
me exacto de los cuatro humores, y extensos detalles a propósito de los 
efectos de la conjunción de los diferentes planetas. El diagnóstico de las 
enfermedades internas se funda en seis cánones: i) Las acciones del en- 



(1) Epitomizado en latín por R. Selfgmann, Viena, 1830- 1833, y traducido al 
alemán bajo la dirección de Rudolf Robert (líistor. Stud. a. d. pJiarm. lust. Univ. 
Dor pat., 3 Heft, Halle, 1893). 

(2) Véase E. Wiedemann: Arch.f. Gcscli. d. Naturw., Leipzig, 1914-15; V, pági- 
nas 56-68. 

(3) Edición Denver, 1899, vol. V, páginas 189-245 (Abu-al-Husn y su esclava 
Tawadud). La parte médica se encuentra en las páginas 218-226. 



i22 HISTORIA DE LA MEDICINA 

fermo. 2) Sus excreta. 3) La naturaleza de los dolores. 4) El sitio de los 
mismos. 5) Tumefacción. 6) Los efluvios del cuerpo. Yuna nueva información 
se puede deducir por «la palpación de las manos», que pueden estar fir- 
mes o lacias, calientes o frías, .húmedas o secas, o por algunos otros indi- 
cios, como, por ejemplo, la «amarillez de lo blanco de los ojos» (ictericia), 
o por «lo encorvado de la espalda» (enfermedad pulmonar). Síntomas de 
bilis amarilla son una complexión cetrina, sequedad de la garganta, un sa- 
bor amargo, pérdida del apetito y pulso rápido; los de la bilis negra,, «fal- 
so apetito, gran inquietud mental y agitación motora», terminando por 
melancolía (^l).Las drogas medicinales son cogidas preferentemente «cuan- 
do la savia sube por los troncos, y las uvas.se hacen más espesas en los 
racimos, y los dos planetas propicios, Júpiter y Venus, están ascendien- 
do». Las ventosas resultan más eficaces en la fase menguante de la Luna, 
con la bajamar, preferentemente en el día 1 7 del mar y en martes. De este 
modo, o algo semejante, era el carácter de la práctica médica mahometana 
hacia el final de la catorceava centuria, es decir, hacia la época en que se 
supone que han sido compuestas Las mil y una noches, y nosotros tene- 
mos derecho a suponer que es ésta una bella representación del mejor pe- 
ríodo de la medicina musulmana, que ha sido conservada hasta nuestros 
días por la tradición. Según el modo de pensar de Hirschberg, los pue- 
blos del Islam no alcanzaron la modernidad, pero contaron con todas las 
autoridades científicas que dominaron durante la Edad Media (2). En el 
pasado, el médico árabe, cuya importancia profesional era medida por la 
altura de su turbante y la riqueza y longitud de sus mangas, era, por re- 
gla general, un astrólogo y un mago, que consideraba al corazón como 
el príncipe del cuerpo»; a los pulmones, como el abanico del corazón; al 
hígado, como la guardia del corazón y el asiento del alma; el hueco del 
mago, como la residencia del placer, y la vesícula de la hiél, como el 
centro del valor. De los textos médicos árabes deducimos que sus auto- 
res conservaban y defendían la doctrina del pulso de Galeno, afectando 
llegar a lograr datos inaccesibles, tales como averiguar el sexo del niño 
durante el embarazo por el examen de la orina ('uroscopia); de encantos 
•ilos en las copas con la - tinta purgante», para embaucar a sus enler- 

mos; concurriendo realmente todas sus acciones a las supercherías y sor- 



1 Maurice Girardeau, en su Disertatwn, de París (número 107, 1910), hac 
notar que la diátesis colémica era, tal vez, el rasgo más notable de la patología 

I. Hirschberg: Geschichte >I<-r Augenheilkunde, 2 Aull., Leipzig, 1008; II, paga 

l 1 da varios ejemplos, verbigracia: Druso, en Siria, que en [860 tratan 

- rmedades <1< los ojos por el 1 anón <1<- Haly-ben-Isaac, <1<- diez centurias di 

antigüed d. Un libro <1< ( aireña, de magia ocular, de 185$, contiene un grabad! 

I. < '. 



PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO 123 

presas, encaminadas a mantener su autoridad. Como algunos de nuestros 
modernos timadores, que celebran sesiones espiritualistas, los médicos 
árabes alquilaban asociados, que averiguaban la condición de los enfermos 
y que les decían a los mismos datos exagerados o inventados respecto de 
la fama de los mismos médicos (i). Separados de la disección a causa de 
sus convicciones religiosas, dejaban la cirugía operatoria y la sangría a los 
errantes especialistas, y el cuidado de las enfermedades de las mujeres y 
de los casos de obstetricia, a las comadronas, y disputaban entre sí, pidien- 
do sus honorarios por adelantado y procurando recoger, por lo menos, la 
mitad en el caso en que la enfermedad tome una marcha desfavorable o no 
sobrevenga la mejoría. Algunos de estos honorarios que recibían eran ex- 
traordinarios. Gabriel Batischua, un favorito de Harum-al-Rashid, recibía 
unos I.500 dólares al año «por sangrar y purgar al comendador de los fie- 
les», además de un salario mensual de unos 2. 500 dólares y 6. 250 como 
donativo de año nuevo. Calculaba su fortuna total, ganada en Medicina, 
en IO millones de duros, y habiendo sido llamado del destierro para asis- 
tir a Al-Meiamum, recibió 125. 000 duros; lo que es considerado por Wi- 
thington como los honorarios médicos más elevados que se conocen. Abu 
Nasr, habiendo adquirido análoga reputación, recibió más de 60.OOO por 
curar a uno de los califas de litiasis vesical. La mayoría de los médicos no- 
tables de este período preferían alcanzar el favor de los poderosos reinan- 
tes o suplantar a sus colegas rivales en la buena gracia de aquéllos. Los 
mismos califas, después de que la pasión mahometana por la conquista 
hubiese quedado satisfecha, se convirtieron en leales sostenes de la ciencia 
y en instrumentos de la misma con la fundación de hospitales, bibliotecas 
y escuelas, Hasta las mismas colecciones particulares de libros llegaron a 
ser, en ocasiones, de extraordinaria importancia, y toda la cultura de Egip- 
to, de Grecia, de la India y de los judíos fué, en lo que no resultaba opues- 
to al credo del Islam, rápidamente asimilado. El califa El-Welid ha funda- 
do, antes de 707 años después de J. C, un hospital en Damasco. Otro ha 
sido establecido en El Cairo el año 874, dos en Bagdad en 918, otro en 
Misr (Egipto) en 957, otros dos en la misma ciudad el 925 y el 977. En el 
transcurso del tiempo fueron fundándose dispensarios y. enfermerías en 
todas las ciudades importantes, y en 1160 un viajero judío ha encontrado 
más de 60 instituciones de este género sólo en la ciudad de Bagdad. Los 
más grandes y mejor dotados de los hospitales mahometanos han sido el 
fundado en Damasco (i 160) y el de El Cairo (1276). En el primero de és- 



(1) Las tretas de estas gentes son ¡numerables, y constituyen el asunto de una 
lucubración de Rhazes. Véase, especialmente, M. Steinschneider: Wissensckaft unci 
c liarla t an erie linter den Arabern im ncunlcm Jakrhundert, Virchoisfs Arch., Ber- 
lín, 1866; XXXVI, pág. 570; XXXVII, pág. 560. 



124 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tos se dio, por espacio ele tres siglos, gratuitamente el tratamiento y las 
drogas. Después del año 1427 fué destruido por el fuego, no volviéndose 
a crear de nuevo. El gran hospital de Al Mansur, en El Cairo (i), era una 
gran construcción cuadrangular, con fuentes brotando en los cuatro pa- 
tios, con salas diferentes destinadas a las distintas enfermedades importan- 
tes, con salas de mujeres y de convalecientes, salones de lectura, una nu- 
merosa biblioteca, clínicas para los enfermos de fuera, cocina especial, un 
asilo de huérfanos y una capilla. Tenía enfermeras y enfermeros; una ren- 
ta, aproximadamente, de 500.000 pesetas, y daba, al tiempo de partir, una 
buena cantidad a cada convaleciente, para que no tuviesen que volver in- 
mediatamente al trabajo. Los enfermos se alimentaban con un régimen 
atractivo y abundante, y los que padecían insomnio eran entretenidos con 
una dulce música, o, como en Las mil y una noches, por un hábil narra- 
dor de cuentos. El Califato de Córdoba era análogo, por lo menos en el 
número, ya que no en las dimensiones de sus hospitales; pero el Califato 
de Bagdad se distinguía por sus dispensarios de Oftalmología y sus asilos 
de locos. Los árabes aparecían mucho más adelantados que sus contem- 
poráneos europeos, por su suave tratamiento de la locura. La instrucción 
médica se daba en cualquiera de los grandes hospitales de Bagdad, de Da- 
masco o deElCairo,o en un curso especial de las academias que existían en 
todas las ciudades. De ellas, la del palacio de Wisdom, de El Cairo, era la 
más famosa. Las principales carreras eran la clínica médica, la farmacolo- 
logía y la terapéutica. La anatomía y la cirugía parecían desdeñadas, pero 
la química era tenida en una especial estima. La medicina árabe ha sido, 
en realidad, la madre de la Alquimia, cuyo fundador es Geber (702-765), 
el descubridor del ácido nítrico y del agua regia, y el que ha descrito la 
destilación, la filtración, la sublimación, el baño de María- y otros procedi- 
mientos esenciales de la química. La alquimia aparecía, en su esencia, com- 
binada con la magia. El antiguo panteísmo caldeo, la doctrina de un*, ani- 
ma mundi, o de un alma del mundo, con un espíritu interior en todas las 
era aplicada a todas las substancias que podían extraerse por el 
fuego; y así, por ejemplo, se decía: el «espíritu> devino, el «espíritu» del 
nitro, y así de las muchas esencias y quintaesencias; del mismo modo, a 
los siete planetas (el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus ySatur- 
no) corresponden los siete días de la semana y los siete metales conoci- 
dos loro, plata, hierro, mercurio, estaño, plomo y cobre). Se suponía que 
todo8 estos metales habían sido «engendrados» en las entrañas de la tie- 
rra; el Interés fundamental de la alquimia consistía en descubrir la substan- 
fecundadora o germinal bajo una influencia planetaria favorable. Así, 

Wüstenfeld: fa • Breslau, 1846; I, páginas 28-39, 



PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO 125 

la leyenda de Gerber de una medicina que puede curar uno de cada seis 
leprosos es considerada por Boérhave como la simple alegoría de la pie- 
dra filosofal para transformar los seis metales básicos planetarios en oro. 
Mano a mano con la idea de la transmutación de los metales viene la no- 
ción de un polivalente «elixir de la vida», que podía curar todas las enfer- 
medades y conferir una juventud eterna y cuya naturaleza se suponía ser 
el «oro potable» (aurum potabile). La investigación del oro potable con- 
dujo al descubrimiento del agua regia y de los ácidos fuertes por Geber 
y Rhazes, y el problema del elixir condujo a la fundación de la química 
farmacéutica. Nada menos que en pleno siglo xvi encontramos a Paracel- 
so defendieudo constantemente la idea de Gerber de que todo está hecho 
de mercurio, de azufre y de sal, y de que «el Sol rige el corazón; la Luna, 
el cerebro; Júpiter, el hígado; Saturno, el bazo; Mercurio, los pulmones; 
Marte, la bilis; Venus, los ríñones». De este modo, los siete metales pla- 
netarios y sus compuestos resultaban específicos de las enfermedades de 
estos órganos, bajo el influjo de las estrellas. La química árabe sobrevivió 
probablemente a la decadencia de la medicina árabe, supuesto que León 
el Africano, un viajero del siglo xv, nos menciona la existencia en su épo- 
ca de una sociedad química en Fez. Por su constante contacto con las tie- 
rras y los pueblos extraños, lob árabes farmacéuticos, o sandalani, eran 
los explotadores, si no los introductores, de un gran número de drogas 
nuevas, como el sen, el alcanfor, el sándalo, el ruibarbo, el almizcle, la 
mirra, la cuasia, el tamarindo, la nuez moscada, el clavo, la cubeba, el acó- 
nito, el ámbar gris y el mercurio;, son, por otra parte, los inventores de 
los jarabes, de los julepes, del alcohol, de los aldehidos (todos términos 
árabes) y de los fragantes extractos de agua de rosa, azahar, de cascara 
de limón, de tragacanto y de otros atractivos ingredientes. El uso del 
hashish o cáñamo indio (cannabis india) y del bhang (otro cáñamo indio o 
beleño), produciendo intoxicación medicamentosa (tabannuj) o sueño pro- 
fundo, era perfectamente conocido, y la conducta indigna de los aficiona- 
dos a estas drogas aparece descrita también en Las mil y una noches (i). 
El rey Ornar lanza a la princesa Abrizah a un sueño pesado con «un tro- 
zo de bhang concentrado: si un elefante lo hubiera olido, hubiera dormi- 
do años y años» (2). En otro cuento, el ladrón Ahmad Kamakim adorme- 
ce a los guardianes «con el humo del cáñamo» (3). De donde rasulta que 
la posibilidad de la anestesia por inhalación era ya conocida por los ára- 
bes tan bien como por Dioscórides y los cirujanos medievales, y proba- 



(1) Las mü y una noches, de Burtón (edición Denver); III, páginas 91 y 93, 
supl. IV, páginas 19 y 189. 

(2) Op. cit. f II, páginas 122-124. 

(3) Op. cit., IV, pág. 71. 



HISTORIA DE LA MEDJCINA 

blemente su conocimiento procede de la India, y los egipcios la emplea- 
ron en las pequeñas operaciones quirúrgicas. Las farmacias árabes eran 
inspeccionadas de un modo regular por un síndico (Muktasib), que ame- 
nazaba a los mercaderes con humillantes castigos corporales en el caso de 
adulterar las drogas (Guigues) [i]. Los efectos de la química y de la far- 
macoterapia árabes en la medicina europea se prolongaron bastante más 
tiempo que el mismo poder de los mahometanos, y, con los simples de 
I )ioscórides y Plinio, sus adiciones a la materia médica han constituido por 
espacio de siglos la parte más importante de todas las farmacopeas euro- 
ropeas. 

Intimamente relacionada con la cultura médica mahometana se en- 
cuentra la influencia ejeccida por los judíos sobre la medicina europea. 
Bajo la dominación árabe, los médicos judíos eran figuras preeminentes 
en las cortes de los califas, y la común creencia en un monoteísmo ex- 
terno vino a crear fuertes lazos de simpatía entre musulmanes y hebreos. 
Otro punto de contacto era el hecho de que los médicos hebreos y maho- 
metanos, con su especial género de inteligencia analítica, sus modos in- 
tensivos de pensar y su apreciación de los «valores», han llegado a ad- 
quirir pronto un modo rectamente materialista de ver las cosas concre- 
tas. Así, en tanto que los médicos, bajo el Cristianismo, estaban constan- 
temente entretenidos con hechizos, amuletos, reliquias de santos, cabalas 
y otras supersticiones, muchos de los médicos judíos y mahometanos ha- 
bían llegado a observar todas aquellas cosas con una íntima satisfacción. 
1 >urante la Edad Media, y largo tiempo después, la suerte de los mé- 
>S hebreos era el usar y el abusar. En los siglos x y xi eran, como dice 
Hillings, <una especie de lujoso contrabando» (2), llamados y protegidos 
lo mismo por los príncipes que por los obispos, a causa de sus superio: 
res conocimientos, pero duramente tratados otras veces, por razones de 
otro género. El Concilio de Viena de 126/ prohibió a los judíos practi- 
car la medicina entre los cristianos. Bajo el califato occidental, los médi- 
indíos dieron personas muy notables en España, hasta que fueron 
desterrados en 1 jij, y la escuela de Salerno los utilizó como maestros 
hasta que llegó a desenvolverse bastante su propio gran talento para po- 
der BegUÍr avanzando sin ellos. Lo mismo ocurrió con Montpellier, 'que 
fué cerrado para los judíos en 1301. I labia muchos de ellos en Avignón 



1 Guigues; Bull, de se. pharm., París, 1916; XXIII, páginas 107-118. Da una 
nit»- lista <l<- [as Bubstan< ias que Be usaban cpmán mente para adulterar lal 
drogas más ¡nt< 

I - Billing The History and Literatures/ Surgery (Dennis's Systetn <>/ SnJ-- 
-.1. I. pag. j8. 






PERIODOS MAHOMETANO Y JUDIO 127 

en el siglo xv (i). Las prohibiciones impuestas a los médicos judíos por 
los papas Paulo IV (15 55-1559) y Pío V (1566-72) fueron levantadas por 
Gregorio XIII en 1 584 (2). No obstante que los diferentes emperadores 
continuaron conservando a los judíos como médicos propios, hasta des- 
pués de la revolución francesa ellos no eran admitidos a estudiar en las 
Universidades europeas, y estando, además, excluidos de las profesiones 
liberales, desempeñaron pequeña parte en Medicina durante este período. 
Al comenzar el moderno movimiento industrial, ellos fueron admitidos a 
todos los derechos de ciudadanía en toda Europa, y fueron libremente 
acogidos en las universidades. Los efectos de esta política liberal han sido 
el determinar una gran llegada de brillantes talentos, que han contribuido 
al desarrollo material de la Medicina en todas sus ramas, como lo prueba 
la obra de Henle, Cohnheim, Weigert, Traube, Strieker y Pick, en Pato- 
logía; Senator, Hayem y Boas, en medicina interna; Romberg, Moll y 
Unna, en dermatología; Caspar, Lesser, Ottolenghi y Lombroso, en me- 
dicina forense; Hirsch, Marx, Pagel, Magnus y Neuburger, en historia de 
la Medicina, y Metchnikoff, Fránkel, Friedlánder, Marmorek, Haffkine, 
Neisser y Paul Ehrlich, en la ciencia de la infección, para no citar más 
que algunos de los nombres más famosos (3). 



(1) Para una lista completa de los médicos judíos de Avignón véase P. Pan- 
sier; Janus, Amst., 1910; XV, páginas 421-451. 

(2) Una copia de estos documentos se encuentra en la Biblioteca General de 
Cirugía. 

(3) Para la lista completa de los modernos médicos judíos véase F. T. Hane- 
man en la Enciclopedia Judía, New-York, 1904; VIII, páginas 421 y 422. 



EL PERIODO MEDIEVAL 
(1096-1438) 



La Edad Media, el período del feudalismo y del eclesiasticismo, ha 
sido ordinariamente censurada por su servil obediencia a la autoridad, 
con sus malos acompañamientos de fanatismo, pedantería y crueldad. Si 
consideramos todo lo que trata de dominar la verdad por despóticos y 
clandestinos métodos, como «tendencias medievales», vemos en los privile- 
gios especiales, en los egoísmos sostenidos, en las ganancias inmerecidas, 
en el Faustrecht y en otras fases del «sencillo plan» de Rob Roy, seña- 
les de feudalismo. Sin embargo, en la Edad Media era verdad «el consen- 
timiento de los gobernados». Las gentes aspiraban a la nacionalidad y a 
la solidaridad más bien que a la independencia personal, y, en estas con- 
diciones, se encontraban más dispuestas a ser conducidas y dirigidas que 
a pensar por sí mismas. En el trastorno de la mezcla y de la absorción 
de razas que siguió a la caída del imperio romano se descubría que la 
filosofía griega (neoplatonismo) era una quiebra total como fuerza moral, 
y que la más grande necesidad de la humanidad europea era el levanta- 
miento espiritual, para la regeneración y la renovación del carácter, mu- 
cho más que el atender al desenvolvimiento espiritual. Las actividades 
mentales y morales habían quedado sencillamente paralizadas en este gran 
cataclismo. Para comprender el interior impulso que lanzaba a los ermi- 
taños al desierto y que hacía fundar los grandes monasterios podemos 
leer a Gibbon, Lecky, Montalembert, Gregorovius, Froude, etc., sobre la 
destrucción de la sociedad romana; la maravillosa evocación de un triunfo 
cesariano, de Turgeneff, o la milagrosa narración de las tentaciones de 
San Antonio, por Flaubert. Matthew Arnold, con su fino sentido histó- 
rico, resume todo esto en animados versos: 

En aquel duro mundo pagano ha caído 

Un secreto dolor y malestar. 
Profundo cansancio y deseos saciados 

Convierten la vida en un infierno. 

Historia db i>a Medicua. Tomo I 9 



i 3 HISTORIA DE LA MEDICINA * 

Vela sus águilas, rompe su espada 

Y renuncia a su cetro; 
Detesta su augusta púrpura 

Y su imperial corona. 

Rompe sus flautas, interrumpe sus juegos; 

Sus artistas no consiguen agradarle; 
Rasga sus libros, cierra sus patios 

Y huye de sus palacios. 

Así, la Iglesia cristiana, con sus invocaciones espirituales, sus atracti- 
vos simbolismos, su espléndida organización y su unión al feudalismo 
para proteger a Europa de la invasión mahometana, no podía dejar de 
triunfar. Las cruzadas despertaron el sentimiento de la nacionalidad. La 
organización de los ciudadanos contra el bandolerismo de los señores 
hizo nacer la conciencia cívica. En la intensa lucha entre el colectivis- 
mo y el individualismo, que comenzó en aquella hora, la independencia 
intelectual tuvo que limitarse en un principio a los conflictos entre la 
Iglesia y el Estado. En la Edad Media existía una inmensa lucha en la 
que «las fuerzas centrífugas de la sociedad dominaban sobre la fuerza 
centrípeta» (i). El aumento de las virtudes cristianas de compasión res- 
pecto de la debilidad y el sufrimiento, y el más elevado y amplio con- 
cepto de la posición y misión de la mujer que se deducía de aquéllas, 
condujo a nuevos avances de la Medicina por sendas todavía no explora- 
das, especialmente en el cuidado de los enfermos y en la creación de hos- 
pitales en todas partes para atender a ese cuidado. Solamente el fanatis- 
mo holgazán es capaz de afirmar que los papas y los emperadores no han 
prestado un gran servicio a la Medicina con la creación de una buena le- 
gislación médica, con la constitución y creación de las universidades me- 
dievales y con el estímulo, en muchos casos, del talento médico indivi- 
dual. Sin embargo, como ha demostrado Allbutt, las disputas intelectua- 
les durante la edad de la fe se manifestaban con la tendencia a la supre- 
sión absoluta de la ciencia experimental, no obstante la comprobación 
actual de las premisas. Los filósofos griegos, como hemos visto, daban 
las opiniones más diversas, sin entablar una lucha especial entre sí, y por 
encima de todo con una cierta inmunidad definitiva de toda persecución. 
Para los que sepan apreciar el fino individualismo de los griegos no re- 
sultará exagerado el sentimiento del poeta inglés: 

■ ia, único país en que la fuerza del hombre ha sido considerada siempre 

[como una divinidad majestuosa; 
One ]l<\a al ( iegO mundo rasgos de ingenio v de ÍU2 hasta para calzar sus pies; 
I ibertad, fuerza de ( rrecia, tienes mucho de humano y mucho de divino. 



i La frase es empleada como no criterio de bueno y <le mal gobierno en las 
lecturas romanas <ic Roosevelt, en Biological Analogies in History, Oxford, 1910; 
página 



EL PERÍODO MEDIEVAL 131 

Los pensadores medievales estaban todos bajo el poder de las autori- 
dades, y esto por la más extraña pero la más poderosa de las razones. 
Desde los tiempos más antiguos las ideas humanas, investigando la vida 
y las fuerzas detrás del mundo material, han progresado generalmente a 
lo largo de dos líneas distintas, aun cuando frecuentemente paralelas: la 
tendencia a divinizar y a adorar los objetos y las fuerzas de la Naturaleza; 
tendencia que viene de un modo lógico a culminar en el panteísmo o en 
el pesimismo budista; y el rudo fetichismo del salvaje, que va pasando a 
través de las sucesivas etapas de la idolatría, de la adoración de los hé- 
roes, del culto de los antepasados, del politeísmo, de la magia, etc., para 
emerger dentro del puro monoteísmo de Israel, de la Cristiandad y del 
Islam. El teísmo cristiano supone que Dios es un espíritu omnipresente e 
inmanente en la Naturaleza, pero diferente, sin embargo, de ella, accesible 
a la plegaria y capaz, en caso necesario, de una divina intervención en los 
asuntos humanos. El panteísmo viene a identificar sencillamente a Dios 
con la Naturaleza y con las fuerzas naturales. Ahora bien; en los tiempos 
medievales la oposición entre el teísmo y el panteísmo toma la forma de 
una disputa entre «realistas» y «nominalistas», «que — dice Allbutt (para- 
fraseando el lenguaje de John de Salisbury) — gastó más tiempo y más 
pasiones de los hombres que la familia de los Césares en conquistar y 
en gobernar el mundo» (i). Para el lógico medieval, «realismo» era justa- 
mente lo contrario del concepto que los modernos formamos del conoci- 
miento de las cosas materiales. El realista supone, como Platón, que la 
idea es tan actual como la cosa misma, y creadora de ella; la forma, tan 
real como la materia o substancia, y anterior a ella; de donde se deduce 
que todas las cosas proceden de la voluntad de Dios. El nominalista, por 
el contrario, afirma que la forma o idea es sólo un nombre o concepción 
abstracta, existiendo únicamente en la inteligencia del observador, y que 
Dios, por esta razón, existe impersonalmente en todos y en cada uno de 
los objetos del mundo material. Los teólogos de la Edad Media podían 
ser llevados por el panteísmo a la infidelidad y a la falta de creencias, su- 
puesto que él tiende a disolver el dogma de la fe y a subvertir las rdeas de 
la revelación divina y de la inmortalidad personal; pero la esperanza les 
mantenía en el cristianismo. Para los médicos medievales, una manifesta- 
ción del libre pensamiento, como De la enfermedad sagrada, de Hipócra- 
tes, tenía que ser un objeto de horror, al paso que Galeno, con su devoto 
monoteísmo y sus cuidadosos argumentos teológicos, llegó a convertirse 



(1) Para una completa información sobre este asunto véase la espléndida 
oración harveiana de sir Clifford Allbutt Science and Mediaeval 1 "hought (1901), a la 
que ha quedado muy profundamente agradecido el autor de esta obra. 



i 3 2 HISTORIA DE LA ME,DI CIÑA 

en un objeto casi de veneración. Aristóteles, en su Lógica y en su Meta- 
física, nunca da una distinción clara y absoluta entre la supuesta realidad 
de la idea y la substancia, y aun cuando fué proscrito bajo excomunión 
por el Sínodo de París de 1 209, volvió a ser puesto en favor por Grego- 
rio IX en 1 23 1, y últimamente considerado como una autoridad casi in- 
falible. Sus obras más científicas no eran nunca estudiadas con aquel es- 
píritu investigador y crítico con que ios griegos habían mirado todos es- 
tos asuntos. Tolomeo había dicho: «El que quiera servir la causa de la 
verdad en la ciencia tiene que ser, ante todo, un librepensador»; y, sin 
embargo, su geocéntrico sistema de astronomía fué defendido por la Igle- 
sia como un artículo de fe (Neuburger). Las historias naturales de Plinio 
y de Aristóteles eran aceptadas por las autoridades medievales como no- 
tables embrollos, e imitadas en los extraños Herbarios, o Bestiarios (o 
Libros de animales) de la época. Todo razonamiento era formal y deduc- 
tivo. Hasta el Renacimiento no hubo nada de inducción ni de experimen- 
to. Hombres adultos aceptaban un tejido de solemnes absurdos, como el 
Timeo, de Platón, como una célebre doctrina fisiológica. La Naturaleza 
misma no era interrogada nunca para descubrirla sus secretos, y, como 
Allbutt dice: «La lógica, que para nosotros no es mas que un instrumento, 
y, como todo instrumento, un poco pasado de moda, era en la Edad Media 
un medio de descubrir, y no sólo eso, sino la verdadera fuente del cono- 
cimiento... Lo dialécticamente irresistible era lo verdadero» (i). En la Le- 
yenda dorada, de Longfellow, los médicos medievales y los estudiantes 
de Medicina están representados como perdiendo su tiempo en intermi- 
nables discusiones a propósito de la naturaleza de los universales, de la 
relación entre la idea y la materia y otras sutilezas dialécticas. El nomi- 
nalista, de tipo avanzado y dogmático, estaba expuesto siempre a la per- 
secución. Sin avanzar más en las eternas disputas entre los nominalistas 
y los realistas, podemos decir que las relaciones de causa y de efecto han 
querido ser resueltas a través de las edades por el «pneuma», de Galeno; 
'■1 «arqueo», de Paracelso; el «animismo», de Van Helmont y de Stahl; 
el «pensamiento y la extensión», de Descartes y Spinoza; el «noumenon» 
y el «phenomenon , de Kant; el -siendo y volviendo», de Hegel; la «vo- 
luntad y la idea», de Schopenhauer, y otros conceptos modernos, como 
la ley natural y <-l fenómeno natural, tipo e individuo, fuerza y materia, 
ática y dinámica, principio vital y «la concurrencia fortuita de las fuer- 
fisicoquímicas . En nuestros propios días la cuestión ha resurgido de 
nuevo entre el vitalismo y el materialismo. En la Edad Media el extra- 
ordinario gasto de energía en este problema estéril e insoluble lia condu- 



1 Allbutt ¡>á<¿iu;is 50 



EL PERÍODO MEDIEVAL 133 

ciclo a la ultrapesadamente feudalizada escolástica para estudiar un esta- 
do misterioso morboso, con desprecio de todos los artes y trabajos ma- 
nuales, especialmente de la anatomía y de la cirugía. De aquí la sorpren- 
dente ignorancia de Hipócrates durante la Edad Media. «Si se hubieran 
perdido los libros de Galeno — dice Withington — hubiera podido quedar 
alguna duda de que la obscura Edad de la Medicina hubiera sido más 
obscura y más prolongada de lo que ha sido; por el médico práctico me- 
dieval no podía haber sido ya apreciada la más elevada y más libre labor 
del médico de Cos, que si él hubiera podido comprender aquellas gran- 
des frases: «Ello parece bueno para «el Demos», que Hipócrates vio ins- 
critas a la cabeza de todo decreto, y oyó proclamar en todas las asam- 
bleas» (i). 

El fundamental error de la ciencia médica medieval, como ha expuesto 
originalmente Guy de Chauliac, y como sir Clifford Allbutt ha demos- 
trado en un perfecto resumen (2), ha sido el divorcio entre la Medicina y 
la cirugía. La inteligencia griega, personificada en Hipócrates, vio la me- 
dicina interna en términos de cirugía, y vio la cirugía no sólo como un 
modo de terapéutica, sino como «el verdadero brazo derecho de la me- 
dicina interna», puesto que, en el diagnóstico, los signos externos y visi- 
bles de la enfermedad interna (los únicos indicios que tenía el cirujano 
griego) eran también los principales puntos de apoyo del clínico. Comen- 
zando con Avicena, la autoridad médica medieval, sostuvo el modo de 
pensar de Galeno, de que la cirugía es sólo un modo de trabamiento, 
como el límite extremo de tratamiento, y al mismo cirujano, como un sir- 
viente y un ser inferior. Los comentadores árabes de Galeno, y los ara- 
bistas medievales que copiaban a aquéllos, estaban obsesionados con la 
idea, peculiar a las religiones orientales, de que era sucio e impío el to- 
car el cuerpo humano con las manos en determinadas condiciones. Como 
este dogma fué haciéndose cada vez más firme, las inteligencias monásti- 
cas y escolásticas llegaron, como hemos visto, a estar completamente 
convencidas de que la labor intelectual es muy superior a la labor manual, 
culminando en el famoso edicto del Concilio de Tours: Ecclesia abhorret 
a sanguine (1163). La práctica general de la cirugía, incluyendo la mayo- 
ría de las operaciones mayores, estaba, en último término, relegada a los 
barberos, bañeros, castradores de cerdos y charlatanes vagabundos, y 
el cirujano llegó a ser considerado como en un aspecto doméstico; hasta 
en Prusia, en el tiempo de Federico el Grande, era todavía considerado 



(\ l Withington: Medical History, Londres, 1894; pág. 104. 

(2) Sir Clifford Allbutt: The Historical Relations of Medicine and Surgery, Lon- 
dres y New-York, 1905. 



134 HISTORIA DE LA MEDICINA 

como uno cié los deberes de los cirujanos del ejército el afeitar a los ofi- 
ciales. Además, la herejía impuesta por los comentadores árabes de Ga- 
leno de la «cocción» (supuración) y del «pus loable», como factores esen- 
ciales para la curación de las heridas, convertían la cirugía operatoria en 
un peligroso y entrometido empeño, extraordinariamente peligroso, ver- 
daderamente, en el que el cirujano, ya fuese de escuela o charlatán, es- 
taba siempre en riesgo de perder la vida o un miembro si había operado 
sin éxito a alguno de los señores feudales de la tierra. Los más grandes 
cirujanos astutamente advertían a sus hermanos profesionales el abste- 
nerse del tratamiento operatorio en los casos dificultosos o incurables, y 
cuando ellos emprendían las operaciones mayores, su costumbre era so- 
licitar una garantía de que no podría sobrevenirles a ellos daño alguno en 
el caso de una terminación fatal. El progreso del arte quirúrgico hasta su 
estado moderno (asepsia), ha requerido el genio y la influencia personal 
de los tres más grandes cirujanos de la Historia: Ambrosio Paré, John 
Hunter y Lord Lister. El principal interés del período medieval no resi- 
de, sin embargo, en la medicina interna por lo poco valioso que hubiera 
de ella, sino en el gradual desenvolvimiento de la cirugía desde la base 
de los fieles, alguna vez obscuros discípulos «del arte quirúrgico» que en 
Francia, por lo menos, eran alejados y obligados a llevar la ropa corta 
por los edictos de los santurrones hermanos de San Cosme: chirurgiens 
de longue robe. Las continuas disputas entre San Cosme, la Facultad de 
París y los barberos dieron por resultado la admisión de los últimos para 
la práctica de la cirugía menor en 1372. 

Neuburger divide la medicina medieval en cuatro períodos, a saber: 
el monástico (del siglo v al x); el salernitano (siglos xr y xn); el de la ilus- 
tración temporal, en el siglo xin, en el que la cultura árabe habíase injer- 
tado en el Occidente, y el período del prerrenacimiento (siglo xiv), en el 
que llega a hacerse predominante la cultura. 

Con la caída del imperio romano comienza la Edad Sombría, durante 
la cual el Occidente de Europa pasa por un período lento de destrucción 
material y de decadencia intelectual. 

La transición, (Mino ha demostrado Neuburger, no ha sido catastrófica, sino 
gradual. I a conquista germánica supuso la pérdida de miles de vidas, la devastación 
absoluta de muchas regiones, la desolación de muchas ciudades y la destrucción 
de innumerables señales de arte y de cultura, al paso que el < Miente, poseyendo 

ipre una inmensa red de puntos de comercio, cubría las tres cuartas partes de 
la Buperficie de la tierra y 1 onservaba su cultura. En centraste con el sistema finan- 
1 uro impuesto por el Oriente, el ( accidente, por el aflojamiento del comercio, la 

(ración de las regiones en estados pequeños y separados, y la vuelta desús 
hábil '.mo último recurso, adquirió las formas pequeñas y 

parroquiales de modas huecas \ angulares de la economía, v, en general, una com- 
plexión aldeana. <|u< determinaba muy pequeños incentivos respecto a seguir 
una máa fina conducta de vida Las naciones se ibanjjradualmente formando; pero 



EL PERÍODO MEDIEVAL 



35 



en este proceso de formación, la cultura estaba inhibida. Al paso que los conquis- 
tadores mahometanos imponían el lenguaje y la cultura árabes sobre los conquis- 
tados, los conquistadores germánicos caían bajo el dominio de la cultura latina y 
del cristianismo. En la Europa Occidental el latín se convirtió en el lenguaje ofi- 
cial de la Iglesia y del Estado. Únicamente se leían las traducciones latinas de los 
autores griegos. La ciencia y la enseñanza se habían refugiado en el seno de la 
Iglesia, y no dejaban el camino que les había señalado Casiodoro, «el último de 
los romanos». 

Así comienza el período de la medicina monástica, en el cual, a la vez 
que un celo, digno de alabanza, por conservar los restos de la literatura 
antigua y Jas tradiciones de una práctica racional, fué aumentando un 
culto de curación por la fe, una especie de terapéutica teúrgica o implí- 
cita creencia en el milagroso poder curativo de los santos o de las santas 
reliquias. El auxilio sobrenatural era cada vez más apreciado que el arte 
médico, demostrando a éste mismo como impotente, particularmente en 
el tiempo de las grandes epidemias. La medicina occidental, al contrario 
que la de Bizancio y la del Islam, cayó en un eclipse, y su práctica, como 
dice Neuburger, llegó a ser tan rudimentaria y tan estereotipada como la 
del hombre primitivo. 

' Bajo el beneficioso reinado de Teodorico el Grande (493-526) hubo un período 
intermedio de paz, con prosperidad material, y en el que se prestó la debida aten- 
ción al arte y a la ciencia. El único resto de aquel antiguo período ostrogodo es la 
epístola dietética del médico griego Anthimus, que aparece llena de preceptos sa- 
nos y de buen sentido, dándonos a la vez mucha luz acerca de los mercados de 
alimentos y de las prácticas culinarias de la época. La tendencia del período ostro- 
godo, realmente la tarea principal de este período en la medicina medieval, es la de 
traducir, recopilar y parafrasear los autores antiguos; una tarea que, por otra par- 
te, ya iban realizando los últimos romanos y los escritores bizantinos. En este sen- 
tido debe señalarse como uno de los más notables Boecio (hacia 480-524). En el si- 
glo vi, el paso gradual de la ciencia a manos del clero se iba realizando al mismo 
tiempo que las desoladoras guerras entre los ostrogodos y los bizantinos, la inva- 
sión y el establecimiento de los lombardos en Italia (568-774) y las devastadoras 
epidemias, como la peste de Justiniano (543)- La ciencia y la cultura iban a quedar 
emparedadas; las escuelas de la ciencia secular se deshacían y desaparecían; el 
celo religioso y el ascetismo fanático estaban a la orden del día. Aplastada por los 
lombardos, abandonada y engañada por Bizancio, la población latina tuvo que vol- 
verse hacia la Iglesia, buscando protección. Glorificada con el limbo de la antigua 
Roma, la Iglesia se ha convertido en un verdadero poder territorial, capaz de des- 
arrollar la positiva fuerza del Estado y de proteger la civilización occidental. «Los 
benedictinos eran los nestorianos del Occidente» (Neuburger). En el Forum Pacis 
se reunían antiguamente los médicos, y el papa Félix VI (526-530) funda la basílica 
de San Cosme y San Damián, patronos de la Medicina. En el mismo año en que 
Justiniano cerraba la Escuela de Filosofía de Atenas (529), Benedicto de Carsia 
(483-543) funda en el sitio de un antiguo templo de Apolo el convento de la orden 
de los benedictinos del Monte Cassino, en el cual, desde Casiodoro (480-475), ha 
estado fija la atención de los frailes en la apreciación de los antiguos escritos; los 
estudios literarios eran asiduamente cultivados, y las obras destinadas al cuidado 
de los pobres enfermos eran consideradas como el deber primordial de la orden, 
de acuerdo con la exhortación de San Benito (Infirmorum cura ante omnia adliibenda 
est, ei sicut re vera Christo, ita eis serviatur). El convento tenía una valiosa colec- 
ción de manuscritos médicos. El Commentarium medicínale', de Benedetto Crespi, 
arzobispo de Milán (681), un poema didáctico en hexámetros que se ocupa del tra- 
tamiento herbario de 26 enfermedades, según la moda de Serenus Samonicus, es 



136 HISTORIA DE LA MEDJCINA 

una reliquia de este período. Otra consiste en dos tratados de las enfermedades y 
de sus remedios, por Bertharius (857-884), el sabio abad de Monte Cassino. Los 
conquistadores lombardos comenzaron pronto a favorecerla ciencia, encontrándo- 
se preservados los nombres de los médicos laicos en el Codex lombardas y en otros 
documentos. De acuerdo con los preceptos de Casiodoro, la aspiración de la época 
estribaba en hacer una recopilación de todos los conocimientos médicos (summa 
medicínete), espigando para ello entre todos los autores griegos y latinos. Serenus 
Samonicus, pseudo-Apuleio, pseudo-Plinio en Terapéutica, y Celio Aureliano, y el 
pseudosoránico libro de comadronas, de Muscio, eran lo más favorecido en estas 
recopilaciones. Las mejores obras de Hipócrates, Galeno, Rufo, Oribasio, Alejan- 
dro de Tralles y Dioscórides eran traducidas al latín (siglos v y vm), y en este pro- 
ceso de recopilación gran número de escritos falsos, atribuidos a los pseudo- 
autores, eran introducidos subrepticiamente. La parte médica de Plinio, mezclada 
y sazonada con extractos de Celio Aureliano, Apuleio y Vindaciano, se llegó a de- 
signar con el nombre de pseudo-Plinio. Muchas de las summa medicina lis, enmasca- 
radas con los nombres de Dioscórides y de Oribasio, eran una especie de pot-pou- 
rri de muy diferentes autores. De este mismo carácter son también las pseudóni- 
mas epístolas atribuidas a Hipócrates, especialmente la Dinamidia (De viriutibus 
herbar um), la De r/b/s, la epístola a Ptolomeo (De hominis fabrica) y la Capsula ebúr- 
nea. Esta <v Cápsula de marfil», un tratado del pronóstico de las afecciones de la 
piel, que se había sostenido que había sido descubierta por César en la tumba de 
Hipócrates, ha sido impresa primeramente en los Archiv, de Withwer (1790), y re- 
cientemente ha sido cuidadosamente estudiada en todos los manuscritos leídos por 
Sudhoff ( 1 9 1 6) [1]. La primera impresión es en el Libro de Almanzor, de Rhazes. 
Bajo los visigodos españoles (607-711), las actividades médicas aparecían oprimi- 
das en un código de leyes draconianas. Con la conversión de los visigodos al cris- 
tianismo (586), la medicina monástica tomó su desenvolvimiento usual. Los conven- 
tos y las fundaciones eclesiásticas tenían siempre sus médicos propios. Se atribu- 
ye al obispo Pablo de Mérida una laparotomía por retención fetal en un embarazo 
ectópico, al paso que el obispo Masona fundaba, en 580, un gran hospital. El hom- 
bre más sabio de aquella época ha sido el arzobispo San Isidoro de Sevilla (hacia 
570-636), autor de una enciclopedia de orígenes y etimologías, cuyo cuarto tomo 
contiene un estudio de Medicina, pero con muchas derivaciones infundadas y fal- 
sas de los términos médicos. 

Bajo los monarcas merovingios (les rois faineants, o reyes holgazanes), en Fran- 
< i 1 486-741) prevalecía la influencia del latín; pero la dinastía era muy débil para 
poder salvar su crédito de los riesgos de una sangrienta guerra civil, y los médi- 
cos se encontraban en tiempos muy difíciles. Gregorio de Tours (538-593) recuer- 
da (pie los médicos franceses tenían alguna habilidad quirúrgica y que en ocasio- 
oea eran re |ueridos como peritos forenses en los juicios; pero, sin embargo, ellos, 
en el servicio de la corte, podían ser humillados y hasta condenados a muerte en 
el caso de fracasar en su tratamiento. Las gentes estaban inclinadas a creer en 
curas milagrosas por cirujanos vagabundos, por santas reliquias, por exorcismos y 
por el tacto regio. Kn los momentos de las grandes epidemias acudían en grandes 
masas a pasar en vela las noches en las iglesias; un hecho análogo al sueño en el 
templo. Con una cirugía tan burda v tan chapucera como la existente no tiene 
nada de extraño que Gregory aconsejase las plegarias y el endurecimiento para 
los dolores. Con el advenimiento <l< Carlomagno (768-814) como emperador de 
■ lente (800 la Medicina alcanza mejores tiempos. El terreno cultural había sido 

preparado por ¡osen-antes monjes irlandeses v anglosajones, que viajaron de Ban- 

[ona ;il continente y fundaron los monasterios de Bobbio y de St. Gall. Cole- 

monacales habían sido fundados en Fulda por el inglés Bonifacio, en Tours 

por e] inglés Al cuino (735-804), y en Chartres por Fulberto (1006-1028); fueron 

bien pronto <cntros famo OS <l< enseñanza. Carlomagno tenía un iardín médico. 

fu la historia eclesiástica del venerable Beda ' í»74-7.-> s 1 vemos que la Medicina no 
despre< iada por los monjes ingleses. Habla de un tratamiento de la afasia por 

< ios metÓd¡< 08 y I Ontíene un tratado de la sangría. 

:k i< lopedia /'i , : , ,¡ y del abate de fulda y arzobispo d<- Maguncia Eírabanus 



i Sudhoff: Arch. í. Gesch. d. \fed. t Leipzig, 1915-16; X. páginas 70-116. 



EL PERIODO MEDIEVAL 137 

Maurus (776-856), discípulo predilecto de Alcuino y el primus prceccptor Germaniae, 
trata de Medicina en sus tomos sexto, séptimo y octavo, y contiene un glosario la- 
tino-germano de términos anatómicos. En el siglo ix la Medicina estaba conside- 
rada como una parte de la Physica, en la que se incluía la aritmética, la astrono- 
mía, la mecánica, la geometría y la música, a la vez que el médico era designado 
con el nombre de phxsicus. El Hortulus, de Walafrid Strabo de Suabia (807-849), el 
mejor discípulo de Hrabanus, describe en 444 bellos hexámetros las plantas del 
jardín del monasterio de Reichenau, del que era abad. La literatura anglo-sajona 
se desenvuelve bajo el reinado de Alfredo el Grande (871-901), y mantiene su ori- 
ginalidad hasta mediados del siglo xn. Los principales escritos médicos de la épo- 
ca son el Libro Médico (Leech-Book), de Bald, y el Lacnuga, un libro de magia an- 
glo-céltica con traducciones de Apuleio y de Sexto Placitus. La tendencia medieval 
a las alegorías se ve bien retratada en el Physiologus, un texto popular de las vir- 
tudes y los vicios, en la forma de 12 animales fantásticos o reales, que se ha tradu- 
cido a todos los idiomas, a pesar de que su alegoría fundamental llegó a ser tam- 
bién el original de los Libros de animales, o Bestiarios. Bajo los monarcas carlovin- 
gios los médicos judíos alcanzaron gran favor en Francia. En la Italia del Norte, 
Sabbatai ben Abraham, llamado Donnoi.o (913-965), era un práctico famoso, y su 
Antidoiarium (1), un formulario de unos 120 remedios, es la más antigua obra mé- 
dica que se conoce en hebreo. La obra médica española más antigua es un tratado 
de las fiebres, de Isaac, un médico judío del siglo xi. 

La Medicina en los siglos xi y xn ha sido elevada a un nivel mucho 
más alto por la escuela de Salerno, que, como dice Neuburger, despertó 
el arle médico de la decrepitud de centuria y media, infundiéndole nueva 
vida, y guardando como un palladium las mejores tradiciones de la prác- 
tica antigua. Sus orígenes son obscuros. Únicamente sabemos que comen- 
zó a existir del «modo más misterioso». El que se trate de una fundación 
eclesiástica se considera por la mayoría de los historiadores como una 
agradable fable convenue, supuesto que todo el carácter era el de una ins- 
titución laica aislada, una civitas Hippocratica, en medio de las fundacio- 
nes puramente clericales, y existe, por otra parte, un significativo silencio 
respecto de Salerno en las crónicas eclesiásticas. Pero la misma ciudad de 
Salerno era un obispado, y desde el 974 un arzobispado, en el que los be- 
nedictinos tenían un convento y un hospital (820), y se sabe también que 
existían las más cordiales relaciones de amistad entre el clero y los médi- 
cos de Salerno. La pequeña ciudad marítima de Salerno, cerca de Ñapó- 
les, era conocida ya, entre los romanos, como un punto higiénico ideal. Los 
maestros médicos y las tradiciones de su famosa escuela, la primera escuela 
médica independiente de aquella época, sobresalían en la seca estancación 
de la Edad Media con algo de la vigorizante frescura del mar. Su anatomía 
estaba basada en la del cerdo; su fisiología y su patología eran galénicas; sus 
diagnósticos, principalmente doctrinas acerca del pulso y de la orina; pero, 
en cambio, las enfermedades eran estudiadas directamente, de primera mano, 
de un modo rectilíneo y atractivo; la terapéutica era racional e iba acompa- 
ñada de un admirable plan dietético; la cirugía de Salerno era nueva y origi- 



1) Editado por Steinschneider, Berlín, 1868. 



1 3 8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

nal; la obstetricia y el cuidado de los enfermos estaban a cargo de muje- 
res de talento. «Los maestros de Salerno — dice Neuburger — eran los pri- 
meros médicos medievales que cultivaron la Medicina como una rama in- 
dependiente de la ciencia.» El que la medicina de Salerno fuera helénica» 
el que en Salerno revivieran algunas de las mejores tradiciones de la me- 
dicina griega, se debe al hecho de que Sicilia y la parte sur de Italia con- 
tinuaban formando parte de la Magna Grecia y habían sufrido el influjo de 
la cultura romana desde la séptima centuria antes de Cristo al siglo x des- 
pués de J. C. De la Magna Grecia, de Toledo y de Bizancio proceden las 
tres grandes corrientes de la cultura griega que han concurrido a formar 
la tradición salernitana. Los más antiguos documentos de esta escuela son 
recopilaciones en latín bárbaro de los últimos autores romanos y de los 
pseudoautores, y datan de la primera mitad del siglo xi. 

De ellos, el Pasionarias, un manual de patología especial y de terapéutica, aso- 
ciado al nombre de Galeno y atribuido al lombardo Warimpotus, o Gariopontus 
(muerto hacia 1050 s ), no constituye, según la opinión de Sudhoff, un verdadero es- 
crito salernitano, sino una recopilación de origen bizantino, datando del siglo vin 
a ix. Los escritos de Alfonso, obispo de Salerno (hacia 1050); la Práctica, de Pe- 
troncellus, con una traducción anglosajona de la misma en Cockayne's Leechdoms, y 
el poema Speculum hominis (hacia 1050) son las únicas reliquias salernitanas antes 
de la época de Constantino el Africano. 

De pequeños efectos sobre Salerno, y de ningún modo una personalidad verda- 
deramente sobresaliente, Constantinus Africanus (hacia 1020-1087) es, sin embar- 
co, un jalón importante en la Historia, si se tiene en cuenta su influencia, extra- 
ordinariamente grande, sobre los años posteriores de la Edad Media. Natural de 
Cartago, adquirió, a fuerza de viajes, un acabado conocimiento de las lenguas orien- 
tales, y. vuelto a su país natal, tuvo que sufrir persecuciones acusado de mago. 
Emigrado a Italia, vivió durante algún tiempo en Salerno; pero no es seguro que 
haya sido maestro de aquella escuela. Tan empapado en la cultura árabe como es- 
taba, no podía ejercer una gran influencia en ella, y en realidad no conocemos nin- 
guna muestra positiva de ella. Islam era impopular; ya antes de la conquista de 
Sicilia por los normándoseos grandes señores sarracenos de la isla habían amena- 
zarlo frecuentemente a Salerno, y en una ocasión 40 bravos normandos salvaron de 
su rapiña la pequeña ciudad (1016). 

Después de 1070 encontramos a Constantino en los claustros de Monte Cassino, 
donde terminó su vida, consagrado a su labor literaria. Consiste ósta principalmen- 
te en traducciones latinas de Haly Abbas, íohannitius, Isaac Judaeus y losarabiza- 
dos Hipócrates v Galeno. Al pase que estas traducciones eran poco conocidas 
en Salerno, el influjo ejercido por Constantino como un latinizador de la cultura 
árabe 1 era extraordinariamente grande, constituyendo, como dice Sudhoff, «un 
síntoma de un gran proceso histórico»; a saber: la influencia dominante de los mo- 
dos mahometanos de pensar sobre la Europa Occidental durante todo el siglo jai. 

[ohannes Afflacius (circa 3040-1 100), UIl discípulo sarraceno de Constantino, es 

probablemente el autor del Liher aureus, atribuido a su maestro, v de un tratado 

iiano Di febribus ei urina) s que contiene un método de refrescar la habitar 

1 ion de los enfermos por la irrigación de agua que procede de una vasija perfora- 

1 '(Meo AJderotti admite más tarde el testimonio de que estas traducciones de 
Constantino bou composu iones muy Imperfectas (nam Ule insanus monacus in trans- 
ió p& 1 it quantiiate tt qualitaie). 



\<<:<ad< las fuente! árabes de Constantino véase M. Steinschneider, / 'ir 

irch. x Berlín, 1866; XXVII, páginas 351-410. 



EL PERIODO MEDIEVAL 139 

Independientemente de esto se escribían distintos tratados prácticos de Medi- 
cina, notables por la claridad de los conceptos y la concisión del estilo, por los 
maestros Bartholomaeus, Copho el Joven, Johannes Platearius el Joven y Archima- 
thaeus, que también ha escrito un tratado muy importante de didáctica (Pe instruc- 
tione me die i) o de la etiqueta que debe observarse al aproximarse el médico a la 
cabecera del enfermo (De adventu medid ad aegrotum). La contribución más impor- 
tante de la escuela de Salerno a la medicina interna es el Tractatus de aegritudi- 
num curaiione, el primer ejemplar de una enciclopedia de libros de texto de Medi- 
cina, escritos por diferentes autores, y que indudablemente hubiera sido designa- 
da por la posteridad con el nombre de Summa medicinalis de Salerno. Llegó a 
ser aquel libro el preferido para el estudio de la medicina interna en la primera 
mitad de la dozava centuria. 

Como cualquier otra Práctica aparecida posteriormente, se trataban en ella las 
enfermedades locales, seriatim, desde la cabeza a los pies (a capite ad calcem). 

Entre las más antiguas contribuciones del siglo xn a la Historia Natural figura 
la recopilación titulada Macer Floridus, un poema didáctico en hexámetros de las 
virtudes terapéuticas de 77 simples, atribuido a Odo de Meudon, que era muy po- 
pular y ha sido frecuentemente traducido (1), y que puede ser considerado como 
el original del más viejo escrito escandinavo popular, el danés Laegebog, de Henrik 
Harpestreng. El Lapidarius, o Libro de las piedras, del obispo Marbod, de Ren- 
nes (muerto en 1123), nos expone las virtudes mágicas y médicas de 60 piedras 
preciosas. 

Estas producciones estaban contenidas en el Breslau Codex, y muchas 
de ellas se encuentran reproducidas en las colecciones de Salvatore de 
Renzi (1853-185 6) y de Piero Giacosa (1901). El Regimen (Sanitatis) Sa- 
lernitanum o Flos medicinae, un poema en hexámetros doblemente rima- 
dos, se imprimió en latín en 1484. 

Su fecha de origen sigue siendo desconocida; pero Sudhoff sostiene que su pro- 
bable prototipo debe buscarse en una pseudoaristotélica epístola a Alejandro 
Magno (De regbnine sanitatis), latinizada por Juan de Toledo (Johannes Hispanus), 
un judío converso de hacia 1 130. Su tratado, dirigido a una princesa española, ha 
gozado una gran circulación y ha sido continuado por una epístola semejante diri- 
gida al propio Federico II por su filósofo de corte, Magister Theodorus. En los 
tiempos de Amoldo de Villanova el Régi?nen Salernitano, que probablemente no 
debió aparecer antes de 1250, constaba de 362 versos, que, con las adiciones e in- 
terpolaciones de De Renzi y de otros, se han elevado hosta 3520. Así, resulta que 
el famoso Régimen Salernitano debe su origen a una fuente toledana; que probable- 
mente no son conocidas las del de Federico II o Gilíes de Corbeil, y que, por con- 
siguiente, ha circulado mucho después de 1101, la fecha que se ha venido general- 
mente asignando a su composición (2). 

El régimen consiste en una dietética severa y muy juiciosa y en pre- 
ceptos higiénicos, dedicado en unas impresiones al rey de Inglaterra 
{Anglorum Regz) f y en la mayoría de los manuscritos al rey de Francia 
( Francorum Regí), Ha alcanzado unas 240 ediciones, incluso en irlandés, 
bohemio, provenzal y hebreo (3). 



(1) Editado por Choulant, Leipzig, 1832. 

(2) Véase Sudhoff: Arch. f. Gesc/i. d. Med., Leipzip, 1914-15. VIII, pág. 377; 
191 5-16, IX. pág. 1. También Pagel-Sudhoff, pág. 173, y la disertación de Leipzig, 
de Johannes Brinkmann, Die apokryphen Gesundheitsregeln (etc.), 191 5. 

(3) Una atractiva versificación (texto bilingüe) es la del doctor John Ordro- 
naux (Filadelfia, 1870). 



mo HISTORIA DP: LA MEDfCINA 

De las Damas de Salerno, Trótula, cuyo hallazgo, del siglo xm, por Rutebceuf 
ha sido calificado de Dama Trot (Madame Trotte de Salerno), está acreditada con 
un tratado de Ginecología y de Cosmética (De passwtdbus mulierum), en tanto que 
Abel la escribía De natura seminis hominis y De otra bile. Según la opinión de Mal- 
gaigne y de Sudhoff, Trótula no es una persona, sino únicamente el título del libro 
mismo. Según Daremberg y De Renzi, es el nombre de la autora, que algunos su- 
ponen haber pertenecido a la familia Ruggiero y ser la viuda del antiguo Platearius. 



El Antidotarium, de Nicolaus el Salernitano (i), ha sido el primer 
formulario y uno de los primeros libros que se han impreso (en la sober- 
bia tipografía de Nicholas Jenson, Venecia, 147 1). Consta de 1 39 pres- 
cripciones complejas en orden alfabético, conteniendo muchas nuevas 
drogas orientales y también la fórmula original de la «esponja anestésica» 
(spongia somnífera) y una tabla de pesos y medidas. El Antidotar ium\ de 
Matthaeus Platearais, conocido con el nombre de Circa installs, es el ori- 
ginal del primer herbario francés (Le grand herbier). En Anatomía, 
Copho, uno de los maestros judíos de Salerno, escribió el primero un 
tratado de disección del cerdo, que ha sido reimpreso en el pequeño ma- 
nual de Anatomía de Dryander (i 537)- L a Anatomía, de Ricardus Saler- 
nitanus, y una anónima Demostrado anatómica, están igualmente basadas 
en la estructura del cerdo. Hay, además, algunos tratados de uroscopia, 
de los que merecen citarse los de Johannes Affacius, Johannes Platearius, 
el de Archimathaeus el Joven, el de Maurus, Ursus, etc. Gilíes de Corbeil 
idius Corboliensis), canónigo de París y médico de Felipe Augusto 
de Francia (1165-1213), escribió dos poemas sobre el pulso y la orina (2), 
basados en los tratados bizantinos de Theophilus Protospatharius; tam 
bien un poema acerca de la composición de las medicinas y una sátira 
contra el Hem (Hierápigra ad purgandos prelatos). Lamenta la decaden- 
cia de Salerno después de haber sido saqueado por Enrique VI (1194). 
Después de este terrible acontecimiento, y de acuerdo con ^gidius, los 
profesores de Salerno degeneraron en imberbes mozalbetes, que se pre- 
ocupaban únicamente de los libros de prescripciones. En el siglo xm la 
autoridad médica de Salerno iba gradualmente sucumbiendo bajo el peso 
de la autoridad creciente de sus grandes rivales, las escuelas de Ñapóles, 
de Palermo y de Montpellier, y su fama e influencia fueron desvanecién- 
l.i vez más, hasta que fué, por último, abolida por Napoleón en* 
noviembre de 1 <S 1 i . 



1 Algunas veces llamado Nicolaus Praepositus (verbigracia, Praeses de la 
• :•> diferenciado actualmente de Ñicole Prevost. (Véase Wickershei- 
d M.'J., París, 1911; X, páginas $88-397. 
. Padua (1484) v en Venecia (1494). Editado por 1 .. Choufynt, 

< eme ( anilina nudica, Leipzig! 



EL PERIODO MEDIEVAL 141 

La P/iysica de Santa Hildegarda (1099-1 179), abadesa de Rupertsberg, cerca de 
Bingen, describe el poder curativo de las, plantas, minerales y animales conocidos, 
dando preferentemente los nombres alemanes de los mismos; contiene preceptos 
para la higiene de la preñez y del puerperio y reglas para suprimir los deseos se- 
xuales. Es interesante por sus puntos de vista acerca de la medicina, botánica y 
jardinería de la Alemania del siglo xn. El pequeño tratado de clínica médica (Cau- 
sae ct curae), una miscelánea conteniendo múltiples interpolaciones, ha sido re- 
cientemente editado por P. Kaiser (Leipzig, 1903). Las «Visiones» de Santa Hilde- 
garda (Scivias), conteniendo ejemplos maravillosamente bellos del género de ilu- 
minación medieval, no muy diferentes de los diseños similares de William Blake, 
son una revelación de su vida religiosa. Charles Singer sugiere la idea de que estas 
visiones podían haber tenido una primaria base física en las brillantes figuras ra- 
diadas, muy semejantes a estrellas, manchas coloreadas y fortificaciones, espectros 
asociados con los escotomas centelleantes de la jaqueca (1). 

El principal mérito de la escuela de Salerno es la obra de los dos ci- 
rujanos Roger (Ruggiero), de Palermo, y Roland (Rolando Capelluti), de 
Parma, cuyos escritos son independientes de la influencia de Constantino 
el Africano y de otras fuentes árabes (Gurlt). La Práctica, de Roger, es- 
crita, aproximadamente, en Il8o, reeditada por su discípulo Roland hacia 
1250 (2) y comentada después en los Cuatro Maestros, una pequeña co- 
lección, no ha sido nunca impresa aisladamente; pero existe en un manus- 
crito aislado, aunque Daremberg ha publicado una única edición de los 
famosos comentarios (Glossulae quatuor magistrorum) en 1854. La obra 
de Roger quedó como una obra de consulta en Salerno, donde el autor 
había sido estudiante y profesor. El conocía el cáncer y, posiblemente, la 
sífilis; describe un caso de hernia del pulmón; prescribe las cenizas de es- 
ponja y de algas marítimas (yódicos) para el bocio y escrófula, empleando 
las significativas unturas mercuriales para las afecciones crónicas cutáneas 
y parasitarias; introduce el sedal y la sutura de los intestinos sobre un 
tubo hueco (3); enseña el uso de los estípticos, de las suturas y ligaduras 
en las hemorragias, y el tratamiento de las heridas por segunda intención 
(pus laudable). A Roger, Roland y los cuatro maestros han sucedido los 
cirujanos del siglo xn, Jamerius (4) y Hugo de Lucca (Ugo Borgognoni), 
que no han dejado recuerdo alguno de su obra; Bruno de Lougoburgo, un 
defensor del tratamiento seco (asepsia) de las heridas, cuya Chirurgia 
Magna, completada en Padua en 1 25 2, es el primer tratado de su época 
en el que se combaten los autores árabes. Teodorico Borgognoni, hijo o 



(1) C. Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Hist. Sect.), Londres, 19 13- 14, VII, num. 2, 
página 2. 

(2) Impreso en las colecciones enciclopédicas venecianas (tituladas Cyrur- 
gia), fechadas en 1498 y 1499, y en l as colecciones Juntine, de 1546, y De Renzi. 

(3) En las glosas de los cuatro maestros se cita la cola de un animal usada 
con este fin. 

(4) Impresa por primera vez por Pagel como Chirurgia Jamati (Berlín, 1909) 
de un Ms. de Munich. Véase, además, la disertación de Berlín de Artur Sa- 
land (1895). 



1 42 HISTORIA DE LA MEDICINA 

discípulo de Hugo ( 1 205-1 296), obispo de Cervia, cuyo tratado (acabado 
en 1266) se ha conservado en la antología quirúrgica (Cyrurgia) de 1498- 
1499, ha sido censurado por Guy de Chauliac como un copista y plagia- 
rio, probablemente a causa de que, como Hugo anteriormente, él contra- 
dice el dogma pseudogalénico de la «cocción > y del «pus laudable>, y 
que representa en su tiempo un enérgico defensor de una asepsia racio- 
nal. «Para ello no es necesario, como Roger y Roland han escrito, que 
muchos de sus discípulos enseñen, y que todos los modernos cirujanos 
declaren públicamente», dice él, «que el pus puede ser generado en las 
heridas ». No puede haber un error más grande que éste. Semejante prác- 
tica tiene, por consiguiente, que contrariar la naturaleza, prolongar la en- 
fermedad y estorbar la conglutinación y la consolidación de ias heridas». 
(Libro II, cap. 27). Esta sencilla cita, como hace notar Allbutt, hace de 
Teodorico uno de los más originales cirujanos de la Historia, cuyos prin- 
cipios sólo Mondeville, Paracelso y Lister han sostenido después que él. 
En el largo interregno entre Mondeville y Lister, «los partidarios de la su- 
puración ocupan toda la línea». Hugo y Teodorico son también famosos 
por la cura de unturas con pomada mercurial (ungueutum sarracenicum); 
por haber limitado el uso del cauterio y el tratamiento con aparatos de 
las fracturas y de las dislocaciones. Sus nombres aparecen igualmente 
asociados a los sustitutos medievales de los anestésicos, cuyo origen debe, 
sin embargo, remontarse a una época mucho más remota, probablemente 
a la India (i). 

La más antigua referencia salernitana a la «esponja soporífica» se encuentra en 
la hermosa impresión de Jenson del A?itidotarium, de Nicholas de Salerno (Vene- 
cia, 1 47 1; fol. 32 verso), escrito probablemente en el siglo xi. La esponja se impreg- 
naba en una mixtura de opio, beleño, jugo de moras, lechuga, cáñamo indio y hie- 
dra; se pone a secar, y cuando está sólo húmeda se le pone al enfermo para la in- 
halación, despertándole por la aplicación del jugo de hinojo a las ventanas de la 
nariz. Esta prescripción, según piensa Husemann, deriva de las fórmulas más anti- 
guas de aplicaciones anodinas de análogos ingredientes en los templos para com- 
batir el insomnio (vigiliae), o cataplasmas para la anestesia local, como las que se 
Ki omiendao en el Antidotarium, de Nicholas (Oleum mandragoratum, fol. 22 ver- 
so), y en la Práctica, de Coppo; en el Tractatus de acgriludinum curatione,y tam- 
bién por Gaddesden y Varignana. De Nicholas, la receta de la spo?igia somnífera 
pasa a Hugo y a Teodorico (confectio somnífera), y de ellos a Gilbertus Anglicus 
( 1 200J, Pfolspeundt (1460), Guy de Chauliac, y al Goihaer Arzneibucli, de la Alema- 
nia Baja. La antigua poción somnífera de Dioscórides ha sido recomendada por 
Avicena, Serapión, Jocelyn de Furness (1 177-99), San Isidoro de Sevilla, Thomas 
antimpré, Conrado de Megemburgo, Jerome Bock, Jerome de Brunswick (que 
Substituye la belladona ,, Matteo Silvático y Brassavola, al paso que pociones simi- 
lar» s se encuentran men< ionadas en Boccaccio (VIII, pág. 8; X, pág. 4), Macchia- 
vrllo /.' \íandr agola) ^ Du Hartas, Marlowe, Middleton y Shakespeare (Romeo y 
Julieta, IV. páginas 1 j 

huíante toda la Edad Media la mandragora ha sido el narcótico por excelen- 

1 Husemann: üeuísch. ZtSChf.f. í'lür., Leipzig, [895; X L 1 1 , páginas 577-587. 



EL PERÍODO MEDIEVAL 143 

cia, preferible al opio y al cáñamo indio, a causa de que no era, como éstos, «frío 
en cuarto grado», sino en tercero. Sus peligrosos efectos, cuando se administra al 
interior, son indicados en el Judio de Malta, de Marlowe: 

Yo bebo adormideras y frío jugo de mandragora 
Y me quedo dormido; probablemente, sospecho que ello me matará. 

Por cuyas razones no era empleada interiormente por los cirujanos de la es- 
cuela de Salerno. 

El último cirujano italiano del siglo xin es Guglielmo Salicetti, lla- 
mado Saliceto, o Salicet (i 20I -1 277), un hombre perfectamente edu- 
cado en el hospital y en el campo de batalla, a la vez que en la enseñanza 
universitaria. Era médico de la ciudad, primero en Bolonia y después en 
Verona, y en 1 27 5 terminó su Cyrurgia (impresa por primera vez en Pia- 
cenza en 1476) [i], a beneficio de su propio hijo, a quien había educado 
en la profesión de Medicina. Aunque mucho más pequeña que su tratado 
de Medicina, su Cirugía resalta como un jalón o una boya en el campo 
de la Medicina, en la historia del arte quirúrgico, y esto por las razones 
siguientes (2): Saliceto no quiere separar el diagnóstico quirúrgico de la 
medicina interna, y presenta una buena serie de historias clínicas, en las 
que se apoya para fundamentar sus asertos. El restaura el favor del bis- 
turí, al que los árabes habían dejado un puco de lado, en su preferencia 
por el cauterio; ha enseñado cómo pueden suturarse los nervios secciona- 
dos, y a diagnosticar la hemorragia arterial por la violencia del chorro 
sanguíneo. Especifica las parálisis contralaterals como una consecuencia 
de los traumatismos de la cabeza, para los que recomendaba una frecuente 
compresión con el fin de evitar la peligrosa entrada del aire; la crepita- 
ción (sonitus ossis fracti) es terminantemente señalada como un signo 
diagnóstico de las fracturas; las heridas de flecha son descritas de gráfica 
manera, y se prescribe una sutura de pellejero para Jas heridas intestina- 
les. Pía sido el primero en señalar el contagio venéreo como una causa 
real del chancro, del bubón y de las úlceras fagedémicas, y ha recomen- 
dado como medio profiláctico ablutio cum aqua frígida et roratio loci 
cum aceto (Neuburger). En su tratado de práctica ha dejado una clásica 
descripción de hidropesía debida al riñon retraído (durities in reni- 



(1) Traducción francesa por Nicole Prevost (Lyón, 1492), y de nuevo, con co- 
mentarios, por Paul Pifteau (Toulouse, 1898). El tratado de práctica de Saliceto 
(■^umrna conservationis ei curationis) ha sido impreso primeramente en Piacenza 
(circa 1475-6), y su De salute corporis, en Leipzig (1495). Sus méritos como médico 
han sido estudiados por las disertaciones de los discípulos de Pagel, H. Grunow 
(1895), E. Loewy (1897), W. Herkner (1897) y O. Basch (1898). 

(2) Véase Gurlt: I, páginas 754-765; Neuburger: II, páginas 380-384, y Albutt: 
The Historical Relations of Medicine and Surgery, Londres, 1905; páginas 32 y 33. 



144 HISTORIA DE LA MEDICINA 

bus) [i], un notable estudio de la melancolía e importantes contribucio- 
nes de ginecología. Los sanos principios quirúrgicos de Saliceto han sido 
hábilmente sostenidos por su discípulo Lanfranchi, de Milán, que resultó 
.; )licado en las luchas de güelfos y gibelinos, y fué desterrado de su 
ciudad natal por Visconti. En Lyón ha escrito su Chirurgia parva. Lle- 
gad i a París, en 1 295, se encontró excluido, corno hombre casado, del 
profesorado universitario, compuesto de clérigos, y se asoció al Colegio 
de San Cosme, organizado antes de 1260 por Jean Pitard, cirujano de Fe- 
lipe el Hermoso (1306-28) [2]. Aquí, con su estilo serio y avanzado de 
enseñanza, y el empleo de la instrucción clínica, se convirtió en el funda- 
dor de la cirugía francesa, muriendo en 1315. En su Chirurgia magna, 
terminada en 1 296 y dedicada a Felipe el Hermoso (Venecia, 1490) [3], 
Lanfranc hace una resuelta y valiente defensa contra el cisma medieval 
entre la Cirugía y la Medicina que venía existiendo desde los tiempos de 
Avicena, expresando su convicción de que el cirujano debe ser también 
un internista, en el siguiente silogismo: Omnis practicus est theoticus: (mi- 
nis cyrurgicus est practicus; ergo omnis cyrurgicus est theoricus. Ha sido 
el primero en describrir la contusión cerebral, y su capítulo de los sínto- 
mas de la fractura del cráneo se considera como clásico. La depresión de 
los fragmentos y la irritación de la duramadre son, para él, las únicas in- 
dicaciones de la trepanación. Ha distinguido también la hemorragia arte- 
rial ele la venosa, y la hipertrofia del cáncer de la mama; y algunos pro- 
cedimientos, como la intubación del esófago, la reunión de los nervios 
divididos y la neurotomía en el tétanos figuran entre sus innovaciones. Al 
contrario de Saliceto, Lanfranc era un partidario del cauterio y adversa- 
rio del bisturí. Por consiguiente, evitaba la trepanación, la extracción de 
la catarata y la litotomía; trataba la hernia únicamente con bragueros; 
pero, en cambio, no dudaba en operar en los casos de empiema y de he- 
ridas de los intestinos, tratando la hemorragia por los estípticos, la com- 
presión digital, la torsión y hasta la ligadura. Ha dado cuidadosas ins- 



1 Saliceto: Liber... in sciencia medicinali, Placentiae, 1476; ch. 140. Véase tam- 
bién Haeser: Zur Geschichte der Brigh'scken Krankheit, Janus, Breslau, 1848; III, pá- 
gina J71 , que da interesantes teferencias de la nefritis en los escritores árabes Se- 
r a pión y Razhes. 

I'd manual quirúrgico de Jean Pitard, de manuscritos de Lüneberg (latín) 
y de París (viejo fran< és), na sido impreso por Sudhofi en los [rch. /. Gesch. a. Med., 
I.« ipzi II. páginas [89-278. 

rambiéo impresa en las antologías quirúrgicas de [498-99. Existe una tra- 
ducción francesa de G. Yvoire (Lyón, 1490), y ana antigua versión inglesa, impresa 
por la ( )l«l English Text So< Leí 1894 j otra ( 'nirurgia parva), en letras negras, 

l<. bu Halle (Londn . 1 na soberbia traducción, en caracteres negros, de 

►añol ha sido impresa en Sevilla en [495 por los -tres ale- 

,. ll.i íido también traducida al alemán por Otho Brunfels (Es- 



EL PERIODO MEDIEVAL 145 

trucciones para la sangría, lamentando que este procedimiento fuera de 
la jurisdicción de los barberos. Sus consejos éticos a los cirujanos son in- 
geniosos y delicados, y aunque él consideraba a París como un paraíso 
terrenal, miraba a los cirujanos franceses de su época con soberano des- 
precio. La obra de Saliceto y de Lanfranc, coincidiendo con el desenvol- 
vimiento de las grandes universidades medievales — París(llio), Bolo- 
nia (1113), Oxford (1167), Montpellier (1181), Padua (1222), Ñapóles 
(1224) — y con la brillante y falsa aurora de cultura y de liberalismo del 
siglo xiii (l), sirvió grandemente al desarrollo del talento quirúrgico en 
Francia, Inglaterra y Flandes. De las familias italianas delle Preci y da 
Norsia proceden los Preciani y los Norsini, familias de cirujanos errantes 
que iban practicando por todas partes la herniotomía, la litotomía, la 
uretrotomía y la extracción de las cataratas, reservándose los procedi- 
mientos como un secreto de familia. 

Contemporáneo de Lanfranc es su leal continuador Henry de Monde- 
ville (1260- 1 3 20), un atrevido y original pensador, dotado con un gran 
poder de ingenio y de sarcasmo, que empleó en hacer una valiente y de- 
cisiva defensa del principio de evitar la supuración por medio de la sen- 
cilla limpieza, que había sido pensado por Hipócrates y defendido des- 
pués por Hugo y Teodorico. Antes de 1301 era uno de los cuatro ciruja- 
nos de Felipe el Hermoso, y en 1 304 daba lecciones de anatomía en la 
Universidad de Montpellier (2). El tratado quirúrgico de Mondeville, co- 
menzado en 1306 y abandonado en 13 16, ha sido primeramente editado 
e impreso de varios manuscritos por Pagel en 1 892, y más tarde traduci- 
do al francés por Nicaise (París, 1 893) [3]. Abunda en consejos del más raro 
sentido común para el tratamiento aséptico de las heridas y en astutas ad- 
vertencias prácticas a los cirujanos respecto de la conducta que deben se- 
guir en su práctica profesional. Opuestamente a la cirugía de emplastos 
de los galénicos, Mondeville aconseja lavar sencillamente las heridas con 
agua pura y no poner nada en ellas, porque «la sequedad de las heridas 
es mucho mejorantes déla supuración que después de ellas». El vino y 
otras bebidas para los heridos deben darse para fortalecer a los enfer- 
mos (4), en oposición a Ja práctica rutinaria de abatirles por medio de la 



(1) Para un interesante estudio de este Aufklárung, con su desgraciada pronta 
terminación, véase J.J.Walsh: The 'Ihirteejith Greatest of Centuries, New- York, 19 12. 

(2) El tratado de Anatomía de Mondeville se ha reimpreso de manuscritos de 
Berlín, por Pagel, en 1889. 

(3) Una fragmentaria y antigua versión francesa de 13 14 ha sido publicada 
por A. Bos (París, Société des anciens tcxtes frangais, 1897-99); otros M. SS. de 1478 
están en la Biblioteca Universitaria de Upsala. 

(4) Véase A. Raubach: Ueber die Wundtranke in der mitlelalierlichen Chirur- 
gie } Berlin dissertation, 1898. 

Historia de la Medicina. — Tomo I 1U 



146 HISTORIA DE LA MEDICINA 

dieta. Para las hemorragias recomienda los estípticos, la compresión digi- 
tal, la acupresura y torsión del vaso aislado por medio de una ligadura de 
lazo corredizo. Su satírico ingenio se demuestra en algunas expresiones 
como las siguientes: «Dios no gastó toda su potencia creadora en formar 

a Galeno» «Muchos más cirujanos saben cómo se causa la supuración 

que cómo se cura una herida». «Levantad el espíritu de vuestros enfermos 
por medio de la música de violas y de psalterios de diez cuerdas, o falsi- 
ficándoles cartas en las que se describa la muerte de sus enemigos, o con- 
tándoles que han sido nombrados obispos si pertenecen al clero». «No co- 
máis nunca con un enfermo que os esté en deuda; id, por el contrario, a 
comer a la posada; de otro modo, él descontará su hospitalidad de vues- 
tros honorarios >. La codicia de Mondeville respecto de honorarios de- 
muestra qué duramente andaban en esto durante la Edad Media (i), y lo 
que él dice a propósito de este asunto sugiere el tipo del cirujano que ha 
de seguirle en la difícil tarea. Como los héroes de Smollet, que describe 
Walter Scott, su espíritu cínico parece deleitarse en cosas «esperadas, 
como desgracia, dolores morales y malestares corporales de otros»; sin 
embargo, es difícil decir desde lejos si esto era el fruto de una ruda expe- 
riencia o la expresión de una suprema ironía. 

Un hombre de muy diferente tipo era Guy de Chauliac (1300-70), la 
autoridad quirúrgica más distinguida en los siglos xiv y xv. Muchacho al- 
deano de la Auvernia, Guy, aconsejado por los amigos, tomó las órdenes 
sagradas y siguió una excelente educación médica en Tolosa, Montpellier 
y París, con un curso especial de Anatomía en Bolonia (2). De este modo 
llegó a ser el cirujano más erudito de su tiempo, y, siguiendo la marcha 
natural, llegó a colocarse, en Avignón, como médico y «capellán comen- 
sal» del papa Clemente VI y de sus sucesores Inocente VI y Urbano IV 
(1352-78). El era un escritor de rara cultura, provisto de una fina crítica y 
de un buen sentido histórico, y, por consiguiente, el único historiador mé- 
dico de conciencia entre Celso y Haller. Como operador, estaba muy de- 
fendido con el estudio de la anatomía humana, y fué uno de los primeros 
en llevar a cabo las operaciones de la hernia y de la catarata, quitándolas 
de las manos de los vagabundos charlatanes; sin embargo, él dudaba en 
intervenir en la operación de la piedra. Creía que se debía extirpar con el 
bisturí el cáncer en sus primeros períodos; pero él empleaba el cauterio 



1) El lalernitano Uum dolet, aceite era la Ley, como indica satíricamente Jhoo 

de Salisbury (Neubureer, II, pág. 325). Véase también C. Vieillard: Le pacte medical 

au 1/ , Bull. Soc.fr anc. eFhistoirede Med. t París, [904; III. páginas 4*-' 196. 

Guy aprendió la Anatomía del discípulo <l«- Mondino, Nicolo Bertuccio, y 

imbién muy influenciado por Nicolo <le Reggio (1317-45) y su traducción de 

\rtium, de ( íaleno. 



EL PERIODO MEDIEVAL 



147 



en las variedades fungosas, lo mismo que en la caries, en el ántrax y en 
las afecciones semejantes. Las úlceras las trataba por medio de un collar 
o guarda de hojas, y trataba las fracturas por medio de vendajes suspen- 
sores (como en el muslo) por medio de pesos y poleas. Da también un 
interesante resumen del arte de dentista en aquella época (i). Nos da una 
gran luz acerca de los procedimientos operatorios de su época con la des- 
cripción de la inhalación narcótica o soporífera, atribuida originalmente a 
Teodorico. Aquel substituto medieval de los anestésicos a que más arriba 




Guy de Chauliac (1300-1370). 

hemos hecho referencia estuvo en boga hasta el siglo xvtt, y se encuentra 
frecuentemente citado por los poetas isabelinos y por los dramaturgos; 
por ejemplo, en la muy conocida cita de la tragedia de Thomas Middle- 
ton Women Beware Women [act. IV, esc. i. a ): 



Yo en todo imito las piedades de los antiguos cirujanos, 
que al cortarles los miembros, demostrando en ello su arte, 
les producen sueño, y después cortan la parte enferma. 



(i) Sobre esto véase V. Guerini: History of Dentistry, Filadelfia, 1909; pági- 
nas 142-149, y J. J. Walhs: Old-Time Makers of Medicine, New- York, 19 12; pági- 
nas 319-323- 



U8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Sin embargo, a despecho de su enorme experiencia, Guy de Chauliac 
era un completo reaccionario en el importante asunto del tratamiento 
de las heridas, y, a causa de su gran autoridad, retrasó el progreso de la 
cirugía por espacio de seis centurias, prestando todo su influjo personal a 
la doctrina de que la curación de las heridas tiene que ser realizada gra- 
cias a la intervención directa del cirujano — pomadas, emplastos y otras 
aplicaciones — más bien que por la fuerza curativa de la Naturaleza. Como 
maestro ético, Guy tenía un ideal del cirujano mucho más noble que el de 
Henry de Mondeville, y su modo de expresión revela tanto al caballero 
como al erudito. Durante las epidemias de peste de Avignón, en 1348 
y 1360, permaneció valientemente en su puesto, al paso que otros médi- 
cos huían de la localidad. Su obra más famosa es el Inventarium o Chirur- 
gia Magna, escrita en 1 363 y publicada traducida al francés, por vez pri- 
mera, en Lyon en I478 [i]. Su obra ha tenido numerosas ediciones, tra- 
ducciones y reducciones (les fleurs dn grand Guidon), y en esta última 
forma ha llegado a convertirse en el vademécum o guidon de la práctica 
quirúrgica, hasta más allá del siglo xvi. 

El más distinguido de los discípulos de Guy es Pietro d'Argelata 
(muerto en 1 42 3), un profesor de Bolonia cuya Chirurgia ha sido impresa 
en Venecia en 1 480. En el capítulo consagrado a los cuidados que deben 
prestarse a los cuerpos muertos cuenta cómo él había embalsamado el ca- 
dáver de Alejandro V. Argelata enseña el tratamiento seco de las heridas, 
pero espolvoreándolas; era un hábil dentista; empleaba las suturas y los 
tubos de drenaje en las heridas; efectuaba la trepanación del cráneo; in- 
cindió la línea alba post-mortem en la operación cesárea, y, algunas veces, 
efectuó las operaciones de la hernia, de la piedra y de la fístula de ano. 
Esta última operación alcanzó su más alto grado de perfección ea manos 
de John of Arderne (1306-90) (?), el más antiguo de los cirujanos ingleses. 
Árdeme era un hombre instruido, que se había educado, en una carrera de 
aventuras, como cirujano militar durante la Guerra de Cien Años. Ha es- 
crito tratados sobre la obstrucción intestinal (Passio iliaca) y la gota, y 
un ensayo sobre los enemas (1370), abogando por el empleo de un ins- 
trumento de su propia invención. Empleaba las irrigaciones en los cólicos 



(1) La pratique enchirurgie dumaistre Guidon de Chauliac, Lyon, Barthelemy 

Buyer, 1478. Kl texto Latino (Chirurgia) se ha impreso por vez primera en Venecia 

< 11 [490; un texto veneciano in lingua franca, en 1480; un buen text.» latino, por 

Laurent Joubert, canciller de Montpelíier (Lyon, 1578); también un texto francés 

Rouen, 1615) y un glosario, por su hijo (1583). La mejor edición moderna son las 

de Symphoríen Champier (1537), Louis verduc (1731) y otras. Existen traducciones 

inglesas, alemanas y españolas. Y.\ Questyonary y en tipos negros, de Robert Wyer 

- ii - ina hermosa impresión inglesa. Un raro M.S. inglés, propiedad 

de 1 e describe en el Proc. Charaka Club, New-York, 1916; IV, pági- 

do láminas. 



EL PERÍODO MEDIEVAL i 49 

renal e intestinal, en la cistitis y en la gonorrea. Su bien ilustrado tratado 
de la fístula de ano (1376), según la opinión de su editor, D'Arcy Power, 
expone una operación quirúrgica perfectamente descrita, para un estado 
que sus antecesores habían abandonado como completamente incurable. 
Colocado el enfermo en posición de litotomía, Árdeme incindía atrevida- 
mente la pared externa de la fístula en todas sus ramas, en lugar de ro- 
zarla con sondas y ligaduras; contenía la hemorragia por medio de liga- 
duras y evitaba todo tratamiento ulterior corrosivo o irritante de la heri- 
da. Su asepsia, pariente de la de Mondeville, es un resultado de la educa- 
ción de Arderne como cirujano normando. El médico sajón recoge en su 
enseñanza favorablemente la astrología, las brujerías y las hierbas mági- 
cas. «Nada le agrada tanto como un hechizo». 

Giovanni Arcolani (muerto en 1484), o Arculanus, un profesor de 
Medicina y Cirugía de Bolonia (1422-1427) y de Padua, cuyo tratado de 
Cirugía (Práctica) ha sido publicado en Venecia en 1 483, es famoso como 
uno de los principales iniciadores del arte odontológico y de la cirugía de 
la boca. Las secciones quirúrgicas contienen figuras de los instrumentos 
usados (i), incluso jeringas de oro y catéteres flexibles. Describe el relle- 
no de los dientes huecos con panes de oro, y da, por último, un buen es- 
tudio de los síntomas mentales del alcoholismo. 

La Chirurgia, de Leonardo de Bertapaglia (muerto en 1460), es única- 
mente un arreglo del cuarto tomo del Canon, de Avicena, lleno de la poli- 
farmacia árabe, con marcadas tendencias hacia la astrología. 

El cirujano flamenco Jean Iperman (1295-1351), cuya Chimrgie ha 
sido impresa del manuscrito flamenco por Carolus (Gante, 1 854) y antes 
por Broekx (Amberes, 1 863) [2], era un discípulo de Lanfranc, que sos- 
tuvo dignamente la fama de su maestro, especialmente en lo que a la li- 
gadura y torsión de las arterias hace referencia. 

Da un buen estudio de la trepanación, de las heridas de flecha (con un trata- 
miento seco, especial, de las heridas), tratamiento del labio leporino por medio del 
refrescamiento de los bordes y de una sutura especial, alimentación artificial por 
medio de un tubo de plata y dilatación de la abertura con reposición de la viscera 
prolapsada. 

En el capítulo de la lepra menciona la anestesia y la posibilidad de la infección 
por las relaciones sexuales. Respecto del tacto real menciona astutamente que los 
casos curables se curan perfectamente sin él (Neuburger). 

En el siglo xiv era una gran autoridad quirúrgica en los Países Bajos. 
Mano a mano con el desarrollo medieval de la Cirugía, es necesario 



(1) Neuburger: Op. cit., II, pág. 508.— J. J. Wash: Old- Time Makers of Medicine, 
New- York, 191 1, y Modern Progress and History, New- York, 191 2, páginas 1 16-1 18. 

(2) Un Traiié de médecine pratique du maitre Jehan Iperman ha sido publicado 
también por Broeckx (Amberes, 1867). 



1 5 o HISTORIA DE LA MEDICINA 

mencionar el adelanto en el estado de la Anatomía humana. La disección, 
que estaba primero rigurosamente prohibida por la ley y por el sentimien- 
to, se fué haciendo cada vez más materia de enseñanza desde el decreto 
del emperador Federico II, en 1240. Payne ha dividido la enseñanza me- 
dieval de la Anatomía en tres períodos: Primero, el salernitano (800-1200), 
en el que la instrucción estaba basada en la disección de los animales, 
como se ve en la Anatomía Porci, de Copho, uno de los maestros judíos 
de Salerno; segundo, el período árabe (siglo xin), en el que la disección 
estaba reemplazada por los libros y las lecturas. Las principales autorida- 
des de la época eran Richard de Wendover, llamado Ricardus Angli- 
cus (1252), médico de Gregorio IX, cuya obra se ha conservado en el tex- 
to de Robert Tóply (Viena, 1902), y Henry de Mondeville, que mucho 
tiempo antes de Ambrosio Paré hizo preceder un tratado de anatomía a 
su cirugía, y que, siguiendo la enseñanza de Wendover, empleó los gra- 
bados, diagramas y un modelo del esqueleto. 

Las 13 miniaturas que Mondeville empleaba han sido reproducidas y descri- 
tas por Sudhoff de un M. S. francés de 13 14, y también un cierto número de toscos 
dibujos a pluma de unos M. SS. de Berlín y Erfurt (O. Estos pequeños dibujos son, 
tal vez, las más antiguas ilustraciones anatómicas de la época, estableciendo varias 
normas de la anatomía tradicional, verbigracia, los esquemas musculares y visce- 
rales, que han sido imitados servilmente durante largo tiempo. Mejor ejecutadas 
aparecen las 18 figuras coloreadas de la Anatomía, de Guido de Vigevano (1345), 
que Wickersheimer ha reproducido del M. S. 569 del Museo de Conde (Chanti- 
lly) [2]. La anatomía en estos dibujos, tendiendo a ilustrar la técnica de la disec- 
ción, es extraordinariamente diagramática. En la mayoría de estos M. SS. medi- 
evales el esqueleto tiene el aspecto espectral (Lemurengestalt) común en muchas 
figuras de la danza de la muerte, sugestionando la idea de una preparación seca, 
extraídas las visceras, y en la que se vieran los huesos a través de la piel; el estó- 
mago está invertido, dando el visceral esquema la impresión de una gaita, al paso 
que la columna vertebral se ve como de un bastón malayo. 

El interés del tercer período estriba en el renacimiento de la disección 
humana, con Mondino de Luzzi (circa 1 27 5-90), llamado Mundinus de Bo- 
lonia, cuya Anatomía ha sido concluida en 1 3 16 y publicada en Padua 
en 1478, y más tarde en Leipzig, en 1493, por Martín Pollich de Mellers- 
tadt. Por su intención, esta obra era más bien una pequeña cartilla de di- 
sección (3; que un tratado formal de gran anatomía. 

quema de disección de Mundinus comienza con la cavidad abdominal, 
como continente de las visceras perecederas. En esta sección describe, por inci- 
dencia, la paracentesis abdominal, la cura radical de la hernia y la litotomia, dando 

ademase! diagnóstico diferencial entre el cólico renal y el intestinal, y refiere sus 



1 Sudhoff: Anatomü im Miitelalter (Stud. .. Gesch. d. Med., Leipzig, 1908; 
; páginas 82-89, 1. XXIV. 

1 * beimer: Arch. /'. Gesch. d. Med. x Leipzig, [913-14; VII, pági- 
nas i--*;. 5 lame 

I )<• otro modo, un manual médico general (quoddam OfUS in Medicina). 



EL PERÍODO MEDIEVAL 151 

post-mortem en dos cadáveres femeninos (enero-marzo de 13 15), señalando la po- 
sición del útero en las vírgenes y en las multíparas. Inmediatamente pasa a la cavi- 
dad torácica y al cuello, dando una larga descripción del corazón, y concluye con la 
abertura del cráneo. Hablando del oído, dice que puede comprenderse mejor el 
hueso temporal si se le limpia por medio de la ebullición; sólo que esto es pecami- 
noso (sed propter peccatum dimitiere consuevi). [Neuburger.] 

Aun cuando lleno de errores galénicos en lo que a la fábrica del cuer- 
po humano hace referencia, conservando la vieja ficticia anatomía de los 
árabes, con los términos arábigos, esta obra ha sido, no obstante, el úni- 
co texto manuable de anatomía, durante más de cien años, en todas las 
escuelas medievales, habiendo tenido 33 ediciones y traducciones (Franck). 
Después de su época la disección ha ganado una firme base como un 
modo de enseñar. La obra de Mundinus en Bolonia fué continuada por su 
discípulo Nicolo Bertuccio (muerto en 1 347), que fué maestro de Guy de 
Chauliac. Gentile de Foligno dio una disección pública en Padua en 1341. 
En el siglo xm los médicos italianos comienzan aquí y allá a efectuar la 
abertura del cuerpo con el fin de descubrir las causas de la muerte en los 
casos sospechosos o en las enfermedades epidémicas. El primer examen 
judicial post-mortem fué realizado, en un caso sospechoso de envenena- 
miento, por Guglielmo da Varignana en Bolonia en 1302. En 1 348 se rea- 
lizaban las autopsias en Siena, y fueron autorizadas en Montpellier hacia 
1376-77. Las disecciones públicas fueron decretadas en la Universidad de 
Montpellier en 1366, en Venecia en 1 368, en Florencia en 1 388, en Lé- 
rida en 1 391, en Viena en 1404, en Bolonia en 1 405, en Padua en 1429, 
en Praga en 1460, en París en 1478 y en Tubingia en 1485 (i). Se cons- 
truyó un anfiteatro anatómico en Padua en 1446, y en la Facultad de Pa- 
rís se exigían, desde la segunda mitad del siglo xv, cuatro disecciones 
anuales. Aun antes del advenimiento de Vesalio encontramos los grandes 
artistas del Renacimiento haciendo disecciones en el hospital del Santo 
Spirito, en Florencia; pero, con la excepción de aquellos artistas cuyas 
pinturas realmente enseñaban anatomía sin intención didáctica, la disec- 
ción era, como Neuburger hace notar, un ostentoso rasgo ornamental de 
la instrucción medieval. Considerando la bula De sepulturis, del papa Bo- 
nifacio VIII en 1300, que muchos suponen haber sido dictada con el fin 
de impedir las investigaciones anatómicas, se ha demostrado por Neubur- 
ger y Walsh que era, por lo menos en intención, un simple mandato para 
preservar los cuerpos de los muertos en las Cruzadas de ser cocidos y des- 
membrados antes de volverles a sus parientes (2). 



(1) Véase F. Baker: John Hopkins Hosp. Bull., Bait., 1909, XX, nota de la pág. 331. 

(2) Neuburger: Op. cit., II. pág. 432. Walsh da el texto latino en sus Papas y 
Ciencia (New-York, 1908, pág. 413) y traducido en la Med. Libr. and Ilistor. Jouru., 
1906; IV, pág. 265. 



152 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



En el siglo xm la cultura árabe estaba seguramente injertada en la 
medicina europea por medio de las traducciones latinas, y la medicina in- 
terna en este período era esencialmente escolástica y monástica, porque 
sus cultivadores eran o frailes o eruditos del tipo de los maestros intelec- 
tuales más adelantados de la treceava centuria: Rogelio Bacón, Santo To- 




Página título de la Anathomta, de Mundinus. Leipzig, i493-i 



más de Aquino, Duns Scottoy Alberto Magno. Los medievales abogados 
v lógicos prestaron el buen servicio de aguzar la inteligencia de los hom- 
bres, y enseñaron ;i éstos cómo se usa la dialéctica como un instrumento 
:no un arma; pero la ciencia misma no pudo adelantar, en tanto que 
los trampal y los lazos de los silogismos siguieron siendo preferidos a la 
inductiva demostración de los hechos. Podemos prácticamente designar a 
'ores de l,i Edad Mí-dia con el nombre de arabistas, teniendo en 






EL PERIODO MEDIEVAL 153 

cuenta su invariable fidelidad al dogma de Galeno, transmitido por las 
fuentes mahometanas. El gran centro de este movimiento de transmisión 
era Toledo, que desde el momento en que volvió a las manos de los cris- 
tianos, en 1085, fué visitado y vivido por muchos, a causa de sus ricos 
tesoros en manuscritos árabes, a la vez que muchas de las traducciones 
hebreas del árabe procedían de la Provenza. 

Gerardo de Cremona (i i i 4- i 187), que tradujo a Rhazes, Serapión, Isacc Judaeus, 
Albucasis y el Canon de Avicena, era el principal intérprete de este magnífico te- 
soro toledano; Marcos de Toledo tradujo mucho de Galeno y el Isagoge de Johan- 
nitius; el salernitano Ferragut ben Salem tradujo a Rhazes en Sicilia (1279), y Juan 
de Toledo (Johannes Hispanicus) ejerció una profunda influencia en Salerno con 
la traducción latina de la epístola higiénica del pseudo-Aristóteles. En su obra de 
transplantación de las doctrinas arabistas, los judíos, los intermediarios naturales 
entre el Oriente y el Occidente, desempeñaron un papel muy importante, sobre 
todo con sus propias traducciones hebreas de los autores árabes. De otra parte, la 
influencia toledana no fué enteramente y en todos los casos favorable, dado que 
algunos de los llamados «traductores», ignorantes del árabe, habían eruditamente, 
por lo común, pasado el texto, hebreo o sarraceno, de un modo oral al español, 
para volverle al latín bárbaro cúrrente cálamo. Por su ignorancia, tanto médica 
como lingüística, los términos técnicos eran muchas veces transcritos sin traduc- 
ción, muy frecuentemente se torcía el sentido de las frases, y otras veces, las múl- 
tiples contradicciones volvían el texto ininteligible (1). La gran masa de las doctri- 
nas árabes era ahora impugnada por los médicos escolásticos, que eran otros co- 
mentadores en el sentido ortodoxo, «agregadores», esto es, recopiladores, de las 
cosas mejores de aquellos autores; «conciliadores», es decir, aquellos que trataban 
de unir y reconciliar las contradicciones de las doctrinas helenistas y árabes por 
medio de la dialéctica, y «concordantes», por ejemplo, los que eran armonizadores 
y arregladores de las ideas avanzadas y de las sentencias de un autor, poniéndolas 
en el orden regular (2). El mérito principal de todos estos recopiladores de la 
Edad Media es su habilidad para dejar las cosas en orden. Había poca libertad de 
pensamiento. La influencia de los autores árabes, llevada por Constantino el Afri- 
cano, era todavía comprobable en algunos médicos antiguos del siglo xm, como Ri- 
cardus Anglicus, Gualtherus Agulinus,Petrus Hispanus.Gilbertus Anglicus y Jean de 
St. Amaud, canónigo de Tournay, que escribió un comentario al Antidotarium, de 
Nicholas el Salernitano, y un Revocativum memoriae, un compendio prudentemente 
hecho, destinado a las noches de insomnio de los estudiantes económicos, sobre 
sus Galeno y Avicena, y consistiendo en una concordancia de aquellos autores, 
dispuestas con frases ingeniosas y abreviaturas del contenido de las obras de Hi- 
pócrates y Galeno, y las Areolae, una condensada materia médica que disfrutó de 
gran popularidad en las escuelas. El fundador de la dialéctica médica fué Taddeo 
Alderotti (i 223-1 303), llamado Thaddeus Florentinus, un escritor de secos escolios 
y buenos consejos, que comenzó a enseñar medicina lógica o escolástica en Bolo- 
nia en 1260; un práctico muy económico y muy envidiado. Thaddeus introdujo la 
costumbre de ahogar el texto con una verdadera inundación de comentarios. Ha 
sido el primero que ha notado las defectuosas traducciones de Constantino, y se 
dirigió a las fuentes griegas originales; pero su propia habilidad en el desmenuza- 
miento lógico le sugirió su adiestramiento en el Canon, de Avicena. El método es- 
colástico alcanzó su más alto desarrollo desde entonces en Bolonia, que era el 
gran centro de la casuística legal y de los triunfos forenses (3). 



(1) M. Steinschneider: Die hebrñischen Ucbersetzungen des Mittelaliers Und die 
Judcn ais Dolmetscher, Berlín, 1893. También Neuburger: Op. c//., páginas 329-337. 
¡" (2) Pagel-Sudhoff: Berlín , 191 5, pág. 181. 
(3) Neuburger: Op. ciL, pág. 375. 



154 HISTORIA DE LA MEDICINA 

El Conciliator differ entiarum (Venecia, 1471), del herético Pedro de 
Abano ( 1250-13 i 5), el gran Lombardo, que, como implica su título, trata 
de conciliar los puntos de vista de los arabistas y de los griegos, señala el 
crecimiento de la rival escuela de Padua, como un centro de dialéctica 
médica, de la que Thaddeus y Pedro fueron los patronos por espacio de 
un siglo (i). El Líber Pandectae Medicinae, de Matthaeus Sylvaticus 
(muerto en 1 342), de Mantua, uno de los primeros incunables que se im- 
primieron (Estrasburgo, 1470 [?], señala también la misma tendencia. De 
todos modos, los más prominentes de los arabistas están asociados con el 
crecimiento en importancia de la escuela de Montpellier. Fundada, apro- 
ximadamente, hacia 738, esta escuela, como la de Salerno, estaba encan- 
tadoramente situada cerca del mar y no lejos de las aguas minerales. Más 
antiguamente de 1 137, el obispo Adalberto de Maguncia visitó la escuela, 
alistándose entre sus profesores médicos. San Bernardo refiere en sus car- 
tas la visita del arzobispo de Lyón (1153), y su influencia ha persistido has- 
ta nuestros días. Un célebre representante antiguo de estos maestros ara- 
bistas de Montpellier era el alquimista Raimundo LulloLulio (i 23 5-1 3 1 5), 
natural de Mallorca, que, investigando la piedra filosofal, pretendía que el 
aurum potahile, u oro líquido, era un soberano elixir contra las enferme- 
dades. Habiendo entrado en la orden de los minoristas, aprendió el ára- 
be, en su deseo de convertir a los musulmanes del norte de Africa, y en 
este camino llegó a relacionarse con los químicos árabes, llevando mu- 
chas de sus ideas a Europa. Un hombre de un tipo similar es el catalán 
Aknoldo de Vilanova (1235-1312), que era doctor en Teología, Leyes, 
Filosofía y Medicina, y consejero y consultor de Pedro III el Grande de 
Aragón. Discípulo de los químicos árabes, ha buscado también el elixir 
de la vida universal, y sus tendencias alquimistas, unidas a sus herejías 
teológicas, fueron causa de que se le anatematizase después de su muerte. 
Es famoso por la invención de tinturas y del espíritu devino (aurum po- 
tabile) on la farmacopea, y desde muchos puntos de vista se le puede con- 
siderar como una especie de Paracelso refinado, como un hombre lleno 
de extrañas contradicciones. El era muy hábil en la clasificación de las en- 
fermedades y opuesto al abuso de la dialéctica, a la tendencia de los esco- 
lásticos parisienses de resolver la misma por medio de los universales, 
ignorando los particulares, lo mismo que de un infundado empirismo te- 
rapéutico, que Be pierde él mismo en particulares e ignora los principios 
generales. 



1 El Conciliator consiste en 210 puntos de discusión para resolver p<>r medio 
de la disputa; por ejemplo: Utrum nervi oriantur a cerebro necne?, Utrum medicina 
eniia, n¿< ne. An ossa sentiant, etc., que se convirtieron en moda para las diser- 
tan iones y disputas de !<>s estudiantes hasta la diecisieteava centuria. 



EL PERÍODO MEDIEVAL 155 

Era un fecundo, elegante y no crítico escritor, que, como dice Symphorien 
Champier, rehusa revisar un manuscrito una vez que lo ha escrito. Su Breviario 
práctico (Milán, 1483), uno de los mejores manuales de la Edad Media, contiene 
muchas observaciones independientes y muchas citas de médicos actualmente 
desconocidos. La obra magna de Amoldo de Vilanova, las Parabolac, una serie 
de 345 aforismos piadosos, dedicada a Felipe el Hermoso (1300), contiene muchos 
originales pensamientos. Sus comentarios al Regimen Sanitatis no deben confun- 
dirse con el Regimen mismo, que algunos le atribuyen, ni con otros comentarios 
de Magnino de Milán (1). El mejor estudio moderno de Amoldo de Vilanova es el 
de Hauréau, desde el punto de vista literario, y el de Paul Diepgen, desde el as- 
pecto médico (2). 

Otros eminentes discípulos de la escuela de Montpellier son los cirujanos Guy 
de Chauliac, Arderne y Mondeville; Valescus de Taranta (1382-1417), médico de 
Carlos VI de Francia, y cuyo Tractattis de peste es uno de los más antiguos incuna- 
bles (1470 [?]); Johannes de Tornamira, médico de los papas Gregorio IX y Cle- 
mente VII, canciller de Montpellier por espacio de muchos años y digno de men- 
ción por su Introdnctorium (Lyón, 1490), un popular libro de texto práctico de los 
siglos xiv y xv; Pedro Hispánico (1277), llamado Petrus Hispanus, médico del papa 
Gregorio X, y después papa él mismo con el nombre de Juan XXI, y cuyo Thesau- 
rus Pauperum ha sido el más popular de los formularios durante la Edad Media; y 
los sabios representantes de la medicina anglonormanda, Bernardo de Gordon, 
Richard de Wendover (el anatómico), Gilbertus Anglicus y John of Gaddesden. 

Antes de la llegada de los conquistadores normandos, la medicina in- 
glesa estaba enteramente en manos de los curanderos sajones, cuya prác- 
tica estaba compuesta de hechizos, brujerías y leyendas acerca de las 
plantas, y cuya medicina popular se ha conservado en el Leech-Book, de 
Bald, y de otros anglosajones fock-loristas (3). Los normandos eleva- 
ron el estado social e intelectual de sus médicos procurando su educa- 
ción como clérigos. 

Bernard de Gordon, probablemente escocés de origen, pero que no practicó 
en Inglaterra sino como profesor de la escuela de Montpellier desde 1285 a 1307. 
Su Lilium Medicinae, que existe en algunos raros manuscritos y que, publicado 
por vez primera en Venecia en 1496, es un característico libro de texto arabista 
de la práctica médica, de ningún modo clásico, y típico de la Edad Media por las 
sutilezas escolásticas y por la rígida subordinación al dogma. Las materias trata- 
das están muy ordenadas: fiebre aguda (peste bubónica)/ tisis, epilepsia, sarna, 
ignis sacer, ántrax, tracoma y lepra, descritas como enfermedades contagiosas. El 
libro es notable por contener la primera descripción del braguero moderno y la 
primera mención de los anteojos como ocultis berellinus. El Compendium medicinae 
(Londres, 15 10), de Gilbertus Anglicus (muerto en 1250), el sabio expositor de la 
medicina anglonormanda, es muy semejante en su estilo al Lilium Medicinae , de 
Gordon, así como en el orden de las materias tratadas y en el modo de pensar. El 
autor confiesa su preferencia por el simple tratamiento expectante de Hipócrates; 
pero vacila en su aplicación por temor de parecer un ser extraño (4). Lo más im- 
portante de esta obra es una descripción original de la lepra, que se ha conver- 



(1) Neuburger (II, pág. 391) atribuye los comentarios de Amoldo a Magninus 
Mediolanensis. 

(2) Hauréau, en la Histoire littér aire de France, 1881, XXVIII, páginas 26 a 126 
y 487. — Diepgen: Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1909-10; III, páginas 115, 188 
y 369; 191 1- 1 2, V, pág. 88; 191 2- 13, VI, pág. 380. 

(3) Véase Oswald Cockayne: Leechdoms, wortcunning and starcraj 'I of early En- 
gland, 3 vol., Londres, 1864-66. 

(4) Neuburger, II, pág. 369. 



156 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tido en la base de la información medieval acerca de este asunto. Gilberto ha sido 
el primero en señalar la viruela como una enfermedad contagiosa; un punto de 
vista muy discutido después hasta la época de Sydenham. El libro concluye con 
unas instrucciones higiénicas para los viajeros y los marinos; un género literario 
que, como el relativo a todos los regímenes higiénicos, fué tratado repetidas veces 
por los grandes señores y señoras de la época, y llegó a ser una verdadera moda 
en aquellos tiempos (i). John of Gaddesden (1280 [?]-i36i), un beneficiado de San 
Pablo, que algunos consideran como el doctor de Física original de Chaucer, era 
médico del rey Eduardo II de Inglaterra y discípulo y maestro del Colegio Mertón, 
de Oxford. Su Rosa Ang/ica y terminada en 1314 e impresa en Pavía en 1492(2), 
contiene una de las más antiguas referencias a la luz roja (3), o tratamiento de Fin- 
sen de la viruela, que era ya conocido por Gilbertus Anglicus y Bernardo de Gor- 
don; pero, por lo demás, es un fárrago de charlatanismos arábigos y de supersti- 
ciones aldeanas. Guy de Chauliac le califica de «rosa insípida, desprovista de fra- 
gancia», y Haller trata a su autor de «empírico, lleno de supersticiones, positiva- 
mente indisciplinado, un partidario y encomiador de la medicina curandera, ávido 
de lucro y experto en las leyendas vulgares». John Mirfeld, un médico-fraile que 
vivía en los claustros de San Bartolomé en la segunda mitad del siglo xiv, ha es- 
crito un breviario y un glosario para el tratado de Bartholomaeus Anglicus. Entre 
los escritos populares más antiguos del siglo xv podemos mencionar ios múltiples 
herbarios y formularios de las medievales Alta y Baja Alemania, de la Inglaterra 
medieval, daneses e islándicos, el Meinauer Naturlehrey el gales Meddxgon Myd- 
dfai (4). El Danske Laegebog '(5), de Henrik Harpestreng (muerto en 1244), canon de 
Roeskilde, consistente en dos libros de plantas, derivando en gran parte del Ma- 
ccr Flor idus, y siendo él, a su vez, el libro fundamental, del que derivan otros. Un 
tratado de los purgantes ha sido editado por ]. W. S. Johnsson en 1914- 

El más eminentemente naturalista del siglo xiii ha sido el fraile dominicano 
Albert von Bollstadt (1 193-1280), llamado Albertus Magnus, que ha sido sucesiva- 
mente profesor en París y en Colonia y obispo de Ratisbona (1260- 1263), para ve- 
nir a morir en Ratisbona. Es el Aristóteles de este período, y declara que el obje- 
to de su Physica era proporcionar a los hermanos de su orden un libro aristotélico 
de la Naturaleza. Las descripciones de las plantas (De vegetabilibus) están basadas 
en observaciones propias, y, según Haller, contienen el comienzo de una geografía 
botánica. Su obra de los animales tiene el mismo carácter, y ha servido de base a 
Federico II en su obra de falconería. La obra, tantas veces reimpresa, de cosméti- 
cos (De secretis mttlierum), que comúnmente lleva su nombre, es, en realidad, una 
extensa recopilación hecha por su discípulo Enrique de Sajonia. Alberto el Magno 
no ha escrito nada de medicina práctica, un asunto prohibido a los dominicos. Su 
discípulo Santo Tomás de Aquino discute problemas fisiológicos en sus escritos teo- 
lógicos, y adelanta la problemática doctrina de las qualiiates ocultae. Alberto el Mag- 
no fué continuado por algunos enciclopedistas, como los dominicos Vicente deBeau- 
vais (Speculum ma ¡us, 1473-75), Bartholomew Glauvil, designado con el nombre de 
Bartholomaeus Anglicus (De propietatibus rerum); el dominico Thomas de Cantim- 
pre (1204-80), cuyo Pe naiuris rerum ha sido el modelo del Puch der natur (1350), 
de Conrad von Megenberh (1309-74"), y del Tesoro del maestro del Dante, Brunetto 
Latíni. Todas estas obras contienen algunos asuntos médicos. 

El más grande experimentador del siglo xm ha sido el- franciscano inglés Rogjt- 
Bac OH (1210-92), llamado el Doctor mirabilís, que era filólogo comparado, mate- 



(\) x Sudhoff, Arch. f. Gesch. der Med., Leipzig, 1910-n, IV, pági- 

63-281, BObre los conocimientos más antiguos (circa 1227), y Pagel-Sudhoff, 

página 

I ultimas ediciones son las de Venecia (1502), Pavía (1517) y Augsburgo 
■ ■ G Dock: J anus, Amst, 1907, Xíí, páginas 425-435. 

II, páginas 369 y 502. — H. P. Cholmeley: John of Gaddesden and 

■//or. Oxford, 1912; pág. 41. Confróntese el Compendium Medicinae y 

• ■• I j ón, 1^10, fol. 348 verso, col. 1, con Gaddesden (fol. 51, recto, col. II). 

I raducido pOr fohfi Pughe, editado por John Williams en Ithel, Llando- 

Editado por C. Molbe< h, 1861. 



EL PERÍODO MEDIEVAL 157 

mático, astrónomo, físico, geógrafo, físicoquímico y médico. Ha reformado el calen- 
dario, ha hecho mucho sobre la doctrina de las lentes y de la visión, anticipando la 
idea de los anteojos, del telescopio, de la pólvora, de la campana de los buzos, de 
las locomotoras y de las máquinas voladoras, y ha sido un precursor de las cien- 
cias inductiva y experimental. Consideraba la Medicina como un medio de prolon- 
gar la vida por medio de la Alquimia (Química), y aprobaba la Astrología y otros 
modos de superstición teniendo en cuenta sus efectos psicoterapéuticos (1). 

Tres escritores medievales de las plantas y de los simples medicinales merecen 
ser citados todavía; a saber: Giacomo de Dondi (i 298- i 359) cuyo Agregator de me- 
dicinis simplicibus, impreso en Estrasburgo, circa 1470, por Adolf Rusch (el «R» im- 
presor) [2] es uno de los incunables más antiguos que se conocen (3). Simone de 
Cordo (muerto en 1330), cuya Synonyma medie inac (1473) ha sido el primer diccio- 
nario de drogas y de simples con los nombres griegos, latinos y árabes, y el ante- 
riormente mencionado, Matheo Silvático, cuya Pandectas, también impresa por 
Rusch en Estrasburgo, es una recopilación semejante, que da también descripciones 
botánicas e indicaciones terapéuticas. Estos tres libros son para los términos ára- 
bes botánicos lo que posteriormente ha sido la obra de Hyrtl para los anatómicos, 
y, en cierto modo, pueden ser considerados como los orígenes de nuestros diccio- 
narios médicos. 

La medicina pre-renacentista, del siglo xiv y principios del xv, se ca- 
racteriza por el intento de destruir la tradición árabe dentro de un rígido 
molde de la dialéctica aristotélica y de la asimilación de la filosofía aristo- 
télica. El resultado era que la doctrina galénica, después de las traduccio- 
nes y retraducciones, por medio de las glosas árabes, sirias y hebreas, 
estaba defectuosamente retorcida y muy desfigurada de su pensamiento 
original. El «encanto de Aristóteles» flotaba por encima de todo. La es- 
colástica y la dialéctica gobernaban supremamente; hasta los más avanza- 
dos espíritus se hacían francamente sofistas y escépticos, preparando de 
este modo la base para el verdadero renacimiento de la ciencia. La litera- 



(1) Para una completa información de la obra de Rogerio Bacón en la ciencia 
véase Commemorative Essays, editados en su séptimo centenario por A. G. Little 
(Oxford, 19 14). y el resumen de su obra en Medicina, por E. T. Withington. 

(2) El hecho de que el «R» impresor sea Adolf Rusch y no su empleado Men- 
telin ha sido puesto en claro por el distinguido filólogo de Gottinga Karl Dziatzko 
en su ensayo Der Drucker mit dem bizarren «R» (SammL 'bibliothekswissensch. Ar- 
beiten, Halle, 1904, Heft. 17, páginas 13-24). Rusch parece que estaba casado con Sa- 
lomé, hija de Mentelin, y eventualmente trabajó en sus negocios. La tan disputada 
«R» es, en realidad, un monograma de la inicial de Rusch, que él tenía la costum- 
bre de imprimir acá y allá en las obras que hacía, como un signo de su trabajo en 
sus días de aprendizaje. 

(3) El problema de «¿cuál es la obra médica primeramente impresa y editada?» 
no ha sido todavía satisfactoriamente resuelto. El Laxierkalender \ de Guttenberg, 
de 1457, es, naturalmente, anterior a los otros; pero es únicamente una hoja de pa- 
pel. Mile. Pellechet asigna la fecha de 1467 a los tres tratados de autoabusos de 
Johann Gerson, impresos por Ulrich Zell en Colonia. La fecha «1468» ha sido recla- 
mada para tratado de la peste, de Rolando de Parma, y la de 1469 para la Práctica 
(Pt. i. a ), de Giammateo Ferrari da Grado. La cuestión no podrá ser terminante- 
mente resuelta hasta que hayan sido catalogados los incunables médicos conocidos, 
comparados y contrastados en sus tipos de impresión, filigranas (water-marks), ma- 
yúsculas (letras iniciales), la evidencia interna de la biografía y otros datos. Esta 
importante tarea ha sido ahora emprendida por el doctor Arnold C. Klebs, que ya 
ha señalado fecha e impresión a muchos incunables que carecían de una y otra. 



i 5 8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tura médica del siglo xiv era enteramente receptiva y pasiva, consistien- 
do en recopilaciones, comentarios, glosas, glosarios, concordancias, bre- 
viarios y prácticas (frecuentemente llamadas después «los lirios» y «las 
rosas») y escritos casuísticos o consejos. En este período florecen Mundi- 
nus, Guy, Mondeville, Arderne, Ipermann y Argelata. 

Un señalado rasgo de la medicina clínica en los siglos xiv y xv era el escribir 
Coxsii.iA o libros médicos de casos, consistiendo en relatos clínicos de la práctica 
de médicos bien conocidos y cartas o consejos escritos a los supuestos enfermos 
por los verdaderos discípulos de los doctores de la localidad, que eran llamados 
como consultantes, por sus superiores conocimientos. El primer escrito de este gé- 
nero es deTaddeo degli Alderotti, cuyo Cojisilia persiste «durmiendo en los ma- 
nuscritos» (Sudhoff). La práctica era continuada a poca distancia por los médicos 
escolásticos de los escuelas bolonesa y paduana. La más importante Coftsilia es la 
escrita por los profesores de la escuela de Padua, Gentile de Foligno, que fué una 
víctima de la peste negra en 1348 y el primero en observar los cálculos biliares; 
Hugo Senensis (vértigo gástrico, pólipos naso-faríngeos, etc.); Antonio Cermisone 
(pediluvios, trementina en la ciática); Baverius de Baveriis (caries del hueso tem- 
poral, parálisis con afasia, hierro en la clorosis); Ferrari da Grado, y Bartolommeo 
Montagnana 1,1470), un descendiente de una larga serie de médicos, anatómico que 
había disecado más de 40 cadáveres y un cirujano que describe la hernia estran- 
gulada, la operación de la fístula lagrimal y la extracción de los dientes destruidos. 
Estos Cons ¿lia, de los que los de Montagnana da unos 305, se refieren generalmen- 
te a la condición física de los enfermos y de las enfermedades, concluyendo con 
oportunas advertencias respecto de lo que se debe comer, qué drogas pueden 
darse v qué cosas hay que evitar. Siendo historias clínicas personales, no tienen 
el clásico sabor de las de Hipócrates y Areteo; pero ofrecen principalmente inte- 
rés por sus muchas observaciones originales y porque demuestran que los médi- 
cos habían ya comenzado a dar cuidadosos resúmenes de su práctica diaria. Esta 
costumbre ha sido continuada en los últimos períodos, por ejemplo, por Johann 
Lange (1554J, que describe la clorosis; por Locke, que da consejos a Sydenham, y 
cuyos interesantes casos se encuentran mencionados en la correspondencia de 
Bretonneau con sus discípulos Velpeau y Trousseau. 

De Los escritores escolásticos de medicina interna, Guglielmo Corvi de Brescia 
(1250-1326;, cuya Práctica se designa con el nombre de Aggregator tírixiensis; 
Diño del Garbo y mi hijo Tommaso, Torrigiano di Torrigiani, pertenecen a la es- 
1 bolomesAj Su rival, la escuela de Padua, que continúa las enseñanzas ave- 
rroístas de Pietro d" Abano, cuenta entre sus maestros a Gentile da Foligno (muerto 
<n (348), lamoso por sus Consilia; Giacomo de Dondi (1298-1359) y su hijo Gio- 
vanni; Marsilio de Santa Sophia y su sobrino Galeazzo; Giacome della Torre, lla- 
mado Jacobus Foroliviensis; Matteo Silvático de Mantua, autor de las famosas Pan- 
. I r. mi. esco «li Piedimonti, cuyo Supplemcntum Mcsnae era uno de los mejo- 
res libros de texto de su época en Patología v en Terapéutica, expresando la final 
unión de Las medicinas árabe y salernitana, y Niccolo Falcucci (muerto circa 1412), 
llamado Nicolaus 1- 1< uentinus, autor de un vasto repertorio llamado Sermones me- 
dicinales | 1484 , que expresa la totalidad de la medicina medieval, apoyado con 
iríginales de todas las autoridades médicas conocidas. 

Antes de la invent inn de la imprenta había acumulada una cantidad extraor- 
dinariamente grande de manuscritos, cuya investigación ha sido la gran tarea del 
profesor Karl Sudhoff y del Instituto de Historia .Médica, de Leipzig. Ksta litera- 
tura, incluyendo muchos teztOS no impresos hasta ahora, y obras de texto de los 

< irujanos medievales, calendarios y esquemas para la sangría y la pur- 

mu( rte , establecidos por los signos de disolución (signa mor- 

informes médicolegales, como los relativos al estado civil 

de lo iint ios de negocios de médicos errantes, ordenanzas 

muni. ípales Contra los charlatanes, antigUOS M. SS. alemanes de veterinaria (Ros- 

j hasta amonestaciones contra el abuso del alcohol. 
1 icii 1 1 1 h comprende los nombres de Guy, [ean de Tourae* 



EL PERIODO MEDIEVAL 159 

mire, Joannes Jacobi y otros muchos famosos cancilleres y médicos papas. El prin- 
cipal escritor médico de la primera parte del siglo xv es Ugo Benci, llamado Ugo 
Senensis (muerto en 1439), un g ran filósofo, médico, comentarista y consiliario, 
que enseñó a todos los famosos discípulos italianos: Antonio Cermisone, Antonio 
Guainerio, Savonarola, Bartolommeo, Montagnana de Padua, Arculano, Argelata, 
Marco Gatinaria y Giammateo Ferrari da Grado (muerto en 1472), profesor de Me- 
dicina de Pavía, cuyas Práctica (impresa en 1469-71) y Consilia contienen muchas 
observaciones originales, por ejemplo, del calambre de los escribientes, parálisis 
facial, hemoptisis en la dismenorrea, esterilidad por desplazamiento del útero, y 
el uso del pesario y del braguero en los casos de prolapso del útero y de hernia. 
En Francia, el portugués Valescus de Taranta, un sabio maestro y médico práctico 
de Montpellier, escribió un famoso tratado de la peste (1473-74) y un terapéutico 
Philonium (1490), que ha sido reimpreso frecuentemente. Jacques Despars (Jaco- 
bus de Partibus), en París, es un comentador de Avicena, de Mesue y de Alexan- 
der de Tralles. 



Aspectos cultural y social de la medicina medieval. — Durante la 
Edad Sombría (476-IOOO) la civilización de la Europa Oriental era un es- 
tado informe, caótico, resolviéndose por sí misma la turbulenta fermen- 
tación de la barbarie de los decadentes pueblos en las nuevas nacionali- 
dades. El feudalismo constituye el germen de la nacionalidad, a la vez 
que la Iglesia constituye el único refugio que puede encontrar la Cien- 
cia (i). En la Edad Sombría el clero era la única clase que tenía alguna 
pretensión a la educación, y antes de la época de la escuela de Salerno 
la Medicina se encontraba por completo en manos de los médicos judíos 
y árabes (2). Lo restante estaba compuesto sencillamente de vagabundos, 
charlatanes o estacionados embaucadores, cuya práctica era mal acogida 
por la Iglesia, fundada en que la fe, las plegarias y los ayunos eran pre- 
feribles a los amuletos paganos, a la vez que aconsejaba a los enfermos 
que emulasen a los santos en su capacidad para endurecerse respecto de 
los dolores (Gregorio de Tours). Con el crecimiento en importancia de la 
escuela de Salerno, la medicina europea comienza a elevarse un poco; 
pero luego que los frailes y los monjes comenzaron a practicar la Medi- 
cina, se encontró que la cobranza de los honorarios médicos era en detri- 
mento de los deberes regulares; el espectáculo de múltiples aspectos de 
la enfermedad que podían ofender la modestia; la posibilidad de ser cau- 
santes de la muerte de un enfermo y otros acontecimientos diversos po- 
dían resultar poco adecuados con la intención fundamental de las órdenes 



(1) Lo cuidadosamente que había coleccionado el clero la literatura médica 
se aprecia fácilmente en el notable legado de libros de Medicina a la catedral de 
Hildesheim, del testamento del obispo Bruno (1 161). Véase Neuburger: Op. cit, II, 
páginas 321-322. 

(2) A pesar del decreto de Graciano, excluyendo a los médicos judíos de la 
práctica entre los cristianos, el arzobispo Bruno de Treves (1102-24) era asistido 
por el sabio Joshua; Mosés de Lieja era consultado por el clero en 1 138, y la prác- 
tica médica de Praga, en el siglo xu, estaba enteramente en manos de los judíos 
(Neuburger: II, páginas 325-33). 



1 6o HISTORIA DE LA MEDICINA 

sagradas, y a consecuencia de ello nos encontramos con que la Iglesia 
dicta una larga serie de edictos, en los que, en primer término, se atiende 
no tanto a la medicina en sí como a su mala práctica por los frailes (i). Son 
los decretos de los concilios de Clermont (i 130), Reims (1131), el se- 
gundo Laterano (1139), Montpellier (i 162), Tours (1163), París (1212), el 
cuarto Laterano (12 1 5) y Le Mans (1247) [2], y sus efectos generales fue- 
ron, desgraciadamente, no sólo el detener a los frailes de la práctica, sino 
el extender el odio por estos decretos a toda la profesión médica en ge- 
neral. Como Allbutt dice: «Si las bulas del Papa confieren privilegios, 
ellas, generalmente, suponen o imponen restricciones.» La famosa máxi- 
ma del concilio de Tours (Ecclesia abhor ret a sanguine), por ejemplo, fué 
mucho más lejos de su supuesta intención, que era, al parecer, la de lan- 
zar el descrédito sobre los cirujanos vagabundos, algunas veces crueles y 
sanguinarios; el peso de su autoridad hizo al cirujano de mejor tipo un 
ser inferior todavía a los prácticos de la servidumbre, y esto hasta en la 
Alemania protestante hasta fines del siglo xviii. Lo peor fué que los san- 
turrones de la Facultad de París fueron mucho más allá que los pontífices 
en la tarea de ensanchar el abismo existente entre la Cirugía y la Medici- 
na. Los pontífices romanos mismos eran, algunos de ellos, hombres de 
mundo, de espíritu liberal, que no dudaban en utilizar el talento de los 
médicos judíos en caso necesario, y que alentaron grandemente las cien- 
cias y las artes, en Italia al menos. Juan XXI y Pablo II eran médicos. 
«En torno de la silla pontifical — dice Allbutt — , el terciopelo de la mano 
de la Iglesia era más espeso que el hierro. En el aire de Roma o de Avi- 
gnon, el feo rigor de París quedaba maravillosamente suavizado:» En tanto 
que se producía por los decretos de los papas un gran daño a la Medi- 
cina, porque ellos rebajaban la condición moral de los cirujanos, no po- 
demos desconocer que en el tiempo de las Cruzadas toda Europa, con la 
excepción de Italia, estaba en un estado de barbarismo, y que el estado 
de la cirugía en aquellas regiones era inferior al de la cirugía de los grie- 
gos en el momento de la guerra de Troya. Un poco del conocimiento téc- 
nico puede haber penetrado desde la lejana Bizancio; pero la evidencia de 
las canciones de los Nibelungos, de los libros médicos y la Norse-Sagas, 
todo puntualiza la misma conclusión, a saber: que el cuidado de los en- 
fermofl y de los heridos estaba primeramente en manos de las mujeres, 



1 El máa antiguo <1<- estos edictos es <-l de Clermont (1130), que se refiera 

1 ¡símente a la neglecta animation cura, a la detest anda pecunia ya los impudicus 

Y.i en 877 el Sínodo de Ratisbons había decretado que Leges et physicum non 

' . ■/•■- 1 Neuburg< 

Sprengel da las fuentes de estos decretos, a Baber: <.. D. Mansi: Sacrorum 

• m 1 t amplissima collection Florencia, 1759-98, XXI, colums. 459, 528 

y 1116; XXII, col. 1010; XXIII, col. 756. 



EL PERIODO MEDIEVAL 161 

y posteriormente transmitido a una clase de hombres que en tiempo de 
guerra gozaban de gran predicamento, pero que en tiempo de paz que- 
daban colocados al mismo nivel de los domésticos. 

La medicina druida de Bretaña era completamente sacerdotal. 

Los druidas eran una corporación de magos, entre los cuales los profetas (rates) 
asumían las funciones iatrománticas con los augurios (inspección de las' entrañas 
de los animales sacrificados) para el pronóstico, y las palabras mágicas y misterio- 
sas para la terapéutica. El muérdago (cúralo-todo) era la panacea; las seis hierbas: 
licopodio, pulsatila, trifolio, prímula, beleño y verbena eran muy estimadas; la ar- 
temisa, betónica, brionia, centaura, belladona, eléboro y mandragora eran también 
conocidas. Las druidesas eran también muy notables en hechicería, doble vista y 
terapéutica herbaria (i). 

Los curanderos anglosajones participan de la misma historia de magias, hechi- 
zos y simples. La sangría, la purga y la medicación se regulaban con arreglo a las 
fases de la Luna. El venerable Beda considera el período del 8 de abril al 25 de 
mayo como el más favorable, al paso que algunos de sus días (cuando la Luna y la 
marca están llenas) son considerados como infaustos o días egipcios (dies vEgyptiaci), 
una antigua superstición romana, mencionada por San Agustín, y probablemente 
de origen babilónico (2). La antigua medicina irlandesa tiene muchos signos que 
revelan un origen oriental, particularmente en la austera regulación de la medicina 
y la curandería en las leyes de Brehon, que recuerdan el código hammurabi. Un 
extraño manuscrito de Rogerio Bacón, escrito parte en gales y parte en cifra, lleno 
de miniaturas naturalistas muy notables del embarazo, sugiere la idea de algún gé- 
nero de magia esotérica, o de Mésmer, como la de los fakires de la India (3). 

En Tácito (Germania, VII) leemos que los teutones heridos buscaban 
las madres y las viudas, que, como las profesionales chupadoras de san- 
gre del siglo xviii, aplicaban sus labios a la herida (ad matres, ad conju- 
ges vulnera ferunt, nec Mae nurnerari et e xig ere plagas pavent). El respe- 
to de los germanos hacia el poder intuitivo de la mujer ha sido el origen 
de la weise Frauen, que practicaban la medicina de las hierbas. 

De éstas, las profetisas Veleda y Aurinia, a las que Tácito hace referencia, eran 
adoradas como divinidades. En el poema épico de «Gudrum» (1. 529) se menciona 
que procede de mujer salvaje (wilde Weiber) que tiene conocimiento del poder cu- 
rativo de las hierbas. La leyenda del demonio, la magia, los hechizos y los amule-, 
tos constituyen el resto de la antigua medicina alemana (4). Lo mismo que entre los 
griegos, la cólera de los dioses era apaciguada por los sacrificios sangrientos; los 
demonios se disipaban con los exorcismos; se atribuían propiedades terapéuticas 
a determinadas plantas, a partes de los animales y a las pastas votivas (general- 
mente en forma de corazón) usadas en los sacrificios, lo que estaba basado en las 
asociaciones sagradas de aquéllas con los dioses en su aspecto chthoniano o infer- 
nal. De este culto se deduce una farmacopea sagrada y una «anatomía sacrificial» 
(Opfera?iatomie), cuyos términos técnicos constituyen una gran parte del vocabula- 
rio de los cazadores alemanes, y eventualmente de la anatomía culinaria de los ma- 
tarifes y de los cocineros (Hofler) [5]. Los nombres vernaculares de las enfermeda- 






(1) Neuburger, II, páginas 234-236. 

(2) J. F. Payne: English medicine in the Anglo-Saxon times, Oxford, 1904. 

(3) En poder de Mr. Wilfred M. de Voynich. 

(4) Neuburger: op. cit., II, páginas 236-240. 

(5) M. Hofler: Wald-und Baumkult, Munich, 1892. También: Die volksmedizinis- 
che Organotherapie, Stuttgart, 1908. 

Historia db l.a Mediciwa. — Tomo I 1 1 



1 62 HISTORIA DE LA MEDICINA 

des se han derivado, del mismo modo, directamente de Jos efectos corporales o de 
la etiología demoníaca (i). Para proteger contra los efectos de los demonios de la 
enfermedad, el gode, o sacerdote sacrificador, era asistido por el aborigen, hombre 
médico, el lákeis o láliki, equivalente al anglosajón laeca (leech, curandero). Los pas- 
tores, hombres de ganado, y los albéitares, siendo por naturaleza veterinarios, tam- 
bién llegaron en ocasiones a tener fama médica para las fracturas, luxaciones, el 
amasamiento (Slrcicher), etc., en determinadas localidades. 

En Rusia, la Medicina se encontraba primitivamente en las manos de 
los volkhava, u hombres-lobos, que, como los druidas y las mujeres sabias, 
recogían las hierbas medicinales y apelaban a los encantos y a los hechi- 
zos. La reliquia más antigua de la medicina rusa es un vaso de estilo grie- 
go, descubierto en Koul-Oba, representando un jefe escita consultando 
con un vclkava, un guerrero escita examinando los dientes a otro y un 
cirujano vendando un miembro herido. Este vaso, único, epitomiza la me- 
dicina y la cirugía medievales hasta los tiempos de la escuela de Saler- 
no (2). Después de la introducción del cristianismo en el siglo x, la medi- 
cina rusa pasó a las manos de los frailes, los hombres-lobos cedieron el 
puesto a los monjes del monte Athos, y la Iglesia rusa, lo mismo que la 
romana, lanzó severas prohibiciones respecto de la magia y de la hechi- 
cería. Así, la Religión y el Estado tienden a perfeccionar la situación de la 
Medicina, pero rápidamente, aunque sin intención, la degradan, luego que 
hacen caer de mala manera a sus propios representantes. Así, los enfer- 
meros especiales, o «parabolani» (3), que la Iglesia empleaba para cuidar 
los enfermos y llevarlos a los refugios o asilos, estaban, desde luego, des- 
pojados de sus poderes tan pronto como estuviesen engreídos o fuesen 
alborotadores, disputadores o despóticos. Aun anteriormente a esta épo- 
ca, en el tiempo del Código visigótico (quinta o séptima centurias), se en- 
cuentran las mismas restricciones acerca de la práctica médica que en- 
contramos en el Código hammurabi. Antes de ir a ver un enfermo, el mé- 
dico, bajo el Código visigótico, tenía que hacer un contrato y dejar un 
depósito, y si el enfermo sucumbía, no percibía honorarios. Si lesionaba a 
un noble en el acto de la venasección, tenía que pagar IOO sólidos (unos 
225 dólares, T.125 pesetas); si el noble sucumbía, el médico era entrega- 
do a los parientes de aquél para que le matasen, si querían. Si mataba o 
hería a un esclavo, tenía que reemplazarle por otro de igual valor. Le estaba 



1 Véase Mas Hoflerel Erudito: Deutsckes Krankheitsnamenbuch, Munich, 1899. 
(2) Para una fotografía del vaso de Koul-Oba, véase NouvelU Iconographit dt 
laSalplirii ■ . Parí 1901; XIV, Lámina número 72, opuesta a la página 528. 

Primeramente mencionados en 416 años después de J. C. en el Codex {Dé 
< -¡-i emperador I eodosio (lib. XVI, tit. II, páginas 42-43), pero todavía 

1 ' idos < "D d nombre de Parapemponti, en el informe de San Basilio de su hos- 

pita C l Heusinger; Janus, Breslau, 1847; II, pági- 

- en el que Be < orrígen los en orea cometidos por Sprengel. 



EL PERIODO MEDIEVAL 163 

prohido sangrar a una mujer casada en ausencia de sus parientes, por te- 
mor a que se cometiese el adulterio, y no podía visitar a un prisionero, 
para que no anulase la acción de la justicia proporcionándole un veneno. 
Por otra parte, estaba estatuido que nadie pudiera meter en prisión sin 
oírle, excepto en los casos de muerte, y que los honorarios regulares por 
la instrucción de ios estudiantes fuesen de 12 sólidos (27 dólares, 1 35 pe- 
setas) por cada uno. Las restantes Leges barbarorum eran igualmente se- 
veras. Bajo el Código bávaro (Lex Bajuvarum, VII, página 19) la admi- 
nistración de un abortivo era penada con la multa de un sólido en la fami- 
lia del criminal, hasta la séptima generación (i). De estos reglamentos, 
hechos por el brazo secular de la autoridad, y destinados a proteger tanto 
al público como a los médicos, puede ser inferido que con la Medicina, en 
esta desorganizada condición, era necesario algo más que la salvaguardia 
de la Iglesia y del Estado para elevar el estado del arte de curar, y que 
esto se conseguía con el mejoramiento de la legislación médica, con la 
fundación de las grandes universidades medievales y con la formación de 
«gremios» entre los mismos médicos. Bajo las legales restricciones de los 
tiempos medievales, el cirujano trabajaba diaria e incesantemente con 
riesgo de su vida o de sus miembros (2). Marileif, médico de Chilperico, 
fué azotado, despojado de sus bienes y convertido en un siervo. El 
año 580, Gontrán, rey de Borgoña, ejecutó a dos médicos sobre la tumba 
de su hijo el rey Austrichildes, a causa de la muerte de éste por la peste, 
a pesar del tratamiento. En 1337 un errante oculista fué arrojado al Oder 
por haber fracasado al intentar curar la ceguera de Juan de Bohemia, y 
en 1464, Matías, rey de Hungría, publicó una proclama de que cualquiera 
que le curase de una herida de flecha que padecía sería ricamente recom- 
pensado; pero que si fracasaba sería condenado a muerte. Estas barbaries 
puntualizan su propia moral de los errantes medievales charlatanes, que al 
batir las cataratas muchas veces hacían perder la vista al enfermo, destro- 
zaban las visceras al abrir para la operación de la piedra, y que al tratar 
de efectuar la «cura radical de la hernia», como dice Baas, no infrecuen- 
temente excindían «la misma raíz de la vida» (3). Allbutt da una notable 



(1) Neuburger, página 258. 

(2) Véase el cuidadoso y acabado estudio de sir John Tweedy: The Deterrent 
Tnfltience of Social and Legal Restrictions on Medical Thought and Practice. Tr. Med. 
Leg. Soc.y Londres, 191 1 , VIII, páginas 1-8. Hasta entre los indios de Norteamérica 
de los tiempos modernos, un hombre médico que haya fracasado en una serie de 
casos se cree que ha sido privado de su poder curativo, y se le puede condenar a 
muerte. (Véase A. Hrdlicka: Bur. Am. Ethnol. Bull., n.° 34; Washington, 1908, p. 234.) 

(3) Los vagabundos herniotomistas creían que la castración era necesaria, a 
causa de que ellos pensaban que los intestinos y los testículos estaban incluidos en 
el mismo saco, y que éste debía ser extraído totalmente para evitar relajaciones y 
falsas curaciones del peritoneo. 



1 64 HISTORIA DE LA MEDICINA 

pintura del operador medieval, que al ligar una arteria paralizaba el brazo 
de los enfermos, por haber destruido el nervio músculo espiral, y que 
posteriormente era acosado con maldiciones por su miserable víctima 
cuando el provocado era visto por el mismo en la calle. Si la Iglesia «abo- 
rrece la sangre», por esta razón es justo suponer que, en último término, 
su aversión tiene la misma significación humana que el bien fundado 
horror a los hospitales y a las operaciones quirúrgicas que ha existido en 
el espíritu de todo seglar hasta el fin del siglo xix. 

Una sorprendente ilustración de la negligencia de la cirugía debe buscarse en 
el último aspecto de los miembros artificiales, que ya eran conocidos por Herodo- 
to y Plinio. En la Edad Media hubo una enorme pérdida de miembros, debida a los 
mutilantes efectos de la lepra anestésica y al ergotismo, a las heridas por bala de 
cañón (introducidas en la batalla de Crecy, en 1346), a las balas de media libra (Pe- 
rugia, 1364) y a los crueles castigos judiciales. Los muñones eran comúnmente com- 
primidos por tablillas; pero las muletas y los miembros de madera no aparecieron 
hasta mucho más tarde. Las manos artificiales de madera se ven por primera vez en 
una pintura de 1400. Goetz von Berlichingen, después de haber perdido su mano 
derecha por un tiro de mosquete en Landshut, en 1504, ha tenido diferentes ma- 
nos artificiales, movibles en las articulaciones, con dedos flexibles, capaces de ce- 
rrarse. Una mano de este estilo existía y era exhibida en Berlín en 1916 (1). 

Así como los médicos consideraban desdeñosamente a los cirujanos, 
del mismo modo los cirujanos de más elevada educación, que en la Edad 
Media podían ser contados con los dedos, miraban despreciativamente a 
los barberos. Los barberos estaban enseñados, en un principio, para san- 
grar y para afeitar a los frailes. En el siglo xin, el colegio de San Cosme 
había organizado en París (circa I2IO) un gremio, cuyos miembros esta- 
ban divididos en cirujanos-barberos clericales, o cirujanos de ropa larga, y 
barberos legos, o cirujanos de ropa corta, y en 131 1, I352y 1 364 se dic- 
taron decretos que prohibían a los últimos practicar la cirugía sin ser de- 
bidamente examinados por ios primeros. En 1 372 Carlos V decretó que 
a los barberos podría serles permitido el tratar las heridas, no mezclán- 
dose con sus compañeros de la ropa larga. 

Lo propio ocurría en Inglaterra, donde los maestros cirujanos forma- 
ban un gremio separado en 1 368, reconociendo las mujeres médicas 
en [3891 reunido con los módicos desde 1421 (2), al paso que los barbe- 

obtenían una constitución separada de Eduardo IV en 24 de febrero 
de [462, que fué registrada por el acta de la Cámara de los Comunes 
en 1 I.63. De este modo los barberos cirujanos (la cirugía del pueblo en 

eral) pasaban a ser «cirujanos de las heridas», que quedaban limitados 



Hollander. Berl. klin. Wchnschr. y 1916, Lili, página 355. 

Soth 1/ moríais of the Craft of Surgery in fingland, Londres, 1886, pá^. 53) 

que la fecha de esta facultad reunida de médicos y cirujanos viene a ser entre 

;. mayo de 1423. 



EL PERÍODO MEDIEVAL 165 

a la sangría y a la curación de las heridas. Los barberos (barbitonsores) 
mismos vieron muy aumentados sus negocios, supuesto que desde que 
en 1092 se había prohibido a los monjes llevar barbas, el quitárselas e ir 
afeitados llegó a ser una moda. En Alemania los barberos estaban con 
mucha frecuencia encargados también de los baños (bahieator), en los 
cuales, además de sangrar, aplicar ventosas y sanguijuelas, ponían ene- 
mas, hacían hilas y extraían dientes, y su examen de Meisterstück consis- 
tía en afilar un cuchillo o en preparar algunos emplastos y pomadas. 

Durante toda la Edad Media había algunos vagos ensayos para formular los 
principios de la jurisprudencia médica. Los más antiguos de estos ensayos están, 
como expresión de costumbres, en las leyes de las tribus de los germanos y délos 
eslavos, en la ley sálica, en las capitulares de Carlomagno (siglo ix), en los decre- 
tos de las Cruzadas y, en el siglo xm y posteriormente, la ley del emperador Fede- 
rico, las decretales de los papas y, en general, las leyes canónicas. Los procedi- 
mientos en estos casos eran, generalmente, de un género muy primitivo; los juicios 
eran, por lo común, para la ordalía o prueba judicial, para el tormento de /acto, 
para la comprobación de la impotencia y la «cruentación» o espontánea salida de 
la sangre del cadáver al ponerle en presencia del verdadero asesino. Las opiniones 
dadas por los peritos eran, generalmente, casuísticos sobre la naturaleza de sutile- 
zas extremas; pero, no obstante, Cousin y Cumston (1) dan una serie de casos de 
procedimientos legales franceses del siglo xiv, en los que los cirujanos eran común- 
mente consaltados por casos de heridas, homicidios, raptos y otros análogos. 

En el año II40, Rogerio II de Sicilia publica un edicto prohibiendo la 
práctica de la Medicina sin un examen adecuado, bajo pena de prisión y 
de venta de los bienes propios en almoneda. Esta importante ley fué 
seguida de una ordenanza mucho más amplia y liberal, obra del nieto 
de Rogerio, el espíritu generoso y liberal, el emperador de los Ho- 
henstauffen, Federico II, en 1224 (2). 

Este edicto de Federico II obliga a todo candidato a la práctica médica a ser 
públicamente examinado por los maestros de Salerno; las licencias para el ejerci- 
cio serán otorgadas por el propio emperador o por sus representantes; la falta de 
obediencia a lo dispuesto por el estatuto es castigada también con un año de pri- 
sión y con la pérdida de la propiedad. El examen estaba basado en los genuinos 
libros de Hipócrates, de Galeno y de Avicena, y antes de realizarlo, el candidato 
tiene que haber estudiado Lógica por espacio de tres años, Medicina y Cirugía du- 
rante cinco años, y haber practicado durante un año con algún médico de expe- 
riencia. El candidato en Cirugía tenía que demostrar que había estudiado este arte 
por lo menos durante un año, y particularmente la Anatomía humana, «sin cuyo 
conocimiento no puede hacerse de un modo seguro una incisión ni puede tratarse 
una fractura». El médico estaba obligado a asistir gratuitamente a los pobres, a 
visitar a sus enfermos dos veces durante el día, y otra vez durante la noche, si fue- 
se necesario; a evitar todo contrato fraudulento con los boticarios y a informarse, 
respecto de los mismos si adulteraban o sustituían las drogas. Los honorarios mé- 



(1) Andró Cousin: F.ssai sur les origines de la médecine légale, Paris Diss., nú- 
mero 252, 1905. C. G. — Cumston: Journ. Amer. Inst. Crim. Law, Chicago, ig^» HI, 
páginas 855-865. 

(2) Traducido por J. J. Walsh, en su The Popes and Science, New-York, 1908; pá- 
ginas 420-423. 



1 66 HISTORIA DE LA MEDICINA 

dicos estaban fijados en medio tareno (aproximadamente 35 centavos, 1,85 pese- 
tas) por cada visita hecha, si el enfermo residía en la ciudad; cuatro tárenos (7,40) 
por las visitas efectuadas fuera de la ciudad, pagando el médico sus gastos, o tres tá- 
renos (5,55), si el enfermo se los pagaba. Por una operación con éxito de una fístula 
de ano, John de Ardenne pedía, por lo menos, 100 chelines (125 pesetas), 40 cheli- 
nes por las cosas necesarias, otros 40 para las medicinas y una renta anual de 
100 chelines si se trataba de un enfermo rico. Nicholas Colnet, médico de En- 
rique V en Agincourt, tenía un contrato que le señalaba una indemnización diaria 
de 12 peniques. Thomas Morstede, el cirujano del rey, era pagado por el mismo 
con la pensión de 100 marcos (125 pesetas) por trimestre (Power). El valor de la 
moneda en aquella época se calcula que era quince o veinte veces mayor que en 
el momento de escribir este libro. El salario ordinario de un trabajador de Inglate- 
rra en aquella época era de un penique diario en muchos casos, y ahora es de tres 
a cuatro chelines por término medio. La venta de venenos, de pociones mágicas y 
de filtros afrodisíacos estaba castigada con pena de muerte, si alguna persona per- 
día la vida por haberlos usado; los alimentos, las drogas y las mixturas farmacoló- 
gicas tenían que ser examinadas por el Estado por medio de inspectores, y se ha- 
cían reglamentos oportunos de higiene municipal y rural, tales como los destina- 
dos a fijar la profundidad de las sepulturas y la conveniente disposición de las 
basuras. 

Dada la época en que fueron publicadas estas disposiciones, resulta 
difícil hablar acerca del objeto y de la intención de esta ley, que fué 
seguida de otras semejantes en España, en 1 283, y en Alemania, en 1 347, 
y que ha sido de nuevo confirmada por Juana de Ñapóles en 1365 (i). 
El edicto de Federico contribuyó mucho a elevar el estado de respe- 
tabilidad de los médicos, disminuyendo proporcionalmente el de char- 
latanes. Otra circunstancia para elevar el estado de los médicos como 
medici publici era el hecho de que fuesen ellos requeridos para deter- 
minar la posible existencia de la lepra en las personas sospechosas 
(Lepraschan), con objeto de determinar el estado civil de las mismas (2). 
El progreso de la profesión médica había también avanzado con la 
creación de un nuevo elemento: la creación y el desarrollo de las gran- 
des universidades medievales, que comenzaron generalmente como escue- 
las superiores o studium genérale', a saber: la emigración de los estudian- 
tes para reunirse en una determinada localidad. 

más antiguas universidades han sido las de París (11 10), Bolonia (1158), 
ird (1167), Montpellier (r 181) y Valencia (1 199), y las universidades italianas de 
Padua 1222), Messina 1 [224) y Ñapóles (1224), fundadas por el mismo Federico II. 
de Cambridge amanea (1243), Siena (1246-48), Piacenza (1248), Sevi- 

lla (1254), Lisboa (1287), Perugia (1266), Lérida (1300), Coimbra (1288), Paler- 
mo 1 •: renda (1320), Grenoble (1339), Pisa (1343), Valladolid (1346) y Pa- 



1 Sudhoff sostiene que la alegada ordenanza para los médicos municipales 
de 1426, atribuida al emperador Segismundo (1410-37), es, probablemente, supues- 
ta, aunque él ha des< abierto una ordenanza municipal de 1439, ( l ur reproduce en 
1////. z. Geseh. der IA,/., Leipzig, 1912; XI, pág. 127. 

Protocolos forenses manuscritos de leprosos sospechosos (Lepraschau* 

posteriores han sido des< abiertos y publicados por 

Wi< : v Sudhoff \rch. f, Gesch. d . .1 /<■</., Leipzig, 1908-9, II, pág, 434; 

1910-11, rv, pág 



EL PERÍODO MEDIEVAL 167 

vía (1 36 1), seguidas, durante los siglos xiv y xv, de la creación de las más grandes e 
importantes de las universidades alemanas y eslavas, especialmente: Praga (1348), 
Cracovia (1364), Viena(i3Ó5), Erfurt (1379), Heidelberg (1386), Vürzburgo (1402), 
Leipzig (1409), Rostock (1419), Greisswald (1456), Freiburgo en Breisgau (1457), Ba- 
silea (1460), Budapest (1465), Ingolstadt (1472) y Tubinga (1477); de las escandina- 
vas, Upsaía (1477), Copenhague (1478), y, en Escocia, la de St. Andrew (141 1), 
Glasgow (1453) y Aberdeen (1494). Después de la dispersión general de los estu- 
diantes por el Continente y por Inglaterra para formar studios, como Salerno (Me- 
dicina), Bolonia (Leyes) y París (Teología), se establecen tres tipos de universidades 
o de corporaciones privilegiadas de estudiantes, que se distinguen de las escuelas 
públicas superiores (studium genérale) y de las escuelas privadas (studium particu- 
lare). La gran escuela de Leyes de Bolonia se convirtió en el tipo de la universidad 
civil, en la cual el rector era elegido por los estudiantes, como en Padua y en Siena. 
La universidad de París, el centro de la teología y de la filosofía medievales (Abe- 
lardo), era el tipo de la fundación eclesiástica, como Montpellier, Oxford y Cambrid- 
ge; los estudiantes y los maestros estaban combinados, como una corporación ce- 
rrada, bajo un canciller, nombrado por los votos de los maestros. El studium de Ña- 
póles representa la universidad del Estado, como Salamanca y Lisboa, fundada por 
el monarca con el reconocimiento papal como studia generalia respectu regni. La 
escuela médica de Montpellier constituía una corporación separada, diferente de 
las escuelas de leyes y de artes (Neuburger). Todas ellas fueron muy pronto nutri- 
das por una gran muchedumbre de estudiantes, y gracias a la influencia de las uni- 
versidades medievales, los médicos llegaron a ser considerados como miembros de 
las «profesiones eruditas». El trivium (gramática, retórica, dialéctica) y el quadri- 
vium (aritmética, geometría, astronomía y música), constituyendo las «siete artes 
liberales», fueron introducidos primeramente en la escuela del obispo Fulberto, en 
la catedral de Chartres. Aparte de estos estudios, la Medicina era considerada como 
una rama de la filosofía (Physica), y enseñada según las obras de Aristóteles, de 
Averroes y otros escritores árabes. Antes del renacimiento de la ciencia y de la 
invención de la imprenta, los escritores griegos rara vez eran leídos en el original, 
o en traducciones directas, sino «doblemente desfigurados y medio enterrados en 
glosas y comentarios, que no sólo abrumaban el texto, sino que frecuentemente le 
suplantaban» (1). Los libros de texto favoritos eran la Isagoge, de Johannitius; el 
Avicenas (I, IV); el Líber medicinalis (IX), de Rhazes; el Ars parva, de Galeno, y los 
aforismos, pronósticos y dietéticas de Hipócrates. La mayor parte de éstos estaban 
resumidos en la muy conocida Articella. Los estudios en Tubinga, en el siglo xiv, 
como dice Haeser, comprendían: en el primer año, el primer Canon de Avicena y 
el noveno libro de Rhazes, expuestos por Jacob de Forli y Arculanus; en el segundo 
año, el Ars parva, de Galeno, con los comentarios de Torrigiani y el cuarto Canon 
de Avicena, con los oportunos comentarios. Los cursos y los libros de texto eran 
determinados por las bulas pontificias, y las bibliotecas de las universidades medie- 
vales eran pequeñas en extensión; rara vez excedían de un centenar de volúmenes. 
El inventario doméstico de Ugolino de Montecatino, que murió en Florencia en 
14 1 5, da un catálogo de su biblioteca médica, que puede considerarse como típico 
de la Italia medieval (2). Los sueldos de los profesores oscilaban, por lo común, 
de 35 a 50 libras esterlinas (875 a 1.250 pesetas) al año. La designación de «doctor en 
Medicina» ha sido aplicada por primera vez a los graduados de Salerno, por Gilíes 
de Corbeil, en el siglo xn, y el ceremonial del grado se hacía de ordinario siguiendo 
el modelo salernitano. El candidato estaba obligado a defender, en primer término, 
cuatro tesis de Aristóteles, Hipócrates, Galeno y de las obras de un autor contem- 
poráneo; tenía después que prestar un juramento, cuyos términos correspondían, 
en lo más esencial, al citado decreto de Federico II. Recibía, hecho esto, «un ani- 
llo, una corona de laurel y de hiedra, un libro, primero cerrado y después abierto, 
y el beso de paz», y el título de «doctor en Filosofía y en Medicina» (3). John Locke 



(1) Allbutt: Science and Medieval Thought, Londres, 1901; página 69. 

(2) W. Bombe and Sudhoff (K): Arch. f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1911-12; V, 
páginas 225-239. 

(3) Antes de 1592 el grado en Salerno era el de maestro o doctor en Artes y 
Medicina. Para los tres facsímiles de los diplomas salernitanos, de 1573, 1640 



1 68 HISTORIA DE LA MEDICINA 

describe con mucho detalle este mismo procedimiento en Montpellier en 1675, y 
aun en la actualidad se siguen métodos análogos en las universidades alemanas 
modernas. 

De las instituciones monásticas proceden los jardines botánicos europeos (/tor- 
tus) y los jardines médicos (herbularis), tales como el jardín de St. Gall, del siglo ix, 
que estaba cuidadosamente planeado. 

La ética módica y la etiqueta médica estaban también reguladas con todo deta- 
lle (1) por reglas fijas y estereotipadas, las más antiguas de las cuales son las con- 
tenidas en la Formulata comitis archiatrorum,áe Teodorico (siglo v después de J. C), 
La deontología médica y el modo de comportarse, el savoir faire de los prácticos, 
constituían pequeñas ciencias en la Edad Media. En los tratados salernitanos de 
Archimathaeus se enseña al médico a aproximarse a los enfermos kumili vultu, con 
el mismo humilde semblante y ojos bajos que nosotros vemos reproducidos en al- 
gunas antiguas miniaturas; la serie de sus indicaciones debían estar perfectamente 
puntualizadas por continuadas investigaciones acerca déla condición del enfermo, 
que debe ser considerado siempre como grave, teniendo en cuenta que tanto una 
terminación favorable como una fatal puede redundar en crédito, como una admi- 
rable labor terapética o como un hábil pronóstico. Debe procurar no disminuir su 
crédito profesional haciendo guiños a la mujer, a las hijas o a las sirvientas de los 
enfermos. Estaban permitidos los tratamientos ilusorios con remedios inofensivos, 
puesto que de otra manera el ánimo del enfermo podía ser contrariado al no reci- 
bir lo que vale dinero, al paso que el recobrarse la salud por medio de! poder cu- 
rativo de la Naturaleza podía también resultar perjudicial para la reputación tera- 
péutica del médico (2). Una última autoridad sugiere que si un convaleciente pre- 
senta señales de ingratitud respecto del pago, se le puede hacer enfermar de nue- 
vo por alguna dosis inofensiva. Gaddesden dice que él guardaba sus mejores reme- 
dios secretos aparte de los vulgares, a fin de que el conocimiento de los mismos no 
rebajase el estado del médico. Mondeville, Saliceto, Lanfranc y Arderne son todos 
escépticos y cáusticos respecto de la ingratitud del público y del pago de los dere- 
chos justamente adquiridos (3). Guy y el español Arnaldó de Villanova sostienen 
ideales más elevados. Acaso el mejor tratado de etiqueta médica de la Edad Media 
sea el De cautelis medicorum habcndis, de Alberto de Zancariis, atribuido antigua- 
mente a Arnaldo (4). 

La principal gloria de la medicina medieval estaba, indudablemente, 
en la organización de los hospitales y asilos para enfermos (5), que han te- 
nido su origen en las doctrinas cristianas. Aun cuando el germen de la 
idea de hospital pueda haber existido ya en la antigua costumbre de Ba- 
bilonia de llevar los enfermos a la plaza del mercado para que consulta- 
son, y aun cuando los Tatreia y Asclepieia de los griegos y de los romanos 
pueden haber servido para haber extendido algo este propósito, hay que 
confesar que el espíritu de la antigüedad respecto de los enfermos y de 
los desgraciados no era de compasión, y la creencia de socorrer a los des- 



y i6< l'. Capparoni: Rio. di storia crit. di se. med. e'nat., 1916; VII, pági- 

74, 3 láminas. 
1 Neuburger: Geschichte der Medizin^ II, páginas 448-455. 
Neuburger: Geschichte der Mediztn, páginas 293-295. 

(3) Véase la introducción D'Arcy Powers la obra de Arderne, Early English 
Text Society, núm. 1 19, páginas XIX WWII. 

(4) Véase la disertación inaugural de Manuel Morris (del Instituto de Sud- 
noff), I.' Ipsig, 1914. 

i- n'l.i prepara* ion de esta Bección debemos mucho al interesante capítulo 
do< tor fames J. Walsh en la Enciclopedia Católica, sub-voce Hospitals, y a Sud- 
r ' rankenhauswesent (Jena, 1913). 



EL PERIODO MEDIEVAL 169 

graciados humanos en una extensa medida ha nacido con el cristianismo. 
Los hospitales de los árabes, amplios y liberales por lo que respecta a su 
dotación y capacidad, aparecen mucho tiempo después de la era cristiana, 
y probablemente los mahometanos tomaron la idea de los cristianos. Los 
Asclepieia y los otros templos paganos han sido clausurados por el de- 
creto de Constantino del año 335 después de J. C, y muy poco tiempo 
después aparece el movimiento creador y fundador de los hospitales Cris- 
tianos, en el cual, como sabemos, ha tomado una parte tan activa como 
eficaz Santa Helena, la madre de Constantino. Aquellos hospitales fueron, 
muy probablemente, pequeños; los cristianos ricos podían cuidar a sus en- 
fermos en los Valetudinaria; pero desde la subida de Juliano el Apóstata, 
en 361, se acelera mucho el movimiento. En 369 fué fundado por San Ba- 
silio el celebrado Basilias de Caesarea en Capadocia, que consistía en un 
gran número de edificios con habitaciones para médicos, para, enfermeras, 
obreros y una escuela industrial. Fué seguido de un hospital de caridad, 
con 300 camas, para enfermos de la peste, fundado por San Efraín en 
Efeso. Otro hospital fué fundado el año 6 10 por San Juan el Limosnero, 
en Alejandría, y durante el período bizantino otros grandes hospitales fue- 
ron construidos en Efeso, Constantinopla y otros puntos. Estos, en oca- 
siones, se especializaban, de acuerdo con las ideas cristianas de la obliga- 
ción de candad y de hospitalidad, como Nosocomia, u hospitales claus- 
trales, para la recepción y el cuidado de los enfermos que vivían solos; 
Brephotrophia, para los niños expósitos; Orphanotrophia, para los huér- 
fanos; Ptochia, para los pobres desamparados; Gerontochia, para los an- 
cianos, y Xenodochia, para los peregrinos pobres y enfermos. En los co- 
mienzos del siglo v, los hospitales empiezan a difundirse por la Europa 
Occidental. El primer nosocomio de la Europa Occidental fué fundado 
por Fabíola hacia el año 400, «para recoger los enfermos de las calles y 
cuidar a los desgraciados que padecen la enfermedad y la pobreza (San 
Jerónimo). Otros han sido fundados en Roma por Belisario, en la .Via Lata, 
y por Pelagius, y más al Oeste, por Caesarius, en Arles, en 542; por Chil- 
deberto I, en Lyon, en 542 (i), y por el obispo Masona, en Mérida, en 580. 
Se dice que el Hotel Dieu ha sido fundado entre 64 1 y 69 1 por St. Lan- 
dry, obispo de París, siendo mencionado por vez primera el año 829. Un 
hospital es fundado en Milán el JJJ , y un asilo para niños expósitos, 
en 787. El hospital de San Albano, en Inglaterra, data del año 794. En los 
primeros tiempos de la Edad Media se fundaban los hospitales al lado de 
los conventos. El plano ideal de St. Gall (820) comprende un hospital con 



(1) Fundado como un Xenodochium bajo la autoridad laica, y entregado más 
tarde al clero en 1308. 






i7o HISTORIA DE LA MEDICINA 

un espacio destinado a cementerio, habitaciones para los médicos, depar- 
tamento de baños, para aplicación de ventosas y sangrías y una farma- 
cia (i). Los Xenodochia de montaña, u hospicios del Mont Cenis (825) y 
del Gran San Bernardo (962), se fundan igualmente en esta época. Des- 
pués de la muerte de Carlomagno, los grandes hospitales comienzan a de- 
caer, a causa de la subdivisión y pérdida de las rentas, y nos encontra- 
mos en esta época con que los grandes hospitales, como los de la orden 
de los Benedictinos en Cluny, Fulda y otros, están provistos de enferme- 
rías privadas y de «hospitales mendicantes». Hacia esta misma época se 
fundan también los diferentes hospitales católicos de órdenes y cofradías 
para buscar y cuidar los enfermos, de los que los más antiguos parecen 
ser los Parabolani, que, de acuerdo con Gibbon, fueron primeramente or- 
ganizados en Alejandría durante la peste de Gallienus: 253-268 años des- 
pués de J. C. Los Parabolani iban a buscar los enfermos de un modo ana- 
log a como hacen todavía los monjes de San Bernardo; pero después se 
excedieron en su autoridad y fueron suprimidos. La palaba sorority viene, 
probablemente, de Sóror, que fundó en 898 el hospital de Santa María 
della vScala en Siena. Otras órdenes religiosas que nacieron en tiempo de 
las Cruzadas eran la de San Alejo, la de San Antonio y la de los hospitala- 
rios, que comprendieron más tarde a los discípulos de Santa Isabel de Hun- 
gría, que fundan dos hospitales en Eisenach, con un tercero en el Wart- 
burgo; los hermanos de Santa Catalina; la orden de San Juan dejerusalén, 
que fué fundada cuando los cruzados rescataron la ciudad santa en 1099, 
y la orden teutónica, que fué fundada en un hospital de campaña, al lado 
del valle de Acre, siendo confirmada por Clemente III en 1191. Los indi- 
viduos de esta última orden se consagraron a cuidar a los enfermos y a la 
fundación de los hospitales dondequiera que penetrasen, y juegan un gran 
papel en Alemania en los tiempos medievales, viniendo a sucumbir, por 
falta de recursos, en el siglo xv. Paralelamente a la fundación de las órde- 
nes dedicadas al cuidado de los enfermos durante las Cruzadas, hay que 
mencionar también el gran movimiento hospitalario medieval, iniciado por 
el papa Inocencio III, en 1 198, y que ha sido justamente ponderado por 
Virchow. En 11 (.5» ( ruy de Montpellier funda un hospital en honor del Es- 
píritu Santo, que fué aprobado por el papa en 1198; el papa mismo funda, 
en Í204, en Roma, el hospital llamado del Santo Spirito en Sassia. Este 
iplo del pontífice tuvo bien pronto continuadores en toda Europa, 
dando el resultado de que casi todas las ciudades tuvieran su correspon- 
diente hospital del Espíritu Santo, convirtiéndose en un deseo para mu- 



1 I-. Keller: Bauriss di Klosters St. Gallen, Zurich, 1844 (citado por Neu- 
burg< 



EL PER ODO MEDIEVAL 171 

chos príncipes y landgraves el fundar un xeno do chium pauper um, debilitan 
et infirmorum. Virchow, en su estudio de los hospitales de la Edad Me- 
dia (i), da una notable lista de estas instituciones en I 55 ciudades alema- 
nas. Muchas de ellas eran, indudablemente, más bien primeros auxilios y 
dispensarios para enfermos de la orden religiosa de los Caballeros teutó- 
nicos; pero la lista de Virchow demuestra el carácter social del movimien- 
to. En Roma — dice Walsh— había cuatro hospitales urbanos en el siglo xi, 
seis en el xn y diez en el xni. Otra circunstancia que vino en apoyo de este 
movimiento de los hospitales ciudadanos fué el gran desarrollo de la lepra 
durante la Edad Media. Ya conocida de los antiguos hebreos, griegos y 
romanos, esta enfermedad comenzó a aparecer en el Norte de Europa en 
los siglos vi y vil después de J. C, y su extensión en la época de las Cru- 
zadas llegó a ser verdaderamente espantosa, alcanzando su mayor exten- 
sión en el siglo xin. El leproso, errante por los campos, desterrado de la 
sociedad humana, condenado a una muerte civil por la inspección médica 
(Lepraschau), viviendo en chozas en despoblado, dando aviso de su apro- 
ximación por el toque del cuerno o de la campanilla, llegó a convertirse en 
un héroe vulgar de muchas crónicas y romances de este período, tales 
como Der arme Heinrich, de Hartmann von Aue (2); el Frauendienst, de 
Ulrich von Lichtenstein (3); las grandes Crónicas de Francia (4), o el inol- 
vidable pasaje de la Crónica de Luneburgo, que ha parafraseado Heine del 
modo siguiente: 

Cadáveres vivientes, ellos andan de acá para allá, tapados de pies a cabeza, 
una caperuza echada sobre la cara, y llevando en la mano una campanilla, la cam- 
panilla de Lázaro, como es llamada, porque ellos la usan para dar pronto aviso de 
su aproximación, para que todo el mundo tenga tiempo de separarse de su ca- 
mino (5). 

Los hospitales para los leprosos se encuentran ya mencionados por 
Gregorio de Tours (circa 560), y como quiera que los leprosos se difun- 
dían por todas partes, se hacían evidentes las ventajas de recogerlos y re- 
unirlos con este propósito de aislarlos, y ellos constituyeron, además, un 



fi) R. Virchow: Krankenháuser und Hospitalwesen, en su Ges. Abhandl. a. d. 
Gebiete d. ó'ffentliche?i Medizin u. d. Seuchenlehre, Berlín, 1879; II, páginas 1-130. 

(2) En este poético romance del siglo xm, «el pobre Enrique», el héroe, viaja 
a Montpellier y a Salerno para ser curado de la lepra. 

(3) El Frauendienst presenta un aspecto burlesco de los excesos de la caballe- 
ría; el episodio de la lepra representa al ridículo héroe conviviendo con los lepro- 
sos por satisfacer los caprichos de su exigente dama. 

(4) El poema de Swinburne, El Leproso, viene a completar con el fantástico 
Franendienst el espíritu de la Edad Media. Está basado en un episodio de aquellas 
crónicas, a pesar de la alegación hecha en la antigua Francia de que el final del 
poema estaba escrito por el poeta mismo. 

(5) Henrich Heine: Gestdndnisse (Sammtl. Werke, Cotta éd., X, págs. 241-242). 



172 HISTORIA DE LA MEDICINA 

poderoso elemento para el conocimiento de la enfermedad. El número 
de estos asilos de San Lázaro (leprodochia o leprosería), como eran lla- 
mados, era extraordinario. Había, aproximadamente, unos 200 en Ingla- 
terra y Escocia, y 2.000 sólo en Francia. Virchow, en su admirable estu- 
dio de la lepra en la Edad Media, ha enumerado y descrito, con su acos- 
tumbrada paciente fidelidad, un considerable número de estos hospitales 
para leprosos en todas las ciudades alemanas de los siglos xiii y xiv (i), 
y al paso que en todos los hospitales medievales las atenciones estaban 
reducidas al cuidado y a la separación, con absoluto descuido del trata- 
miento, resulta evidente de su acabada narración que la construcción de 
las leproserías ha representado un gran movimiento social e higiénico, 
tanto desde el punto de vista de la verdadera profilaxia como desde el de 
la caridad humana. Billings caracteriza el verdadero espíritu del movi- 
miento hospitalario de la Edad Media del modo siguiente: 

Cada vez que el sacerdote medieval establecía un Hotel Dieu en cada una de 
las grandes ciudades de Francia, un lugar para la hospitalidad por Dios, era el in- 
terés caritativo el que hay que comprender en esta intención, incluyendo en él el 
auxilio a los enfermos pobres y el proporcionar a aquellos otros que no eran ni 
enfermos ni pobres una ocasión y un estímulo de ejercer la caridad con el próji- 
mo, e indudablemente la causa de la Humanidad y de la religión había adelantado 
más por la acción de los donantes que por la de los socorridos (2). 

Hacia los primeros años de la treceava centuria los hospitales empie- 
zan a pasar, sin disputas y por mutuo consentimiento, de las manos de 
las autoridades eclesiásticas a las de las municipalidades. Ya en aquella 
('poca existían espléndidos hospitales ciudadanos, como el Hotel Dieu o 
el Santo Spirito, y la construcción de los mismos llega a su máximo en el 
siglo xv. Los más notables hospitales ingleses del período medieval son 
el hospital St. Gregory, fundado por el arzobispo Lanfranc en 1084; el 
de St. Bartholomew, fundado en 1 1 37 por Rahere, un bufón que fué, ade- 
más, religioso y que obtuvo una concesión territorial de Enriqne I ha- 
cia 1 [23; el de St. Mary, fundado en Londres en 1 197, Y el fle St. Tho- 
mas, fundado por Peter, obispo de Winchester, en I 21 5 y reconstruido 
en [697. 

VlgO refleja esto la intensa lucha por la supremacía comercial V por 
el poder dd mar, que comienza con la Edad Media y se sostiene por es- 
pacio d«- nueve siglos (durante cuyo tiempo los centros del comercio 



1 K. Virchow: Zur Geschichtt des Aussattes und der Spit¿Uer % Arch.f. pata, 
Berlín, i860; WIN páginas 138 y 27.V, XIX, pág. 43; l86l > xx In- 
gina i 

I S. Billings: Description of the 'Johns Hopkins Hospital, Baltimore, 1890, pa- 



EL PERÍODO MEDIEVAL I73 

i 
van pasando sucesivamente de Venecia a Lisboa, a Amsterdam y Lon- 
dres), y en la cual va adquiriendo un gran interés todo lo relativo al có- 
rner ció de las drogas. 

El crecimiento del poder naval de la República veneciana (820-1517) comienza 
con el lucrativo transporte mediterráneo, necesario para las Cruzadas (1096-1272). 
Los influjos de la farmacia árabe y el contacto actual de los cruzados con los ene- 
migos musulmanes aumentaron considerablemente el valor y la fama de las dro- 
gas orientales. Los registros de la aduana del puerto de Acre (1 191-1291) y las ul- 
teriores narraciones de Marino Sanuto demuestran un intenso comercio en áloes, 
benjuí, alcanfor, canela, clavo, cubeba, jengibre, maza, almizcle, nardo, nuez mos- 
cada, opio, pimienta y ruibarbo (Tschirch). Bálsamos, especias, tinturas, resinas, 
maderas raras y drogas han influido mucho en las luchas de los venecianos con los 
genoveses y con los turcos; lucha que culmina en la batalla de Lepanto (1571). La 
derrota de los genoveses en el combate naval de Chioggia (1380) señala el mo- 
mento culminante de la supremacía veneciana. La conquista de Constantinopla 
(1453) disminuye grandemente el comercio del Oriente y de Egipto, y el elevado 
precio que llega a alcanzar la pimienta y otros condimentos constituye un gran 
incentivo para los navegantes portugueses. En el momento en que Vasco de Gama 
dobla el Cabo y navega hasta Calcuta (20 de mayo de 1498) comienza a decrecer 
el poder comercial de Venecia. Priuli, en su diario, recuerda la tristeza que cayó 
sobre el Rialto cuando se supo que los viajeros portugueses comerciaban con es- 
pecias en el puerto de Lisboa. En los siglos siguientes el centro del comercio de 
drogas era la capital portuguesa (1). 

En el estudio de las fases culturales de la Medicina no existe ninguna 
documentación tan efectista e instructiva como la gráfica, y tratándose 
de un período tan remoto y tan obscuro e inaccesible a la comprensión 
moderna como la Edad Media, las grandes catedrales, con sus ventana- 
les de vidrieras pintadas, sus liturgias, sus libros de horas y sus misales 
iluminados, sus canciones y sus narraciones épicas, sus cuentos milagro- 
sos y morales, nos proporcionan el camino más breve para llegar a aque- 
lla comprensión. Tal vez el mejor punto de vista para la medicina me- 
dieval más antigua lo proporcione el examen de las miniaturas que ador- 
nan ciertos códices manuscritos de la escuela de Salerno, recopilados y 
editados por Piero Giacosa en 1901 (2). Uno de ellos, una ilustración del 
Codex de Turin de la Historia Natural de Plinio, demuestra un interior 
con tres médicos, de indiscutible raza judía por su aspecto y facciones, 
vestidos con flotantes trajes orientales y turbantes, en atención profesio- 
nal hacia algún gran personaje. Uno de ellos está tomando el pulso al en- 
fermo, en tanto que los otros dos sostienen una grave consulta, y sus ca- 
ballos están pastando en el exterior; y en el interior, dos pajes, con cabe- 
llos largos, en justillo y calzas, permanecen en espera o conversando a 



(1) Véase Tschirch: Pharmakognosie, Leipzig, 19 10; I, páginas 695-702, y 
A. W. Linton: Journ. Amer. Pharm. Assoc, Filadelfia, 1916; V, páginas 250-255. 

(2) Piero Giacosa: Magistri Salernitani nondum edit i. Un volumen con atlas. 
Turin, fratelli Broca, 1901. 



i 7 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

propósito de ellos. Otra miniatura de la misma página nos muestra una 
serie de frailes en círculo lanzando exorcismos contra el demonio. La te- 
rapéutica teúrgica de los tiempos medievales, con su rasgo típico de un 
demonio como causante de cada enfermedad, y un santo especial para 
arrojarle fuera, puede considerarse como un rudo aspecto de la doctrina 
de la especificidad. En las múltiples pinturas de exorcismo coleccionadas 
por Charcot y Richer (i) de mosaicos y miniaturas de cinco siglos, y 
además de pinturas, grabados y frescos de Giotto, Francesco Vanni, Mez- 
zasti, Rubens y otros pintores medievales y posteriores, el demonio está 
siempre representado en el acto de escapar, en un gran suspiro, de la 
boca del energúmeno. Un grabado del Codex Bolognese del Canon de Avi- 
cena demuestra al médico medieval, con toga y birrete, leyendo a sus dis- 
cípulos, como puede verse en la página-título, el Mellerstadt Mundinus. 
Una soberbia miniatura del Codex de Turin de El Hawi de Rhazes mues- 
tra un maestro de Salerno inspeccionando orina en un vaso, en tanto que 
un enfermo de humilde aspecto y de semblante rústico permanece de pie 
y descubierto delante de él, sosteniendo con su mano el vaso de la orina. 
El contraste entre la gravedad profesional de la cara del doctor y la paté- 
tica solemnidad de su silencio con la paciencia del enfermo, constituye 
uno de los rasgos más característicos del arte medieval. La uroscopia, o 
cálculo del agua de la orina, constituye positivamente un tema favorito 
de los pintores y grabadores en madera de aquella época hasta el co- 
mienzo del siglo xvni, y los detalles de esta representación siguen sien- 
do, en lo esencial, siempre los mismos. El orinal llegó a ser en la Edad 
Media el emblema de la práctica médica, y hasta se usó en algunos pun- 
tos como una divisa o escudo (Neuburger). La orina está siempre conte- 
nida en un vaso del tipo de los de Erlenmeyer, algunas veces graduado, 
y este frasco era llevado en un cesto de mimbre con tapa y asa, muy se- 
mejante a un moderno cubo de champagne. El médico de cualquiera de 
esos períodos se encuentra siempre representado examinando la orina en 
la forma más judicial posible, frecuentemente manteniéndola delante de 
la luz, de tal modo que ella quede expuesta a la reflexión o a la refrac- 
ción de los rayos solares. Otras pinturas medievales representan al mé- 
dico como desdeñando tocar el vaso de Erlenmeyer con sus manos. En 
el grabado del frontispicio del tratado de Montagnana, por ejemplo (1487), 
dos pajes venecianos sostienen los frascos de las orinas, en tanto que los 
doctores, con toga y birrete, las inspeccionan y hacen comentarios a pro- 
pósito de su examen. Una efectista miniatura de Avicena, en la colección 
de I representa un médico en el momento de la consulta, con un 



(1) J. M. Charcot et P. Ri< her: Les démoniaquts dam /'art, París, 1887. 



EL PERÍODO MEDIEVAL 175 

gran número de enfermos, cada uno de los cuales permanece de pie, con 
el cesto de mimbre en la mano, en tanto que el práctico diserta a pro- 
pósito del aspecto de cada muestra de orina. Algunas de las orinas eran 
llevadas por un mensajero al médico o a la curandera, teniéndose que ha- 
cer el diagnóstico a distancia. Como fácilmente puede suponerse, muchas 
veces los diagnósticos de este género constituían una impostura favorita 
de los charlatanes vagabundos, que servía para recoger una abundante 
cosecha de decepciones. Otra miniatura del Codex Bolognese de Avicena 
presenta el frente de una tienda de boticario con los aprendices tritu- 
rando drogas en los morteros, un médico cabalgando en un penco; los 
jarros de las medicinas aparecen adornados con inscripciones árabes. Los 
grabados de las márgenes representan un baño frío en un torrente de 
agua corriente; otro baño, de un carácter casi social, tomado por varias 
personas a la vez en una piscina o baño de natación, con otras represen- 
taciones de ventosas, sangrías y exploración de una herida del tórax. Las 
más demostrativas pinturas de la colección de Giacosa son, sin embargo, 
los dibujos, rudamente pintados, del Codex de la Cirugía, de Rolando, en 
la Colección Casanatense, representando diferentes episodios de la expe- 
riencia quirúrgica, tales como el diagnóstico de las fracturas, la reducción 
de las luxaciones, la inspección, dilatación y sutura de las heridas; la ex- 
tracción de una flecha, la colocación de una fractura de la mandíbula, y 
así sucesivamente. Estas pinturas, por rudas y toscas que sean, ensalzan 
todavía el mérito de los cirujanos salernitanos y deben ser, por consi- 
guiente, apreciadas. 

La espléndida colección de pinturas de manuscritos publicada por Sudhoff en 
su reciente estudio de la cirugía medieval (19 14) [1] nos da una única impresión vi- 
sual de todas las fases de la práctica quirúrgica desde el siglo xi al xv. En ellas, es- 
cogidas algunas de los manuscritos Sloane y Harleian (Museo Británico), los manus- 
critos Ashmole y Rawlinson (Oxford), el Codex Martian (Venecia), vemos incisiones 
quirúrgicas para las hemorroides, fístulas y estrecheces, extirpación de pólipos 
nasales, abertura de abscesos, trepanaciones, extracción de flechas, vendajes, ven- 
tosas, sangrías y aplicación de cauterios, con innumerables escenas de consultas y 
maniquíes esquemáticos para cauterización, ventosas, venasecciones, y zodíacos 
pronósticos. Constituye ésta indudablemente la más importante contribución que 
se ha hecho hasta la fecha de los gráficos de la cirugía medieval. 

De los trajes y del aspecto del cirujano en la catorceava centuria pode- 
mos formarnos una débil e imperfecta impresión por la pintura de John de 
Arderne en el manuscrito Sloane, representando al rubio y barbudo ciruja- 
no sajón, con toga, capa y birrete, sentado en una silla de aspecto de trono 
y en el momento de demostrar su procedimiento operatorio en la fístula 



(1) Sudhoff: Beitrage zur Geschichie der Ckirurgie im Mittelalter (Studien, 
Heft. 10), Leipzig, 19 14. 



i 7 6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

y, además, el grabado frontispicio de la edición de Nicaise de Mondeville 
(13 14) representando un maestro de aspecto inteligente, con cabellos gri- 
ses, alto y delgado, con una toga de color de púrpura y un birrete de as- 
pecto clerical, un birrete negro, medias rojas, pies en chancletas, dando 
una lectura, a la vez que levanta el dedo índice. La práctica del siglo xiii 
está perfectamente representada en los manuscritos Ahsmole 399 y Bod- 
leian (Singe) [ij. Sudhoff ha publicado recientemente una serie de escenas 
de consulta del sloano y de otros manuscritos medievales representando el 
acto de tomar el pulso y otros rasgos del diagnóstico (2). El manuscrito 
latino del Codex de Galeno en Dresde (Db. 92-93) [3], que está asignado a la 
segunda mitad del quinceavo siglo, contiene hermosas miniaturas, ilustra- 
ciones en azul presentando las capas ribeteadas de armiño de ios médicos 
importantes de la Edad Media, detalles de uroscopia, de sangría, de irriga- 
ción rectal, de preparación de drogas, de escenas clínicas, con demostracio- 
nes clínicas y anatómicas, que prueban que el organismo vivo y desnudo era 
algunas veces utilizado, atrevidamente y con fines didácticos, en la enseñan- 
za anatómica y obstétrica. Estas son, con gran diferencia, las mejores mi- 
niaturas médicas desde el punto de vista del mérito artístico. Gilíes de 
Corbeil ha satirizado los elegantes vestidos y la exagerada ostentación de 
las celebridades médicas del siglo xn. Petrarca ridiculiza los médicos de la 
catorceava centuria por sus sortijas, grandes cabalgaduras, espuelas de 
oro, trajes suntuosos y aires soberbios; citándose, además, un pasaje de la 
Gramática, Saxo Grammaticus (I, 9), en el que describe a King Gram 
(que representa al médico danés del siglo xn, el cual, «vestido con sucios 
harapos, se encuentra sentado entre los más humildes criados, en el ves- 
tíbulo». Un curioso obsequio, la cabeza del gallo, se encuentra reproduci- 
do, de un modo algo servil, en varias délas representaciones medievales 
de médicos y cirujanos. Las fisonomías en todas estas pinturas tienen 
npre la fácil expresión de los ojos bajos que se encuentra también en 
muchos maestros de aquella época, como Giotto, Cimabue y Lucas Cra- 
nach, y que parece sugerir la idea de que la autorrevelación no existía en 
las obras de la inteligencia medieval. Los métodos de los artistas medie- 
vales «ran, indudablemente, objetivos, como en los retratos de Holbein o 
<-n [as representaciones, tan llenas de vida, del desnudo en Jan van Eyck 
(Altar de St. Lavo en Gante) y de Pollajuolo. En relación con lo que aca- 



1 I . Singer Proc. Roy. Soc. Med. (Hist. Sect.), Londres, 191 5; IX, pági- 

,-42. 

Sudhoff: Arch.f. Gesch,d. Med., Leipzig, [915-16; IX, páginas 10-25, 3 lám. 

roda las pinturas de los dos volúmenes de ( odex han sido muy hábilmen- 

producidas en la obra de E. C. van Leersum and W. Martin, Miniaturen der 

'> ■ ■ '< , Leyden, 1910. Estos únicos M. SS. han sido notifi- 

<-n primer lugar por ( boulant 



EL PERIODO MEDIEVAL 17? 

bamos de decir, debemos hacer mención de la famosa Stultitia, de Giotto, 
en la capilla de la Madonna dell'Arena, en Padua; de las pinturas de riño- 
phyma, de Ghirlandajo, en el Louvre, y de otras representaciones de la 
misma enfermedad, de Holbein el Joven, en el Museo del Prado, de Ma- 
drid. Turold, un enano, se encuentra representado en los tapices de Ba- 
yeux. Una estatua de mujer, en uno de los estribos volantes del lado norte 
de la catedral de Reims, ha sido descrita como una notable representa- 




£1 pie humano como termómetro (cuadro de un artista tirolés en el Ferdinandeum, en Innsbruck). De la 
obra del doctor Robert Müllerheim Die Wechenstube in der Kunst (Stuttgart, 1904). 



ción de acromegalia (Leonard Mark) [i]. Charcot ha encontrado la cara 
del hemiespasmo glosolabial en un mascarón de Santa María Formosa, en 
Venecia. 

En el siglo xv existen ya numerosas representaciones gráficas de esce- 
nas domésticas y familiares. Estas, contrariamente a las costumbres y 
sentimientos modernos, están ordinariamente llenas de personas entrega- 
das a diferentes ocupaciones alrededor del enfermo, y alguna de aquéllas 
está, en ocasiones, representando con toda realidad el momento del parto. 
En el primer término de aquellos cuadros se encuentra la inevitable niñe- 



(1) L. Mark: Lancet, Londres, 19 14; II, página 14 13. 

Historia de la Medicina. — Tomo I 12 



i 7 8 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



ra en el acto de bañar al niño recién nacido, y de alguno de ellos pode- 
mos aprender el hecho curioso de que en la Edad Media el sensible pie 
desnudo era utilizado como una especie de termómetro clínico. En un 
fresco de Luini, en la Galería Brera, de Milán, la niñera está introduciendo 
su mano en el baño con el fin de averiguar si el agua está demasiado fría 
o caliente para el niño. En la mayoría de aquellas pinturas se encuentra el 
baño de madera, y en un gran número de las mismas, especialmente en 

las que representan el Naci- 
miento de la Virgen, por Hol- 
bein el Viejo (Galería de 
Augsburgo), por Bernhard 
Strigel (Galería de Berlín) y 
por Bartholomaeus Zeitblom 
(Galerías de Augsburgo y Sig- 
maringen), y sobre todo en 
un Wocheustube (cuarto de 
una puérpera), de un pintor 
tirolés desconocido; en el Fer- 
dinandeum de Innsbruck la ni- 
ñera aparece representada co- 
mo las lavanderas de las tie- 
rras altas en Waverley, y con 
los «vestidos remangados» in- 
troduce sus pies desnudos en 
el baño para comprobar la 
temperatura del agua. Los di- 
ferentes modos de vestir y 
fajar a los niños pequeños 
están fielmente representa- 
dos en los bajorrelieves de 
Andrea dellaRobbia en la loggia del Spedaledeglilnnocenti, en Florencia (i). 
( )tr<> importante hecho que se deduce de los cuadros y representacio- 
nes gráficas del siglo kv es el de que el uso de los anteojos había llegado 
a ser bastante común en aquella época. 




Bajorrelieve de nifio en porcelana, del Asilo de Ex- 
pósitos de Florencia, por Andrea della Kobbia (1437 
a ^S), demostrando el modo de fajar a un niño. De 
la obra del doctor Robert Miillerheim, Die IVochensíu- 
bein der Kunst (Stuttgart, 1904). 



I-.l descubrimiento <1<- los lentes o anteojos ha sido en diferentes ocasiones atri- 
buído .i los < ir órnanos «> a Rogerio Bacón, La única cita auténtica es la 

.i'inn.K ion de l'línio de que Nerón miraba a los gladiadores a través de una esme- 



1 En esto, como en todo lo que hace referen* ia a la relación de Las bellas 
a la antigua obstetríi ia, encontramos los grabados en la obra de Wit- 
ichements^ Pan's, 1887, y en la de Robert Müllerheim: Die 
tbé in der Kunst, Stuttgart, 1904. 



EL PERIODO MEDIEVAL 179 

raída (smaragd), que Lessing ha interpretado como una gran lente en su Antiqua- 
rian Letters y que, todo lo más, podría estar constituido como una especie de 
«impertinentes». También se ha querido deducir del dato siguiente que los ante- 
ojos habían sido inventados hacia el año 1285. Una inscripción de una tumba en la 
capilla adjunta a la iglesia de Santa María Maggiore, de Florencia, dice: «Aquí yace 
Salvino de Armato degli Armati, de Florencia, el inventor de los anteojos. Dios 
quiera perdonar sus pecados. Murió A. D. 13 17» (1). En el diccionario de la Acade- 
mia Florentina (1729) leemos «.sub voce occhiali-», que Giordano da Rivalto (131 1), un 
fraile de Pisa, dijo en un sermón, en el 23 de febrero de 1305, que los anteojos ha- 
bían sido inventados ya más de veinte años antes, y que él mismo había hablado 
con el inventor, que era, o Salvino d' Armato, o el fraile dominico Alessandro della 
Spina, que murió en 13 13. Un manuscrito de 1289, de Sandro di Pifozzo, publicado 
por Redi en 1648, menciona los anteojos como un invento reciente. Bernardo de 
Gordon hace una primera referencia a aquéllos, hacia 1305, como oculus berellinus, 
a causa de que en un principio se hacían de piedra de humo (berillus)', de donde los 
alemanes Brillen (Parillen) y los franceses besides (bericles). Arnaldo de Villanova 
los llama vitrea vocata conspicilia, y Guy de Chauliac, en su Chirurgia Mag-na (1363), 
los recomienda a falta de colirios. Durante los siglos xiv y xv los lentes y anteojos 
consistían en lentes convexas de pesada y fea construcción, que se vendían a un 
precio extraordinariamente elevado. Figuran como un detalle en la Madonna, de 
Jan van Eyck, en Brujas; en la mano del donante Georg van der Pale; en el San Je- 
rome, de Ghirlandajo, en la iglesia de Ognissanti, en Florencia; en un grabado en 
madera del Narrenschiff, de Sebastián Brand (1494); en un grabado de la muerte de 
María, de Martín Schonganer; en las decoraciones del altar de la iglesia de St. Jacob 
en Rothenburgo an der Fauber, y en una pintura en colores en un manuscrito de 
la biblioteca universitaria de Praga, representando la investidura del elector de 
Brandenburgo (1417)- En este último los lentes dan al que los lleva el aspecto de 
un mandarín de la China. El par de lentes más antiguo que se conoce consiste en 
dos grandes lentes circulares unidas por un puente nasal o modelo «pince nez»; un 
par, propiedad del humanista del renacimiento Willibad Pickheimer (1470-1530J, 
están ahora expuestos en el Museo de Nuremberg, en Wartburgo (2). El libro más 
antiguo de este asunto es el Uso de antoios, de Benito Daga, de Sevilla (1623), del 
cual se ha publicado una traducción francesa de G. Albertotti, impresa en 1892, y 
L'occhiale alVocchio, por Cario Antonio Manzini (Bolonia, 1660). El primero está 
ilustrado con tablas para el examen visual, y recomienda el uso de los lentes en los 
operados de cataratas. 

Durante la Edad Media la humanidad europea se ha visto afligida por 
enfermedades epidémicas en un grado tal como nunca lo ha sido ni antes 
ni después, y aquéllas eran, de un modo diferente, atribuidas a los come- 
tas y a otros influjos astronómicos, a las tormentas, a la falta de cosechas, 
al hambre, a la caída de las montañas, a las sequías o a las inundaciones, 



(1) Gracias a la amabilidad del Hon. Leo J. Keena, cónsul de los Estados Uni- 
dos en Florencia, hemos podido enterarnos de la inscripción funeraria de la tumba 
de Salvino degli Armati, que debía encontrarse primitivamente en el claustro ad- 
junto a la iglesia de Santa María Maggiore, de Florencia, que ha sido trasladada, 
con su monumento, desde la sepultura y colocada en la capilla de la Virgen María, 
en el lado derecho, para conservarla. La inscripción, como hemos podido ver, dice 
lo siguiente: 

Qui diace Salvino D'Armato Degli Armati, 

di Firenze, inventor degli Occhiali. 

Dio gli perdoni le pecatta. 

Anno D. MCCCXVII. 

(2) Véase R. Greeff: Die altesten uns erhaltenen Brillen, en Arch.f. Opktalm., 
Wiesbaden, 191 2; LXXII, páginas 44-51, y también sus artículos en el Ztschr.f. op- 
thalm. Optik., Berlín, 1913-14; II, páginas 46-77. 



1 8o HISTORIA DÉLA MEDICINA 

a los enjambres de insectos, al envenenamiento de las fuentes por los ju- 
díos y a otras absurdas causas. Los factores realmente predisponentes 
eran la aglomeración de las viviendas y las malas condiciones sanitarias 
de las amuralladas ciudades de la Edad Media, la suciedad, desorden y 
gran inmoralidad ocasionada por las guerras, a causa de las cuales Europa 
se veía asolada por soldados, emigrantes, estudiantes y otros caracteres 
vagabundos, y la general superstición, ignorancia e inmundicia de las ma- 
sas, que hasta en sus casas de baños se amontonaban juntamente en un 
departamento común, algunas veces mezclándose los dos sexos. 

En la Edad Media era general el considerar ocho enfermedades como contagiosas, 
de acuerdo con los versos del pseudo-salernitano citados por Bernardo Gor- 
don (1307), y cuya idea parece derivar de Rhazes (Singer). 

Febris acuta, ptisis, pedicon, scabies, sacer ignis, 
Ántrax, lippa, lepra nobis contagia praestant. 

En unas ordenanzas déla ciudad de Basilea (1350) en el Pest Regiment de Hans 
Wircker (1450), y en el Tractatulus de regimine sanitatis, de Siegmund Abich de 
Praga (1484) [1], estas ocho enfermedades, de acuerdo con la interpretación de 
Sudhoff, corresponden a las actualmente designadas como peste bubónica, tisis, 
epilepsia, sarna, erisipela, ántrax, tracoma y lepra, y eran bastante para no permi- 
tir al que las padeciera la entrada en la ciudad, o para aislarle si ya estaba en ella, 
o para arrojarle fuera, así como para no permitirle vender artículos alimenticios 
ni bebidas. De aquellas ocho enfermedades, la sarna y la lepra eran con frecuen- 
cia sífilis. La noción de la epilepsia como contagiosa dimana, según opina Sudhoff, 
del concepto asirio-babilónico de captura por los demonios (sibtu). El eTi^ar, (coñta- 
gium) de los papiri griegos de 77 a 350 años después de J. C. se aplicaba a la «en- 
fermedad sagrada» (tspa vo?o<;) del Canon de Hipócrates. 

Las más antiguas de las grandes pandemias medievales eran la lepra, el fuego 
de San Antonio o ergotismo (857) [2], escorbuto (12 18) [3], la influenza, la «manía 
bailadora» (coica epidémica), el sudor miliar y la plica polaca (1287); las más for- 
midables eran la peste negra y la sífilis. De las anteriores, la lepra, el escorbuto y 
la influenza fueron traídas o difundidas por las Cruzadas. La corea (manía bailado- 
ra; <ra, probablemente, un resultado de la degeneración física, más el fanático en- 
tusiasmo religioso, y adquirió el nombre de baile de San Vito por la procesión de 
los enfermos atacados de ella en la epidemia de Estrasburgo de 1418, que acudían 
de este modo a la capilla de San Vito, en Zabern, para el tratamiento. La plica po- 
la< ,1, la tea enfermedad del cabello, ha sido introducida en Polonia por la invasión 
mongólica (1287). En un pasaje del Codex Lat. 25.060, de la biblioteca de la ciudad 
de Munich páginas 54 y 55), exhumado por Sudhoff, se describe una epidemia de 



(1) Peter Ochs: Gcschichte der Stadt und Landschaft Basel, Basilea, 1792, pági- 
ii. Lfl 452 y 453. Citado por Sudhoff (Wien. med. Wochenschrift, 1913; LXX1II, pági- 
M;,s 3077-3081, y Arch.f. Gesch. (I. Med., Leipzig, 1912-13; VI, pág. 454; 1914- 1 5, 
VIH, páginas 1 I n un tratado de la poste del siglo xiv del Magister llenri- 

dc Praga, desenterrado por Sudhoff (Arch.f. Geech. der Mcd. y Leipzig, 1913-14; 
Vil, páginas Si-8'.o, las ocho enfermedades quitranseunt de hominibus in homines se 

habían redu< ido a . in< o, a Baber: fiebre, p<-st<\ lepra, epilepsia y catarro (influenza 
o tisi Estas "< lio enfermedades» tenían una gran significación, a juzgar por las 
medidas profilái ti< as que Be aplicaban. 

en mi Historia de Francia, describe las epidemias de 944 y 1090, a 

la última de las . nales «1,1 el aombre <!<• fuego de San Antonio. 

Primeram< ate desi rito por Jacques de Vitry como asolando al ejército de 
• izadas ante los muí.., de Damietta (Collec, Guinot % LIV, ni, párrafo 351), y 
porjoinville en su /// v. Luis, París, 161 7, pág. 121. 



EL PERIODO MEDIEVAL 181 

difteria de 1492 por el médico de la ciudad de Nuremberg Hartmann Scheidel (i)- 
El ergotismo, conocido diferentemente con los nombres de ignis sacer, ignis infer- 
?zalis, o fuego de San Antonio (2), no era frecuentemente erisipela, sino más bien 
una característica enfermedad de la Edad Media, debida a la proliferación del hon- 
go Claviccps purpurea en grandes masas sobre el centeno, del cual se hacía casi 
todo el pan consumido por las clases pobres. La primera alusión a esto la encon- 
tramos en los Anales del convento de Xanten, cerca del Rin, hacia el año 857, y 
hasta en este breve párrafo se encuentra ya la referencia al carácter gangrenoso y 
hasta el posible desprendimiento del miembro por la mortificación. Posteriores 
epidemias de Francia, de 944, 957, 1039, 1089, 1096 y 1 129, se encuentran descritas 
en las crónicas de aquellos tiempos por Frodoard, Felibien y Siegeberto. Esta en- 
fermedad comenzaba, de ordinario, por una sensación de exagerado frío en la par- 
te afecta, seguida de un intenso ardor doloroso; o también, por la aparición de una 
erupción vesiculosa, el miembro afecto adquiría un aspecto lívido, sucio y putrila- 
ginoso, y en ocasiones se mortificaba por completo y se desprendía; en otros casos, 
después de haber ocasionado grandes sufrimientos a la víctima. La curación solía 
seguir a este desprendimiento de la porción gangrenada, y en alguna serie cruel de 
casos los enfermos sobrevivían a la pérdida de los cuatro miembros. Cuando la 
gangrena atacaba a las visceras, la enfermedad tenía una terminación rápidamente 
fatal. En diferentes crónicas vemos que el verdadero ergotismo era, en ocasiones, 
confundido con otras afeccciones, como la erisipela, la gangrena y la peste bubó- 
nica, y que el denominado mal des ardents era, probablemente, esta última enfer- 
medad. La forma convulsiva del ergotismo no ha debido aparecer hasta una época 
posterior. 

Durante el período que se extiende del siglo ix al xn encontramos numerosas 
plegarias, conjuros, exorcismos y amuletos contra una extraña enfermedad perió- 
dica, que, por su supuesta relación con los «malos años», recibía el nombre de 
Malum Mal annum. Se trataba de una erupción serpiginosa, carbunculosa o gangre- 
nosa, que con frecuencia atacaba la mandíbula del hombre y de los animales, y tra- 
tándose, posiblemente, de muermo o de carbunco (3). 

La muerte negra, que causó la nunca vista mortalidad de una cuarta 
parte de la población de la Tierra (más de seis millones de seres huma- 
nos), apareció en Europa hacia el año 1 348, después de haber devastado 
el Asia y el Africa. Desde un foco de Crimea se extendió, a través de Tur- 
quía, Grecia e Italia, hacia el Norte y el Oeste de Europa, a la que atacó 
nuevamente desde un segundo foco a través del Austria inferior. Volvió a 
presentar nuevos terribles brotes, persistiendo con intervalos hasta fines del 
siglo xvii. Barriendo todo ante ella, esta terrible peste iba sembrando el 
pánico y la confusión a su paso, destruyendo a la vez todas las restriccio- 
nes de moralidad, de decencia y de humanidad. Padres, hijos y amigos de 
toda la vida abandonaban unos a otros, luchando todos únicamente por 



(1) Sudhoff: Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig, 1912-13; VI, páginas 121-126. 

(2) El nombre de fuego de San Antonio ha sido primeramente empleado por 
el historiador francés Mezeray al hablar de la epidemia de 1090. La Orden de San 
Antonio para cuidar a los enfermos ha sido fundada en 1093. San Marcial, Santa 
Genoveva y San Benito estaban también considerados como santos patronos del 
ergotismo, un completo resumen del cual puede verse en la valiosa monografía his- 
tórica de Edvard Ehlers. Véase también el artículo del doctor Robert Fletcher en 
Bristol Med. Chir. Journ., Die. de 191 2; páginas 295-315. 

(3) O actinomicosis. (N. del T.) 

(3) Véase M. Hoffler: Janus, Amst., 1909; XIX, páginas 512-526. 



i82 HISTORIA DE LA MEDICINA 

su propia salvación, por defender la propia vida. Algunos se lanzaban en 
barcos hacia alta mar, para encontrar que también en ellos realizaba vio- 
lentos estragos la dolencia; otros rezaban y ayunaban en los templos; otros 
se entregaban a la más severa indulgencia, o, como vemos en el Decame- 
ron, de Boccaccio, uno de los más gráficos relatos de la peste de 1 348 
abandonaban la región apestada para ir a divertirse en algún lugar segu- 
ro; otros, por último, caían en la más profunda indiferencia o desespera- 
ción. Los muertos eran abandonados, todos mezclados, en enormes fosas, 
precipitadamente abiertas"con este fin, y otras veces, los cadáveres, putre- 
factos, quedaban abandonados por todas partes, por las casas y por las 
calles. «No había ninguna confesión; las iglesias y las capillas estaban 
abiertas, pero en ellas no entraba nadie, ni sacerdotes ni penitentes; todos 
habían ido al osario. El sepulturero y el médico habían sido unidos en la 
misma oscura y profunda fosa; el testador y sus herederos y los ejecuto- 
res testamentarios habían sido precipitados desde el mismo carro a la mis- 
ma sepultura, donde yacían todos juntos* (i). En resumen: la muerte 
negra, con sus obscuras manchas sobre la piel, sus hemorragias y des- 
trucción gangrenosa de los pulmones, sus efectos paralizantes sobre la in- 
teligencia y el organismo todo, era, según la expresiva frase italiana, la 
mortalega grande (la gran mortalidad), y un verdadero signo y símbolo 
del reinado del terror. Las lesiones inguinales, axilares y pulmonares se 
encuentran igualmente en la moderna peste oriental. Han sido acabada- 
mente descritas por Guy de Chauliac (transgressio de mortalitate), Boc- 
caccio y Simón de Covino. La epidemia de 1382 aparece descrita con mu- 
chos detalles en De peste, de Chalin de Vinario. La epidemia tuvo, por 
último, el buen efecto de dar motivo a la República veneciana para nom- 
brar tres guardianes de la salud pública (1348), para rechazar los barcos 
infectados o sospechosos (1374), para hacer la primera quarantine (cua- 
rentena) de los lugares infectados (1403), así llamada a causa de que los 
viajeros de Levante eran aislados y detenidos en un hospital por espacio 
de cuarenta días (quaranta giorni). Esta quarantine de cuarenta días había 
sido aplicada por primera vez en Marsella (1383). Ragusa había aplicado 
primeramente el aislamiento 'por espacio de un mes (i 377)- ^ a tr enti- 
na se había ido convirtiendo gradualmente en quarantina. En otras 
ciudades había ordenanzas para la peste, y una dirección personal pri- 
vada (Pestschriften) , hospitales para apestados y otras medidas hi- 
giénicas. 



(1 , Citado, de un viejo manuscrito de la época, por el doctor Robert Fletcher en 
su Tragedy of the Great P Milan. 'Johns Hopkins llosp. Bull., 1898; IX, pá- 

gina 17'». 



EL PERÍODO MEDIEVAL 183 

Uno de los primeros tratados de la peste es el de John de Burgundy, o Johan- 
nes ad Barbam (1365), que se ha identificado con sir John Mandeville. Este manus- 
crito de Bearded John (Juan el Barbudo), que ha sido extraordinariamente ampli- 
ficado, traducido y copiado, es de tendencias astrológicas. Puede sostenerse que la 
peste sea el efecto de los miasmas o vapores corrompidos sobre la contextura hu- 
moral de los enfermos; la pestilencia, en conjunto, como una mala emanación a tra- 
vés de los poros de la piel, y pasando desde ella al corazón, al hígado y al cerebro. 
Para combatirla hay que prohibir los baños, por miedo a que puedan abrirse los 
poros de la piel; dar una dieta ligera, frutos ácidos y bebidas, y especialmente 
abundantes y frecuentes tragos de vinagre; el aire de las habitaciones se purificaba 
quemando ramas de enebro o echando polvos de carbón para ser inhalados por 
los enfermos; drogas aromáticas eran dadas al interior y llevadas en la mano mez- 
cladas con resina o ámbar (pomiim ambre), y si la enfermedad persistía, la sangría 
era el áncora de salvación. La sangre era extraída de una vena superficial, corres- 
pondiendo a la parte del cuerpo más particularmente afecta, y a sus emunctorios 
y canales excretores. En una época posterior el vinagre adquirirá un lugar pre- 
eminente en los tratados de la peste como una medida antiséptica (1). 

Otro terrible azote de la Edad Media ha sido la sífilis, que se ha su- 
puesto haber hecho su primera aparición en forma epidémica en el sitio 
de Ñapóles en 1495 y haber sido comunicada a los invasores franceses por 
los ocupantes españoles, a los que llegó (conjeturas autorizadas) por el in- 
termedio de los marineros de Colón en el descubrimiento del Nuevo Mun- 
do. Que la sífilis esporádica existía en la antigüedad y hasta en los tiem- 
pos prehistóricos está completamente dentro del rango de la probabilidad. 
La supuesta epidemia napolitana de 1495-96 es considerada por Sudhoff 
como una explosión de infección tifoidea o paratifoidea (2). El origen co- 
lumbiano de la sífilis maligna era, no obstante, el resultado corriente del 
contacto entre las razas civilizadas y las primitivas, como en el «León Ne- 
gro» de la guerra peninsular, o en la sífilis de Méjico, del japón o del 
Mar del Sur. La sífilis se encuentra por primera vez mencionada en las si- 
guientes obras, impresas recientemente en facsímile por el profesor «Karl 
Sudhoff (3): 

1. El edicto contra los blasfemos (Gotteslásterer-Ediki), del emperador Maxi- 
miliano I, publicado el 7 de agosto de 1495- 

2. El vaticinio, o Astrological vision, del médico poeta frisio Theodoricus Ulse- 

(1) D. W. Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Soc. Hist. Med.), Londres, 1916; IX, pá- 
ginas 159-212.— Véase también Sudhoff: Pestchriften aus den ersten 150 Jahren nach 
der Epidemie des «zchwarzen Todes», 1348 (Arch.f. Gesch.de Med., Leipzig, 1910-16; 
W-X.passim), y G. Sticker: Die /W (Giessen, 1908-1910). 

(2) En confirmación de este modo de pensar, G. Sticker cita un campo epidé- 
mico de fiebre tifoidea en Lovaina y en Nymwegen en 1635, descrito por Diemer- 
broeck (Obs. et curat, med., XXIV), como vulgar iter febr is gallica, a multis etiam mor- 
bus gallicus apellabatur (Mitt. z. Gesch. de Med., Leipzig, 1916; XV, pág. 77). 

(3) Karl Sudhoff: Graphische und typographische Erstlinge der Syphilis literatur, 
Leipzig, 19 1 2.— Esta obra debe ser leída por todo el que desee conocer los actua- 
les puntos de vista sobre este asunto y comprobar de primera mano la investiga- 
ción (con reproducciones tipográficas y fotográficas) de los textos y documentos 
originales. Sudhoff ha continuado estas investigaciones en su Aus der Frühgeschich- 
te der Syphilis (Stud. z. Gesch. d. Med., lift. 9), Leipzig, 191 2. 



1 8 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

nius (Dietrich Uelzen), impreso en Nuremberg el i de agosto de 1496, con un gra- 
bado en colores de un sifilítico, por Alberto Durero. (Reimpreso en Augsburgo por 
Johan Froschauer en 1496.) 

3. El Eulogium, un poema de Sebastián Brant, impreso en septiembre de 1496, 
por Joh. Bergmann von Olpe, en Basilea. 

3. El Tractatus de pestilential Scorra (Augsburgo, Hans Schauer, 18 de octubre 
de 1496) y Ein hübscher Tract at von dent Ursprug des Bósen Franzos (Augsburgo, 
Hans Schauer, 17 de diciembre 1496); el primero de esto ha sido reimpreso tres ve- 
ces en Nuremberg, Colonia y Leipzig (1496), y el segundo, una vez en Nuremberg, 
a principios de 1497- 

5. La Enarratio -Satyrica, un poema del patricio veronés Giorgio Sommariva, 
impreso en Venecia en diciembre de 149o. 

6. El Concilium breve contra matas pústulas, de Konrad Schellig (Schelling), mé- 
dico del Elector Palatino (impreso en Heidelberg en 1496). 

7. Cuatro plegarias: una a S. Minus (Nuremberg, 1496), otra a San Dionisio (Nu- 
remberg, 1496), una impresa en Yiena, 1497, }* °t ra en la baja Alemania y de fecha 
indeterminada. 

8. Una carta de Barcelona (1495), P or Nicolo Scillacio de Mesina, impresa en 
su Opuscula, 9 de marzo de 1496, en Pavía, demostrando que en junio de 1495 ^ a 
sífilis ha aparecido en Barcelona simultáneamente con la epidemia napolitana, y 
que se creía hubiera venido de Francia (qui nuper ex Gallia dejluxit in allias na- 
tiones). 

Todos estos tratados tienden a demostrar, según piensa Sudhoff, que la sífilis 
era ya conocida en Europa antes del sitio de Ñapóles, supuesto que esta enferme- 
dad tenía ya tantos diferentes sinónimos y que su semiología general parece haber 
sido definitivamente bosquejada anteriormente a la fecha de 1495. 

Es también mencionada antes del año 1501 en varios tratados de Joseph Grün- 
peck (1496), Nicolo Leoniceno (1497), Johannes Widmann (1497), Bartolommeo Mon- 
tagnana (1498), Bartholomaeus Steber (1498), Simón Pistor (1500), Martín Po- 
llich (1500) y Gaspar Torella (1500) [1]. 

La primera referencia al supuesto origen de la sífilis de las Indias Occidentales 
se contiene en la obra de Díaz de Isla (Tractado contra el mal serpentino [2], escrito 
hacia 15 10 y publicado en 1539 y 1542), en la cual se afirma que la enfermedad se 
ha descrito como absolutamente nueva y nunca oída en Barcelona, adonde ha sido 
llevada desde Haití por los marineros de Colón, en abril de 1493. El libro de Isla 
es uno de los más raros, y si nosotros podemos dar fe a lo que dice, su autor ha 
tratado de la sífilis a marineros de la flota de Colón antes de su llegada a Palos. 
También se dice que tanto Monardes como Montejo hablaban de la enfermedad 
como si ella fuese muy frecuente en Sevilla y sus alrededores, en cuya ciudad se ha- 
bía construido un hospital especial para sifilíticos. El Lucubratiutncula, de Leonhard 
Schumans (151 8\ también hace referencia al origen americano de la enfermedad, 
apoyándose en la autoridad de los capitanes marítimos de este período. En contra 
de esta hipótesis del origen de las Indias Occidentales, Hutchinson sostiene que 
la sífilis transmisible existía ya en Europa antes de 1492. habiendo sido ya mencio- 
nada por Chaucer y B<x < ao io, al paso que se ha encontrado en Haití y Santo Do- 
mingo después del segundo viaje de Colón. Virchow, por su parte, afirma (|ue la 
caries sicca de los cráneos prehistóricos y precolumbianos no es una verdadera sí- 
filis, sino otra afección idéntica a la artritis deformante (Hohlengicht) del antiguo 

oso de las cavernas. 11 otra causada por plantas e insectos, y que puede ser, por lo 
tanto, eliminada la cuestión de la sífilis prehistórica en Kuropa. La sífilis medieval 

ha sido primeramente conocida como mal f ramoso, morbus Gallicus.malanapoleta- 
;/,/, después del sospechoso sitio de Ñapóles 1495), en (>1 ( i ll( ' sr na supuesto que 
la enfermedad había sido comunicada a los soldados franceses de Carlos VIII por 



0) Para el texto de los tratados alemanes de sífilis entre 141)5 y 1510 véa- 
II. Indis: Die dltesten Schriftstelle über de Lustseuche in Deutschland (Go'ttin- 
1843). Para la bibliografía desde entonces hasta [899 véase J. K. Prostksch; 
uie Utteratur über die venerischen Kraukherten, 4 v., Bonn, [889-1900. 

(2) Para el texto de Í8la véase: "(anus.. Am St., 1 no 1 ; VI, pág. 653; 1912, VII, 

página 31, 



EL PERIODO MEDIEVAL 185 

los españoles habitantes de la ciudad. Después adquirió la forma epidémica y fué 
designada con los nombres de «viruela» española, polaca, alemana o turca, por el 
afán de los pueblos de lanzar esta censura sobre otra nación distinta de la suya pro- 
pia. Iwan Bloch ha tratado de demostrar que las evidencias de mal franzoso en los 
casos del rey Wenceslao, del corista de Maguncia (1473) y de la carta de Peter Mar- 
tyr (1488) no eran otra cosaque invenciones o falsificaciones. Y, por otra parte, los 
acabados estudios llevados a cabo recientemente por Karl Sudhoff demuestran que 
en el Gottesldstereredikt del emperador Maximiliano I (7 de agosto de 1495) se hace 
mención del malwn francicum, pero nada se dice a propósito de la sífilis en relación 
con el sitio de Ñapóles. Según Guicciardini, no había realmente sitio de Ñapóles, 
sino que Carlos VIII atravesó la ciudad en 21 de febrero de 1495 s i n encontrar 
oposición. Avanzando más, en un movimiento hacia su patria a través de la Tosca 
na, sus tropas fueron sitiadas en Novara en los primeros días de julio y no pudo 
salir hasta el 10 de octubre, dos meses después de la fecha del edicto de Maxi- 
miliano (7 de agosto); así que este último demuestra que la enfermedad era ya 
bien conocida en Alemania en julio, al paso que la marcha actual de los aconteci- 
mientos parece poner en claro que aquélla no podía haber brotado de los solda- 
dos en retirada hasta mucho tiempo después, como demuestra Sudhoff. 

Sudhoff nos da, además, una larga serie de recetas para la sífilis, indicando que 
los médicos, después de haberse encontrado sin recursos en el tratamiento de la 
enfermedad, prescribían ya, a fines de la catorceava centuria, las fricciones mercu- 
riales, que habían sido ya usadas desde antes del siglo xn para la lepra, el eczema 
crónico y otras diversas enfermedades de la piel. Un grupo especial de estas últi- 
mas, como obedeciendo al tratamiento mercurial, eran, según la opinión de Sudhoff, 
la espiroquetosis endémica, y, según todas las probabilidades, la sífilis (1). El mer- 
curio se encuentra por vez primera mencionado en el Circa instans, de Matthaeus 
Platearius (1140). Este recomienda las pomadas mercuriales en el tratamiento de 
las erupciones cutáneas, como hacían los cirujanos medievales desde Roger. Theo- 
dorich da direcciones muy explícitas para las unturas mercuriales, con precau- 
ciones respecto de la salivación. Las dos recetas más interesantes de éstas son 
las que ha encontrado Sudhoff en un antiguo manuscrito italiano, en Copenhague, 
fechas en 1468, y cuya escritura ha sido atribuida, por el director de los Archivos 
del Estado en los Uffizi de Florencia, al primer cuarto del siglo xv (2). En estas re- 
cetas se lee: 16) Electuario óptimo al mal franzoso, y 77) Per fare sir opi da male fran- 
zoso, y contienen ingredientes idénticos a los que se empleaban en los electuarios 
vegetales (Kráuterlatwergen) de los antiguos tratadistas de sífilis alemanes e italia- 
nos. Así, de la evidencia interna de la escritura en algunos de los manuscritos de 
los Uffizi parece deducirse que la sífilis era endémica en Italia ya antes de 1429. 
Sudhoff ha demostrado también que la mortalidad de un 90 por 100, atribuida a las 
tropas francesas en Ñapóles, es una fábula ( A mmenmdrchefz); que esta misma epide- 
mia napolitana era una infección tifoidea, como la mayoría de las febres pestilentia- 
les, y que la prohibición de Nuremberg del baño público en*un cuarto o estanque 
común (16 de noviembre 1496) era análoga por completo a aquellas otras dadas ya 
en años anteriores respecto de la lepra y de la peste. Al final de su tan interesan- 
te estudio (3). cita un pronóstico hecho por Paul von Middelburg con ocasión de la 
conjunción de Júpiter, Marte y Saturno en el signo de Escorpio (25 de noviembre 
de 1484), que anuncia la aproximación de una horrible enfermedad venérea, que 
llegará a su mayor intensidad entre 1492 y 1500, y que da, juntamente con una lú- 
gubre pintura de la corrupción sexual, una serie de los síntomas que resultarán 
de aquella enfermedad y que son estrictamente los de la sífilis. 

Finalmente, resulta de todas estas investigaciones de Sudhoff que, a partir de 
la dozava centuria, los médicos medievales estaban abundantemente provistos de 



(1) Es interesante hacer notar qne Svdenham pensaba que la sífilis era idén- 
tica al pian de Guinea (Africa Occidental); que el Treponema pertenue, de Castella- 
ni, es difícil de diferenciar del parásito de Schaudinn, y que para aquél el «606» es 
una verdadera therapia sterilisans. 

(2) Sudhoff: Mal franzoso in Italien, Giessen, 191 2. 

(3) Sudhoff: Aus der Frühgeschichte der Syphilis, Leipzig, 19 12; páginas 159-1 (8 



1 86 HISTORIA DE LA MEDICINA 

recetas mercuriales para combatir un anómalo grupo de afecciones crónicas de la 
piel, que, a pesar de los nombres con que eran designadas — scabies grossa, variola 
grossa, grosse ver ole, scabies mala, bóse Blattern, mal franzoso — , debemos conside- 
rarlas, muy verisímilmente, como sifilíticas. 

• 
Dejando a un lado el origen astrológico, la lúes ha sido posteriormen- 
te atribuida a las lluvias y a las inundaciones del mismo período (Leonice- 
nus), a las relaciones de un leproso con una prostituta (Monardi y Para- 
celso), al envenenamiento de las fuentes por los virreyes españoles en Ña- 
póles (Falopio), o a la carne humana comida por los franceses como ali- 
mento ordinario (Fioravanti). Es evidente que la enfermedad no había sido 
claramente comprendida en un principio; pero, después de convertirse en 
pandémica, su origen sexual fué reconocido, y al extenderse hacia el Nor- 
te y el Sur desde Italia, sus diferentes períodos fueron más o menos bien 
descritos entre los años 1 494 y 1 5 5 o - En el siglo xvi el caballero Bayar- 
do la llamaba «la enfermedad de aquel que la tiene» (le mal de celui qui 
Va). El mercurio, que había sido prohibido por Galeno como un veneno 
frío, se convirtió en un remedio rutinario. La introducción de la cura de 
unciones y del tratamiento sudorífico ha sido, según la opinión de Sudhoff, 
el punto de partida del tratamiento de las enfermedades en el hospital; 
sistema que antes había sido muy poco atendido. Existían reglamentos 
muy juiciosos de las estufas públicas, como los de Enrique II (i 161). En- 
tretanto, la Humanidad, tanto de la clase elevada como de la baja, Iba 
aprendiendo la dura lección de que la sífilis «no perdonaba a nadie». Como 
el omnipresente horrible esqueleto de la Danza de la muerte, de Holbein, 
ella está pronta a coger a los señores y a los aldeanos, a los justos y a los 
injustos, con un espíritu en cierto modo imparcial, y los libros de aquella 
época, el de Blankaart, por ejemplo, van acompañados de ilustraciones 
para demostrar las miserias producidas por la lúes y los inconvenientes 
de los toscos y heroicos métodos terapéuticos entonces en boga. Aparte 
de las guerras y del hambre, y hasta los tiempos de Ehrlich, la sífilis ha 
constituido, con la tuberculosis y el alcoholismo, uno de los más podero- 
sos factores de la degeneración de la especie humana. 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 
EL REVIVIR DE LA CIENCIA Y LA REFORMA 

(1453-1600) 



En la transición de la humanidad civilizada desde las condiciones rae- 
lievales a las modernas han actuado muchas fuerzas; pero indudablemen- 
e las más poderosas para el crecimiento del individualismo y la relajación 
leí principio de autoridad han sido la invención de la pólvora, que dio un 
x>lpe de gracia al feudalismo, y la de la imprenta, el más poderoso agen- 
e para levantar la Humanidad por medio de la autoeducación (i). Con el 
lescubrimiento de América, el descubrimiento del estrecho Noroeste por 
/"asco de Gama (2), el viaje de circunnavegación del Globo por Magalla- 
ies, el establecimiento de la Astronomía heliocéntrica por Copérnico, y 
a. Reforma, crecieron rápidamente la libertad de pensar y el espíritu crí- 
ico. Los efectos del renacimiento de la cultura griega en los eruditos bi- 
antinos, que emigraban a la península italiana después de la caída de 
"onstantinopla (1453), vinieron a reemplazar, por la actitud espontánea- 
mente receptiva de Platón y de Hipócrates, los extractos dialécticos y ló- 
icos de Aristóteles y de los galénicos. Entre los neoplatónicos, Leonar- 
io de Vinci y Nicolás Cusanus eran eminentes en Física. El físico Ferne- 
us hizo la primera medida exacta de un grado del meridiano, y García 
lernández, un práctico de Palos, favoreció los proyectos de Cristóbal 
'olón, en oposición al modo de pensar de la Universidad de Salamanca, 
.a percepción natural en la Ciencia (sentiré est scire) era^el emblema de 
lampanella. Petrarca atacaba el escolasticismo. Pomponeo Pomponazzi y 
jiambattista della Porta, Marsilio Ficino, Johan Weyer y Giovanni Pico 



(1) Las reclamaciones de su invención se dividen entre Laurens Janszoon Cos- 
er, de Haarlen (1440), y Juan Gutenberg, de Maguncia (1450). 

(2) Así dice el original. (N. del T.) 






1 88 HISTORIA DE LA MEDICINA 

racionalizaban la magia y la Astrología, oponiéndola a la brujería, al 
paso que Cornelio Agrippa (Heinrich von Netthesheim) [i486- 1535] avan- 
zaba desde el ocultismo (De o cultta filosofía) al refinado escepticismo (De 
incertitudine et vanitate scentianim, ijjo). Los primeros motores en estos 
cambios para la Medicina fueron los grandes impresores del Renacimien- 
to y los llamados humanistas médicos. El saqueo de Maguncia por Adol- 
fo de Nassau en 1462 lanzó a los impresores alemanes por Europa. La 
Biblia de Gutenberg fué impresa en 1454- Johan Mentelin, en Estrasbur- 
go (I460), y Alberto Pfister, en Bamberg (1461), fueron continuados por 
Conrado Sweynheyn y Amoldo Pannarts, a quienes se atribuyen los pri- 
meros libros impresos en Italia: el Subiaco Cicero y Lactantins (1485). 
Johan Speyer y Nicolás Jenson son los primeros impresores de Venecia 
en 1469. Otras imprentas italianas se establecen en Foligno y en Trevi 
(1470), en Bolonia, Ferrara, Florencia, Milán, Ñapóles, Pavía y Treviso 
(i 47 i |. Williams Caxton comienza a imprimir en Inglaterra, aproximada- 
mente, hacia 1474 a 75, y, por último, citaremos las imprentas de Albi 
y Giunti, en Venecia; de Stephanus y Colinaeus, en París; de Herbst 
(Oporinus) y Proben, en Basilea; de Wynkyn, de Worde y Wyer, en 
Londres; de Plantin, en Amberes; de Elzevir, en Leyden, así como otros 
muchos que han publicado folios magníficos y hermosos textos, a la vez 
que otros editores y traductores, como Niccolo Leoniceno y Giovanni 
Manardi, en Ferrara; Rabelais, en Meudon; Günther, de Andernach, en 
Estrasburgo; Johann Hagenburt (Cornarus), en Margurgo; Pietro Matiolo, 
en Roma; Anutius Foesius, en Metz, eran para Hipócrates lo que Linacre 
y Caius, en Inglaterra, eran para Galeno. Estas traducciones y ediciones 
del Renacimiento no son únicamente notables por la tipografía irreprocha- 
ble (las de Oporinus, Colinaeus y la antigua impresión alemana en Espa- 
ña se llevan la palma en este respecto), sino que, además, proporcionan, 
por lo general, buenos índices del contenido, índices de materias y de 
autores ,il final, y tienen una segura paginación. Giovanni Malpeghino, de 
Rávena, despierta el sentido de una correcta latinidad y de una seguridad 
de expresión. El estudio filológico de la medicina griega viene a substituir 
!,i labor de los agregadores» y «conciliadores» medievales, que trataban 
de comparar y reconciliar las doctrinas helenista y arabista (Neuburger). 
Con los filólogos médicos aparece el espíritu crítico en Medicina. 

De los HUMANISTAS MÉDICOS, Niccolo Leoniceno (Lkonicencs) [142JJ 
a [524], profesor de Medicina en Padua, Bolonia y Ferrara, amigo de Poli- 
tian v de Linacre, \\ l<> mismo que ellos, elegante latinista, hizo una tra- 
il fam08a de [OS aforismos de Hipócrates, y hacia el fin de su vida 
había comenzado a emprender una segura traducción latina de las obras 
lleno. Ha escrito, además, uno de los más antiguos tratados del Re- 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 189 

icimiento sobre la sífilis (1497) [i]; P ero su principal servicio a la ciencia 
ítriba en la difícil tarea de corregir los errores botánicos de la Historia 
T atural, de Pimío* En los tiempos de Leoniceno, esto era un rasgo del 
ás raro valor intelectual. Hermolaus Barbarus, un antiguo comentarista, 
ibía ya corregido unas 500 erratas ortográficas y gramaticales, perpe- 
adas por los copistas de los manuscritos de Plinio; pero atreverse a ase- 
jrar que el mismo Plinio podía haberse equivocado en sus afirmaciones, 
I hecho tenía algo de sabor de herejía, supuesto que sus escritos, lo 
ismo que los de Galeno y Aristóteles, estaban considerados como sacro- 




Tomás Linacre, M. D. (1460-1524). 

intos e impecables. Por ^consiguiente, cuando Leonicenus, que era un 
uen botánico, publicó este pequeño tratado de los errores de Plinio (2) 
[492], se desencadenó sobre su cabeza una violenta tempestad de con- 
'oversias y de discusiones. Sus amigos Poliziano, Colinuccio y otros no 
otánicos, que se cuidaban más de la letra que del sentido en los antiguos 
íxtos romanos, se indignaron contra el infortunado comentador, expre- 
ándose en un estilo completamente medieval por la audacia de expresar- 



(i) Libelus de epidemia, quam Itali morbum gallicum cocant vulgo b?'ossulas, Ve- 
da, 1497 (Hain, 10.019); otra edición ha sido publicada en Milán en 1497 (Hain, 
).o2oj, y una tercera, impresa en tipos góticos, sin sitio ni fecha (Hain, 10.018). Es 
más antigua y la más rara de todas. 

(2) De Plinii et aliorum in medicina error/bus, Ferrara, 1492. 



190 HISTORIA DE LA MEDICINA 

se en contra de «nuestro Plinio>. Sin embargo, Leoniceno resistió todos 
estos ataques, con la importante consecuencia de que todos los verdade- 
ros botánicos de los últimos tiempos (Ruellius, Matthiolus, Cesalpinus y 
Cordus) aceptaron sus enmiendas sin reparos. En este respecto, Leonice- 
nus puede decirse que constituye el fundamento de los alemanes, padres 
de la Botánica. Sin la cuidadosa obra de estos comentadores botánicos 
no hubiera podido haber una descripción científica de la materia médica. 

Tomás Lixacre (1460-1524), médico de Enrique VII y de Enrique VIII 
en Oxford 1 1484) y en Italia, se graduó en Padua. Teniendo en cuenta sus 
servicios al humanismo, ha sido llamado por Fuller el restaurador de la 
Ciencia en Inglaterra. Se le recuerda especialmente por sus obras grama- 
ticales (Payne cree que son el original de la Grammarian, de Roberto 
Browning), por su fundación de las lecturas de Medicina en Oxford y en 
Cambridge (15 24) y por sus traducciones latinas de los tratados de Gale- 
no, de higiene (i 5 17) [íj, de Terapéutica ( 1 5 1 9) [2], de los temperamen- 
tos (1521) [3], de las facultades naturales (1 523) [4], Jel pulso (1523) [5J y 
de Semiología (1524) [6]. Estas traducciones, fieles y seguras, tuvieron 
gran circulación en el continente y llevaron la luz a los médicos contem 
poráneos, que por espacio de siglos habían estado leyendo traducciones) 
alteradas y de segunda mano de su autor favorito. 

Francisco Rabelais (1490-1553), que era, lo mismo que Linacre, un 
sacerdote a la vez que un médico, hizo una de las primeras traducciones 
latinas de los aforismos de Hipócrates (Lyon, 1 532), cuya edición origi 
nal es muy apreciada por los bibliófilos (7). Rabelais es, sin embargo, mu 
cho más conocido por sus obras humorísticas inmortales Gargantúa 
Pantagruel, que no sólo están llenas del más extraño género de erudició 
médica, sino que son la exposición del humanismo del Renacimiento má 
clara que conocemos (8). Rabelais fué el primero que dio las lecturas d 
Medicina en la Universidad de Montpellier en presencia del propio text 
griego. 

Anutios Foesius, o Foes (1528-95), consagrado por espacio de cuaren 



(1) De Sanitate, tuenda, París, 1517. 

ral Mctliodus medendií París, 15 19. 

(3) De temper a$itentis i Cambridge, Sibcrch, 1521. 

(4; De Naturabilus facultatibus, Londres, Pynson, 1523. 

(S) De pulsuum USU X Londres, Pynson, 1523. 

De SyntomatUM different iis. Londres, Pynson, 1524. 
(i) La traducción latina más antigua ha sido publicada en Venecia en i4 ( 
Hain, 8.674), y otra en Nuremberg, en ¡496 (I Iain, 8.675). 

I antigua costumbre medieval d<- rellenar la inteligencia infantil con libre 

lentra agudamente ridiculizada, y el ideal griego de educad! 

comí) cultivando todas las facultades, incluso las físicas y sociales, está defendu" 

por Rabeh 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 



191 



ta años a una vida laboriosa y sin descanso, como médico de pueblo en 
su ciudad nativa de Metz, hizo una edición crítica del texto griego de Hi- 
pócrates (1595)) que es reconocida por los eruditos como incuestionable- 
mente la mejor de subgénero hasta el tiempo de Littre. 

En el grupo de los filólogos médicos figuran también el botánico Leonard Fuchs, 
que ha sido un enérgico adversario del arabismo; los clínicos Johann Lange y John 
Kaye (1506-73), el doctor Caius, de las Alegres comadres, de Windsor, y el historia- 
dor del sudor miliar; su maestro, Giovanni Battista della Monte (Montanus) 
(1498-1552), de Padua; Jerónimo Mercuriales (1530-1606), autor de una exegesis tí- 
pica (Variae lectiones) délos pasajes' difíciles de los autores griegos y latinos; el 
polígrafo Sinphorien Champier (1472-1539), el lexicógrafo Jean de Gorris (1505-77), 
el español Francisco Valles y el portugués Luis de Lemos, que investigaron la au- 
tenticidad de los escritos de Hipócrates. 

Algún tiempo después de la invención de la imprenta, Alemania en- 
traba en el campo de la Medicina con una notable cantidad de tratados 
semipopulares, la mayoría de ellos escritos contrariamente a lo habitual 
en el lenguaje popular o vernacular. De acuerdo con el modo de pensar 
de Sudhoff, el documento más antiguamente impreso relativo a Medicina 
es el único Calendario purgante (Laxierkalender) de 1457, impreso en el 
tipo de la Biblia de 36 líneas de Gutenberg (i), y contenido (un solo plie- 
go de papel) en la Biblioteca Nacional de París. Una única copia de un 
Calendario para la sangría (Aderlasskalender), impreso en Maguncia 
en I462, es uno de los tesoros de la Biblioteca de Fürstenberg, en 
Donaueschingen (¡Badén). Estos almanaques populares consistían en 
hojas sueltas, impresas en un solo lado, teniendo un mango con la astrolo- 
gía judicial (Lasstafellkunst) para se.r cogidos por él. En algunos de ellos, 
una figura especial el hombre del Zodiaco (Tierkreiszeichenmann) indicaba, 
como en los almanaques de los almacenes de drogas, de fecha más re- 
ciente, las partes del cuerpo influenciadas por las diferentes conjunciones 
planetarias, las épocas apropiadas y los sitios para la sangría y la purga 
bajo cada signo del Zodíaco, con una obscura descripción pronostica de las 
terribles enfermedades, guerras, hambres y otras pestes que pueden ata- 
car a la Humanidad bajo las diferentes posiciones y conjunciones de los 
planetas. La quiromancia atrae también la atención; la más antigua publi- 
cación de este género es el libro de Johann Hartlieb, con ilustraciones, 
Die Kunst Ciromantia (Augsburgo), hacia 1470. Más interés científico me- 
rece el Regiment der j ungen Kinder, de Bartholomaeus Metlinger (Augs- 



(1) Para un facsímil de éstos y un completo resumen de todos los calendarios 
incunables véase el interesante trabajo de Sudhoff: Lasstafellkunst in Drucken des 
15 Jahrhunderts, en su Arch. f. Gesck. d. Med., Leipzig, 1907-1908, I, páginas 223 
y 227, y página 135. Los calendarios de 1439 (Johan, Nider von Gmünd) y 1448 no 
contienen nada médico. 



i 9 2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

burgo, I476), un pequeño libro de higiene infantil que constituye la pri- 
mer contribución del Renacimiento a la Pediatría, únicamente precedida 
por el libro De Aígritudinibus infantum, de Paolo Bagellardo (Pa- 
dua, I472). Un tercer tratado de Cornelius Roelants, de Mechlin (Lovaina), 
hacia 1 483-84, ha sido encontrado en un incunable de la Biblioteca de la 
Universidad de Leipzig y del Museo Hunteriano, de Glasgow (Sudhoff) [i]. 

El Artzneibuch, de Ortollf de Bavaria (Nurenberg, 1477), ha sido en 
su tiempo un importante texto alemán de medicina popular, continuado 
hacia 1500 por el lindo y pequeño Frau'enbüchlein, o libro manual popu- 
lar de las enfermedades de la mujer. Pocos años más tarde (en 1 5 1 3) apa- 
reció en Worns el Rosegarten, de Eucharius Roslin, una obra que tiene 
casi la misma relación con la obstetricia del Renacimiento que la Anato- 
mía de Mundinus con la anatomía medieval. Aunque es en gran parte una 
recopilación de Sorano de Ephesus, como filtrado a través del Códice ma- 
nuscrito de Moschion, ha seguido siendo el único libro de texto del asun- 
to por espacio de catorce centurias. Las tres primeras ediciones han apa- 
recido simultáneamente, todas extraordinariamente interesantes por sus 
extraños grabados (todavía débilmente contorneados en el Códice de Mos- 
chion), por el renacimiento de la versión podálica, como descrita origi- 
nalmente en Sorano, y por el hecho de que el texto de Roslin ha sido mi- 
serablemente plagiado por Walther Reiff en 1 545 (2) y también traducido 
y reeditado por William Raynalde con el título El parto en la especie hu- 
mana (Londres, 1 545). 

Las ordenanzas publicadas en la ciudad de Ratisbona en 1 5 55 para la 
instrucción de las comadronas (Regensburger Hebammenbuch) son, como 
ha demostrado Félix Neumann ^3), el más antiguo documento de este gé- 
nero en vernacular. 

I¡ Tal vez el texto europeo más antiguo de jurisprudencia médica es, sin embargo, 
la ( oiistitutio Crimiualis Carolina (Peinliche Gerichtsordnung), publicada por el em- 
perador Carlos V en 1553 como una ampliación a unas ordenanzas similares dadas 
por el obispo de Bamberg en 1507. Interesantes reliquias de las grandes pande- 
mias medievales de sífilis y de peste bubónica se conservan en los curiosos trata- 
dos de Widman (1497), Steber (1498), Pollich (1501), Conrad Schellig (1502), Grün- 
peck (1503), Schmaus (15 18) y Ulrich von Hutten (15 19); y el sudor miliar ha sido 
asunto de una gran cantidad de folletos, el mejor conocido de los cuales es el pe? 
quefio tratado de Jhon Kaye, o Caius (1552) [4]. Matthaeus Friedrich, un pastor pro- 
¡ < nx. h,: eSCfitO v\ tratado más antiguo de alcoholismo (Wider den 



Sudhoff: JatiKs, Amst., [909; XIV, páginas 407-485 (con texto). Para los orí- 

■ Sudhoff: ídem, 1915; XX, páginas 443-458. 
(2) El plagiario Reifi no debe Ber 1 onfundido con el tocólogo suizo Jacob Rueff 
(1500-58), autor del TrostbüchU (Zurich, 1554), ixna comadrona de serio carácter. 
Arch.f. Gesch, d. Mcd., Leipzig., 1911-12; Y, páginas 132-141. 
Para <-l texto de los es< ritores de sudor miliar véase C. G. Gruner: Scripto- 
res de '■ ■■>>. editado por Haeser (Jena, 1847). 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 



193 




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Historia de la Mrdicina. — Tomo 1 



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HISTORIA DE LA MEDICINA 




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fomiatiuo f pauli bora o poft metíbií IHinunonfo í cía (coa ft tercia poft tírcüríüoí o tmí 
Vlarat íua tumenta itm roiii ti? *t *? oí íi at oittOmo nono bit buí 9 tntnuo 
v^P ffo tif io Dir ajplanie Uara x\ añ nució» ^fléCíeDir mattjic aptíborao añ 
{f f bi ' Ufli ' iuflí ractiDiiHImcorafabOo , .Dñitap 9 aíplonito aoip^oalianhüíifmatbjf 
MaíaimarummDaoojoiidiijiro^oirdiiTOÍattgoDíftjtiiuomcnlio 
igjpoíitio Erna qiíta an orrrjorij tjóra rj p 9 nrnDii^wmto ánnñtiatoto ma* 
nf o o ra frita pott ramoiem míutorá pDir i üic gctttubíe ft Ornea p 9 rjetttuti 
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j lptíliO Q a» mrioifm fllfucoco regta p 9 ambrouj Pbíf * oif trbuccíí Diuca ifeialdia p* 
Xjrburai 1a*auua fomenta i 1 j iü xjñxn mxt m ruriii *f ir at *p bit b 9 rartio 
^HDjpo fco'a p? rjotbatbi in nuoia norte toc&eictia añorbanitjóáojp^ratíti 
maino c; JBinutora Hit gotüarOi ? DirfealnDíe garoiani i Die lecpn poie fopbin Die 
\_mitorm tajratiua üime ía m'í oiü pr roí jroii *nüi #n rroi \ %%m\ bit b 9 núüe 
¿OnjOucio tereíapoü bonítaaíboapmap ? mnbíé^H¿A(io afta poli albaní 
i ( boa oí i añ mriti p'utora qfta i o añbonif aro oí i ía büo p" borní ani o i u j 
Véante albaní laratiua üimf ta íh un o ?üi cíhj ira tgh sgtii at jojíüi Die tj 9 mtúo 
^-£Ém qfta p 9 ntalrín boa *i n 9 nrnDíé^Kwtepbifraaneraagtafnciáap? 



FtTuTTTtn) 





6pÍC< O Astrología (judicial). (Con autorización del Profesor 

d dfl Leipzig). — A. Fragmento del calendario de la purga (Laxierkalender), 

impreso en los tipos 36 de la Biblia <1< Gutenberg (1457), Y descubierto por el Prof. Sudhoff en la líiblio- 

— B, Hombre de la sangría (Adcrlussman), del calendario de Kegiomontanus (1475), 

demostrando los puntos de elección para la sangría en relación con los signos del Zodíaco. — C. Hombre 

<\r Lai beridaí flVtmdtmmamm), del Fkldíbueh da Gendozff (1517), demostrando los sitios de la ligadura de 

I , l.i última forma de evolución de los antiguos diagramas zodia- 
cales, en la que se combina la exposición de los influjos planetarios con el esquema de las visceras (B). 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 195 

Saufteuffel (1552). La botánica antigua alemana tiene sus comienzos en el Herba- 
rias Maguntinus, el más antiguo libro de plantas con ilustraciones, impreso por 
Peter Schoffer en Maguncia en 1484, y en los grabados en madera del Hortus sani- 
tatis, una recopilación, completamente diferente, de escritores más antiguos, atri- 
buida a su editor, Johan (Wonnecke) von Kaub o Cube (1485), que ha sido vertida al 
alemán con el nombre de Gart der Gesundheit (1). Esta obra contiene unos 500 gra- 
bados, que, como dice Greene, son «más bien desdichadas caricaturas de plantas»; 
pero llegó a ser tan popular, que constituyó el principal incentivo de la obra de 
los padres ale?nanes Brunfels, Fuchs, Bock y Valerius Cordus. En Francia, recopila- 
ciones semejantes son diversamente conocidas, como Arbolayre (Herbolario), tra- 
ducido del alemán Horius Sanitatis y Le grand herbier, repetidas veces impreso 
(Choulant). Estos incunables son, a su vez, los orígenes de muchos Herbáis ingle- 
ses. El Buck der Natur, de Conrado de Megenber (Augsburgo, 1475), una recopila- 
ción ilustrada que ha logrado seis ediciones en Augsburgo antes de 1500, era el 
compendio mejor conocido de Historia Natural. 

La antigua cirugía alemana comienza con el Bündth- Ertznei, de 
Heinrich de Pfolspeundt, un cirujano militar bávaro, cuya obra, escrita 
en 1470, permaneció largo tiempo en manuscrito, hasta que fué descu- 
bierta en Breslau y editada por Haeser y Middeldorp en 1868. Pfols- 
peundt era sólo un cirujano de heridas; no tenía habilidad en las opera- 
ciones mayores, que él dejaba para los cortadores o «incisores», y no co- 
nocía el modo de tratar las fracturas y las dislocaciones; pero aprendió 
a hacer las narices artificiales (por el método indio) de los italianos erran- 
tes. Su experiencia militar le dio una larga práctica en el tratamiento de 
las heridas, y su obra contiene la primera seria alusión a los «polvos para 
las quemaduras» y a la extracción de las balas por medio de la sonda (2). 
El trataba las heridas por segunda intención, usando la inhalación narcó- 
tica recomendada por Nicolás de Salerno, y, como Mondeville y otros ci- 
rujanos de los tiempos antiguos, daba a sus enfermos confortantes «bebi- 
das para heridos >. Después de Pfolspeundt vienen dos cirujanos militares 
alsacianos: Hieronymus Brunschwig (circa 1450-1533) y Hans von Gers- 
dorff, llamado Schylhans, ambos nacidos en Estrasburgo. El Buck der 
Wund-Artzeny (Estrasburgo, 1497), de Brunswig, contiene la primera 



(1) Para un resumen del Hortus sanitatis, su historia, orígenes y variedades, 
véase los gráneos de los incunables de L. Choulant, Leipzig, 1858, 20-75; tam " 
bién J. F. Payne, un buen ensayo en el Ir. Bibliog. Soc, Londres, 190 1-2; VI, pági- 
nas 63-126, con muchos grabados. En nada el Herbarius Maguntiae impresas (1484), 
ni el alemán Hortus Sanitatis (1485), es idéntico al Herbarium o pseudo-Apuleius 
platonicus, impreso en Roma en 1480, de un manuscrito del monte Cassino, por 
Giovanni Filippo de Lignamine, médico del Papa Sixto IV. 

(2) Haeser y Middeldorpf han sido los primeros en afirmar, en sus comenta- 
rios a Pfolspeundt (páginas xxii-xxvii), que él no menciona las heridas de arma 
de fuego en el Bündth- Ertznei. Esto se ha demostrado después ser inexacto por 
H. Froelich (Deutsche mil. arztl. Ztschr., Berlín, 1874; vol. Ill, páginas 59 2 '594), <i ll( ' 
puntualiza el Ítem vor das büchsenpülüer auss den wünden (Pfolspeundt, pág. 10) y lo 
siguiente (pág. 60): Auch machstu solchs súchel (Sonde) wol von eissen machenn... mith 
dem hebstu die klcine gelódt oder kugel hiraus, die von buchsenn hinein geschossenn sein, 
unnd auxh was sunst in den wunden ist. 



i 9 6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

exposición detallada de las heridas por arma de fuego en la literatura mé- 
dica. Considera estas heridas como envenenadas, y cree que el veneno se 
puede combatir preferentemente provocando la supuración; de ordinario, 
por medio de los sedales. Como cirujano militar, Brunswig no efectuaba 
operaciones mayores, limitándose al tratamiento de las heridas, de las 
fracturas y a las amputaciones. Al realizar la amputación aplicaba el cau- 
terio actual o el aceite hirviendo para combatir la hemorragia del muñón. 
Su libro contiene algunos de los más antiguos modelos de grabados mé- 
dicos, grabados en madera, muy raros y curiosos en su género, y lo mis- 
mo encontramos en el libro de Gersdorff, de cirugía de las heridas (Feld- 
buch der Wubdtartzney), que fué publicado en Estrasburgo en 1 5 17. 
Gersdorff se detiene más en la exposición de las heridas de arma de fue- 
go que Jerome de Brunswick. El no las considera como envenenadas; in- 
tenta investigar la bala con instrumentos especiales, y, como la mayor 
parte de los cirujanos de su tiempo, trata la herida con el aceite. Al am- 
putar, aplica al miembro, por medio de una venda constrictora, un apara- 
to parecido al de Esmarch, y elimina el cauterio combatiendo la hemorra- 
gia por medio de los estípticos, de su propia invención (conteniendo cal, 
vitriolo, alumbre, áloes y tanino), incluyendo el muñón «en una vejiga de 
un toro, de un buey o de un cerdo», que puede constituir en algunos ca- 
sos un buen protectivo listeriano. El libro de Gersdorff contiene algunas 
muy instructivas pinturas de los antiguos procedimientos quirúrgicos 
existentes, particularmente el primer grabado que se conoce de una am- 
putación, y algunas láminas, únicas, de enfermedades, como la lepra y el 
fuego de San Antonio. El grabado en madera de esta última (ignis sacer, 
o ergotismo) representa la víctima de la enfermedad como un cojo sobre 
una muleta, y teniendo levantada una mano gangrenosa arrugada, reven- 
tando con llamas, para excitar la piedad de San Antonio, el santo patrón 
de esta enfermedad, que está leyendo en su libro, de pie, apoyado en su 
tau-cruz, y acompañado de su fiel cerdo. Otro libro interesante escrito en 
vernacular es el Augendienst (Dresde, 1 583), del oculista de la corte Geor- 
ge Barttsch (i 535-1606), con notables grabados, que nos dan una com- 
pleta noticia de la cirugía ocular del Renacimiento. Entre ellos pueden 
mencionarse el grabado que demuestra al enfermo atado en una silla y 
preparado para la operación; los modos de proceder en la catarata, y las 
lentes perforadas o estenopeicaa o máscaras (primitivamente recomenda- 
das por Pablo de Egina (i) para el estrabismo. Como quiera que Bartisch 



(1) La más< ara pinte, tora de Pablo s< describe en la edición de Basilea (Opo- 
ritms), de 154''. libro III, cap. 22, pág. [82. Lentes < stenop< icas para el estrabismo 
eran también conocidas por Ambrosio Paré (1575;. E] término de lentes estenopei- 
caa ha aido ideado por Donders '1854). 



EL PERIODO DEL RENACIMENTO 



'97 



era primitivamente un cirujano barbero iletrado, y hace una gran ostenta- 
ción de ilustración y de latinidad en su texto desde su pomposo título (i), 
se supone que ha empleado un fámulo para ayudarle a escribir y a pulir 
su obra. Nadie que lea ésta puede formar buena opinión de los oftalmó- 
logos, que el autor llama oculistas y destructores de ojos. Su tratado de 
Litotomía (15/5) contiene un interesante grabado de la operación. El libro 
más antiguo impreso de enfermedades de los ojos es el De \oculis, eorum- 
que egritudinibus et curis, deBen- 
venuto (llamado Grassi o Graffeo) 
de Salerno (impreso en Ferrara 
en 1475)? y q ue es un a imitación 
de los antiguos. 

En el grupo vernacular pueden 
mencionarse los pequeños libros de 
ojos de G. Vogtherr (Estrasbur- 
go, 1538) y de Walter Bailey (Lon- 
dres, 1586), y el Traite des maladies 
de l'ceil, de Jacques Guillemeau (Pa- 
rís, 1585), decididamente el mejor de 
los libros de Oftalmología del Rena- 
cimiento. El tratado inglés de Ri- 
chard Banister (1622) es únicamente 
una traducción de esta obra. 

El primer libro médico que se ha 
impreso en Inglaterra se llamaba A 
Passing Gode Lityll Boke Necessarye 
and Behovefull Agenst the Pestile?ice, 
que es un pequeño tomo en 4-°, de 12 
hojas, atribuida la impresión a Wi- 
lliam de Machlinia (Londres, cir- 
ca 1485), traducido del Tractatus cbn- 
.tr a pestilent iam (1480), atribuido a 
Kanutus (Bengt Knutsson), obispo 
de Vasteras, Suecia, 1461; pero que, 
como ha demostrado Sudhoff, por 
una comparación paralela de tex- 
tos, ha sido realmente escrito por el 

médico del papa Johannes Jacobi, de Montpellier, hacia 1364 (2). La traducción in- 
glesa ha sido más tarde reimpresa por Winkyn, de Worde, en 15 10. Además, existe 
el Gobernayle of He It he, publicado en la imprenta de Caxton, hacia 1491, continuado 
en 1 5 10 por el The Judycyal of Urins, algunas veces atribuido a John de Arderne, y 
probablemente impreso por Winkyn, de Worde. En 1 5 16 Peter Treverus, un impre- 
sor de Southwark, ha publicado el The Grete Herball, y en 1521 Siberch, de Cambrid- 
ge, ha impreso las traducciones de Linacre, del libro de Galeno De temperamentis, 
después que Pynson, de Londres, había publicado otras versiones de Galeno, del 
mismo erudito. La primer obra de Anatomía impresa en Inglaterra ha sido el pe- 
queño tratado de David Egar, de 15 páginas, titulado In anatomicen introductio lucu- 
lenta et brevis, y el primer libro inglés en el vernacular, del mismo asunto, ha sido el 




San Antonio con una víctima del ergotismo. (Del Feldt~ 
buch der Wundartzney, de Gersdorff-Estrasburgo, 1540. ) 



(i) Ocp8aX¡j.o)8ouX£tof, das ist, Augendienst, Dresde, 1853. 

(2) Sudhoff: Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig, 191 1- 12; V, páginas 56-58. — Singer: 
Proc. Roy. Soc. Med. (Sect. Hist. Med.),'J.ondres, 19 16; páginas 179-185. 



198 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



The Englishman 's Treasure, por Thomas Vicary (Londres, 1548) [1]. El invento 
de la Taquigrafía por un médico se recuerda en la Characterie (1588), de 
Timothy Brigth (1551-1615), de la cual sólo existe una copia en la Biblioteca de 
Bodlei. 

Los efectos de estos escritos vernaculares han sido volver la inteligen- 
cia de los hombres contra el escolasticismo, inclinándola hacia la reali- 
dad. Esta tendencia del Renacimiento ha alcanzado su más claro desarro- 
llo en los más eminentes maes- 
tros médicos del siglo xvi; Para- 
celso, Vesalio y Paré, tres hom- 
bres fuertes, de temperamento 
agresivo, que, rompiendo con el 
pasado, abrieron literalmente el 
camino, no sólo para el adelanto 
general de la Medicina, sino tam- 
bién para el pensamiento libre 
en todas sus ramas. 

Aureolus Theophrastus Bom- 
bastus, de Hohenheim, o Para- 
celso (1493-1541), ha sido el 
fundador de la Farmacología 
química y de la Terapéutica y el 
más original pensador médico 
del siglo xvi, que, a despecho de 
sus expresiones altisonantes de 
rango y de linaje (2), es un mar- 
cado ejemplo de los más grose- 
ros materiales, con los cuales pue- 
de, en ocasiones, construir gran- 
des ideas. Sus chocarrerías de embustero, aunque piense él que le dan 
un mejor dominio de los espíritus vulgares, le impiden con frecuencia 
poder «pensar con justicia y ver con claridad». Natural de Einsiedeln, 
cerca de Zurich, en Suiza, poseía el altivo e independiente espíritu que 
Be atribuye generalmente al hombre de las razas montañesas, y era uno 
de los pocos escritores que en todos los tiempos han hecho adelantar 
la Medicina, armando disputas y querellas a propósito de la misma. 




Paracelsus (1493-1541). 



ida en un papel, y la ultima es del doctor J. F. Payne, en el 
/,'/-// Ued.Journ., Londres, 1889; I, pág. 1085. 

El nombre Paracelso se supone por algunos una libre traducción de Hohen- 

bein, o también una Indicación de bu superioridad sobro Celso. Ordinariamente 

llamaba a si misino Theophrastus ex fíohenheim eremita; a sal km-: de Einsiedeln. 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 



199 



Como los «voceadores» de la comedia Elisabethniana o los Zankbauer 
de la farsa alemana, él procura irritar y sacar de quicio con sus arrogan- 
cias e insultos a sus auditores y lectores para obligarles a aceptar sus pun- 
tos de vista, y los escritos, que él dictaba a sus discípulos, eran frecuente- 
mente una notable combinación de un crédulo galimatías y de arrogantes 
fanfarronadas, pero mezcladas frecuentemente de afortunadas conjeturas 
y de intuiciones tan acertadas como geniales. Sus humorísticas salidas, 
aunque él las considerase como tales, eran generalmente de un género gro- 
sero, que a veces oscilaba «de lo obsceno a lo incomprensible» (i). Para- 
celso era hijo de un médico erudito, que poseía una escogida biblioteca, y 
con el cual él comenzó a estudiar Medicina. Llegó a tomar el grado de 
doctor, bajo la enseñanza de Leonicenus, en Ferrara (1515)? y fué cogien- 
do un conocimiento no habitual de Alquimia, Astrología y otras ciencias 
ocultas de los eruditos abades y obispos de las regiones que visitaba, así 
como el dominio de la oratoria y de la acción del alquimista tirolés Sigis- 
mund Függer. Teniendo el Wanderlust de los suizos, viajó por toda Eu- 
ropa, recogiendo informaciones de todo género de fuentes, y en sus rela- 
ciones con barberos, verdugos, bañeros, escultores, comadronas, enferme- 
ras y embaucadores aprendió una gran cantidad de cosas a propósito de 
la práctica médica, e incidentalmente adquirió un conocimiento, no vul- 
gar ni frecuente, de la medicina popular y legendaria, y una afición, que 
no le abandonó nunca, a las bajas compañías. Paracelso ha pensado y ha 
hablado siempre en el lenguaje del pueblo, y llegó así a ser más popular 
que lo había sido ningún médico antes de él. Nombrado profesor de Me- 
dicina y médico de la ciudad en Basilea en 1 5 27, e imbuido de un respe- 
to de toda la vida a Hipócrates, implantado por su maestro Leonicenus, 
comenzó su campaña de reforma quemando públicamente las obras de 
Galeno y de Avicena en su sala de lectura; pero un año más tarde (1528) 
se encontraba ya en un violento conflicto con las autoridades a propósito 
del pago de honorarios, y se veía obligado a abandonar la ciudad. Reanu- 
dando sus hábitos vagabundos, practicó la Medicina en diversos puntos 
de Alemania y con diferente éxito, y, por último, murió en Salzburgo a 
consecuencia de heridas recibidas en una querella tabernaria. Como tra- 
bajador en Química, Paracelso ha sido precedido de Geber y de los alqui- 
mistas Alberto el Magno y Cornelio Agrippa, y seguido de un gran nú- 
mero de químicos, entre ellos de Johann Tholde, que ha escrito con el 
pseudónimo del mítico monje del siglo xv Basilio Valentín. El pseudo- 
Valentín se ha supuesto que ha dado a la Química el ácido clorhídrico, el 
azúcar de plomo, los medios de preparar el amoníaco y el ácido sulfúrico, 



(1) George Moore. 



200 HISTORIA DE LA MEDICINA 

y en su Triumphant Chariot of Antimony (1604) introdujo el antimonio en 
la práctica médica, en la que había de sostenerse por espacio de siglos (i). 
Paracelso tomó los tres elementos de Geber — azufre combustible, mercu- 
rio volátil y sal residual — y los mezcló con especias de leyenda teosófica, 
no diferentes de las del remoto Oriente, por el cual él decía haber viaja- 
do. Baas ha comparado la lectura de Paracelso con la exploración en una 
mina. Nos encontramos con un mundo extraño de principios mágicos, ma- 
crocosmos y microcosmos, archaei y arcana, gnomos vivificantes, sátiros, 
espíritus y salamandras. La existencia procede de Dios; todas las cosas 
materiales, del Iliaster, o substancia primitiva o primordial, al paso que la 
fuerza de la Naturaleza que pone en movimiento todas las cosas es el ar- 
queo (Archaeus), o principio vital. El arqueo es la esencia de la vida, 
contenida en un vehículo invisible, la mumia, y en las condiciones patoló- 
gicas, esta mumia debe ser extraída magnéticamente del cuerpo del enfer- 
mo e inoculada a una planta que lleve la signatura o señal de la enferme- 
dad, de tal modo, que ella pueda atraer la influencia específica de los as- 
tros, supuesto que las enfermedades son causadas por las influencias as- 
tronómicas actuando sobre el «cuerpo astral» de los hombres. A pesar 
de todo, el autor de esta confusa verborrea, el verdadero Paracelso, era 
un médico capaz y un hábil cirujano, generoso con los pobres, y, aun cuan- 
do podría ser despreciado y rechazado por sus groserías y charlatanerías, 
y hasta posiblemente por ser alcohólico, un hombre digno del mejor recuer- 
do humano. En Paracelso no había nada de lo refinado y de lo exquisita- 
mente místico del poema de Browning, ni tampoco era todo lo escanda- 
loso, embustero, borracho y curandero que ha supuesto la tradición. Su 
influjo ha sido muy poderoso, y su acción, realmente útil, muy grande. 

# Al paso que la Filosofía, la Alquimia y la Astronomía eran los pilares de su fe, 
en la práctica lo eran «la experimentación comprobada por la literatura autoriza- 
da» (2). Lo que él leía en sus autores lo hacía con el propósito de sugerirse en sus 
razonamientos que los únicos verdaderos médicos entre los antiguos lo habían sido 



(1) Respecto de la controversia de Basilio Valentín véase Kopp (Die Alchemie, 
1886), John Ferguson ■ liibliotheca Chimica, 1906), Sudhoff (Hibliographia Paracelsi- 
ca (Berlín, 1894 , C. S. Pierce, en Science, New- York, 1898, n.s. VIII, páginas 1 6<)- 1 76, 
I ilentin, a seventeenth century hoax, por J. M. Stillmann, en Pop. Sci. Mon- 
thlx, New-York, 1912; I XXXI, páginas 591-600. Estos demuestran que los escritos 
del pseudo-Valentín pertenecen incuestionablemente a la antigua literatura del si- 
.11. kl retrato de Basilio Valentín en el ' rabinete Real de Etchings, en Munich, 
representa un fraile con una retorta y un pentagrama, y de aspecto muy semejan- 
te al de los retrains de Paracelso. El ( 'urrus triumphalis antimonii enseña a todos los 
pr.íeti< 06 a prescribir el antimonio en la mayor intensidad de las liebres, i ,a alaban- 
rminó pronto, pero la droga volvió a revivir en 1657, cuando curó a Luis XIV 
de una liebre tifoidea. El pseudo-Valentín, refiriéndose a la sífilis, como la Neue 
Krankheit der ■ < omienda contra ella una mixtura de antimonio, plomo 

v mere urio. 

trimenta Ck torum loco mihi suffragatur (citado por Sudhoff). 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 201 

los griegos. Su patología era una mezcolanza, pero contenía algunos buenos elemen- 
tos, como los conceptos de la enfermedad, como una desarmonía de las funciones 
normales de la vida bajo condiciones alteradas, como hereditaria, o como dietésica, 
en la gota y en la litiasis, que él consideraba como procesos «tartáricos», determi- 
nados por la precipitación de substancias, que ordinariamente son expulsadas del 
cuerpo, siendo en esto el primero que intenta establecer una etiología química, 
partiendo de su doctrina general de calcificaciones y concreciones. Sus cinco cau- 
sas de enfermedad (entia) eran agentes cósmicos (ens astrorum); venenos patológi- 
cos (ens veneni), incluyendo autointoxicaciones y contagios; causas naturales (ens 
naturale), o predisposición a la enfermedad por defectos orgánicos; causas psíqui- 
cas (ens spirituale) e intervenciones divinas (ens deale). Su discípulo, Peter Severi- 
nus, desarrolla la idea del contagio (ens venenata) como patología animada (patho- 
logia animatá). 

Adelantándose a su tiempo, Paracelso se separa del galenismo y de 
sus cuatro humores, y enseña a los médicos a sustituir la terapéutica quí- 
mica por la Alquimia; ataca las hechicerías y los charlatanes vagabundos, 
que destrozan el cuerpo humano en lugar de emplear procedimientos qui- 
rúrgicos, y se opone a la simple Uromancia y a la Astrología; ha sido el 
primero que se ha ocupado de las enfermedades de los mineros (occupa- 
tion) y de establecer una relación entre el cretinismo y el bocio endémi- 
co; él se adelantó también a su época al señalar las diferencias geográfi- 
cas de las enfermedades; es casi el único aseptista que encontramos entre 
Mondeville y Lister; cree en la unidad de la Medicina y la Cirugía, y en 
que la Naturaleza (el bálsamo natural) cura las heridas, y no las interven- 
ciones oficiosas; recomienda los baños minerales, siendo uno de los pri- 
meros que ha analizado estas aguas; hace con el opio (láudano) [i], el 
mercurio, el plomo, el azufre, el hierro, el arsénico, el sulfato de cobre y 
el sulfato potásico (llamado el specificum purgans Paracelsi) una parte de 
la farmacopea, y considera el cinc como una substancia elemental; distin- 
gue el alumbre del sulfato ferroso, y demuestra el hierro contenido en el 
agua por medio del ácido tánico; con Croll y Valerius, Cordus ha popula- 
rizado las tinturas y los extractos alcohólicos; su doctrina de las signaturas 
ha vuelto a revivir con Rademacher y Hahnemann; sus arcana iban di- 
rectamente contra las causas de la enfermedad más bien que contra los 
síntomas de la misma (terapéutica causal), y al comparar la acción de es- 
tos arcanos, o principios intrínsecos de las drogas, como de pasada él sos- 
pecha la idea de una acción catalítica, supuesto que él piensa que los reme- 
dios no son substantivos, sino que actúan a causa del inmanente poder 
espiritual o quintaesencia (principio activo), siendo la causa de mucho mis- 
ticismo. Como un teorizante, él cree en que los organismos vivos descien- 
den de un Ursckleirn, o fango primordial, y Baas le considera como anti- 



(1) Ich hab ein Arcanum, fiéis s ich Landanum, ist über das alies, wo es zum Tod 
reichen will. Grosse Wundarznei, I, tr. 3 (Citado por Haeser). 



202 HISTORIA DE LA MEDICINA 

cipándose a Darwin al considerar que el fuerte dominaba al débil, del que 
hacia su presa; un hecho, desgraciadamente, en el rango de algún mendi- 
go o lacayo. Su comparación de la apoplejía con el efecto de un rayo y 
su concepto de la atrofia como una desecación de los tejidos demuestra 
su desprecio por la Anatomía. Pero ninguna de todas estas cosas basta 
para dar idea de la preponderancia que Paracelso ha ejercido en su época 
por su propia personalidad. En un tiempo en que la herejía significaba 
frecuentemente la pérdida de la vida, él no malgastó su tiempo en des- 
truir mariposas volantes, sino que atacó directamente muchas importan- 
tes supersticiones, arriesgando su cuello con toda la temeridad de un atre- 
vido reformador. La importancia concedida a su nombre puede resumirse 
en las líneas de la comedia de Shakespeare que le ponen en parangón con 
Galeno (i). Paracelso era grande en comparación con su propio tiempo; 
no puede parecemos especialmente grande en relación con nuestro pro- 
pio tiempo, en parte a causa de que, lo mismo que Galeno, Arnaldo de 
Yillanova y otras personalidades de los tiempos pasados, sus obras están 
abrumadas y sobrecargadas con muchas materias inútiles o falsas y no 
pueden ser interpretadas correctamente más que a la luz de las modernas 
investigaciones. 

El más acabado estudio que se ha hecho hasta la fecha de Paracelso y 
de sus escritos es el del profesor Karl Sudhoff (1894-99). 

Las principales obras de Paracelso son el tratado de las heridas abier- 
tas (1528), su Chirurgia magna (153^), el manual en que recomienda la 
administración del mercurio en la sífilis (Francfort, 155 3)? e l tratado De 
gradibus (Basilea, 1568), que contiene la mayoría de sus innovaciones de 
química terapéutica, su monografía de las enfermedades de los mineros 
(Von der Bergsuckt, Dilingen, 1567) y su opúsculo de los baños minera- 
les (Basilea, 1 576), en el que recomienda las aguas de Gastein (Castyn), 
Topplitz, Góppingen y Plombieres (Blumbers). El tratado de las enferme- 
dades de los mineros es el resultado de sus observaciones en las minas de 
Fugger, en el Tirol, y da en él una descripción de la tisis de los mineros 
y de los efectos de los gases sofocantes, siendo, en conjunto, una de las 
pocas contribuciones de aquella época a la medicina clínica. Ha conocido 
la parálisis y los trastornos del lenguaje consecutivos a los traumatismos 
de la cabeza (2). En su capítulo De gener añone stultorum (3), Paracelso es 



(1) En Todo es bueno cuando acaba bien, act. II, esc. 3.*, cuando Lcfeu refiere 
como incurable el caso del rey: «Ser abandonado de los artistas, y Parolles res- 
ponde: A 1 1 onsidero yo a ..mhos, a Galeno y Paracelso >, queriendo decir, sin cm- 
bargo, que nadie, ni de la escuela galénica ni de la escuela alquimista de los médi- 

k mIí.i de ningún modo, ¡salvarle. 

(2) E. Ebstein: Deutsche Ztschr. /'. Nervenheilk. Leipzig, 1914; Lili, página 131. 
1 pr< o en mi postuma Opera Omnia, Estrasburgo, 1003; II, pá^s. 174 y 182. 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 203 

el primero en señalar la coincidencia del cretinismo con el bocio endémi- 
co, un descubrimiento basado también en observaciones originales lleva- 
das a cabo en la región de Salzburgo. 

Además del número extraordinariamente grande de sifiliógrafos: Leonicenus 
(1497), Lacumarcino (1524-31) [1], FracaStorius (1530), Niccolo Massa (1532), Ferne- 
lius (1538), Falopio (1564) y Luisinus (1566), el Renacimiento posee una abundante 
literatura en la que se describen acabadamente gran número de enfermedades. Así, 
pertenece a ella la descripción original del tifus por Fracastorius (1546), del sudor 
miliar por Caius (1552), de la varicela por Ingrassias (1553), del tabardillo (tifus es- 
pañol y mejicano) por Francisco Bravo (1570), de la tos ferina (quinta) por Gui- 
llermo Baillon o Ballonius (1578), de la clorosis (morbus virgineus) en las epístolas 
de Johann Lange fi 554) y del síndrome «vértigo de las montañas-», por el viajero je- 
suíta José de Acosta ^1590). Jerónimo Mercuriali (i 530-1606) escribe el primer tra- 
tado sistemático de las enfermedades de la piel (1572J, un famoso tratado ilustrado 
de gimnasia médica (1573) y una de las más antiguas obras de enfermedades de los 
niños (1583). Uno de los primeros tratados de enfermedades simuladas (De Us qui 
morborum simulant deprehensis), por Giambattista Silvático, se ha publicado en Mi- 
lán en 1 591. El tratado de Pediatría de Sebastianus Austrius (1540) merece ser men- 
cionado, así como también la obra de Próspero Alpino de Medicina egipcia (1591) 
y un tratado único de pronóstico médico (1601) del mismo autor. El The Regiment 
of Life (1546), de Thomas Phayre (i5io?-6o), una versión en letra negra del Regimen 
sanitatis, contiene la primer contribución inglesa a la Pediatría (The Boke of Chil- 
dren). Charles Singer (2) hace notar que se encuentra algún comienzo de medicina 
tropical en la descripción de Oviedo del pian, o botón de Guinea, como «bubas», 
posteriormente identificado, en 1558, por André Thevet, como «no siendo otra 
cosa que las viruelas, con intenso y fuerte poder sobre todos los europeos, especial- 
mente sobre los franceses». Oviedo y Thevet han mencionado también la pulga de 
la arena ( Pule x penetrans). Singer^llama la atención acerca del primer libro de me- 
dicina tropical, de George Wateson, titulado The Cures of the Diseased in Femóte 
Regions (Londres, 1598). Él objeto de la obra se encuentra indicado en el siguiente 
índice versificado de materias: 

La ardiente fiebre, la cálida calentura; 
El doloroso tabardillo pestilente; 

Las erupciones picadoras, que tiene que soportar pacientemente el hombre; 
Cameras de sangre, violentos flujos; 
La erisipela, que hincha a los enfermos; 
El tinoso, que nosotros llamamos escorbuto: 
Todo será fielmente descripto, y curado todo. 

Todavía un largo período después de Paracelso la Química continuó 
siendo Alquimia, y en el siglo inmediato comenzó a sumergirse dentro 
de la fantástica pseudo-ciencia de los rosacruzados. El gran patrono de la 
Alquimia en el siglo xvi fué el emperador Rudolfo II de Alemania (i 57^ 
a 161 2), que consagró gran parte de su fortuna y la totalidad de su vida al 
problema del oro potable, de la piedra filosofal y del elixir de larga vida. 



(1) E. C. Streeter ha demostrado que la fecha de 1505 señalada por Astruc a 
la obra de Lacumarcino, De morbo gallico, el mejor tratado de sífilis de su época, 
debe ser sustituida por la de 1524, o aun por otra posterior. (Tr. Internal. Congr. 
Med., 19 1 3, Londres, 19 14; sect. XXIII, páginas 373-376. 

La edición de Turin, de la Biblioteca general de Cirugía, admite la fecha 
de 1532. 

(2) Ann. 'I'rop. Med. and Parasitol., Liverpool, 191 2, VI, páginas 87-101. 



204 HISTORIA DE LA MEDICINA 

En las espaciosas y obscuras habitaciones de su palacio, el Hradschin de 
Praga, vivió en perpetua relación con los alquimistas, los espiritualistas, los 
astrólogos judiciales, los dotados con la doble vista y otros discípulos de 
la ciencia psíquica, y no hubo recompensa que creyese bastante grande 
para premiar a aquellos aventureros, aunque fuesen mal reputados, cuya 
principal ocupación era halagar a este fantástico monarca de obscuros rin- 
cones en el alma. El crédulo Rudolfo era constantemente la presa de todo 
género de bribones imprudentes y de prácticos listos, sobre los cuales, sin 
embargo, solía reaccionar rápidamente decretando su prisión o su muer- 
te, si dejaban de cumplir lo prometido (i). A su corte acudieron el sabio 
erudito de Cambridge John Dee, un solemne embaucador, y su ayudante, 
Edward Kelley, un impostor, listo e ingenioso en hacer proyecciones de 
los metales viles en oro, y, mirando al reflejo de una piedra brillante, 
ahora en el Museo Británico, producir una especie de auto-hipnotismo, 
hoy bien conocido como escritura automática, en cuya maniobra Kelley 
actuaba de medium o He persona dotada de la doble vista. Ambos fueron 
pródigamente recompensados. Dee escapó a Inglaterra en el momento crí- 
tico; Kelley permaneció y llegó a ser un propietario de tierras y eques 
auratus de la corte de Bohemia, pero acabó perdiendo la vida, en castigo 
de sus embrollos e imposturas. A la Gold Alley (calle del Oro) de Praga, 
la calle de los charlatanes de Praga, llegaron también Michael Sendivo- 
gius, el conde Marco Bragadino, Gossenhauer y Cornelius Drebbel, el 
hombre de las eternas proposiciones; fué también por motivo de la Alqui- 
mia por lo que Rudolfo llevó a su corte, a la vez, a Tyco Brahe y a Ke- 
pler, con positiva ventaja de la futura ciencia astronómica. Los principa- 
les médicos de Rudolfo, Croto von Kraftheim, Oswald Croll, Guarinonius, 
Michael Maier y otros fundaron la Academia Rudolfina de Medicina, de la 
que se convocó una reunión extraordinaria con el fin de oir a Andreas 
Libau (Libavius) leer su ensayo sobre el aurum potabile. Este Libavius 
i i 546-1616), médico y profesor en Coburgo, hizo dar realmente un paso 
bacía adelante a la Química con su Alchymia (Francfort, 1 5Q5)» q ue se 
considera generalmente como el primer tratado sistemático de la ciencia. 
reñía— dice I lo 1 Ion — <un suntuoso laboratorio, provisto, no sólo de todos 
los requisitos necesarios para la experimentación química, sino también 
de todos los medios de entretener a los huéspedes visitantes, incluso al- 
indamientos, como baños, corredores cubiertos para poder hacer 
ejercicio en los (lías inclementes, y bien provistos cuartos para beber». Él 



(1) Para an acabado estudio de todo esto véase el delicioso libro de Henry 
Qgtoo Bolton, The Follies <>/ Sciencie at the Court oj Rudolph II, Milwau- 
1 904. 



EL PERiODO DEL RENACIMIENTO 205 

descubrió el cloruro de estaño, analizó por medio de la balanza las aguas 
minerales (i 597), escribió una farmacopea de la ciudad (1606) y fué uno 
de los primeros en recomendar la transfusión de la sangre (1615). Su 
Alckymia se divide en dos partes: la primera se ocupa de las operaciones 
químicas del laboratorio, incluyendo los instrumentos y hornillos; la se- 
gunda parte contiene exactas y sistemáticas descripciones de las substan- 
cias químicas. De esta segunda parte se consagran no menos de 80 pági- 
nas a la piedra filosofal. 

Un típico discípulo de Paracelso era el aventurero y tramposo alquimista 
LeonhardThurnheysser zumThurn (1531-95), de Basilea, que comenzó como apren- 
diz de platero, se casó a los diez y seis años, y muy pronto se encontró metido en 
una falsa manera de fabricar oro (vendiendo estaño con un baño de oro), a conse- 
cuencia de lo cual tuvo que huir de la ciudad y emprender en lo sucesivo una vida 
errante y aventurera. Viajó por todas partes, llegó a ser inspector de minas en el 
Tirol en 1558, y después de haber curado a la viuda del elector de Brandemburgo 
de una enfermedad desesperada, fué nombrado médico de la misma en 1578. En 
Berlín hizo una gran fortuna como prestamista y usurero y con la venta de calen- 
darios, horóscopos y remedios secretos, que él era capaz de hacer en un laborato- 
rio privado y en una imprenta, a la que unía un taller para la fundición de los tipos. 
Un pleito escandaloso con su tercera mujer le redujo a la calidad de pordiosero, y 
vino a morir obscurecido en un monasterio de Colonia. Sus obras, llenas de místi- 
cas patrañas, carecen de valor, a pesar de lo mucho que se he hablado de su des- 
cubrimiento de que las aguas minerales dejan algún residuo por la evaporación. 

Muchos de los médicos de este período eran también matemáticos y autores de 
algunas de las más antiguas aritméticas prácticas (algoritmos), como, por ejemplo, 
las de Joh. Widman (1488), G. Valla (1501), Amoldo de Villanova (1501), J. Ferne- 
lius (1528), Gemma Frisius (1520), Robert Recordé (1542) y M. Neander (1555) [1]. 
De todo este grupo, la figura más pintoresca es la de Hieronymo Card ano (1501-76), 
cuya vida errante aparece llena de extrañas aventuras. Graduado en la Universi- 
dad de Padua, él ha practicado la Medicina y ha sido profesor de Matemáticas en 
Milán, y después profesor de Medicina sucesivamente en Pavía y en Bolonia. Carda- 
ño es notable por sus tratados de Aritmética (1539) y de Algebra (Ars Magna, 1545), 
que contiene sus famosas resoluciones de las ecuaciones cúbicas, la mayoría de las 
cuales proceden, sin embargo, de Tartaglia. Aunque arrojado del Colegio de Mé- 
dicos de Milán a causa de sus hijos ilegítimos, ganó alguna fama por la curación 
del hijo del senador milanés Sfondrato y por sus consejos médicos al asmático ar- 
zobispo Hamilton de St. Andrew. Por lo demás, él era únicamente un astrólogo 
médico y empírico. Su mejor obra es su Historia Natural (De subtilitate rerum, 
l $S°), <l ue muestra notables puntos de vista respecto de los fenómenos biológicos 
y que es evolucionista en sus tendencias. Contiene un método para enseñar a los 
ciegos a leer y a escribir por medio del sentido del tacto (quomodo ccecus scribere 
docer i potest), que no resulta muy diferente de la moderna invención de Braille (2) 
[1829-36]. Cardan también vio la posibilidad de enseñar a los mudos por medio de 
signos. Su Metoscopia (1658) va acompañada de 800 grabados de caras humanas, 
con astrología fisiognomóstica, fundada en la idea de que los surcos de la frente 
están influenciados por los siete cuerpos celestiales, y que su horóscopo puede ser 
deducido de aquellos datos. La idea de Cardan de enseñar a los mudos fué ya 
emitida por Pedro Ponce de León (1520-84), un fraile benedictino de Sahagún (Es- 
paña\ que ha sido el primero, según sus propias palabras, que ha enseñado a los 



(1) D. E. Smith: Rara Arithmetica, Boston, 1908; passim. 

(2) H. Schelenz: Arch.f. Gesch. d. Naturwissensck., Leipzig, 19 10- 12; III, pági- 
na 237. Hacia 1517 se habían usado con este fin grandes letras grabadas enmadera 
por el español Francisco Lucas y por Rampazetto en Italia. 



2o6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

mudos «a hablar, leer, escribir, contar, rezar, ayudar a misa, conocer la Doctrina 
Cristiana y confesarse en alta voz». Sus obras a propósito de este asunto se han 
perdido; pero su sistema se ha conservado en el tratado de Juan Pablo Bonet (1620). 

Después de la época de Mundinus han aparecido una serie de trata- 
dos de Anatomía que contienen los primeros toscos intentos de represen- 
tación gráfica de las partes disecadas. Hay también los que llevan el nom- 
bre de incunabula gráficas de Anatomía, que han sido hechos en todas 
las ilustraciones publicadas en el período pre-vesálico. Son ios siguientes: 

i.° Las 25 ediciones de Mundinus, impresas entre 1478 y 1580, incluyendo las 
de .Ketham. 

2. El Fasciculus medicinae (Venecia, 1491), de Johannes de Ketham, una serie 
de escritos de uroscopia, venasección, Cirugía, etc., que han tenido posteriormen- 
te otras seis ediciones; a saber: 1493, 1495, l 5 00 , l 5 l 3, l 5 22 i l S 22 (traducción italia- 
na); todas conteniendo al final la Anatomía de Mundinus. 

3. El esqueleto de Richard Helain, impreso en Nuremberg en 1493. 

4. Una ilustración de los músculos abdominales, en la edición de 1496 del 
Conciliator differ entiarum, de Peter de Abano. 

5. El Phüosophiac naturalis co?npcndium (Leipzig, 1499), del profesor de Dere- 
cho, de Leipzig, Johannes Peyligk (1474-1592 ?). 

6.° El A?itropologiu?n (Leipzig, 1501), del profesor de Leipzig Magnus Hundt 

(i449-i5 I 9)- 

7. La Margarita philosopkica, de Gregor Reisch (1 503-1 504), conteniendo una 
representación de las visceras torácicas y abdominales y la más antigua represen- 
tación esquemática de los ojos, que Sudhoff ha descubierto en un dibujo a pluma 
de un Codex de Leipzig de la centuria anterior. 

8.° Las láminas anatómicas fugitivas (Fliegende Blatter) de Johan Schott, de 
Maguncia (1 5 17); Christian Wechel, de París (1536); Heinrich Vogtherr, de Estras- 
burgo (1539), y otros. 

9. El Spiegl der Artzny, de Laurentius Phryesen (Fries, Friesen) [15 19]. 

10. Los comentarios a Mundinus de Giacomo Berengario da Carpi y su Isa- 
gogae breves (Bona, 15 14). 

11. La Auatomiae par s prior (Marburgo, 1536), de Johann Eichmann o Dryan- 
der (muerto en 1560). 

Está perfectamente demostrado, por las muy concienzudas investigacio- 
nes de Karl Sudhoff (i), que ninguna de estas antiguas ilustraciones anató- 
micas estaba basada en una original observación de disección, sino que 
eran, en su mayor parte, puramente tradicionales, copias serviles de bos- 
quejos de los manuscritos de pasados tiempos, con algún que otro ligero 
retoque do añadido acá y allá. El Codex 3.7 14, del siglo ix, de Breslau, y 



(1) Karl Sudhoff: Tradition und Naturbeobachtumg in den Tllusirationen mcdizi- 
nisener Handschriften und Frühdrucke, vornehmlich des 75 Jahrhunderts, Leip- 
zig, i ( >u7; Bin Beitrag tur Geschichte der Anatomie im Mittelalter, Leipzig, 1908; sus 
profundamente originales, de la prehistoria de Ketham en fas fuentes 
manuscritas, el ojo esquemático, los esquemas vi ¡cerales y la Fünfbilderserie (Ar~ 
r \fed., Leipzig, 1907-16, passim); también la disertación de Walter 
Sudhoff Die Lehre von den Hirnventrikeln in text lidia- und grapkischer K Tradition 
Htertums und Mittelaltert (Leipzig. 1913) Un buen resumen en inglés de las 
ilustra< i"' nemos en el interesante estudio <ld profesor William 

A. I.<" mrn. Worphol. s Chicago, 1911; XXII, páginas 945-987. 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 207 

el manuscrito del siglo xn, de Copenhague, nos dan la tradicional repre- 
sentación del feto en el útero como se ve posteriormente reproducido en 
Moschion. Los grabados en madera de los Fasciculus, de Ketham, repre- 
sentan un círculo de 21 frascos de orina, que Sudhoff ha descubierto en un 
manuscrito de 1400; escenas del cuarto del enfermo y de disección, con 
grupos de estilo veneciano, con los trajes propios de la época, y una nota- 
ble serie de figuras características, con la indicación de los puntos más im- 
portantes de enfermedad o de traumatismo, y de los más apropiados para 
la aplicación del tratamiento, es decir, los llamados hombres del Zodíaco 
(Tierkreiszeichenmann), en los que los esquemas de las visceras están co- 
múnmente sobrecargados con los signos zodiacales; los hombres de la san- 
gría (Aderlassmann), cuyo cuerpo aparece tatuado con las señales indican- 
do, bajo los signos del Zodíaco, los mejores puntos para realizar la sangría; 
el hombre planetario (Ptanetenmann) de la Europa Occidental, en el cual apa- 
recían, en lugar de los signos del Zodíaco, los planetas o sus símbolos; el 
hombre enfermo (Krankheitsmann), adornado con los nombres de las en- 
fermedades y con vagas indicaciones de su localización en el cuerpo; el 
hombre herido ( Wundenmann), cuyo cuerpo aparece completamente mal- 
tratado y agujereado con piedras, flechas, lanzas y espadas, con puntos de 
incisión o de lesión, demostrando dónde podían ser buscadas las arterias 
para su ligadura, y la mujer embarazada (gravida), dando una torpe repre- 
sentación diagramática de la posición del feto en el útero. Estas extrañas 
pinturas didácticas han sido todas interpretadas por Sudhoff como pun- 
tos de vista, de carácter lo más estacionario posible, de la inteligencia me- 
dieval, dándonos un rudo indicio de la labor de aquélla en relación con 
las tres grandes ramas de la medicina interna, la Cirugía y la Obstetri- 
cia (i). Pueden todas localizarse, según Sudhoff, en los manuscritos de los 
siglos anteriores, por ejemplo, el hombre de la sangría ,de 1432, en la Bi- 
blioteca de Munich, o las figuras de un manuscrito provenzal del siglo xiii 
en Basilea. Era costumbre de los dibujantes medievales dar una serie de 
cinco figuras esquemáticas (Fünfbilder serie), representando los sistemas 
óseo, nervioso, muscular, venoso y arterial, a las que solía añadirse alguna 
vez la figura de la mujer embarazada o una representación de los órganos 
de la generación en ambos sexos, y estas series han sido encontradas por 
Sudhoff en manuscritos alemanes de los conventos de Prüfening (1154) y 
Scheyern (1250), en un manuscrito provenzal del siglo xiu en Basilea, y 
hasta en manuscritos persas de la oficina de la India, en Londres, y de la 
Biblioteca Bodleiana, en Oxford. Los dibujos de estos manuscritos han sido 



(i) Sudhoff: Arch.f. Gesch. Med., Leipzig, 1907-8; I, páginas 219 y 351; 1908-9; 
II, pág. 84. 



2o8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

sencillamente interpretados como toscos esquemas mnemotécnicos, desti- 
nados a refrescar la memoria de los estudiantes, y hasta aprovechables, tal 
vez, en la enseñanza popular. Algunos son nada más que diagramas, como, 
por ejemplo, los dibujos de los manuscritos del esquema ocular, descubierto 
por Sudhoff (l\ o los sencillos intentos de agrupar y localizar las funciones 
del cerebro (2); el esquema árabe, de Constantinopla, del cruzamiento de 
los nervios ópticos (3), que'recuerda un pañoplegaria oriental, o el esquema 
del siglo xiii, del útero y sus anejos, que tiene el mismo aspecto (4) y que 
se encuentra en la Biblioteca Bodleiana (Ashmole, manuscrito 399). En la 
Grábida, de Ketham, de 1 49 1, las partes del cuerpo son roturadas, según 
los tiempos anteriores, y lo propio ocurre en el esqueleto de Richard He- 
lain, de 1493, un buen ejemplo de las láminas anatómicas volantes que se 
usaban como adornos en las barberías y casas de baños de los siglos xv 
y xvi. Este esqueleto ha sido copiado por Grüninger, en 1 497, y por Johann 
Schott, en 1 5 17. Como ejemplo de la anatomía pre-berengeriana destacan 
los grabados de Peyligk y Hunt en algunos de sus detalles, como en un 
esquema apizarrado del niño. Los dibujos de Peyligk han sido descubiertos 
por Sudhoff en una serie de figuras de 1 8 manuscritos en la Biblioteca Real 
de Berlín y Erfurt, que eran utilizadas por Henri de Mondeville para ilus- 
trar sus lecciones de Anatomía de Montpellier hacia 1 304. Phryesen tiene 
grabados, mucho mejor ejecutados, de las visceras, que han sido atribuí- 
dos por Blumenbach a Johann Waechtlin, y también se encuentran en el 
Feldtbuch, de Gersdoff (1517), que son, sin embargo, también extraordi- 
nariamente parecidos a los toscos grabados de la Margarita philosophica, 
de Reich (1504). Los grabados marginales del cerebro y de la lengua son 
excelentes, y cinco de los grabados del cerebro se encuentran reproduci- 
dos en la Anatomía, de Dryander (1536J. El Conciliator, de Peter Alba- 
no (1496), contiene el primer ejemplo de Muskelmann, o sea una figura 
muy larga exhibiendo sus músculos disecados. En las obras de Berenga- 
rio de Carpi, donde se ven por primera vez los dibujos tomados del na- 
tural reemplazando los tradicionales esquemas, esta figura está como re- 
presentada como sosteniendo los músculos separados para la inspección, 
y el mismo motivo, presenta la figura écorché, o desollada, en Vesalio. Be- 
rengario presenta un esqueleto tolerable, que sospechosamente es como 
los de I [elain, ( rruninger y Schott, y su grabado de la mujer embarazada, 



iij Sudhoff: Arch. f. Gesch. der Med., Leipzig, 1914-15; VIII, páginas i-aj 

2 lániM 

\V. Sudhoff: fbid.y 1^13-14. VII, páginas 149-205, 2 lám. 
Vea 1 1 >ág. 111. 
(4) C Singer: Proc. Roy. -Sor. Mcd.(Hist. Sect.), Londres, 1 91 5; LX, ¡ , ¿; 
uaa 43-47, 2 lám. 



ÉL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 209 

en posición inclinada, se convierte posteriormente en el tema de múlti- 
ples variaciones en Stephanus y otros, hasta llegar a la época de las her- 
mosas y realistas pinturas al óleo de Gautier d'Agoty. Estas esforzadas 
tentativas de representación, por raras y curiosas que sean, quedan en su 
mayoría relegadas a la obscuridad, al lado de los cartones, ¿corches y di- 
bujos al clarión de los grandes artistas de la época: Luca Signorelli, Mi- 
guel Ángel, Rafael, Verocchio y su discípulo Leonardo de Vinci. Pero, 
como ha demostrado Edward C. Streeter (i), la Anatomía había adelanta- 
do mucho entre los pintores y artistas florentinos aun antes de la época 
de Verocchio. • 

El temperamento florentino de la catorceava centuria era científico a medias. Los 
pintores antiguos, después de Giotto, aspiraban, como todos los primitivos, al rea- 
lismo y a la representación del movimiento, pasando de las figuras planas de los 
mosaicos italo-bizantinos a las figuras verisímiles y a la representación del movi- 
miento en el mundo de las tres dimensiones. Así, aquellos artistas terminaron es- 
tudiando afanosamente la Geometría, la perspectiva y la ciencia de las proporcio- 
nes corporales. La ciudad misma era un «verdadero paraíso de pequeños comer- 
ciantes y estudiantes», que escribían «obras sólidas de aritmética mercantil». To- 
das las grandes obras de perspectiva y de proporciones humanas, con excepción 
de A. Durero, vienen de Florencia. Respecto del realismo en la pintura, el ayudante 
y amigo íntimo de Giotto, Stefano, llamado el scimmia delta natura, llegó a tener 
tal fama, que los sangradores recibían la recomendación de permanecer delante de 
sus figuras para aprender bien las ramificaciones de las venas. Probablemente por 
este interés que mostraban por la disección llegaron los pintores a formar una sub- 
sección del florentino «Gremio de Médicos y Boticarios», y Masaccio figuraba pri- 
mero como un boticario (142 1), y después como un pintor (1423). En la farmacia 
compraban los pintores sus colores, y de este modo se mantenían en constante 
contacto con los médicos en las funciones de su gremio. De este modo, la disec- 
ción, para la que los estatutos de 1387 de la Universidad florentina daba explícitas 
direcciones, se convirtió en un deseo ambicioso para los artistas, que bien pronto 
pudieron asistir a las sesiones privadas de disección con sus amigos doctores, y 
hasta adquirir por su propia cuenta el derecho a hacer alguna preparación anató- 
mica. Leonardo da Vinci — dice Streeter— es sencillamente el resultado final de esta 
investigación en busca del verdadero realismo. Leonardo desciende de Andrea del 
Castagno (1390- 145 7), a través de Domenico Veneziano, Alesso Baldonnetti 
(1427-99) y de Andrea Verocchio (1435-88). Castagno, que disecaba en Santa María 
Nuova, era designado con el nombre del Donatello de la pintura a causa de su ha- 
bilidad en la representación de los detalles de miología. Desde este punto de vis- 
ta él ha influido en Pollajuolo, que estudiaba la musculatura disecando en el cadá- 
ver. La anatomía del corazón del miserable, en Padua, por el escultor Donatello, es 
un documento en bronce del interés concedido a la disección. Pollajuolo, Castagno, 
Mantegna y Leonardo; según una irónica expresión de Ruskin, «corrompían sus 
obras con la ciencia del sepulcro. Desde el punto de vista textual, la continuidad 
entre Mundinus y Leonardo se realiza, en parte, por los anatómicos Gabriele 
Zerbi (1468- i 505), de Verona, profesor de Padua, que escribe un tratado de Anato- 
mía (1502), el primero en que se describen los órganos en sistemas y en que se 
describen los músculos del estómago y los puntos lagrimales; Alessandro Benedet- 
ti (1460-1525), su sucesor en Padua, fundador del anfiteatro anatómico de esta Uni- 
versidad ( 1 490) y autor de una Anatomía ( 1 497); Alessandro Achilliní ( 1 463- 1 5 1 2), de 
Bolonia, que descubrió el malleus, incus, el laberinto y la válvula íleo-cecal; Beren- 
gario da Calpi (1470-1530) y Marco Antonio della Torre (1481-15 12), profesor en Pa- 
dua y en Pavía, que, según Vasari, colaboró con Leonardo en su tratado de Anatomía. 



(1) Streeter: Bull. Johns Hopkins ^¿7^., Bait., 1916; XXVII, páginas 113-118. 
Historia db la Medicina. — Tomo I 14 




Dibuji iflujo de la tradición ea racione* anatómicas (con permiso <lcl 

rl Sadhoff, d< lad -le Leipzig). A. Esqueleto del manusertto persa, niím. 2.2<)<>. in- 

i eleto a i aguada del Codea, manuscrito de Dresde 310 (A. D. 1323).— C Siste- 
ma arterial de un manuscrito del siglo >. i\ <-n la Biblioteca <IH Príncipe <!«• Lobkowicz (Rautínitz, Bobe- 

I Im. 2.2()(», Indis Office, Londres. Koth llama la atención 
anatómicas en el período prevesálico; pero el completo 
<> m obra del profi "i Sudboff. 



E 




Dibujos demostrando el influjo de la tradición en las primitivas ilustraciones anatómicas (con permiso de] 
Profesor Karl Sudhoff, de la Universidad de Leipzig).— E. Sistema nervioso, del manuscrito persa a ° a 206 
India Office, Londres. — ^. Esquema del sistema nervioso, de un manuscrito de 1152, descubierto por sir Víc- 
t?m , Horsle y en la Hipoteca Bodleian, Oxford. -G. Sistema nervioso, de un manuscrito del siglo xiv en la 
Biblioteca del Príncipe de Lobkowicz (Raudnitz, Bohemia. -//. Sistema arterial de una mujer embarazada 
del manuscrito persa num. 2.296, India Office, Londres. /. (i.ávida, de una miniatura, pintada hacia 140Ó 
en el manuscrito Codex, num. 1.122, de Leipzig. Comparando G con la F de dos siglos antes se nota la 
monótona similitud de estas figuras a lo rana, comunes también en los manuscritos aztecas, thibetanos, per- 
sas, provenzales 7 otros manuscritos anatómicos de la época. 



¿i2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Leonardo da Vinci (1452-1519), el más grande artista y hombre de 
ciencia del renacimiento italiano, ha sido el fundador de la iconografía 
y de la anatomía fisiológica, por sus dibujos al clarión (15 12), que habían 
pasado ignorados más de doscientos años, cuando fueron descubiertos 
por William (I/84) y Blumenbach (1788). En los últimos años del pasado 
siglo todos los dibujos conocidos de Leonardo han sido primorosa y ade- 
cuadamente reproducidos, especialmente por la Biblioteca Real de 
Windsor, la Biblioteca Ambrosiana de Milán y por el Instituto de 
Francia (I). 

Extraordinariamente modernos en su exactitud y expresión de los co- 
nocimientos fisiológicos, estos improvisados bosquejos, hechos al lado de 
la parte disecada, revelan un conocimiento tal de la anatomía muscular 
como no se encuentra más que entre los escultores griegos, y justifican 
plenamente la afirmación de William Hunter de que su autor era «el más 
grande de los anatómicos de su época». Leonardo, como sus predeceso- 
res, pensaba que un conocimiento científico de la anatomía artística — algo 
diferente del conocimiento intuitivo de los escultores griegos de la figura 
desnuda en reposo y en movimiento — únicamente podía lograrse en la 
mesa de disección. El conocía, muy posiblemente, la anatomía galénica, y 
hasta la de Guy y de Mundinus; pero de su obra actual, él mismo ha sido 
su propio y mejor maestro. Ha hecho unos 750 esquemas separados, in- 
cluyendo no sólo los referentes a los músculos, sino también los dibujos 
del corazón, de los pulmones, de los vasos sanguíneos cervicales, torácicos, 
abdominales y femorales, y de los huesos y nervios, con sagaces y hábi- 
les disecciones de las visceras y secciones en cruz del cerebro en diferen- 
tes planos. Son notables sus estudios de los huesos, del cráneo, de la co- 
lumna vertebral, de las válvulas y vasos del corazón; sus vaciados de los 
ventrículos cerebrales; sus probables inyecciones de los vasos sanguíneos 
y sus estudios de los músculos antagonistas en modelos de cinta. Algu- 
nas de sus observaciones sobre el origen e inserción de los músculos son 
demasiado minuciosas, a causa de no haber tenido una nomenclatura se- 
gura para guiarle; él ha tenido que confiar en sus propias deducciones de 
lo que había visto, lo que constituía en algunos casos un gran adelanto 
sobre el servil galcnismo. Las notas marginales que Leonardo ha inscrito 
en sus escritos originales, acaso por el temor de que algún otro se apro- 



(1) í manoscritti di Leonardo da Vinci (ed. Sabachnikoff-Piumati), 2 v., Parí» 

Turin, 1898-1901. QuadertU eP Anatomía (eá. vangensten, Hopstock e Fonahn), 4 v., 

Christiania, 1911-14. frotes et desseins, 12 vol., París, E. Rouveyre, 1901. Estas han 

acabadamente estudiadas por M. 1 1 oil - Arch. / Ana/., Leipzig, 191 3, página 225; 

;. [915, página 1, \ A. ' '. Kleba {Bull. Med. Hist, o oc, Chicago, 1916; 

págii Boston Med. ana Surg. Journ.¡ 1916, Cl XXV, páginas 1 y 45.) 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 213 

piase sus ideas, revelan el espíritu suspicaz y precavido de aquella 
época (i). 

Entre las obras anatómicas del período prevesaliano tenemos que in- 
cluir también el tratado de Alberto Durero de las proporciones humanas 
(De simmetria, Nuremberg, 1532), que era, en último término, la primera 
aplicación de la antropometría a la estética, y cuyo interés, desde el pun- 
to de vista técnico, consiste en el hecho de contener los primeros ensayos 
de representación de las sombras y penumbras en los grabados en made- 
ra por medio de las rayas cruzadas. 

Al paso que los grandes artistas del Renacimiento podían estudiar la 
anatomía externa, la disección con propósitos didácticos seguía estando 
dificultada por la idea teológica de la santidad del cuerpo humano y de 
la resurrección del mismo. Por otra parte, además de que podía obtener- 
se muy poco material anatómico en las poblaciones dispersas y de poco 
crecimiento, las gentes todas eran muy contrarias a la disección de los 
cadáveres de amigos y de parientes. La Anatomía de las escuelas seguía 
siendo siempre la Anatomía de Galeno. Hasta qué punto había progresa- 
do la enseñanza puede deducirse del lindo grabado de la página-título del 
Mellerstadt Mundinus (1493), en el que el instructor escolar, con birrete 
y larga toga, con un puntero en la mano, expone gravemente a Galeno 
desde su silla-púlpito, a la vez que, más abajo, el barbero-sirviente (2), de 
pelo largo, hace un desesperado esfuerzo para demostrar las visceras de 
un sujeto colocado delante de él. El Fausto que estaba destinado a liber- 
tar este asunto de las tramas que le sujetaban y a sostener la doctrina del 
visum et reperturn ha sido Andrés Vesalto (3) [1514-64], la figura más 
eminente de la medicina europea después de Galeno y antes de Harvey. 
Han existido disectores y disecciones antes de Vesalio; pero él solo ha 
sido el que ha convertido a la Anatomía en lo que es todavía: en una 
ciencia viva y activa. Esto ha sido la consecuencia de su fuerte y atracti- 
va personalidad, que ha sabido hacer una disección, no sólo viable, sino 
también respetable. Su vida es una de las más románticas que registra la 
historia de la Medicina. Nacido en Flandes, pero de origen alemán, discí- 
pulo del ardiente y fanático galenista Jacobus Sylvius, Vesalio, en su tesis 



(1) El que los manuscritos de Leonardo hayan podido ser vistos y estudiados 
por otros se sugiere del hecho de existir alguna copia de sus dibujos en Durero y 
en las ambiguas figuras de esqueletos en los Uffizi de Florencia. 

(2) Es posible que en esta figura se haya querido representar a Alessandra 
Giliani, una talentuda muchacha de Persiceto que auxiliaba a Mundinus en sus di- 
secciones. 

(3) El apellido familiar de Vesalio era «Witing», finalmente cambiado en «We- 
sel», en el punto en que antiguamente vivían. Vesalio tenía el hábito de llevar en 
brazos tres comadrejas (wesel). 



214 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



de grado, rechaza por primera vez las tendencias convencionales de los 
glosistas y comentadores; pero su inteligencia era demasiado activa y su 
espíritu harto penetrante e independiente para alimentarse únicamente 
con el polvo de los tiempos pasados, y esto le hizo adquirir muy pronto 
una reputación de conocer de primera mano la anatomía del cuerpo dise- 
cado; y hasta de haberse educado él mismo en el difícil arte, tan esencial 
para el cirujano y el ginecólogo, de reconocer las estructuras palpables 

por medio de un educado senti- 
■■■ "i -'■" ■ ■ ■' , »i B | do del tacto. Cinco años de ex- 
periencia, como público prosec- 
tor en Padua, en los que él había 
enseñado a los estudiantes a di- 
secar y a inspeccionar las partes 
in sita, culminaron en la magnífi- 
ca De fabrica humani corporis 
(1543), una obra que señala un 
momento trascendental en la 
Historia, rompiendo con el pasa- 
do y lanzando por encima de la 
borda toda la tradición galénica. 
El efecto de la publicación de 
una obra tan radical en una épo- 
ca tan supersticiosa y tan tirada 
hacia atrás fué inmediato y evi- 
dente. Silvio, su propio maestro, 
se volvió contra su brillante dis- 
cípulo; Columbus, un hombre 
de una discutible honradez, pre. 
tendió lanzar el descrédito y el ridículo sobre él con prácticas astutas. 
( "tros se sentían inclinados a «condenarle con débiles aplausos», o re- 
uniéndose en una conspiración de silencio, y, en último término, él se veía 
sujeto a una persecución subterránea emprendida a instancias de las auto- 
ridades. Estas cosas no dejaron de producir algún efecto en Vesalio. Su 
ito nos sugiere la idea de un hombre valeroso, atezado, velludo, de 
temperamento sanguíneo, como alguno de los héroes de Lucas Cranach; 
un hombre dispuesto a no regatearse y a no aprovecharse de las circifhs- 
tancias hasta que sus contradictores no le comprobasen en público, pero 
de ningún modo dispuesto a desempeñar el papel de mártir. En un acceso 
de indignación, Vesalio quemó sus manuscritos, abandon*') Padua y acep- 
lucrativo cargo de médico de cámara del emperador Carlos V. Se 
convirtió en un cortesano y abandon»') la Anatomía 




Aixli ( 1 y-6 1 I 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 215 

tan por completo, que durante los largos y aburridos años de Madrid «él 
no ha podido ocuparse de muchas más cosas que de un cráneo seco, 
abandonando la esperanza de hacer una disección». El se lamenta de la 
pena de la «gran negativa», cuando su discípulo favorito, Gabriele Fallo- 
pio, vino del frente como un respetable sucesor, y el rumor llegó a hacer- 
se tan pronunciado, que él mismo había llegado a ser la sornbra de un 
gran nombre. 

Vesalio, ¿dónde está Vesalio? Este Falopio 
Es quien derriba el ídolo de Galeno. 

Al recibir las Observationes anatomicae, de Falopio, en 1 561, revivie- 
ron todas las aspiraciones de su juventud, si nosotros hemos de dar fe a 
sus propias palabras ardientes y entusiastas; lenguaje que justifica muy 
bien las manifestaciones del poema de Edith Wharton: 

Por último, 
Yo recobro mi pasado; soy de nuevo otra vez, 
No el cortesano que medicina los caprichos del rey 
En las recónditas cámaras del palacio, sino el libre, 

Y sin amigos, Vesalio, con su espalda contra el muro, 

Y todo el mundo contra él. 

En el año 1 563 Vesalio partió en peregrinación para Jerusalén, como 
penitencia, dicen algunos, de una accidental humana vivisección; mas pro- 
bablemente, como un pretexto para poner distancia entre él y las aburri- 
das circunstancias que le rodeaban. En su viaje de vuelta, en 1 564, reci- 
bió un mensaje invitándole a volver a ocupar su antigua cátedra de Padua, 
vacante en este momento por la muerte de Falopio. Pero su más elevado 
deseo, «el de ser una vez más capaz de estudiar como la verdadera Biblia, 
como nosotros calculamos ser el cuerpo humano y la naturaleza del hom- 
bre», no había de poder ser realizado. Un repentino acceso de una obs- 
cura enfermedad causó la muerte de Vesalio, solitario y abandonado en 
la isla de Zante. 

Las obras principales de Vesalio comprenden seis láminas de Anatomía (Ta- 
bulae anatomicae), impresas en Venecia en 1538 y reimpresas en facsímile por sir 
William Sterling Maxwell en 1874; el Epitome (Basilea, 1540); un Atlas compendio 
de la Fábrica, notable por las láminas, que representan dos bellos ejemplares de 
la raza humana, y que generalmente se atribuyen al Ticiano (1); la epístola sobre 
la raíz de China, que contiene una muy aguda crítica de Galeno, y que es impor- 
tante sobre todo por la luz que nos da a propósito de la vida de Vesalio; finalmen- 
te, la misma Fábrica, publicada en junio de 1543, un soberbio ejemplo de la her- 
mosa tipografía de su amigo Oporinus (Herbst), de Basilea, magníficamente ilus- 
trada por el discípulo de Ticiano, Jan Kalkar, que fué .el primero en consagrarse 
a lo que Choulant ha llamado la fiel Anatomía normal, es decir, una representa- 



(1) El retrato de Vesalio por Ticiano se encuentra en el palacio Pitti, de 
Florencia. 



2i6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

ción gráfica, no sólo científicamente exacta y artísticamente bella, sino resumien- 
do, además, como una composición fotográfica, las innumerables particularidades 
v las menores variaciones que se encuentran en las disecciones. Los espléndidos 
grabados en madera, representando magníficos esqueletos y figuras despojadas 
de la piel, adornados con un fondo de paisaje, han dado la moda por espacio de 
siglos y han sido copiados o imitados en toda línea por los que se han dedicado a 
ilustrar las anatomías, tales como Whalter Ryff, Geminus, Tortebat (i), Valverde 
de Amusco, Dulaurens, Caserius y Bidloo. En la segunda edición de 1552-55, la 
hermosa tipografía de Oporinus aparece ensanchada en el frente, y los defectos 
del índice y de la paginación han sido corregidos; el texto aparece igualmente re- 
visado y más científico. De las dos ediciones, la segunda es mucho más valiosa. 

Aunque escrita en latín, la Fábrica es verdaderamente vernacular en 
los arrebatados desdenes y en la violencia de su lenguaje al tratar de las 
supersticiones galénicas y de cualquier otro género. No obstante que ella 
ha corregido para siempre lo expuesto en la anatomía osteológica y mus- 
cular de Galeno, y que realmente rehace por completo toda la anatomía 
gruesa del cuerpo humano, no ha sido nunca traducida. Las dudosas re- 
laciones de la vena ácigos, las redes admirables de los cuadrúpedos, el 
escaleno de los caninos y el recto abdominal de los simios, el hígado 
con cuatro y cinco lóbulos, el esternón siete veces segmentado, el doble 
conducto biliar, el útero bicorne, los poros interventriculares, las hipotéticas 
suturas de los maxilares; todos estos errores de Galeno son ásperamente 
destruidos, juntamente con el hueso luz, la costilla perdida de Adán, el 
hueso del corazón del ciervo como un remedio para las enfermedades 
del corazón, y otras corrientes supersticiones. La edición de I55 2_ 55 ter- 
mina con un capítulo de vivisección en el cual Vesalio comprueba las 
secciones experimentales de Galeno de la médula espinal y del nervio re- 
currente; estudia experimentalmente, por secciones, las funciones gene- 
rales del músculo y del nervio; demuestra que la respiración artificial 
puede conservar la vida de un animal cuya caja torácica haya sido abier- 
ta, y que un corazón en quietud puede ser reanimado por aquélla. En su 
capítulo del cerebro aparece, por lo menos en teoría, como un trabaja- 
dor de la psicología experimental y comparada, rechazando el punto de 
vista vulgar de que la acción cerebral de los animales es diferente de la 
del hombre. Trabajaba también en craneología étnica, notificando la for- 
ma globular del cráneo en los genoveses, los griegos y los turcos; el 
aplastado occipucio y la cabeza redonda (braquicefalia) de los alemanes 
de su <'poca, y el cráneo oblongo de los belgas. Ha hecho muchas au- 
topsias, notificando los cambios seniles en las articulaciones, el prolapso 
del omento en la hernia escrotal, el papel de la fosa navicular de la ure- 
tra en la infección, las relaciones de las enfermedades hepáticas y espfé- 



1 Tortebat era un pseudónimo de Roger de Piles i( !houlant). 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 



217 



nicas, y los malos efectos del corsé sobre las visceras; como clínico, ha 
sido el primero en diagnosticar y describir el aneurisma de la aorta torá- 
cica y abdominal (1555) [ l ]- En 1 562 llevó a cabo con éxito una opera- 
ción del empiema en D. Carlos de Aragón, y también fué feliz el resul- 
tado en otros dos casos de la misma intervención, y en la excisión de la 
mama cancerosa. Aunque despreciativo y cruel en sus ataques contra la 
superstición, Vesalio ostentaba el ligero escepticismo de un hombre de 
mundo al tratar aquellos puntos 
teológicos tan del gusto de los 
teólogos medievales. Por ejem- 
plo, al tratar de la creencia galé- 
nica de que la sangre pasaba a 
través de ciertos hipotéticos po- 
ros del tabique interventricular, 
decía: «Nos vemos arrastrados a 
admirar en la obra del Omnipo- 
tente, por medio de la cual la 
sangre trasuda del ventrículo de- 
recho al izquierdo a través de 
pasos que escapan a la visión 
humana.» 

Que el destino que ha atacado 
a Vesalio ha podido continuar 
actuando se ve en el caso del 
hereje Miguel Servet, o Serve- 
tus (1509-53)» a quien Calvino 
condenó a la hoguera por una 
mera cuestión de palabras, por 

una argucia teológica. Servet ha sido uno de los mártires de la Huma- 
nidad «por el crimen de pensar honradamente». Su descubrimiento de 
que la sangre, en la circulación pulmonar, pasa por el corazón después de 
haberse mezclado con el aire en los pulmones, es recordado en su obra 
De Restitutio Christianismi (1553), del que sólo sabemos que existan las 
copias de París y Viena; las restantes fueron quemadas al mismo tiempo 
que su autor. La reimpresión, muy rara también, de Nuremberg ha sido 
publicada en 1 790. 

La extraordinaria capacidad de Vesalio debe ser apreciada no sólo en 
el establecimiento de las normas anatómicas para la descripción y demos- 




Michiel Servetus (1569-53)' 



(1) Véase G. H. Velschius: Sylloge, Augsburgo, 1667, pág. 4; (Rumler), pági- 
nas 46 y 47, y el Vesalius, de Roth, pág. 239. 



2i8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tración de los huesos y de los músculos, en su acabada descripción de al- 
gunas partes, como el ojo, el oído, los senos accesorios de las fosas nasa- 
les, la glándula pituitaria (i) y la cavidad pelviana, sino también, y sobre 
todo, en su clara visión de la Anatomía en conjunto. Sus ideas han sido 
defendidas por su discípulo Falopio, y combatidas no sólo por Sylvius y 
Colombus, sino también por un anatómico de la misma categoría que él 
mismo, Bartolommeo Eustachi (1524-74), llamado Eustaquio. Este, sien- 
do profesor del Collegio della Sapienza, en Roma, en 1552, completó sus 
Tabulae anatomicae t una serie de láminas soberbias, dibujadas por él mis- 
mo, y que permanecieron sin publicarse a la Biblioteca Pontificia por espa- 
cio de ciento sesenta y dos años. Por último, el papa Clemente XI pre- 
sentó las placas grabadas a su médico Lancisi, quien, por consejo de Mor- 
gagni las publicó, acompañándolas de sus propias notas en 17 14. Son és- 
tas las primeras láminas anatómicas en cobre. La ejecución de estas lámi- 
nas es seca y dura; pero, en cambio, poseen un dibujo más seguro que las 
láminas de Vesalio. Eustaquio descubrió la trompa de Eustaquio, el con- 
ducto torácico, las cápsulas suprarrenales (2) [i 5^3] y e l nervio motor 
ocular externo; descubrió el origen de los nervios ópticos, el caracol, las 
venas pulmonares, los músculos del cuello y la nuca; dio la primera des- 
cripción correcta del útero y escribió el mejor tratado de su época acerca 
de la estructura de los dientes (Libellus de dentibus), ocupándose de sus 
nervios y vasos sanguíneos. Aunque Eustaquio haya rehusado combatir 
el galenismo, hay que reconocer que era un genial descubridor. Jacques 
Dubois (1478-15 5 5), llamado Sylvius, maestro de Vesalio, era, a despecho 
de su larga serie de discípulos, un hombre rígido, avaricioso y beato, cuya 
devoción a Galeno era de un grado tal, que llegó a decir de Vesalio que era 
un loco (vesanas); y refiriéndose a los errores de Galeno, que «se les ha- 
bía modificado, pero no para mejorarlos». Sylvio ha dado nombre a las 
yugulares, subclavias, renales, poplíteas y otros vasos sanguíneos; ha dado 
igualmente nombres característicos, que conservan en la actualidad, a mu- 
chos músculos, y su Isagoge (Venecia. 1 5 36) es una de las primeras obras 
en que se hace mención del acueducto de Silvio (3) y de las válvulas ve- 
nosas. 



1 Vesalio la denominó La glándula pituitam cerebri excipiens, y creía que era 
la encargada de segregar las descargas mucosas nasales. (Fábrica, lib. VH,cap. XI.) 
Ulandulae rentbus incumben tes, llamadas capsulae ranales, por Spigeli 118(1627] 
y capsulae suprarrenales por Riolanus (1628). 

'mihu ba demostrado el doctor Frank Bak, el acueducto entre el tercero y 

uto ventrículos del 1 erebro, atribuido por varios escritores indiferentemente 

Sylvius, ha sido descrito y representado por otros anatómi- 

1 aquéllos. (Johns Hopkins Hosp.Bull., Baltimore, 1909; 

volumen XX, páginas 239-339). 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 



219 



Otro de los contrarios de Vesalio ha sido Matteo Realdo Colombo 
(15 16?- 1 5 59); llamado Colombus, del que se ha hablado algunas veces 
como descubridor de la circulación pulmonar; pero la obra en la cual se 
encuentra el resumen, indudablemente excelente, de aquélla, su De re ana- 
tómica, se ha publicado en 15 59, por lo menos seis años después de ha- 
ber sido quemados Miguel Servet y sus obras, y hay alguna evidencia in- 
terna que nos indica que Colombo ha podido plagiar sus hechos de Ser- 
vet, como ha ocurrido "positivamente en el caso de Vesalio y de Ingrassias 




Jacques Dubois (Sylvius) (1478-1555) 

(descubrimiento del estribo del oído). Colombo comienza su obra con una 
página-título grabada, imitada de la de la Fábrica, y, como Vesalio, termi- 
mina con un capítulo de vivisección (i). Al realizar esta última ha tenido 
la habilidad de substituir los cerdos por los perros; pero, aunque él pro- 
fesaba horror a a la vivisección humana, parece, en cambio, ser insensible 
respecto de los sufrimientos de los seres caninos, que constantemente nos 



(1) Para una excelente traducción de la obra véanse las publicaciones de Co- 
lumbus por el doctor L. C. Boisliniére, en St. Louis Med. Rev., 1906; L1V, pági- 
nas 357-362. 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



está recordando, y él los mutilaba en ocasiones para diversión de tal o cual 
personalidad elevada. Colombo pudo demostrar por la vivisección que las 
venas pulmonares contenían sangre, y aun cuando seguía defendiendo la 
antigua hipótesis del efecto refrescante de la respiración sobre la sangre, 
creía que en los pulmones se volvía aquélla «espirituosa* por su mezcla 
con el aire. 

Gabriele Fallopio (i 523-62), o Fallopius, un leal discípulo de Vesa- 
lio, descubrió y describió la cuerda del tímpano, los conductos semicircu- 
lares, los senos esfenoidales, los ovarios (las trompas de Falopio), los liga- 
mentos redondos, los nervios tri- 
gémino, acústico y gloso-farín- 
geo, y dio njombre a la vagina 
y a la placenta. Ha sido, además, 
un versátil escritor de Cirugía, 
sífilis, aguas minerales y de 
otros asuntos. Lo mismo que 
Berengarius y Vesalio, él ha sido 
falsamente acusado de haber he- 
cho vivisecciones humanas en su 
ardor de investigador (i). Su dis- 
cípulo, Hieronymus Fabricifs ab 
Aquapendente (i 537-1619), ha 
sido maestro de Harvey en Pa- 
dua y ha construido a sus pro- 
pias expensas el anfiteatro ana- 
tómico en el que posteriormen- 
te había de trabajar Morgagni. 
Sus estudios sobre los efectos de 
las ligaduras y sobre las válvu- 
las de las venas (notados primeramente por Erasistrato, Estienne y Canna- 
nij influyeron en los experimentos realizados por Harvey para demostrar 
la circulación de la sangre, lía escrito muchos e importantes tratados de 
Anatomía, Embriología (Deformatu faetu, 1600), de Fisiología y un Pen- 
tateuco quirúrgico 1 59 2 ). Los nombres de los anatómicos Constanzo Va- 
rolio (1 543-/5), o Varolii s, médico del papa Gregorio XIII; de Giulio Ce- 




Gabriele Fallopio (1523-62) 



i Berengarius mismo ha explicado (Commentaria^ 152 i,fol. 2 />) que cuando él 
• lie <• anatomía iu viví se refiere, en realidad, a lo <|u<' Be ha llamado anatomía for- 
tuita, <> sea el < onocimiento anatómico obtenido naturalmente por los cirujanos ;il 
abrir el cuerpo en las operaciones, algo equivalente ;> las « autopsias in vivo* de 
Naunyn. Los prejuú ios <l< lo ignorante y lo vulgar estaban excitados por el horror 
a l.'i Cirugía, los gritos de los enfermos, 1 t< Véase Choulant; Geschichte der anato- 
mischen Abbildung, Leipzig, 185a; pág. 28.) 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 221 

sare Aranzio (1530-89), profesor en Bolonia, y de Guido Guidi (muerto 
en 1569), llamado Vidius, el organizador de la Facultad de Medicina del 
Colegio de Francia, han sido eponímicamente conservados en los órga- 
nos por ellos descubiertos. Varolio, especialmente, hizo algunas investiga- 
ciones capitales en el sistema nervioso, describiendo los pedúnculos cere- 
brales, las comisuras y la protuberancia o puente de Varolio. 

Además de los notables grabados en madera de la obra de Vesalio, 
Francia y España suministraron dos excelentes ejemplos de ilustración 
anatómica en los folios de Stephanus (París, 1 545) [i] y Juan Valverde de 
Hamusco (Roma, 1556) [2], Carlos Estienne ( -1564), o Stephanus, un 

discípulo de Silvio en París y un notable publicista de obras de Medicina 
durante el renacimiento, fué perseguido y aprisionado por herejía, murien- 
do en la prisión. Estienne ha sido el primero en mencionar las válvulas de 
las venas como «apófisis membranosas» (apophysis jnetnbranorum), y su 
tratado contiene además la primera descripción de la siringomielia (3). 

La Anatomía, de Thomas Vicary, publicada en 1577 y reimpresa por Furniwal, 
por la Early English Text Society, en 1888 (4), ha sido demostrado por los trabajos 
del doctor J. F. Payne que es una transcripción de un manuscrito del siglo xiv y 
que se basa en las Anatomías de Lanfranc, Guy y Mondeville, siendo, por otra par- 
te, valiosa como una representación de las ideas del renacimiento en esta materia. 
El libro tiene un cierto interés bibliográfico de carácter romántico, por el hecho de 
que una edición publicada en 1548 ha sido en otros tiempos vista u oida por algu- 
nos, pero no se ha vuelto a encontrar nunca. 

Los efectos de la obra de Vesalio en la Cirugía del Renacimiento se 
aprecian en la vida y en los trabajos de Ambrosio Paré (1510-90), que 
hizo popular y accesible a los cirujanos la Fábrica escribiendo en verna- 
cular un epítome de la misma. Rústico aprendiz de barbero cuando vino 
desde provincias a París en 1 5 29, y después ayudante de cirujano en el 
Hotel Dieu, Paré llegaba a ser, ocho años más tarde/ cirujano militar, y, 
lanzado inmediatamente dentro de las batallas, pudo convertirse muy 
pronto, por su valor, su habilidad y su sentido común, en el cirujano más 
grande de su época. Rechazado por el Colegio de San Cosme, y ridiculi- 
zado como un advenedizo a causa de que escribía en su lengua nativa, él 



(1) Stephanus: De dissectione, París, 1545. Como quiera que alguna de las lámi- 
nas de su obra aparecía firmada como más antigua de 1530-32, y no son diferentes 
de algunas de las láminas de Vesalio, se ha querido acusar a este último autor de 
plagiario; pero esta acusación parece suficientemente destruida por la aparición de 
las seis láminas venecianas de Vesalio en 1538, siete años antes de que se publica- 
se la obra De dissectione, de Etienne (1545)- 

(2) Juan Valverde de Hamusco: Historia de la composición del cuerpo humano, 
Roma, 1556. 

(3) Stephanus: De dissectione, 1545, III, ch. 35. 

(4) Se cree que hay además una edición de Vicary publicada en 1548. (Véase 
Payne: Brit. Med. Journ., Londres, 1896; I, páginas 200-203). 



^S 



222 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



hizo su carrera en el frente del campo de batalla. Igualmente que Vesalio 
y Paracelso, no ha vacilado en echar a un lado la ignorancia o la supers- 
tición cuando las encontraba en su camino. Sin embargo, el más grande 
de los cirujanos militares era de tal modo querido por sus compañeros, 
que una noche, cuando él había escapado de incógnito a Metz, fué descu- 
bierto y llevado en triunfo a través de toda la ciudad; y Brantóme y Sully 
recuerdan que ha sido el único protestante perdonado (por mandato real) 
en la St. Bartolomy. Como personalidad, podemos considerar a Paré en- 
tre sus dos equivalentes quirúrgicos: el rudo y áspero hablador Hunter y 
el refinado y dueño de sí Lister, como un hombre igual en la casa, en los 
rigores de la vida de campaña y en los resbaladizos salones de la Corte. 




El más importante de los servicios prestados por Paré a la Cirugía 
aparece relacionado con los funestos efectos que producía el aforismo 
pseudo-hipocrático que «las enfermedades no curables por el hierro se 
curan con el fuego > en el tratamiento de las heridas por arma de fuego, 
el nuevo campo de actividad de la Cirugía del Renacimiento. Giovanni di 
Vigo (1460-1520), médico del papa Julio II, había enseñado en su Prácti- 
ca (1 5 14), y lo mismo que Brunschwig anteriormente, que aquellas heri- 
rlas eran quemaduras emponzoñadas, y que, por consiguiente, debían ser 
tratadas con una primera cura de aceite hirviendo. Cómo se encontró 
Paré una noche en el campo de batalla sin su provisión de aceite, y cómo 

provecho de esta falta para adquirir la experiencia de que se debía 
abandonar este método de tratamiento en lo futuro, es una historia per- 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 223 

fectamente conocida. Si él no hubiera tenido su «grasa de perro peque- 
ño», una grasa o pomada que seguía aplicando con una especie de tena- 
cidad o superstición, le hubiéramos podido considerar como un verdade- 
ro defensor de la asepsia. Que esto es así, lo resume, como su opinión 
acerca del poder curativo de la Naturaleza, su famosa frase copiada en la 
inscripción de su estatua: Je le pans ay, Dieu le guar it. Paré ha inventado 
muchos nuevos instrumentos quirúrgicos; ha hecho de la amputación lo 
que es actualmente, introduciendo las ligaduras, que habían caído en el 
olvido desde los tiempos de Celso; ha sido el primero en popularizar el 
uso del braguero en la hernia; acabó con la treta de los cirujanos ambu- 
lantes de castrar a los enfermos en la operación de la herniotomía; intro- 
dujo el masaje, los miembros artificiales, los ojos artificiales (de oro y de 
plata) y la estafiloplastia, e hizo la primer desarticulación del codo (1536). 
Ha descrito la fractura del cuello del fémur y la estranguria producida por 
la hipertrofia de la próstata, y ha sido el primero en señalar la sífilis como 
causa de los aneurismas. Como ha dicho el doctor Howard A. Kelly (i), es 
muy probable también que haya sido el primero en indicar las moscas 
como posibles transmisoras de las enfermedades infecciosas. En Obstetri- 
cia, su descripción y modo de realizar la versión podálica ha hecho este 
procedimiento viable y practicable, y ha tenido además el valor de provo- 
car el parto artificial en los casos de hemorragias uterinas. En Odontolo- 
gía ha introducido la implantación de los dientes, y su pequeño tratado 
de jurisprudencia médica (i 57 5) puede considerarse como la primer obra 
de la materia, supuesto que es anterior al Methodus testificando de Qo- 
dronchi (í S97)- 

Paré es un escritor de verbosidad exagerada, algunas veces obscuro, 
y, como otras celebridades médicas de su época, de espíritu no siempre 
libre de «la vanidad de la autorreferencia que acompaña a las grandes y 
hasta a las pequeñas reputaciones» (2). Sus múltiples referencias a Hipó- 
crates y a otros autores de la antigüedad nos inducen a suponer que, 
como Bartisch, él empleaba un secretario, o peón, en embellecer sus escri- 
tos, supuesto que parece más inverisímil que esto que él hubiera adqui- 
rido esta cultura en sus estudios actuales. Sus principales obras son su 
tratado de las heridas por arma de fuego (i 545) [3]> su ensayo de la ver- 
sión podálica (1550) [4], su gran tratado de Cirugía (1564) y su discurso 



(1) ~ Johns Hopkins Hosp. Bull., Baltimore, 1901; XII, páginas 240-242. 

(2) Fanfarronadas, que era el nombre que llevaban, y cuyo empleo constituía 
una moda en aquella época. Brantóme ha escrito un libro dedicado por completo 
a este asunto. 

(3) Paré: La maniere de traicter les plaies (etc.), París, 1 545- 

(4) Briefve collection de Vad?ninistration anatomique (etc.), París, 1550. 



224 HISTORIA DE LA MEDICINA 

de la momia y del unicornio (1582) [i]. Una curiosa obra es su tratado 
de los monstruos terrestres y marítimos (i 573)» embellecido con dibujos 
de la mayoría de las extrañas e hipotéticas criaturas emanadas del cerebro 
de Aristóteles. 

La Práctica copiosa, de Vigo (15 14), tuvo un éxito superior a toda 
ponderación, y desproporcionado ciertamente a su mérito; alcanzó unas 
52 ediciones e innumerables traducciones, a causa de ser casi la única 
obra que se ocupaba, antes de la época de Paré, de los dos grandes pro- 
blemas de la Cirugía del Renacimiento, de la sífilis epidémica y de las he- 
ridas por arma de fuego. La campaña de Paré en favor de un suave trata- 
miento de las heridas de arma de fuego fué muy hábilmente secundada 
por Bartolommeo Maggi (1516-52), de Bolonia, quien pudo demostrar 
experimentalmente, en 1 5 5 I , que tales heridas ni son quemaduras ni es- 
tán emponzoñadas., Otro libro escrito en esta misma tendencia es An Ex- 
cellent Treatise of Wounds made by Gonneshot (Londres, 1563), por el ci- 
rujano inglés Thomas Gale (1507-86 ?), otro de los defensores del nuevo 
tratamiento de estas heridas. El anatómico Giacomo Berengario da Carpi, 
que describe dos casos de excisión del útero por prolapso, una realizada 
por él mismo (1517); la otra, por su padre y su sobrino (2). Otros dos ci- 
rujanos italianos dignos de ser mencionados son Mariano Santo di Barlet- 
ta (I490- 1 550), un napolitano que nos da el resumen completo de la «ope- 
ración mariana», o litotomía media (1535) [3]> yjGasparo Tagliacozzi 
(1546-90), de Bolonia, que en 1597 (4) hizo revivir la operación de la rino- 
plastia, que había permanecido durante el siglo xv en manos de una fami- 
lia siciliana de cirujanos plásticos: los Brancas, de Catania. Por esta inno- 
vación Tagliacozzi se vio rudamente injuriado por Paré y por Falopio, y 
satirizado, durante la inmediata centuria, en el Hudibras, de Butler, a la 
vez que los eclesiásticos de su tiempo (estamos informados de ello) se 
veían obligados a considerar tales operaciones como intromisiones en la 
obra del Creador. Los restos de Tagliacozzi fueron exhumados del con- 
vento en que reposaban para ser enterrados de nuevo en un terreno no 
consagrado, y en 1 7 88 la Facultad de París prohibía en absoluto las ope- 
raciones correctoras y reparadoras de la cara. En este camino, la cirugía 
plástica cayó en descrédito y en desuso hasta los tiempos de Dieffenbach. 
Del propio modo que los Brancas, a quienes antes hemos aludido, había 
Otros cirujanos errantes, como los Norsini, que eran especialistas en la 
operación de la bernia y de la litotomía, y los Colots, operadores exclusi- 
ve-, Je lii mumie (etc.), París, 1582. 

1 arpi: Commentaria, Bonn, 1521, f- ccxxv. 

Marianus Sanctus Barolitanus: De lapide renum, Venecia, 1535. 

fagliacozzi: De curtorum chirurgia per insitionem, Venecia, 1597. 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 22$ 

vamente de los cálculos. Fuera de esta clase se había desenvuelto el gran 
cirujano provenzal Pierre Franco (i 553)) un hugonote que se había 
librado de la matanza de los Valdenses, en Suiza, y que hizo todavía más 
que Paré por colocar las operaciones de la hernia, la piedra y la catarata 
sobre una base definitiva y dignificada (l), y que fué el primero en llevar 
a cabo la cistotomía suprapubiana (1556), Félix Würtz (i 5 18-75) era un 
discípulo de Paracelso en el tratamiento simple de las heridas y un vigo- 
roso adversario de la costumbre de poner en ellas «sedales y mechas, 
bálsamos, aceites y pomadas». Su Práctica quirúrgica (Práctica der Wun- 
dartzney, Basilea, 1563), estaba, como el Traite des hernies, de Franco 
(Lyon, 1 561), escrita en vernacular, y es la fresca y franca obra de un hijo 
de la Naturaleza. William Clowes (1540-1604) ha sido, probablemente, 
el más grande de los cirujanos ingleses durante el reinado de Isabel. Tan 
experimentado en medicina militar como en la naval, llegó a ser el ciru- 
jano consultor del Hospital de St. Bartholomew en 1 581; sirvió como ci- 
rujano naval en Ja Armada en 1 588, y fué más tarde médico de la reina: 
Sus obras comprenden un tratado de las heridas por arma de fuego (Lon- 
dres, 1 591) [2], y son consideradas por el doctor Norman Moore como 
«los mejores escritos quirúrgicos de la época de la reina Isabel». Clowes 
puede ser como un satírico de ciertos aspectos de la medicina de su épo- 
ca comparado con Gideon Harvey y Butler, en el siglo xvn, o con Smol- 
let en el xvm. (El cirujano del ejército escocés Peter Lowe fundó la Fa- 
cultad de Médicos y Cirujanos de Glasgow (l599)> y llevó a cabo la pri- 
mera traducción al inglés de las obras de Hipócrates (1599). Su Whole 
Course of Chirurgerie (i 597) mereció los honores de cuatro ediciones, y 
contiene la primera referencia en inglés a la ligadura de las arterias en las 
amputaciones. Hay que mencionar entre los cirujanos españoles del si- 
glo xvi a Francisco Arceo (1493-1571), que siguió a Vigo en el tratamien- 
to de las heridas y a Dionisio Daza Chacón (1510), que se opuso al 
mismo; pero sus obras únicamente tienen un interés bibliográfico. 

En el año 1500 Jacob Nufer, un castrador de cerdos, realizó con éxito 
la operación cesárea en su propia mujer — ella vivió hasta los setenta y 
siete años, después de haber tenido otro hijo más — , y este adelanto en 
la ginecología operatoria fué seguido de otras operaciones cesáreas — las 
de Bain (1540), Dirlewang (1549), y así sucesivamente — , hasta que en- 
contramos que Frangois Rousset enumera nada menos que 1 5 casos afor- 
tunados en su L ' Histerotomotokie (1580). Otro castrador de cerdos rea- 



(1) Pierre Franco: Petit traite (Lyon, 1556) y Traite des hernies (Lyon, 1 561 ). 
Editados por E. Nicaise (París, 1895). 

(2) A prooved practise for all young chirurgians concerning burnings with gun- 
powder and wounds made with gunshot (etc.), Londres 1 591 . 

Historia ¿de la Mbdioika. — Tomo I 15 



r\ 



226 HISTORIA DE LA MEDICINA 

liza la doble ovariotomía en su propia hija, según afirma Johan Weyer 
(1515-88), el gran holandés, contrario a la persecución de los hechiceros, 
y que era, él mismo, un médico entendido y un arrojado cirujano, capaz 
de tratar la amenorrea por la imperforación del himen por la incisión de 
esta membrana. 

El aumento en el interés que inspiraban las enfermedades de la mujer durante 
el Renacimiento puede verse en la colosal Gynaeciorum, o enciclopedia de Gine- 
cología, publicada por Caspar Wolf (1532-1601), de Zurich, en 1566, que fué am- 
pliada posteriormente por Caspar Bauhin (1 550-1624), de Basilea, en 1586. Estas 
dos recopilaciones de lo mejor que se había escrito sobre la materia han sido más 
tarde reimpresas en un volumen por Israel Spach, de Estrasburgo, en 1597. Los 
tratados enciclopédicos de Medicina escritos por varios autores, no del todo dife- 
rentes de las obras «para la fecha de hoy», escritas con un plan cooperativo en 
nuestra época, constituían uno délos rasgos característicos de la Medicina del Re- 
nacimiento, y entre ellos deben mencionarse, además de las enciclopedias de Gi- 
necología de Basilea, el Medici Antiqui Omnes (1547), de Aldine; el Medicae Artis 
Principes, de Stephanus (1567); la antología veneciana de aguas minerales, De Bal- 
neis (1553); la colección Gesner de tratados de Cirugía (Zurich, 1555) [1], y la ¿Eco- 
nomía Hippocratis, una exegesis similar de Anutius Foesius (1558).^ 



El impaciente e inquieto espíritu de la humanidad del Renacimiento, 
ansioso de todo nuevo conocimiento, como un niño en la época del des- 
arrollo, se demuestra en la inmensa popularidad de algunas obras, como 
el Iíortus sanitatis (1491), con sus lindos grabados en madera, colorea- 
dos, de plantas y animales reales y fantásticos. Estos libros con pinturas 
merecen ser mencionados por el hecho de haber sido seguidos de un 
gran número de verdaderos tratados científicos de Botánica y de los nu- 
merosos Bestiarios o libros de animales, que describen y representan las 
criaturas actuales y mitológicas que pueden haber existido o no desde 
los tiempos de Aristóteles y de Plinio. 

De estos últimos podemos mencionar el ilustrado tratado de los monstruos de 
Ambrosio Paré (1573); la Historia animalium (Zurich, 1551-87), del naturalista suizo 
Conrad Gesner (1516-65), llamado el Plinio alemán, y las varias publicaciones de 
Ulisse Aldrovanti (1 522-1605), de Bolonia. Estos rudos comienzos de la ciencia 
zoológica — como dice Allbutt, «en gran parte, del género de Plinio» — eran muy 
inferiores a las obras de los Padres alemanes de la Botánica. El más antiguo de 
ellos, Otho Brunfi.i.s (i 464- i 534), de Maguncia, primero novicio de la Cartuja, des- 
pués luterano, graduado en Medicina a la edad de: sesenta y cinco años y nombra- 
do médico urbano en Berna on 1533. Su I lerhaiiun Vivae Icones (Estrasburgo, 
1 53 -36), que marca una ('poca en la historia de las ilustraciones botánicas, con- 
siste en 135 cuidadosas representaciones de plantas, ejecutadas por Hans Weydiz, 
el mejor grabador en madera de Estrasburgo en su época. Brunfels preparó esta 
obra a sus propias expensa8 para hacer retoñar los pobres grabados del I íortus 
sanitatis, En esta obra él no sigue una descripción previamente planeada, sino que 
sigue sencillamente a Theophrastus, Dioscórides, Plinio y a las otras autoridades 
de aquella época. Su 1 ^nomastikon (1543J es un diccionario de simples. 

l\n un orden inmediato se encuentra el médico bávaro I .conhardFucusf 150 1-66), 



1 /' iptores optitni quiqtu veteres et recent iores, 1555. 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 227 

que, habiéndose graduado en Ingolstadt en 1524, y después de muchas vicisitudes 
(él fué también un adepto de Lutero), ocupó la cátedra de Medicina de Tubingia 
por espacio de treinta y un años (1535-66), al paso que ocupaba sus ocios en dibu- 
jar artísticas figuras de plantas, que posteiiormente describía. Su De Historia Stir - 
pium (Basilea, 1542) contiene más de 500 láminas, superiores a las de la obra de 
Brunfels que le ha inspirado, y dando a su vez origen a un gran interés, que ha 
continuado, en 1544, por una nueva edición y, después de 1545, por varias reimpre- 
siones populares en tamaño reducido. En el fin que se proponía era completamen- 
te utilitario: la obra de un práctico atareado, que deseaba perfeccionar y afianzar 
el conocimiento actual de la materia médica sobre y por encima del adelanto de la 
ciencia botánica. La descripción de las plantas, o fitografía, daba su primer paso 
nuevo, desde los tiempos deTeofrasto,con la obra de Hieronymus Bqc k( 1498- 1554), 
llamado Tragus, un pobre maestro de escuela y jardinero, nacido cerca de Heidel- 
berg, que pasó todos los trabajos y penalidades comunes a todos los que simpati- 
zaban con Lutero, y que, finalmente, murió como pastor de una pequeña iglesia 
protestante en Hornbach. Tragus amaba las plantas por ellas mismas, y en su New 
Kreutterbuch (1539) y en el Kreutterbuch de 1546, escribía, por consiguiente, en es- 
tilo vernacular las descripciones espontáneas y de primera mano de lo que había 
visto. Mucho más grande que Tragus era Valerius Cordus (1515-44), el inspirado 
joven prusiano, cuya prematura muerte privó a la Ciencia de uno de sus nombres 
más eminentes. Como hijo del médico-botánico Euricius Cordus, es conocido en 
Medicina por su descubrimiento del éter sulfúrico (oleum dulce vilrioli) en 1540; pero 
los botánicos le reverencian como al joven Marcellus de su ciencia. Greene le ca- 
racteriza del modo siguiente: «el inventor de la fitografía-», y expone, además, que 
el campo de trabajo y la taxonomía de un botánico moderno bien equipado en la 
actualidad se había dado «hace ya más de cuatro siglos por muchacho alemán en 
sus años juveniles». Sus postumos comentarios de Dioscórides, editados con piado- 
sa mano por Conrad Gesner (Estrasburgo, 1561), no sólo describen unas 500 espe- 
cies vegetales nuevas, cuya ansiosa y ardiente investigación le costó, probablemen- 
te, la vida, sino que, además, se entretiene en dar a las especies señaladas por Dios- 
córides nombres botánicos modernos. El Dispensatorium, de Cordus (Nuremberg, 
1535), es interesante por ser la primera verdadera farmacopea que se ha publica- 
do (1). Se ha reimpreso más veces que ninguna otra obra de su género, habiendo 
tenido 35 ediciones y ocho traducciones. Había sido precedida por el veneciano 
Luminare majus (1496) y el florentino Antidotarütm (1498), y continuada por los tres 
dispensatores de Basilea: de Leonhar Fuchs (1555), Anutius Foesius (1 561) y J. J. 
Wecker (1595), y también por las farmacopeas urbanas de Mantua (1559), Ambe- 
res (1 561), Áugsburgo (1564), Colonia (1565) y Bérgamo (1580) [2]. 

Una notable figura del Renacimiento es Conrad Gesner (1516-65), de Zurich, al 
que Cuvier designaba con el nombre de Plinio alemán, a causa de su igual capaci- 
dad para la Botánica, la Zoología, la Bibliografía y la erudición.general. Hijo de un 
pobre peletero, y criado en una extrema pobreza en sus primeros años, llegó a 
graduarse en Medicina en Basilea en 1541, y después de una vida errante, como 
médico práctico, eri muchas de las ciudades europeas, fué, por último, nombrado 
profesor de Historia Natural en Zurich en 1555, que ennobleció en 1564, perdiendo 
su vida, víctima de la peste, al año siguiente. A despecho de su lucha con la pobre- 
za, con las enfermedades y con su vista defectuosa, era un hombre de una laborio- 
sidad extraordinaria. Su Bibliotheca Universalis, de la cual se han publicado 20 vo- 
lúmenes (1545-49), es el primer ejemplo de una buena bibliografía antes de los 
tiempos de Haller, y es, por la intención, un catálogo en latín, griego y hebreo de 
todos los escritores que habían vivido anteriormente. Desgraciadamente, su parte 



(1) Por su estudio de los padres alemanes de la Botánica debemos mucho al 
Landmarks of Botanical History, del doctor Edward Lee Greene (Smithsonian 
Misc. Collect., V, 54; Washington, 1909, páginas 169-314). Encantadora en el estilo 
e irreprochable en erudición, esta obra es cordialmente recomendada a los médi- 
cos como la más interesante historia de la antigua botánica y materia médica que 
ha aparecido hasta la fecha. 

(2) Tschirch: Die Pharmacopó'e ein Spiegel Hirer 7,cit, Janus, Amst, 190 5; X, pá- 
ginas 281, 337, 393, 449 y 505. 



228 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



médica no ha sido completada nunca. La Historia plant arum (París, 1541), de Ges- 
ner, es un manual para estudiantes de Botánica, dando los géneros en un orden al- 
fabético; una especie de diccionario botánico de bolsillo. Además, él ha editado y 
publicado las obras de Valerius Cordus en 1561. Su Historia animalium, publicada 
en cuatro volúmenes, en folio, en 1551-58, con el quinto volumen de reptiles en 
1587, ha sido traducida posteriormente al alemán como Thierbuch, y puede consi- 
derarse como uno de los puntos de partida de la zoología moderna. Contiene unas 
4.500 páginas, en folio, comprendiendo una recopilación de unos 250 autores, y está 
ilustrada con cerca de 1.000 grabados en madera, habiendo Gesner seleccionado los 
mejores de su época, incluso el rinoceronte de Alberto Durero. Su índice de pur- 
gantes ha sido publicado por Froben en 1543 (1). Gesner hizo, además, algunos cu- 
riosos ensayos en otro sentido, como el Mit/iridates, un resumen en 130 idiomas 
diferentes, con el Padrenuestro en 22 de ellos, y es conocido como un entusiasta 
alpinista por sus epístolas sobre las ascensiones montañesas y por su descripción 
del Monte Pilatos (1555)- Ha sido el primero que ha descrito el canario. 

Caspar Bachin (i 550- i 624) era profesor de Anatomía, Botánica, Medicina y grie- 
go en Basilea, y posteriormente médico de la ciudad y rector de la Universidad. Su 
obra más célebre es la titulada Pinax (1596), un maravilloso índice que comprende 
toda la literatura botánica hasta su tiempo y que ha sido más estudiada y comen- 
tada por los botánicos que ninguna otra obra, con la excepción de Dioscórides. 
Bauhin ha escrito también un llieatrum Bota?iicum, que ha dejado incompleto (1658), 
y un catálogo de las plantas de los alrededores de Basilea. Su Theatrum A?iatomi- 
cum(i$<)2) es un valioso resumen histórico, lo mismo que su Anatómica Histo- 
ria [\ 597). Contiene un interesante estudio del mito hebreo del hueso «luz», en el 
que esta palabra aparece por vez primera citada en un documento que no fuera un 
escrito rabínico. 

Pierre Belon (1517-64), o Bellonius, el autor de un valioso tratado de las plantas 
coniferas (1553), publicado en 1555, de una monografía sobre los pájaros, en la que 
compara los esqueletos de los pájaros en la misma postura y «hueso por hueso has- 
ta donde es posible». Ha sido el primero en emplear esas seriales disposiciones de 
homologías, que habían de hacer más tarde famosos a Owen y a Haeckel. De 1546 
a 1549, Belon viajó por Egipto, Grecia y Oriente, estudiando cuidadosamente la 
antigua y la moderna materia médica. 

\\\ lado de los Padres alemanes de la Botá?iica, todos los cuales han sido médi- 
cos, debemos hacer mención de otra serie de hombres preeminentes, médico-bo- 
tánicos del Renacimiento, que contribuyeron mucho a hacer déla Botánica la cien- 
cia que es en la actualidad. De ellos, Jean de la Ruelle (1474-1537), o Ruellus, era 
médico de Francisco I; pero más tarde fué canónigo y murió en un convento. Ruel- 
lius era un distinguido botánico, que tuvo el valor de aceptar todas las correccio- 
nes hechas a Plinio por Leonicenus; hizo la primera traducción latina de Dioscóri- 
des, con unos buenos comentarios, y en su De Natura Siirpium (París, 1536) fué el 
primero en dar una descripción completa de cada planta, añadiendo muchas espe- 
cies nuevas y dando a cada planta su nombre popular en Francia; nombres que ha- 
bía aprendido discutiendo en sus excursiones con los aldeanos y los montañeses. 
Antonio Musa Bassavola («500-551, de Ferrara, discípulo de Leonicenus, describió 
más de 200 variedades de sífilis, practicó la traqueotomía y escribió un libro sobre 
Los purgantes (1555) y una ingeniosa imaginaria conversación titulada Un examen 
de simples medicinales (Examen omnium simplicium, Roma, 1536), en la cual son intro- 
ducidas en la farmacopea algunas drogas nuevas. Su genial idea, tan característica 
del Renacimiento, de exponer un tratado de Botánica en forma dialogada, había 
, a utilizada por Euricius Cordus (1 486- 1 535), el padre de Valerius, en snBota- 
nologicon (Colonia, 1534;, en el cual acusa severamente a los boticarios alemanes de 

su époi ;i de rotular falsamente sus redomas y receptáculos con nombres antiguos 

griegos, que do corresponden a su contenido. Pietro Andrea M \ 1 1 101 1 (1501-77). de 
Siena, llamado el Brunfels de Italia, escribió un comentario de Dioscórides en ver- 
11.H ular l \ '< ni 1 la, 1 544), obra extraordinariamente rara en la actualidad, en la cual, 
• orno Brunfels, dibujaba las plantas, v, Begun Ruellius, daba una descripción de 
1 ada una, añadiendo de 200 a 300 espe< íes nuevas del sur de Europa. Rembert I )o- 



Enumeratio medicament orumpurgantium, Basilea, 1543- 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 229 

doens (1517-85), de Malinas (Bélgica), médico de Maximiliano II y de Rodolfo II, 
era, como Gesner y Bauhin, un polihistoriador, notable especialmente como botá- 
nico. Su Cruydboeck (Amberes, 1553), su tratado de purgantes (1554) y otras obras 
han sido posteriormente reunidas en su Stirpium Historiae (1583), un grueso tomo 
que contiene 1.341 ilustraciones, y que debe ser considerado como el original del 
Herball, de Gerard (1597). En su postumo tratado de práctica (16 16) da un buen es- 
tudio de la forma espasmódica del ergotinismo. 

Andrea Cesalpino (1524-1603), profesor de Medicina en Pisa y médi- 
co del papa Clemente VIII, ha sido considerado por los italianos como el 
descubridor de la circulación antes que Harvey (1571-93), y* ha sido por 
ello honrado con estatuas y con un periódico médico que lleva su nom- 
bre. Cesalpino, en realidad, ha querido apoderarse, de un modo puramen- 
te teórico, de la verdadera relación entre la circulación general y la pul- 
monar; es decir, de que el corazón, en el momento del sístole, envía san- 
gre a la aorta y a la pulmonar, y que en el diastole la recibe de las venas 
cavas y pulmonares. Pero sus ideas no estaban sostenidas por ningún ex- 
perimento convincente y eran más bien expuestas, con un espíritu de 
controversia, como un argumento más en contra del galenismo. Por esta 
razón no tuvieron influencia sobre sus contemporáneos, y aparecen tan 
completamente disociadas de las demostraciones experimentales de Har- 
vey como una hipótesis de su verdadera y positiva prueba. Cesalpino era 
un ardiente teólogo, y su panteísmo le ocasionó disgustos con la Iglesia s 
A pesar de su rígido aristotelismo, era un hábil naturalista, enseñando en 
Pisa Botánica a la vez que Medicina, y estaba encargado del jardín botá- 
nico que se había fundado en aquella ciudad en 1543- Cesalpino ha sido 
llamado por Linneo el primer sistemático verdadero en Botánica (primus 
vertís systematicus). El coleccionó plantas de todos los puntos de Europa, 
que clasificaba por sus frutos, ordenando una 1. 5 20 especies en cinco cla- 
ses, según su clasificación, y en su gran obra De plantis (Florencia, 1 583) 
nos enseña la distinción entre la botánica sistemática y la aplicada o eco- 
nómica. 

Giovanni Battista della Porta (i 536-161 5), de Ñapóles, que inventó 
la cámara obscura (1588), describió los gemelos de teatro (159°) Y ^ u ^» 
por consiguiente, uno de los principales fundadores de la Optica. Era, 
además, un adversario de la hechicería, y en su De humana physio gnomia 
(Sorrento, 1586), un precursor de Lavater en el hecho de querer juzgar 
el carácter por los rasgos y facciones; sin embargo, incurrió en el error 
de señalar rasgos animales característicos a los individuales, que conside- 
raba como animales particulares (Jastrow). El creía en la doctrina de los 
rasgos. En Botánica, Porta ha sido el primero en agrupar las plantas, en 
su Pky tog nomónica (1583), de acuerdo con su distribución geográfica. 
Fué, sin embargo, tachado de mago, y la Academia de secretos, que ha- 



2 3 o HISTORIA DE LA MEDICINA 

bía fundado en 1560, con aquellos propósitos, fué suprimida por el 
papa Paulo III. 

( Pierre Belon (15 17-1564), o Bellonius, ha escrito un importante libro pequeño 
de las plantas coniferas o resinosas (1553) [1], y el Semplici (Venecia, 1561), de Lui- 
gi Anguillara, es una clasificación botánica. Las contribuciones inglesas a la Botá- 
nica más antiguas son los Herbáis de Richard Banckes (1525), Peter Treveris (1529), 
Thomas Petvt (1541), William Middeton (1546), William Turner, llamado el Padre 
de la Botánica Inglesa (1551), y del barbero-cirujano John Gerard (1597) [2]. Las plan- 
tas medicinales del Nuevo Mundo han sido descritas por Oviedo y Valdés, virrey 
de Méjico (1525), y por Nicolás Monardes, de Sevilla (1565). .Un Promptuaire rima- 
do de simple^ medicinales por Thibault Lespleigney (1537) ha sido reimpreso por 
Paul Dorveaux en 1899. A consecuencia de las investigaciones de las propiedades 
ópticas de las lentes, de Leonardo da Vinci y de Francesco Maurolyco, las lentes 
amplificadoras empezaron a usarse en el dibujo de los objetos muy pequeños, en 
el Archetypa, de Georg Hoefnagel (Francfort, 1592), para los liqúenes, por Fabio 
Colonna (1606), y en el manuscrito de insectos de Thomas Muffet (1589), publicado 
en 1634 (Singer). j 

Los médicos son, como hace poco decíamos, todos de aquellos ejem- 
plares del espíritu inquieto del Renacimiento, y, en su género de inteli- 
gencia, parientes de los grandes destructores de la rutina de este período, 
Vesalio, Paracelso y Paré. Hay ahora otro grupo de médicos, cada uno 
de los cuales es notable por sus adelantos en una línea aislada y original. 
De ellos Pierre Brissot ( 1 47 8- 1 522) se señala como un reformador en la 
práctica de la sangría. Hasta el tiempo de Brissot los médicos habían 
aceptado la doctrina árabe de que la sangría debía ser revulsiva, es decir, 
hecha a distancia de la lesión. En 1 5 14, Brissot, profesor de la Facultad 
de París, profundo lector de la medicina griega, dio una nueva intepreta- 
ción del método hipocrático original, de sangría «derivativa», que consis- 
tió en recomendar el sangrar libremente en el mismo lado de la lesión y 
cerca de ella, porque pensaba que de este modo la sangría resultaría mu- 
cho más eficaz para remover los humores pecantes (3). Esta herejía pro- 
vocó una tempestad, de la que resultó la condenación de Brissot por un 
acta del Parlamento y un pronunciamiento de Carlos V declarando que 
las doctrinas de aquél eran tan perniciosas como el luteranismo. Clemen- 
te VII y Vesalio fueron arrastrados por la controversia, que tuvo una re- 
pentina conclusión por el hecho de que un pariente de Carlos V murió a 
consecuencia de una sangría hecha por el método árabe en un ataque de 
pleuresía, y los atildados contrincantes de Hipócrates y Brissot quedaron 



(1) Belon: De arbor üms conifer is, París, 1533. 

Citado por II. M. Barlow: Proc. Roy. Soc. Med. (Sect. Hist. Mcd.). Londres, 
V I. páginas 108-149. 

(3) Los términos derivativo V revulsivo son algunas veces empleados de un 

modo indiferente para significarla sangría a distancia, en lugar de en el sitio de la 
1 1 distinción es caprichosa (Littré). 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 



231 



haciendo el ridiculo, y, sin embargo, se siguió sangrando tranquilamente 
en cantidad hasta los tiempos de Louis. Un inspirado patólogo ha sido el 
distinguido médico florentino Antonio Benivieni ( -1 502), además de 
un diestro cirujano y un hábil divulgador de las secciones post-nortem; 
pero consideraba a Galeno como la última palabra de la Medicina. En su 
obra postuma, De abditis causis morborum, publicada por la Casa de 
Giunta en 1507, aparece como un fundador de la Patología antes de Mor- 
gagni. «Antes de Vesalio, antes de Eustaquio — dice Albutt— abrió los 
cuerpos de los muertos con un espíritu tan deliberado y claro como el de 




Girolamo Fracastoro (1484-1553) 



los patólogos de la época posterior, como un Baillie, un Bright o un 
Addison >, y Malgaigne ha definido su obra como «el único libro de Pato- 
logía que no debe nada a ningún otro». Pero, con todo el respeto debi- 
do a tan altas autoridades, podemos poner en duda si una obra tan pe- 
queña como la de Benivieni (que consta sólo de 54 páginas) puede sopor- 
tar por completo la comparación con la amplia colección de hallazgos pa- 
tológicos y de descripciones de nuevas enfermedades que encierra el ma- 
gistral tratado de Morgagni. Para una obra de un trabajador como Beni- 
vieni, el tiempo ha sido duramente áspero, y lo propio ha ocurrido con 
las especulaciones teóricas del genio más original de Fracastorius. Giro- 
lamo Fracastoro (1484- 1 5 53), un veronés de aspecto rechoncho, hirsuto 



2 3 2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

de apariencia y de espíritu jovial, que practicó en la región del Lago di 
Gardo y que era, a la vez, médico, poeta, físico, geólogo, astrónomo y pa- 
tólogo, participando con Leonardo da Vinci el honor de ser el primer 
geólogo que ha visto los restos fósiles, considerándolos en su verdadero 
aspecto (1530). Ha hecho también la primera referencia científica de los 
polos magnéticos de la Tierra (1543). Su fama médica ha quedado consa- 
grada en el más celebrado de los poemas médicos, Syphilis sive morbus 
Gallicus (Venecia, I530)> que resume todos los conocimientos contempo- 
ráneos de dietética y terapéutica de la enfermedad, reconociéndola su 
origen venéreo y dándola el nombre que lleva en la actualidad, y en su 
tratado De Contagione (1546), en el que establece, con admirable claridad, 
la moderna teoría de la infección por los microorganismos (seminaria con- 
tagionum) [1]. 

Nuestro resumen de la Medicina del Renacimiento puede terminar 
con las obras de dos caracteres originales que no fueron médicos. El ve- 
neciano Luigi Cornaro (1467-1566), cuyo Irattato della vita sobria (Pa- 
dua, 15 58) es, probablemente, el mejor libro de higiene privada y de 
«vida sencilla> que existe; y The Metamorphosis of Ajax (1596), de sir 
John Harington (1561-1612), el ingenioso y desgraciado ahijado de la 
reina Isabel, que se desterró de la corte para escribir. Esta obra supone 
un importante e indispensable adelanto en la ingeniería sanitaria; pero el 
modo como el autor trata este tema es enteramente como el de Aristó- 
fanes, Rabelais o el del epitafio de Záhdarm en Sartos Resartus, y el gá- 
rrulo, caprichoso caballero antiguo, probablemente trajo su invención de 
algún origen oriental. 

El tratado de Cario Ruini de la anatomía y enfermedades del caballo 
y su tratamiento (1598), atribuido por algunos a Leonardo da Vinci (2), 
suele considerarse como la fundación de la moderna medicina veterinaria. 

Es digno de mención el hecho de que los primeros libros de Medi- 
cina que se han impreso en el Nuevo Mundo, tales como la Opera Medi- 
cinaiia^ de Francisco Bravo (1570), o la Suma y recopilación de Cirugía, 
de Alfonso López de Hinojosa (i 595), lo han sido en la ciudad de Méjico. 



(1) Sobre esto hay que recordar, no obstante, que Fracastoro en ninguna parte 
1 Berc .'i los últimos como organismos VÍVOS (contagia animata), sino (pielosdes- 

cribe (como en términos de química-física) romo algo muy semejante a nuestros 
modernos sistemas coloidales», aunque él los considera como capaces de repro- 
duce ion en los medios apropiados. Entre Fracastoro y Athanasius Kircher, la deci- 
de prioridad respecto de la teoría de los gérmenes dependerá de que el árbi- 
tro Bea materialista ovitalista. En el De Contagione, Fracastoro da también el primer 

relato auténtico del tifus (1546), el «tabardillo de los escritores españoles y meji- 

1 1 no ' ontemporám 1 

(2) Véase |Schmutzer; Arch. f.Gcsch.'d. Naturwissensch., Leipzig, [9 10-12; «fill, 
páginas 61-70. 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 233 

Aspectos cultural y social de la medicina del Renacimiento. — La 
invención de la imprenta y el renacimiento de la ciencia; el descubri- 
miento de América y la extensión del tráfico y del comercio; la astrono- 
mía heliocéntrica del médico Copérnico; el comienzo de la física y de la 
química modernas; la lucha de masas y clases, que comenzó con la Carta 
Magna (1215), la Reforma (i 5 17) y el incremento de la literatura verna- 
cular: todo esto combinado convierte al Renacimiento en un período de 
incesante fermento y actividad intelectuales. Los eruditos griego-bizanti- 
nos, que se esparcieron por Italia después de la conquista de Constanti- 
nopla, han sido descritos como «sembradores de dientes de dragón», y si 
juzgamos de ellos por el efecto que produjeron en la obra de Vesalio, de 
Paracelso y de Paré, tendremos que considerar a aquellos humanistas 
como los precursores de la medicina moderna. Los tres grandes nombres 
de la medicina del Renacimiento son experimentadores en el verdadero 
sentido de la palabra; pero antes de que el sentido común médico pudiera 
estar penetrado de las ventajas de la experimentación sobre los respectos 
supersticiosos era necesario desembarazar el campo de los escombros 
acumulados por el pasado, y esta tarea únicamente podía ser llevada a 
cabo por el estudio penetrante y crítico de las autoridades médicas de la 
antigüedad. En las diferentes Universidades, los cursos de instrucción mé- 
dica y los libros de texto empleados permanecieron siendo los mis- 
mos (i) — Canon, de Avicena; Ars parva, de Galeno; los aforismos de 
Hipócrates, Dioscórides, etc. — ; pero se iban introduciendo gradualmente 
nuevos e importantes rasgos, y la enseñanza de las Universidades del si- 
glo xvi ofrecían un carácter distintivo completamente propio. Bolonia, 
Padua y Pisa tienen las Facultades médicas más populares, y después de 
ellas, París, Montpellier y Basilea; pero el interés más amplio, desde el 
punto de vista de la cultura general, depende de la fundación de las nue- 
vas Universidades de Valencia (1501), Wittemberg (1502), Santiago 
(1504), Toledo (1518), Marburgo (1527), Granada (1531), Konigsberg 
(1544), Jena (1558), Douai (Lille) [1561J, Helmstádt (i 57 5)> Leyden 
(1575), Altdorf (1580), Edimburgo (1582) y Dublin (1593)- Cada una de 
estas Universidades del Renacimiento era una pequeña democracia en la 
que los mismos estudiantes elegían al rector, a los profesores y a los ofi- 
ciales, y tenían voto en la determinación de los planes de estudio. Como 
regla general, los miembros de cada Facultad eran elegidos solamente 
por un año, y sólo podían volver a ser nombrados o reelegidos para otro 



(i)£ Para la lista r de los libros médicos de los médicos y estudiantes de la Uni- 
versidad de Cracovia en el siglo xvi véase J. Lachs: Arck.f. Gesch. d. Med., Leip- 
zig» 1913-14', VHI/páginas 206-217 



2 3 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

cargo diferente. Esta disposición especial mantenía a los estudiantes y a 
los profesores en un perpetuo cambio de una Universidad a otra; un pro- 
fesor daba, algunas veces, un Gastspiel de lecciones, con el fin de asegu- 
rarse una buena posición, y hasta los mismos médicos de la ciudad emi- 
graban de plaza en plaza después de haber cumplido sus contratos. En el 
Fausto, de Goethe, Mefistófeles se presenta él mismo la primera vez como 
un estudiante errante (fahrender Scholastikus). Los caracteres de este gé- 
nero de canto rodado constituían un rasgo de esta época. Muchos de es- 
tos escolares itinerantes eran verdaderos vagabundos, tan pobres, que se 
veían obligados a aumentar sus medios de subsistencia ejerciendo la 
mendicidad por los caminos, cantando en las puertas como las murgas 
de Navidad, sirviendo de intermediarios en compras y ventas, o, por su 
expediente favorito, hurtando todo cuanto podía caer en sus manos. Las 
fiestas y bromas en los diferentes cuerpos de estudiantes eran más gro- 
seras de lo que pudieran suponerse; la licencia era desenfrenada, y algu- 
nas de aquéllas eran francamente endiabladas. Otros, en la extrema po- 
breza, llevaban la abnegación de consagrarse al adelanto de la cultura y 
de la Ciencia. La falta absoluta de periódicos médicos y un pesado cos- 
toso servicio postal hacían necesario, aun para los mejores, el saqueo de 
la posta para ponerse en contacto con las nuevas fases del conocimiento. 
Las principales innovaciones de la enseñanza médica se observaron en las 
ramas de la Anatomía y de la Botánica. Existía algún intento de lecciones 
clínicas y de secciones post-mortem, con el fin de comprobar en lo posi- 
ble los diagnósticos; pero éstas terminaron a causa de los prejuicios po- 
pulares. Las disecciones, sin embargo, fueron siendo cada vez más fre- 
cuentes, y llegaron a ser consideradas en cada caso como una función 
social y costosa, para lo que era necesaria una especial indulgencia pon- 
tificial. El cadáver era hecho, en primer término, « respetable > por la lec- 
tura de un decreto oficial y estampado con el sello especial de la Univer- 
sidad. Una vez enviado al departamento anatómico, era inmediatamente 
decapitado, en deferencia al universal prejuicio contra la abertura de la 
cavidad craneal. La disección era seguida de algunos festejos, como banda 
de música y hasta representaciones teatrales. Todo esto ocurría en el tiem- 
po en que se iban construyendo los grandes anfiteatros anatómicos, entre 
los que eran notables los de Padua (1549), Montpellier ( 1 5 5 1) y Basilea 
(1588). En Inglaterra la necesidad de los estudios anatómicos condujo a 
la promulgación de la ley de 1540 (32, Enrique VIII, cap. 42), autori- 
zando a los barberos y cirujanos a emplear cada año cuatro cadáveres de 
criminal's ejecutados para hacer anathotnyes; una provisión que, aunque 
ampliada, permaneció vigente en lo esencial hasta que se promulgó el 
de Anatomía en 1832. La extraordinaria escasez de material anató- 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 235 

mico en todas partes creó una especial ambición de todo maestro o prác- 
tico de tener un esqueleto de su exclusiva propiedad. Esto, en su marcha 
natural, condujo a la idea germinal de los espléndidos Museos anatómi- 
cos y patológicos de los tiempos más modernos, desde el de Ruysch 
hasta los de Hunter y Dupuytren. La enseñanza botánica en las Univer- 
sidades era completada por medio de excursiones al campo, en prima- 
vera y en otoño, a las cuales eran invitados los boticarios, y que eran 
siempre seguidas de banquetes y de fiestas. La primera cátedra de «sim- 
ples» (lectura simplicium) fué fundada por Francesco Bonafede en la Uni- 
versidad de Padua en 1 53 1, y hacia 1 561 se la adicionó una ostensio sim- 
filiciunt, o demostración de las plantas vivas. Muchas Universidades tie- 
nen, además, jardines botánicos propios, siendo notables los de Pisa 
(1544) y Padua (1545)1 de los que eran prefectos Anguillara y Próspero 
Alpini; Zurich (1560), Bolonia (1568), Leyden (i 577), Leipzig (1579), 
Montpellier (1592) y París (i 597)» q ue recibió desde 1635 el nombre de 
Jardín des plantes. Estos fueron, además, el origen de las grandes colec- 
ciones privadas y de los jardines del siglo xviii. El sueldo de un profesor 
de Universidad en el siglo xvi era variable, y decididamente menor en las 
regiones del Norte. 

En Alemania oscilaba alrededor de 40 libras (1.000 pesetas) hasta cuatro o cin- 
co veces más. Las fundaciones de Linacre en Oxford y Cambridge constaban de 
dos cátedras, cada una con 60 libras cada año (1.500 pesetas), y una de 30 libras 
(750 pesetas); pero Vesalio llegó a ganar 1.000 libras (25.000 pesetas) en Pisa. Ha- 
cia el siglo xvii esta suma tenía un valor equivalente a ocho veces el de la moneda 
moderna (1). Los sueldos de los médicos de las ciudades y los honorarios privados 
eran proporcionalmente pequeños. Power dice que el pago de cada visita, por tér- 
mino medio, en la época de Isabel era de un marco. Los médicos urbanos de Ale- 
mania tenían sueldos de 4,25 libras (107,25 pesetas) a 43 libras (1.075 pesetas); los 
médicos de la corte, de 35 libras (875 pesetas) a 939 libras (23.475 pesetas). Los mé- 
dicos de Enrique VII, Enrique VIII y de la reina Isabel tenían, por lo común, 200 li- 
bras (5.000 pesetas). En Alemania, una simple uroscopia costaba unos tres cente- 
nes; uña simple visita, de 8 a 50 centenes, según la fortuna del enfermo; una con- 
sulta, 2,50 libras (62,50 pesetas) por cada médico, o 1,25 (31,25) si era por carta. 
Johann May, el primero que enseñó Medicina en Tubingia (1477), llevó 20 florines 
por la asistencia de un caso de Medicina (2). La fase más lucrativa de la práctica 
era el tratamiento de la sífilis, en la cual los médicos hacían fácilmente pequeñas 
fortunas, aun en los tiempos de las memorias de Casanova. Arrodillado ante la es- 
tatua de Carlos VIII en St. Denis, Thierry de Hery decía a un sacerdote que le 
acompañaba: «Carlos VIII es un santo, bastante bueno para mí; él me puso 30.000 
francos en el bolsillo al llevar la sífilis a Francia». Los cirujanos estaban bastante 
bien pagados: los honorarios por el tratamiento de una fractura, por ejemplo, osci- 
laban alrededor de 10,50 libras (262,50 pesetas). Se dice que John of Arderne co- 
braba 100 sueldos oro (500 libras= 12.500 pesetas) por su operación de la fístula 
de ano. Los boticarios eran los que salían mejor librados de todos, si se ha de juz- 
gar por una nota enviada a la reina Isabel que asciende a 216 libras (5.400 pesetas) 



(1) J. J. Walsh: Physicians' Pees Down t/ie Ages. Internat. Clinics., Filadelfia 
1910; 20 s., IV, pág. 269. 

(2) Med. Corr. IU. d. Würtemb. drztl. Ver., Stuttgart, 19 14; LXXXIV, pág. 609. 



236 HISTORIA DE LA MEDICINA 

por un trimestre (i). Los frascos de las boticas alemanas, tales como los de la anti- 
gua Rathsapotheke, en Hannover, estaban muy llenos de adornos. 

La práctica médica, durante el Renacimiento, estaba unida a la supers- 
tición, a la leyenda de las hierbas y a la charlatanería. Petrarca ridiculiza 
a los doctores de su época por su sumisión a los autores árabes, su pre- 
dilección por la uromancia y sus argucias y engañifas (2). Poggio, el hu- 
manista florentino, llevaba a la picota a la profesión en su Liber facetia- 
rum (1470) [3]. En las representaciones gráficas de la época, el médico, ya 
con una larga toga, ya con una corta pelliza ribeteada de pieles, era inva- 
riablemente representado examinando un orinal. Comúnmente pensaba en 
Astrología, y seguía la doctrina de los amuletos (Passauer Kunst) y la 
Lasstafelkunst , o determinación del tiempo más apropiado para la sangría 
y las purgas según la conjunción de los planetas. Hasta los médicos de la 
corte eran frecuentemente «astrónomos reales», o inventores de almana- 
ques de la buenaventura. El Ludicrum Chiromanticum (1661), de Johann 
Praetorius, menciona unas J] publicaciones de los siglos xvi y xvn que 
se consagraban exclusivamente a la Quiromancia. Los discípulos de Para- 
celso creían en la «doctrina de las signaturas», en virtud de la cual una 
droga se encuentra indicada en virtud de alguna caprichosa semejanza con 
la enfermedad, como el trébol para las enfermedades del corazón, el car- 
do para el dolor de costado, la cascara de nuez para las heridas de la ca- 
beza, la grasa de oso para la calvicie, el topacio, la celidonia amarilla o el 
azafrán de las Indias para la ictericia, los polvos de momia para prolongar 
la vida, y así sucesivamente. Nosotros podemos juzgar verdaderamente 
del extraordinario mérito de hombres como Vesalio, Leonicenus, Lina- 
ere, Fracastorius y Renivieni si reflexionamos que ellos solos fueron los 
que destruyeron el crédito de todas esas supersticiones. Y del mismo 
modo, únicamente los cirujanos de primer orden — Paré, Gersdofí, Franco, 
Würtz, Tagliacozzi, Clowes y Bartisch — fueron verdaderos cirujanos. La 
inclasificada horda de operadores de cataratas, parteros, litotomizadores, 
operadores de hernias y cirujanos de barraca eran comúnmente, según las 
palabras de William Clowes, «no mejores que renegados y vagabundos..., 
desvergonzados en su conducta, depravados en sus aficiones, torpes y bru- 
tos en sus juicios y en su comprensión», de tan mala reputación positiva- 
mente que ha sido necesario dictar leyes especiales para hacer respetable 



1 El gran centro del comercio de drogas de Londres en la época de Isabel 
Bucklersbury, inmortalizado en el relato de Falstaff como aquel vastago tarta- 
joso y balbuciente que viene como mujer vestida de hombre v huele como Bucklers- 
bury en la época de las plantas medú ¡nales (Shakespeare: Las aleares comadres de 
Windsor, a< t. III. esc. MI 

'.''■'< II- • bel: Janus, Breslau, [846, I. páginas 186-223. 
Roth: I ¡alius, Berlín, 1892; p.i^. 192. 



EL PERIODO DEL RENACIMIENTO 237 

el estado de los cirujanos competentes, especialmente el edicto de Car- 
los Ven 1458, que ha sido renovado por Rodolfo II en 1577 i 1 )- El ciru- 
jano-barbero que afeitaba a algún criminal condenado a mueríe, o que cu- 
raba las heridas de algún condenado a la tortura, era considerado como 
un criminal. La charlatanería era extraordinaria en todas partes, y en el 
vigoroso lenguaje del cirujano inglés que acabamos de citar se practicaba 
por «los caldereros, sacamuelas, buhoneros, palafreneros, carreteros, por- 
teros, castradores de caballos, veterinarios, idiotas, escuderos, escoberos, 
celestinas, brujas, hechiceros, aduladores, castradores de cerdos, picaros, 
cazadores de ratas, vagabundos y procuradores». Otra clase de imposto- 
res eran los vagabundos de la época, que, a despecho del estatuto de En- 
rique VIII contra los «bárbaros y valerosos mendigos», engañaban la ca- 
ridad de los hospitales, que en aquellos tiempos servían de refugio tem- 
poral a todos los pobres. Robert Copland (i 508-47), el viejo impresor in- 
glés, que era también poeta, ha escrito un entretenido diálogo en verso 
en colaboración con el portero del Hospital de St. Bartolomew, llamado 
The Hye Way to the Spyttel House (El camino rápido para el hospital), que 
nos da mucha luz acerca del problema de la asistencia pública y de los 
dispensarios en el siglo xvi (2). 

Sin embargo, el aspecto más malo de la práctica médica del Renaci- 
miento era el que se refiere a la Obstetricia. Conocemos poco de la obs- 
tetricia medieval; pero podemos calcular el grado de su profunda degra- 
dación en lo que hace referencia al Renacimiento. En un parto normal, la 
mujer podía tener la esperanza de salvarse si no sucumbía víctima de la 
fiebre puerperal o de la eclampsia. En un parto difícil, ella era casi siem- 
pre cruel y mortalmente destrozada si se veía asistida por un Sairey Gamp 
de la época o por alguno de los vagabundos «cirujanos». Como regla ge- 
neral, únicamente las comadronas asistían a las mujeres durante el parto, 
y en 1 580 se promulgaba una ley en Alemania prohibiendo a los pasto- 
res y palafreneros intervenir en asuntos de obstetricia. Las pinturas del 
Renacimiento demuestran que, como en la Edad Media, la alcoba de la 
puérpera estaba llena de gente bullendo por todas partes y en todas di- 
recciones y dando la impresión general, como Baas muy acertadamente 
dice, de «todo género de enredos femeninos». Los abusos obstétricos eran 
remediados en algo por las Ordenanzas municipales para la guía de las co- 
madronas, entre las que son notables las de Rastibona (i 555)» Francfort 
sobre el Main (por Adam Lonicerus, 1573) y Passau (1595). 



(1) Para conocer las preguntas que se dirigían a un candidato alemán en Ci- 
rugía en 1580 véase J. W. S. Johnsson: Janus, Amst, 1910; XV, páginas 129-142. 

(2) Véase Lancet, Londres, 1909; II, pág. 1020. 



238 HISTORIA DÉLA MEDICINA 

En esta época los niños eran criados, generalmente, por la lactancia natural; 
pero la lactancia mercenaria, a la que eran contrarios Phayre (1546) y otros, fué 
creciendo rápidamente, y la crianza infantil llegó a ser un positivo mal. Las eleva- 
das cifras de la mortalidad infantil eran debidas al mal estado de la higiene públi- 
ca, doméstica y privada, que se mantenía en el mismo mal estado que durante la 
Edad Media. Las ciudades no tenían alcantarillado, y los domicilios, con sus suelos 
llenos de polvo, y los charcos, tales como son descritos por Erasmo, eran inmun- 
dos albañales propicios a todo género de infección (1). Froade, en el comienzo de 
su Historia de Inglaterra, afirma que el aumento de la población era muy pequeño, 
casi estacionado, dependiendo de la gran mortalidad infantil y del efecto de las 
guerras y epidemias sobre la población adulta. 

Algunas leyes criminales promulgadas por el obispo de Bamberg en 
l S°7 y P or e l elector de Brandenburgo en 1 5 16 conducen a la formula- 
ción (en 1 521 y 1 5 29) de la celebrada C. C. C. (Constitutio Criminalis 
Carolina), o Peinliche Gerichtsordnung, de Carlos V, en 1533, que auto- 
rizaba al juez de un tribunal para citar médicos o comadronas como peri- 
tos o testigos en los casos médico-legales de homicidio, infanticidio, abor- 
to criminal, mala conducta, etc.; pero, por respeto a la superstición gene- 
ral, no se autorizaban los exámenes post-mortem. La primera autopsia ju- 
dicial en Francia fué hecha por Ambrosio Paré en 1562 (2), después de 
cuya época se practicaron con mayor frecuencia. Se dictaron leyes espe- 
ciales respecto de la venta de los alimentos, de la adulteración de las dro- 
gas, de las bebidas alcohólicas, de la limpieza de las calles, de los oficios, 
de la peste y de otros aspectos de la higiene municipal; pero nada para 
aliviar la situación de los locos, que estaban encadenados, eran apaleados, 
privados del alimento y maltratados de otros modos, y frecuentemente 
expuestos a morir de frío. En 1 547 el monasterio de St. Mary de Beth- 
lehem, de Londres (fundado en 1 246), se convirtió en un hospital de locos, 
popularmente conocido por Bedlam, y en pocos años había justificado 
por completo la fama que acompaña a su nombre. 

Un rasgo especial de las legislaciones francesa e inglesa del Renaci- 
miento es el mejorar la situación de los barberos-cirujanos. En 1 505 la 
Facultad de Medicina de París admitió a los cirujanos-barberos bajo sus 
muros, a despecho de lo cual, los verdaderos cirujanos, de los que estaba 
celosa, y pocos años más tarde estos «cirujanos de toga larga» habían lle- 
lo a constituir una Facultad aparte, decididos a hacer lo mejor de un 
mal convenio para seguir bajo el dominio de los médicos. En Inglaterra, 
en 1462, los numerosos y prósperos gremios de barberos eran la trans- 
formación de la Compañía de Barberos del tiempo de Eduardo IV; los 



(1) Forsyth: Proc. Roy. Soc. Mcd., Londres. 1910-n; IV, pt. 1; Sect. Dis. Child, 
páginas 1 1 2- 1 16. 

(2) Ha Bido precedida por La autopsia hecha en Bolonia por Guglielmo da Va- 

B < l) IJ02. 



EL PERIODO DEL RENACIMENTO 239 

cirujanos obtuvieron una constitución especial en 1492, y en 1 540, bajo 
Enrique VIII, esta Compañía de Barberos se había unido con el pequeño 
y exclusivo gremio de los cirujanos para formar la Compañía Unida de 
Barberos-cirujanos, teniendo por primer maestro a Thomas Vicary. Un 
notable cuadro de Holbein el Joven representa a Enrique VIII, grande, 
rústico y desdeñoso, en el acto de dar su estatuto a Vicary, acompañado 
de otros 14 cirujanos, arrodillados ante el monarca, que no se digna ni 
mirarlos. Este cuadro, una de las mejores obras de Holbein, no sólo nos 
da un soberbio retrato de Enrique VIII, sino que, además, es quizá la me- 
jor representación que existe de los trajes y del aspecto de los cirujanos 
del siglo xvi. Un cuadro de la Biblioteca Hunteriana de Glasgow (i) repre- 
senta al doctor John Banister (1533-1610) leyendo la Visceral- Le dure en 
la sala de barberos-cirujanos (Londres) en 1 58 1. Un cadáver disecado ex- 
puesto más allá del lector es una clara copia de Columbus; más lejos apa- 
rece el escudo de armas de la Compañía Unida de Barberos-cirujanos, a 
la vez que el esqueleto del último está sostenido y coronado con sus colo- 
res, comúnmente el rojo y blanco de la insignia de los barberos. 

El acta inglesa de 151 1 (3, Enrique VIII, cap. Iíl) decreta que no se puede ejer- 
cer la Medicina ni la Cirugía en Londres, ni en siete millas a la redonda, sin haber 
sido primero examinado, aprobado y admitido por cuatro doctores en Medicina o 
experimentados cirujanos, actuando bajo la presidencia del obispo de Londres o 
el deán de San Pablo, al paso que más allá del recinto de las siete millas el aspiran- 
te tendrá que ser aprobado, en condiciones semejantes, bajo el obispo déla dióce- 
sis o el vicario general. El 23 de septiembre de 15 18 Enrique VIII organizó estas 
licenciaturas de los médicos en un colegio perpetuo de doctores y hombres graves 
que autorizasen la práctica dentro del recinto de las siete millas. Esta constitución 
ha sido confirmada por las actas de 1522 (14 y 15, Enrique VIII) y 1553 (I, María, 
cap. 9), y la institución llegó a convertirse en el Real Colegio de Médicos de Inglate- 
rra. Los estatutos bilingües de este colegio constituyen uno de los más importan- 
tes y más antiguos ejemplos de un Código local de ética (2). En 1542-43 se concedió 
que el gremio de cirujanos «atendiese a su propio lucro» y desdeñase el asistir a 
los pobres. Las actas 34 y 35, de Enrique VIII, cap. 8, fueron, dictadas permitien- 
do a las personas de los pueblos que tuviesen conocimientos de la medicina her- 
baria y popular asistir a los indigentes. Esto condujo a la formación de prácticos 
no calificados, análogos a los Kurierfreiheit de la moderna Alemania. 

De las muchas enfermedades epidémicas que ha padecido Europa en 
la Edad Media, tres: el sudor miliar, la lepra y la corea epidémica, han 
desaparecido casi por completo hacia la mitad del siglo xvi. En Francia, 
Italia, España, Inglaterra, Dinamarca y Suiza los leprosos habían sido de 
tal modo combatidos, que llegaron a ser suprimidas las leproserías; pero 
la enfermedad continuó siendo epidémica durante todo el siglo xvn en 



(1) D'Arcy Power: Proc. Roy. Soc. Med. (Sect. Hist. Med.), Londres, 19 12- 13; VI, 
páginas 18-35. 

(2) La Facultad de París tiene unos estatutos semejantes de 1452; los de Pia- 
cenza han sido impresos en 1569, y muchos códigos éticos locales siguieron a éstos. 



240 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Alemania, Escocia y los Países Bajos, y en Suecia y Noruega hasta el 
siglo xviii. Las epidemias más formidables del siglo xvi continuaban sien- 
do la peste y la sífilis. 

Entre los años 1500- 1568 los estragos causados por la peste fueron especial- 
mente graves en Alemania, Italia y Francia. Después de esta época apareció de un 
modo intermitente en diferentes puntos en 1564, 1568, 1574 y 1591. Durante todo 
el siglo xvi se han publicado numerosos trabajos sobre la peste, PesiscJiriften, de los 
que los más importantes son aquellos documentos públicos en los que se reconoce 
la naturaleza contagiosa de la enfermedad y se proponen diferentes métodos de 
aislamiento y de desinfección. Wittemberg y algunas otras ciudades conmemora- 
ron los diferentes ataques sufridos de la peste acuñando monedas especiales o me- 
dallas de la peste (Witte?nberger Pesttaler). En el anverso de estas monedas se re- 
presenta, generalmente, la serpiente de fuego de Moisés transformándose en bas- 
tón, con la inscripción: «Quien mire a la serpiente, vivirá» (Libro de los Núme- 
ros, XXI, 8, 9); el reverso representa a Cristo crucificado, con la inscripción: «El 
que crea en mí, tendrá vida eterna» (San Juan, VI, 47). También existían medallas 
de los cometas (1558) y medallas conmemorando los años de hambre. La más no- 
table de estas últimas es la que celebra la Annona, o privilegio del papado limitan- 
do el precio del centeno. Medallas del hambre de este género se han acuñado en 
favor de los papas Julio II (1505-8), Pío IV (1560-75), Gregorio XIII (1576-91) y Cle- 
mente VIII (1599). Las medallas de la peste, de Wittemberg, y el zenechion, o pasta 
arsenical, cosida dentro de un trozo de piel de perro, eran llevadas sobre el cora- 
zón como un amuleto contra la peste. 

La sífilis iba perdiendo el carácter maligno que había tenido en el si- 
glo anterior, siendo esto debido, indudablemente, al número de remedios 
realmente eficaces que constituían un positivo adelanto sobre los diferen- 
tes cocimientos vegetales que se habían empleado anteriormente. El mer- 
curio había llegado a ser el áncora de salvación, ya dado al interior, ya al 
exterior, aunque la opinión aparecía bastante dividida respecto de su ac- 
ción en este último caso. Leonicenus, Montagnana y, en general, los es- 
critores alemanes eran contrarios a su empleo; Fracastorius y Benivieni 
dieron, en cambio, su autorizada opinión favorable a su administración. 
Thierry de Llery, en su tratado de 1 5 52 (i), recomienda, además del gua- 
yaco al interior, el mercurio en fumigación o en unturas, preferiblemente 
esta última. El tratado de sífilis de Paré está tomado casi al pie de la letra 
de la obra de Thierry de Hery. Un rasgo característico del tratamiento 
antisifilítico de esta centuria ha sido la aplicación de nuevas drogas traí- 
das del hemisferio occidental. Como la Alquimia había introducido el an- 
timonio, el mercurio y el azúcar de saturno, así el descubrimiento de 
América había traído consigo el uso del guayaco (iniciado en 1508-17), 
de l.i raíz de China smÜax (1525), empleada por Vesalio; de la zarzapa- 
rrilla (1536) y del sasafrás. Una antigua lámina en cobre de 1570, según 
Stradanua (2), representa el interior del cuarto de un enfermo, con todos 



I )<• Hery. l-<¡ mitkodt curatoirt <¡c la maladie viHerienne, París, 1552. 
(2) Reproducido por 11. Peten: Der Arz¿, Leipzig, 1900, pág. 101. 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 241 

los grados de la preparación de una infusión de guayaco, desde el tritu- 
rar los trozos grandes hasta el momento de administrárselo al enfermo 
sifilítico. La gonorrea empezó a generalizarse hacia 1520, y un efecto no- 
table de estas afecciones venéreas fué la supresión de los baños comunes 
para cada sexo o para ambos sexos. En las regiones alemanas estos esta- 
blecimientos de baños constituían un rasgo especial de la vida ciudadana, 
y, según la representación que de ellos han hecho diferentes artistas del 
Renacimiento, eran de aspecto peculiar. Algunos de ellos eran frecuenta- 
dos indistintamente por hombres y mujeres a la vez, que permanecían y 
se bañaban juntos en un gran estanque o aljibe común. Un grabado en 
madera hecho por Durero en 1 496 (Die Badstube) representa un grupo 
de hombres desnudos en un baño público; algunos están tocando instru- 
mentos músicos; otros, conversando, y otros, por último, bebiendo vino. 
Este motivo de beber el vino y de la diversión general era frecuentemente 
utilizado por los maestros menores Hans Sebald Beham, Aldegrever, 
Hans Baldung Grien, Hans Bock, cuyas pinturas demuestran la mezco- 
lanza de mujeres y hombres desnudos, con escenas de festines, aplicación 
de ventosas y sangría en el baño. Un tema favorito de Lucas Cranach y 
Beham, el llamado Jungbrunnen, o Fuente de la Juventud, que repre- 
senta un número de mujeres viejas decrépitas llevadas en una carretilla 
de una rueda a un lado de un gran estanque-baño, en el que se suponía 
que se rejuvenecían; en el otro lado son recogidas por un número de 
amables jóvenes, que se apresuran a llevarse estas damas, vueltas a su ju- 
ventud, desde la orilla a las tiendas apropiadas. Estas atrevidas pinturas 
de los antiguos maestros alemanes indudablemente tienen una indicación 
moral. Se ha podido ver pronto que una reunión general de cuerpos vi- 
gorosos de hombres y mujeres, en trajes demasiado naturales y en un 
baño común, podía conducir por último a una relajación general de la 
moral, y aquellos baños acabaron por no ser frecuentados por las perso- 
nas decentes. Se dictaron leyes estableciendo la separación entre los dos 
sexos; pero la aparición de la lepra, de la peste y de la sífilis demostra- 
ron, por encima de todo, que la idea del baño general en un estanque 
común era mala en sí misma, supuesto que podía convertirse muy fácil- 
mente en un medio de infección. En relación con el arte del Renacimien- 
to, hemos hecho ya mención del celebrado grabado en madera de Du- 
rero, representando un sifilítico (1496) [i]; también la pintura que él ha 
dirigido a su médico le representa desnudo, con la leyenda: «Hay man- 
chas amarillas, y mis dedos se afilan; luego yo estoy enfermo»; el cartón 



(1) Rodeado por una inscripción de no líneas en latín, por Theodoricus Ul- 
senilis, e impreso en Nuremberg. 

Historia de la Medicina. — Tomo I 16 



2 4 2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

de Rafael de San Pedro y el cojo (Museo de South Kensington); la horri- 
ble procesión de leprosos de Orcagna en su Iriunfo de la muerte (Pisa); 
el cuadro de Santa Isabel asistiendo a los leprosos, de Holbein el Viejo 
(Munich); la representación de la peste bubónica de Matthias Grünewald 
(Colmar Gallery) [15 1 5], y el San Roque de Francesco Carotto en la Ga- 
lería de Verona (1528), demostrando el típico bubón inguinal. El vene- 
ciano Pablo Veronés y Carpaccio pintaron muchos enanos (Charcot). En 
la Galena de los Uffizi, de Florencia, hay un notable retrato de Fernan- 
do I de España, pintado por Lucas van Leyden en 1 5 24, en el cual el ar- 
tista nos presenta la característica fades de las vegetaciones adenoideas, 
sin que aparentemente conociera la existencia de esta condición en la 
persona representada. Hay también verdad en el retrato del acromega- 
lics gigante en el palacio Ambrás, en el Tirol (15 53)- El prognatismo de 
los Hapsburgo y de los Médicis, que en la actualidad se considera como 
un defecto en la oclusión maxilar, aparece en diferentes retratos de esas 
familias. El estrabismo divergente se observa en el retrato de Tommaso 
Inghirami por Rafael en el palacio Pitti (Florencia). El acto de tomar el 
pulso se ve representado en un friso de Giovanni della Robbia en el Os- 
pedale de Ceppo en Pistoia. La Odontología se ve simbolizada en el fresco 
de G. Spagna de su patrona Santa Apolónia (teniendo en un forceps un 
diente extraído), en la iglesia de San Giacomo, cerca de Spoleto (1526); 
un asunto que ha sido ya ensayado en la encantadora pintura de Cario 
Dolci (1616-86), recientemente en la Galería Corsini, de Roma. Los cua- 
dros de mujeres por Holbein el Joven y otros artistas del renacimiento 
alemán e italiano se revelan en la representación de ideales completa- 
mente corpóreos, y particularmente en la glorificación del embarazo, 
como el principal fin del género humano (Hollander). 

La viruela y el sarampión comenzaron a aparecer en los países del Norte, espe- 
cialmente en Alemania (1493) y Suecia (1578). En 1572 hay una epidemia de enve- 
nenamiento por el plomo (llamada cólica pictonum) en el sur de Francia, que se pa- 
recía al «cólico de Devonshire» del siglo xvín, en la cual la causa probable era 
el uso del plomo en las prensas del vino y de la sidra. El escorbuto, que había 
aparecido en 12 18, siendo descrito primeramente por Jacques de Vitry y Joinvi- 
lle (1250), y, más tarde, en la narración del viaje de Vasco de Gama (1498), llegó a 
■ rtirse en una enfermedad común a lo largo de la costa norte de Alemania, de 
Holanda y de loa países escandinavos, siendo como tal descrito por Euricius Cor- 
dus (i534) t George Agrícola (1539) y otros escritores. Ha sido también descrito por 
d poeta Camoens en el quinto canto de Os Lusiadas (1558). Se dice que la fiebre 
amarilla había exterminado la población de las islas Isabela, Santo Domingo, en 
1493. El litus era epidémico en Italia en 1505 y 1524-30, y descrito por Fracastorius 
(¡Sis) [1] y por Francisco Bravo (1570) [2]. En España, después del sitio de Grana- 
da (1489) volvió a presentarse entre las tropas castellanas, recibiendo el nombre 



i l r.M astorius: De morbis contagtosis y 1533, cap. VI. 
(2) Fran< isco Bravo: Opera medicinalia^ Méjico, 1570. 



EL PERÍODO DEL RENACIMIENTO 243 

de tabardillo (la mancha roja). La enfermedad de los aztecas (ynatlazahuatl, que 
Alejandro Humboldt describe como ya conocida en Méjico en 1576 (1), se ha 
demostrado por Stamm, en 1861 (2), ser una enfermedad idéntica al tabardillo. La 
llamada enfermedad húngara (morbus hungaricus), que se extendió por toda Euro- 
pa en 1 501, y en 1505-87 se observaba frecuentemente de un modo epidémico en 
Italia y Francia, se considera ahora, con toda probabilidad, también como tifus 
exantemático. Otra enfermedad, de obscuros orígenes y caracteres, era una especie 
de neumotifus o pleurotifus, que se observaba epidémicamente en Italia, Francia, 
Suiza, Holanda y Alemania entre los años 1521-98. Una epidemia en un monaste- 
rio de Bergen, en el Danubio, en 1527, ha sido descrita en las cartas de una monja, 
Sabina, hermana de Willibald Pirckheimer (3). La difteria, que había sido ya citada 
por Schedel en 1492, aparecía seis veces epidémicamente en España durante el 
período de 1581-1600, y en 1618 se había extendido por Italia. Ha sido descrita 
con el nombre de garrotillo por Gutiérrez (4), Fontecha (161 1), Villarreal (161 1), He- 
rrera (1615) y otros. En el Codex 11.548 de la Biblioteca Real de Viena (fol. 278 
verso) se relata como una nueva enfermedad (nawe Krannckheyt) [5]. La tos ferina 
apareció primeramente en el siglo xví, siendo descrita por vez primera por Gui- 
Uaume Baillon (Ballonius) en 1578. El ergotinismo seguía dominando en su forma 
gangrenosa en España en 1581 y 1590, al paso que en Alemania aparecía en forma 
espasmódica, precedida de los usuales dolores punzantes y sensaciones de quema- 
dura, aplicándosela el nombre de Kriebelkranklieil, y apareciendo endémicamente 
enlósanos 1581, 1587, 1592 y 1595-96. En 1597 la Facultad de Medicina de Marbur- 
go publicó una información sobre esta afección, declarándola causada por el con- 
sumo del pan fabricado con centeno con cornezuelo. 

En^el siglo xví el comercio de drogas orientales, la investigación de 

Cassia, de vastagos de sándalo y tiras 
de láudano, y vayas de áloes, 

cayó en manos de los navegantes portugueses. 

La historia de estas exploraciones se encuentra referida en el Pilgrimes, de Pur- 
chas. Las Lusiadas, de Camoens, cuentan el viaje de Vasco de Gama dando la vuel- 
ta al Cabo de Buena Esperanza para llegar a la India; lo que destruyó el poder co- 
mercial de Venecia. Ormuz y Goa fueron tomadas por Alburquerque; se obtuvie- 
ron puestos en Ceilán para la canela, en Sumatra para el jengibre y el benjuí, en 
Banda y Amboina para la nuez moscada y el maíz, en las Moíucas para el clavo, en 
Cochinchina y China para el áloes y la pimienta; Malaca se había convertido en una 
estación aduanera, y se habían establecido caravanas comerciales para China, que 
era la fuente del alcanfor, de la canela, del almizcle y de la raíz de China; el rui- 
barbo era obtenido de Persia. Las ganancias de este comercio eran enormes. El 
valor de dos ducados de clavo de las Molucas se transformaba en 1.680 ducados al 
llegar a Londres. Los españoles también mantuvieron comunicaciones con las Mo- 
lucas; pero su campo de acción fueron Filipinas, Méjico y elPerú. Manila fué fundada 
en 1566. Oviedo y Monardes han descrito las plantas de las Indias Occidentales y 
del Perú. La revolución délos Países Bajos en tiempo de Felipe II (1568- 1648) llevó 
a los holandeses el comercio de las drogas; pero el período de su preponderancia 
fué el siglo xvii (6). 



(1) Ai Humboldt: Reise in die Aequinoctial Gegenden von Ameriha, citado por Haeser, 

(2) Stamm: Nosophthorie, Berlín, 1861, citado por Haeser. 

(3) Reicke: Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig, 191 1- 12; V, páginas 418-424. 

(4) Según Hernández Morejón y Haeser, Gutiérrez de Ángulo (1444-1522) ha 
publicado, en fecha no conocida, un Tratado de la e?ifer?nedad del garrotillo. 

(5) Sudhoff: Arch.f. Gesch. der Med., Leipzig, 1912-13; VI, pág. 127. 

(6) Véase Tschirch: Pharmakognosie, Leipzig, 1910; I, 2 Abth., páginas 716-722, 
y A. W. Linton: Journ. Am. Pharm. Assoc, Filadelíia, 1916; V, páginas 366 y 471. 



á 4 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

La construcción de los hospitales ha alcanzado su perfección en el si- 
glo xv, en el que se consagraron los mayores cuidados técnicos a este gé- 
nero de obras, como en el Hospital de Milán, que se abrió en 1445, pero 
que no estuvo completado hasta 1456. Un cuadro de Andrea del Sarto, en 
Florencia, representa el interior de un hospital de mujeres, probablemen- 
te para convalecientes. El hecho de que se haya fundado un hospital para 
aislamiento y cuidados de los epilépticos en el claustro de San Valentín, 
en Rufach (Alsacia del Norte), en i486, parece demostrar que esta enfer- 
medad seguía siendo considerada como contagiosa, de acuerdo con los 
antiguos versos pseudo-salernitanos (Sudhoff) [i]. Antes de la Reforma ha- 
bía 77 hospitales sólo en Escocia; pero, después de aquella época, los hos- 
pitales, en relación con las instituciones religiosas, comenzaron a desapa- 
recer en las regiones del Norte. También disminuyeron en número los 
hospitales de San Lázaro, que iban cesando como tales leproserías. Tres 
famosas instituciones inglesas de este período han sido: el Hospital de San- 
ta María de Bethlehem, que se ha convertido de monasterio en manico- 
mio (Bedlam) en 15475 Bridewell, antiguo palacio que se transformó en 
penitenciaría y casa de corrección para vagabundos y mujeres perdidas, 
en 1553, y el Hospital de Cristo, antiguamente monasterio de los frailes 
grises, que fué convertido por privilegio, en 1 5 53, en casa de caridad para 
niños huérfanos y llegó a convertirse en el famoso colegio de los «mu- 
chachos del cuello azul», en el que fueron educados Charles Lamb y Co- 
leridge. 



1) Sudhoff: Arch.f. Gesch. d. Med., Leipzig, 19 12-13; VI, páginas 449-455. 



EL SIGLO XVII. LA ÉPOCA DE LOS 
DESCUBRIMIENTOS CIENTÍFICOS INDIVIDUALES 



El siglo xvii, la época de Shakespeare y Milton, de Velazquez y Rem- 
brandt, de Bach y de Purcell, de Cervantes y Moliere, de Newton y Leib- 
nitz, de Bacon y Descartes, de Spinoza y Locke, ha sido esencialmen- 
te un período de intenso individualismo, intelectual y moral. La aparición 
de hombres como Miguel Servet y sir Thomas More, Bruno y Dolet, Spi- 
noza y Uriel Acosta, Galileo y Copérnico, concluye siempre por hacer 
disminuir el dominio de la teología profesional, ya sea ésta católica, pro- 
testante o judía. Los grandes filósofos de la época, Spinoza, Bacón, Des- 
cartes y Locke, se ocuparon todos de las ciencias naturales, aunque de dis- 
tintas ramas de la misma, y la labor científica de los mismos médicos era 
completamente individualista. Además, con la decadencia del colectivis- 
mo tenía necesariamente que observarse una decadencia paralela de todas 
aquellas instituciones que habían podido prosperar bajo aquel régimen, 
y especialmente de la asistencia pública organizada, de los cuidados cari- 
tativos a los enfermos, y de los hospitales, perfectamente dispuestos para 
estos fines. 

En el siglo xvii el pueblo alemán, diezmado y deshecho en llanto por 
los estragos de la Guerra de los Treinta Años, pudo hacer poco en el cam- 
po de la Medicina, como lamenta Baas, y las personalidades más eleva- 
das de esta ciencia aparecieron en Inglaterra, en Italia y en Holanda. La 
época de la Armada y de la gran rebelión de 1642 ha sido el período más 
glorioso de la historia de Inglaterra, la edad de «sus más grandes hijos, 
de boca de oro»; de Shakespeare y Milton y de la gran serie de drama- 
turgos del período isabelino, de Bacón y Locke, Raleig y Sidney, Vau- 
ghan y More, Herrick y Crashaw, Boyle y Wren. En esta edad han flore- 
cido también los más grandes matemáticos y astrónomos: Newton y Wa- 
llis, Halley y Flamsteed, Briggs y Napier. El mismo comienzo del siglo xvii 
(1600) es digno de recuerdo por la aparición de una obra que puede, sin 



246 HISTORIA DE LA MEDICINA 

exageración, decirse que ha hecho época en la historia de la Física, De 
Magnete (i), de William Gilbert (i 540- 1 603), que era médico de la reina 
Isabel y de Jacobo I, y dejó sus libros e instrumentos al Real Colegio de 
Médicos, donde fueron destruidos por el gran incendio de 1666. 

El nombre más ilustre de la medicina del siglo xvn es el de William 
Harvey (1578-1657), de Folkestone, en Kent, que estudió en Padua (1599 
a 1603) como discípulo de Fabricius y de'Casserius, y cuya obra ha ejer- 




William Ilarvey (1578-1657) 

cido una influencia más profunda en la medicina moderna que la de nin- 
gún otro hombre, exceptuando Vesalio. El mundo ha «oído grandes ar- 
gumentos» respecto del mérito y la esencia del De motu cordis; pero los 
sencillos hechos que vamos a exponer parecen irrefutables. La observa- 
ción de que la sangre está en movimiento puede muy bien haberse ocu- 
rrido a cualquier hombre primitivo que haya podido herir a un animal 



(1) Esta obra puede colocarse al lado de los Principios de Newton, por el he- 
cho d< t que combate enérgicamente las corrientes supersticiones árabes de Lns 
mil y una noches ¡ atribuyendo la desviación de la brújula a las «montañas magnéti-' 
Cas» O a la influent ia magnética de l'»s astros, y la antigua creencia de los marinos 

de que el ajo destruye el poder magnético. Después de una acabada investigación 
de las propiedades de la piedra imán, Gilbert establece el teorema de que la Tie- 
rra misma es un gigantes* o magneto esférico; una proposición que ha sido el pun- 
to de partida de las obra lientes de las variaciones magnéticas terrestres, 



EL SIGLO XVII 247 

vivo, o ver abrirse una arteria durante la vida. La idea de que este movi- 
miento sea realmente continuo o constante puede muy bien haber nacido 
en un antiguo griego o egipcio, lo mismo que cualquier otra hipótesis 
puede haberse originado en Moscow o en Iliria en los tiempos de Har- 
vey. El falso concepto de Galeno acerca de los poros del tabique interven- 
tricular llevó todas las especulaciones durante el siglo xiv a través de un 
camino erróneo, y el mismo Servet, que llegó cerca de la verdad, pudo 
únicamente admitir que parte de la sangre (no toda) daba una vuelta a 
través de los pulmones. En el diseño que Vesalio había hecho indicando 
la cercana proximidad de las ramas terminales de las venas y de las arte- 
rias (i), la verdad a propósito de la circulación había quedado literalmen- 
te clavada ante todo observador que tuviese ojos para ver o ingenio para 
descubrir. Pero los anatómicos continuaban viendo a la luz de las propo- 
siciones de Galeno. Cesalpino fué el único que tuvo una hábil conjetura. 
Columbus, a pesar de que dijo que la sangre experimentaba cambios en 
los pulmones, parece que no hizo mas que apropiarse las ideas de Miguel 
Servet. Pero Harvey, que conocía toda la historia y la literatura del asun- 
to, hizo, en primer término, un cuidadoso examen de las teorías existen- 
tes, demostrando su inverisimilitud, y después procedió a la experimen- 
tación, vivisección, ligaduras e inyecciones, para llegar a poder demos- 
trar, de un modo inductivo, que la función del corazón, como una bomba 
impulsiva muscular, es impeler la sangre a lo largo de los vasos, y que el 
movimiento de la sangre es continuo y en un ciclo o círculo. Este ha sido 
el punto de partida de la explicación puramente mecánica de los fenóme- 
nos vitales. La crux de los argumentos de Harvey — de que la cantidad y 
velocidad actuales de la sangre, calculadas por él, hace físicamente impo- 
sible que ésta pueda hacer otra cosa que volver al corazón por los vasos 
venosos — ha sido la primera aplicación de la idea de medida a una inves- 
tigación biológica, y si él hubiera escogido para exponer su descubri- 
miento el lenguaje del Algebra (usando el símbolo de la inadecualidad), 
hubiera desde entonces encontrado su lugar apropiado en la aplicación 



de las corrientes magnéticas y de la formación de los mapas de los campos mag- 
néticos por Halley, Gauss y Sabine. 
El florido encomio de Dryden: 

«Gilbert descubrirá el fin de la viva educada piedra imán», 

es verdadero desde el punto de vista de la cronología humana, pero no en los 
tiempos siderales o geológicos. Gilbert es también digno de recuerdo por haber 
descubierto la electricidad por fricción, a la que dio el nombre del ámbar (jiAexxpov) 
empleado. 

(i) Vesalio: Fábrica, Basilea, 1543; páginas 262, 268, 295, 305, 311, y la lámina 
del lado opuesto, 312. Véase W. A. Locy: Biology and its Makers, New- York, 1908; 
páginas 45"5°. 



2 4 8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

de la física matemática a la Medicina. La importancia de la obra de Har- 
vey, por consiguiente, no es tanto el descubrimiento en sí de la circula- 
ción de la sangre como su demostración cuantitativa o matemática. Con 
su descubrimiento la Fisiología se pudo convertir en una ciencia dinámica. 
Al afirmar que el corazón es una máquina-bomba muscular, Harvey 
pudo dar crédito a la doctrina «miogénica» de su autonomía (Galeno) } 
que, de todos modos, pronto había de verse desplazada por la idea de 
Borelli de que la fuerza cardíaca tenía un origen neurogénico. Los dos 
puntos de vista han seguido frente a frente hasta la época actual. Al esfor- 
zarse en localizar el poder motor en el músculo mismo, en sus intentos de 
explicar la función de la sangre y de los pulmones, Harvey cayó dentro 
del habitual misticismo medieval. 

El brillante ensayo del difunto doctor John G. Curtis sobre las ideas de Har- 
vey (i) nos da una clara luz acerca de los errores cometidos por el gran fisiólogo al 
filosofar. Aristóteles ha enseñado la doctrina de la supremacía del corazón, que es 
el domicilio central de la vida y del alma, el foco de donde emana el fuego gene- 
rativo animal, una cosa diferente del fuego elemental, estéril, y que del corazón se 
derivan la sangre y los vasos sanguíneos. Harvey traslada esta supremacía a la san- 
gre, de la cual el corazón es sólo un instrumento, una bomba para ponerlo en mo- 
vimiento. Ha basado sus puntos de vista en su observación de que en la línea pri- 
mitiva del embrión del pollo, la sangre existe aparentemente antes del pulso, como 
«un punto que salta», que en el huevo frío se calienta por la presión de los dedos, 
«renovando su primitiva danza como si volviese de los infiernos». La fibrilación de 
aurícula en un corazón moribundo o en descanso la tomó él, equivocadamente, por 
una prueba de que la sangre es la última parte que muere en el cuerpo humano, 
sin embargo de haber sido el primero que ha conseguido hacer revivir un corazón 
inmóvil por medio de la adición de líquido (humedeciéndolo con saliva). El que el 
cuerpo es, en cierto sentido, la expresión del alma; el que el alma del hombre es, 
según la frase de Sherrington, la propia integración de todo su ser; el que «el 
alma no está en el cuerpo, sino el cuerpo en el alma», no le era dado verlo; para 
el alma de Aristóteles y de los antigos (^X^' ánima) era un concepto vago, exis- 
tiendo en los tres géneros: el nutritivo, el sensorial y el intelectual. Siguiendo a su 
maestro, y lo mismo que Descartes, Harvey quiso localizar el alma en alguna par- 
te, y así, hizo revivir la antigua opinión de Critias, de que «el alma está en la san- 
gro. El alma no está, como en Aristóteles, asociada con el calor innato generativo, 
«análogo a los elementos de las estrellas», sino que la sangre misma es «el calor 
innato u hogar psíquico primeramente nacido», al paso que la circulación misma 
llega a ser análoga con el movimiento giratorio de los cuerpos celestes. La causa 
del pulso ventricular del corazón es atribuida a la distensión del ventrículo por me- 
dio de la contracción de la aurícula, pero la distensión de la aurícula disminuye 
por la aristotélica ebullición de la sangre caliente; y a pesar deque él conocía, como 
Galeno, el poder contráctil del músculo, y que el excindido corazón vacío puede 
latir separado del cuerpo, Harvey no logró explicarse la contracción simultánea de 
ambas aurículas La doctrina del corazón, como un mecanismo automático por con- 
tráctiles impulsos que pasan desde la célula muscular a la célula muscular, es la 
obra de Gaskell y de Engelmann. Finalmente, aunque Hipócrates ha pensado que 
algo derivado deJ aire penetra en el corazón y se distribuye desde él por el cuer- 
po, y a pesar de que Colombus infería que la sangre se cocía en los pulmones pol- 
la me» la con el aire inspirado, Harvey se sumó a la antigua doctrina de que la fun- 
i ion respiratoria tenia poi objeto refrescar la Bangre (aliente. Finalmente, decía 



(i) J. G. Curtis: Harvey's Viws on the Circulation (ed.F. S.Lee), New- York, 1915* 



EL SIGLO XVII 249 

que el feto no debía necesitar esta refrigeración, y, por último, resumía el proble- 
ma como «un enredado asunto». Así, Harvey, en sus especulaciones, estaba más al 
lado de los filósofos (Aristóteles) que de los médicos (Galeno); pero esto no puede 
restarle nada de su innegable mérito como investigador. Sus puntos de vista, sin 
embargo, retrasaron durante largo tiempo el desarrollo de la verdadera fisiología 
de la respiración. 

El descubrimiento de la circulación de la sangre en sí mismo era, en 
realidad, el acontecimiento más notable de la historia de la Medicina des- 
de los tiempos de Galeno. Aunque era completamente opuesto a la pe- 
dantería de Riolano (i), Gassendi, Wormius y otros, fué pronto conside- 
derado como tal por los espíritus más capaces de la época, incluso Rol- 
fink, Sylvius de la Boé, Bartholinus, Ent y Pecquet. Jan de Wale (1604-49), 
o Walaeus, en particular, demostró que las incisiones en el lado opuesto 
de una ligadura aplicada a un vaso sanguíneo aislado causa la salida de la 
sangre de un modo fuerte, impetuoso, conforme con la dirección en que 
va la corriente; de esta manera suministraba una prueba demostrativa del 
descubrimiento de Harvey, conforme con las leyes de la hidrodinámica 

(1640) [2]. 

La publicación del otro tratado de Harvey De generatione animalium 
(1561) es importante en la historia de la Embriología y motivo de fre- 
cuentes disputas. Algunos escritores han tratado de exagerar los méritos 
de Harvey por encima de las justas reclamaciones de hombres como Mal- 
pighi y von Baer. De todas las apreciaciones hechas, las de Huxley conti- 
núan siendo las más justas y las más acertadas. En sus demostraciones de 
la circulación, Harvey no ha tenido mas que una laguna, a saber, las anas- 
tomosis capilares entre las arterias y venas, que, no teniendo microscopio, 
no pudo descubrir. En sus investigaciones acerca del embrión, su minu- 
ciosa y paciente obra de varios años ha sido empujada a un impasse por la 
misma razón, porque los manuscritos que contenían sus dibujos y otros 
resultados de su investigación fueron destruidos por las tropas parlamen- 
tarias que invadieron su cámara en Whitehall en 1642. Largo tiempo an- 
tes que Wolff y von Baer sostuvo él, como pura teoría, la doctrina de la 
«epigénesis», de que el organismo no podía existir encajado o preforma- 
do en el huevo, sino que se desenvuelve por la gradual formación y agre- 
gación de sus partes. Ahora bien; a causa de su imposibilidad de ver mi- 
croscópicamente, su idea de la fecundación era errónea por completo, 
porque él creía que la fertilización del huevo era algo «incorpóreo», «como 
el hierro tocado por el imán es provisto del poder de éste». Con tal mis- 



(1) Huxley caracteriza a Riolano como «un filisteo timpanítico, que ninguno 
hubiera sido peor, por unas incisiones peco agudas». 

(2) Walaeus: Epistolae duae, 1640 (in T. Bartholinus, Anatomía, Leyden, 1541; 
páginas 539-541, lámina). 



250 HISTORIA DE LA MEDICINA 

ticismo, la famosa frase Omne vivum ex ovo (i) se puso en contradic- 
ción consigo misma, supuesto que se negaba la continuidad del plasma 
germinativo. Su verdadera importancia, en las manos de Harvey, era la de 
que destruía el antiguo concepto de que la vida se engendraba de la co- 
rrupción o putrefacción; una idea siempre familiar en el oficio de difun- 
tos (2). 

Además del De motu cordis (Francfort, 1628) [3] y del tratado de la generación 
(165 1) debemos mencionar el facsímile reimpreso del manuscrito «Notas para las 
Praeleciiones ayiatomicae de la fundación Lumieiana» (1616), que demuestran que 
Harvey había completado su descubrimiento déla circulación de la sangre y que 
había estado estudiando doce años antes de darlo a la imprenta. 

Harvey, tal como le describe Aubrey, era de corta estatura, con bri- 
llantes ojos negros y cabellos negros también, como el ala del cuervo; de 
«complexión como el artesonado, vivo, despierto, colérico, tocando fre- 
cuentemente con los dedos el puño de su daga. La semejanza de su cabeza, 
finamente dibujada, con la de Shakespeare es asunto de discusión. Como 
muchos experimentadores, era un práctico indiferente. Sin embargo, él no 
vivía aislado y encerrado, sino altamente honrado por los negocios mun- 
danales de su época, como lo atestigua su publicidad como lector en 
Lumleiam, sus largas relaciones con Carlos I, su asistencia a la autopsia 
del «viejo Parr» o su clemente intervención en el asunto de «los últimos 
hechiceros de Lancashire». Aunque no era un devoto de las musas, era, 
en el más fino sentido, «un maestro de las otras armonías de la prosa» 
(Dryden). El ha escrito, por ejemplo, la descripción impresionista de las 
Bass Rock en una buena traducción inglesa. Es una pintura hecha con la 
pluma, que muchos modernos prosistas hubieran deseado firmar. Habien- 
do sobrevivido lo bastante para haber dominado la oposición y haber 
visto aceptado su descubrimiento, Harvey se preparaba para aproximarse 
a la muerte con la tranquila auto-posesión de su raza, llegando al fin con 
toda sosegada resolución a la edad de setenta y nueve años. Aunque nun- 
ca hizo ostentación de piedad, su testamento, con sus liberales donaciones 
a-los pobres de su ciudad natal, revela el ideal del caballero cristiano, de- 



(1) Primeramente expuesto por Francesco Redi en esta forma: Omne vivum ex 
vivo. 

(2) Para un detenido estudio de este asunto véase el admirable ensayo del di- 
funto profesor W. K. Brooks sobre Harvey as Embryologist en el Bull. 'Johns Hop' 

Hosp. t Baltimore, 1897; ^ '"> páginas 167-174. 

La probab e razón de imprimir Harvey el ExercUatio en Francfort a. M.era 

■ íudad el centro del comercio continental de libros hasta después 

de la Guerra de Treinta Años, y que había allí cada semestre un mercado de libros 
I que podían verse todos los libios nuevos del mundo, y que era esperado por 
de bundles (William Stirling). 



EL SIGLO XVII 251 

licadamente solícito hacia todos sus íntimos, declarándose el más humil- 
de servidor de sir Charles Scarborough. 

Aunque la publicación por Harvey de su descubrimiento le produjo 
un descenso inmediato en su práctica, sus efectos sobre la ciencia médica 
fueron tan definitivos y más poderosos que los de la Fábrica. El siglo xvn 
ha sido la gran época de las investigaciones anatómicas especializadas, a 
la vez que notable por una larga serie de descubrimientos individuales y 
de investigaciones, casi todas de gran importancia para la Fisiología. La 
más antigua de estas conquistas de los anatómicos post-vesalianos ha 
sido la de poner en claro el error galénico de que las venas y los linfáti* 
eos del intestino acarreaban el quilo al hígado. 

Este error había sido destruido por el descubrimiento de los vasos quilíferos, 
en 1662 (1), por Gasparo Aselli (1581-1626), que pensaba que ellos iban al hígado, 
corrigiéndose esta equivocación por el descubrimiento del conducto torácico y del 
receptáculo del quilo por Jean Pecquet (2) [1622-74] y de los linfáticos intestinales 
y de su conexión con el conducto torácico por Olof Rudbeck (3) [1630- 1702], de 
Suecia, en 1651. Este último descubrimiento es disputado en su prioridad por el 
danés Thomas Bartholinus (1616-80) [4], en 1653, y por Jolyff, un inglés que no pu- 
blicó sus reclamaciones. Inmediatamente vino el descubrimiento del conducto pan- 
creático en la sala de disección de Vesl.ing, en Padua, por su prosector Georg 
Wirsung, en 1642 (5), para ser seguido, en orden cronológico, por los importantes 
descubrimieatos ingleses del antro de Higmore, en 1651 (6); de la cápsula de Glis- 
son, en 1654 (7); del conducto de Wharton, en 1656 (8); del exágono de Willis, en 
1664 (9); del tratado de Richard Lower del corazón como músculo, en 1669(10); del 
descubrimiento de Clopton Havers de los conductos de Havers, en 1691 (11), y de 
las glándulas de Cowper, en 1694 (12). Italia se distingue por el descubrimiento de 
las anastomosis capilares en los pulmones por Malpighi, en 1661 (13); descubrimien- 
to que viene a llenar la laguna existente en la obra de Harvey; por la obra de Lo- 
renzo Bellini acerca de la estructura de los ríñones (1662) [14]; y por la descripción 
de Antonio Pacchtoni de las llamadas granulaciones de Pacchioni (1697) [15]. Ale- 
mania es notable por el clásico tratado de las membranas nasales, de Conrad Vic- 
tor Schneider De catarrhis, 1Ó60); por Ja demostración, por Meibom, de las glándu- 



(1) G. Asselly: De lactibus, Milán, 1627. Este tratado aparece ilustrado por un 
abigarrado grabado en madera, impreso en rojo obscuro; por consiguiente, el pri- 
mer grabado anatómico coloreado. 

(2) J. Pecquet: Experimenta nova anatómica, París, 165 1. 

(3) O. Rudbeck: Nova exercitntio anatómica exhibens ductus hepática aguosos et 
vasa glandularum serosa, Westeras, 1653. 

(4) Th. Bartholinus: De lacteis thoracicis, Copenhague, 1652. 

(5) Recordado en una singular y rara lámina de cobre de 1642. 

(6) N. Highmore: Corporis humani disguisiiio anatómica, Haghe, 1651. 

(7) F. Glisson: De hepate, Londres, 1654. 

(8) Th. Wharton: Adenograpkia, Londres, 1656. 

(9) T. Willis: Cerebri anatome, Londres, 1664.' 

(10) R. Lower: Iractatus de corde, Londres, 1669. 

(11) C. Havers: Osteología nova, Londres, 1691. 

(12) W. Cowper: Glandularum \ guar -un 'dam... descriptio, Londres, 1702. 

(13) M. Malpighi: De pulmonibus, Bolonia, 1661. 

(14) L. Bellini: De structura renum, Florencia, 1662. 

(1 5)""" A. Pacchioni: Diss, epistolaris de glandulis conglobatis durae meningis huma- 
#tf¿, Roma, 1705, 



252 HISTORIA DE LA MEDICINA 

las de la conjuntiva (1666) [1]; por la demostración, por Kerckring, de las válvulas 
conniventes intestinales (1670) [2], y por el descubrimiento, por Brunner, de las 
glándulas del duodeno (1682) [3]; y Holanda, por las innovaciones de Ruysch en 
las inyecciones anatómicas (1665) y por sus múltiples descubrimientos; verbigra- 
cia: las válvulas de los linfáticos (1665) [4]; por la fiel descripción del ovario y del 
folículo ovárico, por De Graaf (1672) [5], y por las glándulas y conductos de Nuck 
(1685) [6]. El obispo Stensen (Nicholaus Steno) [1638-86], de Dinamarca, descubre 
el conducto parotideo en 1662 (7), y Johan Conrad Peyer (1653-1712), de Suiza, 
describe los folículos linfáticos del intestino delgado (1677) [8], que desempeñan 
tan importante papel en la fiebre tifoidea. En Francia, José Guichard Duverney 
(1648-1730), profesor de Anatomía de la Facultad de París, realiza importantes in- 
vestigaciones acerca de la estructura del oído interno, que le inducen a escribir el 
primer tratado de Otología (1683); y Raymond Vieussens (1641-17 16), profesor de 
Montpellier, llevó a cabo importantes estudios de la anatomía del sistema nervio- 
so (neurología universalis, 1685), de la posición, estructura y patología del corazón 
(1706-15) y de la estructura del oido. Vieussens ha sido el primero que ha dado 
una correcta descripción del ventrículo izquierdo, de la dirección de los vasos co- 
ronarios, de la válvula de la vena coronaria y del centro oval del cerebro. En sus 
numerosas autopsias había notado la importancia de las adherencias pericardíacas 
y las relaciones de las enfermedades del corazón con el asma y con el hidrotórax 
(1672-76). Ha expuesto el diagnóstico y los caracteres de los derrames pericardía- 
cos, y ha sido el primero que ha descrito la insuficiencia aórtica (1695) y I a esteno- 
sis mitral (17 15), dando los caracteres del pulso y los datos anatómicos. Ha descu- 
bierto también los efectos fermentativos de la saliva y ha reclamado la prioridad 
en el descubrimiento de un ácido en la sangre. 

Así como los grabados anatómicos en madera habían logrado su má- 
xima perfección en la época de Vesalio, el siglo xvn se puede considerar 
como la época de las láminas grabadas en cobre. La ilustración anatómi- 
ca llega a su perfección con las hermosas láminas de algunas obras, como, 
por ejemplo, la Anatomía, de Govert Bidloo (Amsterdam, 1685); I a Ana- 
tomía, de Bernardino Genga (Roma, 1691); el Traite de la figure humai- 
ne, del pintor Pedro Pablo Rubens (i 577-1640), que ha sido publicado más 
de cien años después de su muerte (1773); el Thesauri anatomía decern 
(Amsterdam, 1701-16), de Frederik Ruysch (1638-1731), o el Catoptrom 
microcosmicum (161 3), de Johann Remmeltn (1683), uno de los más antiguos 
atlas anatómicos que tienen láminas sobrepuestas (9). Una admirable unión 
de la seguridad científica con la perfección artística ha sido alcanzada en 
la Tabulae anatomicae (1627), de Giulio Casserio (1561-1616), o Casserius, 



(\) II. Mcibom: De vasis palpebrarum, Helmstadt, 1666. 
(2) Th. Kerckring: Spicilegium anatomicum, Amsterdam, 1670. 
I . ( '. Brunner: Glandulae duodeni, Francfort, 1687. 
I-. Ruysch: Üilucidatio valvularum, Hague, [665. 

k. de ( rraaf: De mulierum organis generatione inservientibus, Leyden, 1672. 
\ Nuck: De ductu salivali novo, Leyden, 1685. 
7 X. Steno: Observationes anatomicae, Leyden, [662. 

I C Peyer: De glandulis intestinorum % Schaffhausen, 1677. 

meamente atribuida porBaas al publicista Stephan Mlchelspacher. La 
idea <\<- representar las relaciones anatómicas por medio de láminas superpuestas 
había sido ya un carácter del Renacimiento, I as Fliegende Blditer han sido sugeri- 
das por Vesalio y utilizadas en la Confirmatio (1567), de L. Thurnheysser, y en el 
de Bartisch 1 1583) [Choulant]. 



EL SIGLO XVII 253 

uno de los maestros de Harvey en Padua, cuyas «bellezas evisceradas», 
como las ha llamado el doctor Holmes, son más atractivas en el aspecto 
de sus partes disecadas que instructivas para auxiliar a los estudiantes. 
Estas láminas, análogas a las de Correggio, de Casserio, han sido añadi- 
das al atlas (1627) de Adrian van Spieghel (1 578-1625), o Spigelius, que 
escribió las leyendas impresas de las mismas y que de este modo se acre- 
ditó con el género exquisito de sus ilustraciones. El nombre de este autor 
ha quedado unido al lóbulo de Spigelius del hígado. Las 105 láminas de 
la Anatomía, de Bidloo, han sido ahora plagiadas gor William Cowper 
(1666-1709), cuya Anatomía del cuerpo humano (Oxford, 1698) es original 
únicamente en el texto y en nueve láminas suplidas por el mismo 
Cowper (i). Por su extravagante originalidad y la exquisita delicadeza de 
los detalles, las láminas dibujadas por Frederik Ruysch (1638-1731) [2] 
merecen una especial mención. El esqueleto, puesto en actitudes extrañas, 
con leyendas apropiadas al memento morí diversamente añadidas, y rodea- 
do de extraños reptiles, de monstruos hinchados, de plantas secas, de se- 
res de lo profundo del mar, etcétera, constituía el esquema decorativo 
favorito de lo antiguos anatómicos holandeses, cuyo humor fúnebre ha 
sido poetizado por el diálogo de Leopardi (3). 

Un importante auxilio exterior de la demostración de Harvey de la circulación 
de la sangre lo han constituido las inyecciones anatómicas, que fueron iniciadas por 
Swammerdam, De Graaf y Ruysch. Berengarius Carpi ha inyectado los vasos san- 
guíneos con agua templada; Stephanus, con aire; Eustaquio, con líquidos colorea- 
dos; Malpighi y Glisson, con tinta; y Willis ha descrito el exágono de su nombre 
inyectando el cerebro con aqua cocrata. Swammerdam prefería una preparación 
que se calentaba y se inyectaba líquida, solidificándose después. Primeramente 
usaba el sebo; posteriormente, la cera, en 1677. En 1668 De Graaf emplea para es- 
tas inyecciones una jeringa apropiada (De usu syphonis), e inyectó los vasos esper- 
máticos con mercurio. En 1680 Swammerdam se convenció de la impiedad de la 
Anatomía, y se unió a una fanática secta religiosa. Pero antes de proceder de este 
modo publicó su método para divulgarlo, enviando una preparación a la Royal 
Society en 1672, y enseñándolo especialmente a Ruysch. Este último introduce el 
gran adelanto de aplicar el microspio a la inyección de los vasos finos. Este proce- 
dimiento fué aplicado por Monro, primus; Lieberkühn, Prochaska, Gerlach y otros, 
hasta llegar a las maravillosas inyecciones de la época de Hyrtl en dos, tres y cua- 
tro colores diferentes (4). 

El primer ensayo imperfecto de anatomía comparada ha sido hecho por Marco 
Aurelio Severino (1580-1656), cuya Zootomia Democritac (1645) es anteriora Malpi- 
ghi, Leeuwenhoek y Swammerdam. Los grabados en madera demuestran las visce- 
ras de los pájaros, peces y mamíferos, con algunas fases de su desarrollo, y a pesar 
de las semejanzas comparativas que se han hecho, esta obra es el único libro de su 
género publicado antes del siglo xvm. 



(1) Bidloo ha protestado de esto en su Gulielmus Cowper, criminis liter arii ci- 
iatus (Leyden, 1700). 

(2) Ruysch: Thesauri anatomici, Amsterdam, 1 701- 17 16. 

(3) Giacomo Leopardi: Dialogo di Federico Ituysch e dclle sue mummie en la co- 
lección de sus obras. 

(4) W. W. Keen: Early History of Practical Anatomy , Filadeliia, 1874, passim. 



254 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Un notable anatómico comparado ' del' siglo xvn ha ] sido Edward Tyson 
1^1650-1708), de la Universidad de Cambridge, donde se graduó en 1678, dando lec- 
turas de Anatomía a los barberos-cirujanos hacia 1699. Tyson ha sido el primero 
en publicar monografías elaboradas acerca de la estructura de los animales infe- 
riores; sus Memorias acerca de la anatomía del puerco marino (1680), de la culebra 
de cascabel (1683) y sus disecciones de algunos animales parásitos, como el lum- 
bricus latus, el lumbricus teres (ascaris lumbricoides) y lumbricus hydropicus (hi- 
datides), constituyen un gran adelanto sobre la A?iatomia Porci, de Copho, el pri- 
mer ensayo de este género. Las glándulas de Tyson, del prepucio, recuerdan sus 
estudios; pero sus investigaciones más importantes en la ciencia son las contenidas 
en el Ürang-Outang, sive Homo sylvestris (1699), el primer libro de morfología com- 
parada. En este libro Tyson compara la anatomía del hombre con la de los monos, 
y entre unos y otros coloca lo que él creía ser un típico pigmeo — en realidad, un 
chimpancé — , cuyo esqueleto se encuentra en la actualidad en el Museo de Histo- 
ria Natural de Kensington. Este ha sido el origen de la «errónea idea de grado in- 
termedio», que algunos confunden con el verdadero darwinismo. La obra de Tyson 
concluye con un ensayo terminal en el que sostiene que los sátiros, egipanos, cino- 
céfalos y otras criaturas míticas de los antiguos «son todos, unos y otros, monos y 
no hombres, como antiguamente se ha pretendido» (1). Esta hipótesis ha sido acep- 
tada por Buffon, y la existencia de razas humanas semejantes al mono, o pigmeos, 
eran dudadas hasta que Quatrefages (1887) [2] y Kollmann (1894) [3] probaron que 
habían existido y existían en el tiempo y el espacio. 

Otra importante contribución a la Antropología era la idea de las «líneas cefa- 
lométricas» concebidas por el anatómico Spieghel, y que, como dice Meigs (4), «pue- 
den, no obstante, ser consideradas como el más antiguo intento de las mediciones 
craneales». Estas lineae ceplialometricae, cuando eran iguales en longitud a las de 
otro, constituían el criterio de Spieghel de un cráneo normalmante proporcionado, 
y Meigs observa que, «al ir ascendiendo en la escala zoológica, se van aproximan- 
do a la igualdad, en la misma proporción en que la cabeza medida se va aproxi- 
mando a la forma humana». 

La Anthropometria (1654), de Johan Sigismund Elsholtz (1623-88), es en todos 
sus puntos un tratado científico ilustrado, siguiendo las líneas establecidas por 
Durero. ' 

La invención del microscopio (5) abrió una nueva ruta a la Medicina 
en la dirección del mundo invisible, como el telescopio de Galileo había 
dado un vislumbre del vasto infinito en Astronomía. El más antiguo de 
los microscopistas era el erudito jesuíta Athanasius Kircher (ió02-8o), de 
Fulda, que era a la vez matemático, físico, óptico, orientalista, músico y 
virtuoso, tanto como médico, y que probablemente ha sido el primero en 
emplear el microscopio en la investigación de las causas morbosas. En su 
Scrutinium pestis (Roma, 1658) no sólo detalla siete experimentos sobre la 
naturaleza de la putrefacción, demostrando cómo se desarrollan gusanos 
y otras criaturas vivas en la materia cuando va destruyéndose, sino que 
encuentra, además, que la sangre de los enfermos de peste aparecía llena 



(1; Véase A. C. Haddon: History of Anthropology, New- York y Londres, 1910; 
páginas 15 y 16. 

(2) \. Quatrefages: Les Pygmcrs, París, 1887. 

). Kollmann: Pygmáen in h'.uropa, 1894. 
(4) J. A. Mri<¿s: \ . Amer. \teJ.-Chir. Reo,, 1 86 1 ; V, pág. 840 (citado por Haddon). 
¡La historia antigua del microscopio es algo complejo e indefinido. Un ex- 
resumeo de ello ha dado Charles Singer: Proc. Roy. Soc. Med. (Sect. Hisi\ 
Mcd.j, Londres, 191 y 1 4; VII, páginas 247-279. 



EL SIGLO XVII 



255 



de innumerables generaciones de «gusanos*, no perceptibles a simple 
vista, pero que se podían encontrar en toda materia putrefacta si se exa- 
minaba al microscopio. Aunque los «gusanos» de Kircher, como dice 
Friedrich Loeffer (i) no serían probablemente otra cosa que grumos de 
pus y pilas de glóbulos rojos, por no ser posible la observación de los ba- 
cilos de la peste con un microscopio de 32 diámetros de aumento, sin em- 
bargo, está completamente dentro de los límites de lo posible que él hu- 
biera podido ver los microorganismos más grandes, e indudablemente ha 
sido el primero en exponer en 
términos explícitos la doctrina 
de un contagium animatum como 
causa de las enfermedades infec- 
ciosas. En su Physiología Kirche- 
riana ha sido también el primero 
en recordar un experimento de 
hipnotismo (1680) [2]. Otro anti- 
guo trabajador del microscopio 
ha sido Robert Hooke (1635 
y 1703), un genio de la Mecáni- 
ca que se ha anticipado a mu- 
chos descubrimientos e invencio- 
nes y que ha hecho reclamación 
de todo lo que se ha podido 
idear en el período en que ha vi- 
vido. La Monographia de Hooke 
(Londres, 1665) contiene mu- 
chas bellas láminas representan- 
do la histología de los organis- 
mos vegetales, siendo el primero que emplea la palabra «célula» en su 
conexión. Este libro es el inspirador, probablemente, de la obra de Ne- 
hemiah Grew (1641-1712) de histología y fisiología vegetales (167 1 -82J. 
Grew, según le califica Haller, era «un laborioso observador de la Natu- 
raleza en todas direcciones», y probablemente ha sido el primero en ob- 
servar el sexo de las plantas. 

Jan Swammerdam (1637-80), cuyo interés por la Historia Natural se ha- 
bía despertado por el hecho de que la farmacia de su padre contenía la 
más completa colección de la fauna exótica que existía en Amsterdam y 




Athanasius Kircher (1602-80) 



(1) Fr. Loeffer: Vorlesungen über die gescliichtliche Rntwicklung der Lehre von 
den Bacterien, Leipzig, 1887; páginas 1 y 2. 

(2) Kircher ha tratado también del poder curativo del magnetismo en su Mag- 
ues sive de Arte Magnética (1643), q ue contiene una descripción del «tarantismo». 



256 HISTORIA DE LA MEDICINA 

era ya muy hábil en la disección microscópica largo tiempo antes de que 
comenzase a estudiar Medicina. Habiéndose desarrollado literalmente entre 
ejemplares zoológicos, nunca ejerció la Medicina, pero consagró su corta 
vida a la difícil y espléndida tarea de estudiar la anatomía microscópica y 
la Embriología. Su carrera ha sido la de un entusiasta hombre de ciencia, 
que vive según el principio de aliis inserviendo consumor, y su mejor labor 
es la que se contiene en la enorme Bybel der Natuur, que ha publicado 
Boerhaave largo tiempo después de su muerte (Amsterdam, 1737), com- 
prendiendo unas 53 láminas, con exactas descripciones, dando la anato- 
mía fina de las abejas, moscas de mayo, caracoles, ranas y sapos. Los di- 
bujos de esta colección sobrepasan a todos los de las obras contemporá- 
neas en exquisita delicadeza y en precisión de detalles. Swammerdam ha 
sido el primero en descubrir y en describir los glóbulos rojos de la san- 
gre (1658); asimismo descubrió las válvulas de los linfáticos (1664) y el 
hecho médico-legal de que el pulmón fetal flota en el agua desde el mo- 
mento en que la respiración ha tenido lugar (1667), y en 1677 ideó el mé- 
todo de inyectar los vasos sanguíneos con cera; método que ha sido luego 
reclamado por Ruysch. Era, además, fisiólogo experimental ( I ), estudiando 
los movimientos del corazón, los pulmones y los músculos por medio de 
los métodos pletismográficos, que son casi modernos. 

Un microscopista muy grande ha sido Antonj van Leeuwenhoek, de 
Delft (1632- 1723), que, como heredero de fuertes y acomodados cervece- 
ros, llevó una vida cómoda, la mayor parte de la cual fué dedicada al es- 
tudio de la Historia Natural. Tenía unos 247 microscopios, con 419 lentes, 
en su mayoría construidos por él mismo, y envió 26 microscopios a Londres 
como regalo a la Royal Society, de la que fué nombrado miembro en 1680. 
Los directores de la Compañía de las Indias Orientales le enviaban ejem- 
plares, y hasta Pedro el Grande visitó su colección en 1 689. Leeuwenhoek 
era un hombre fuerte, de una maravillosa habilidad, y durante su vida en- 
vió más de 375 escritos científicos a la Royal Society, y 27 a la Academia 
Francesa de Ciencias. Esta Ontledingen en Ontdekkingen (Ley den, 1696) 
contiene, además de una labor extraordinaria en histología animal y vege- 
tal, algunos descubrimientos de capital importancia en Medicina. Leeuwen- 
hoek ha sido el primero en describir los espermatozoides (originalmente 
señalados a él por el estudiante Hamen en 1674); dio el primer estudio 



(1) Para un buen estudio de La obra de Swammerdam en Fisiología véase 
W. Stirling: Some Apostle* o) Physiology, Londres, 1902, páginas ,uy 135, con intere- 
saotes grabados. La vida de Swammerdam ha sido el objeto de fascinadora «nove- 
la culto-histórú a por Hermann Klencke, titulada Swammerdam oder dieOfferiba- 
rung derNatm \ rols., Leipzig, 1860), cuya lectura resulta muy interesante por la 
luz que no a de la vida social y de las condiciones culturales del siglo xvu. 



EL SIGLO XVII 



257 



completo de los glóbulos rojos de la sangre (1674); descubrió el carácter 
estriado de los músculos voluntarios y la estructura del cristalino; fué el 
primero que vio los protozoos al microscopio (1675); encontró microorga- 
nismos en los dientes, dando por primera vez figuras exactas de las cade- 
nas microbianas y agrupaciones bacterianas, así como de los espirilos y 
bacilos aislados (17 de septiembre de 1683), y demostró las anastomosis 
capilares entre las arterias y las venas, que ya había visto Malpighi en 




Antonj van Leeuwenhoek (1632-1723) 



1660, sin concederlas demasiada importancia. El descubrimiento de Mal- 
pighi y la labor de Leeuwenhoek en la circulación capilar eran los que com- 
pletaban, finalmente, el descubrimiento de Harvey. El retrato de este in- 
fatigable trabajador nos le muestra como una figura fuerte, resuelta, en 
cuya cara encuentra Richardson «la tranquila fuerza de un Cromwell y la 
delicada ironía de un Spinoza*. 

Sin embargo, el más grande de los microscopistas ha sido Marcello 
Malpighi (1628-94), el fundador de la Histología, que fué profesor de Ana- 
tomía en Bolonia, Pisa y Messina y médico del Papa Inocencio XII 
(1691-94). Famoso en Biología por sus trabajos acerca de la anatomía del 
gusano de seda y de la morfología de las plantas, hizo época en la histo- 
ria de la Medicina con sus investigaciones sobre la embriología del pollo 
y la histología y fisiología de las glándulas y las visceras. Las 12 láminas 

Historia db la Mbdioiha. — Tomo I 1? 



258 HISTORIA DE LA MEDICINA 

que acompañan a sus Memorias a la Royal Society, De formatione pulli in 
ovo (1673) y De ovo incubato, le convierten en el fundador de la embrio- 
logía descriptiva o iconográfica, siendo superiores a todas las obras con- 
temporáneas que se habían hecho sobre la materia en la exacta anotación 
de algunos detalles, como los arcos aórticos, el repliegue cardíaco, el surco 
neural y las vesículas cerebrales y ópticas. Malpighi describió los glóbulos 
rojos en 1665 (siete años después de Swammerdam) como «glóbulos 




Marcello Malpighi (1628-94). (De un retrato de Tabor en la Royal Society) 

gruesos, de aspecto como un rosario de coral rojo». El descubrió la red 
mucosa, o capa de Malpighi, de la piel, y demostró que las papilas de la 
lengua eran órganos del tacto. A pesar de todo, su mejor obra es De pul- 
monibus (l66l), que destruyó la concepción corriente del tejido pulmo- 
nar como «parenquimatoso», demostrando su verdadera naturaleza vesi- 
cular, las anastomosis capilares entre las arterias y las venas, y cómo la 
tráquea se continuaba por los filamentos bronquiales. De su descubrimien- 
to de los capilares (1660), Fraser Harris ha dicho perfectamente: «Harvey 
hizo de su existencia una necesidad lógica; Malpighi, una certidumbre his- 
tológica (l).> Su obra de la estructura del hígado, del bazo y del ri- 



(i) Nature, 29 de jimio de 191 1, página 584. 



EL SIGLO XVII 



259 



ñon (i) [1666] hizo avanzar mucho el conocimiento fisiológico de estos ór- 
ganos, y su nombre ha quedado fijo para siempre a las pirámides de Mal- 
pighi del riñon y del bazo. Su libro contiene también la primera referen- 
cia de aquellas formaciones linfadenomatosas (generalmente, proliferación 
de los linfáticos con nodulos en el bazo) [2], que fueron, más adelante, com- 
pletamente descritas por Hodgkin, en 1832, ya las que denominó Wilks, 
en 1856, enfermedad de Hodgkin, o pseudo-leucemia. La vida privada de 
Malpighi estuvo amargada por los groseros ataques de su colega pisano 
Borelli y por la antigua enemistad 
(de la cual él soportó el choque) en- 
tre su familia y una tribu vecina 
que llevaba el siniestro y significa- 
tivo nombre de Sbaraglia. Como 
en los casos de Harvey y de John 
Hunter, algunas de sus mejores 
obras han quedado perdidas para la 
posteridad por la destrucción de 
valuables manuscritos. Personal- 
mente, Malpighi era una naturaleza 
noble, de bello semblante, de natu- 
raleza simpática, y en presencia de 
los enfermos, un pacienzudo y de- 
voto Asclepíade. El recuerdo de 
Malpighi es uno de los «más dul- 
ces y luminosos», y su capacidad 
para la observación corresponde a 
la indicación que ha hecho Tho- 

reau de que las leyes del Universo están «siempre al lado de lo más sen- 
sitivo». No es sólo uno de los nombres más grandes de la Medicina, sino 
también una de sus personalidades más atractivas (3). 

El primer rudo golpe a la doctrina de la generación espontánea lo ha 
dado el naturalista italiano Francesco Redi (1626-94), de Arezzo, que re- 
futó la idea, hasta entonces generalmente admitida, de que los gusanos y 
las larvas se desarrollan espontáneamente en la descomposición de la ma- 
teria (4). Puso carne en jarras, de las que dejó unas descubiertas y otras 




Francesco Redi (1026-94) 



(1) De viscerum structura, Bonn, 1666. 

(2) Ibidem, páginas 125 y 126. 

(3) Se ha descubierto un monumento a Malpighi en Crevalcuore el 8 de se- 
tiembre de 1897. 

(4) Experientia circa generationem insectorurn, Amsterdam, 1671. Se puede ad- 
útir también que Redi ha sido uno de los primeros en proceder al análisis de los 

alimentos. 



260 HISTORIA DE LA MEDICINA 

cubiertas con pergamino y gasa alambrada. En el tiempo oportuno apa- 
recieron gusanos en los dos primeros; pero en el último se desarrolló una 
masa encima de la gasa. Esta concluyente lección objetiva colocaba el 
asunto tan lejos como correspondía a la generación espontánea de las 
criaturas visibles. El descubrimiento de Leeuwenhoek de las bacterias y 
de las levaduras vegetales ha colocado la cuestión en otro terreno, y la 
aplazó hasta los tiempos de Schwann y de Pasteur. 

Aparte de las producciones micrográficas o morfológicas de los grandes botá- 
nicos del siglo xvii— Hooke, Grew, Malpighi — , existen algunas otras buenas obras 
de botánica sistemática o taxonómica. El botánico inglés John Ray (1627-1705) di- 
vidió en su Metliodus plant arum las plantas en floridas y sin flores (Londres, 1682), 
y, además, dividió la primera clase en monocotiledóneas y dicotiledóneas. Ray 
«estudió la planta en conjunto», como dicen los botánicos, en su clasificación. Ro- 
bert Morison (1620-83), el primer profesor de Botánica de Oxford, hizo una clasi- 
ficación sistemática de las plantas en 18 clases, dividiéndolas en leñosas y herbá- 
ceas, con flores y con frutos, al modo de Cesalpino (1672-80) [1]. Augustus Ouiri- 
nus Rivinus (1 652- 1 723), de Leipzig, clasificó las plantas por los pétalos de sus flo- 
res (1691-99) y escribió una introducción de Botánica (1690), ilustrando estas obras, 
con grandes gastos, por hábiles artistas. Escribió una Censura de preparaciones 
oficinales (1701), en la cual clasifica todos los remedios inútiles y no deseables; 
estudió las enfermedades de Leipzig y de Wittemberg, y enunció una pathologia 
anímala, atribuyendo la mayoría de las enfermedades a gusanos diminutos, con 
una especie de terapéutica antitóxica (Neuburger). Hacia el final de la centuria, el 
sistema favorito de clasificación de las plantas era el de Joseph-Pitton de Tour- 
nefort (1656-1708), el autor de los fc'/emcnts de Botanique (1694) y de las Institutio- 
nes Rei llerbariae (1700), en los que ha descrito 8.000 especies, distribuidas en 21 
clases, teniendo en cuenta la forma de la corola. Este sistema se ha sostenido 
hasta los tiempos de Linneo, que, lo mismo que Tournefort, ha exagerado la im- 
portancia de las flores como un fundame?itum divisionis. 

Las investigaciones zoológicas de Swammerdam, Leeuwenhoek, Redi y Mal- 
pighi han sido continuadas por la obra de Martín Lister (1638-1711), médico de la 
reina Ana; Olaus Worm (1 588-1654), el de los huesos vormianos; Antonio Vallis- 
nieri y otros, que, como los grandes maestros del siglo, derivaron la mayor parte 
de su atención hacia la Entomología. 

La medicina teórica del siglo xvn siguió, naturalmente, la ruta de la 
doctrina fisiológica, dividiéndose en esta marcha en dos direcciones: la 
iatromatemática y la iatroquímica. Grandes adelantos se habían hecho en 
Química por Boyle, Willis, Mayow y otros, y este período era preemi- 
nentemente una época de descubrimientos en Astronomía y Física ma- 
temática. Siguiendo a la publicación del tratado de Copérnico de la re- 
volución de los planetas alrededor del Sol (1543), Galileo ha inventado 
el telescopio en [609; Kepler ha expuesto las leyes que rigen el movi- 
miento planetario en 1609-18, y el establecimiento por Newton de la 
ley de la gravitación universal (1682) fué seguido de la publicación de 
sus Principia^ en [687. Los logaritmos fueron inventados por Napier 
iM \) y Briggs (1617); Descartes fundó la geometría analítica en 1637; 



1 Morison: Praeludia Botánica, 1672, y Plantarían Historia Universalis, 1680. 



EL SIGLO XVII 



261 



Pascal publicó sus contribuciones a la teoría de las probabilidades en 1654, 
a la vez que Newton creaba el cálculo diferencial en 1665-66 e instituía 
el teorema del binomio en 1 669. Von Guericke, burgomaestre de Mag- 
deburgo, inventó la bomba de aire en 1641; Torricelli, el barómetro, 
en 1643; y Hooke, el microscopio compuesto, en 1665. Tantos y tan im- 
portantes descubrimientos e inventos no podían dejar de tener influen- 
cia en la Medicina. La escuela 
iatromatemática, según la cual 
todo acontecimiento fisiológico 
será considerado como una con- 
secuencia rígida de las leyes de 
la Física, estaba representada 
por Descartes, Borelli y Sancto- 
rio. Los protagonistas de la es- 
cuela iatroquímica, que conside- 
ra todos los fenómenos como 
esencialmente químicos, son van 
Helmont, Sylvius y Willis. 

El De homine, de Rene Des- 
cartes (1662), es generalmente 
considerado como el primer li- 
bro de texto europeo de Fisiolo- 
gía, aunque en realidad no es 
otra cosa que una exposición teó- 
rica y popular de la materia. En 
este respecto sir Michael Foster 
lo ha comparado con los Prin- 
cipios de Biología, de Llerbert 
Spencer. Trata del cuerpo huma- 
no como una máquina, dirigida 
por un alma racional localizada 

en la glándula pineal. Descartes recoge la importancia dinámica del des- 
cubrimiento de Harvey; pero, como todos sus contemporáneos, era un 
teórico galenista al atribuir los movimientos del corazón al fuego o calor 
interno. En su tratado Des passions de l' ame (1649) ha dado el primer ex- 
perimento de la acción refleja — el conocido de hacer cerrar los ojos a una 
persona amagándole un golpe a los mismos — con una correcta explica- 
ción del fenómeno. 

El punto de vista mecánico del organismo humano ha sido aplicado 
de un modo riguroso por el matemático napolitano Giovanni Alfonso 
Borelli (1608-1679), cuyo De motu animalium (1680-81) sugiere en con- 




René Descartes (i5c ; 6-i65o > ) 



262 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



junto la idea de ser obra de un discípulo de Harvey. Discípulo de Gali- 
leo, Borelli aprovechó mucho de su larga asociación con su colega Mal- 
pighi, y su razonamiento, rigurosamente matemático, barría por completo 
muchas corrientes supersticiones acerca de la verdadera función de los 
músculos, los pulmones y el estómago. Trataba la locomoción, la respi- 
ración y la digestión (la función trituradora y mezcladora del estómago) 
como un proceso puramente mecánico. Sus últimas teorías de la acción 
muscular eran dudosas, como basadas en la errónea idea de que un 

músculo que se contrae, en rea- 
lidad aumenta de volumen por 
la fermentación que se produce 
en su substancia por un líquido 
descargado por los nervios — el 
succus nerveus — , con el que Bo- 
relli ha venido a substituir los 
«espíritus animales» de Galeno. 
De este modo, Borelli venía a 
dar origen a la doctrina neuro- 
génica de la acción del corazón, 
en virtud de la cual se atribuye 
la actividad del corazón a la ac- 
ción de los nervios extrínsecos o 
intrínsecos. 

La exageración de la doctrina 
iatrofísica en Italia fué lograda 
con el discípulo de Malpighi, 

Giovanni Alfonso Borelli (1608-79) Giorgio BaGLIVI (1668-I/O6), al 

que Clemente XI llamó a la cá- 
tedra de teoría médica del Collegio della Sapienza. Disgustado, como 
un estudiante, con el hecho de que la práctica médica no fuera larga- 
mente guiada por la experiencia, sino que se había convertido en un 
monstruoso conjunto de opiniones heteredoxas, Baglivi imaginó un sis- 
tema teórico propiamente suyo. 




Él empujó la alegoría mecánica hasta el extremo, dividiendo la máquina huma- 
na en innumerables máquinas más pequeñas, comparando los dientes a tijeras, la 
jaula torá< ¡< a a un fuelle, el estómago a una redoma, las visceras y las glándulas a 
cedazos y colador* . el corazón y los vasos a una bomba, etc. (Neuburger) [i]. 

Pero inmediatamente que penetraba en la habitación de un enfermo, 



(1) Neuburger Puschmanris f/andóucA, ]ena, 1903; II, pág. 53. 



EL SIGLO XVII 263 

Baglivi dejada todas estas finas teorías, como conclusiones de una lógica 
todavía no madura del laboratorio. Era un médico sumamente afortunado, 
discípulo fiel de Hipócrates en la clínica, y murió víctima de su duro tra- 
bajo. «Frecuentar sociedades — decía — , visitar bibliotecas, apropiarnos los 
libros valiosos no leídos, o figurar en todos los periódicos, no es lo último 
que contribuye al bienestar de los enfermos. > 

Los hombres de la escuela iatromatemática conocían poco o se pre- 
ocupaban poco de la nueva ciencia de la Química, y sus esfuerzos vinieron, 
por último, a consumirse en las estériles excentricidades de un Archibald 
Pitcairn, que intenta basar el conjunto de la práctica médica en principios 
mecánicos; de un Edward Barry, que llega a querer determinar la edad de 
cada persona por la frecuencia de su pulso; o de un Clifford Wintrin- 
gham, que se esforzaba en determinar el peso de un espermatozoide aisla- 
do. Pero los efectos de la física matemática y experimental en la Medi- 
cina se hicieron notar en varios sentidos, especialmente en los prime- 
ros intentos de contar el número de pulsaciones y en la idea de fun- 
damentar la termometría clínica sobre una base positiva. 

En la quinceava centuria el cardenal Cusanus (Nicolas Krebs de Cues) 
(1401-64) [ij, un eclesiástico de la Iglesia Católica Romana, que era, ade- 
más, un buen matemático, hizo algunas oportunas consideraciones en su 
Diálogo de lo estático acerca de la posible importancia clínica de averiguar 
el peso de la sangre y de la orina, de la comparación de la frecuencia del 
pulso y de la respiración en el estado de enfermedad y en el de salud, 
comprobándola por medio de la clepsidra o reloj de agua. Estos ensayos, 
sin embargo, carecieron de efecto y de aplicación a la práctica y per- 
manecieron ignorados para las generaciones sucesivas. Entre 1593 y 1597» 
como ha demostrado el doctor Weir Mitchell (2), Galileo ha inventado un 
tosco termómetro o termoscopio, y no más tarde de IÓOO, Kepler ha usa- 
do el contaje de sus pulsaciones como el cálculo de sus observaciones as- 
tronómicas. Más tarde concibió Galileo la idea de usar su propio pulso 
como prueba del carácter sincrónico de las vibraciones de un péndulo, 
que le condujo a la proposición inversa de calcular la velocidad y las va- 
riaciones del pulso por el péndulo, con tanto más motivo cuanto que el 
metrónomo se usaba ya para reglamentar el tiempo en la música. Todas 
estas ideas fueron apropiadas y utilizadas de un modo notable por el ce- 
lebrado profesor de Padua Santorio Santorio (1561-1636), generalmente 



(1) Véase C. Binz: Deutsche Med. Wochensrift, Leipzig y Berlín, 1898; XXIV, 
página 640, y J. J. Walsk: Old-Time Makers of Medicine, New- York, 191 2; pági- 
nas 336-348. 

(2) Véase S. Weir Mitchell: The Early History of Instrumental Precision in Me- 
dicine, New-Haven, 1892; pág. 10 y siguientes. 



264 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



conocido con el nombre de Sanctorius. En sus comentarios al primer libro 
del Canon de Avicena (Venecia, 1625), Sanctorius describe un termóme- 
tro clínico (i) y un pulsilogium, o reloj del pulso, de su propia invención; 
descubrimientos que pronto pasaron al limbo de las cosas olvidadas por 
espacio de cerca de cien años. Sanctorius ha sido, además, el hábil inven- 
tor de unos instrumentos para la extracción de piedras de la vejiga y de 
cuerpos extraños del oído, como también de un trocar, de una cánula y 

de un higroscopio. Su fama médica 
está hoy más bien asociada al hecho 
de haber fundado la fisiología del me- 
tabolismo por sus experimentos y da- 
tos sobre lo que él ha denominado la 
«perspiración insensible* del cuerpo. 
En la lámina que sirve de frontispicio 
a la última edición de su Ars de S ta- 
úca medicina (16 14) se ve representa- 
do el famoso paduano sentado en su 
silla romana en el acto de pesarse a sí 
mismo, para un experimento del me- 
tabolismo, después de la comida; es 
un documento familiar humano en los 
anales de las ilustraciones médicas. 

La teoría física de la visión, que pue- 
de considerarse como la base funda- 
mental de la Oftalmología, debe prin- 
cipalmente su desenvolvimiento a la 
labor de los grandes astrónomos y físi- 
cos. El Ad Vitellionem, Paralipome- 
na, del astrónomo Kepler (Francfort, 
1604), contiene un tratado de la vi- 
sión y del ojo humano, en el que se demuestra por vez primera cómo 
l;i retina es lo esencial para ver la parte de la función de las lentes en la 
refracción, y cómo la convergencia de los rayos luminosos antes de alcan- 
zar la retina es la causa de la miopía. En la Dióptrica, de Descartes (1637), 
el ojo es comparado a la cámara obscura, y se demuestra que la acornó- 
dación se debe a los cambios en la forma de las lentes. Ha sido Edme Ma- 
ríotte 'muerto en 1 684) quien ha probado que la iluminación del ojo es 
debida a la reflexión de la luz y quien lia descubierto el punto ciego de la 




Sanctorius en la romana. (De su Ars de Siálica 
medicina. Leydcn, 17 n.) 



(\) Generalmente se considera a Drebbel como inventor del termómetro de 

de) de al< Ohol, y a Ro mer, del de mercurio. 



EL SIGLO XVII 



265 



retina (1668). Un notable trabajador en óptica fisiológica ha sido el astró- 
nomo jesuíta Christoph Scheiner (muerto en 1650), de Viena. En 1587 
Aranzi ha demostrado la reversión de la imagen proyectada en la retina 
de la vaca y la entrada lateral del nervio óptico en la retina. En su Oculus 
(Mühldorf, 1619) Scheiner da una ingeniosa demostración de cómo las 
imágenes alcanzan la retina humana; expone los cambios en la corvadura 
del cristalino durante la acomodación, y explica la acomodación y la re- 
fracción por el experimento de la horquilla hueca que lleva su nombre. 

El fundador de la escuela iatroquímica ha sido el místico belga Jean 
Baptiste van Helmont (i 577-1644), que fué durante algún tiempo fraile 
capuchino antes de estudiar Medi- 
cina. Como su maestro Paracelso, 
van Helmont cree que cada proceso 
material del cuerpo es presidido 
por un arqueo especial, o espíritu 
(que él denomina Blas), y que todo 
fenómeno fisiológico es en esencia 
puramente químico, siendo en cada 
caso debido a la acción de un fer- 
mento especial (o Gas). Cada Gas 
es un instrumento en manos de su 
correspondiente Blas, a la vez que 
estos últimos están presididos por 
un alma sensitivo-motora (anima 
sensitiva motivaque), que van Hel- 
mont localiza en el hueco del estó- 
mago, supuesto que un golpe dado 
en esta región destruye la concien- 
cia. Ha sido el primero en recono- 
cer la importancia fisiológica de los fermentos y gases, especialmente del 
ácido carbónico, que describía como gas silvestre, y sus conocimientos de 
la bilis, del jugo gástrico y de los ácidos del estómago eran considerables. 
Sus pretensiones a la prioridad en el descubrimiento del dióxido carbó- 
nico (C0 2 ) son algo discutibles, supuesto que él consideraba este «gas sil- 
vestre», formado en la fermentación vínica, como idéntico con el que se 
produce en la gruta del perro en Italia, y con el dunste o mortífero vapor 
de la combustión del carbón vegetal, el primero de los cuales es C0 2 y 
el último el monóxido de carbono (CO). Van Helmont ha introducido la 
idea gravimétrica en el análisis de la orina, y realmente él pesó un núme- 
ro de muestras de veinticuatro horas, pero sin deducir importantes datos 
de estas mensuraciones. 




Jean Baptiste van Helmont (1577-1644) 



266 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



La química fisiológica fué despojada de la mayoría de los adornos fan- 
tásticos que le había dado van Helmont por el profesor de Leyden Fran- 
ciscus de la Boé, o Sylvius (1614-72), y por sus discípulos Willis, De 
Graaf, Stensen y Swammerdam. Sylvius, que hizo con las ideas de Harvey 
lo que Paré había hecho con las de Vesalio, ha sido descrito por sir Mi- 
chael Foster más bien como un expositor que como un investigador de la 
ciencia, pero también como un maestro, y como tal, no hubo ninguno más 
grande en su época, siendo maravillosamente rico en ideas originales acer- 




Franciscus Sylvius (1614-72) 

ca de las glándulas sin conducto excretor* de la acidosis, del sentido tér- 
mico y táctil y de otros asuntos todavía muy interesantes en los momen- 
tos actuales. Ha sido el primero en establecer la diferencia entre las glán- 
dulas conglomeradas y conglobadas; pero sus relaciones con la cisura de 
Sylvio, que describe en sus Disputatiotics medicae (1663), son obscuras. 
Considera la digestión como una fermentación química, y ha reconocido 
la importancia de la saliva y del jugo pancreático. Su mejor servicio a la 
Medicina ha sido el de dar una base sólida a la última identidad química 
de los procesos orgánicos y los inorgánicos, y el de que su pequeña en- 
fermería, de doce (amas, en Leyden ha sido la primera en que se ha dado 
una enseñanza clínica. 



discípulos holandeses de Silvio, Stephan Blankaar y otros, recomendaban 
mes cantidades de las novedades recientemente importadas, té y café, como 



EL SIGLO XVII 267 

panaceas de la acidez y como purificadores de la sangre. Las Universidades de Jena 
y Wittemberg exponían sus doctrinas, y Daniel Sennert, en Wittemberg, era uno 
de sus más ardientes defensores. En París, Wieussens, que fué el primero en hacer 
exámenes químicos de la sangre, era su único discípulo. La Facultad de París y 
Gui Patin condenaron estas doctrinas como la nouveauté impertinente du siecle (1). 

El sabio inglés expositor de la Química ha sido Thomas Willis 
(1621-75), hijo de un agricultor de Wiltshire, que se graduó en el Christ 
Church College en 1 639. Era Sedleian profesor de Filosofía Natural en 
Oxford en 1660, y trasladado a Londres en 1666, adquirió la más grande 




Thomas Willis (1621-75; 

y distinguida clientela de su época. La Cerebri Anatome (1664), en cuya 
preparación se debe mucho también a Richard Lower y a sir Christopher 
Wren (que hizo las ilustraciones), es el resumen más exacto del sistema 
nervioso que se había escrito hasta esta época. Contiene la clasificación de 
los nervios craneales, que ha sido mantenida hasta la época de Soemmerring; 
la primera descripción del onzavo par (nervio espinal accesorio), o «nervio 
de Willis >, y el exágono arterial de la base del cerebro que lleva también 
su nombre. Sus razonamientos a propósito de la fisiología del sistema ner- 
vioso, que son, en muchos respectos, erróneos y obscuros, y su ofuscación 



(1) Neuburger: ()p. cit., pág. 58. 



268 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



ha sido causa de que algunos escritores, sir Michael Foster, por ejemplo, le 
hayan regateado sus justos méritos como clínico. Willis ha sido, como 
Sydenham, Heberden y Bright, un notable ejemplo de la capacidad de los 
médicos ingleses para la asidua y cuidadosa observación clínica. Ha hecho 
los mejores exámenes cualitativos de la orina que se podían hacer en aque- 
lla época, y ha dado por primera vez la noticia del sabor dulce caracterís- 
tico de la orina diabética, estableciendo de este modo el principio básico 
diagnóstico entre la diabetes mellitus y la forma insípida. En su London 

Practice of Physic (1685) [i] ha 
descrito el síndrome de Erb- 
Goldflam (miastenia grave), y en 
su De febribus da el primer in- 
forme de la epidemia de fiebre 
tifoidea que atacó a las tropas 
durante la guerra del Parlamen- 
to (1643) [2]. Ha sido también 
el primero en describir y en dar 
nombre a la fiebre puerperal. 
Sus obras de enfermedades ner- 
viosas (1667) [3] y de histerismo 
(1670) [4] son justamente estima- 
das por sus varias y exactas des- 
cripciones clínicas, de las que la 
descripción de la demencia pa- 
ralítica es quizá la más importan- 
te. Un buen ejemplo de su talen- 
to para localizar y aislar los he- 
chos importantes es su observa- 
ción de una mujer sorda que sólo podía oir cuando se tocaba el tambor. 
fenómeno es conocido en la otología moderna con el nombre de pa- 
racusis (o hiperacusis) } de Willis; la comprobación de la sordera hipera- 
cúsica se hace en la clínica colocando un diapasón vibratorio en el oido 
del enfermo, o por medio de la «máquina ruidosa» recientemente ideada 
por el otólogo vienes Robert Bárány. La / '¡/anuaceutique rationallis (167 '4) 
constituye \\n valioso epítome de la materia médica de su tiempo (5). 




Kcgner de Graaf (1641-73) 



(1) Páginas 131 3 1 \2. 

Oefebribus, Londres, 1659; páginas 171 y siguientes. 
Pathologiae cerebri tt nervosi generis specimen, ( Oxford, 1667. 
1 Adfectionum quae dicuntur hystericae % etc., I eyden, 1Ü70. 

i egunda parte ha sido ponderada por Osier (Practice of Medicine, oc- 
11: página 1 19) por su descripción de la tos ferina. 



EL SIGLO XVII 269 

Regner de Graaf (1641-73), de Schoonhaven, Holanda, ha sido el pri- 
mero que ha estudiado el páncreas y sus secreciones antes del tiempo de 
Claudio Bernard. En su estudio acerca de la naturaleza y usos del jugo 
pancreático (1664) [ij describe su método de recoger el jugo por medio 
de una fístula pancreática temporal, notificando la escasa cantidad de jugo 
segregado y atribuyéndole propiedades acidas. La monografía está embe- 
llecida con un grabado del perro empleado, demostrando los receptáculos 
dependiendo de una fístula parotidea y de otra pancreática. De Graaf tam- 
bién ha empleado una fístula biliar artificial para recoger la bilis, en lo 
cual ha sido precedido, no obstante, por Malpighi. En 1668 [2] ha publi- 
cado un estudio clásico del testículo, que describe como formado de tubos 
delgados, doblados en lóbulos. Esta obra contiene también un estudio del 
empleo de los clister, que comenzaban entonces a ponerse de moda. 
En 1672 apareció su obra sobre el ovario, conteniendo la primera descrip- 
ción de aquellas estructuras, que Haller ha llamado, en su honor, vesícu- 
las de Graaf (vesiculae Graafianae). 

Un notable fisiólogo alemán de este período ha sido Johann Bohn 
(1640-17 19), de Leipzig, que, experimentando en la rana decapitada 
(1686 [3], con un espíritu completamente moderno, declaró el fenómeno 
reflejo como enteramente material, en contra del modo de pensar enton- 
ces corriente de admitir los «espíritus vitales», en el fluido nervioso. Lía 
demostrado también que el jugo pancreático no es ácido y que los nervios 
no contenían «jugo nervioso». Como profesor de Anatomía (1668) y mé- 
dico de la ciudad (1Ó9I) en Leipzig, es famoso por las decisiones médico- 
legales de aquella Facultad; Bohn ha dejado nombre en la medicina foren- 
se, especialmente por su tratado de las heridas mortales (1689). 

Importantes investigaciones en la fisiología de la digestión han sido 
realizadas por los anatómicos suizos Peyer y Brunner. 

El nombre de Johann Conrad Peyer (1653-1712), de Schaffhausen, 
Suiza, va siempre asociado con las lesiones de las placas de Peyer en la 
fiebre tifoidea, aunque él ha considerado estas glándulas, que ha descu- 
bierto en 1677 (4), no como conglobados linfáticos, como las considera- 
mos actualmente, sino como conglomerados, segregando, en su opinión, 
un jugo digestivo. Da también un interesante esquema de las placas de 
Peyer en el intestino delgado y de los folículos solitarios en el intestino 



(1) De Graaf: Disp. med. de natura et usu succi pancreatici, Leyden, 1664. 

(2) De Graaf: De virorum organis generationi inservientibus, Leyden, 1668. 

(3) Bohn: Circulus anatomico-physiologicus, Leipzig, 1686, página 460 (citado por 
Neuburger). 

(4) Peyer: Exercitatio anat. med. de glandulis intesiinorum earumque usu et affec- 
tionibus. Schaffhausen, 1677. 



27o HISTORIA DE LA MEDICINA 

grueso. Ha escrito, además, sobre la fisiología de la rumiación (Meryco- 
logía, 1685). 

Johann Conrad Brunner (1653-1727), de Diessenhofen, Suiza, descu- 
brió las glándulas de Brunner en el duodeno del perro y del hombre 
en 1672, publicando los resultados obtenidos en 1687 (i). Creía que se- 
gregaban un jugo similar al del páncreas. Ha hecho también excisiones 
experimentales del bazo y del páncreas en el perro, en 1683 (2), consi- 




Niels Stensen (1638-1686) 

guiendo que el animal siguiera viviendo algún tiempo, con digestiones 
normales. En una de estas excisiones ha observado que el perro presenta- 
ba una sed extraordinaria y poliuria; de modo que le podemos considerar 
como uno de los experimentos relativos a las secreciones internas del 
páncreas. 

Niels Stensen (1638-86), o Steno, de Copenhague, era, como Athana- 
sius Kircher, un sacerdote médico, y también, como él, un hombre de una 
maravillosa versatilidad. Era a la vez un gran anatómico, fisiólogo, geólogo 
y teólogo, y llegó a ser obispo de Titiópolis algún tiempo después de su 
conversión del luteranismo a la fe católica en 1667. En Anatomía su nom- 



1 Brunner De glandulis in duodeno intestino detectis, Heidelberg, 1687, 
(2) Experimenta nova circa pancreas^ Amsterdam, 1682. 



EL SIGLO XVII 271 

bre ha quedado permanentemente unido al conducto excretor de la glán- 
dula parotidea (conducto de Steno), que ha descubierto en la oveja en 
1661 [i]. En el mismo año investigó las glándulas del ojo, y en 1664 (2) 
publicó sus observaciones de los músculos y las glándulas, en las que re- 
conocía la naturaleza muscular del corazón. Su discurso de París de la 
anatomía del cerebro (1669) [3] contiene un gran agudo criticismo de los 
errores fisiológicos de su tiempo, especialmente de los de Willis, que lo- 
calizaba el sentido común en el cuerpo estriado, la imaginación en el cuer- 
po calloso y la memoria en la substancia cortical. Los ulteriores estudios 
de Stensen acerca de la fisiología de los músculos (1667) [4] tratan el 
asunto desde un punto de vista puramente mecánico y matemático, con- 
siderando cada músculo aislado como un paralelípedo, y oponiéndose al 
punto de vista defendido por Borelli de que el aumento en proporciones 
de un músculo es debido al influjo de un hipotético jugo. Stensen era tam- 
bién un geólogo, uno de los sabios fundadores de la Geología. En 1 883 se 
ha erigido y descubierto por geólogos de todas las naciones un busto so- 
bre su tumba en la Basílica de San Lorenzo, de Florencia. Su tratado De 
solido intra solidum (1669) contiene, después de Avicena y Fracastoro, el 
más importante trabajo acerca de la formación de los estratos, los fósiles 
y otros accidentes geológicos. El fué llevado a la Geología porque, dise- 
cando la cabeza de un tiburón, un diente del mismo le puso en claro que 
el «glosso petrae> encontrado en Toscana era, en realidad, un diente fósil. 
La historia de la conversión de Stensen al catolicismo, por una hermana 
de la fe, y de su devoción de la mejor mitad de su corta vida hacia la pro- 
tectora de sus únicas causas, es uno de los episodios románticos de la his- 
toria humana. 

Francis Glisson (i 597-1677), de Rampisham en Dorsetshire, era un 
graduado de Cambridge y profesor regio de Física de aquella Universidad 
por espacio de cuarenta años. Ha sido también uno de los fundadores de 
la Royal Society y del Real Colegio de Médicos en 1667-69. Como anató- 
mico, fisiólogo y patólogo, Glisson ha sido altamente apreciado por Haller 
y Virchow, y su nombre se ha hecho famoso por tres cosas: Ha dado un 
estudio original y clásico del raquitismo infantil (1650) [5]; ha dado la pri- 
mera descripción exacta de la cápsula del hígado, revistiendo la vena porta 



(1) Steno: Observaciones anatomic ae, Leyden, 1662. 

(2) De musculis et glandulis observationum specimen, Copenhague, 1664. 

(3) Discours sur l'anatomie du cerveau, París, 1669. 

(4) Elementorum myologiae specimen, seu musculi descriptio geo?netrica, Floren- 
cia, 1667. 

(5) Glisson: De rachitide sive morbo puerili qui vulgo the rickets dicitur, tracta- 
tus y Londres, 1650. 



272 HISTORIA DE LA MEDICINA 

y sus ramos sanguíneos (cápsula de Glisson, 1654) [i], y ha empleado la 
suspensión en las deformidades de la columna vertebral (1660). Antes que 
Haller ha introducido el concepto de «irritabilidad» como una propiedad 
específica de los tejidos humanos (1677) [2]. El punto de vista de Glisson 
de esta propiedad era, no obstante, puramente metafísico, unido con las 
ideas corrientes a propósito de los «espíritus vitales >, y, en consecuencia, 
no tuvo el debido efecto en la fisiología de su tiempo. 

La conquista más brillante del método experimental de Harvey ha 
sido la claridad que ha dado acerca de un asunto tan obscuro como la 
fisiología de la RESPIRACIÓN, que ha sido, hasta los tiempos de Lavoisier, 
obra por completo de los hombres de ciencia de Inglaterra. Antes de Har- 
vey, los hombres creían, siguiendo a Galeno, que el objeto de la respira- 
ción era enfriar el caliente corazón, al igual que el de los movimientos to- 
rácicos era el introducir aire para engendrar espíritus vitales en la vena 
pulmonar y librar por el mismo conducto al corazón de sus ardientes va- 
pores. Esta noción galénica no era únicamente una mera pieza de simbo- 
lismo, como en el poema de Santa Teresa, de Richard Crashaw (The Fla- 
ming Heart), sino una parte y una articulación del concepto entonces man- 
tenido a propósito de la física de la circulación. «Antes de la época de 
Harvey — dice Allbutt — , la respiración era considerada, no como un me- 
dio de combustión, sino de refrigeración. El problema era cómo el hom- 
bre se convertía en ese dragón de fuego.» El descubrimiento de Harvey 
vino a demostrar que la sangre se trocaba de venosa en arterial en los pul- 
mones; pero más lejos de este punto, como Pepys ha recordado en su dia- 
rio, no se puede decir cómo y por q'ué respiramos (3). Las sucesivas eta- 
pas de lo que Allbutt llama «la patética pesquisa del oxígeno» han sido 
las siguientes: Primera, el distinguido químico Robert Boyle (1627-91) 
hace experimentos con llamas y con animales in vacuo (1660), demostran- 
do que el aire es necesario tanto para la vida como para la combustión (4). 
Después, Robert Hooke (1635-1703), en 1667 (5), demuestra, soplando 
fuertemente con un fuelle sobre el tórax abierto de un perro, que la respi- 
ración artificial puede hacer vivir al animal, sin ningún movimiento de su 



(1) Anatomía //epulis, Londres, 1654. 

De venir/culo el tntes tints, Londres, 1077. 

Pero, entre otros muchos discursos a propósito de la respiración, nos agraj 
da más lo que di< e 3ir I r. Enfc que no está todavía entre los físicos de nuestros días 
todo conoi ido y concluido, no sabiéndose ni cómo su acción es gobernada por la 
Naturaleza, ni por qué se usa aquélla.» [Pepys' Diary, Mynors Bright's ed., Londres, 
1900; V, página 

\) k. Boyle: Vova experimenta physico-mechanica de vi airis elástica, Rotted 
dam, 1 

(5) k. Eíooke: .1 supply of fresh air necessary for life, Phil. Trans., 1667; Lois 
1 700; III, página 66. 



EL SIGLO XVII 273 

tórax ni de sus pulmones. La siguiente etapa ha sido hecha por Richard 
Lower, de Cornwall (163 1 -91), un hábil fisiólogo y práctico afortunado, que 
fué el que primeramente consiguió realizar la transfusión de la sangre di- 
rectamente de un animal a otro (febrero de 1665) [l], y que con Schnei- 
der destruyó la antigua idea galénica (sostenida incluso por Vesalio) de 
que las secreciones nasales eran producidas en la glándula pituita- 
ria (1672) [2]. Hacia 1669 (3) Lower inyectó sangre obscura venosa en los 







John Mayow (1643-1679) 



pulmones insuflados, y dedujo del hecho de que se enrojeciera que esto 
dependía de que ella absorbía algo del aire que pasaba a través de los 
pulmones. Finalmente, John Mayow (1643-79), también de Cornwall, de- 



(1) R. Lower: A method of transfusing blood, Phil. Tr., 1666; Londres, 1700; III, 
páginas 226-232. Denys, de París, ha sido el primero en practicar la transfusión san- 
guínea en el hombre (15 de junio de 16Ó7), después de lo cual Lower llevó a cabo 
la operación en Arthur Coga, ante la Royal Society (23 de noviembre de 1667). El 
caso de Inocencio VIII (1492) es probablemente apócrifo. (Véase Journ. Amer. Med. 
Assoc, Chicago, 1914; LXII, páginas 553 y 633. 

(2) C.V.Schneider: Pe catarrhis, Wittemberg, 1660-62.— R. Lower: Disserta- 
tio de origine catar r hi in qua ostenditur ilium non provenir e a cerebro, en su I >-ac- 
tatus de cor de, Londres, edición de 1680, páginas 163-175. tiste descubrimiento loca- 
liza el catarro en las vías aéreas y da fin de las recetas «para purgar el cerebro». 
(Neuburger.) 

(3) R. Lower: Tractatus de cor de, Londres, 1669. 

Historia di la Medicina. — Tomo I 



*74 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



mostró, en una serie de concluyentes experimentos, que la sangre obscura 
venosa se cambiaba en sangre roja brillante por la acción de algún ingre- 
diente del aire, que, siendo un constituyente del nitro (K N0 3 ), denomina 
las partículas ígneo-aéreas del espíritu nitro-aéreo del aire. Mayow estaba, 
por consiguiente, muy cerca del descubrimiento del oxígeno, y cogió per- 
fectamente la idea de que el objeto de la respiración era sencillamente 
determinar un intercambio de gases entre el aire y la sangre, dando aquél 

a ésta el espíritu nitro-aéreo (oxí- 
geno), y tomando los vapores 
engendrados en la sangre. Él dijo 
que la sangre materna suministra 
al feto no solamente el alimento, 
sino también el oxígeno (nitro- 
aéreo), y ha sido el primero en 
localizar el calor animal en los 
músculos; una idea que cayó en 
el olvido hasta que fué de nue- 
vo demostrada por Helmholtz 
en 1845. Ha descubierto tam- 
bién la doble articulación de las 
costillas con la columna verte- 
bral, y ha discutido, con un sen- 
tido completamente moderno, la 
función de los músculos inter- 
costales. Mayow ha sido un quí- 
mico y un fisiólogo de verdade- 
ro genio, y su Tractatus Quin- 
qué (1Ó68) merece ser colocado, 
incluso hoy, entre los mejores 
clásicos de la medicina inglesa. El profesor Gotch ha demostrado cómo 
sus ideas han sido mal comprendidas y desacreditadas por los errores de 
un inglés abstracto, extraído de su texto latino por algún detestable litera- 
to para la Royal Society (i). 

En la última mitad del siglo xvn la medicina interna tomó por com- 
pleto un rumbo nuevo por la obra de una de sus más grandes figuras, 
Thomas Sydenhaw (1 624-89), de Winí< >nl Eagle, el restaurador de los mé- 
todos hipocrátic08 de observación y de experimentación, que ennobleció 




Ihomas Sydenham (1624-ioSy). (De un retrato de Mary 
Beale.) 



(1) Fran< is ( .<>t< h: Two Oxford Physiologists t Oxford, 1908; páginas 35-38. 1 

ualmeate los brillantea capítulos de fisiología de la respiración en la obn 

ter: Lectures on the History of Physiology > Cambridge, 1901; pág 

174-199 y 224-254. 



Véa- 

1 del 

i nas 



EL SIGLO XVII 275 

la práctica de la Medicina con aquellas cualidades de piedad, buen humor 
y buen sentido que Edmund Burke ha declarado ser el genio de la raza 
inglesa. Educado en Oxford y en Montpellier, pero posteriormente capitán 
puritano de caballería en la guerra civil, un «soldado transformado en mé- 
dico >, como se le lia llamado, la relación de Sydenham con la Medicina 
era la de un hombre de acción. Un sajón típico, pero de ningún modo 
desprovisto del nil admirari, y rico, además, en el don especial de los sa- 
jones de viril independencia y de «prudente sentido común», se colocó 
aparte de toda la teoría médica y de toda la experimentación científica de 
su tiempo, despreciando a todos sus predecesores, salvo Hipócrates, y no 
conociendo nada de cualquiera de los Vesalio, Harvey, Malpighi o Mayow. 
Sus cuatro libros favoritos eran Hipócrates, Cicerón, Bacón y Don Quijo- 
te, y su actitud personal respecto de sus contemporáneos era indiferente 
o desdeñosa. Su modestia y su idealidad le dieron la simpatía para el. que 
se quejaba amargamente del olvido y de la oposición de su propia profe- 
sión, y éste era el secreto de su éxito como internista. Su teoría de la Me- 
dicina era muy sencilla. La inteligencia humana es limitada y falible, y por 
ello las causas finales tienen que seguir siendo inescrutables. Las hipóte- 
sis científicas son, por esta razón, de poco valor para el práctico, ya que 
éste, al lado del enfermo, debe apoyarse, en realidad, en su poder de ob- 
servación y en los datos obtenidos por la experiencia. Sydenham conside- 
raba la enfermedad como un proceso que se iba desarrollando, llevando 
un curso regular, con una historia natural que le era propia. Cada enfer- 
medad especial pertenece a una cierta especie definitiva, que puede ser 
descrita y clasificada, como un botánico hace con las plantas (i). La Pato- 
logía, para él, estaba resumida en la teoría de Hipócrates de la cocción de 
los humores en el cuerpo, con la subsiguiente descarga de las materies 
morbi. Hipócrates era su patrón, y más que a ninguna otra figura de la 
Medicina se parecía Sydenham al padre de la Medicina en su modo de re- 
tratar las enfermedades y en la dignidad ética de su conducta respecto de 
sus enfermos, considerándose él mismo «responsable ante Dios» de ios 
cuidados que prestase a sus enfermos; él, que era también un mártir de la 
piedra y de la gota, y compañero, por tanto, en sufrimiento de aqué- 
llos. Su fuerza de simpatía imaginativa, un rasgo que no suele general- 
mente encontrarse en los reconcentrados sajones, se señala notablemen- 
te en el retrato pintado por Mary Beale, representando un puritano por 
su aspecto, como Cromwell o Milton, pero con una hermosa fisonomía 



(1) Primo expedit, ut morbi omnes ad definitas ac certas species revoce?itur, eadem 
prorsus ditigentia, ac txKp'.jkia qua id factum videmus a botanicis ser iptor ibas in sais 
phytologiis (citado por Neuburger). 



276 HISTORIA DE LA MEDICINA 

además, de finas cejas, ojos melancólicos y boca expresiva, revelando una 
naturaleza estoica más bien que dura, melancólica más bien que agria, 
como de un puritano cuando protesta. 

La hipótesis de Sydenham de las «constituciones epidémicas», o ge- 
nius epidemic us, atribuyendo las enfermedades contagiosas a influencias 
cósmicas, atmosféricas o a miasmas de las entrañas de la Tierra (i), ha 
quedado anticuada, aun cuando alguna de sus afirmaciones haya revivido 
en la teoría de Pettenkofer del «suelo» (Boden) y del «agua del suelo», y 
en su mejor parte ha sobrevivido en la doctrina de Pasteur del origen de 
las epidemias por la exacerbación o el despertar de los gérmenes por las 
condiciones del medio. Los estudios de Sydenham de la geografía y me- 
teorología de las epidemias y de la periodicidad rítmica de su recurren- 
cia han sido continuados por sus discípulos hasta la primera parte del si- 
glo xix. La fama de Sydenham sigue imperecedera por sus descripciones 
directas, de primera mano, de las enfermedades, como el paludismo de 
su época, la gota, la escarlatina, el sarampión, bronconeumonía (peripneu- 
monia vera) y pleuroneumonitis (peripneumonia notha), disentería, corea 
e histerismo. Su tratado de la gota (1683) [2] se considera como su obra 
maestra. En 1672 describe los dolores articulares y musculares de la dis- 
entería, y en 1675 dio una acabada descripción de la escarlatina como 
se presentaba en Londres (1661-75), separándola del sarampión e identi- 
ficándola con su nombre actual. Su Dissertatio Epistolaris (1682) con- 
tiene su clásica descripción del histerismo; y su diferenciación de la corea 
minor se encuentra en su Schedula Monitoria (1686). En Terapéutica 
Sydenham ha popularizado el uso de la corteza del Perú, y ha sido el in- 
novador del aire puro en la habitación de los enfermos, de los paseos a 
caballo para la consunción, de las pociones refrescantes en la viruela, de 
los tónicos ferruginosos en la clorosis y del líquido opiáceo que lleva su 
nombre. Sus prescripciones contenían ampliamente simples vegetales, y 
evitaba los asquerosos ingredientes recomendados hasta en las farmaco- 
peas londinenses de su tiempo. Era partidario en extensión, pero no en 
intensidad, de la sangría, y aplicaba la venisección en casi todas las en- 
fermedades que conocía, pero de un modo discreto. Su Processus integri 
(1692), conteniendo su esquema terapéutico, ha sido el vade-mecum de 
los prácticos ingleses por espacio de más de una centuria, y un entusiasta 
de Oxford se dice que lo ha entregado en su memoria. El influjo de 



(1) Para La teoría matemática de la periodicidad véase Ronald Ross: Proc. Roy. 
1916; Ber. A. .VII, páginas 204-230, y las curvas en el artículo de 
A. Magelssen Genius epidémicas ', janus¡ 1906; XI, páginas 561-575. 
Tractatus de podagra ct hydrope, Londres, 1683. 



EL SIGLO XVII 277 

Sydenham ha continuado hasta el advenimiento de la escuela de Viena, 
y aun posteriormente a ella. 

Un grupo de importantes monografías que merecen ser mencionadas, en rela- 
ción con la obra de Sydenham, comprende las Observationes castrenses, de Tobías 
Cober (1606), notificando la relación existente entre el tifus exantemático (morbus 
Hungaricus) y la pediculosis; el De mirabili strumas sanandi (1609), de André du 
Laurens, un antiguo recuerdo histórico de la enfermedad del rey, en la que se de- 
fiende la contagiosidad de la escrófula (struma contagiosus morbus est); un extenso 
estudio de la fiebre palúdica por Spieghel (De semiiertiana, 1624); los tratados de 
Daniel Sennert de escorbuto (1624), disentería (1626) y fiebre (1627) [1]; de Die- 
merbroek, sobre la peste (1642) [2]; el estudio original de Glisson sobre raquitismo 
(1650) [3]; la investigación experimental del ergotinismo por Thuillier (1657) [4]; de 
Hofer, sobre el cretinismo (1657) [5]; de Wepfer, sobre la naturaleza hemorrágica 
de la apoplejía (1658) [6]; el estudio de Solleysel acerca de la transmisión del 
muermo de caballo a caballo (1664) [7]; el de Gideon Harvey, sobre el escorbuto 
(1675); I a P ht histología, de Morton, en la que se resumen todos los conocimientos 
de la época acerca de la materia (1689); los estudios de Stahl sobre las enferme- 
dades del sistema porta (1698) [8]; según Garrod, la orina negra (alcaptonuria) era 
observada por G. A. Scribonius (1Ó09) y Zacutus Lusitanus (1649). Frederik Dek- 
kers ha sido el primero en descubrir la albúmina en la orina (1694), hirviéndola 
en presencia del ácido acético (Ebstein). En 1614 Félix Platter (1536-1614) refiere 
el primer caso conocido de muerte por hipertrofia del timo en la infancia. En 16 16 
Francois Citois describe el «cólico de Poitou», que largo tiempo después se ha 
identificado como siendo el cólico saturnino. El beri-beri ha sido descrito prime- 
ramente, de los casos de las Indias Orientales, por los médicos holandeses Jacob 
Bontius (1642) [9] y Nicholas Tulp (1652) [10]. Bontius también describe la disente- 
ría tropical en Java. El Tratado del asma, de sir John Floyer (1698), da una autop- 
sia de enfisema y señala como causa del asma espamódico «una contractura de 
las fibras musculares de los bronquios». Las Memorias del conde de Clarendon 
(1632) contienen un caso de angina de pecho. En este grupo debemos incluir tam- 
bién la Praxis medicae (1602-8), de Félix Platter, conteniendo el primer ensayo de 
una clasificación sistemática de las enfermedades; el Sepulch return, de Téofile Bo- 
net (1679), una colección de todas las autopsias de los siglos xvi y xvn; el libro de 
enfermedades de la infancia de Walter Harris (1697) [1 1]; el tratado de Pediatría 
697), de John Pechey (1655-1716) [12], y los tratados de jurisprudencia médica 
de Fortunato Fedeli (1602) [13], Rodericus a Castro (1614) [14] y Paolo Zacchias 
(1621-35) [15]. El pequeño libro de Fedeli tiene una interesante lámina al cobre, 
como frontispicio, en la que la comprobación de la virginidad y el momento del 
parto, la jurisprudencia del envenenamiento, las heridas mortales, las enfermeda- 
des hereditarias, la tortura, los monstruos y la formación del Yeto son entreteni- 
damente presentados, demostrando el interés que estos asuntos habían adquirido; 



(1) Sennert: Defebribus, Leyden, 1627. 

(2) Diemerbroek: De peste, Arnheim, 1646. 

(3) Glisson: De rachitide, Londres, 1650. 
14.1 Thuillier: J. d. sgavans, París 1676; IV, pág. 79. 

(5) Hofer: Hercules mcdicus, Viena, 1657, pág. 43- 

(6) Wepfer: Observationes anatomicae ex cadaveribus eorum quos sustulit apople- 
xia, Schaffhausen, 1658. 

(7) De Solleysel: Le par fait mareschal, París, 1664. 

(8) Stahl: De vena portae, porta malorum, 1698. 

(9) Bontius: Pe Medicina Indorum, Leyden, 1642; páginas 11 5- 120. 
Cío) Tulp: Observationes medicae, Amsterdam, 1652; páginas 300-305. 
(1 i) Harris: De mor bis acutis infantum, Londres, 1689. 

(12) Pechey: General Treatise of the Disease of Infants (etc.), Londres, 1697. 

(13) Fedeli: l)e relationibus medicorum, Palermo, 1602. 

(14) A Castro: Medicus poliiicus, Hamburgo, 1614. 

(15; Zacchias: Quaestiones mcdico-legales, Roma, 1621-35. 



278 HISTORIA DE LA MEDICINA 

y ^1 de Paolo Zacchias (1584-1659), que era protomédico en Roma y médico de los 
papas Inocencio X y Alejandro VII, está repleto con la información médico-legal, 
particularmente relativa a las heridas de los ojos y a la jurisprudencia délas locu- 
ras, de las que da una excelente clasificación. Una importante obra de relaciones 
médico-legales de la Cirugía ha sido publicada en 1684 (1) por Nicolás de Blegny 
(1652-1722), que es también el fundador del primer periódico médico (1679) [2] y del 
primer directorio de la ciudad (1684J. La jurisprudencia médica no se ha estudiado 
con un espíritu crítico antes del siglo xvn, y hasta esta época la ética y la juris- 
prudencia médicas se estudiaban como simples fases del estado médico. Alemania 
ha dado muchas contribuciones a la medicina forense y a la ética médica en este 
período, tales como la obra de Ludwig Hoernigk Politia medica (1638) [3], la de 
Paul Ammann sobre heridas letales (1690) [4], de Gottfried Welsch sobre el mismo 
asunto (1660) y sobre los partos múltiples (1667) [5]; la de Melchior Sebiz sobre los 
signos de la virginidad (1630) [6], y la de Johann Bohn de heridas letales (1689) [7]. 
El Medí cus Peccans, de Ahasver Fritsch (Nuremberg, 1684), es una antigua contri- 
bución a la ética médica. La más importante obra médico-legal de este siglo es, 
indudablemente, el descubrimiento de Swammerdam de que el pulmón fetal flota 
en el agua desde que ha respirado (1667) [8]; lo que fué primeramente puesto en 
práctica en el informe de Johann Schreyer, en el caso de una muchacha aldeana 
de quince años, acusada de infanticidio (1681 s ) [9]; el hundimiento en el agua del 
pulmón del feto la aseguró la absolución. La Meioposcopia et Ophtalmoscopia (161 5), 
de Samuel Fuchs (1588- 1630), es un ilustrado tratado de Fisiognomía y de apre- 
ciación del carácter por los ojos, no muy diferente de los de Cardan o Lavater. 

Las inyecciones intravenosas de medicamentos (1656) y la transfu- 
sión de la sangre (1665-67) han tenido su origen científico en el siglo xvn. 

Sir Christopher Wren (1632-1723), ayudado de Boyle y de.Wilkins, hizo por pri- 
mera vez la inyección de opio y de azafrán metálico en las venas del perro en 
1656, cuyo experimento fué repetido por Caspar Scotus en 1664; Elsholtz (Clysma- 
ta nova, 1665) practicó la primera inyección intravenosa, con éxito, en el hombre. 
Major ha publicado su Chirurgia infusoria en Kiel en 1667. La prioridad en la 
transfusión ha sido reclamada por Francesco Folli (1654); pero la primera comuni- 
cación auténtica del asunto es la de R. Lower (1665-67) y la de R. Coga (1667). La 
transfusión aparece mencionada en el Diario dePepy (14 de noviembre de 1666) [10]. 

Pertenece a la medicina inglesa el primer libro de estadística vital, el 
Natural and Political Observations upon the Bills of Mortality (Londres, 
1662), de John Graunt. Los hebreos y los romanos habían, indudable- 
mente, llevado a cabo el censo y contado las tropas; pero Graunt ha sido 



(1) De Blegny: La doctrine des rapports de Chirurgie, Lyón, 1684. 

(2) Nouvellts découvertes sur tout es les parties de la M ¿decine, París, 1679-81 

(3) Yon Hoernigk: Politia medica, Francfort, 1638. 

(4) Ammann: Praxis vuhierum let kalium y Francfort, 1690. 

(5) Welsch: Vuhierum let lialium judicium, 1660, y De gemellis et partu mime 
riori, 1667. 

(6) Sebiz: De noiis virginitatis, 1630. 
(i) Bohn: De renuntiatione vulnerum, Leipzig, 1689. 

(8) Swammerdam: Tractatus phys.-anat.-med. de respiralione usque pulmonum 
Leyden, 1607. 

(9) S< hreyer: Erdrterung und Erlduterung der Frage: Ob es ein gewiss Zeichei 

690. 
1 M Fortescue-Brickdale (tesis de Oxford): Guy's Hosp. Gas., Londres 
Lvll páginas 15-80. D. I. Macht Journ. Amer. Med. Assoc, Chicago, 1916 
LXVi, páginas 856-860. También lbid. % 1914; LXI1, páginas 147 y 222 - 



EL SIGLO XVII 279 

el primero en publicar los datos relacionados con la mortalidad, cuántos 
más varones nacen que hembras y qué población puede calcularse de un 
seguro cálculo de mortalidad, y de este modo ha dado el primer paso en 
la aplicación de los métodos matemáticos a la interpretación de las esta- 
dísticas. El describe cómo a la mujer del clérigo delegado parroquial, al 
«examinarla», la encontró que figuraba como muerta o a punto de morir. 
En ausencia de una notificación comprobatoria de los nacimientos y de 
las muertes, estos datos imperfectos de mortalidad carecen, necesaria- 
mente, de valor. Su obra ha sido seguida, en 1687, de los Essays on Po- 
litical Arithmetic, de sir William Petty (1623-87), que expone el primer 
censo de Irlanda. El astrónomo inglés Edmund Halley (1656-1752) em- 
plea las tablas de Breslau de nacimientos y de defunciones para calcular la 
tasa de mortalidad y «averiguar la cantidad de las anualidades por vivos». 

En 1672 el médico del País de Gales Charles Clermont publicó una obra con el 
hipocrático título de Aires, aguas y lugares de Inglaterra, en el cual proyecta la to- 
pografía médica de estas regiones, como Daniel Drake había de hacerlo, mucho 
después, de las del valle del Misisipí. Las aguas minerales de Inglaterra han sido 
estudiadas por una larga serie de médicos del siglo xvn, especialmente por Edmond 
Deane (1626), Edward Jorden (1631), Thomas Guidott (i63i), Martin Lister (1682), 
sir Patrick Dun (1683), sir John Floyer (An Inquiry into the Right Use of the Hot, 
Cold and Temperate Baths in England, 1697) y en el estudio de Nehemiah Grew de 
las aguas de Epson (1698) [1]. 

La primer farmacopea de Londres se ha publicado en 1618, habiendo sido pre- 
cedida por las de Valerius Cordus (1540), Brice Bauderon (1588), Libavius (1606), 
Jean de Renou (161 5) y otras farmacopeas urbanas del siglo xvi (2). De aquélla se 
han hecho varias ediciones, todas estropeadas, por la conservación de los usuales 
ingredientes, bajos y desagradables, que no llegaron a desaparecer por completo 
hasta que William Heberden hizo un vigoroso ataque de todas estas supersticiones 
en 1745. La Pharmacopoeia Londinensis ha sido traducida al inglés en 1649 P or e l fa- 
moso herbolario y curandero Nicholas Culpeper. Otras farmacopeas inglesas de esta 
época han sido: la traducción latina, por Philemon Holland, de la francesa de Bau- 
deron (1639); el New London Dispensatory, de Salmon (1678), y la Pharmacopoeia 
Bateana, de Skipton (1688), recopiladas de prescripciones de William Bate, médico 
de Carlos I, Cromwell y Carlos II (3). De las farmacopeas continentales (4) men- 
cionaremos las de Minderer (1621), Poterie (1622), Schroder (1641), Ruland (1644), 
Zwelfer de Augsburgo (1652), Jüngken (1677), Nicolás Lernery (1697), Hadrian de 
Mynsichtburgo (1652) y C. F. Paulini, autor de la Heilsame Dreckapotheke (1696), 
cuyo título simboliza ampliamente la tendencia de muchas prescripciones del 
siglo XVII. 

La más importante contribución del siglo xvu a la medicina veterinaria es la de- 
mostración, por Jacques de Solleysel, de la transmisión del muermo de caballo a 
caballo (1664). The Anatomy of an Horse, de Andrew Snape, ha sido publicada en 
Londres en 1686, y varias obras francesas de veterinaria, especialmente la traduc- 
ción hecha por Franeini de la obra de Carlo.Ruini (i6o7),Beaugrand (16 19-1646) y de 



(1) Estas fechas a propósito de las aguas minerales son dadas por Handerson 
en su traducción de la ííistoj-ia de la Medicina, de Baas, New- York, 1889; pág. 546. 

(2) Todas mencionadas por Baas: Op. cit., páginas 436 y 437, 546 y 547- 

(3) Baas: Op. cit., nota de la página 547- . . 

(4) Baas: Op. cit., pág. '547. Scherer: Literatura pharmacopoearum, Leipzig, 1822, 
y Tschirch: Pharmakognosie, Leipzig, 19 10; I, 2 Abl. 



28o HISTORIA DE LA MEDICINA 

Bouvrav (1660). La primera obra alemana de veterinaria es el Bellerophon, de Win- 
ter von Adlersflügel (1668) [1]. 

En comparación con el extenso desarrollo de la Anatomía en el si- 
glo xvii, las publicaciones de Cirugía son pocas. 

Entre los italianos no encontramos cirujanos dignos de ser comparados con los 
de las tres centurias precedentes, y los únicos nombres que merecen recordarse 
son los de Cesare Magati (1579-1647), que sigue las ideas de Paré, sosteniendo que 
las heridas por arma de fuego no están envenenadas, y defiende, en teoría por lo 
menos, el tratamiento sencillamente expectante por medio de curas mojadas en 
agua pura; y Pietro de Marchetti (i 598- 1673), profesor en Padua, y cuya Observation 
num medico-chirurgicarum sylloge (Padua, 1664) es semejante a los Consilia y a las 
colecciones de Benivieni, Amatus Lusitanus y Peter Forest, conteniendo muchas 
extrañas historias clínicas y algunas valuables observaciones quirúrgicas. Giuseppe 
Zamrkccaki, discípulo de Redi y trabajador de la cirugía experimental, realizó con 
éxito excisiones del bazo, de los ríñones, de la vesícula biliar, del páncreas y de 
trozos del hígado y de los intestinos. En un perro realizó con éxito cuatro opera- 
ciones experimentales sucesivas (Neuburger) [2]. La gigantesca antología quirúrgi- 
ca de Peter Uffenbach (Thesaurus C'/iirurg/ae, 1610) merece ser mencionada, a pe- 
sarde que todos los autores en ella contenidos pertenecen al siglo xvi. 

En Francia, a pesar de las disputas de la Facultad de París con la hermandad 
de San Cosme, y del decreto unificando en un solo gremio los cirujanos con los 
barberos, hay muy pocas obras de Cirugía notables. Los tratados franceses de este 
período han sido olvidados. Jacques de Beaulieu o Frére Jacques (1651-1719), un 
operador vagabundo, ha introducido la operación lateral para los cálculos vesica- 
les (1697), que fué muy perfeccionada por Rau en Holanda. Nicolás de Blegny 
(1652-1722) inventó el braguero elástico, descrito en su tratado de la hernia (1676), 
y escribió de jurisprudencia quirúrgica (1684). El tratado quirúrgico de Vauguion 
(1696) menciona el torniquete, que había sido introducido por Morel (1674) y apli- 
cado con éxito en la ligadura de la arteria femoral, en el Hotel Dieu, en 1688. Un 
original compendio de Gabriel Le Clerc (La Chirurgie complete, 1692), de la que se 
han hecho 18 ediciones, menciona los botones de vitriolo usados en el Hotel Dieu 
para cohibir las hemorragias y el método de la compresión manual (veinticuatro 
horas comprimiendo). 

Los maestros de la cirugía alemana durante este período son Fabry de 
Hilden, Scultetus y el famoso cirujano militar Purmann. 

Wilhem Fabry (3), de Hilden (1560-1624), llamado Fabricius Hilda - 
ñus, cuya estatua ha sido descubierta en Hilden, cerca de Dusseldorf, es 
generalmente considerado como el «Padre de la cirugía alemana». Ha- 
biendo recibido una buena educación clásica, era sumamente conservador 
en teoría, sosteniendo los puntos de vista de los antiguos; pero en la prác- 
tica, un atrevido y hábil operador, inventor de muchos aparatos e instru- 
mentos. En su monografía sobre la gangrena (Colonia, 1593) [4] ha sido 
el primero en recomendar la amputación por encima de la parte enferma, 



(1) Baas, 0/>. rit., pág. ^4 V 

Neuburger Med. Chir. Centralblatt, Viena, 1896; XXXI, pág. 368. 
El nombre es dado alguna vez en alemán, como «Fabriz ; pero Sudhoff coa* 
nitivo de Faber, o Schmidt (Schmitz), un apellido vulgar en 
Rinelandia (Münch. Mr!. II or//., 1910; LVII, pág. 1401. 

(4) I ftO tt sphacclu, Colonia, 1593. 



EL SIGLO XVII 



281 



y se dice que ha sido el primero en realizar la amputación del muslo. 
Para detener la circulación antes de la amputación ha improvisado una 
especie de torniquete por medio de una ligadura mantenida tirante por un 
trozo de madera. Ha escrito, además, un tratado de Litotomía (Basilea, 
1626); pero su obra más importante es la Centuria de casos quirúrgicos 
(1606-46), la mejor colección de historias clínicas de su época. Ha demos- 
trado que los traumatismos de la cabeza pueden ser causa de locura; ha 
extraído un trocito de hierro del 
ojo por medio del imán; ha ex- 
plorado el conducto auditivo por 
medio de un espéculo de su in- 
vención, e ideó el primer boti- 
quín de campaña. En 1657 el ci- 
rujano del ejército polaco Ja- 
nus Abraham de Gehema (1645- 
17CO), autor de un pequeño nía- 
nual de servicios médicos en 
campaña (1689) [i], recomenda- 
ba que este botiquín fuera sumi- 
nistrado, como un material nece- 
sario, por el gobierno, en lugar 
de tener que ser adquirido pol- 
los oficiales, como antiguamen- 
te. Wilhelm Fabry era un reac- 
cionario en el uso del cauterio^ 
y, como la mayoría de los ciru- 
janos de la época, era un cre- 
yente en el ungüento de las armas, que se aplicaba a v éstas en lugar de 
a la herida. 




Wilhelm Fabry, de Hilden (1560-1624J 



Su contemporáneo, Johann Schultes (1595-1645), llamado Scultetus, es famoso, 
cual lo han sido anteriormente Albucasis y Paré, como uno de los grandes ilustra- 
dores de la Cirugía y de los instrumentos quirúrgicos. Su Armamentarium Cliirur- 
gicum (Ulm, 1653) nos da un buen punto de vista de las operaciones de su época 
por sus interesantes láminas representando algunos procedimientos, como amputa- 
ción de la mano, reducción de luxaciones, paso de sondas, aplicación de for- 
ceps, etc. 

Matthaeus Gottfried Purmann (1649-17 1 1) era un cirujano del ejército de Bran- 
denburgo en 1675, y adquirió gran habilidad y decisión, por su puesto de operacio- 
nes de su columna, en campaña. Como Fabry de Hilden, es mantenido en la más 
alta estimación por los historiadores alemanes modernos, a causa de haber consi- 
derado la Anatomía como la verdadera base de los conocimientos quirúrgicos. Pa- 
rece haber realizado la mayoría de las operaciones conocidas o propuestas en su 



(1) Gehema: Der wohlvcrsuchte Feld-Medicus, Rostock, 1689. 



282 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



época; la trepanación (40 casos), la transfusión, aneurismas, broncotomía y sutura 
de las heridas de los inte?tinos. Ha dejado varias obras diferentes, de las que la más 
interesante es Cincuenta extrañas y maravillosas curas de heridas por arma de fuego 
(1693) [1]. Es inútil añadir que era un creyente en la pomada para las armas y en 
los polvos simpáticos para curar las heridas a distancia. Otra importante reliquia 
de la Guerra de los Treinta Años es la Medicina Afilitaris, de Raimund Minderer 
(Augsburgo, 1620). Entre las operaciones llevadas a cabo por los cirujanos alema- 
nes en el siglo xvn debemos mencionar las gastrotomías, de Florián Matthis (1602) 
v Daniel Schwabe (1635); ^ a sección abierta del esterno-mastoideo para la tortíco- 
íis, de Isaac Minnius (1641); la resección parcial del maxilar, por Acoluthus, de 

Breslau, en 1693, y la ovariotomía, de 
Shonkoff, en 1685. En esta época pode- 
mos considerar la laparotomía como 
bastante común, según las láminas de 
Roonhnyze (1663) y de la Obstetricia de 
Volter (1679), que dan una representa- 
ción muy plausible del procedimiento. 

El Several Ckirurgicah Treati- 
ses (1672), del cirujano realista Ri- 
chard Wiseman (1622-76), es la 
obra maestra de un hombre que, 
en cierto modo, ha desempeñado 
en la cirugía inglesa de su tiempo 
el papel que Sydenham había des- 
empeñado en la práctica de la Me- 
dicina. Wiseman era un hábil ope- 
rador que amputaba por encima de 
la parte enferma, empleaba la ampu- 
tación primaria en las heridas arti- 
culares por arma de fuego, y ha 
sido el primero en describir la tuberculosis de las articulaciones como 
«tumor albus». Ha dado igualmente la descripción auténtica de la «en- 
fermedad del rey». En su tratado de la gonorrea ha mencionado el 
primer caso de uretrotomía externa por estrechez, que llevó a cabo con 
Edward Molins en 1652. El primer caso de amputación por colgajo se 
menciona en el Triumphal Clariot of Turpentina (1679), de James Yon- 
ge (1446-1721). Los Helps in suddain accidents (1633), de Stephen Brad- 
well, es el primer libro de primeros auxilios. 

La OBSTETRICIA del siglo xvii encuentra su representación en las obras 
de Mauriceau, De la Motte, Portal, van Deventer, Roonhuyze y de la co- 
madrona Louise Bourgeois, que asistió a María de Médicis en sus seis par- 
tos; de Justine Siegemundin, «comadrona de Corte del electorado de 
Brandenburgo», cuyo tratado, de 1690, tropezó con gran oposición a cau- 




Richard Wiseman (1622-1676) 



(i) Purmann: Fünfzt'g sonder-undwunderbare Sckusswundkurén y Francfort, 1693. 



EL SIGLO XVII 283 

sa de estar escrito en lengua alemana, y la tal vez mítica Jane Sharp, cuya 
Compleat Midwife's Companion ha sido publicada por primera vez en Lon- 
dres en 167 1. De estos escritores, Frangois Mauriceau (1637-1709), de 
París, es, en algunos respectos, el sabio representante de los conocimien- 
tos obstétricos de su tiempo, y su obra de enfermedades de la mujer em- 
barazada y puérpera (1668) [i], ilustrada con preciosos grabados en cobre, 
ha sido una especie de canon de la materia en su época, dando una buena 
exposición de la conducta que ha de seguirse en el parto normal, del em- 
pleo de la versión y del tratamiento en los casos de placenta previa. Ha 
sido el primero en corregir la opinión antigua de que los huesos de !a 
pelvis se separaban durante el trabajo normal, y de que la descarga am- 
niótica representaba un acumulo de sangre menstrual o de leche; ha sido 
igualmente el primero en referir el embarazo tubario, la dificultad del 
parto por las circulares del cordón umbilical y la fiebre puerperal epidé- 
mica. Su obra da también un relato de la aventura del autor con el famo- 
so Hugh Chamberlen, de familia hugonote, que fué seguida del encargo 
de guardar la invención de un forceps obstétrico como un secreto de fami- 
lia por espació de cerca de doscientos años (2). 

Paul Portal (3) [muerto en 1 703], de Montpellier, escribió un tratado 
de Obstetricia en 1685 en el que afirma que la versión puede realizarse 
con un solo pie, y que las presentaciones de cara siguen de ordinario un 
curso normal. 

Una obra mucho más importante es la Novum Lumen, de Hendrik 
van Deventer (1651-1724), que, aunque impresa en 1701, pertenece real- 
mente al siglo xvii. Van Deventer, natural de Holanda, fué primero pla- 
tero; pero se dedicó a la Medicina a los diez y siete años, y, después de 
estudiar en Groningen, practicó la Obstetricia y la Ortopedia en su ciu- 
dad natal, La Haya, hasta su muerte. Ha sido llamado, con justicia, el 
Padre de la Obstetricia moderna, por su obra, con interesantes láminas, 
que da la primera descripción exacta de la pelvis y de sus deformidades, 
y de las consecuencias de éstas en el parto complicado. Al propio tiempo 
era un laborioso trabajador en la exposición de las deformidades de la co- 
lumna vertebral. No había nada análogo hasta la obra de Michaélis Das 
enge Becken, publicada ciento cincuenta años más tarde. 

Hendrik van Roonhuyzk (1625?) era un campeón de la operación ce- 
sárea, que parece haber realizado con éxito diferentes veces, y su Heel- 



(1) Mauriceau: Traite des maladies des femmes grosses (etc.), París, 1668. 

(2) El forceps ha sido inventado por Peter Chamberlen, sr., antes de 1634 (Do- 
ran); con él, Hugh Chamberlen consiguió que diera a luz una enana raquítica que le 
había sido confiada por Mauriceau. 

(3) Portal: La pratique des accouchements, París, 1685. 



28 4 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



ko?istige Aanmerkkingen (1663) ha sido señalada como la primera obra de 
ginecología operatoria en el sentido moderno. Está ilustrada con la única 
lámina (grabado en cobre) demostrando su modo de incisión en la opera- 
ción cesárea, y contiene historias clínicas de embarazo extra-uterino y de 
ruptura del útero. Roonhuyze era, además, un hábil operador excindiendo 
tumores, tratando traumatismos de la cabeza sin trepanación y llevando 
a cabo operaciones de tortícolis y del labio leporino. Stromeyer afirma 

que ha sido el primero en prac- 
ticar la cirugía ortopédica. Como 
expone el doctor Howard Kelly, 
ha sido el primero en proponer 
una operación científica para la 
fístula vésico-vaginal, cuyos ca- 
racteres principales eran: poner 
al descubierto la fístula por me- 
dio de un espéculo retráctil, co- 
locada la enferma en posición de 
litotomía; denudación marginal 
exclusivamente de las paredesve- 
sicales, y aproximación de los 
bordes denudados de la fístula 
por medio de ligadura plegable 
con hilo de seda (i). No debe 
confundírsele con su hijo Rogier 
van Roonhuyze, al que Hugh 

Chamberlen el Viejo se dice que 
,HENR i CUSADEVEN TER,MED:DQCg había vendido e , secreto de su 

íicndrik van Deventer ^¿1-1724) forceps obstétrico hacia 1693 (2). 

Roonhuyze y Deventer han 
trabajado mucho en favor de la educación de las comadronas en Holan- 
da, en cuya tarea han sido continuados por los sucesores del primero 
en Amsterdam, Frederik Ruysch y Cornelis Solingen (1641-87). 




Una obra que puede compararse en disposición y proporciones con el Thesau- 
rus Chirurgiae^ de Uffenbach, es la enorme Hebammenbuch, de Gottfried Welsch 
que 1 onsta de cer< a de 2000 páginas de traduc< ¡ones, con tomen tari os, de las 
obras <l<- Mercurio, Pinaeus \ Louise Bourgeois. 1 'n tratado ginecológico de la épo- 
Uhydre féminine i de A.ugustin Corrade (Nevers, 1634). La Callipaedia, del aba- 



1 II \. Kelly: f'r. Am. Gynaec. Soc, Filadelfia, 1912; XXXVII, páginas 8-10. 
Fassbender: Geschichte der Geburtshülfc, Jena, 1906, página 224.— A. Geijl 
: , 16; XI, 253 de opinión de que Roonhuyzens y Ruysch 

1 ono< ían el fon epa ya en 1 670. 



EL SIGLO XVII 2^5 

te Claude Quillet (1656), denuncia los matrimonios de conveniencia, y venía a ser, 
en resumen, una especie de obra de eugénica. 

Daniel Leclerc (1652-1728), de Ginebra, escribió la primera extensa historia de 
la Medicina (1696), una obra que ha sido traducida al inglés y que es todavía apre- 
ciada en la actualidad. 

El método de enseñar a los sordo-mudos practicado por el fraile benedictino 
Pedro Ponce de León (1520-84) se ha conservado en el tratado de Juan Pablo Bonet 
(1620) [1], que ha enseñado con éxito a un hermano mudo de su patrón, el condes- 
table de Castilla. Sir Kenelm Digby visitó a Bonet en Madrid, siendo testigo del 
éxito de su método. Después de él, el método llegó a ser popular en Inglaterra e 
Italia. Giovanni Bonifacio ha publicado su Arte de los signos (L'Arte de cenni), en 
Vicenza, en 1616. Tratados ingleses de enseñanza de sordo-mudos han sido publi- 
cados por John Bulwer (1644-48) [2], por John Wallis (1616-1703), por Salivian, pro- 
fesor de Matemáticas en Oxford (1652) [3]: por William Holder (1669) [4], y por 
George Dalgarno, de Aberdeen (1661-1680) [5]. En 1692 Johann Christiam Ammann 
(1669- 1724) publicó su ingenioso método Surdus Loqueus , que se reimprimió 
en 1700. 

No ha existido imprenta en las colonias de la América del Norte antes 
del año 1639, en que se estableció una en Cambridge, Massachusetts, pu- 
blicando su primera obra, Bay-State Psalm-Book, en 1640. La única pu- 
blicación médica de los colonistas de Nueva Inglaterra en el siglo xvn, el 
Brief Rule to Guide the Common People of New-England how to Order 
themselves and theirs in the Small Pocks or Measeis (Boston, 1677) [6] 
por el doctor Thomas Thacher (1620-78), un inglés que se estableció en 
Nueva Inglaterra en 1 63 5, y en 1 669 llegó a ser pastor de la Antigua Igle- 
sia del Sur, practicando al propio tiempo con éxito la Medicina. Era un 
buen erudito de lo hebreo y lo árabe, habiendo escrito un diccionario y 
un catecismo hebreos, que son como las Brief Rule, en las que cada una 
ocupa, como hace notar Handerson, «únicamente una sola hoja de papel >. 



ASPECTOS CULTURAL Y SOCIAL DE LA MEDICINA 
DEL SIGLO XVII 

La época del levantamiento de Inglaterra y de Holanda era el momen- 
to del desarrollo espiritual e intelectual, y los efectos del constante bata- 
llar por la libertad del pensamiento fueron constituir un período de es- 
fuerzos científicos individuales, más bien que de avance organizado de la 
Ciencia. Los agitados acontecimientos de este período — el suplicio de 



(1) Bonet: Reducción de las letras y artes para enseñar a hablar a los mudos, 
Madrid, 1620. 

(2) J. Bulwer: Chirologia, Londres, 1644; Philocophus, Londres, 1648. 

(3) J. Wallis: De loquela, Londres, 1652. 

(4) W. Holder: Ele?nenis of Speech, Londres, 1669. 

(5) G. Dalgarno: Ars signorum, Londres, 1661; Didascalacoplius, Oxford, 1680. 

(6) Reimpreso por H. E. Handerson en Janus, Amst, 1899; IV, páginas 540-547- 



286 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Bruno en la hoguera (ióoo), la Guerra de los Treinta Años, la Fronda, la 
Revolución de Inglaterra, el embarque de los peregrinos, los anatemas 
lanzados a Spinoza, el suicidio de Uriel Acosta — demuestran que los 
hombres superiores de esta época se sentían ellos mismos «en la presen- 
cia de las causas superiores>. No obstante, las guerras de la Fronda re- 
macharon los lazos de la monarquía y del clericalismo sobre Francia, y al 
paso que Alemania se encontraba arruinada por la Guerra de los Treinta 
Años, Inglaterra y Holanda quedaban libres, y las barbaridades del feuda- 
lismo fueron templadas por las actividades reales del gobierno y por el 
interés intensamente desarrollado hacia el estudio y la aplicación de las 
leyes. Desde la época del descubrimiento, tal vez legendario, de las pan- 
dectas dejustiniano en Rávena, hacia 1 1 3 5, había habido un ensayo gra- 
dual hacia un gobierno regular nacional y civil, así como también hacia el 
intercambio de las naciones por las leyes romanas, y ello era conducido 
a un foco por la labor de los dos más grandes juristas de la época: Hugo 
Grotius (1583- 1645), de Delft (Holanda), y Samuel von Pufendorf (1632 
a 94), de Chemnitz (Sajonia). Con mejores regulaciones y restricciones le- 
gales, el estado social de los médicos había consiguientemente mejorado; 
sin embargo, los cirujanos seguían estando bajo el anatema, exceptuando 
cuando se les necesitaba en época de guerra. En Alemania, el médico 
propiamente dicho era designado como mediáis purus, y frecuentemen- 
te gozaba de una posición oficial definida, tal como médico ordinario de 
un potentado (medicus ordinarius), médico del Estado o de la ciudad 
(physicus), o doctor de la peste (medicus pe stilentiarius), todos con eleva- 
dos sueldos, al paso que los cirujanos eran designados con el nombre de 
Feldscheerer, a causa de que ellos tenían que rasurar a los oficiales. El 
grupo general de los cirujanos era rudamente clasificado con la horda de 
barberos, bañeros, verdugos y charlatanes vagabundos. 

La condición de la Medicina se había mejorado notablemente por la 
ambición de los príncipes de fundar nuevas Universidades y por la apari- 
ción de dos nuevos factores de la mayor importancia, a saber: las Socie- 
dades científicas y la literatura periódica. 

El Biglo xvii señala el crecimiento de muchas lamosas Universidades holandesas 
y alemanas, especialmente Harderwijk (1600), Giessen (1607), Groningen (161 4), 
Rintelfl (1621), Dorpart (1632), Utrecht (1636). Abo 1640), Bamberg (1648), Herborn 
, Duisburg (1655), Kiel (1665), Lund (1666), Innsbruck (1672) y Halle (1694). 
Pero por espa< lo de Biglos las Universidades han sido, como dice Joubert, típica- 
mente burguesas; los pacific os, frivolos y auto-satisfechos poseedores de lo que. 
ellas tenían transmitían la muerta tradición y eran fuertes sostenes del conserva- 
durismo, los mejores pensadores y hombres de ciencia estaban, por consiguiente, 
penetrados desde larga fecha con la convicción de <|ue la labor hecha en las Uni- 
careí ía de valor y era lo más pequeña posible. !)<• aquí se desprendía 
la necesidad de algún plan organizado para el desarrollo de las investigaciones ex- 
perimentales, para traer .i la vez hombres científicos y ponerlos en relación con los 



EL SIGLO XVII 287 

demás por medio de publicaciones científicas. Los que tenían que investigar y ex- 
perimentar, los soñados por Bacon en su House of ¡Solomon, eran encontrados en 
las Sociedades científicas (1). La idea de las Sociedades científicas era originaria de 
Italia. La Academia Secreta de Porta en Ñapóles (1560) fué seguida de la Acade- 
mia de los Linces (Accademia dei Lincei), fundada en Roma el 17 de agosto de 1603 
por el marqués Federigo Cesi, teniendo por divisa un lince desgarrando a Cerbero 
con sus garras. Era al principio una corporación cerrada de cuatro miembros, que 
ponía a discusión los nuevos experimentos, los problemas matemáticos y «los or- 
namentos de la literatura elegante y de la Filología, que, como un gracioso traje, 
adornan todo el cuerpo de la Ciencia». A pesar de encontrar mucha oposición por 
parte de la Iglesia, vivió y llegó a incluir a Galileo entre sus miembros, y publicó 
bellas traducciones en 4.°. En 1657 una Sociedad semejante, llamada la Academia 
del Cimento (Academia del Experimento), fué establecida en Florencia. En 1645 
un hivisible College, análogo a la Academia Secreta de Porta, fué fundado en Lon- 
dres por Haak, Hartlieb, Boyle, Wren, Goddard y otros, y más tarde, combinándo- 
se con una Philosophical Society,, de Oxford, publicó su primer libro-periódico el 
28 de noviembre de 1660, y el 15 de julio de 1662 era privilegiada por Carlos II 
como Royal Society de Londres. Comenzó a publicar en 1665 sus Philosophical 
Transactions, de reputación mundial. Llegaron pronto éstas a alcanzar un alto nivel 
de cultura, publicando obras importantes de Leeuwenhoek, Malpighi y otros gran- 
des nombres. La Philosophical Society de Dublin fué fundada en 1684, con sir Wi- 
lliam Petty como primer presidente, y, después de algunas vicisitudes, fué reorga- 
nizada como Trinity Coliege en 1693. Richelieu fundó en Francia la famosa Acade- 
mia Francesa en París en 1635, con e ^ objeto de perfeccionar el idioma francés y 
la literatura; y en 1665 Colbert fundaba la Academia de Ciencias, que empieza a 
imprimir sus publicaciones (Historia y Memorias) en 1699. En Alemania la Socie- 
dad de Médicos Científicos (Gesellschaft naiurforschender Aerzte), o Academia na- 
tural curiosísima, fundada en Schweinfurt en 1 de enero de 1652 por Johann Lorenz 
Bausch y otros, se convirtió en 1677 en la Imperial Academia Leopoldina de Natu- 
ralistas (Kaiser liche Leopoldinische Akademie der NaturfoscherJ, o Academia Caesa- 
rea-Leopoldina, que comenzó a publicar sus Miscellanea o b.phemerides, en 1670. 
Estas han sido continuadas por las Acta medica Hafniensia, editadas por Thomas 
Bartholinus (Copenhague, 1671-79), y por las Acta eruditorum (Leipzig, 1682- 1745). 
La literatura periodica destacada ha llevado, entretanto, una vida independiente. 
Las Acta Diurna de los antiguos romanos editaban boletines de batallas, eleccio- 
nes, juegos y otros acontecimientos, y la Gaceta de Pekín, en China, fundada en el 
siglo vii después de J. C, y todavía en marcha, ha precedido a todas las otras pu- 
blicaciones de su género. Los periódicos del siglo xvn proceden de las fugitivas 
«letras nuevas», originalmente escritas ampliamente por patronos ricos, y con la 
subsiguiente formación de «oficios intelectuales», como asalariados escritores y 
empleados, como se describen en la comedia de Ben Jonson 1 he ¡Staple of News (El 
mercado de lo nuevo) [1025]. Siguen a éstos las venecianas gazzette, coranti o fo- 
glielti (153 1), la A/ieuwe 7 ijdinghen, un periódico urbano publicado por Abraham 
Verhoeven, que, autorizado para ser publicado en Amberes en 1605 (no existiendo 
ejemplares antes de 1616), ha sido seguido, a su vez, por los periódicos alemanes 
el Frankfurter Journal, fundado por Egenolph Emmel en 161 5, y el Frankfurter 
Oberpostamtszeitung (1 610-1666); el londinense Weekely News, aparecido por primera 
vez el 23 de mayo de 1622 y seguido por el Mercurius Britannicus (16 de agosto de 
1643), de Marchamont Nedham; la Gazette de France, publicada en París por el mé- 
dico Théophraste Renaudot en 30 de mayo de 163 1, y en América el solitario nú- 
mero de las Publick Occurrences, editado por Benjamín Harris y publicado en Bos- 
ton el 25 de setiembre de 1690. Completamente distintos de estos periódicos pro- 
piamente dichos eran aquellos boletines políticos como el escocés Diurnal of 
Occurents (1513-75), el Mercurius Gallo-belgicus, de Janson (1587-94), los Diumals 
del Parlamento inglés (1641-42) o el Mercurius Britannicus, de Marchamont Ned- 
ham (1643-46). La genealogía de la ciencia periódica se encuentra en las revistas 



(1) Para el mejor estudio de este asunto en Inglaterra véase i he Role of Scien- 
tijic Societies in the Seventeenth Century, por Martha Orenstein (Bronfenbrenner), 
New- York, 19 13. 



288 HISTORIA DE LA MEDICINA 

ajenas a las Sociedades científicas. La nueva tendencia se encuentra representada 
en la Ciencia por el Journal des Scavans, de París (5 de enero de 1665), y en Medi- 
cina, por los Nouvelles Dccouvertes sur loutes les Parties de la Médecine, de Nicolás 
de Blegny (París, 1679-81), generalmente considerado el primer periódico médico 
en vernacular. Su popularidad es evidente, como lo prueba el hecho de su traduc- 
ción al alemán con el título de Monatliche neueróffnete Anmercku?igen (Hamburgo, 
1680). Ha sido traducido al latín y continuado con el nombre de Zodiacus medico- 
gallicus (Ginebra, 1680-85) por Théophiie Bonet. El abortado Journal de Médecine 
(1681-85), del abate J. P. de la Roque, ha sido continuado (1686) por Claude Bru- 
net, que editaba también el mensual Progres de la Médecine (1695-1709) [1]. 

De Blegny era también el autor de una serie de satíricos bocetos de sus con- 
temporáneos, que publicaba con el título de Mercure savant (1684), recibiendo el 
original de los subsiguientes «directorios de la ciudad»(2). Théophraste Renaudot 
era el fundador de las casas de préstamos y de los centros de información. Cuan- 
do reflexionamos en que no había aún servicio postal en el continente europeo 
antes del año 15 16 (3), comprendemos mejor la importancia de aquellas Socieda- 
des científicas, revistas y directorios como favorecedores de la diseminación y di- 
vulgación de la cultura. 

Los grandes centros de la educación médica en el siglo xvn eran Ley- 
den, París y Montpellier. En Leyden estaban Sylvius, Ruysch, Nuck y 
Bidloo; en La Haya, van Deventer y Cornelis Solingen; Roonhuyze y 
Swammerdam, en Amsterdam; Duverney, Vieussens, Pierre Dionis, Mau- 
riceau, Jules Clement y Paul Portal, en París; Giorgio Baglivi, en Padua, y 
no olvidemos que Sydenham era discípulo de Charles Barbeirac en Mont- 
pellier. En Alemania, en cambio, la Medicina tenía poca brillantez hasta 
después de la paz de Westphalia (1648) y de la época en que la mayoría 
de las investigaciones científicas originales de Europa se habían realizado 
por médicos prácticos destacados de las Universidades. No deja de tener 
significación que el gran desarrollo de la labor brillante en Anatomía y 
Fisiología ha seguido inmediatamente a la terminación de la Guerra de 
los Treinta Años. 

En 1633, como hace notar Baas, Ingolstadt tenía púnicamente tres estudiantes; 
en 1647, dos, y 16 en 1648; entretanto, Estrasburgo, sólo 13 en el período de 1612-31; 
cuatro, de 1632 a 1648, y seis, de 1649 a ^99. La enseñanza médica alemana en 
este período estaba, además, siguiendo las antiguas líneas medievales, escolásti- 
cas, de simple continuación ciega de Galeno y de los árabes, en oposición con la 
medicina popular de Paracelso. Una viva tempestad se produjo por Thomasius 
en 1688, cuando intentó emular el ejemplo de Paracelso dando las lecturas en len- 
guaje alemán, y con los mismos prejuicios había de tropezar todavía Schonlein 
en 1S40. Sydenham, Glisson y el médico suizo Theodore Turquet de Mayerne eran 
los sabios exponentes del estudio clínico de las enfermedades en Inglaterra; pero 
en el continente, el verdadero método clínico, introducido en Leyden ya en 1591 



\fünch. med. Wochenschriff, 1903, I, pág. 455. 

El primero ere el Almanac des addresses de Paris, 1691. 

Marco Polo describe un extenso servicio de correos en la China de su 

tiempo, y Luis XI, en 1464, establece un servicio oficial de mensajeros a caballo 

tnposte) en Man. ia; pero < 1 verdadero Bervicio postal montado para 

< 1 publi< o fué el establee ido entre Viena v Bruselas, en 15K., poi Franz von I'hurn 



El SIGLO XVII 289 

por Jan van Heurne (Heurnius) [1], era seguido únicamente por Sylvius, y tal vez 
por Barbeirac en Montpellier. El método usual de enseñar la Medicina era la lec- 
tura, a la ligera, de un texto latino, seguida de la exposición de una serie de pres- 
cripciones, que eran, según los casos, galénicas, espagiríticas, iatromatemáticas, 
iatroquímicas, o heméticas, y que eran copiadas por los estudiantes. 

Jardines botánicos se habían establecido en Heidelberg antes de 1600, Giessen 
(1605), Oxford (1621), Estrasburgo (1620), Jena (1629), Upsala (1657), Chelsea 
(1673), Berlín (1679), Edimburgo (1680) y Amsterdam (1682). 

La disección como medio de enseñar la Anatomía era más frecuente- 
mente empleada en Italia, Holanda y Francia, que en Alemania y en In- 
glaterra. En esta última el material era generalmente obtenido por el robo 
de las sepulturas. En Alemania, las disecciones longo intervallo adqui- 
rían la naturaleza de acontecimientos cívicos, siendo acompañadas de 
festejos. Cuando Rolfink comenzó a tener dos disecciones anuales en cri- 
minales ejecutados en Jena en 1629, la práctica era auxiliada, con un 
santo horror, por el campesino, que vigilaba las sepulturas nuevamente 
hechas, por miedo de ser él RoLñnkeado. Un esqueleto con los fines de 
enseñanza constituía una rareza, y a pesar de que había anfiteatros ana- 
tómicos en la mayoría de las ciudades continentales, no había ninguno 
en Edimburgo hasta 1697. Este último, sin embargo, llegó a ser el punto 
de partida de la supremacía de Edimburgo en la enseñanza anatómica 
bajo la dinastía de Monro. En Francia se dice que Vieussens había he- 
cho, él solo, más de 500 disecciones. La popularidad y la frecuencia de 
las disecciones en Holanda se demuestra suficientemente por los cuadros 
de los grandes artistas holandeses. El más antiguo de los conocidos es la 
Anatomía, del doctor Sebastián Egberts, por Arend Pietersz (1603), en 
la Galería de Amsterdam, representando 28 médicos, con altos cuellos 
plegados y barbas a lo Van Dick, agrupados alrededor del demostrador, 
que está a punto de introducir el escalpelo en el cadáver que tiene si- 
tuado delante de él. Otra Anatomía, por Thomas de Kéyser (1619), tam- 
bién en la colección de Amsterdam, representa al mismo médico burles- 
camente cosquilleando las costillas de un esqueleto riente, para diversión 
de cinco de sus amibos. Un soberbio documento es el cuadro de van 

o 

Mierevelt en el Delft Hospital (1617), representando un niño con las vis- 
ceras al descubierto, rodeado por el doctor van der Neer y otras 1 7 figu- 
ras con los accesorios de la disección. La famosa Anatomía, de Rem- 
brandt, del doctor Tulp (1632), en La Haya, es bien conocida, y el mismo 
gran maestro de la pintura realista tiene en la Galería de Amsterdam un 
notable estudio, no terminado, de un cadáver disecado (1656), recordando 
el cuadro de Mantegna del Cristo muerto, y titulado la Anatomía, del 



(1) J. E. Kroon: Janus, Amsterdam, 191 2; XVII, páginas 443"447- 

Historia dk LA Mbuioiha. - Tomo I \9 






á 9 o HISTORIA DE LA MEDICINA 

doctor Johann Deyman. Las más bellas de todas estas Anatomías son las 
de Adriaen Backer, en la Galería de Amsterdam, representando una di- 
sección de Frederik Ruysch, y el cuadro de Johann Neck en que aparece 
el mismo maestro demostrando las visceras de un niño a cinco médicos, 
en tanto que un niño juega en un rincón con un esqueleto infantil. Con- 
siderando las caras enérgicas, firmes, de estos médicos holandeses, rica- 
mente vestidos con trajes de seda o de terciopelo, con grandes cuellos 
plegados (i), podremos formarnos una idea de la dignidad profesional en 
el siglo xvii. En los cuadros de Rembrandt, en las dos Anatomías de 
Frederik Ruysch, y en el cuadro de Nicholaes Maes, de los jefes del gre- 
mio de cirujanos (Amsterdam, 1680), los cuellos rizados se han transfor- 
mado ya en bandas de Ginebra. En el Doctor Tulp, de Rembrandt, lo 
mismo que en la Anatomía, de Greenbury, de sir Charles Scarborough 
(1649), en el Hall de los Barberos, en Londres, el corto cuello ribeteado 
de encaje, que era evidentemente una señal d» riqueza o de categoría, 
aparece bien evidente (2). Un grabado al aguafuerte representando el an- 
fiteatro anatómico de Leyden, de 1610, muestra un espacio cerrado de 
forma circular, provisto de simples localidades como las de un teatro, 
resguardadas por barandillas, y una tercera parte del espacio, aparte, 
ocupada con pájaros disecados, esqueletos humanos y animales (uno de 
aquéllos montando a caballo), llevando placas con apropiadas inscripcio- 
nes mortuorias. Estas inscripciones, con sus esqueletos correspondien- 
tes, constituyendo un carácter del famoso Museo Anatómico de Ruysch, 
en Leyden, fueron compradas por Pedro el Grande, en 1 7 17 , por 30.OOO 
florines (75.OOO chelines = 94.OOO pesetas), y se encuentran en buen es- 
tado de conservación en el Museo Anatómico de la Academia Imperial 
de Ciencias de Petrogrado. Una segunda colección, que Ruysch ha hecho 
posteriormente, ha sido, según afirma Hyrtl, destruida y deshecha des- 
pués de su muerte. 

Lo mismo que los grandes médicos del Renacimiento estudiaban, ge- 
neralmente, Botánica o Zoología como un género especial de investiga- 
ción, encontramos que los médicos del siglo xvn eran al propio tiempo 
distinguidos matemáticos y astrónomos, físicos y microscopistas o quími- 
cos. En la enseñanza universitaria se desplegaba, en ocasiones, la más ex- 
traordinaria versatilidad; Meibom, por 'ejemplo, enseñaba Eilosofía, Filo- 
logía, Arqueología y Geometría lo mismo qué Medicina (Baas). Kl poli- 



(1) Estos cuellos eran también usados por lis señoras patronas del Hospital 
de Leprosos en el < uadro de Werner van Valckert de 1620 {Hollander, pág. 89). 

Para las reproduce iones y acabadas descripciones de todas estas pinturas 
■ Eugen Hollander: fJü Mtdizin in der klassiscktn Malerei, Stuttgart, 1903; pá- 



EL SIjGLO XVIÍ 291 

historiador Hermann Conring enseñaba en las cuatro facultades. En Físi- 
ca hemos mencionado ya las obras de Descartes, Kepler, Sanctorius, 
Hooke, Borelli y Scheiner, y de los médicos-químicos sólo tendremos ne- 
cesidad de señalar a Van Helmont, que ha sido el primero en usar la de- 
nominación de «gas», conociendo las propiedades del hidrógeno, del di- 
óxido carbónico y del dióxido sulfuroso; Leewenhoek y Redi, que son los 
primeros en hacer estudio químico de los alimentos; Boyle, el primero en 
definir químicamente los «elementos», en fundar la química analítica y en 
descubrir que la presión de un gas es proporcional a su densidad (ley de 
Bovle); John Mayow, que estuvo n pique de descubrir el oxígeno; Minde- 




Anatomia dci Dr. Frederik Ruysch, por Johan van Neck (1683). (Amsterdam Museum), Hanfstaengl, Munich 

rer, que descubrió el acetato amónico (spiritus Mindereri); Nicolás Lémery 
(1645-T7 1 5), que descubrió el hierro de la sangre; y Thomas Willis, que 
descubrió el sabor dulce de la orina diabética. Johann Rudolph Glauber 
{ 1604-88), de Carlstadt, cuyo busto fué usado como un signo químico por 
espacio de cerca de doscientos años, descubrió el sulfato sódico (sal de 
Glauberio), obtuvo el sulfato de cobre, el cloruro arsenioso y el cloruro 
de cinc; destiló el amoníaco de los huesos y obtuvo el ácido clorhídrico 
destilando el ácido sulfúrico con sal marina; investigó el ácido piroleñoso 
(acetum lignorum), hizo mucho en la química de los vinos y de los alco- 
holes y publicó una notable enciclopedia de procedimientos químicos. 
Vendió frecuentemente «secretos» a los manufactureros, estando acusado 
de haber vendido varias veces un mismo secreto, o de vender algunos que 
no había obtenido, y su gran secreto, que expresamente rehusó vender o 



2 9 2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

publicar, era el alkahest, o disolvente universal. Por esto decía Oliver 
Cromwell: «Este Glauber es un perverso bribón»; pero Glauber era, al 
propio tiempo, el más grande analizador químico de su época, y la fama 
que habían logrado sus descubrimientos, insinuados por sus ayudantes, 
habían enseñado a apreciar su agudo talento al guardar sus negocios para 
él mismo. El misterioso Glauber resulta particularmente interesante por 
aparecer colocado entre los químicos científicos, como Mayow y Boyle, y 
aquellos otros que seguían deliberadamente la Alquimia. 

A pesar de que la pretensión de hacer oro y plata y otras prácticas 
estaban condenadas por la Iglesia en sus famosas bulas Spondet pariter 
(13 17) y Super illius specula (1326^, de Juan XXII, la Alquimia llegó a cons- 
tituir un culto intensivo deextraordinaria magnitud en los siglos xvi y xvn, 
a causa de que ella atraía especialmente a los que buscaban el dinero, el 
amor de la vida o el temor a la muerte. Por la piedra filosofal, conocida 
otras veces como «la quintaesencia» o ei «gran magisterio», había que 
pensar no sólo en la transmutación de los metales viles en oro, en la for- 
mación de piedras preciosas y en la del disolvente universal, sino tam- 
bién en conferir la salud perfecta y en alargar la vida. Por eso era des- 
cripta por todos los que a ella aspiraban como un sueño de color de rosa. 
Raimundo Lulio la llamaba un carbunco; Paracelso la comparaba con un 
rubí; Berigardo de Pisa, a una adormidera silvestre con sabor de sal ma- 
rina caliente; van Helmont, al azafrán con el brillo del cristal (Thorpe) [i]. 
La sinfonía coral en alabanza de su capacidad para conservar la salud se 
parece a los testimonios del «Vino Mariani» o de otros específicos de 
nuestro tiempo. 

El disolvente universal era, no obstante, un paso para llegar al reme- 
dio universal, como el de Butler, charlalán francés, que 

Se coloca por encima de los médicos 
Y llama a su receta un específico general. 

Los efectos de la Alquimia en la medicina de los siglos xv y xvn han 
sido la creación de gran número de variedades de la escuela de Paracel- 
so, o espagírica, que han recibido diferentes nombres de hermética, caba- 
lística, zorástrica o rosicruciana, de acuerdo con la tendencia individual 



(1) Kl Alkahest, el nombre del disolvente universal de Paracelso, que serviría 
para preparar la piedra, se ha supuesto que derivaría del latín at kali est, del ale- 
mán all Casi (todo gas) o Alies /si (ello es todo); pero el químico Johann Kunkel 
Í1630-1704 que se ha o< upado de todas estas derivaciones, dice que el verdadero 
nombre es Alies Lügen ¿si (Todo es mentira), porque si «ello lo disolviese todo, no 
podría existir vasija que lo « ontuvicra». Sir E. Thorpe, History of Chemistry, Lon- 
' w York, 1900, I, 46-56 y 81. 



EL SIGLO XVII 293 

hacia las doctrinas del Hermes Trismegistus (el Toth de los egipcios), de 
la tradición oral de los hebreos, o cabala; de la «palabra viviente» (Zenda- 
vesta), del Zoroastro persa (el Zarathustra de Nietsche), o del culto de la 
mítica Rosa-Cruz cristiana. La doctrina de la Rosa-Cruz emanaba de los 
tres libros de jerga mística y alquimista, que se habían publicado durante 
los años 1614-16, y que llevaban los nombres Fama fraternitatis, Con- 
fessio fraternitatis y el matrimonio químico de la cristiana Rosa-Cruz. El 
supuesto autor había viajado (como de costumbre) por el Oriente, donde 
había aprendido Necromancia, Alquimia y Filosofía. A su vuelta exten- 
dió sus conocimientos nuevos a siete asociados, constituyendo los Herma- 
nos de la Cruz Rosada, que debían consagrarse al cultivo de la Ciencia, 
comunicando los resultados obtenidos unos a otros; a prestar asistencia 
gratuita a los enfermos pobres y a no tener emblemas ni signos distintivos 
en su culto, a excepción de las letras «C. R. ». No es necesario añadir que 
podían hacer oro, si tal fuese su deseo; pero, del propio modo que los es- 
piritualistas y los teosoñstas de nuestro tiempo, desdeñaban dar ninguna 
aplicación práctica a sus superiores conocimientos, que decían haber ob- 
tenido por iluminación directa de Dios. Se ha descubierto más tarde que 
los tres libros base del culto rosicruzado no han sido escritos por Rosen- 
creutz, sino por el pastor de Württemberg Johann Valentín Andreas 
(1586- 1654), que perpetró esta solemne pieza de mixtificación con el mis- 
mo espíritu con que Meinhold escribió Sidonia la Hechicera. Todas las 
seis locuras de la ciencia; a saber: la cuadratura del círculo, la multiplica- 
ción del cubo (el espacio de las cuatro dimensiones o espiritismo), el mo- 
vimiento continuo (Cornelius Drebbel), la astrología judicial, la Alquimia 
y la Magia, aparecían exageradamente desenvueltas en la medicina del si- 
glo xvii, y en su mayoría han sido sujetas al más agudo ridículo por But- 
ler, el insigne satírico de aquella época. Figuras preeminentes del Hudi- 
bras, de Butler, son Ralph, el astrólogo judicial, que pretendía purgar y 
sangrar con arreglo a los signos del Zodíaco, y que además 

Era muy renombrado 
por su profundo y sólido mentir, 

y Sidrophel, el rosicruzado y veterinario, 

Al cual todo el mundo, de lejos y de cerca, 
acude para profundos misterios, 
cuando latón o estaño se han perdido, 
o cuando la ropa blanca ha desaparecido. 



Cuando el ganado cae enfermo 

y se necesita la opinión del médico. 



2 9 4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Los engaños de los médicos astrológicos de este tipo han sido ridicu- 
lizados en el Love for Love (1695), de Congreve; en el carácter de Fore- 
sight (presciencia, presagio), un viejo picaro, iletrado, regañón y pasivo, 
supersticioso y vanidoso, que pretende saber Astrología, Quiromancia, 
Fisiognomía, agüeros, presagios y sueños, etc.», y a propósito del cual 
dice el doctor Johnson en el juicio crítico de aquella comedia que «el ca- 
rácter de Foresight era el común y corriente; Dryden calculaba los ho- 
róscopos; Cromwell y el rey Guillermo tenían ambos sus días felices; y el 
mismo Shaftesbury, a pesar de no tener religión, se decía que creía en los 
presagios> (l). La tendencia era ser no menos confiados entre los sabios 
del estado laico. Se dice que Kepler ha hecho un horóscopo para Wal- 
lenstcin. Minderer (el del spiritus Mindereri) aconsejaba a los doctores, para 
evitar la peste, repetir el salmo XXII al tiempo de acercarse a la cama de 
los enfermos; y hasta los antiguos curanderos sajones recomendaban con 
urgencia la aplicación del agua bendita y la entonación de los salmos LI y 
LXVII y del credo anastasiano al asistir al ganado afecto de pleuroneumo- 
nía (2). Se dice también que el hábil clínico Daniel Sennert creía en la he- 
chicería y en los pactos con el demonio. El asunto de las brujas de Lan- 
cashire, que ha sido dramatizado por Thomas Heywood, parece demos- 
trarnos que largo tiempo después de la época de Weyer, las gentes se- 
guían creyendo en los estigmas de íncubos y súcubos (equimosis histéri- 
cas), marcas de brujas (zonas anestésicas), posesiones demoniacas y otras 
pantomímicas fases de la histero-epilepsia (Ormerod) [3]. Sebastián Wir- 
dig creía en la magia y en las varitas mágicas. Goclenius y Fabricius Hil- 
danus eran patrocinadores de la pomada para las armas, y en 1658 la 
Universidad de Montpellier oía el discurso de sir Kenelm Digby sobre el 
poder simpático, que madame de Sévigné consideraba como «un reme- 
dio completamente divino» (28 de enero de 1685). Digby, un superhom- 
bre a su modo, que pasó rápidamente a personaje como corsario en el 
combate naval de Levante, conmemorado en el jocoso cupléde Ben Jonson: 

Testigo de su acción, dada en Scanderoon 
El día de su cumpleaños, el once de junio. 

opulento y cortesano, no obstante la prisión de su hermano por traición, 
se entrometía en política, en religión y en ciencia, llegando, sin embargo, 
a hacerse oír, a pesar de que, como dice Lady Fanshawe, «solía exten- 
derse más de lo creíble en fantásticas historias», y escribió una autobio- 



fhnson: Lives of the Poets (Vidas de los poetas), sub voce Congreve. 
ockayne: uranderoa sajones), I. página 389. 

(3) Ormerod: St. Barth. fíosp. Joam, t I ondres, 1913, XX, 91-97. 



EL SIGLO XVII 295 

grafía única. El poder simpático, su principal amuleto, consistía, como es 
bien sabido, nada más que en vitriolo verde, primero disuelto en agua, y 
después vuelto a cristalizar o a calcinar al sol. El duque de Buckingham 
testimoniaba que sir Kenelm había curado a su secretario de una herida 
gangrenosa empapando el ensangrentado vendaje en una solución del po- 
der. Digby afirmaba haber aprendido este remedio secreto de un fraile 
carmelita de Florencia, atribuyendo la virtud de aquél al hecho de que 
los rayos del sol han extraído los espíritus de la sangre y del vitriolo, en 
tanto que, al propio tiempo, el calor de la herida causado por el principio 
curativo así producido es atraído hacia aquél por medio de una corriente 
de aire. Tan entretenidas como ésta son las supersticiones de las curas 
simpáticas y magnéticas de las heridas y de la curación de las enferme- 
dades por medio del acariciamiento. Las primeras proceden de Paracelso 
y han sido explotadas en 1608 por Rudolph Goclenius y sus discípulos 
en el tratado De magnética curatione vuineris, al paso que la medicina 
simpática era el asunto de un tratado de Sylvester Rattray (1658) y de un 
colectivo Theatrum sympatheticum (1662). El tratamiento consistía en 
untar el arma con que se había producido la herida con el unguentum ar- 
marium, de grasa humana y de sangre del herido; la herida misma se cu- 
bría con hilas húmedas. Esta terapéutica ha sido sostenida por Fabry de 
Hilden, Robert Fludd el Rosicruzado y van Helmont, que atribuía su vir- 
tud al magnetismo animal. La Iglesia sostenía que la cura de las armas 
era obra de la magia y del diablo, y este punto de vista ha sido seguido 
por William Foster en su Hoplocrisma Spongus, o una esponja para lim- 
piar la pomada de las armas (163 1). Robert Fludd (1619), van Helmont 
(1621), Kircher, en Magues (1643) y William Maxwell (1679) son los más 
antiguos teorizantes a propósito del magnetismo animal, que fué llevado 
al terreno práctico por Valentine Greatrakes (Greatorex) [1628-66], uno 
de los soldados de Cromwell en Irlanda, que alcanzó extraordinaria repu- 
tación a causa de sus «curas» de las enfermedades pasando las manos 
(acariciando) y por su cura de la escrófula con cataplasmas de zanahorias. 
Sin embargo, el tratamiento de la escrófula constituía una prerrogativa de 
la realeza. La enfermedad del rey, o morbus regius, ha sido recientemente 
objeto de una completa y erudita monografía por el doctor Raymond 
Crawfurd (191 1), y los resultados de sus originales investigaciones en las 
fuentes medievales pueden rápidamente resumirse del modo siguiente: 

El poder personal de devolver la salud, atribuida siempre, en primer término, 
a los dioses, ha llegado a ser, por una natural asociación de ideas, un derecho divi- 
no délos reyes, y muchos ejemplos de ello se encuentran mencionados en los cro- 
nistas romanos y en los padres de la Iglesia. Así, Helgaldo, un fraile del siglo xi, 
recuerda que Roberto el Piadoso (996-10*1) realizaba curaciones por el tacto, y 
Guibert, abad de Nogent, de que la virtud de curar la escrófula tocando (scrophas 



2 9 6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

circa fugulum) había sido concedida a Felipe I de Francia (io6t-ito8) y a su hijo 
Luis VI (i 108-37). Poco tiempo antes de su muerte, Eduardo el Confesor aplicaba 
el tacto a la curación de la escrófula, según testimonio de William de Malmesbury 
v de un monje cronista de Westminster. La práctica ha continuado en los reyes de 
Francia hasta los tiempos de Luis XVI, habiendo resucitado en el momento de la 
coronación de Carlos X, en 1824, presentándole 121 enfermos nada menos que 
Dupuvtren v Alibert. En Inglaterra el tacto regio cayó en desuso entre los reyes 
normandos posteriores al Confesor, para reaparecer con Enrique II, Enrique III y 
los tres Eduardos. Además, en la nota del guardarropa de los últimos figura el im- 
porte de las limosnas para los escrofulosos pobres. Después de Ricardo II hay un 
completo silencio en todas las crónicas a este respecto, hasta 1462, cuando Enri- 
que VII hace revivir esta regia prerrogativa con un ritual especial y con la acuña- 
ción de una moneda especial, el Ángel de Oro, para tocar a los enfermos. El cere- 
monial y la moneda han constituido rasgos de todos los reinados siguientes hasta 
llegar a Guillermo de Orange, que trató desdeñosamente esta práctica; pero la 
reina Ana vuelve a restaurarla hasta tocando (sin éxito) al doctor Johnson. Los des- 
terrados Estuardos también la han mantenido «sobre el agua»; pero ha sido prác- 
ticamente abandonado por Jorge I. 

Ha sido el siglo xvn el momento en que el tacto regio había alcanzado su ma- 
yor fama. Richard Wiseman, uno de los más diestros cirujanos de su época, ha es- 
crito la clásica Memoria de la Enfermedad de los reyes, en la que da amplios testi- 
monios del poder curativo de Carlos II. Shakespeare, en tiempo de Jacobo II, lo 
describe (Macbeth, ac. IV, esc. 3. a ) del modo siguiente: 

extrañas visitadas gentes, 
todas hinchadas y ulcerosas, cuya vista da compasión; 
verdaderas desesperaciones de la Cirugía, curaba él . 
colocando una pieza de oro encima de sus cuellos, 
diciendo al propio tiempo santas plegarias. 

El tacto real no se encontraba todavía sujeto al ridículo en la Pseudo- 
doxia epidémica, o Enquiries into Vulgar and Common Errors (Pesquisas 
acerca de los errores comunes y vulgares), de sir Thomas Browne (1605 
a 82), el antiguo médico de Norwich, cuyos deliciosos escritos — Religio 
Medici (1643), Urn Burial (1658) y los restantes — pertenecen a la litera- 
tura, en el más exquisito sentido. La Religio Medici, con su delicado y 
original modo de expresión, es un ensayo de reconciliación entre el escep- 
ticismo científico y la fe. Los Errores Vulgares, aunque nominalmente, 
constituyen un ataque crítico a la superstición, despliega la misma deli- 
ciosa fantasía por la crédula actitud de su autor hacia muchas de las cosas 
que pone fuera del ridículo. 

En resumen: al paso que la ciencia médica del siglo xvn había realiza- 
do rápidos y extensos progresos, la medicina popular estaba a punto de 

n eder basta los excesos del período bizantino; lo que demuestra 

nuei ' ial de que los puntos de vista populares de la Medicina 

son inevitablemente Biempre los mismos, independientemente de todas 

las diversas circunstancias de tiempo y de localidad. Ksto puede ser fácil- 

omprobado por el estudio de la Materia médica de este período. 

í .1 primera edición de la London Pharmacopoeia, publicada en 1618, contiene 

1 ellos, 1.028 simples, 91 animales y 271 vegetales. Entre 

irao pastillas de víbora desecada, pulmones de zorro (para el 



EL SIGLO XVII 297 

asma), polvos de piedras preciosas, aceite de ladrillo, aceite de hormigas, aceite de 
lobo y manteca hecha en mayo (para ungüentos). Entre los 932 medicamentos com- 
puestos, muchos de los cuales conservan los nombres de sus inventores griegos y 
árabes, hay jarabes vegetales, compuestos de polvo de sen; ungüento napolitano 
(sangre), emplasto de Vigo (compuesto de carne de víbora, con ranas y gusanos vi- 
vos"» y el celebrado antídoto de Mattioli, hecho de unos 230 ingredientes, incluyen- 
do los diversos mitridatos (confcctio Damocratis) y la triaca de Andrómaca. La far- 
macopea de 1 650 contiene cochinilla, vino de antimonio, los precipitados mercuria- 
les rojo y blanco, polvo del cráneo de una víctima de muerte violenta y polvo de 
Gascuña, compuesto de bezoar, ámbar, perlas, ojos de cangrejo, coral y cabezas 
negras de pinzas de cangrejo. En la farmacopea de 1677 han desaparecido los nom- 
bres griegos y árabes, demostrando que la influencia de estos autores ha dismi- 
nuido también, al paso que hacen su aparición por primera vez la jalapa, la corteza 
de quina, el alumbre calcinado, Ja digital, el benjuí, el bálsamo de copaiba y el de 
tola, los tónicos ferruginosos, el agua irlandesa (aqua vitae Hibernorum sive usque- 
baugh), así como también la orina humana, tan recomendada por madame de Sé- 
vigné (13 de junio de 1685) [1]. Entre los remedios curiosos comprendidos en las 
tres farmacopeas londinenses de este período figuran la sangre, la bilis, la grasa, 
las visceras, los huesos, la médula de los huesos, las uñas, los dientes, las pezuñas, 
los cuernos, los órganos sexuales, los huevos y los excrementos de todo género de 
animales; aguijones de abejas, crestas de gallo, huesos de jibia, pieles, plumas, pelos, 
cola de pescado, perspiración humana, saliva de un hombre en ayunas, placenta 
humana, seda cruda, telarañas, esponjas, conchas marinas, tiras de piel de culebra, 
escorpiones, nidos de golondrina, pulgones y el hueso wormiano de la unión de las 
suturas sagital y lambdoidea del cráneo de un criminal ejecutado (ossiculum anti- 
epilepticum (Paracelsi) [2]. La materia médica china no va más allá que éstas en este 
sentido, demostrando que la mente popular es estacionaria o discontinua. Aun po- 
demos añadir que Minderer prescribía el aceite de arañas y de lombrices de tierra 
contra la peste; Robert Boyle recomendaba el álbum Graccum como un remedio gro- 
sero, pero experimentado, contra la disentería; Nicolás Lemery, el ungüento de 
gato y el aceite de perros cachorros hervido con lombrices de tierra; Mattioli, el 
aceite de escorpiones, y Paracelso, el excremento humano (Zebcthum occidcntale). 
Glauber únicamente, en un importante estudio de las sales (1658) [3], recomienda 
el empleo de las preparaciones químicas en lugar de los excreta humanos. El viejo 
Nicholas Culpeper, el más notable herbarista y curandero de su época, que incurre 
en una larga serie de groseras burlas a propósito de las farmacopeas londinenses 
de 1 618 y 1650, aparte de su doctrina herbaria, era únicamente el crédulo astrólo- 
go descripto por Nedham como un «pretencioso, de cabeza díscola», que tenía 
dentro «un galimatías de farmacopeas no comprendidas», y cuya aspiración era la 
de «llegar a monopolizar él mismo todas las picardías y engaños de que fuesen ca- 
paces todos los boticarios». 

En Alemania, Rivinus ha publicado una Censura de remedios oficinales (1701), 
rechazando como inútiles los venenos, partes de animales, substancias destructi- 
bles e inertes, falsificadas, mal preparadas; los remedios imaginarios y las mixtu- 
ras incongruentes o incompatibles. 

Otro notable carácter de la terapéutica del siglo xvn es el largo número de 
preparaciones privadas o de propiedad particular (específicos). Merecen especial 
mención entre las nuestras las pildoras de Scot (Grana Angélica), compuestas por 
Patrick Anderson (1635), de áloes, jalapa, gutagarnba y anís (las modernas pildoras 
de áloes y mirra), que, según Wootton, seguían patentadas con éxito hasta 1876, y 
eran siempre muy solicitadas en las boticas. Las pildoras catárticas de John Pe- 
chey eran anunciadas a un chelín seis peniques la caja en tiempo de Sydenham. El 
bálsamo tranquilo, compuesto de hierbas por un capuchino del Louvre, era caluro- 



(1) Ella era también una ferviente defensora de la carne de víbora para «tem- 
plar, purificar y refrescar la sangre», v la murmuración afirmaba que sir Kenelm 
Digbv había envenenado a su mujer dándole dosis demasiado frecuentes de vino 
de víboras, con el fin de que conservase su buen aspecto. 

(2) A. C. Wootton: Chronicles of Pharmacy, Londres, 1910; vol. II, páginas 2-31. 

(3) Glauber: Tractatus de natura salium, 1658. 



29 8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

sámente recomendado por madame Sévigné (15 de diciembre de 1684); el bálsamo 
de Fioravanti, otra tintura vegetal de la época, continúa figurando en el Codex fran- 
cés. También sigue haciéndose el elixir de Daffy. Las gotas holandesas, o aceite de 
Haarlem, una mixtura de aceite de trementina con otros ingredientes, ha seguido 
usándose, desde 1672, como un «medicamento» o rutina preventiva déla enferme- 
dad. Carlos II daba a cualquiera de 5.000 a 15.000 chelines por la fórmula de las 
«gotas de Goddard», recomendadas por Sydenham, y que se decía estar hechas de 
seda cruda. El agua de los carmelitas (eau de Melisse des Carmes), un cordial aromá- 
tico hecho en la farmacia de los Carmelitas Descalzos, cerca del Luxemburgo, 
en 161 1, ha sido patentado hasta 1791 y vendido hasta 1840. La sal de Seignette 
(sal polychrestum), inventada hacia 1672 y un secreto hasta 1731, era sal de Rochel- 
le. La fórmula de las llamadas pildoras de Francfort, un laxante popular de áloes 
y ruibarbo, llamadas también pildoras de Beyer, o pilulae angelicae, fué transmitida 
por su inventor, Johann Hartmann Beyer (1 563-1625), de Francfort, a Jacob Flosser, 
boticario del Cisne Blanco, en 1578, y transmitida sucesivamente a otros botica- 
rios hasta muy avanzado el siglo xvm (1). Las pildoras de un imaginado doctor 
lmmanuel («Dios con nosotros»), de Nuremberg, eran usadas desde 1638 como un 
cúralo-todo, especialmente, cuando había amenaza de peste (2). El ungüento dorado 
para los ojos, de Singlenton, es descripto en las crónicas de Wootton como el más 
antiguo remedio secreto vendido en Inglaterra, y sigue siendo propiedad privada. 
Algún tiempo antes de 1630 la condesa de Chinchón, virreina del Perú, fué curada 
de la fiebre palúdica en Lima por la administración de la corteza de la quina, que 
era de largo tiempo conocida por los indios del Perú y que fué traída a Europa por 
los jesuítas en 1632, y posteriormente por Juan de Vigo. «Ningún otro aconteci- 
miento — dice Neuburger— ha trastornado tanto los sistemas escolásticos corrientes 
en Medicina como el descubrimiento de los polvos de los jesuítas.» Ramazzini dice 
que la quina ha sido en Medicina lo que la pólvora fué para la guerra. El hecho de 
que ella curase rápidamente las prolongadas intermitentes, para las cuales se ha- 
bían empleado por espacio de meses los viejos remedios, y en el tiempo de expul- 
sar los «humores corrompidos», era el final del galenismo en la práctica médica. 
Ha sido introducida en la práctica inglesa por Sydenham y Morton, y su aplicación 
ha servido para diferenciar la fiebre palúdica de otras infecciones febriles, y a Tor- 
ti para separar las formas perniciosas que no podían ser dominadas por ella. La 
in i \< daña ha sido primeramente mencionada como «igpecaya», por un fraile por- 
tugués en Purchas «Peregrinos» (1625), y llevada a París en 1672. Hacia 1680 co- 
menzó a ser administrada, como un remedio secreto contra la disentería, por Hel- 
vetius, y, a instancias de Luis XIV, el secreto fué experimentado y comprado por 
el Gobierno francés en 20.000 francos en 1688. La droga ha tenido cada vez más 
importancia hasta el descubrimiento de la emetina (1910). El antimonio ha tenido 
una fama extraordinaria en el siglo xvn por el hecho de que el tártaro emético ha- 
bía curado en 1657 a Luis XVI de una grave enfermedad. El tártaro emético ha 
sido descripto en primer término por Adrián Mynsicht en 1631, e identificado con 
los polvos del conde de Warwick (1620). El kermes mineral, descubierto por Glau- 
ber, era un remidió secreto, con el nombre de polvo de los cartujos (pendres des 
Char tres), por el cual pagó Luis XIV una elevada suma en 1720. Las copas de an- 
timonio fpocula emética) eran de uso común en Alemania; pero desaparecieron ha- 
cia el final de la centuria (3). En 1646 Athanasius Kircher descubrió otro género de 
copaa de madera, enviadas a él por los jesuítas de Méjico, que coloreaban el agua 
que en ellas era echada de un tono azul obscuro, capaz de Una fluorescencia como 
la del camaleón Este era <•] celebrado lignum nephriticum, primeramente mencio- 
nado por Nicolás Mon ardes (1565) v por Francisco Hernández (1577) como un nota- 
ble diurético para los trastornos renales e hidrópicos. Caspar Bauhin ha descrito 
una copa Bemejante en 16:0, y en 1663 Robert Boyle hace un cuidadoso estudio de 
fenómeno colorante. En [915 W. E. Safford demostró que el lignum nephriticum 



!;< ilau, 1847; II, páginas 2()7-3QO. 

11 jchttppler: Arch.f. Gesch. d. l/¿¿/.,Leipzig, [911-12; V, páginas 446-449; 
'i lágina 
(3) I in descriptos ampliamente en las Chronicles of Phar- 

>ndr< ,I9I0; passim. 



EL SIGLO XVII 299 

se obtiene de dos especies; a saber: Eysenhardtia polystacha, Jípalo dulce de Méjico, 
que ha sido examinado por Boyle, y el Pterocarpus indica, un árbol grande de Fili- 
pinas del cual estarían, probablemente, hechas las copas de Kircher y de Bauhin. 
En el siglo xvn estas copas se consideraban como regalos convenientes para la 
dignidad real (1). La moxa, que Sydenham creía idéntica a la wfJioAtvov, de Hipó- 
crates, ha sido introducida en la práctica europea, como un remedio contra la gota, 
por Hermann Buschoff, un clérigo de Bata via, en 1674, y recomendada como una 
panacea por Gehema en 1682 (2). 

Los envenenamientos profesionales, tan malos como los descritos 
por Cirerón y Tito Livio, eran especialmente frecuentes en Italia y en 
Francia. Sin embargo, muchos de los envenenamientos de los siglos xvi 
y xvii eran, indudablemente, obstrucciones intestinales, embarazos extra- 
uterinos, apendicitis, etc. Pero los objetos existentes en el Museo de 
Cluny (3) y otros datos indicaban que estaba dentro de la ambición del 
tiempo 

El llevar sencillamente la muerte en un pendiente, en un joyero, 
En un sello, en el varillaje de un abanico, en la filigranada empuñadura de la espada, 

y la escena de la Reina Madre, de Siwinburne, en la que Catalina de Me- 
diéis envenena a su bufón con un par de guantes, no es, probablemente, 
exagerada. Uno de estos envenenadores italianos era Exili, que abandonó 
Roma por París con un protocolo de 1 50 causas contra él y que entabló 
relaciones con Sainte Croix, el amante de la depravada marquesa de Brin- 
villers. De Exili aprendió Sainte Croix el sutil compuesto con el cual su 
amante pudo disponer de su padre, de sus dos hermanos y de muchos 
desgraciados enfermos del hospital. Esta fué apresada por un aficionado 
detective, y juzgada y ahorcada en 1 676. Los polvos blancos que ella em- 
pleaba desafiaron todo análisis. Este negocio determinó una elegante epi- 
demia de envenenamientos secretos, contra los cuales instituyó Luis XIV 
la celebrada « Chambre- Ardente». Esta era una especie de tribunal de 
«tercer grado», y por sus tormentos oficiales fueron juzgadas y conde- 
nadas las aventureras La Voisin y La Vigoureux, con su poudre de suc- 
cession. El arsénico era, probablemente, el tóxico principal del Aqua To- 
fana, o Aquetta de Napoli, de Teofania di Adamo, una mujer diabólica 
que en 1709 confesó haber envenenado más de ÓOO personas con ella, y 
que fué, consiguientemente, aprisionada y ahorcada. 



(1) Safford: Ann. Rep. Smithson. Inst., 191 5, Washington, 1916; páginas 272-298, 
siete láminas. 

(2) Para la historia de la moxa véase Reichert. Deutsches Arch.f. Gesch. d. Med., 
Leipzig, 1879; II, páginas 45 y 145- 

(3) Para la descripción de ellos véase L. Courtadon: Aisculape, París, 191 2; 
II, páginas 188-192. 



3oo HISTORIA DE LA MEDICINA 

Las tarifas de ios boticafios eran excepcionalmente elevadas en el siglo xvn, y 
el coste de las medicinas era frecuentemente explotado por los médicos y los ci- 
rujanos como un pretexto para elevar sus cuentas. En Alemania las boticas de la 
ciudad eran de imponente arquitectura, estando algunas veces adornadas las fa- 
chadas con estatuas de piedra de médicos famosos del pasado, como las fundadas 
en Hannover por Hermann Peters y en Lemgo por Arnold Klebs (i). En Londres, 
Bucklersburv llegó a ser no sólo el gran mercado de drogas, sino un elegante ca- 
mino real de intrigas; una especie de Bond-Street del siglo xvn. Los especieros 
eran los primitivos vendedores de drogas, hasta que, más tarde, los boticarios 
fueron debidamente incorporados por Jacobo I en 1606; pero en 1607 los drogue- 
ros reemplazaron en el despacho de las especierías por medio de una nueva dis- 
posición legal, después de cuya fecha ellos han tenido en contra los médicos. La 
razón de esto era que los boticarios hacían de prácticos; no sólo vendían drogras, 
sino que. además, las recetaban. La gran disputa entre médicos y boticarios, que 
llegó a su máximo en el Dispensario, comenzó en la época de la gran peste de Lon- 
dres (1665), cuando los boticarios ganaron mucho en la opinión pública permane- 
ciendo en sus puestos, en tanto que los médicos (hasta Sydenham) se marcharon 
para poner en salvo la vida. Era una extorsión la gran escasez de boticas. En dos 
cuentas de drogas de 16^3 y '635, citadas por Handerson, cuatro chelines eran car- 
gados por un vaso de vino ferruginoso; «una purga para vuecencia» es señalada 
en tres chelines, seis peniques; «una purga para vuestro hijo», en tres peniques; 
unos polvos para sahumar las ropas de la cama, en cuatro chelines. Aunque estas 
cuentas eran muy elevadas para estos tiempos, sin embargo, ellas eran nada en 
comparación con la cuenta puesta en 1633 por George Buller, que llevaba 30 che- 
lines por cabeza por pildora y 37 libras 10 chelines por las cajas. En el reinado de 
Jacobo I el Colegio de Médicos persiguió al doctor Tenant por cargar seis libras 
poruña pildora y otro tanto por un apócema (decocción), y Pitt, en 1703, esta- 
blece que se conocían boticarios que habían cobrado de 150 a 320 libras por un 
solo caso, v que las cuentas de sus prescripciones eran, por lo menos, de un 90 
por 100 más de los precios de coste. En esta época los honorarios, por término 
medio, de un médico de Londres eran, próximamente, demedio soberano, al paso 
que los boticarios solían llevar por año a Carlos T y Carlos II 40 v 70 libras, res- 
pectivamente. En 1687 el Colegio de Médicos obligaba a sus miembros y licencia- 
dos a tratar los enfermos pobres de Londres y de sus suburbios libres de gastos; 
v que la situación seguía adelante lo demuestra que en 1693. 53 médicos influven- 
tes de Londres se subscribían por 10 libras cada uno para establecer dispensarios 
en los que pudiesen suministrarse medicamentos a los pobres a precio de coste. 
Nfo solamente estaba entablada la guerra entre los médicos y los boticarios, sino 
también entre los dispensarios y los antidispensarios, estando éstos, naturalmente, 
favorecidos por los boticarios. Apareció una serie de groseros libelos, v en 1699 
Garth publicó The Disfievsarx, un poema satírico en el metro de Pope, haciendo 
resaltar la injusticia del dilema a que se veían condenados los médicos: «o engañar 
1 omo comercia ntcs. o fracasar romo locos». Eran descriptos por el doctor John- 
son «como el asiento de la caridad contra las intrigas del interés, y de la ense- 
ñanza regular contra la usurpación licenciosa de la autoridad». Pope también ha 
dado un golpe a los 

Modernos boticarios enseñaron el arte 
de. en las recetas del doctor, desempeñar la parte del doctor; 
insolentes en la práctica de leyes mal aprendidas. 

lio fie lo que suponían los hambres de letras, los médicos fue- 
ron por último vencidos por los boticarios: así. por ejemplo, un caso de juicio 
contra un boticario que Be había excedido de sus licencias, v que fué llevado a 
¡UÍCÍO en 170^ v decidido en primera instancia en favor del médico, fué inmedia- 
tamente revocado por el tribunal superior. Después de esta época los boticarios 
ingh virtieron en prácticos para todos sus fines y propósitos, y empeza- 



do II Petera: Die Hetthutit in der $>t a dt Hannover < Hannover, iqoi — A. C.Klebs: 
<csch. der Natnrw., Leipzig, 1914-15; V, páginas 102-107, 2 lám. 



EL SIGLO XVII 301 

roa a llevar la guerra a aquellos de sus compañeros que no se sometían a sus pro- 
pias decisiones. Ellos se han mantenido en este terreno, como veremos, hasta 1815 
y 1886. 

En el siglo xvti la dirección de las vías comerciales y el mercado de 
drogas han pasado de las manos de los holandeses a las de los ingleses. 

En el siglo xvi Holanda había adquirido por completo la dirección del comercio 
entre el Norte y el Sur de Europa, así como también de la provisión de maderas, 
de alquitrán y de cereales. Pero el secreto de la ruta hacia las Indias Orientales 
había sido celosamente guardado por los portugueses. En 1595-96 Jan van Linscho- 
ten, que había servido en la flota portuguesa de las Indias, publicó un resumen de 
sus viajes al Extremo Oriente, en el que se proporcionaba mucha de la tan desea- 
da información. Siguieron muchos vivos combates marítimos, y hasta las mismas 
Molucas cayeron en poder de los holandeses. Torrentes de sangre se derrama- 
ron por el «en apariencia tan inofensivo clavo», que en la actualidad se utiliza prin- 
cipalmente para sazonar escabeches o para disimular el olor de un aliento alcohó- 
lico. Como dice Motley: «El destino del mundo parece haber llegado a depender 
casi por completo del crecimiento de una variedad especial de alhelí.» Para llegar 
a dominar por completo el comercio del clavo, los holandeses le extirparon de las 
Molucas y le llevaron a Amboyna (Flückiger y Hambury). El monopolizado Mi- 
rística fragrans, el productor de la nuez moscada y de la maza, era introducido, 
para su maduración, en lechada de cal por espacio de tres meses, con el fin de im- 
pedir su propagación fuera de las islas de Banda y poder guardar toda la nuez 
moscada recogida en depósito en Amsterdam hasta seis años (Linton). Tavernier 
nos refiere cómo monopolizaron la canela de Ceylán los holandeses. Los ingleses 
no pudieron ir substituyendo a los holandeses más que muy poco a poco, y duran- 
te muy largo tiempo estas substituciones sólo las podían conseguir por la captura 
de los barcos holandeses y portugueses. La toma de Ormuz (1622), la matanza de 
ingleses en Amboyna (1623) y el dominio del tratado de Dryden son rasgos de su 
lucha con los holandeses. Su punto de apoyo en el Sudeste iba a ser la península 
del Indostán. 

La Compañía Inglesa de las Indias Orientales fué oficialmente reconocida el 31 
de diciembre de 1600, y una estación permanente fué establecida en la costa mala- 
bar en 1612 (1). 

La proporción en que eran introducidas las drogas exóticas americanas y orien- 
tales se pone bien en evidencia en una serie notable de tratados de Farmacología 
publicados en Londres de 1672-95 y atribuidos, en parte, a John Pechey de Glou- 
cestershire. La nuez de Moluca, el jengibre, las semillas de Angola, la ipecacuana, 
la nuez malabar, las simientes de las Barbadas, las bayas de las Bermudas, las ha- 
bas de la vainilla, la raíz de Colombo, las nueces de las Maldivias, el lignum uephri- 
ticum, la blatta bizantina, las habas de Bengala, la perigua, las semillas de Méjico, 
las plantas de Ceylán, etc., figuraban entre los simples (2). El supuesto autor no 
debe ser confundido con John Pechey (1665-17 16), de Londres, el traductor de Sy- 
denham (1696). 

El valor de la moneda en el siglo xvn puede ser calculado en siete u 
ocho veces más que en nuestros días, y teniendo esto presente podremos 
formarnos alguna idea de los beneficios y ganancias de los médicos y ciru- 
janos en esta época. 



(1) Véase Tschirch: Pharmakognosia, Leipzig, 19 10, II, y Linton: Journ. Am. 
Pharm. Assoc, 19 16; V, páginas 473 y 574- 

(2) Véase el Index Catalogue, S. G. O., 1 s., X, páginas 594-595- 



302 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Las ganancias de un médico, en general, eran de unas ioo libras anuales; pero 
Turquet de Mayerne ganaba 400, con una renta de 200 anuales señalada a su mu- 
jer. Aunque los honorarios, por término medio, de un médico inglés podían calcu- 
larse en unos 10 chelines (un valor de unas 35 libras en la actualidad), nos encon- 
tramos con que Richard Mead (1673-1754) cobraba una guinea por una pequeña 
untura, y media por una consulta de café. Harvey, que no era un afortunado prác- 
tico, dejó una fortuna de 20.000 libras. El sueldo anual del profesor de Física en la 
ls Universidad de Cambridge era de 40 libras en 1626. 

Una antigua disposición de 1665 establece en 12 chelines los honorarios de una 
visita médica a 20 millas; otra, una libra; una visita fuera, de dos días de duración, 
una libra 10 chelines. Sangrar a una mujer en el lecho costaba 10 chelines; a un 
hombre, dos chelines seis peniques. Una autopsia, tres chelines cuatro peniques (1). 

Thomas Arthur, un médico de Limerick (Irlanda), aunque prevenido en contra 
de ejercer entre los ricos, por un prejuicio religioso, venía a tener una renta de 
unos 250 libras, que equivaldrían a 7.000 en la actualidad (Walsh). Sus honorarios 
por el tratamiento de un caso de gonorrea (16 19) eran de dos libras adelantadas, y 
por una úlcera pútrida de la garganta, ocho chelines. El sueldo del profesor de Físi- 
ca de la Universidad de Cambridge era de 40 libras anuales en 1626. En Alemania la 
tarifa estaba fijada por las ordenanzas de Hesse (1616), Francfort en el Main (1668) y 
Prusia (1685). De acuerdo con las ordenanzas de Francfort, una visita en la casa del 
médico valía 40 peniques (unos 75 céntimos en la actualidad); una visita al domici- 
lio del enfermo valía un marco 35 plennigs; una visita de noche, 1,70 marcos, y una 
consulta, un gulden de oro (unas 12,50 libras). Los extranjercs pagaban una mitad 
más, o el doble, según la fortuna que se Its atribuía. Los médicos de familia 
(Haus.irzt) recibían una cierta suma anual, que podía llegar a ser 1 00 marcos .en 
ocasiones, como en un caso de asistencia a una condesa bávara (Baas). Un médico 
urbano cobraba más de 500 marcos si estaba encargado de inspeccionarlas farma- 
cias de la ciudad; un médico de la corte, 850, y un médico en general, 900. El doc- 
tor de la peste, en Praga, cobraba 2.000 marcos al mes. En Francia Seguin com- 
pró el puesto de médico general a Guillemeau en 50.000 libras y lo revendió en 
22.000 coronas (unos 200.000 francos en el dinero actual), y Valot, en 1652, pagaba 
al cardenal Mazarino 30.000 coronas por el puesto vacante de médico del rey. Buc- 
kle calcula que los honorarios, por término medio, de un doctor francés eran más 
pequeños que los de un albéitar inglés. De acuerdo con Levamen Infirmi (1700), 
citado por Handerson, los honorarios de un cirujano inglés eran de 12 peniques 
por milla; de 10 groats (moneda inglesa del valor de cuatro peniques) por reducir 
una luxación; un chelín por una sangría y cinco libras por una amputación, un mé- 
dico licenciado llevaba un noble o ángel (seis chelines ocho peniques), aunque po- 
día pedir 10; un graduado en Física, 10 chelines, pero generalmente pedían 20. Ri- 
chard Wiseman cobró en 1661 150 libras como cirujano ordinario, y De Choqueux, 
80 libras en 1665. La costumbre medieval de pagar una pensión vitalicia por una feliz 
intervención quirúrgica continuaba estando en boga. Wiseman recibió una pensión 
de 30 libras anuales de un enfermo (Power). De acuerdo con la tarifa de Francfort 
de 1668, un cirujano barbero alemán cobraba 10 marcos y medio por la reducción 
de un brazo fracturado (y 20 marcos y medio si estaban fracturados los dos huesos); 
30 marcos 85 pfennigs por tratar una luxación del codo, a la mitad, como máxi- 
mum, si el luxado era un pobre. Un cirujano cobraba 31 marcos por la amputación 
de un brazo, 41 por la de una pierna, 51 por una litotomía, o la mitad si el enfermo 
sucumbía. La herniotomía era estipulada en 51 marcos, y la operación de las cata- 
ratas en 17 marcos por un ojo y 25 por los dos. Según las tablas de Baas del suel- 
do <1<- un cirujano militar en la marca de Brandenburgo, un cirujano cobraba en 
Infantería de 1 1 a 15 marcos al mes, y en Caballería, 11,40 en 1639 y 27 en 1655. 
1 n ( irujano regimental cobraba 30 marcos en 1638, 15 en 1639, 27 en 1655 y 52,80 
en [685. Durante el período de 1635 a 1685 el cirujano de los mosqueteros france- 
ses desterrados tenía un sueldo de 90 marcos al mes. El sueldo de un feldscheerer 
Bajón en 161 3 era de 33 marcos ;il mes. Fs interesante el dato de que durante la 
Guerra de los Treinta Años, \ posteriormente, el feldscheerer era a la vez ciruja- 



1 Véase Brit, ílíéd. Journ., Londres, 1870; II, pág. 169. 



EL SIGLO XVII 



303 



no del regimiento, barbero y porta-estandarte (Fáhnrich) [1]. En Inglaterra, bajo la 
República, en 1650, los cirujanos militares en los puestos del Norte cobraban seis 
chelines ocho peniques diarios, y 15 libras para caballo y botiquín si servían en 
cuerpo montado. Un cirujano naval inglés cobraba ocho libras por cada ciento se- 
tenta y cinco días de servicios en 1653, y 16 libras catorce chelines por cuarenta y 
un días de servicio en 1654. 

La disputa y la rivalidad del tiempo antiguo que, como hemos visto, 
ha existido siempre entre los médicos, los cirujanos y los barberos, conti- 
nuó con un fervor no disminuido durante el siglo xvn. Después de la in- 
corporación de los barberos y cirujanos ingleses en una compañía en 1 540, 
los primeros continuaron siendo una espina al lado de los últimos, y los 
cirujanos no pudieron desembarazarse de ellos hasta 1 745. Hasta esta fe- 
cha, esa compañía unida de Barberos-Cirujanos tenía autorización para 
efectuar disecciones públicas en su propio domicilio; pero, de todos mo- 
dos, su labor educativa fué más tarde adelantada por las fundaciones de 
Arris (1643) y Gale (1698) con sus disecciones y lecciones públicas. En 
Francia la profesión médica se había compuesto, por espacio de siglos, 
de una aristocracia de médicos, una petite bourgeoisie de clericales barbe- 
ros-cirujanos y de un proletariado de barberos laicos o de cirujanos erran- 
tes (barbito mores), odiándose y despreciándose mutuamente y adhirién- 
dose a las rígidas distinciones de casta. Cuando, posteriormente a la fun- 
dación del Colegio de San Cosme, los cirujanos fueron, en cierto modo, 
asimilados al estado de médicos, comenzaron a darse igual tono que estos 
últimos, vistiendo el birrete cuadrado y el traje largo, substituyendo la 
divisa de las tres cajas de ungüento bajo la bandera de su gremio por las 
tres tradicionales bacías, arrogándose a sí mismos el derecho de exami- 
nar a los barberos e insistiendo en que sus ayudantes sean «estudiantes 
de Gramática». En el siglo xvn los médicos se han convertido en estéri- 
les pedantes y presumidos, con tacones rojos, traje largo, grandes pelu- 
cas, birretes cuadrados, orgullosos y desdeñosos en sus ademanes, ha- 
ciendo una vana ostentación de su latín, y, en lugar de ocuparse de estu- 
diar y de cuidar a sus enfermos, tratan de imponerse por las largas tira- 
das de bobadas técnicas, que únicamente ocultan su ignorancia respecto 
de lo que ellos suponen ser los padecimientos de los enfermos. Entre ellos 
mismos, los médicos estaban minuciosamente celosos de sus derechos y 
sus pri\ylegios, considerando su confraternidad como una corporación 
cerrada, y, a pesar de ello, disputando eternamente a propósito de las 
fantásticas teorías de la enfermedad y de los métodos corrientes de tra- 
tamiento. Los barberos laicos, no obstante ser proscritos y vagabundos, 
eran, desde muchos puntos de vista, los más dignos y respetables de los 



(1) Véase A. Kohler: Arck.f. Klin. Chir., Berlín, 19 14; CV, páginas 780-783. 



304 HISTORIA DE LA MEDICINA 

tres, supuesto que se dedicaban al estudio directo de la Naturaleza. De- 
mostraban poca sumisión a sus rivales, y de su gremio habían procedido 
Franco y Paré. Así, al paso que los barberos habían empujado a los ci- 
rujanos, que, en servil imitación de los médicos, habían constituido un 
gremio contra ellos, los médicos mismos mantenían una actitud orgullo- 
sa, como de Malvolio, contra unos y otros. Los médicos — como dice For- 
gue (i) — se habían reunido algunas veces con los barberos, en una com- 
binación aristocrático-socialista, contra los cirujanos, aunque otras veces 
favorecían los deseos de los cirujanos de dominar sobre los barberos, al 
paso que los barberos y los cirujanos se juntaban otras veces como una 
unidad contra los doctores. El resultado de todas estas intrigas y agita- 
ciones fué que los barberos llegaron, por último, a unificarse por el real 
decreto de IÓ60, que reunió los barberos y los cirujanos en un solo gre- 
mios; pero, por otra parte, se vieron reducidos al más humilde estado y 
cedieron ante la furia centuplicada de los médicos. El notable aislamiento 
y la estéril ineficacia de los internistas franceses del siglo xvn se revelan 
de un modo sorprendente en las cartas de Guy Patín (1601-72), decano 
de la Facultad de París, que consideraba a los cirujanos como simples 
«lacayos con borceguíes...; una raza de perversos, extravagantes presu- 
midos, que gastan bigote y manejan las navajas de afeitar». En 1686, sin 
embargo, tuvo lugar un acontecimiento que Michelet ha juzgado como 
«más importante que la obra de Paré»: Luis XIV, víctima, al parecer, de 
una fístula de ano que, después de haber resistido obstinadamente a todo 
género de unturas y de embrocaciones, fué felizmente curada por la ope- 
ración efectuada por el cirujano real Félix. Este recibió por su interven- 
ción una casa de campo, 300.OOO libras, tres veces más que los honora- 
rios del médico real, y fué ennoblecido, recibiendo el título de Señor de 
Stains. Félix fué sucedido por Marechal, al que se debe la elevación de la 
condición social de los cirujanos franceses en el siglo xvni. Luis XIV ha 
influido en la medicina francesa de tres notables modos. Su ataque de 
fiebre tifoidea (1657) dio una extraordinaria fama al uso del antimonio; 
su fístula de ano (1687) trajo consigo la rehabilitación de la cirugía fran- 
cesa; y el hecho de que su mujer fuera asistida en 1663 por Clément, el 
tocólogo real, favoreció mucho la causa de la obstetricia ejercida por los 
varones. , 

El mejor punto de vista del formulismo pedantesco y de la ineptitud 
complaciente «1'- los internistas franceses de este período nos lo da la me- 
lancólica burla de MoLl&RB (1622-73). El gran dramaturgo no sentía sim- 
patía por la profesión médica, cuyo aspecto ridículo más bien producía 



(i) B, Montpellier mcd., 19 u; XXXII, pág. 601; XXXIII, pág. 8. 



EL SIGLO XVII 305 

su irrisión, y contra la cual parece haber excitado un rencor permanente, 
en cierto modo, a causa de la incapacidad de aquélla para hacer algo con- 
tra su propia enfermedad (consunción) y, en parte también, a causa de 
que él creía que los médicos habían matado a su único hijo y a uno de sus 
íntimos amigos con su eterno antimonio. Nada menos que cinco de sus 
comedias impresas abundan en mordaces burlas y en sarcasmos sangrien- 
tos dirigidos con infalible habilidad contra la tribu de los doctores. 

La tendencia existe en sus más antiguas farsas, como Le Docteur Amoureux, 
Les Trois Docteur s Rivaux, La Jalousie de Barbouille, Le Médicin Volant. En Le 
Médicin Volant, Sganarelle, el criado, remeda hábilmente las pedanterías de la Fa- 
cultad de París. En U Amour Médicin nos encontramos con una inimitable burla 
de las consultas profesionales y de las discusiones entre cinco médicos de dife- 
rentes tipos, siendo uno de los puntos discutidos el de los méritos relativos de la 
antigua elegante muía episcopal y los del caballo de nueva invención como me- 
dios de transporte. En el segundo acto un errante, vendedor de drogas canta las 
virtudes del popular opiáceo orvietan. En Le Médecin Alalgré Lui, Sganarella es 
nuevamente obligado, por amenazas de golpes, a desempeñar el papel de doctor, 
y, teniendo una lengua muy suelta, pronto se excede a sí mismo. En Monsieur de 
Porceaugnac, dos médicos, que han sido sobornados para pronunciar un diagnós- 
tico de locura, celebran una solemne consulta de lunático inquirendo sobre el as- 
mático provincial, y sus largas parrafadas escolásticas parecen inspiradas exacta- 
mente en el espíritu de la época. Pero la más perfecta de las sátiras médicas de 
Moliere es la que aparece en su última obra maestra, í.e Malade l?nagi?iaire, cuya 
figura central, Argan el hipocondríaco, siempre medicinando sus imaginarias do- 
lencias, es el tipo retratado por Butler en The Medicine Taker (El tomador de me- 
dicinas). En el primer acto aparece Argan murmurando a propósito de las factu- 
ras de las boticas, la principal fuente de las rentas médicas en aquellos días. Con 
el propósito de tener un médico a quien poder tener a su disposición, en su pro- 
pia familia, ha pensado en casar a su hija Angélica con Thomas Diafoirus, un jo- 
ven médico graduado, que es un buen partido, que se casa, pero no eligiendo a la 
joven Angélica. Para burlar estos propósitos, Toinette, la muchacha, disfrazada 
como un doctor, y por medio de una hábil estratagema, substituye en la composi- 
ción de Argan, desenojándole de su propósito, al propio tiempo que le restablece 
a la curación y a la salud. Al propio tiempo, sin embargo, es lindamente echado 
de la farsa por M. Purgon, un iracundo miembro de la Facultad que aterroriza a 
Argan con un prospecto de bradipepsia, dispepsia, apepsia, lientería, disentería, 
hidropesía y decadencia general. Los doctores son derrotados; terminando la farsa 
por persuadir a Argan a hacerse él mismo médico. Luego sigue lo que es tal vez 
el trozo más escogido de la sátira, el intermedio bailable, una alegre burla de 
aquellas ceremonias del grado de doctor que ha descrito John Locke en su diario 
francés. La rutina francesa del examen y del grado médicos en este período era 
portentosa en longitud y en pompa, y nuestra descripción está tomada de la ad- 
mirable comunicación de Maurice Raynaud (1). El infortunado candidato era ago- 
biado, hasta llegar casi a su extinción, por el régimen escolástico de los «natura- 
les*, Anatomía y Fisiología; los «no naturales», Higiene y dietéticas, y los «contra- 
naturales», Patología y terapéuticas, sin ningún género de enseñanza clínica; era 
seguido en todos sus pasos, por espacio de dos años, por una larga serie de exá- 
menes y de argumentaciones de tesis que duraban cada uno una semana. Las úl- 
timas disertaciones comenzaban, de ordinario, a las cinco o las seis de la mañana, 
continuando sin interrupción hasta el mediodía y abatiendo al infortunado candi- 



(1) M. Raynaud: La Médecine au temps de Moliere, París, 1862. Hasta en el si- 
lo xv era habitual en los regentes de la Facultad de París tener el recreo de una 
visita a los baños públicos, seguida de una cena, y todo a expensas de los bachi- 
lleres (E. Wickersheimer: Gazette des eaux, París, 1914; LVII, pág. 751). 



Historia db la Mkdioika. — Tomo I 



20 



3o6 HISTORIA" DE LA MEDICINA 

dato que no podía combatir coa el brillo del absurdo las cuestiones y problemas 
que se le dirigían. Si salía de todo esto con éxito y su nombre era uno de aque- 
llos extraídos por suerte de la urna fatal, conseguía obtener el grado de licencia- 
do. Una vez logrado esto, los licenciados y los bachilleres procedían con gran 
pompa a solicitar la presencia de todos los personajes prominentes e influyentes 
para las ceremonias del grado; un acto especial en el que el decano, el paraninfo 
del antiguo ritual matrimonial de los griegos, era el que inducía al recientemente 
hecho licenciado a una especie de unión mística con la facultad. A las cinco de la 
mañana del día solemne se celebraba una sesión destinada a determinar los pro- 
blemas precedentes, que eran de nuevo decididos por la urna. A las diez la sala 
estaba llena de visitantes; se proclamaban las listas, y los candidatos triunfantes 
caían de rodillas para recibir la bendición apostólica. El canciller les proponía un 
problema de carácter religioso o literario, que ellos tenían que resolver inmedia- 
mente. Terminado esto, toda la asamblea se trasladaba a la catedral para dar las 
gracias a la Santísima Virgen por sus buenos oficios. A ello seguía, después de un 
intervalo de seis semanas o más, el doctorado, cuyo objeto era introducir al can- 
didato en el santuario de la Facultad, del mismo modo que la licenciatura servía 
para introducirle en el público. Después de terminada una investigación acerca 
de su carácter moral, el candidato era primeramente admitido en la Vesperia, que 
consistía en un solemne e íntimo discurso presidencial acerca de la dignidad e 
importancia de la profesión médica, seguido de la discusión de otras tesis y de 
otros discursos. Visitas académicas, en traje de etiqueta, a los regentes de la Fa- 
cultad ocupaban algunos días inmediatos. En el último día el candidato tenía que 
jurar los tres artículos de la fe médica; a saber: obedecer todas las leyes y obser- 
var todas las costumbres prescritas de la Facultad; oir la misa el día de San Lucas 
por los compañeros que hayan muerto, y ser inexorable en el combate contra to- 
dos los que practicasen ilícitamente la Medicina. Habiendo prestado el juramento 
el candidato, con la palabra juro, el presidente (praeses) colocaba el birrete cua- 
drado sobre su cabeza, después de haber hecho el signo de la cruz, y con un ligero 
golpe, o accolade, el doctor en embrión había nacido para el mundo. Inmediata- 
mente entraba en posesión de todos sus derechos y privilegios con la proposición 
de una tesis para ser discutida por los médicos presentes, después de lo cual pro- 
nunciaba un florido y preparado discurso de gracias. En el inmediato día de San 
Martín presidía, en el acíe pastillaire, una discusión general de una tesis de su 
propia elección, y el día siguiente su nombre quedaba inscripto como un junior en 
registro durante los primeros diez años (i). Esta larga ceremonia, que se veía in- 
terrumpida por una larga serie de comidas, cenas y banquetes de las dimensiones 
del tiempo antiguo, constituye el argumento del inmortal baile de Moliere. En el 
comienzo el presidente pronuncia en burlesco latín el solemne discurso de la Ves- 
per ie. El primer doctor les propone la siguiente sencilla cuestión: ¿Por qué el opio 
produce sueño? A lo que el candidato responde: 

Quia est in eo 
Virtus dormitiva, 

siendo saludado por el obligado coro: 

tiene, bene, bene, bene responderé; 
Dignus, dignus est intrare 
In /¿ostro docto cotpore. 

El candidato es entonces interrogado acerca de su probable conducta terapéu- 
iiii.i < rie de enfermedades, a lo que contesta ponderando los méritos in- 
contestables de) enema, de La lanceta y de la pur^a: 



I i tan tomados del delicioso estudio de Maurice Raynaud: La 

temps de ¿Moliere, París, [862. Frank Baker, en el The Faculty of | 
/\¿m ¿ti Hie Seventeenth Century, New-York Med. Joum., 1913; XCVIII, pági- 
nas (15-121, dfl una atractiva presentación, en inglés, de este asunto. 



EL SIGLO XVIÍ 307 

Clysterium donare, 
Postea seignare 
Ensuita purgare, 

seguido por el constantemente repetido estribillo de Bene, bene. Profiere el famoso 
«juro», y después el praises le otorga el birrete, y el candidato pronuncia su flo- 
rido discurso, lleno de serviles gracias a sus bienhechores. El baile termina con 
una danza festiva y alegre, al final de la cual desfilan solemnemente todos los mé- 
dicos, cirujanos y boticarios. 

El carácter bien humorado de la sátira de Moliere y la aparente indi- 
ferencia con que ella era recibida por la profesión médica de su época y 
de su país indican que había abundancia de buen sentido y de naturaleza 
humana en los médicos franceses del siglo xvn, a despecho de su inocua 
pedantería y de su estéril fanatismo. Al otro lado de los Pirineos nos en- 
contramos en las mismas condiciones, si hemos de conceder crédito a las 
novelas españolas del tipo picaresco y a las escenas médicas de Gil Blas, 
de Le Sage, que, aunque publicado en 17 1 5, es completamente del si- 
glo xvii por sus caracteres y por su color local. La notable consulta en el 
tercer capítulo de su cuarto tomo, en la que los doctores Andros y Oque- 
tos convienen en que el trastorno del caso de don Vicente es «una revo- 
lución de los humores», es hermosamente típica; el enfermo pierde la vida 
durante la disputa a propósito de si la expresión hipocrática op-pa^oc; sig- 
nifica una fermentación o una cocción de aquellos humores. Para aquéllos, 
es el golpe de los «compañeros de su ciudad, que se llaman a sí mis- 
mos médicos y que atan sus degradadas personas al Carrus Triumphalis 
Antinzonii, o... carro de la cola del antimonio; apóstatas de la fe en Para- 
celso, idólatras del asqueroso kermes»; y el punto de vista del uso del se- 
dal se encuentra en el caso de doña Jacinta: «aunque un poco castigada 
por los años», ella defiende su frescura por las sangrías y por las «dosis 
de gelatinas llenas de todo poder»...»; pero, «sin embargo, lo que contribu- 
ye más a la lozanía de su eterna juventud era una fuente en cada muslo, 
de las que yo nunca hubiera tenido noticia si no me lo hubiera contado 
Inesilla». Pero el principal interés médico del Gil Blas se reconcentra en 
la figura del doctor Sangrado, «el grande, deslucido, pálido verdugo de 
las tres hermanas», y cuyo nombre se ha convertido, en realidad, en el 
símbolo del género de sangrías intensas que estuvo de moda en el si- 
glo xvn. El procedimiento de Sangrado de reducir el viejo canon de la 
agonía, procediendo a la extracción de 1 8 buenos vasos de sangre, con 
abundantes tragos de agua caliente, puede ponerse en parangón con los 
experimentos citados por Guy Patin, que sangró a su mujer doce veces 
por una fluxión de pecho; a su hijo, veinte veces por una fiebre continua, 
y a sí propio, siete veces por un enfriamiento a la cabeza, al paso que sus 
amigos, M. Mantel y M. Cousinot, sangraron treinta y seis y sesenta y cua- 



30$ 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



tro veces por una fiebre y un reumatismo, respectivamente. Se reconoce 
actualmente que el fundamento racional de esta extraordinaria terapéuti- 
ca (en las personas robustas) reside en las abundantes dosis de agua que 
se administraban al propio tiempo, viniendo a constituir una especie de 
lavado de la sangre con la evacuación de los humores pecantes. En Italia, 
donde las funciones del médico y del cirujano continuaban enteramente 
separadas, la sangría abundante continuaba en boga desde la época de 




La sangría en el siglo xvir. (De El Barbero, de Malfi, 1626.) 



Botallo. La técnica de su práctica ha sido notablemente especializada, 
como podemos ver en los hermosos grabados (aguafuertes) de algunos li- 
bros, como // Barbieri, de Malfi ([626). Costosos vasos para recoger la 
sangre, en el tipo veneciano, se transmitían cuino herencia en las familias. 
En Alemania, sin embargo, y tal vez por alguna razón de temperamento, 
parece haber sido menos intensa la sangría, aunque, por otra parte, su 
práctica era bastante frecuente, constituyendo un detalle frecuente en nu- 
merosos cuadros de escenas de baños (i). En estas concurrencias a los ba- 
ños era necesario gastar unas ciento veinticuatro horas en el agua como 



1 .\«fi..i d< \fed.j París, 191a; LIX, pág. 365. 



EL SIGLO XVII 309 

un tratamiento, con frecuentes sangrías y aplicaciones de ventosas, com- 
pensadas con el consumo de enormes cantidades de alimento. La inmo- 
ralidad era muy frecuente, y los bañeros, desempeñando sus funciones de 
cirujanos menores, nos dan un indicio del bajo estado a que había des- 
cendido el arte en los pueblos alemanes, en los que Fabry von Hilden era 
el único cirujano ilustrado. A los barberos alemanes les estaba permitido 
sangrar, restablecer los huesos fracturados y tratar las heridas y la sífilis; 
pero no se les permitía administrar purgantes. Algunos solían viajar hacia 
las Indias Orientales, o en las expediciones balleneras a Groenlandia, para 
aprender. Durante la Guerra de los Treinta Años, y posteriormente, mu- 
chos de los doctores y drogueros de Alemania llevaban una vida erran- 
te (i). Hacia el final de la centuria nos encontramos con algunos extraños 
substitutos de los cirujanos propiamente dichos: los ejecutores o verdu- 
gos. Que el ceremonial de la graduación médica en Alemania en el si- 
glo xvii era tan largo y tan complicado como lo ridiculizado por Moliere 
se evidencia por un edicto del elector de Brandenburgo (1683), en el cual, 
y en beneficio de los bolsillos de los estudiantes, los banquetes quedaban 
reducidos a una sola cena, de sólo IO servicios. «Las señoras» y los pla- 
tos de confitería estaban excluidos. En los casos de estudiantes pobres las 
fiestas suntuosas podían quedar limitadas al simple anuncio de la gradua- 
ción de los candidatos en el auditorium, (a mitad de precio), se omitían la 
distribución de los guantes y el convite; únicamente el estudiante podía 
invitar a algunos profesores, a discreción, a un modesto banquete (Baas). 
De todos modos, los estudiantes tenían constantemente una mala reputa- 
ción de traviesos y bromistas pesados; las costumbres sociales de los es- 
tudiantes germánicos y su espíritu aventurero y penalism eran más gro- 
seras y bárbaras de lo que pudiera imaginarse. Como en Francia, los ju- 
nior eran simplemente bec jaune, es decir, novicios o aspirantes, y trata- 
dos como tales. Los pisos más bajos de la profesión estaban constituidos 
por todo género de vagabundos curanderos— sacamuelas, urocopistas, 
magos, volatineros, quirománticos, saltimbanquis, etc. — , que eran tam- 
bién comunes en los Países Bajos y un tema favorito de los artistas fla- 
mencos y holandeses. De los muchos cuadros de dentistas vagabundos, 
los mejores son los de los vivos pintores flamencos Theodore Rombouts, 
en el Museo del Prado de Madrid, y, entre los holandeses, los de Gerard 
Honthorst (Galería de Dresde), Gerard Dow (Galerías del Louvre, de Dres- 
de y de Schwerin), Adriaen Brouwer (Museo de Cassel y Galería de Lich- 
tenstein, en Viena) y los de Teniers el Joven (Cassel y Dresde). Todos es- 
tos sacamuelas tienen trajes evidentemente elegidos para la más marcada 

(1) Véase C. Stichler: Archiv.f. Gesch. der Med., Leipzig, 1908-9, II, 285-300. 



3io 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



demostración de sus medios, y algunos de los más fantásticos, como trajes 
lujosos forrados de pieles y turbantes orientales. Los métodos usuales de 
sangría los vemos representados por Teniers el Joven (Museo de Dragui- 
gnan), Frans van Dieris (Viena), en la mujer desmayada, de Eylon van der 
Neer, y en la muerte de Séneca, de Rubens, ambos en la Pinacoteca anti- 
gua, de Munich. Los pedicuros o callistas eran también un asunto favori- 
to^de aquellos artistas, como^David Teniers, 7unior.(Casse\, Madrid, Bu- 




Mal et amour, por Gerard Dow. (Palacio de Buckingham). Hanfstaengl, Munich. 



dapest) y Adriaen Brouwer (Pinacoteca, Museo del Prado, Galería de 
Schonborn, en Viena). La venasección en la frente y el sedal en el brazo 
o en la espalda eran asuntos favoritos de Adriaen Brouwer. El más extra 
ño de los errantes curanderos de los Países Bajos eran los que pretendían 
extraer piedras de la cabeza para curar la locura, el idiotismo u otros tras 
tornos mentales. En los siglos xvi y XVII era una manera muy usual d 
aludirá una persona menl límente desequilibrada, diciendo que tenía «un 
piedra en la cabeza ■. La impostura terapéutica consistía en hacer una in 
cisión superficial en el cuero cabelludo y escamotear una piedra o varia 
piedras que se habían llevado en un cesto apropiado y se iba haciendi 
como que se sacaban en veces mientras el enfermo se defendía del dolor 






EL SIGLO XVII 311 

Esta astucia parece haber sido muy antigua, y algunas de sus representa- 
ciones artísticas, como las de van Bosch en Amsterdam, Jan Sanders en 
el Museo del Prado, o como el aguafuerte de Pieter Breughel, senior, en el 
Gabinete de Amsterdam, parecen ser de los siglos xv y xvi. Las más có- 
micas representaciones del siglo xvn en este terreno son los extractores 
de piedras de Franz Hate, junior, y Jan Steen, en el Museo Boijmans, en 
Rotterdam. El último representa un charlatán incindiendo la región occi- 
pital de un idiota dando gritos, que está atado a una silla, mientras una 
mujer anciana tiene el cubo, en el que un mozalbete burlón, por detrás de 
ella, va tirando las supuestas piedras una a una. Un dibujo rojo a la sepia 
del joven Teniers demuestra un charlatán con turbante con pluma y espa- 
da abriendo la cabeza de un paciente estoico, sentado, con los brazos cru- 
zados, y los labios apretados. Médicos de más elevada categoría se ven 
también representados en los cuadros de los autores holandeses. La uros- 
copia es un rasgo de casi todas las pinturas holandesas relativas a la visi- 
ta del doctor, y alguna vez se empleaba hasta para el diagnóstico de la 
castidad. Una solemne consideración del aspecto de la orina de la enfer- 
ma parece haber sido el procedimiento favorito en los casos del llamado 
minne pyn, o mal d' amour, es decir, la clorosis o enfermedad de amor de 
las mujeres jóvenes. Sobre este tema Jan Steen ha dejado nada menos que 
diez cuadros; Frans van Mieris, cuatro, y Gabriel Metsu, dos. En estos cua- 
dros, la chaqueta adornada y forrada con pieles y los ricos trajes de la mu- 
jer indican la clase acomodada; el médico que la atiende aparece vestido, 
proporcionalmente, en traje de terciopelo negro o justillo y calzas, con 
birrete aplastado, o sombrero acampanado, de acuerdo con su posición 
social o con su filiación religiosa. La representación de la pálida y descon- 
tenta febricitante, enferma verdosa, amante abandonada, es muy realista 
en el bonito cuadro de Gabriel Metsu en la Colección Preyer, de Viena. 
El clou de este grupo de pinturas es indiscutiblemente el mal d amour, de 
Gerard Dow (Buckingham Palace); un cuadro encantador representando 
un elegante doctor, con pelliza ribeteada de piel y gorro también de piel, 
examinando seriamente un frasco de orina, a la vez que toma el pulso de 
una linda meisje, cuya fisonomía, dirigida hacia arriba, revela el hecho, 
muy importante, de que su interés por la personalidad del doctor está 
muy por encima de su confianza en su habilidad profesional (i). 

El siglo xvn señala el rudo comienzo de dos nuevas fases de medi- [ 
ciña nacional: la rusa y la americana. 

En el siglo xv Ivan III (1468-1505), el primer gobernador ruso que 



d) Para un completo estudio de todos estos cuadros, con reproducciones, véa- 
se Eugen Hollander, Die Medizin in der Klassische?i Malerci, Stuttgart, 1903. 



3i2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

llevó el título de zar, invitó a médicos extranjeros para que se establecie- 
sen en Moscú, con el no muy halagüeño proyecto de cortarles la cabeza 
si fracasaban en su tratamiento. Bajo el reinado de Ivan IV (i 533-84), 
llamado el Terrible, varios médicos ingleses fueron invitados a Moscú, y 
algunos actuaron a la vez como embajadores. Uno de ellos fundó una 
Apteka, o almacén de drogas, en 1 58 1. Bajo la dinastía Romanoff 
(1613-45) hubo una gran afluencia de extranjeros aventureros, que, esti- 
mulada por Pedro el Grande y por Catalina, continuó hasta bien entrado 
el sigio xviii. Esto constituyó, indudablemente, un graa servicio, estimu- 
lando el interés por la Medicina, aunque, como los griegos en Roma, ellos 
eran mirados con recelo por los naturales del país, que estaban siempre 
propicios a saquear las casas de aquéllos en los tumultos populares. A su 
llegada, los médicos extranjeros tenían que prestar un juramento oficial 
prometiendo no emplear drogas venenosas, y después una audiencia con 
el zar, que los cargaba de ricos presentes, dinero, provisiones, caballos, 
y algunas veces hasta adquirían un estado de 30 a 40 «almas». El primer 
médico natural de Rusia ha sido Peter V. Postnikoff. que fué enviado 
a Italia por el zar Pedro a estudiar Medicina, graduándose en Padua 
en 1694 (0- ^ as supersticiones terapéuticas rusas de la época eran idén- 
ticas a las que hemos encontrado en otras regiones. Había la misma ela- 
borada polifarmacia, incluyendo los extractos hechos de insectos y de 
partes de animales, y todavía no había la crítica de Ambrosio Paré disi- 
pado la fe en el cuerno del unicornio, habiéndose ofrecido por tres ejem- 
plares del mismo IOO.OOO rublos (30.OOO libras) en 1655. No obstante, 
las drogas eran importadas de Alemania y Holanda, se habían fundado 
jardines botánicos en 1 67 I ; un breve resumen de los simples originarios 
de Rusia se había publicado, como una especie de farmacopea siberiana 
en miniatura, basada en los informes proporcionados por los aldeanos de 
la Siberia, por los voyevods o gobernadores militares. Bajo los Romanoffs 
se ha fundado un Ministerio de Negocios médicos, así como también un 
depósito central (Apteka) para la distribución de' drogas a los allegados 
a la corte de Moscú. Una Apteka más reciente, de fines más amplios, que 
proporcionaba drogas a los soldados y al elemento civil y que atendía a 
la prevención de las enfermedades infecciosas, era el núcleo de la ante- 
riormente mencionada Apte karski Prikaz (Ministerio de Negocios Mé- 
dicos), <-l punto de partida del patriarcal servicio sanitario público de 
Rusia (2). 



r í.. Stieda: JartUS, Amst., Í903; VIII, páginas i 7S- iS(). 

(2) Para más detalles véase el artículo sobre la medicina rusa en Lancet, Lon- 

97; II, páginas 354-361. 



EL SIGLO XVII 313 

Entre los médicos extranjeros que han visitado Rusia figura John Tra- 
descant, un flamenco que vivió en Arcángel con sir Dudley Digges 
en 16 1 8 y que ha formado una colección única de objetos históricos, mo- 
nedas, medallas y otros objetos de virtü, que figuran actualmente en el 
Ashmolean Museum, de Oxford. / 

Las posesiones del Nuevo Mundo, de Jamestown (Virginia), en 1607; 
Plymouth Colony, en 1620, y New-Netherlands, en 1623, atrajeron, na- 
turalmente, un cierto número de médicos europeos, que, como en Rusia, 
constituyeron los agentes activos del adelanto de los legítimos intereses 
de la Medicina en las colonias. Se distinguieron entre ellos: el doctor 
Lawrence Bohun, que llegó a ser médico general de Virginia en l6li; el 
doctor John Pot, el primer médico que residió de un modo permanente 
en Virginia y que fué elegido gobernador temporal del estado en 1 628; 
Herman van den Boogaerdt, el primer médico de New-Amsterdam; el 
doctor Johannes La Montagne, un hugonote que era consejero de Wil- 
helm Kieft, director general de New-Netherlands; el doctor Samuel Fu- 
ller, que vino a pasar la primavera y se quedó practicando la Medicina 
en New-England hasta su muerte, en 1633, y el doctor John Winthrop, Jr., 
que fué el primer gobernador de Connecticut (Handerson). Uno de estos 
médicos emigrantes, Thomas Thacher, era, como nosotros hemos visto, 
el autor de la primera y única publicación médica impresa en las colo- 
nias del Norte de América en el siglo xvn (1677). Entretanto, la educa- 
ción superior adquiría un centro definitivo con la fundación y la dotación 
del Harvard College, en 1636-38, y del Colegio de Guillermo y María 
(Williamsburg, Virginia), en 1693; los estudiantes y los prácticos del país 
adquirieron pronto la costumbre de ir a Leyden, Oxford y París a com- 
pletar sus estudios médicos. La práctica de la Medicina iba frecuente- 
mente combinada con la predicación del evangelio. Giles Firmin, que an- 
teriormente a 1647 dio el primer curso de Anatomía en New-England, 
era uno de estos médicos clérigos, y su probable proyecto de tratamiento 
y de instrucción ha sido bosquejado en el ingenioso y fantástico relato 
de Oliver Wendell Holmes (i). Su Anatomía procede de Vesalio, Falo- 
pio y Spigelius; su medicina interna era de los griegos Fernelius, van Hel- 
mont y sir Kenelm Digby; su Patología era mitológica. 

Su farmacopea estaba compuesta meramente de simples, tales como los que 
figuran descritos y representados con extraordinaria abundancia en el venerable 
Herball, Gerard. La hierba de San Juan y el todolocura de los aldeanos, con la le- 
chetrezna y el hinojo, el perejil, el saúco y la serpentaria; con el opio en algunas 
formas, y el ruibarbo tostado, y las cuatro grandes semillas frías,;y las dos raíces, 



(1) O. WYHolmes: Medical Essays, Boston, 1883; páginas>78-283. 



3i4 HISTORIA DE LA MEDICINA 

de las que se decía que al que no curaba la tacamahaca lo curaba la caranna, con 
las más conocidas escamonea y jalapa y el eléboro negro, constituían una buena 
parte de su probable lista de remedios. Había mandado el hierro de vez en cuan- 
do, y posiblemente algunas dosis ocasional del antimonio. Había tenido, en cam- 
bio, a un enfermo de reumatismo envuelto en la piel de un lobo o de un gato sal- 
vaje, y en el caso de una fiebre maligna con «púrpuras» o petequias, o de una obs- 
tinada enfermedad regia (escrófula), prescribía un cierto polvo negro, que obtenía 
calcinando sapos en un puchero de barro. Barbevrac y su discípulo Sydenham no 
habían purificado por completo la farmacopea de su peligroso fárrago; pero no 
cabe duda que los médicos más sensibles de estos días conocen bastante bien un 
bueno y honrado té vegetal que entretiene a los enfermos 3^ a sus enfermeras, ha- 
ciéndoles creer que todo se emplea para sostenerles en todas las enfermedades 
corrientes. 

Dos rasgos de la medicina americana durante el período colonial son 
dignos de especial mención: Primero, una juventud medio preparada que 
estudia con algunos médicos realizando su aprendizaje, recibiendo la en- 
señanza clínica actual de un modo intermitente y sirviendo de criado y 
mozo de cuadra de su maestro, que, a su vez, le enseñaba a sangrar, a 
poner ventosas, a preparar drogas y a aplicarlas; segundo, en las condi- 
ciones primitivas, fronterizas, el antagonismo medieval entre el médico y 
el cirujano desaparecía pronto, por la necesaria y suficiente razón de que, 
al paso que la comadrona estaba en manos de la mujer, el doctor de las 
regiones abiertas y de bosques se veía obligado a acudir para todo géne- 
ro de accidentes y obligado a salir de los apuros con sus propios recur- 
sos, pronto llegó a extender su habilidad natural, aplicándola al tratamien- 
to de las fracturas y de las luxaciones, de las heridas por flechas y por ar- 
mas de fuego, a reducir las hernias, etc. Antes de 1 769, según Toner, el 
nombre de « doctor > no se empleaba aún en las colonias. Como dice Han- 
derson, muchos de estos aprendices indudablemente se justificaron como 
médicos afortunados (y la fortuna es la comprobación habitual del méri- 
to), como algunos de los más afortunados colegas que se vanagloriasen 
del M. D. (doctor en Medicina), de Leyden, Aberdeen o Cambridge, y 
que matasen a sus enfermos secundum artem (i). Nosotros podemos aña- 
dir, con igual autoridad, que desde este período la medicina americana ha 
adquirido aquella tendencia eminentemente práctica que ha constituido 
su mérito esencial, y de la que no tenemos motivo alguno para sentirnos 
avergonzados. El que la profesión haya desenvuelto pronto un cierto esprit 
de corps se evidencia en el hecho de que no encontramos ningún informe 
de errantes litotomizadores, operadores de cataratas u otros charlatanes» 
entre ellos, que no se ha visto mezclado ningún -nombre de los médicos de 
Mueva ínglaterra ron los escándalos de las brujas de Salem (1692), y que 

>n tramos, en cambio, una nota de los servicios prestados por aquéllos 



i Baas: History of Medicine, New-York, 1889; pág. 582. 



EL SIGLO XVII 315 

a los enfermos pobres, con una disminución de honorarios. La legislación 
médica que las colonias tenían en aquella época se refería, como el Códi- 
go Hammurabi, desde muchos puntos de vista, al asunto de los hono- 
rarios. 

•En fecha tan antigua como 1636 la Asamblea de Virginia dictó una providencia 
disponiendo que los que hubieran practicado el aprendizaje con cirujanos y boti- 
carios podrían cobrar cinco chelines por visita, y los graduados por la Universidad, 
diez. Las minutas de los doctores solían, no obstante, ser pagadas con algunos ar- 
tículos de tráfico, como trigo (en Nueva Inglaterra), tabaco (en el Sur), o wampum 
(entre los indios), y los honorarios llegaron a ser pronto tan exorbitantes, que en 
1638 y 1639 las Asambleas de Maryland y de Virginia dictaron leyes para moderar- 
los. En 1649 la colonia de Massachusetts emitió una ley restringiendo la práctica 
de la Medicina, Cirugía y Obstetricia a aquellas personas que pudieran ser juzga- 
das como competentes por «algunos de los más sabios y más graves», o más hábi- 
les en el mismo arte, con el consentimiento adicional de los enfermos. Una ley se- 
mejante se dictó en Nueva York en 1665, y en 1699 lin ac -ta para prevenir la difu- 
sión de las enfermedades infecciosas se convirtió en ley en Massachusetts. 

El primer hospital del Nuevo Mundo fué erigido por Hernán Cortés en la ciu- 
dad de Méjico en 1524. En 1639 un Hótel-Dieu fué fundado por la duquesa d'Agui- 
. Ion, y establecido, finalmente, en Quebec. El Hótel-Dieu de Montreal fué fundado 
en 1644, y el Hospital general de Quebec, en 1693. El primer hospital en lo que 
son ahora los Estados Unidos se fundó en Manhattan Island en 1663. 

El siglo xvii ha sido uno de los que los poetas han cantado como «de- 
vorado por el hambre, por la peste y por la guerra»; causas primarias de 
la miseria humana, que aparecían muy desarrolladas. La mortalidad por 
las guerras y por las enfermedades epidémicas era tan grande como en la 
Edad Media. 

La peste bubónica, aun cuando no asoló toda Europa como en épocas anterio- 
res, atacó con terrorífica violencia algunos puntos. La gran peste de Londres (1665) 
causó la muerte a 69.000 personas; el ataque a Viena, en 1679, a 70.000; la peste de 
Praga (1681), a 83.000; en tanto que la epidemia de Italia, en 1600, hacía 80.000 víc- 
timas en Milán v más de 500.000 en la República veneciana. Según la opinión de 
Haeser, estas pérdidas, unidas a las de la guerra del Canadá, contribuyeron a la 
decadencia de Venecia, cuva gran flota en otro tiempo «tuvo dominado el magní- 
fico Oriente». El más antiguo ataque de la peste fué el deRu^ia (1601-3^, en el cual 
perdió Moscú 127.000 almas de peste y de hambre. Durante la centuria fueron gra- 
vemente atacadas Inglaterra (1603-65^ Francia (1608-68), los Países Bajos (1625-80), 
Italia (1630-91), Dinamarca (1654), Alemania (1656-82), Suecia (16^7), Suiza (1667-68) 
y España (1677-81). Del mismo modo que en el siglo xvr, las epidemias locales fue- 
ron conmemoradas por monedas y medallas, algunas de las cuales se usaron como 
amuletos, al paso que otras, más adornadas, anunciaban haber quedado una ciudad 
libre de la peste. De ellas podemos mencionar los peniques de plata de Turingia 
de 1600, T602 y t6i i; los dólares de la peste (del tipo de Wittemberg), de 1619; las 
monedas y medallas acuñadas en memoria de los ataques pestilenciales durante la 
Guerra de los Treinta Años en TTrbino (1631), Venecia (1631), Rreslau (1631), In- 
golsfadt (1634), Francfort en el Main (16^). Munich (1617V V las reliquias de los 
últimos ataques a Viena (1679), Leipzig (1680), Wurzbure (r68r\ Erfurt (1683) y Mag- 
deburgo (16^3). Todas ellas han sido descritas por Pfeiffer v Ruland (Pestilentia m 
nummis, 1882). El hambre, compañera constante de la peste y de la guerra, fué con- 
memorada en las medallas Annona, en arrian de gracias por haber el pontífice re- 
gulado el preeio del trigo, que fueron acuñadas en honor de los papas Clemente X 
(1671-73) y Alejandro VIII (1690), y las medallas relativas a la inundación de Ham- 



3 i6 HISTORIA DE LA MEDICINA 

burgo (1685), a la peste de langosta en Silesia y en Turingia (1693), a los duros 
tiempos del Imperio alemán (1694) y al hambre y al frío en Holanda (1698). Esta 
intensa popular animadversión contra los acaparadores e intermediarios en la ven- 
ta del trigo, cuyas ligeras extorsiones eran, de un modo no del todo natural, con- 
fundidas con la falta de depósitos por las malas cosechas, como una causa de mise- 
ria humana, se ve sorprendentemente demostrada en las curiosas Kornjudenmedai- 
llen (1). Las medallas silesianas de este tipo han sido acuñadas de 1694-95, y pos- 
teriormente copiadas en el siglo xvm. Además de la langosta y de los vendedores, 
los cometas eran también considerados, con temor supersticioso, como postillones 
de Dios (Gottes posiillione), precursores de la guerra, de la peste y del hambre, a 
pesar de que Shakespeare había dicho: 

«Cuando te arruinaste de muerte no habías visto cometas»; 

v el astrónomo von Littrow había demostrado recientemente que no había ningu- 
na probable relación entre los cientos de cometas conocidos y las insignificantes 
posibles variaciones de la atmósfera. Hubo medallas de cometas en los años 1618, 
1677, 1680 y 1686; pero cuando la aparición del cometa de Halley en i682,fué afir- 
mado por el cálculo del gran astrónomo inglés que volvería a reaparecer en 1758. 
Con la comprobación de esta predicción se pudo comprender que los cometas 
eran, después de todo, como cualquier otro fenómeno periódico de la Naturale- 
za, y la teor'a de la relación entre los cometas y las enfermedades desapareció por 
completo déla historia médica desde 1758 (2). 

Ordenanzas del Estado y de la ciudad contra la peste existen en gran número, 
y a la vez que atienden a la provisión de hospitales especiales y a la inspección 
sanitaria, algunas son extraordinariamente estrechas y severas. El 25 de agosto 
de 1683 Colbert, ministro de Luis XIV, dictó reglamentaciones sanitarias para toda 
Francia, dando un poder absoluto a la Oficina de Sanidad y estableciendo una es- 
tación cuarentenaria en Marsella. No sólo eran quemadas las casas afectadas por 
la peste, con arreglo al sabio y antiguo método mosaico, sino que, además, las per- 
sonas sospechosas de difundirla, por llevar suciamente el virus alrededor, eran 
condenadas al tormento y a la muerte. Un notable ejemplo se nos proporciona en 
un episodio de la gran peste de Milán en 1630, descripto por el gran novelista Ales- 
sandro Manzoni (3), y posteriormente por el doctor Robert Fletcher (4). En la ma- 
ñana del 1 de junio de 1630 Guglielmo Piazza, un inspector de Sanidad de Milán, 
había sido visto paseando por las calles, escribiendo de un tintero de cuerno que 
llevaba a la cintura, y limpiando sus dedos, probablemente manchados de tinta, 
en las paredes de las casas. Acusado por las ignorantes mujeres de la vecindad de 
untar las casas con ungüentos de muerte, fué condenado al tormento. Esta última 
barbaridad, una supervivencia de la ordalía de los tiempos feudales, tenía un ce- 
remonial establecido, señalado por el código legal, según el cual el acusado era 
desnudado, afeitado el cráneo y purgado antes de ir al suplicio, y si sobrevivía a 
las atrocidades infligidas tres veces a su cuerpo, se suponía que era que Dios ha- 
bía intervenido haciendo un milagro. El infeliz Piazza resistió dos aplicaciones de 
este horrible tormento; pero, cediendo a las sugestiones del «tercer grado» de sus 
atormentadores, confesó, por último, que había recibido el unto venenoso de un 
barbero llamado Mora. Este último, cogido en seguida, cedió a la primera aplica- 
ción del tormento, y aunque ambos desgraciados so retractaron de lo que habían 
dicho anteriormente, los clamores del supersticioso populacho contra ellos fueron 



(1) En el anverso de estas medallas del hambre se expone, generalmente, un 
vendedor de trigo, de mal aspecto, pesando un saco de esta gramínea, que un de- 
monio está empeñado en puncionar. El reverso lleva la medida de una fanega, en 
euva superficie interna aparece inscrito (en alemán) el versículo de los Proverbios 

l 1 ha robado el trigo; el pueblo h- maldecirá. I a superficie exterior tiene 

"• ro la bendición descenderá sobre la cabe/a del que lo venda.» 

(2) Píeiffer v Rui and: Pestilentia i» nummis, Tubingen, 1882; pág. 19. 
($) Manzoni: Storia dril a colotma infame r 1840. 

Robert Fletcher: Johns Hopkins Hasp. Bull., Baltimore, 1898; IX, pági- 
175-180. 



EL SIGLO XVII 317 

tales que se dictó sentencia y fueron desgarrados con tenazas calentadas al rojo, 
se les cortaron las manos derechas, se les fracturaron los huesos, se les sometió 
al suplicio de la rueda, y seis horas más tarde se les quemó. Sus cenizas fueron 
arrojadas al río; sus posesiones, vendidas; la casa del crimen, arrasada hasta los 
cimientos, y su terreno, convertido en una especie de Azeldama por la erección 
de una columna de infamia (colorma d' infamia). Todo esto pasaba hace sólo tres siglos. 

Los médicos delegados para tratar la peste llevaban un extraño traje profilác- 
tico, consistente en una larga toga roja o negra de un material liso, frecuentemente 
de cuero de Córdoba o de Marruecos, con guanteletes también de cuero, y una 
careta de igual material, con aberturas cubiertas de cristales para los ojos y un 
largo pico o trompa delante de la nariz, conteniendo substancias antisépticas. En 
la mano llevaba el doctor de la peste una varilla para tomar el pulso. A pesar de 
su aspecto de ópera cómica, eran funcionarios altamente estimados, que solían co- 
brar elevados sueldos. En las ciudades de Italia, inmensas fosas para enterrar a 
los muertos se hacían de vez en cuando; los apparitor i, o anunciadores, iban de- 
lante, tocando una campanilla, para anunciar a las gentes que se iba a sacar a los 
muertos; los monatti acompañaban a éstos, y los commissari hablaban del caso y 
vigilaban todo. Algunas veces la tosca fosa común llegaba a llenarse con exceso, y 
los muertos quedaban descomponiéndose por las calles. Esto se demuestra en el 
cuadro de Micco Spadara la Peste de Ñapóles (1656), en el cual se ve la plaza del 
mercado llena de muertos y de moribundos, a los que los monatti se esfuerzan en 
mover y en conducir hacia los diversos médicos a caballo, en tanto que en los cie- 
los aparece Dios con una espada desnuda, cediendo, al parecer, a las súplicas de 
la Virgen. En la Peste de los filisteos, por Nicolás Poussin (1593-1665) [Museo del 
Louvre], las ratas aparecen representadas al fondo (1). Nathaniel Hodges, en su 
Loimología (Londres, 1672), describe cómo durante la gran peste de 1665 los roe- 
dores y los reptiles han sido vistos salir de sus madrigueras para ir a morir al aire 
libre, y Daniel Defoe, en su supuesto Diario del año de tapeste (1722), asegura que 
se había hecho durante aquella epidemia una preconcebida guerra a las ratas y a 
los ratones, como propagadores de la peste (Sticker) [2]. 

La lepra había desaparecido por completo hacia el final de la dieciseisaba 
centuria, de tal modo, que en 1656 y 1662 Luis XIV se decidió a abolir las leprose- 
rías y a consagrar sus rentas a la caridad y a la construcción, en general, de hos- 
pitales. Recuerdos artísticos de esta enfermedad se encuentran en el cuadro de 
San Martín, de Rubens (Castillo de Windsor), y en la Santa Isabel de Murillo, en el 
Museo del Prado. La sífilis había cesado también de ser epidémica, y su tratamien- 
to, por medio de las fumigaciones y de las unturas mercuriales, estaba en manos 
de los barberos cirujanos. Aparece en Boston (Massachusetts) en 1646, diez y seis 
años después de la fundación de esta ciudad (3). Fuera de los libros ilustrados, 
como el de Stephen Blancard, y de la opinión de Sydenham, que la consideraba 
como una modificación del pian del Africa Occidental, la literatura de la lúes en el 
siglo xvii es poco importante. Además de la peste, el tifus y la fiebre tifoidea, que 
se solían describir de un modo vago con el nombre de «pestes», presentaban la 
más elevada mortalidad, especialmente en relación con las miserias engendradas 
por la Guerra de los Treinta Años. La disentería y el escorbuto también contri- 
buían a la mortalidad, y el total de ésta, era tan considerable, que, de acuerdo con 
el Excidium Germaniae (citado por Haeser), «puede uno viajar por espacio de 10 
millas sin ver una sola alma; es rarísimo encontrar una vaca; sólo, en ocasiones, al- 
gún viejo, un niño o un par de ancianas. En todos los pueblos se ven casas llenas 
de cuerpos muertos y corrompidos; hombres, mujeres, niños, sirvientes, caballos, 
cerdos, vacas y bueyes, yacen mezclados unos con otros, ahogados por la peste y 
el hambre, devorados por los lobos, los perros, los cuervos y las cornejas, faltos de 
una decente sepultura». Añadamos a esto las atrocidades de la soldadesca, tales 
como las pinta Grimmelshausen (4). En las ciudades la fiebre tifoidea era cuidado- 



(1) G. Sticker: Janus, Amst, 1898; III, pág. 138. 

(2) G. Sticker: Die Pest, Giessen, 1908; I, pág. 178. 

(3) Packard: History of Medicine in the United States, Filadelfia, 1901; pág. 39. 

(4) H. J. C. von Grimmelshausen: Der ab entailer lie he Simplicias Simplicissi- 
mus, 1668. 



3 i8 HISTORIA DE LA MEDICINA 

sámente estudiada por algunos observadores, tales como Stahl y Friedrich Hof- 
fmann, en Halle, y Schrockh, en Augsburgo.En Inglaterra describe Willis la epide- 
mia de fiebre tifoidea entre las tropas parlamentarias en el sitio de Reading, en la 
triste primavera de 1643. La neumonía tífica dominaba en Italia (1602-12, 1633, 
a 1696). y ha sido descripta por Codrodchi y otros. Hochstatter describe una epide- 
mia de Áugsburgo en 1624, y Suiza ha sido visitada en 1652 (Lago de Ginebra) y en 
1694-95. La fiebre palúdica era pandémica en los años 1657-69 y 1677-95 (Haeser). 
Las epidemias inglesas han sido descritas por Willis, Dorton y Sydenham, Morley 
y Lucas Schacht; las italianas, por Cavallari (1602) y Borelli (1661); las holandesas, 
por Sylvius ^1677) )' Fanois (1669), y las francesas, por Chirac (1694). La grave epi- 
demia italiana de 1690-95 ha sido descrita por Ramazzini y Lancisi. La disentería 
era epidémica en todas las regiones devastadas por la Guerra de los Treinta Años, 
especialmente en Alemania, Holanda y Francia (1623-25), y reinvadió Alemania 
en 1666 y el Norte en 1676-79. Las epidemias inglesas de 1668-72 han sido descri- 
tas por Morton y Sydenham. Durante el períolo de 1 583-1610 la difteria estaba 
confinada en España. En el último año apareció en Italia, donde se hizo epidémica 
en 1618-30 y 1650, al paso que volvía a visitar España en 1630, 1650 y 1666. Casos 
ocurrieron en Roxbury (Massachusetts en 1659 (Jacobi). Una epidemia de ántrax 
(1 61 7) es citada por Athanasius Kircher en su ¿>crutiniu?n pestis (I, 9). Había diver- 
sas epidemias de ergotinismo en la Sologne (1630- 1694), en diferentes puntos de 
Alemania (1648-93) y en Suiza (1650-74). El escorbuto se presentó en el sitio de 
Breda (1625), en Nuremberg (1631) y en Áugsburgo (1632). La influenza fué común 
durante todo el siglo, tanto en el Viejo como en el Nuevo. Mundo; en América ha 
sido referida por vez primera en 1647 (0- La fiebre amarilla aparece en Nueva 
York en 1668; en Boston (1 691- 1693), en Charleston y Carolina del Sur, en 1699; 
pero no pasó al Viejo Mundo hasta la siguiente centuria. De los exantemas, la vi- 
ruela era pandémica en Europa en 1614, y epidémica en Inglaterra de 1666-75, al 
paso que en Nueva Inglaterra fueron apareciendo casos diversos durante toda la 
centuria; la enfermedad se extendió a Pensil vania en 1 691, y a Charleston y Caro- 
lina del Sur en 1669. Los trabajos más importantes son los de Sydenham. Los pri- 
meros estudios de una escarlatina indudable son los de Michael Doering (i625-8)y 
de Daniel Sennert (1628); pero la enfermedad llegó a ser generalmente conocida 
gracias a ios estudios de Sydenham (1676) y de Morton (1692) [2]. Sydenham fué el 
que primero la distinguió del «sarampión», con la que otros la habían confundido. 
El sarampión, la roséola y «las púrpuras» (fiebre miliar) se agrupaban generalmen- 
te juntas y no se distinguían claramente unas de otras. La septicemia puerperal 
fué primeramente definida y diferenciada por Willis en 1660 (3). La conjuntivitis in- 
fantil se señala en América por primera vez en 1658 (Jacobi) [4]. La mortalidad in- 
fantil era muy elevada en este período. Durante la Restauración inglesa, próxima- 
mente la mitad de los nacidos sucumbían por enfermedad, y dos quintos de la mor- 
talidad total ocurrían en los dos primeros años. En los calurosos veranos de 1669-71, 
2.000 niños murieron de diarrea en el espacio de ocho a diez semanas. La densa po- 
blación de Londres se había multiplicado hacia las orillas del río, y las avenidas 
Wapping, Lambeth, Whittechapel y Spitalfields estaban llenas de sucias y estrechas 
viviendas (5). El desdichado recién nacido era salado, según la antigua enseñanza 
galénica, envuelto en estrechos y ceñidos pañales, y no se le permitía el ejercicio 
ni la salida al aire libre mas que por pocos minutos. Posteriormente hemos apren- 
dido a pasearlos en cochecitos o con tirantes. Los eczemas y las descargas de las 
orejas y oídos no lavados eran considerados como una manifestación normal de la 
Naturaleza 'Walter Harris, 1689), y aun no se conocía una lactancia artificial en lu- 



fa* oby (A;: Jalirb. f. Kinder h., Stuttgart. 19 13 (Baginsky-Festschrift), pági- 
na 414. 

te la historia de La escarlatina de Paul Richter (Arck.f. Gesch. der JA,/., 
Leipzig, 1907-8; [, páginas 161-204) que corrige los errores cometidos por Haeser. 
üefebribus, 1660, ch. XVI. 
Op. cit., pig. 413- 
(5J Traill y M.mii: serial England, Londres, 1903; IV, pág. 647 (citado por 
.lh;. 



EL SIGLO XVII 319 

gar de las nodrizas. Pechey (1697) recomendaba el destete al aparecer los dientes 
de leche y al crecer la luna de la primavera o del otoño, y para hacer que el niño 
dejase la lactancia se untaban los pezones de la madre con áloes o con ajenjo (1). 

El siglo xvii es, como hemos visto, la edad por excelencia de las re- 
presentaciones pictóricas al óleo. Velázquez, el más grande de los retra- 
tistas de todos los tiempos, nos ha dejado unos doce cuadros con repre- 
sentaciones de enanos cretinoides o hidrocefálicos, cuatro de locos de la 
corte (bufones) y tres de idiotas. De ellos, el Museo del Prado contiene diez, 
incluyendo el hidrocéfalo D. Sebastián de la Mora, El primo, los acon- 
droplásicos y raquíticos ejemplares de Las Meninas, los bufones del tipo 
de «silly Billy» y sus maravillosas representaciones de la idiocia: El Niño 
de Vallecas, y del estrábico Bobo de Coria. Ribera tiene una notable re- 
presentación de una parálisis unilateral en un niño (Galería de Viena), de- 
mostrando la característica deformidad del brazo y de la pierna. Un car- 
tel llevado por el chicuelo,con la inscripción de Da mihi elimo sinam prop- 
ter amorem Dei, demuestra que el discurso es también afectado. La pará- 
lisis, la cojera, la ceguera y diferentes fases de la dolencia (les gueux con- 
trefaits) están perfectamente representados en los grabados y aguafuer- 
tes de Jacques Callot (1592-1635). Pieter Breughel el Viejo representa el 
baile de San Vito, ostentaciones de parálisis, hombres ciegos y otros se- 
res grotescos en sus aguafuertes y pinturas. Un desorden de la pituitaria 
puede suponerse en la muchacha obesa, casi mixedematosa, de Juan Ca- 
rreño de Miranda en el Museo del Prado. Rubens ha representado un ena- 
no microcefálico en el retrato del conde Thomas Arundel y su mujer (an- 
tigua Pinacoteca de Munich). Su Muerte de Séneca y sus estudios al lápiz 
de anatomía muscular han sido ya mencionados. Van Dyck ha represen- 
tado un leproso en su San Martin partiendo la capa (Windsor Castle). Con 
la excepción de Tobías curando a su padre de catarata, Rembrandt se ad- 
hiere rígidamente a lo normal, incluso en sus aguafuertes, en las que re- 
presenta toda la acción fisiológica del cuerpo humano (2). Hemos men- 
cionado ya el éxito de los pintores holandeses representando la clorosis 
(febris amatoria), y al mismo género pertenecen el niño febril de Gabriel 
Metsu (Steengracht Gallery, La Haya), la mujer hidrópica de Gerard Dow 
(Louvre) y el médico con el enfermo melancólico, de Frans van Mieris 
(Galería de Viena). Un notable cuadro de Simon Vouet, en posesión del 
profesor W. A. Freund, de Berlín, representa un caso de osteomielitis su- 
purada en una mujer, cuyo bello semblante forma un marcado contraste 



(1) Forsyth: Proc. Roy. Soc. Med., Londres, 1910-11; IV, p. i. a , Seel. Diss. Child., 
páginas 11 6- 120. 

(2) Colección Rovinsky, Petrogado, 1890. 



320 HISTORIA DE LA MEDICINA 

con el aspecto repugnante de su miembro supurado. Los cuadros holan- 
deses de escenas de consultas médicas y de inspección de orinas son, por 
los trajes y los accesorios, los más bellos de los existentes, y en particular 
los de Gerard Dow, en el Hermitage (Petrogrado) y en la Galería de Vie- 
na; los de Adriaen van Ostade y Gerard Terborch, en el Museo Antiguo 
de Berlín; los de Teniers el Viejo, en los Uffizi de Florencia; los de Ga- 
briel Metsu, en el Hermitage; los de Frans van Mieris, en la antigua Pina- 
coteca de Munich, y la ciudad de los médicos, de Teniers, en las Galerías 
de Bruselas y de Calsruhe (i). Volviendo a lo normal, es digno de men- 
ción el que Rubens excede a todos los restantes en la representación de 
los encantos y de la salud de los jóvenes y de los niños. Su habilidad en 
este respecto en sus cuadros al óleo nos recuerda lo que Swinburne dice 
a propósito de Andrea del Sarto: «Sus niños son redondos y fuertes, en 
tonos rojos, llenos de calor alegre en sus bocas y ojos, como flores de car- 
ne y frutos vivos del hombre, que solamente un gran amor y una gran 
simpatía hacia los recién nacidos puede haber ayudado a representar- 
los» (2). 



(i) Para reproducciones de estos cuadros véase Eugen Hollander: Die Meditan 
in der Klassischen Malerei, Stuttgart, 1903. 

(2) A. C. Swinburne: Essays und Studies, Londres, 1875; pág. 356. 



EL SIGLO XVIII 
EL PERÍODO DE LAS TEORÍAS Y DE LOS SISTEMAS 



Las mejores obras del siglo xvn — las de Shakespeare o Moliere, las de 
Rembrandt o Velázquez, las de Spinoza o Newton, las de Harvey o Leeu- 
wenhoek — han sido todas ellas concebidas por una profunda fuente de 
inspiración original o por una especie de brote de sencilla y fresca admi- 
ración ante las maravillas de la Naturaleza, reveladas como de un modo 
nuevo ante su espíritu, corno declaraba de sí mismo el viejo Pepys ser 
«como un niño> ante todo objeto nuevo o extraño (i). Los nobles sacrifi- 
cios de los héroes o de los mártires de la precedente centuria han produ- 
cido tantos ricos frutos para la Ciencia como grandes ventajas para la li- 
bertad espiritual e intelectual. Era natural que el período anterior, prece- 
diendo a la explosión de la revolución política, fuera como una calma 
antes de aproximarse la tempestad, y, realmente, las cosas cambiaban 
hacia el extremo opuesto de exagerada sobriedad y de contento aparente 
con el orden antiguo del mundo. Estaba de moda un filosofar aburrido y 
tonto (sobre fundamentos a priori) hasta como un medio de justificar las 
inmoralidades de la época. En la literatura, de Francia por lo menos, hay 
una especie de tono que parece decir de los acontecimientos que se ave- 
cinan: 

El día que amanece en fuego termina en tempestades; 
Hacia la media noche viene la calma; 

pero, al fin y al cabo, todo tendía hacia el formalismo, y todas las teorías, 
hasta las más idealistas, pronto se endurecían en un «sistema» racional, 
metódico. En este sentido, las figuras más características de la época 
— Kant y Rousseau, Voltaire y Hume, Swedenborg y Wesley, Linneo y 



(i) El Ürbis pictus, de Amos Comenius (1657), que ha deleitado tanto a Goethe 
en su infancia, es una característica producción del siglo xvn, destinada a hacer 
más sencillo el latín a los niños de las escuelas por medio de ilustraciones. 

Historia db la Mbdicima. — Tomo I 21 



3 22 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



Buffon, Racine y Pope — hablan en favor de lo que acabamos de decir. 
Hasta la música de Mozart, Haydn y Gluck, aunque en tan pura belleza 
como el arte griego, prescindiendo de lugar y de tiempo, parece de un 
corte preciso y formal si se compara con la sublime polifonía de Palestri- 
na o con el esplendor en los infinitos detalles del gigante de la diecisie- 
teava centuria, Bach; al paso que Hándel es enteramente trazado a escua- 
dra y de estilo de señor de peluca. La mejor obra científica del período 




Carl von Linné (Linnaeus) 1707-78) 



es la que se refiere a la Física y a ia Química, como lo demuestran los 
nombres de Lagrange y de Laplace, de Cavendish y Priestley, Scheele y 
Lavoisier, de Galvani y Volta, de Franklin y Count-Rumford, de Fahren- 
heit, Celsius y Reaumur, de Watt, Fulton y Stephenson. Fn Medicina, 
dejando a un lado las obras de unos pocos espíritus originales, como 
Morgagni, 1 [ales, 1 íunter, Wolff y Jenner, era esencialmente un momento 
de teorizadores y de creadores de sistemas. Linneo establecía el afán de 
las clasificaciones en Medicina del mismo modo que las había llevado a su 
propia ciencia, y parece haber dado los pasos para ello en todas las cosas. 
En ' tido, el siglo jcvm, en Medicina, es tan pesado y tan tonta- 

mente formal como el período árabe. Vernos los grandes teorizantes de 



ÉL SIGLO XVIII 32a 

la época, que han sido descriptos por Emerson como los dioses, cada uno 
residiendo aparte, en su esfera propia, «haciéndose guiños desde sus tro- 
nos», hasta tal extremo que, desde cierto punto de vista, Hipócrates y 
Sydenham, Vesalio y Harvey, Celso y Paré parecen más próximos y más 
accesibles a los modernos que Stahl y Barthez, Bordeu y Boerhaave, 
Brown y Reil. 

El gran botánico sueco Carl von Linné (1707-78), o Linnaeus, era 
también médico, habiendo estudiado la Medicina con el fin de alcanzar la 
mano de la hija de un rico médico práctico; el padre rechazó el consentir 
en el matrimonio, a menos que su futuro hijo político se hiciese doctor. 
Linneo ha dado la más concisa descripción de plantas y de animales de 
todas las de la Historia Natural, y fué el fundador de la nomenclatura 
binomial en ciencia, designando a cada definido objeto natural con un 
nombre genérico, o nombre de familia, y un nombre específico, o propio, 
y clasificando al hombre mismo como Homo sapiens en el orden de los 
primates. Creía, sin embargo, en la fijeza de las especies (nulla species 
nova), sosteniendo que hay justamente tanto número de especies como 
parejas han salido de las manos del Creador, y ninguna más. Su primera 
obra, el Systema Naturae (i 7 3 5)/ consistía en 12 páginas en folio, conte- 
niendo su clasificación de plantas, animales y minerales, y se hizo tan po- 
pular, que llegó a alcanzar doce ediciones durante la vida del autor. Los 
nombres específicos han sido empleados por primera vez por Linneo, para 
las plantas, en su Species plantar um (17 53)» y P ara l° s animales, en la dé- 
cima edición del Systema Naturae (1758). Esta última es, por consiguien- 
te, la más altamente apreciada de todas las ediciones de su gran obra. 

Entre las obras médicas de Linneo hay que incluir su materia médica 
(1749-52) y su esquema de Nosología Genera morborum (1763). Tenía 
algunas nociones del origen por el agua de la fiebre palúdica y del origen 
parasitario de las enfermedades. Hektoen dice que él ha dado buenas des- 
cripciones de la embolia, de la hemicránea y de la afasia (1742). 

Linneo ha basado su clasificación de las plantas en los caracteres de- 
rivados de los estambres y de los pistilos (los órganos sexuales de las 
flores), y su sistema, que exageraba la calidad de las flores a expensas de 
la importancia de la planta en conjunto, y que el propio Linneo calificaba 
de un modo defectuoso, pero conveniente para hacer el índice de las co- 
sas, ha recibido el nombre de «sistema sexual». Ha dominado en la botá- 
nica europea por más de una centuria, y ha sido llevado más allá por Mi- 
chael Adanson (i 7 27- 1 806), un médico de Aix en Provenza, cuyas Fami- 
lies des plantes (París, 1763) comprende una distribución de los géneros 
en 58 familias, y por Antoine Laurent de Jussieu (1748-1836), de Lyon. 
Jussieu era sobrino de Bernard de Jussieu, un botánico que había aplica- 



324 HISTORIA DE LA MEDICINA 

do el sistema de Linneo distribuyendo las plantas de los jardines reales 
de Trianon, y cuando el joven Jussieu llegó a ser demostrador del Jardín 
de Plantas fué llamado para clasificarlas en aquellos jardines. Adoptó un 
sistema natural de unos cien órdenes, distribuidos en 1 5 clases, teniendo 
en cuenta los principios básicos sugeridos por Ray — acotiledones, mono- 
cotiledones, dicotiledones — y subdividiendo estos últimos teniendo en 
cuenta los pétalos. Su principal obra es su Genera plantarían (París, 1789), 
que fué la gran autoridad hasta que el botánico ginebrino De Candolle 
introdujo un sistema morfológico (i), basado en la forma y en el desarro- 
llo de los órganos de las plantas, como opuesto al de las funciones fisio- 
lógicas. Todos estos sistemas ejercían una profunda influencia en las inte- 
ligencias médicas, en sus intentos de clasificar las enfermedades, y vere- 
mos que el sistema de De Candolle ha sido la base de una curiosa serie 
de clasificaciones de los fenómenos patológicos, que han llevado a cabo 
Schónlein, Canstatt, Fuchs, Rokitansky y otros miembros de la alemana 
Escuela de Historia Natural en la primera parte del siglo xix. 

El burlesco aspecto de la manía del siglo xviii por las estériles clasi- 
ficaciones agotadoras de todas las cosas de la Naturaleza y de fuera de 
ella ha sido agudamente señalado por Goethe, el más capaz conocedor de 
la morfología de las plantas de toda su época, y sus sentimientos a este 
respecto aparecen expresados en los siguientes versos del Fausto: 

Una seca y vieja mujer es toda teoría, 
Y el verde de la vida hace dorado el árbol. 

Vamos ahora a exponer algunos de los devotos médicos de la «gris 
teoría >. El primero de todos, Georg Ernst Stahl (1660-1734), de Ansbach 
(Baviera), un piadoso y rígido beato, de excelente carácter, que se metió 
él mismo en el terreno ardiente de los científicos y de los teólogos, vol- 
viendo a recoger la antigua idea de van Helmont de un «alma sensitiva» 
como la fuente de todos los fenómenos vitales. El animismo (1737) de 
Stahl es la antigua teoría de la identidad del alma y de la fuerza vital 
Cfjat;), el moderno «principio vital», el élan vital begsoniano. El cuerpo 
es únicamente una máquina pasiva, desenvuelto y guiado por un alma in- 
mortal. Como quiera que el alma stahliana actúa directamente, sin la in- 
tervención de los arqueos o fermentos, su autor sostiene que ambas, la 
Anatomía y la Química, carecen de aplicación a la Medicina. Las enfer- 
medades, para Stahl, son un disturbio de las funciones vitales causadas 
por las actividades mal dirigidas del alma. La alteración del tono y la pié- 



1 A. I", de Candolle: Regni vegetabilis systema tiaturalc, París, 1818-21. I'am- 
1 Prodromu , París, 1824-73, y su ürganogr apiñe végétalc, París, 1827. 



dtu 

in 

\¡SU EL SIGLO XVIII 325 

■tora (atonía muscular) constituyen el resto de su patología. Hasta dudaba 
Qde la eficacia de algunos medicamentos, como del opio y de la quinina, y 
r estaba tan retrasado con respecto a su tiempo, que seguía recomendando 
la castración en la hernia. La plétora era combatida por la sangría y las 
pildoras balsámicas. Era apasionado de los efectos sugestivos o «secretos» 
de los remedios. Su concepción de la «vida» era, aparentemente, idéntica 
con la definición de la inmortalidad de Imlac en su Rasselas — «un natural 
poder de duración perpetua como una consecuencia del privilegio de estar 
libre de la putrefacción. Como quiera que Stahl considera todas estas co- 
sas a la luz de una revelación divina, no podemos admirarnos de que ca- 
yese en una profunda melancolía hacia el fin de sus días. Aparte de su 
tratado de la plétora como causa de enfermedad (1698) [i], que tiene en 
su favor la ponderación de Virchow, o de su estudio original de la fístula 
lagrimal (1702) [2], ha dejado pocas obras de mérito, y hasta su propia 
generación llegó a cansarse de él. La tendencia a confundir, que el poeta 
ha llamado «la sublime, e irrefutable pasión de la creencia», con el propó- 
sito de la investigación científica es, verdaderamente, una de las cosas más 
tristes en la historia de la Medicina. Y Stahl era un reaccionario bienin- 
tencionado también en otra dirección: en su falsa teoría de la combustión, 
que retrasó el progreso de la Química por espacio de unos cien años. Ex- 
celente investigador de laboratorio, él supone que cuando un cuerpo arde 
es que está «deflogisticado», es decir, que desprende una substancia hipo- 
tética, el «flogisto», a pesar de que Mayow, antes de él (como Black y 
Lavoisier, después), habían demostrado experimentalmente que una subs- 
tancia que arde gana más bien que pierde peso. 

Como una reacción contra el vacío formalismo del siglo xviii, el ani- 
mismo de Stahl tiene considerable importancia para el antropólogo y 
para el psicólogo. En 1 87 1 E. B. Tylor emplea deliberadamente el con- 
cepto stahliano para designar la psicología del hombre primitivo. Como 
un abogado de la psicoterapia, Stahl es como el lazo de unión entre el 
pasado y presente. El observa algunos de los notables efectos de la mente 
sobre el cuerpo, y su teoría de la psique distraída como una causa cau- 
sans de enfermedad contiene el germen de la doctrina de Freund. 

El principal discípulo de Stahl es Francois Boissier de la Croix de 
Sauvages (1706-67), que considera el alma como la causa del mecanismo 
del cuerpo, pero del que se guarda mejor memoria por su Nosología me- 
thodica (1768), que ilustró la manía taxonómica del modo más ridículo 
posible. Sauvages intentó clasificar las enfermedades como si ellas fueran 



(1) Stahl: De venae port ae porta malorum, Halle, 1698. 
(2)¿JStahl: De fistula lachrymali, Halle, 1702. 



326 HISTORIA DE LA MEDICINA 

muestras de la Historia Natural; subdiviéndolas en 10 clases, con nada 
menos que 295 géneros y 2.400 especies (i). 

El animismo de Stahl llegó, finalmente, a fundirse en el «vitalismo» 
de las cuatro «B» — Bordeu, Barthez, Bichat y Bouchut — , para encon- 
trar un más reciente avatar en las aburridas «entelequias»» de Driesch. 
El vitalismo del siglo xvni adquiere una especial forma moderna en el Bil- 
dungstrieb (impulso creador), dejohann Friedrich Blumenbach(i752-i840), 
que supone un impulso innato en las criaturas vivas hacia su auto-des- 
arrollo y hacia la reproducción. Un gran campo de teorización del si- 
glo xvni se encontraba contenido en la doctrina de Glisson-Haller, de la 
irritabilidad como una propiedad específica de los tejidos vivos. William 
Cullen (17 IO-90), un espíritu lúcido de atractivo carácter, creyó remo- 
ver algunas de las dificultades de las opuestas teorías, considerando el 
músculo como una continuación del nervio y mirando la vida misma 
como una simple función de la energía nerviosa. En este sentido, nuestra 
moderna frase la «fuerza nerviosa» parece haber venido a substituir a la 
antigua galénica de los «espíritus animales», y hasta en la actualidad, 
cuando un doctor refiere alguna indeterminada condición patológica como 
«probablemente nerviosa», él retrocede inconscientemente a las ideas de 
Cullen. En esta especie de razonamiento, hasta otro elemento teórico ve- 
nía a sobreponerse: la antigua doctrina metodista del strictum et laxum 
de los asclepíades. Friedrich Hoffmann (1660- 1742), de Halle, suponía 
un misterioso fluido, como éter, actuando a través del sistema nervioso 
sobre los músculos, conservando a éstos en un estado de contracción 
tónica parcial, así como también los humores del cuerpo en el estado de 
movimiento necesario para la vida. Las enfermedades agudas serán, por 
consiguiente, debidas a una condición espasmódica; las enfermedades 
crónicas, a la atonía. Además del espasmo y de la atonía, Hoffmann ad- 
mite los cambios humorales y las defectuosas excreciones como causas 
de enfermedad, siendo combatidas las cuatro por los sedativos, los tóni- 
cos, los alterantes y los evacuantes, respectivamente. El ha hecho revivir 
el uso de las aguas minerales. Según el modo de pensar de sir Clifford 
Allbutt, Hoffmann ha sido el más grande de los iatromecánicos, y el pri- 
mero en darse cuenta de que «la Patología es un aspecto de la Fisiolo- 
(2). Nos ha dejado una descripción original de la clorosis (1730), y 
ha sido uno de los primeros que ha descripto la roséola (1740). 

El metodismo asclepiadense iba a ser llevado al absurdo y a los más 

(1) Los otros clasificadores botánicos de la enfermedad en el siglo xvm han 
sirio Rudolph August Vogel, Sagar, Cullen, ¡ McRride, Daniel y Tlouquet (Wun- 
derlich). 

(2) Allbutt: Brit. Med. Journ., Londres, 1900; II, 1850. 



EL SIGLO XVIII 327 

extremos límites de la lógica por el celebrado John Brown (1735-88) [i]. 
«El disputador y de mala reputación Brown»— como lo califica Allbutt— 
era un hombre grosero, de bajas aficiones, al que Cullen había auxiliado 
y ayudado, pero que, como Colombo, Borelli y otros ingratos de la Me- 
dicina,, se volvió contra su pacífico maestro con la táctica usual de los 
plebeyos, de injuriar a sus superiores intelectuales para elevarse ellos 
mismos. Sin embargo, la teoría brunoniana, como se llamaba, ha llamado 
positivamente la atención de Europa por espacio de un cuarto de siglo, 
y hasta en pleno 1802, una rixa, o pelea de estudiantes, entre brunonia- 
nos y antibrunonianos, en la Universidad de Góttinga, se prolongó por 
espacio de dos días, y, finalmente, tuvo que%er dominada por los solda- 
dos de caballería de Hannover. Llevada todo lo lejos que se quisiera, la 
doctrina era absolutamente consistente y completa en todas sus partes.. 
Brown consideraba los tejidos vivos como «excitables», en lugar de la 
«irritabilidad» halleriana, y la misma vida como no existente, excepto 
como un resultado de la acción de los estímulos externos sobre un cuerpo 
organizado. Las enfermedades serían «esténicas» o «asténicas», según 
que la condición vital de «excitación» estuviese aumentada o disminuida. 
Lo esencial del diagnóstico era sencillamente distinguir si una enferme- 
dad era constitucional o local, esténica o asténica, y en qué grado, y el 
tratamiento consiste, según los casos, en estimular o deprimir la dicha 
condición. Así, por último, el opio y, naturalmente, el alcohol eran los 
agentes favoritos de Brown. Hipócrates dice que, no conociendo el cere- 
bro, no podemos decir cómo actuará el vino sobre un particular indivi- 
duo, y Brown procedió a aplicar esta idea experimental in propria per- 
sona para poner en claro su teoría, empleando dosis sucesivas de cinco 
vasos cada vez. El abuso del alcohol y del opio le destruyó prematura- 
mente. Su método encontró poco apoyo en Francia e Inglaterra; pero Rush 
lo llevó a América, y Rasori, Moscati, Brera y otros, a Italia, y en Alema* 
nia, después de los plagios de Christoph Girtanner, de I79Q, ha sido ex- 
puesto, y de los Elementa medicinae, traducidos por M. A. Weikard, 
Brown ha sido traído a nosotros. La obra hipnotizaba todavía a Peter 
Frank y a Róschlaub, y era todavía ponderado por una serie de folletos 
y de salves y plegarias. A pesar de que sus errores han sido puntualiza- 
dos por Humboldf y Hufeland, Brown ha sido el único que ha tenido el 
honor de polarizar la profesión germánica. Sus ideas terapéuticas, ase- 
gura Baas, han destruido más vidas que la Revolución francesa y que las 
guerras napoleónicas; no discutiremos la afirmación del mismo historia- 



(1) Brown: Elementa medicinae, 1780, 



328 HISTORIA DE LA MEDICINA 

dor, de que Brown mismo era «merecedor moralmente de la más severa 
condenación >. 

Otra ridicula fase de la medicina teórica en el siglo xvni era la llamada 
«doctrina del infarto», de Johann Kámpf: la supuesta causa causans de la 
mayoría de las dolencias humanas era sencillamente una obstrucción fe- 
cal. Esta fina teoría, naturalmente, venía a coincidir con la elegante moda 
de los enemas, cuyo recuerdo nos han conservado Moliere y las indes- 
criptibles fantasías de los artistas de aquella época. 

El sabio médico de la época ha sido el fundador de la «escuela ecléc- 
tica», Hermann Boerhaave (1668-1738), que es especialmente notable por 
sus discípulos, Haller, Gaub» Cullen, Pringle, y los maestros de la «antigua 
escuela de Viena», Van Swieten y De Haen. Discípulo primeramente de 
Spinoza, Boerhaave ha sido educado con las miras más amplias; pero, al 
propio tiempo, ha sido el principal práctico de su época, y en la actuali- 
dad se le recuerda principalmente como un gran maestro, especialmente 
en Química. Sus Elementa chemiae (Leyden, 1732) son seguramente el me- 
jor libro de la materia que se ha publicado en todo el siglo xvni. En Me- 
dicina — como dice Allbutt — no ha hecho experimentos, y «parece haber- 
se contentado con hacer picadillo de las verdades parciales y de los erro- 
res totales de su tiempo» (1). Un examen de sus Aphorismi (Ley den,. 1709)1 
que, en otro tiempo, le ha sugerido su reputación como el «Hipócrates de 
Batavia»(el asiduo De Haen imitaba a Galeno, como comentador del gran 
hombre), nos sugiere la idea de que su reputación se ha evaporado muy 
considerablemente en los últimos años. Baas (un buen crítico) dice que 
muchas de sus expresiones deificas parecen actualmente «mucho más am- 
biguas que profundas», a la vez que su máxima simplex sigilum veri, «nun- 
ca se manifestaba en sus tratamientos», y «sus prescripciones eran menos 
efectivas que sus apariencias personales». De todos modos, sus escritos 
han tenido una enorme reputación en su tiempo, y sus Institutiones (1708) 
han sido traducidas hasta al turco y al árabe (2). El ha dado el primero un 
curso especial de lecturas de Oftalmología (1708). Las anécdotas a propó- 
sito de su fama, llegando hasta la China, y de su capacidad para compo- 
ner monarcas deben únicamente tomarse en cuenta como demostración 



(1) Allbutt: Op. cit., pág. 1850. El único experimento positivamente compro- 
bado de Boerhaave es su intento de averiguar los efectos del calor extremado so- 
bre los animales. El ha hecho coger a sus discípulos Prevoost y Fahrenheit un pe- 
rro v lia gato, poniéndolos en un horno a 63 o C, encontrando que morían en vein- 
tiocho minutos, al paso que el gorrión moría en siete minutos. Este es, ciertamen- 
te un género de experimentación del cual podemos perfectamente prescindir. 

(2) Véase C. E. Daniels: Janus, Leyden, 1912; XVII, páginas 205-312, 2 lámi- 
nas Para las notas taquigráficas de Van Swieten en las lecturas de Boerhaave, que 
flan alguna idea de BU modo de hablar el latín, véase E. C. van Lcersum: Ja- 
nus, 1912; XVII, páginas 145-152. 



EL SIGLO XVIII 329 

de que su influjo iba aumentando de persona a persona, por lo que tenía 
de bondadoso, de digno y de modesto. Boerhaave era, tal vez, el más an- 
tiguo de los grandes médicos que había amado a la música y que reunía 
frecuentemente artistas en su casa. Como clínico está acreditado por ha- 
ber sido el primero que ha descripto la rotura del esófago y el dolor que, 
como a modo de un aura, viene a preceder a la hidrofobia. Se dice que 
ha sido también el que ha señalado como sitio exclusivo de la pleuresía la 
pleura, y que ha demostrado que la viruela aparece exclusivamente por 




Hermann Boerhaave (1668-1738) 

contagio. El ha usado el termómetro de Fahrenheit en su clínica y ha trans- 
mitido esta práctica a sus discípulos Van Swieten y De Haen. Su reputa- 
ción científica ha persistido largo tiempo, por la idea de «afinidad» entre 
las substancias que él ha introducido en la Química, juntamente con un 
método perfeccionado para obtener el vinagre (1732). 

Las teorías que acabamos de revisar, con la única excepción, tal vez, 
de las de Hoffmann, no son merecedoras del respeto que se concede a las 
ideas de un Asclepíades, de un Van Helmont y de un Sydenham; pero 
justamente parece que los hombres del siglo xvín han puesto en circula- 
ción la idea de que el progreso de la Medicina, en sí misma, consiste úni- 
camente en una «sucesión de olvidadas teorías». Una obra mucho más 
meritoria era la llevada a cabo por un grupo muy diferente, los sistemáti- 
cos, y ahora vamos a aproximarnos, con todo el respeto debido, al más 



330 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



grande de todos los sistemáticos desde los tiempos de Galeno, y una de 
las más importantes figuras de toda la historia de la Medicina: Albrecht 
von Haller (1708-77), el maestro de la fisiología en su tiempo. Haller 
procedía de la antigua burguesía aristocrática de Berna (Suiza), y era un 
niño prodigio, escribiendo versos en latín y una gramática caldea a los diez 
años, y a los diez y seis triunfaba de su maestro, el profesor Coschwitz, 
en la afirmación de éste de que la vena lingual era un conducto sali- 
var (1725) fi]. Después de graduarse en Levden tuvo por maestros a hom- 




Albrecht von Haller (1708-77). (De un retrato al óleo de Studer.) 

bres como Boerhaave, Albinus, Winslow, y (en matemáticas) a Jhon Ber- 
nouilli. Su fama como poeta y como botánico se extendió desde su pueblo 
natal hasta la Universidad recientemente establecida en Gottinga, donde 
permaneció, por espacio de diez y siete años, enseñando todas las ramas de 
la Medicina, estableciendo jardines botánicos e iglesias, escribiendo unos 
13.000 artículos científicos y haciendo, incidental men te, su mejor obra ex- 
perimental. En 1753, y a la edad de cuarenta y cinco años, se vio embar- 
. por un ataque de nostalgia, <> keimweh % y se retiró a Berna por el res- 
to de sus días, llevando una vida de la más variada actividad como oficial 



(1) A. ven Hallen /• ^fermento, ft dvhia cir<a daclnvi salivaUvi ftofffln Coschwi- 

%iomm y Leyden, 1727. 



EL SIGLO XVIII 331 

de la sanidad pública y como sabio, con el tacto de «un gran señor inte- 
resado en todo». Era igualmente eminente como anatómico, fisiólogo y 
botánico; escribió poemas y novelas históricas; llevaba a la vez la corres- 
pondencia tal vez más gigantesca en la historia de la Ciencia, y ha sido el 
principal fundador de la bibliografía médica y científica; su laboriosa y 
pacienzuda labor en este campo es la más maravillosa en su género (i). 
En las ilustraciones anatómicas ha hecho mucho por la normalidad de los 
vasos sanguíneos y de las visceras. Sus Icones anotomicae se consideran 
como una autoridad para el estudio de estas y otras estructuras (Chou- 
lant). El Halleriannm, en Berna, es un símbolo, por su título, de la fama 
del fundador de la moderna fisiología, el antepasado de Johannes Müller, 
Claudio Bernard y Cari Ludwig. Su mayor contribución original a este 
asunto es demostración de laboratorio de la hipótesis de Glisson de que 
la irritabilidad (7, e, contractilidad), e, g, en un músculo excindido, es la 
propiedad específica, inmanente, de todos los tejidos musculares, y que 
la sensibilidad es una propiedad exclusiva del tejido nervioso o de los te- 
jidos que están provistos de nervios. Esta clásica investigación, basada en 
567 experimentos, de los que fueron llevados a cabo por el mismo Haller 
190, ha sido efectuada en Gotinga en 1 7 57 (2), donde ha dejado también 
la fundación de sus Elementa phisiologiae corporis humani (Lausa- 
na, 1759-66). De su gran obra ha dicho, con gran exactitud, Sir Michael 
Foster que es la que transforma el pasado en lo moderno. Si se lee la obra 
del profesor Kronecker, Haller redivivus (3), se ve cómo muchos descubri- 
mientos, aparentemente nuevos, de observadores modernos habían sido 
señalados ya por este gran maestro, estando en la actualidad olvidados, 
indudablemente a causa de que laHumanidad no ha acogido benévolamente 
las teorías en su pedestal. Entre ellas figuran una afirmación de la teoría 
miogénica de la acción del corazón ( 1 7 36), un reconocimiento del empleo de 
la bilis en la digestión de las grasas (1736) y las primeras inyecciones ex- 
perimentales de substancias pútridas en el organismo vivo (1760). Seme- 
jante a los enciclopedistas franceses en su ansia por el detalle, Haller ha 
sido el mejor historiador de la Medicina (4), después de Guy de Chauliac, 
y sus juicios literarios son verdaderamente lumina sententiarum . En em- 
briología tenía algo de reaccionario, y, felizmente, borró las correcciones 
que había hecho a alguna de las ideas de Wolff. Ha explicado y escrito 



(i) Bibliot heca botánica, Zurich, 1771-72.- —Bibliotheca anatómica, 1774-77-— ^í- 
bliotlieea chirurgica, Berna, 1774-77. —Bibliot 'heca medicináe practícete, Basilea, 1776-78. 
(2) De partibus corporis humani sensibilibus et irritabilibus, en Comment. Soc. reg. 
Gottingae (1752), 1753; II, páginas 114-214. 

(3) Miii. d. tiaturf. Gesellsch. in Bern. (1902), 1903, m'mtn s ¡1.5 19-1.550, pági- 
nas 203-226. 

(4) Haller: Methodns sttidii medid, Amsterdam, 1 75 1. 



33 2 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Cirugía, y ha dejado una soberbia bibliografía del asunto (i); pero no ha 
efectuado ninguna operación en su vida. Haller era modesto, sensible, ge- 
neroso y caritativo, y — cosa rara — no vaciló nunca en afirmar su ignoran- 
cia cuando no se sentía capaz de explicar un hecho. Pero tenía compla- 
cencia en su infalibilidad en las cosas que creía saber, no presentándolas 
como cuestionables, y así, no ha podido dejar una escuela de discípulos 
detrás de sí. Para sus contemporáneos parecía un vir gloriosus, viviendo 
aparte en una elevada eminencia; pero probablemente no era el «asmáti- 
co filisteo, que lleva una vida aparte», de alguno de sus retratos. En su ju 
ventud era de un aspecto especialmente distinguido. En la historia de la 
literatura alemana Haller tiene un lugar propio, honorable. Su Versuch 
sckzveizerischer Gedichte (1732) es el asunto de una famosa disputa litera- 
ria entre Dodmer y Gottsched sobre los méritos relativos de lo natural y 
de lo artificial en poesía. Su poema Die Alpen (1729) llama por primera 
vez la atención hacia las gloriosas bellezas del escenario montañoso de 
Suiza, y su influjo se ha señalado en Klopstock,en Schiller y hasta en Co- 
leridge. Con una cierta ironía de la suerte, Haller, el poeta, nos recuerda 
ahora la siguiente expresión vulgar de materialismo burgués: 

Ins Innre der Natur dringt kein erschaffener Geist, 
Zu glücklich, wann sie noch die áussre Schale wcist. 
hi Nature's inmost heart no spirit doth abide, 
Happy indeed the wight who knows its outer side, 

que así excitaban a la hilaridad de Goethe (2). 

Con el sistematicismo de Haller podemos reunir las obras de un gru- 
po de hombres muy originales, comenzando con el De morbis artificiiim 
diatriba (Módena, 1700), de Bernardino Ramazzini (1633-1714), que abre 
un departamento completamente nuevo de la medicina moderna, las en- 
fermedades profesionales y la higiene de los oficios. Ramazzini es el pri- 
mero, después de Paracelso, en llamar la atención hacia algunas condicio- 
nes de la tisis de los picapedreros y de los mineros (pneumonokoniosis), 
del vértigo y de la ciática de los alfareros, de los trastornos oculares de los 
doradores, de los pintores y de otros oficios. Era un buen epidemiólogo. 
[talía ha dado un eponímico honor a su memoria en la revista médica que 
lleva su nombre. 

/:/ divino orden (1742) [3], del antiguo capitán del ejército prusiano 



1 Bibliotheca chi Berna, 1774-75. 

Loa versos apar* cen en el apostrofe de Haller a Newton, quien, naturaK 
mente, removía la malquerem ia de ( roethe, de acuerdo con su oposición ;i la teo- 
1 [a de loa colorea de Newton. 

|. P. Süaamilch: Die gó'ttliche Ordnung in denen Ver&nderungen des menschm 
chen Geschlechts, Berlín, 1742. 



EL SIGLO XVIII 333 

Johann Peter Süssmilch (LJOJ-I'JJJ)^ es una obra que ha hecho época en 
el desarrollo de las estadísticas vitales y médicas, llevando a unas y otras 
múltiples datos de capital importancia en higiene pública, en seguros de 
la vida y en política nacional. Aunque por su aspecto teológico antiguo 
resulta completamente teleológica, basando todas las cosas en un orden 
divino en la naturaleza, y aunque el estadístico inglés John Graunt ha no- 
tificado mucho tiempo antes (1662) que la población puede ser calculada 
por una exacta valuación del número de muertos, de todos modos, la im- 




Bernardino Ramazzini (1633-1714) 

portancia de Süssmilch para la Medicina es más elevada que la de un sim- 
ple calculador de personas. El ha insistido mucho en la importancia mo- 
ral y política de las estadísticas, y ha afirmado que la verdadera riqueza 
de una nación consiste en una población nativamente sana y trabajadora, 
y no simplemente en los recursos materiales y financieros. La inteligente 
aplicación de estos principios humanos, elevados y amplios, es el secreto 
del poder industrial y militar del moderno Imperio germánico. 

En relación con el nombre de Süssmilch hay que citar aún otros tres 
alemanes sistemáticos, a saber: Johann Friedrich Blumenbacii (17 5 2- 1 840), 
de Góttinga; Pieter Camper, el fundador de la Antropología y de la Cra- 
niología, y Johann Peter Frank, el fundador de la Higiene pública. Aun- 
que la tesis de Rlumenbach Sobre las variedades nativas de la raza humar 



334 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



na (1776) [i] haya sido precedida de los ensayos de Bernier (1684) y de 
Linneo (173 5), sin embargo, es justo considerarla como el punto de par- 
tida de la etnología moderna, supuesto que ha basado su clasificación en 
la forma del cráneo, en la configuración facial y en el color de la piel. El 
ha descrito su gran colección de cráneos en un atlas de JO láminas 
(1790-1820) [2]; empleaba el aspecto vertical desde arriba abajo como 
una norma en la clasificación; pero a causa de que el cráneo de una mujer 
de Georgia era el más simétrico, ha introducido el desafortunado término 




Pieter Camper ^1722-89) 

el ;iucásico» para representar la raza aria. Es también digno de recuerdo 
por el clivus Blumenbachii en la protuberancia. Blumenbach ha sido con- 
tinuado por el sabio Pieter Camper (i 722-89), un artista en el dibujo, que* 
ilustraba sus propias obras y que introdujo el «ángulo faciaU, como un 
criterio de raza (1760). Camper era el gran rival de Albinus en las ilustra- 
ciones anatómicas. Pintaba al óleo, a la acuarela y al pastel; hacía dibujos 
al lápiz y a la tinta china; grabados, aguafuertes y medias tintas, y hasta 
bustos de mármol. 



Ha descubierto <1 proceso vaginal del peritoneo y la estructura fibrosa del cris- 
talino, e liizo estudios topográficos < apitales del brazo, de La pelvis y del conducto 
inguinal. Sus investigaciones comparativas de los cetáceos; sus estudios de la ex- 



\¡ Blumenbach: De generis humani varietate nativa, Gftttinga, 1776. 

( )tro valioso atlas de cráneos es el< itado en la descripción del Museo Ana- 
1 1 ! eyden por Eduard Sandifort (1793-1835) 



EL SIGLO XVIII 335 

presión facial de las pasiones y sus Icones herniarum (1779), publicados por Soem- 
mering en 1801, son todas obras de gran valor, y su tratado de la mejor forma de 
calzado ( 1 78 1 ) una importante contribución a la fisiología de la locomoción, que ha 
sido reimpreso y traducido al inglés en 187 1. Camper, uno de los hombres más ver- 
sátiles, ha inventado, además, un pesario y un modo correcto de usar los antiguos, 
ha practicado la sinfisiotomía en los animales, era un promovedor de la inocula- 
ción, daba informes de medicina legal en las Audiencias y fué el primero en abrir 
una policlínica quirúrgica (Groninga, 1764). 

Una rara y feliz mezcla de la perfección alemana con l'a inteligencia 
francesa era Johann Peter Frank (1745-1821), de Rotalben (Palatinada), 




lohann Peter Frank (1745-1821) 

cuyos cuatro volúmenes de su Sistema completo de medicina política ¿(Sys- 
tem einer vollstándigen medicinischen Polizey), publicados en Mannheim 
en 1777-88 por Schwann, el impresor de los Bandidos, de Schiller, constitu- 
yen la verdadera fundación de la higiene pública modernay un monumento 
de una devoción a la Humanidad que se prolongó toda la vida del autor. 
Este era un pobre huérfano, arrojado casi a la ventura en un portal de 
la calle, que se hizo, por sus propios esfuerzos, uno de los más grandes 
maestros y prácticos de su época. Ha sido el médico que primero ha lla- 
mado la atención acerca de la importancia de las enfermedades de la 
médula espinal (1792) [i], que definió la diabetes insípida (1794) Y q ue 

(1) Frank: De vertebralis columnae in mor bis dignitate, en sus Delect, opuse, med., 
Ticini, 1792, XI, páginas 1-50. 



336 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



escribió un importante tratado de Terapéutica ( 1 792- 1 82 1 ) [1]. Su gran 
obra de higiene pública, comprendiendo la vida entera, desde el vientre 
de la madre hasta la tumba — destete, suministro de aguas, higiene esco- 
lar, higiene sexual, bancos y alimentos para los niños, y hasta el ideal de 
una «policía médica > ideal o científica — , ha dejado realmente poco para 
Pettenkofer y los modernos. En la medicina preventiva de los tiempos 
futuros el nombre de Frank aparecerá cada vez más grande, porque él ha 
sido un verdadero moderno. 

Después de Haller, la principal obra de la fisiología del siglo xvm 

son, indudablemente, los Stati- 
cal Essays (1731 -33), de Stephen 
Hales (1677-1761), un clérigo 
inglés de inventivo genio, que 
enriqueció la ciencia práctica en 
diferentes aspectos, particular- 
mente como inventor de la ven- 
tilación artificial (1743). En la 
primera parte de estos ensayos, 
Hales ha investigado el movi- 
miento de la savia en las plantas. 
La segunda parte, titulada Hae- 
madynamics (1733) > contiene su 
obra más importante acerca de 
las relaciones mecánicas de la 
presión de la sangre, dando el 
primer adelanto verdadero de la 
fisiología de la circulación entre 
Harvey y Poiseuille. Asegurando un largo tubo dentro de la arteria del 
caballo, Hales ideó el primer manómetro o tonómetro, con el auxilio del 
cual ha podido llevar a cabo sus apreciaciones cuantitativas de la presión 
sanguínea, de la capacidad del corazón y de la velocidad de la corriente 
sanguínea, que son esencialmente modernas en su tendencia. 

La fisiología de la digestión ha avanzado materialmente con los ex- 
perimentos de Rene A. F. db RiSaumur (1683-1757) [2] sobre un milano, 
en el que consiguió aislar el jugo gástrico y demostrar sus efectos disol- 
ventes sobre los alimentos (1752) [3J. Fstos resultados fueron fácilmente 
comprobados y difundidos con la obra del abate Lázaro Spallanzani 




Stephen Hales (1677-1761) 



(i) De curandis homiftum morbis epitome, Viena, 1 792-1 821. 

(2) El inventor del termómetro de 8o grados. 

(3) Réaumur: Sur la digestion (fes oiseaux. Mint. Arad. Roy. des Sc. } 1752, P.'irís, 

1 756, páginas 266*307. 



EL SIGLO XVIII 337 

(I7 2 9-99)) de Scandiano (Italia), un investigador de un singular poder. 
Spallanzani ha descubierto el poder digestivo de la saliva y ha vuelto a 
afirmr la propiedad disolvente del jugo gástrico (i), demostrando que 
puede actuar fuera del cuerpo, y que no sólo es capaz de prevenir la pu- 
trefacción, sino también de inhibirla una vez que ha comenzado. Le ha 
faltado, no obstante, reconocer el carácter ácido del jugo gástrico, extre- 
mo que ha sido demostrado por el fisiólogo americado Young. En 1768 (2) 
Spallanzani fundó su doctrina de la regeneración de la médula espinal por 
su descubrimiento de su nuevo crecimiento durante la regeneración de la 
cola en el lagarto. El demostró también que la postura de los huevos en 
la rana se conserva, como un reflejo espinal, después de decapitado el 
animal o de haber seccionado los dos nervios braquiales, anterior y poste- 
rior (1768) [3]. Ha hecho importantes investigaciones de los cambios res- 
piratorios en los animales de sangre caliente y fría (4), demostrando que 
los animales invernantes podían vivir confortablemente durante algún 
tiempo en el gas dióxido de carbono, al paso que, ordinariamente, los 
animales de sangre caliente morían en seguida; que los animales de san- 
gre fría podían vivir en hidrógeno, y que continuaban expulsando C0 2 y, 
más importante, que los tejidos vivientes, excindidos recientemente de un 
animal sacrificado, tomaban el oxígeno y seguían eliminando C0 2 en una 
atmósfera de aire, de hidrógeno o de nitrógeno. Sus experimentos de la 
raqueta prueban que ello depende muy ligeramente de la visión, así como 
su conocida deficiencia en la púrpura visual (Küne) ha hecho que caigan 
en desuso. Una investigación más importante de Spallanzani es la relativa 
a la generación espontanea. En 1 748 Walter Needham, un sacerdote ca- 
tólico inglés residente en el continente, publicó algunos experimentos en 
jugo de carne hervido, encerrado en redomas y sellado con mástic, con la 
subsiguiente aparición de microorganismos en estos líquidos, deduciendo 
de aquí la conclusión de que se había producido la generación espontánea. 
Spallanzani refutó todo esto, empleando frascos de cristal con cuello del- 
gado, que eran herméticamente cerrados a la llama, sumergiéndolos en 
agua hirviendo, antes de la prueba; y él destruyó también la subsiguiente 
objeción de Needham a la ebullición, demostrando que los líquidos her- 
vidos en presencia del aire renovaran la presunta «fuerza vegetativa > o 
germinativa, que Needham, sin embargo, afirmaba haber destruido por la 



(1) Spallanzani: Delia digestione degli animali, en su Física anímale, Vene- 
cia, 1782, vol. I, páginas 1-312; II, páginas 1-83. 

(2) Prodromi sull riproduzione anímale: Riproduzioni della coda del girino, Móde- 
na, 1768. 

(3) Ibidem. 

(4) Véanse las Memorias sobre respiración en la colección do sus obras. 

Historia ob ua Mbdioiha. — Tomo I 2¿ 



338 HISTORIA DE LA MEDICINA 

llama. Por último, Spallanzani ha sido, con Reaumur, Trembley y Bonnet, 
uno de los trabajadores de la morfología experimental, en el sentido es- 
tricto y moderno de la palabra. Réaumur, en 1712, produjo regeneracio- 
nes de las pinzas y de las patas de las langostas y cangrejos (i). 
En 1740-44 (2) Abraham Trenibley cortó las hidras en varios trozos, pro- 
duciendo nuevos individuos, y llegó hasta la tercera generación cortando 
estos últimos. En esto fué seguido por Bonnet (3), que experimentó en 




William llcvvson, F. R. S. (1739-74) 

gusanos de agua dulce (1741-45); por Henry Backer, que continuó los tra- 
bajos de Trembley en los pólipos (1743) [4], y por Spallanzani, que pro- 
dujo regeneraciones de las cabezas, colas, miembros y tentáculos de las 
lombrices de tierra, renacuajos, salamandras y babosas (1768) [5J. Estos 
experimenlos no han llegado a su término hasta fines del siglo xix; pero 
contienen todo lo esencial de las modernas obras de Roux, Driesch, Mor- 
gan, Loeb y otros. 



Réaumur: iíém. de VAcad, de -V, ., París, 1712; páginas 223-242, 1 lám. 
(2) '1 rembley: Mémoires pour servir á rinstoire dun genre de polypes d'eau douce, 
Leyden, 1 744- 

Bonnet Traite dinsectologü, pt 2.*, Paris, 1 745- 
(4) Backer: An Attempt towards a Natural 1 1 ¡story of the Polype, Londres, 1473- 

Spallanzani: Proaromo dt un opera sopra le riproduzioni animali, Milán, 1829. 



ÉL SIGLO XVIII 33¿ 

Un fisiólogo inglés cuya obra está olvidada hace largo tiempo, pero 
de quien ahora se reconoce la importancia esencial, es William Hewson 
(1739-74), de Hexham (Northumberland). Hewson era un discípulo de 
Hunter, y John Hunter le dejaba encargado de su sala de disección cuan- 
do se iba fuera con el ejército. Después fué asociado a William Hunter en 
la enseñanza de la Anatomía, repartiéndose los beneficios, y, por último, 
le auxilió en la escuela de la Great Windmill Street desde 1769. Cuando 
Hewson contrajo matrimonio, William Hunter, que parece haber tenido 
una aversión natural a los benedictos, rompió bruscamente la sociedad, 
con grave perjuicio pecuniario de Hewson. Pronto, sin embargo, se repu- 
so, habiendo logrado su reputación gracias a la Memoria presentada a la 
Royal Society sobre los linfáticos, que le valió la medalla de Copley en 
1769 y la de honor de F. R. S. en 1770. El descubrimiento de Hewson de 
la existencia de los vasos lácteos y linfáticos en los pájaros, reptiles y pe- 
ces tuvo capital importancia en su día, a causa de que los dos Hunter sos- 
tenían que la absorción era una función exclusiva de los linfáticos, contra 
lo que se había elevado la objeción de que existían animales que no tenían 
ni vasos lácteos ni linfáticos. La demostración de Magendié de que los 
vasos sanguíneos tienen una función absorbente, indudablemente restó im- 
portancia a este aspecto de la labor de Hewson, y el interés actual se en- 
cuentra concentrado en sus Experimental Inquiry into the Properties of 
the Blood (177 1). Esta obra, un claro ejemplo del método experimental 
enseñado por los Hunter, señala el carácter esencial de la coagulación de 
la sangre con un espíritu completamente moderno. Antes de Hewson la 
coagulación se atribuía al supuesto enfriamiento de la sangre, por el hecho 
de que ella ha dejado de moverse, o a la idea de que los glóbulos se ha- 
bían solidificado en pilas. Hewson demostró que la coagulación de la san- 
gre se retarda cuando por el frío, por las sales neutras, o de otro modo se 
puede separar un plasma coagulable de los corpúsculos y espumarse de la 
superficie, y que este plasma contiene una substancia insoluble que puede 
ser precipitada y separada a una temperatura algo más elevada de los 50 o . 
La coagulación, según el modo de pensar de Hewson, es debida a la for- 
mación de esta substancia insoluble, que ha sido denominada por él 
< linfa coagulable > y que nosotros sabemos actualmente que es el fibrinó- 
geno . Los experimentos de Hewson fueron pronto olvidados, hasta que 
en 1845 Andrew Buchanan ha demostrado que se puede extraer una subs- 
tancia de los ganglios linfáticos, de la sangre y de otros tejidos, que es 
capaz de coagular no solamente la sangre, sino también otros líquidos 
que no son espontáneamente coagulables. El descubrimiento moderno de 
que el fibrinógeno es un núcleo-proteído y que en la coagulación se con- 
vierte fibrina ha dado mucho relieve a los trabajos de Hewson. Él ha hecho 



34o 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



también la importante observación de que la pleura contiene aire en el 
neumotorax (1767), y ha sido uno de los primeros en llevar a cabo la ope- 
ración de la paracentesis, aunque en ella ha sido precedido por Monro 
secundus. Hewson, un hombre de genio, murió en 1 774, consecutivamente 
a una herida de disección. 

William Cumberland Cruikshank (1745-1800), de Edimburgo, fué su- 
cesor de Hewson como ayudante de William Hunter, al que llegó a ser 
tan agradable, que le hizo copartícipe de la Great Vindmill Street School, 

encargándose, después de la 
muerte de Hunter, de la investi- 
gación, en unión deMattew Bail- 
lie. Cruikshank investigó la re- 
unión y la regeneración de los 
nervios divididos (1776) [ij, el 
paso del óvulo impregnado a tra- 
vés de la trompa de Falopio 
(1778) [2] y la fisiología de la 
absorción (1778-86), y en sus 
Experiments Upon the Insensible 
Perspiration of the Human Body 
(1778) demostró que la piel eli- 
mina dióxido de carbono, lo 
mismo que los pulmones. Su 
Anatomy of the Absorbing Ves- 
sels of the Human Body (1786) 
abarca los resultados de sus tra- 
bajos con William Hunter (3). 
En 1917 ha demostrado la albu- 
minuria en la fiebre hidrópica (4). Cruikshank tenía una gran práctica, al- 
ternando su clientela privada con un público dispensario para los pobres; 
lo que le ha valido la alabanza de su amigo el doctor Johnson, quien le ha 
asistido en su última dolencia y que le caracteriza con la expresión esco- 
cesa «un hombre de sangre dulce». 

Robert Wiiytt (17 14-66), de Edimburgo, discípulo de Monro primus, 
beselden, Winslow, Boerhaave y Albinus, es famoso por sus estudios 




William Cruiskshank (1745-181 



(1) Phil. Tr.i Londres, 1795; LXXXV, páginas 177-189, I lámina. 

(2; Ibidem, 1797; I, XXXVII, páginas 197-214, 1 lámina. 

Hunt, r acostumbraba a decir que la anatomía del sistema linfático había 
1 avuelta por él mismo, por su hermano John, por Hewson y por Cruiks- 
hank. 

Por la a. In ¡ún de sublimado corrosivo y de ácido nítrico, por la ebulli- 

I ri( h Ebstein). 



EL SIGLO XVIII 341 

sobre la fisiología y la patología del sistema nervioso. En su Memoria On 
the Vital and Other Involuntary Motions of Animals (Edimburgo, 17 SO) ha 
demostrado por primera vez que no es necesaria la completa integridad 
de la médula espinal para la acción refleja, bastando para ello que se con- 
serve solamente un pequeño trozo de la misma. Ha demostrado también 
que la destrucción de uno de los tubérculos cuadrigéminos anteriores pro- 
duce la abolición de la contracción luminosa de la pupila (reflejo de Whytt, 
1768), y ha sido uno de los primeros en señalar la existencia del shock 
medular. En todas estas observaciones era inclinado a eliminar la hipóte- 
sis corriente de Stahl de ser un «alma racional» la causa de los movimien- 
tos involuntarios. En sus Observations on the Dropsy in the Brain (1768) 
describe Whytt por primera vez la meningitis tuberculosa en los niños, y 
su obra On Nervous, Hypochondriacal, or Hysterical Diseases (17 '64) era en 
su tiempo una importante contribución a la Neurología. 

El líquido cerebro-espinal fué descubierto en 1774 P or Dominico Co- 
tugno (1736-1822), que también demostró la albúmina en la orina por la 
ebullición (1764) setenta años después que Frederik Dekker (1Ó94), y des- 
cribió la ciática (1770). 

La electrofisiología ha tenido su origen en los experimentos que han 
hecho época en preparaciones músculo nerviosas, resumidas en I79 2 [ l ] 
por Luigi Galvani (1737-98), de Bolonia. La electricidad animal había sido 
observada en el torpedo por John Walsh en 1 7 73, y en los estudios de 
John Hunter sobre otros peces eléctricos; pero el descubrimiento de Gal- 
vani de las propiedades eléctricas de los tejidos excindidos, que él apre- 
ció en su laboratorio de un modo puramente accidental, es el punto de 
partida de la labor moderna. Fué seguido, con rara habilidad y conoci- 
mientos profundos, por Alessandro Volta (i 745- 1 827), profesor de Pa- 
vía (1778-1819) [2], en sus Cartas sobre la electricidad animal (i/ '92), y 
demostró que un músculo podía entrar en una contracción continua (tetá- 
nica) por una serie sucesiva de estímulos eléctricos. 

Entretanto, Benjamín Franklin, Kratzenstein, Schaeffer (1752), G. F. Rosier 
(baño eléctrico, 1768), Manduyt (1777), William Henly (1779) y otros varios estaban 
ya utilizando la electricidad en el tratamiento de las enfermedades. En Middlesex 
Hospital se habían instalado máquinas estáticas en 1767; en el de St. Bartholomew, 
en 1777, y en el de St. Thomas, hacia 1799. Un antiguo impreso de 1799, demos- 
trando la administración de la electricidad estática a los enfermos, se encuentra en 
la pared del Departamento eléctrico de St. Bartolomew, 

La introducción de) método galvánico de estimulación no ha tenido inmediatos 
efectos en la investigación fisiológica. Como puntualiza Langley, todos los nervios 
del cuerpo se consideraban como teniendo su origen en el cerebro, que era consi- 



(1) Galvani: De viribus electr i cuatis in motu musculari, Módena, 1792, 

(2) Una estatua a Volta ha sido erigida en H Athenaeum de la Universidad de 
Pavía en 1878. 



342 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



derado como el único origen de influencia nerviosa, actuando por medio de los «es- 
píritus animales», segregados por la sangre y pasando desde el cerebro a los ner- 
vios. La actual cadena simpática o autonómica era llamada «nervio intercostal», 
cuyo origen cerebral era discutido por Pourfoir du Petit (1727) en los fundamentos 
anatómicos; pero aunque Whytt (175 1-65) intentó racionalizarlos conceptos corrien- 
tes y Haller (1752) establecía su famosa teoría de que la sensibilidad estaba confi- 
nada a los nervios, y la irritabilidad (contractilidad) a los músculos, la teoría de 
que todo nervioso poder procede del cerebro continuó dominando el campo, y las 
verdaderas funciones del sistema nervioso vegetativo y de las funciones realizadas 
por los músculos involuntarios continuaron todavía no comprendidas (1). 

Ei abate Felice Fontana (1730- 
1803) es el autor de un tratado 
acerca del veneno de las víboras 
(1767) [2] que ha constituido el 
punto de partida de las investi- 
gaciones modernas de los vene- 
nos de las serpientes. 

Pero tal vez la mejor pieza de 
la labor fisiológica del siglo xvm 
ha sido el completar la moderna 

TEORÍA DE LA RESPIRACIÓN, que Se 

apoya en el descubrimiento de 
los diferentes gases de la atmós- 
fera; a saber: del dióxido de car- 
bono, por Black (1757); del hi- 
drógeno, por Cavendish (1766); 
del nitrógeno, por Rutherford 
(1772), y del oxígeno, por Pries- 
tley y Scheele (177 1) y por La- 
voisier (1775). El gran químico 
escocés Joseph Black (1728-99) es conocido de los físicos por sus origina- 
les definiciones del «calor específico >, de la «capacidad para el calor» y de 
su sutil criterio del «calor latente»: que la temperatura de un cuerpo y la 
cantidad de calor que posee son dos cosas completamente diferentes. En su 
Dissertatio de humore acido a cibo orto (17 54) hace una distinción igualmen- 
te importante para la Química y la Fisiología. Los químicos de la época de 
Black, siguiendo a Stahl, pensaban que cuando la tierra se calentaba ganaba 
flngisto, y que cuando la cal viva se apaga desprende su flogisto. Los expe- 
rimentos de Black rechazaron la teoría de Stahl, demostrando que, en rea- 
lidad, la cal, al hacerse viva, pierde alguna cosa (Ca C0 8 = Ca O + C0 2 ), 




B ack 1 1 728-99) 



(1) J. N. Langley: jfourti. Physiol., Londres, 19 16; I, páginas 225-258. 

(2) Fontana: l\ ¡cerche fisiche sopra il veleno della vípera, Lucca, 1767. 



EL SIGLO XVIII 



343 



y la cal viva, al apagarse, gana algo (Ca O + H 2 O = Ca [OH] 2 ). Hizo no- 
tar también que el gas o «aire fijado» que se detiene por la cal viva y por 
los álcalis está también presente en el aire espirado, y es fisiológicamente 
irrespirable, aun cuando no necesariamente tóxico. Así, Black había de 
nuevo aislado el gas ácido carbónico que van Helmont había notado, unos 
cien años antes en la fermentación, como gas silvestre Unos pasos más, 
y hubiera llegado a terminar por completo la materia. Joseph Priestley 
(17 33- 1 804) ha dado con la ver- 
dad cuando ha aislado el oxígeno 
(1772) [i] y cuando ha afirmado 
que las plantas son vegetantes; 
pero siendo él un stahliano con- 
vencido, sacó el peor partido del 
asunto, afirmando que la respi- 
ración era la «flogisticación del 
aire deflogisticado». Estaba re- 
servado al genio de Antoine Lau- 
rent Lavoisier (1743-94) descu- 
brir la verdadera naturaleza del 
intercambio de los gases en los 
pulmones y demoler la teoría 
del flogisto con su descubrimien- 
to de las relaciones cuantitativas 
en Química. Como sostiene sir 
Michael Foster, «él, y sólo él, ha 
descubierto el oxígeno» (i 77 5) 
[2]; anteriormente, Mayow, Pries- 
tley y Scheele le habían únicamente aislado. Priestley, crédulo en el vacío 
rótulo «flogisto», había expuesto la respiración en un orden invertido. Pero 
Lavoisier demostró que el aire inspirado se convierte en el «aire fijado» de 
Black, y que únicamente persiste sin sufrir modificaciones el nitrógeno (que 
también fué descubierto por Lavoisier). Además, éste, asociado al astróno- 
mo Laplace (1780-85) [3], demostró que la respiración es, en todos sus as- 
pectos, análoga a la combustión, siendo los productos de ambas el di- 
óxido de carbono y el agua. Pero Lavoisier, cuya vida fué substraída a la 
ciencia por el fanatismo de los revolucionarios franceses, había adoptado 
la teoría errónea de que la oxidación del carbón y del hidrógeno tenían 




Joseph Priestley ^1733-1804) 



(1) Priestley: Observations on Different Kinds of air., Phil. Trans., Londres, 1772. 
LXII, páginas 147-264, 1 lam. 

(2) Lavoisier: Hist. Acad. Roy. d. Sc, 1775; Paris, 1778; páginas 520-526. 

(3) Ibidem, 1780; Paris, 1784; páginas 355-408. 



344 



HISTORIA DE LA MEDICINA 



lugar en los tubulillos del pulmón. Esta opinión fué corregida en 1 791 por 
Lagrange, el autor de la Mécanique analytique, que defendió, por medio 
de su discípulo Hassenfratz (i), que el oxígeno disuelto del aire inspirado 
va combinándose lentamente con el carbono y el hidrógeno de los tejidos, 
a medida que éstos van siendo atravesados por la circulación de la san- 
orre. El toque final fué dado cuando Gustav Magnus, 1837 ( 2 )> demostró, 
con el auxilio de una bomba de aire de Sprengel, que tanto la sangre ar- 
terial como la venosa contienen 
oxígeno y C0 2 ; demostración — 
que ya Cruikshank había parcial- 
mente vislumbrado al final de su 
vida — de que todos los tejidos 
respiran, en el sentido de que 
asimilan oxígeno y eliminan C0 2 . 
De este modo, el desarrollo de 
la fisiología de la respiración, 
desde Borelli hasta Magnus, ha 
sido obra casi exclusivamente de 
tres matemáticos, dos físicos y 
cinco químicos. 

El descubrimiento del oxígeno 
ejerció un singular efecto en la prác- 
tica de la Medicina. Louis Jurine, 
Louis Odier, Pascal Joseph Ferro, 
G. C. Reich, T. B. T. Baumés, Samuel 
Latham Mitchell y otros médicos 
fueron arrastrados por su imagina- 
ción hasta crear supuestas enferme- 
dades dependientes de la falta o del exceso del oxígeno, y las finas v artificiales 
modificaciones de esta teoría llegaron a ser tan numerosas, que hacen imposible su 
enumeración. De todo este grupo, el más notable es, tal vez, Thomas Beddoes 
(1760-18081, ríe Schiffnal (Shrophire), que puso de manifiesto a Humphrey Davy. 
En 1798 fundó el Instituto Neumático en Clifton para el tratamiento de las enfer- 
medades por la inhalación. Los aparatos fueron construidos nada menos que por Ja- 
mes Wat, que Inventó el gasómetro (1790); y Davy, siendo ayudante de Beddoes, 
descubrió las propiedades anestésicas del óxido nitroso en 1799. Los ensayos de 
Beddoes y de Watt sobre On Factitious Airs (1794-96) adelanta el importante con- 
cepto terapéutico de tratar algunas enfermedades colocando a los enfermos en 
tuna atmósfera artificial»; lo que ha venido a constituir una definitiva vindicación 
del tratamiento de la tisis al aire libre y de la moderna cirugía torácica. Kl plan 
- al de Beddoes de tratamiento de los trastornos respiratorios por inhalario- 
de diferentes gases Be ha consolidado actualmente en forma de aeroterapia y 
neumoterapia. I.<>s método- de Beddoes v de Watt lian sido revividos por Louis 
Waldemburg Con su aparato para la neumoterapia diferencial (1873), y el asunto 




Antoine Laurent Lavoisier (1743-94) 



O) Hassenfratz: \wt. ,/. C/ñm., París, 1791; IX, pág. 275. 

Magnus: Ann. d. Pkys. u. Chem. t Leipzig, 1837; XLI, páginas 583-606. 



EL SIGLO XVIII 



345 



ha tenido todavía mayor extensión por los trabajos de Demarquay (1866), J. Solis 
Cohen (1867-76), Paul Bert (1878), M. J. Oertel (1886), P. L. Tissier y otros (1) 



El gran centro de la enseñanza anatómica en el siglo xvn era Ley den; 
en el comienzo del siglo xvín, París. El crecimiento de Edimburgo como 
centro de enseñanza médica ha sido debido al siguiente conjunto de cir- 
cunstancias. En 1 700 John Monro, un cirujano militar, escocés, de buena 
familia, se estableció en Edimburgo, y, conocedor de la superioridad de la 
enseñanza médica en el conti- 
nente, concibió la idea de fundar 
una escuela de Medicina en la 
capital del Norte, llevando tam- 
bién, en gran parte, por su afec- 
ción hacia su único hijo, Alejan- 
dro, al que deseaba vivamente 
establecer bien en este mundo. 
De acuerdo con este plan, el jo- 
ven Alexander Monro adquirió 
una excelente educación médica 
en Londres, París y Ley den, re- 
cibiendo una cariñosa acogida 
por parte de Cheselden y de 
Boerhaave, y siendo, a su regre- 
so a Edimburgo, en 17 19, debi- 
damente examinado y calificado 
por el gremio de cirujanos, y 
en 1720, por recomendación 

del Concejo de la ciudad , fué elegido profesor de Anatomía en la 
Universidad nuevamente fundada, a la edad de veintidós años. Siendo un 
maestro de señalada habilidad, sus cursos fueron bien pronto seguidos por 
numerosos y entusiastas estudiantes, cuya lista subió de 57 en 1720 a 182 
en 1749, siendo esta progresión aritmética únicamente interrumpida por la 
rebelión del año 45. Alexander Monro siguió con su propio hijo el plan que 
su padre había seguido con él, y el hijo hizo lo propio con el nieto, llevan- 
do todos el mismo nombre, Alexander, de tal suerte, que hay tres Monro: 
primus, secundas y tertius, como se llaman, ocupando la cátedra de .Ana- 
tomía en Edimburgo, en una sucesión no interrumpida, como un esta- 
do vinculado, durante un período de ciento veintiséis años (1720-1846). 




Alexander Monro primus (1697-1767) 



(1) Véase Neuburger: Einleitung, pág. 108, y Syst. Physiol. Therap. (cd. S. Solis 
Cohen), 1903, X, passim. 



346 HISTORIA DE LA MEDICINA 

Los hombres de la dinastía Monro eran todos, sin excepción, caracteres 
originales, de poco frecuente capacidad intelectual, autores de obras muy 
valiosas, morbosos en el asunto de las controversias, es cierto, pero dig- 
nos en todos sentidos de la confianza depositada en ellos por sus compa- 
ñeros y conciudadanos. Durante el período de 1 7 20-90, unos 12.800 es- 
tudiantes han sido enseñados por Monro primus y secundas únicamente, y 
a ellos se debe grandemente el que Edimburgo haya llegado a ser el gran 
centro de enseñanza médica que ha sido en el «pasado siglo». 

Las investigaciones anatómicas en este período no han alcanzado la brillantez 
de las de la precedente centuria, en la que casi todos los años se han distinguido 
por algún nuevo descubrimiento. Muchos de los mejores anatómicos del siglo xvm, 
como Cheselden, Pott, los Monro, los Hunter, Desault y Scarpa, son llamados ciru- 
janos-anatómicos, y los estudios de la época son muchos topográficos e iconográfi- 
cos. La anatomía quirúrgica, en realidad, ha comenzado propiamente con las obras 
de Joseph Lieutaud (1703-80), después de cuya época (1724) se publicó una gran 
serie de hermosos atlas, tales como el de Cheselden, de los huesos (1733) [1]; el de 
Albinus, de huesos y músculos (1743-53) [2]; de Eisenmann, del útero (1752) [3]; de 
Zinn, del ojo (1755) [4]; de Scarpa, del oído (1772-99) [5]; de Soemmerring, de los 
nervios craneales (1778) [6]; de Eduard Sandifort, del duodeno (1780) [7], y de Paolo 
Mascagni, de los linfáticos (1787) [8]. Estos y otros muchos son encuadernados jun- 
tamente en la gran colección de Just Christian von Loder (1794-1803) y L. M. A. 
Caldani (icones Anatomicae, Venecia (1801-13). La espléndida postuma ilustración 
manuscrita que Paolo Mascagni (1752-1815) había dibujado para un atlas anatómico 
ha sido recogida por su prosector, Francesco Antommarchi (médico de Napoleón 
en Santa Helena), para su publicación, en un suntuoso estilo, en 1819, y de nuevo, 
en 1821 y 1823-32, en otros atlas que la familia Mascagni, disgustada délos proce- 
dimientos dudosos de Antommarchi, había seleccionado, como editores. Antom- 
marchi, subsiguientemente, plagió un número de placas de Mascagni en una obra 
expuesta como suya propia. Los cirujanos Pierre Dionis y William Cheselden es- 
cribieron libros de texto anatómicos que fueron populares en su época; pero pro- 
bablemente el mejor tratado de conjunto de la materia entre Vesalio y Bichat es 
la Exposition anatomiqne (1723), del profesor danés Jakob Benignus Winslow 
(1669-1760), un discípulo de Duverney que hizo mucho para condensar y sistemati- 
zar lo conocido, especialmente en algunas materias, como origen, inserción y no- 
menclatura de los diferentes músculos. Su obra ha sido el libro de texto autorizado 
por espacio de cerca de una centuria. Era una hermosa demostración de aquellas 
investigaciones especializadas de importancia fisiológica que habían dado tanto 
brillo a la anatomía del siglo xvn. La labor de Duverney en el oído (1683) se veía 
muy meritoriamente completada por las investigaciones de Valsal